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Será mostrado si existe



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Escrito por Walter el 10/10/21

Muerte en el callejón


Eran las 2 o 2,30 horas de la madrugada de un lunes. La atmósfera a ras del suelo y hasta unos metros por arriba estaba inundada de una particular mezcla de olores: tabaco y pegamento, además, el penetrante olor a pescado. A todo ello, por si fuera poco, se agregaba el olor del Tanino usado en las curtiembres de la zona. El conjunto provocaban un nudo de anillos aromáticos, que aunque separados estén, son poco agradables.

Un solitario caminante nocturno, algo taciturno y somnoliento, volvía al hogar o tal vez sólo vagabundeaba por las veredas poco iluminadas de la calle, de doble mano, casi desierta, con sombrío aspecto siempre, por la gran cantidad de árboles frondosos que la habitan y circunscriben, como únicos testigos mudos de la vida y la muerte que allí transcurre.

Los árboles dan en general un aspecto sombrío a la poco transitada calle, pues sus enormes troncos y sus ramas semejan manos de innominados seres aflorando desde lo profundo de la tierra, que los tiene sepultados y ya perdidos para siempre de la luz. Luz rojiza, anaranjada, de los faroles que irradian casi un tinte de sangre por doquier. Todo lo transforma esa luz.

El errante andarín, sin prisa marchaba aquella noche, como tantas otras; pero su marcha se detuvo cuando, además de los pestilentes olores, notó un grito desgarrador, proveniente de algún lugar cercano.

Acudió presuroso, pero desconfiado, temeroso, con el corazón acelerado, que manaba sangre a todo el cuerpo y con ella altas dosis de adrenalina - que le despertó los sentidos, le hizo transpirar las manos. Así llegó hasta las proximidades.

La curiosidad lo carcomía, y aunque valiente se sintió, también le acudió el miedo a lo desconocido, y se aferró a la pared, como para sostenerse, como para ocultarse, confundirse con las sombras de la sucia pared, gris del humo de los autos. Sigiloso aproximó el rostro, la mirada, a la arista de la pared que conformaba la esquina. Espió el más allá poco iluminado, más oscuro aún. Su corazón latió con más fuerza; sus ojos se iluminaron; se abrieron al máximo sus pupilas; sus órbitas prontas estaban a salirse de sus cavidades, y un grito quiso escaparse de su boca, pero su mano rápidamente apagó todo indicio que delatara su presencia.

Un gato maulló al final de la calle sin salida. Surgió lento como un lamento, pero se perdió en el silencio y en la oscuridad que todo lo cubría. Otro gato saltó de un tejado a una pared, muy acrobáticamente; pero ninguno se quedó a mirar.

Un conjunto de harapos, ropas sucias eran atravesadas una y otra vez por un filo sin nombre, cortante, punzante, en manos blancas y finas, delicadas y medianas, que sobresalían de la manga de un grueso tapado negro y largo. Eso era lo que veía, atónito y paralizado aquél hombre de la esquina.

Los ojos enrojecidos – como las luces de la calle - irritados, llorosos y los labios fuertemente apretados podían, sólo apenas, contener la desesperada y humana impotencia, ante el macabro hecho, del singular modo de partir al más allá, del portador de los viejos sacos, ahora perforados y manchados por la rutilante sangre que brotaba cual agua de manantial de entre las rotas prendas.

Yacía el cuerpo caliente aún sobre el empedrado frío, y sobre él, el alma, que desde arriba veía su cuerpo mutilado y al criminal de medias negras y peluca rubia, que guardaba el arma blanca en un pañuelo albo que lo sujetó con el portaligas, a la altura de la cadera.

Creyente o no, era su espíritu el que observaba su propio cuerpo cubierto de harapos, flaco, escuálido y sangrante, que manchaba aquellos trapos y el negro adoquín, así como también al asesino y al hombre que era testigo mudo. El espíritu vio entonces, al transeúnte reaccionar y correr despavorido, tropezando con cien baldosas sueltas del Mon Rou, con pernoctantes – compañeros a los que ya no volvería a tratar.

Los árboles, centenarios de esperanzas, soportaban el paso de un par de gatos que, de rama en rama, saltaban y maullaban al unísono, por segunda vez en la noche, pero eran ellos otros seres que nada sabían de estos hechos.

El asesino, parado frente al cuerpo aún caliente y sin vida pronunció: “¿Por qué tuviste que decir lo que dijiste?”Como arrepentido, volvió a decir: “¿Por qué lo hice?”.

El cuerpo no respondió, no se movió; pero la sangre siguió brotando lenta, paulatinamente. Se fue contrayendo sobre sí mismo, poco a poco, y sobre la negra-rojiza sanguinolenta piedra.

Una estrella se agregó a la noche y, sin embargo, el cielo no sería más cálido, mas sí frío, húmedo y nauseabundo.

El caminante se cansó de correr y en una alejada esquina se detuvo, se aproximó a otra pared y con los brazos a la altura de los hombros se apoyó, luego optó por acercarse a un árbol próximo y allí dejó escapar de sus labios el dolor, la furia y la impotencia, el odio y fragmentos de la improvisada cena.

Los tacos del asesino eran finos, más no tropezó con baldosa alguna, y no cayó sino sobre su cama que perfumada esperaba a su dueño, amante de la noche, y ahora iniciado asesino sin rostro. Aniquilador de otro trozo de vida sin rostro desde hace demasiado tiempo, tan desaparecido de la sociedad como ahora, pero aún vigente en las calles y callejones.

El rostro sin vida del hombre de harapos, la sangre, el quejido eran una serie interminable dentro del cerebro del criminal, y, también, dentro del sueño del ocasional testigo, caminante nocturno, que vio la muerte en el callejón.


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Walter Hugo Rotela González ©

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Escrito por Walter el 16/10/21

Fonogate


Cuando pensamos en escándalos o cosas corruptas examinamos, queramos o no, lo que sabemos de Watergate. Y de cómo y por qué llegamos a ello lo entendemos simplemente por la difusión que tuvo dicho escándalo. Difusión que tiene que ver con lo que la ciudadanía tiene derecho a saber, eso que el gobierno o los que nos gobiernan, por elección nuestra, deben hacer de un modo, y sin embargo, hacen de otra forma, no como lo establece la Ley.

Hace poco en un medio periodístico apareció el titular: “El asunto Fonogate”. Y de lleno me fui a la lectura del artículo. Daba cuenta de ciertas irregularidades en las llamadas realizadas por funcionarios públicos y privados. Las comunicaciones efectuadas en horarios de trabajo por los funcionarios, no eran por motivos laborales, y tampoco personales relacionados con asuntos de familia o simples, sino que estaban vinculadas con negocios fraudulentos, con actividades ilícitas, con llamadas a teléfonos donde las o los destinatarios ofrecían una voz símil a sensual.

La investigación sigue en curso y por ello no se sabe las derivaciones que podrían tener más adelante. Sin embargo, lo publicado alcanza para entender y conocer sobre prácticas que, quizás, son más comunes de lo que pensamos los ciudadanos que nos enfrentamos a los medios masivos, cada día a la hora de los informativos, o a la hora de leer los titulares en nuestro correo.

Los acontecimientos en sí no fueron del todo posibles probar, en un cien por cien, aunque sí en gran parte, lo cual bastó para presentar un informe periodístico. De las investigaciones legales se encargaría la Justicia, o al menos, eso debía ocurrir. Y eso pasó no sin cierta resistencia de los funcionarios y aún de los jefes, pues la investigación terminaría salpicando a las instituciones y a sus jerarcas.

Todo empezó cuando un teléfono celular quedó sin poder usarse, debido a un no sé qué. Sí, pues no era posible determinar a priori el motivo por el cual no podía establecerse una comunicación. Por lo cual uno de los funcionarios, dio aviso a su supervisor sobre el asunto. Lo que derivó en una averiguación de rutina que terminó en una investigación sumaria de algunos funcionarios. Y se estableció – según consta en los medios - la conexión entre las llamadas de algunos funcionarios estatales y otros privados, y todos conectados con un número celular particular. Los diarios no explican muy bien algunos aspectos, por los que algunos funcionarios que opinan dicen que los periodistas especulan sin tener nada en concreto, y se despachan con grotescas expresiones.

Uno de los funcionarios, no vinculados al teléfono y/o número celular, de confianza de uno de de los jefes, ironizó sobre el asunto llamando al caso: ‘teléfonos calientes’. Aún sin saber bien que se trataba de un asunto de llamadas a teléfonos Hot. Sí era posible saber que había algo raro. Se derivó, entonces, a una investigación, aparentemente más concienzuda, pero para nada profesional. Se llamó al número telefónico en el cual coincidían las llamadas que duraban, en algunos casos, más de cien minutos y, sin comprobación real alguna, se determinó que eran llamadas a un teléfono donde el destinatario o destinataria, simulaba una relación sexual vía telefónica. Insisto, no hubo comprobación fehaciente de que se trataba de ello. La Justicia, luego comprobó que algo de eso había, aunque la persona que usufructuaba del número coincidente era la amante de uno de los involucrados, aunque también era la amante de alguien de una oficina pública. Y que en sus horas libres se divertía invitando a hombres a mantener relaciones por vía telefónica, aunque todo quedaba en eso, en una llamada.

Sin una real habilidad para la actividad detectivesca uno de los mandos medios y un superior encontraron que el asunto era un caso de llamadas calientes, y que varios funcionarios estaban involucrados.

El asunto fue comentado por algunos jefes de sección y eso se comentó en otros sitios de trabajo. Así llegó a oídos del jefe de una oficina pública que tenía conocimiento de un asunto similar en los departamentos de su lugar de trabajo. Investigó sobre las llamadas, sobre el número en cuestión y logró saber que ese número y los de la otra institución estaban relacionados.

Buscó pruebas y se las llevó a su amigo que manejaba la empresa donde se habían verificado las llamadas en primer lugar. Así logró saberse que existía una relación. Pero quedaba un cabo suelto. Quien había propuesto el nombre de ‘teléfonos calientes’ no conocía el asunto en su totalidad al momento de usar la expresión, sin embargo, de primera acertó en decir que se trataba de llamadas a un sitio no legal o caliente, etc., etc. Y eso hizo sospechar a uno de los mandos medios, abocado a investigar el asunto. Pero el trabajador era de la confianza absoluta del jefe principal de la empresa. Por ello estaba totalmente descartado de plano, que tuviese algo que ver con el asunto. Es más, era quien se sorprendió ante el asunto y no pertenecía al sector donde se operaban las llamadas telefónicas que involucraba a las investigadas. Pero había denunciado, en reiteradas oportunidades, a las mismas personas, ahora involucradas en el asunto de las llamadas telefónicas, en casos de hurto de cosas, de rotura de objetos o de descompostura de útiles de la empresa. Siempre tras las denuncias estaba la misma persona, y los involucrados eran los mismos. Algo raro había en todo ello. Pero nadie lo notaba. Era un juego muy sutil. Una habilidad importante tenía quien así actuaba, si era ese el caso, pues salía siempre indemne, aunque algunos compañeros habían objetado su conducta en ciertas oportunidades. Incluso habían intentado denunciarlo por malas prácticas, pero siempre fue salvado por una suerte de amistad a prueba de balas con quien ejercía el mando. Y este caso no fue la excepción. Quedó liberado de toda sospecha, pues jamás se lo involucró con el asunto, es más, fue asesor importantísimo del jefe, su amigo.

Las llamadas eran reales, la duración de algunas de las comunicaciones eran de más de una hora. Una hora de llamada a un teléfono celular es, por demás, raro. Pues bien sabe cualquiera que su costo no es el de una llamada telefónica de un teléfono de línea a otro de línea local, excepto, los llamados planes amigos o contactos frecuentes. Sonaba raro, pero quién sabe cómo opera la mente de una persona. Cómo piensa un joven, cómo piensa un dirigente, cómo piensa alguien que se sabe sospechado por sus compañeros, cómo piensa alguien que para entretenerse sigue viendo la televisión tras el cierre de la programación, eso que llaman chat televisivo, donde las personas se buscan para tener encuentros sexuales que escapan lo ‘bien visto’ por la sociedad. Quién es quién en nuestro entorno. El mundo es más complicado de lo que parece.

El ‘fonogate’ empezó casi por casualidad, cuando se denunció el mal estado de funcionamiento de un teléfono. Las derivaciones fueron muy interesantes, pues se llegó a probar que tantos funcionarios públicos como privados, realizaban en sus horas de trabajo, llamadas non sanctas, llamadas consideradas de uso del ámbito privado de las personas, y que no forman parte del ámbito laboral, ni del comportamiento socialmente aceptado como adecuado. Pero la realidad, casi siempre, supera a la fantasía, a la imaginación de cualquier creador de ficciones.

Los costos de las llamadas no pudieron ser cobradas al ‘infractor’, pues como llamar a quien utiliza un bien que no le pertenece para un fin que no está, implícito ni explícito, en su contrato laboral. Del caso se supo por el mismo medio que se investigaba, por vía telefónica. Un mensaje mencionaba el asunto y eso se distribuía por otros medios y así se volvió todo un escándalo, como el White Watergate. Alguien comentaba en un mensaje de texto: “Sabés lo del fonogate… pues te cuento, parece que fulanito…”


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Walter Hugo Rotela González ©

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Escrito por Walter el 23/10/21

Posible milagro de entrecasa


Esto que voy a relatarles le sucedió a un amigo sacerdote, hace algunos años atrás. En ese tiempo él tenía treinta años. Hacía muy poco que ejercía su apostolado. Desconocía sobre hechos similares a lo que le ocurrió.

Sucedía que cuando partía la hostia consagrada, la que iba ofrecer como el cuerpo y la sangre de Cristo, en forma de pan y vino, notaba un pequeño movimiento en el platillo de las hostias.

Al principio, restó importancia a lo que parecían movimientos. Pero días después de la primera vez, volvió a ocurrir, nuevamente. No en forma sucesiva, pero sí periódicamente, sin ser las veces iguales, en tiempo e intensidad.

Generalmente, la gran cantidad de feligreses le impedía prestar atención al movimiento, pero ocurrió que una vez sí. Durante una celebración de entre semana –durante las cuales hay pocos fieles-, un poco obsesionado con aquél movimiento observó todo el tiempo que pudo el platillo. Para sorpresa suya: el movimiento que percibía era real. Sus ojos le impedían dudar.

Los fragmentos en que dividía la hostia, tras un breve paréntesis, se unían de nuevo, esto hasta instantes antes de que, efectivamente, los volvía a tomar con las manos para cumplir con el acto de la comunión.

Aunque sorprendido, no dio, en principio, mucho crédito a sus ojos. Sin embargo, lo reiterado de su percepción del movimiento lo llevó a controlar, más atentamente, esa parte de la misa.

No comentó con nadie lo que consideró un hecho cierto, un suceso. Pero, sin embargo, siguió ocurriendo y no lo convencía la idea de que podría ser un juego de la imaginación o un mal funcionamiento de sus sentidos. Pues consultó a varios médicos sobre su estado de salud y particularmente sobre su visión, y el diagnóstico indicaba que se encontraba en perfecto estado de salud.

Entendiendo que era realmente algo importante, pero que también no fácil de contar y explicar, aunque fuese a cohermanos de la comunidad, decidió que lo haría.

Para asegurarse de que no era un estado de demencia consultó a un psiquiatra amigo, y a una psicóloga con quien trabajaba. Ambos le dieron evidencias de su buen estado de salud.

Para tener alguna prueba fehaciente del citado acontecimiento que se estaba convirtiendo en algo cada vez más común en sus celebraciones, instaló una pequeña cámara en una zona que quedaba disimulada ante la vista de los fieles. La cámara registraba exactamente la porción del altar donde estaba el platillo donde depositaba las hostias consagradas. De este modo filmó varias misas y luego de seis intentos logró cumplir con su objetivo. Logró filmar el momento en que se unían las porciones en que dividía la hostia grande consagrada, y su posterior separación al momento de tomarla.

Con la prueba en mano sintió seguridad. Pero no lo contentaba totalmente, pues podrían pensar que era un truco fílmico y que buscaba algún tipo de notoriedad. Pues ya se sabe que un caso de tales características provocaría, inmediatamente al saberse la noticia, un gran revuelo periodístico, y sería acechada su parroquia por periodistas y por los jerarcas eclesiales que le exigirían respuestas y hasta su cabeza. En fin, pasaría su lugar tranquilo a ser parte de un mercado de vendedores ambulantes. Su idea de dar a conocer lo que sucedía le asustaba. Temía que se convirtiera en circo, aquello que era tan hermoso como manifestación divina.

Juntó todos los datos que disponía, pues había creado un documento donde guardaba las evidencias y sus pensamientos al respecto, como detalles de los hechos. Era algo bien simple, pero igualmente raro.

Intentó mostrar el suceso que ocurría en sus misas y por ello invitó a sus cohermanos a concelebrar en varias oportunidades. Para ello además instaló otra cámara para registrar los rostros de ellos al momento de celebrar.

El platillo lo cambió varias veces al igual que la disposición de los platillos, pero sin embargo, el hecho continuaba sucediendo. Para todo esto habían pasado varios meses.

Ahora, junto a sus cohermanos advertidos de que estuvieran atentos al momento de las ofrendas, celebraba una misa -con la filmación de la misma por sus ocultas cámaras de video. Llegó el momento esperado y lo que tenía que suceder ocurrió. Los sacerdotes que lo acompañaban notaron el movimiento, sus rostros denotaron su sorpresa; pero sus gestos continuaron todo lo rutinario que podían. La consabida actitud natural de siempre, marcó la imagen que proyectaron ante los fieles.

Las únicas que registraron fielmente los hechos, tal cual sucedieron, fueron las cámaras.

Tras el final de la misa los celebrantes se reunieron en la casa parroquial.

El párroco invitó con whisky a sus cohermanos y presentó las cintas de video y el caso completo.

Luego de cierta pausa, comenzó diciendo: “estamos ante lo que podríamos denominar, si ustedes lo permiten, un milagro de entrecasa”.


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Walter Hugo Rotela González ©

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