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Será mostrado si existe



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Escrito por Walter el 30/10/21

La despedida


Cuando Ramiro, más conocido como Don Alonso dio la última vuelta, en el largo camino de regreso a… notó que el paso se le hacía más dificultoso. Venía midiendo los pasos desde hacía tiempo atrás, buscando disfrutar, intentando cosechar lo que durante años había sembrado. Un poco lo que cada uno de nosotros hace cuando se dobla los sesenta y pico o los setenta.

El 12 de junio del año 2000 vio, entre luces y sombras, entre vigilia y ensueño, una figura humana que se aproximaba a su lecho y le hablaba con voz serena, como con efecto de eco, y le informaba algo. Parecía claro el mensaje, era breve, pero Don Alonso no comprendía bien el significado. Cierto detalle –del cual nunca informó a nadie- le mostraba que tenía que ver con un acontecimiento futuro. Por un tiempo largo esa visión o sueño pasó al olvido. Pero un día lo volvió a ver…

Al cumplir los 65 años, Ramiro inició los trámites jubilatorios. Cuando tuvo pronto casi todo, comunicó la fecha a su agente de viaje, para que dispusiera lo necesario para su participación en un crucero al Mediterráneo.

Había sido un sueño largamente acariciado, tras haber enseñado, toda su vida de docente, sobre las antiguas culturas y pueblos que le dieron vida a ese gran mar.

Pensando en el viaje, inició, junto a su compañera una serie de despedidas. Primero organizó una despedida con antiguos compañeros de trabajo. Docentes, adscriptos, directores y los viejos porteros de uno de los institutos de enseñanza. Éstos, tantas veces le habían hecho favores, pensó entonces, que era tiempo de dar gracias, aunque sea por una vez. Prometió a uno de los porteros veteranos, un español, llevarle un CD al hermano, con fotos de los familiares de América. Como la fecha del viaje era muy cercana a las fiestas de fin de año, las reuniones se fueron entrelazando con las despedidas propias de las de fines de año.

Una noche, mirando una película en la TV se cortó la transmisión… En su lugar retransmitían una señal emitida por la cadena más grande del Medio Oriente… La imagen y voz de un hombre de larga barba, vestido de túnica y armado con un fusil miraba fijo a la cámara mientras pronunciaba su discurso. En español aparecía la traducción, y se leyó: “se aproxima el principio del fin para los…” ¡Sorpresa! Era exactamente la visión o el sueño que Alonso había tenido.

A las dos de la mañana, llegó su compañera, que había ido a visitar a su anciana madre. El televisor del cuarto estaba encendido… pero no se escuchaba sino el inconfundible ruido del televisor sin señal alguna. Seguramente Alonso estaría dormido. Pronto viajarían y había acudido a resolver cuestiones referentes a su cuidado. Alguien debía cuidarla…

Se duchó, sin pasar siquiera por el cuarto. Luego fue a la heladera y llevó consigo un poco de helado. Cuando entró al cuarto vio a Alonso recostado sobre uno de sus lados, como dormido. Le tocó el hombro, luego lo sacudió más fuerte. Luego le gritó casi desesperada, casi entendiendo sin quererlo así. En una mano tenía una nota que reproducía lo dicho por el hombre de barba: “Se aproxima el principio del fin…”


Libro de Visitas

Walter Hugo Rotela González ©

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Escrito por Walter el 14/11/21

El armario


Cuando una mañana me presenté a trabajar, después de varios días de licencia médica, noté que habían colocado un mueble en un rincón de la gran sala. De hermosa madera, a juzgar por el color y las vetas que se ven desde cierta distancia, me llamó la atención aunque similar es la confección al resto del mobiliario del salón.

Trabajo en un rincón, un apartado, tengo allí un escritorio, similar a casi el centenar que están dispuestas a todo lo largo y ancho del salón, separados por pequeñas mamparas. En varias secciones hay muebles para guardar folletos, escritos, documentos de variada índole. Incluso tenemos una pequeña caja fuerte, que nunca vi que la usaran. Aunque sé que un supervisor, de los tantos que hay, lo usa para guardar cierto tipo de documentos, pero cuyo valor entiendo es más que nada como respaldo. No existe dinero dentro porque en estas oficinas se atiende público pero no se realiza ningún tipo de cobranza. Incluso las estampillas que se usan se venden en un kiosko que está cruzando la calle.

Pero… me desvié de lo que era el núcleo del relato. Perdón, amigo lector. Le contaba que al regresar de la licencia noté la figura de un armario en un sector que antes no había nada, estaba con la pared desnuda. Lo noté porque, cada día, cada vez que me siento ante mi escritorio, miro en derredor en busca de algo diferente, de algo nuevo. Pero en general, excepto esta vez, todo se mantiene inalterable, o lo parece. Tras treinta años de idéntica rutina, no logro acostumbrarme y busco algo nuevo. Lo nuevo o diferente fue este armario de madera.

Lo observé de lejos por varios días. Miraba seguido, intentando determinar quién lo usaba. Pero tras una semana de pesquisa, nadie lo abrió.

De regreso del fin de semana, el armario seguía allí. ¿Por qué no estaría? En fin, quizás -como suele suceder a veces- el mueble en cuestión no era para esta sección y lo pasarían a retirar, cualquiera de estos días, cuando alguien reparara en que su solicitud no llega, y tras buscar en el sistema encontraría que alguien equivocó la sección, el domicilio o lo que sea, y el mueble vino a parar aquí, y no a donde debía. Lo cierto es que el mueble seguía en su lugar, y nadie, excepto yo estaba preocupado por ello.

En una pausa de la atención al público me dirigí al sector donde estaba el gran mueble, de noble madera, según constaté in situ. Está, del otro lado, justo detrás de dos escritorios que pocas veces se usan. Está contra la pared. Y no sólo eso. Está amurado a la pared. Claro que eso no es visible a simple vista. Pero entenderá, amigo lector, tenía que ver de cerca el mueble.

Todos estamos ensimismados en nuestras respectivas rutinas, en los reclamos de las personas que atendemos, en la larga fila de personas que se aproximan y van generando ese murmullo, como de cientos o miles de abejas.

Cuando estuve en el sector donde ahora está empotrado el mueble en cuestión me dirigí a uno de los colegas oficinistas y le pregunté por el robusto elemento de madera. Él me miró por sobre el armazón de sus anteojos, por sobre sus lentes culo de botella, miró sobre la sección que le señalaba, y dijo: “¿Qué…? Ah, no lo había notado. ¿No estaba antes? Bueno, no sé. Disculpa estoy algo ocupado con este escrito y…” Bajó la vista, se volvió a meter en la pantalla y allí se perdió. Supe, inmediatamente, que del resto de los compañeros de trabajo obtendría similar respuesta, más o menos parecida. Por ende decidí no indagar más por ese lado.

El mueble siguió allí por un tiempo. Mi curiosidad no se desvaneció, sino que se incrementó. Miraba siempre que podía, y sin que los demás notaran nada. Es más, a nadie más pregunté por el tema y cada cual estaba en su propio mundo, ese cuyo esqueleto es el innumerable número de expedientes que se tramitan, días tras día, año tras año. Los funcionarios vienen y van, pasan treinta años sentados en casi las mismas sillas, ante los mismos escritorios, escribiendo memorándums que otros continúan y luego le llega un telegrama que le indica que está en tiempo de jubilación, por lo que debe iniciar el trámite de su cese o el de la continuación, bajo contrato por un año más, lo que puede renovarse. Muchos lo hacen, algunos no. Muchos ingresan en un estado de depresión que los lleva a morirse, poco tiempo después. Aunque no existe estadística que lo señale, aunque sí ciertos estudios al respecto.

Pero, nuevamente, amigo lector me desvié del tema. El mueble, sí, el armario empotrado en la pared, en el sector opuesto al mío. Seguía allí, con sus dos grandes puertas que nadie abría. Nadie, en los dos largos meses que llevaba observando, desde el primer día en que reparé que estaba allí.

El 25 de agosto, lo recuerdo bien, porque es uno de los pocos feriados del año fui. Fui a mi trabajo, un día no laborable, con la escusa de terminar un escrito pendiente que debía ingresar, el día siguiente del feriado, sobre las nueve de la mañana.

El guardia en la puerta me dejó entrar aunque no me conocía, por cuanto fui en un horario distinto al habitual en que habitualmente me presento allí. En realidad, no es raro que alguien acceda a terminar algún escrito pendiente. Me dirigí directamente al sector “Medios y Recreación”, que es la zona donde está el armario. Verifique que siguiera amurado. Y lo estaba, no solo en ese rincón. Intenté abrir una de las puertas, pero estaba cerrada. Tomé unas de las llaves que disponemos para varios ficheros y muebles, y si bien no coincidió plenamente, pude abrir la hoja derecha del armario. No había más que algunas carpetas sin importancia.

Me senté en el piso desilusionado. Con la cabeza entre las manos como un niño que no encuentra su tesoro escondido. Pero, un aire fresco se colaba desde debajo del armario. Algo inusual. Me arrodillé y busqué, levanté los papeles que estaban dentro del piso del armario, levanté la tabla que los sostenía y “el cielo se abrió…” En realidad lo que pasó es que quedó al descubierto una abertura. Debajo del armario empezaba un túnel. Algo así como un pozo de tres metros fue lo primero que noté. Debía bajar.

Como hay estanterías en varias zonas del gran salón, tenemos escaleras de distintos tamaños distribuidas por ahí. Tomé una pequeña de unos dos metros y medio. Bajé. Mi primera percepción era cierta, el foso era el inicio de un túnel. Estaba oscuro.

En mi bolsillo siempre tengo un linterna pequeña, que la tengo sujeta al llavero. Es una de esas que te ofrecen cada vez que subes a los ómnibus del transporte público de la ciudad, junto con caramelos, medias almanaques y cuanto sea vendible en un medio de transporte de pasajeros.

El túnel se extendía más de cincuenta metros, terminaba en un lugar frío. El que supuse era el sótano de uno de los edificios que daba al este de mi oficina. Volví sobre mis pasos. Salí del armario. Nadie había ni al sur, ni al norte; tampoco al oeste, y hacia el este estaba la pared. Volví a mi escritorio, en el otro extremo de la oficina.

Me sentía agitado cuando llegué hasta acomodarme en mi antigua silla giratoria. Las preguntas me llovieron: ¿Un túnel… para qué? ¿Acaso una salida de emergencia que nunca se terminó de construir? No, claro que no. ¿Alguien intentaba robar algo; pero qué? Sólo papeles hay por doquier. Materiales sin importancia.

Ensimismado en mis preguntas estaba cuando noté que el pantalón se había manchado de tierra. ¿Cómo se lo explicaría al guardia? Sin embargo, recordé que casi un año atrás había traído un pantalón de reserva y lo tenía en el último cajón de mi escritorio. Fue después de que ocurriera el percance. Esa tarde que no olvidaré. Una colitis que no me dio tiempo a nada. Fue la vez que vi sonrisas en los rostros de mis habitualmente secos, agros, de mis compañeros de trabajo.

Salí del edificio sin problemas. Al día siguiente del feriado todo estaba igual que siempre. Los mismos rostros, quizás un poco más relajados, incluso algunos con ojos felices, y más de uno con resaca. Pero todos, irremediablemente, metidos en sus rutinas. Incluso el armario parecía haber estado toda una vida allí, inmutable como los rostros de los funcionarios.

Cada tanto sigo mirando al sector donde está el armario, pero no observo nada extraño. Casi… casi que perdí interés, pero quizás mis dudas nunca sean contestadas: ¿A dónde conduce el túnel bajo el armario? ¿Por qué nadie repara en el nuevo elemento del mobiliario? ¿Habrá alguien más que yo que sepa del secreto que encierra el armario y no dice nada como yo?


Libro de Visitas

Walter Hugo Rotela González ©

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Escrito por Walter el 22/11/21

Eusebio se fue


Sobre el mediodía del viernes de la semana pasada, mientras caminaba por las rojizas calles de tierra de mi barrio, descubrí a un niño que lloraba. No estaba solo. Él le contaba algo a otro chico, un adolescente. Me acerqué y pregunté si podía ayudar. Ellos me reconocieron.

-Usted es el nuevo peluquero de la esquina Esa donde está el dibujo de Chaplín… - dijo el mayor de los chicos.

-Sí, el mismo. ¿Pasó algo? ¿Puedo ayudar? - plantee si saber cómo lo tomarían.

-No… Lo que pasa es que mi amigo Eusebio se enteró que mataron a una mitakuña’í1 Una criadita, como nosotros - balbuceó el que parecía hacer de portavoz.

-Ah… Entiendo - dije, sin saber qué decir.

-No… No creo que entienda. A Eusebio le dan palizas como a esa mitakuña’í - aclaró.

Las lágrimas del chico rodaban sobre su mejilla y caían sobre la roja tierra, gota tras gota, formando un pequeño charco.

-Peor… Peor que eso - se encargó de afirmar el pequeño, que no dejaba de sollozar.

-No se preocupe. Es nuestro destino. Quizás así lo quiere Dios - sentenció convencido, el mayor de los chicos.

-Yahá2 - dijo el niño.

-Yahá Catú3 - le contestó el otro. Lentamente emprendieron un rumbo distinto al mío.

La siesta estaba plagada de chicharras. La gente tomaba tereré a la sombra de los árboles.

Nos saludamos con la mano en alto y consideré las expresiones del chico un tanto atiné a exageradas.

“A veces ocurren desgracias. Alguien se pasa de la raya, comete un crimen, pero es no tiene que repetirse y no lo debe querer Dios” - me dije a mí mismo.

Al cuarto día, en realidad la noche de ese día, una hora después de dormirme, me desperté sobresaltado. El rostro del niño llorando lo sentí clarísimo, frente a mí. Me miraba con unos ojos enormes y dijo: “Adiós, adiós”. A sus pies se formaba, vívidamente, un charco de sangre. No pude volver a dormir. Quedé pensando en el niño que lloraba, en su amigo y en la sangre cayendo sobre la tierra colorada.

-Se fue… - me tiró como una lanza, con su voz entrecortada. Se fue - repitió.

-¡Quién? - pregunté, casi comprendiendo bien, sin saber cómo ni por qué.

-Mi amigo Eusebio murió angá4… Salió corriendo. Cruzó el patio de tierra, llegó a la calle y al intentar pasar a la otra vereda, un colectivo lo atropelló.

-Lo siento - atiné a decir, sin saber qué más agregar.

-Otros criaditos de la casa dicen que el viejo Atanazildo lo amenazó - relató el muchacho, acongojado.

-Le dijo: “No me contestes mita cuando te hablo o te pasará lo mismo que a esa mitakuña’í”.

Por eso, esta mañana, cuando el viejo lo llamó… Eusebio se fue.

Voces guaraníes usadas: 1 Mitakuña’í: niña 2 Yahá: vamos 3 Yahá Catú: ¡vamos sí! 4 Angá: pobrecito.


Libro de Visitas

Walter Hugo Rotela González ©

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