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Será mostrado si existe



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Escrito por Walter el 06/08/21

Un mundo de fuego


En mi barrio se escuchan las sirenas, una y otra vez. Y siempre ocurre lo mismo. Un hombre sale a la calle corriendo… Tiene como unos sesenta años y sale disparando por un largo pasillo hacia la calle. Es un vecino, pero desconozco su nombre. Sé que vive cerca, a dos casas de la mía.

Una vez me acerqué a preguntarle por qué lo hacía. Por qué salía corriendo cada vez que oía una sirena de bomberos. Él me miró, de arriba abajo, y luego se dio media vuelta y se fue, sin decir absolutamente nada. Si su comportamiento me importaba algo, antes, no lo sé, pero desde aquella actitud, sí. Era, desde ese instante, el ser más raro por mí conocido. No hablaba, pero de un modo incomprensible, para mí, él lograba comunicarse. No sé muy bien con quien, pues jamás vi a nadie hablar con él, pero observé ciertos gestos –diría, casi involuntarios- que representaban una suerte de conjunto de signos. No sé si es o no así, pero parece.

Cada vez que suena una sirena él sale. Y desde aquella vez que coincidimos, hemos vuelto a vernos varias veces. Busco encontrarlo, ver qué hace y por qué lo hace. Pero mi investigación lleva casi dos años, sin que arroje ningún resultado. Estoy a punto de desistir de esta casi locura compartida de salir a la calle cada vez que una sirena de bomberos se escucha pasar.

La curiosidad es un asunto complejo, un tema que podría dar para escribir libros, pero mi curiosidad particular no creo que signifique nada para nadie. A quien puede importarle el por qué un hombre de unos sesenta años sale cada vez que se escucha una sirena y, tras ver cruzar el camión, se vuelve - como aliviado- a su casa.

Quizás le importa saber si el camión viene hasta su casa y al comprobar, que no es así, regresa tranquilo a sus labores. Pero eso no parece algo lógico. Sin embargo, qué es lo lógico del comportamiento de este ser que tras escuchar la sirena sale corriendo a la calle y luego se vuelve, lentamente, a su rutina.

Obsesionado con el tema, comencé a preguntar a los vecinos. Cada uno me fue dando alguna opinión pero nunca un dato que explique o ayude a contestar mi pregunta. Han pasado casi dos años, como mencioné más atrás. Pero, la vida tiene sus vueltas. Y así, hace apenas un par de horas, comentando con un compañero de trabajo sobre el asunto, me mencionó que se acordaba que hace unos treinta años atrás, una familia completa, había perecido en un voraz incendio en esta zona. Fui a investigar en los periódicos viejos y descubrí que había ocurrido un gran incendio, ciertamente, unos treinta y cinco años atrás, en esta cuadra. Había fallecido toda una familia y, al parecer, no había quedado ningún sobreviviente. Seguí buscando en fechas posteriores y no logré registros. Pero al vigésimo día del incendio, una noticia daba cuenta de la aparición de un niño, sólo y que no hablaba en cercanías de la casa quemada. El cual llevaba en sus brazos un muñeco de peluche. El niño fue a dar a un centro de atención de menores, pero nunca se consiguió que hablara. Observé la dirección y coincidía, exactamente, con la casa de donde salía este hombre. Quizás, probablemente, fuese el niño aparecido en aquella oportunidad. Pero quién era, por qué estaba allí. Cómo había construido una casa donde se había quemado la otra. Por qué seguía allí, a quién esperaba o porqué seguía en ese lugar. Tal vez era ese su mundo. Un mundo que lo atrapó en su niñez y del cual no pudo escaparse nunca. Cómo saberlo. Pero algo me decía que esta investigación debía darla por terminado. De lo contrario sería, yo mismo, otro atrapado en ese mundo de fuego.


Libro de Visitas

Walter Hugo Rotela González ©

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Escrito por Walter el 15/08/21

El libro del abuelo Jesús


Siendo niño me gustaba oír las historias de mi abuelo. Él, a su modo, jugaba con nosotros, sus nietos. No como jugaría un adulto mayor tal como vemos en una tanda televisiva de publicidad o en una imagen fotográfica de un medio cualquiera. No, así no.

Don Jesús era el modo como nos referían a él sus vecinos. Y de eso estaba muy orgulloso. Es decir, buscaba hacer honor al nombre que eligieron sus padres. Era el séptimo hijo. En realidad el noveno, pero dos de sus hermanos habían fallecido al poco de nacer. Los padres querían hijos varones pero, sin embargo, la vida les dio en su mayoría, mujeres.

Siendo chicos siempre lo llamamos señor, por la costumbre que teníamos en la zona de las tierras color sangre. Cada mañana, al verlo al abuelo le pedíamos su bendición. Él accedía siempre y nos regalaba algún caramelo, generalmente. Pasábamos mucho tiempo sin verlo, pues por temporadas se ausentaba por razones de trabajo. A veces, su ausentaba un par de meses. Cuando volvía nos traía siempre regalos. Eso, según contaba mi abuela, fue siempre así. Pero sus ausencias, en mi niñez no se debían a motivos laborales, sino a una costumbre muy arraigada. Esas razones me fueron reveladas por mis tías sólo al llegar a mi juventud, no antes.

Una tarde conversando con él, bajo un árbol de mango me animé a preguntarle por un libro que él guardaba en un cajón de la cómoda de su habitación. Le mencioné que de niño lo había descubierto, que leí algo de su contenido, pero nunca capté el verdadero significado de cuanto estaba allí anotado.

Mi abuelo sonrió. Luego de una pausa me ilustró sobre una realidad totalmente desconocida por mí.

- No es ningún secreto. Pero es sí información comprometedor, o al menos que sería relevante en alguna suerte de investigación… Contiene información, detalles sobre gente muy joven, niños que estuvieron a cargo, como yo, de don Pascual.

-Interesante - dije, alentándolo a proseguir.

El abuelo se puso serio, pero confesó estar feliz por poder compartir sobre el asunto. Así que ingresó a su habitación y trajo el libro. Él era un lector ávido. De todo lo que encontraba en sus viajes siempre comentaba o incluso traía algunos libros que le regalaban pues en su mayoría no podía comprárselos. Sin embargo, es no impedía que accediera a ellos. Era veloz leyendo. Esa lectura le permitía tener una conversación interesante y con ello ganaba la buena voluntad de sus interlocutores que le permitían leer esos libros que no estaban a su alcance comprarlos.

Jesús, mi abuelo, volvió con el libro que yo había visto siendo niño. Me pareció más pequeño de lo que lo recordaba. Era un viejo libro de asientos contables que tenía información sobre una empresa y además figuraban nombres y fechas. No eran muchos, una treintena. Jesús comentó.

- Los nombres que ves aquí son de niños que el señor Pascual recibió, con la promesa a sus padres de enviarlos a la escuela, ocuparse de su alimentación, de brindarles un lugar en su vivienda. Y lo que hizo en realidad fue usarlos como mano de obra barata en sus campos o en la ciudad.

- ¿Y tú cómo conseguiste este libro abuelo?

- Mirá… Esto quedará entre nosotros. Lo toé del escritorio del señor Pascual un año antes de dejar la hacienda. Nos castigaron cuando no se encontró pero no dije nada. Consideré que era algo valioso, que serviría como prueba de lo que me parecía no estaba bien. Pero…

- ¿Pero… ?

- No, no sirvió. Aún no. Pues poco se sabe y todo lo que se dice sobre el laburo de los mitaí "se maquilla", como dicen ahora. Y antes las condiciones eran peores. Había menos posibilidades de conocer lo que hacían los dueños de estancias de las grandes casas de a ciudad. Parte de nuestra cultura, quizás.

- ¿Y la lista de nombres?

- Son los nombre de los niños y adolescentes que pasaron por la estancia y la casa en los años en que se registró en el libro. Desde 1939 hasta 1930, aproximadamente. Pero la cosa siguió después e incluso aumentó la cantidad de niños que pasaron por las manos del viejo Pascual y su familia.

- ¿Y qué hacían los niños abuelo? Pues supongo que no todos hacían los mismo.

- Pareces un periodista con tus preguntas che.

- Bueno… Quizás pueda hacer algo, quizás pueda continuar con lo que empezaste, me refiero a darle luz a lo que sucedía. Este libro es parte, como una prueba ¿No? Tengo un amigo que quizás pueda ayudarme. Eso si tú crees conveniente, claro…

Sí, quizás sea una buena idea. Bien… Te contaré qué hacíamos los niños en esos tiempos. Algunos trabajaban en la agricultura, otros con el ganado, otros en la ladrillería y unos cuantos en las casas de la ciudad. Había más de una. Pero, en todos lados, pasábamos mal en general.

Algún día me gustaría contar las cosas que pasamos en esos campos. Pero la vida se me está pasando y quizás no pueda. Por eso…

- Por eso conservaste el libro… - le mencioné.

- Sí, claro. Es una prueba de lo que pasó allí. Está anotadas incluso las defunciones. ¿Ves aquí esta señal? - me mostró una cruz, apenas visible al costado de un nombre, que estaba acompañada de una fecha.

- Interesante… - le dije para entusiasmarlo y me cuente más.

- Pues eso indica que un niño o adolescente murió. No era lo común. Pero sí las golpizas, el castigo. Y el domingo íbamos a misa. Y ahí, a callarse.

- ¡Qué historia Jesús! ¡Qué historia! Abuelo te agradezco que me hayas confiado todo esto.

- Bueno… Pero no pude hacer nada por esos chicos. Por los que vinieron después de mí.

- Abuelo, cuenta esta historia. Cuéntala. Cuéntala como cuando éramos niños nos contabas cosas mientras hacías los bodoques. Seguro que tu historia, tarde o temprano, se conocerá como "El libro del abuelo Jesús".

- Suena pretencioso. Me bastaría con que lo que pasó se sepa y no quede en el olvido.


Libro de Visitas

Walter Hugo Rotela González ©

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Escrito por Apolo el 19/08/21

A bordo de la bestia V


A la mañana siguiente arranca de nuevo la locomotora y los vagones empiezan a moverse, eso alertó a los interesados y empezaban de nuevo la rutina viajera. Este sería un camino igual de tortuoso porque el recorrer más de cuatrocientos kilómetros en esa máquina de hierros retorcidos y en sitios incomodos era una condena. Los viajeros que aún permanecían a bordo de la bestia habían perdido mucho peso, hubo otros que abandonaron su aventura mucho antes quedándose en casas de apoyo a migrantes que encontraron en el camino.

El enorme tren seguía su camino a la misma velocidad de siempre y en el camino se dibujaban pequeños cerros y mucha vegetación de todos los tonos de verde, así empezaba el principio del fin de la aventura de los migrantes que se encontraron tiempo atrás en Guatemala justo a la frontera con México.

Casi a la mitad del trayecto nuevamente fueron ayudados por las matronas, esas almas caritativas que repartían comida y agua a la vera del camino. Los que iban montados en los costados del tren aprovecharon más dichas provisiones.

Mientras degustaban los alimentos y absorbían con prontitud toda el agua que recibieron, los viajeros estaban atentos a la variación del camino que a veces se tornaba demasiado estrecho y los que estaban el en techo debían agacharse para no toparse con las ramas de los árboles que alcanzaban casi los cinco metros de altura.

Cuando faltaba solo una hora para llegar a piedras negras el tren se detuvo abruptamente por causa de un bloqueo en los rieles ocasionando el descarrilamiento de tres vagones los cuales se volcaron. Todos los ocupantes de dichos vagones cayeron al suelo.

Fue una verdadera catástrofe, casi la totalidad de los viajeros que colgaban del tren en la zona afectada resultaron gravemente afectados. Los encargados del comando de la maquina empezaron a realizar las maniobras de atención a los heridos y la solicitud de ayuda. Dichas maniobras fueron tortuosas debido a lo retirado del lugar de un sitio con facilidad de comunicación. En ese infortunio fallecieron diez migrantes, veinticinco resultaron graves y treinta y cuatro con heridas leves.

En incidente detuvo por completo el viaje de la máquina, los viajeros se irritaron al saber que su aventura se pararía no se sabe por cuánto tiempo. Algunos tomaron la decisión de marcharse del lugar caminando el resto del trayecto a piedras negras afrontando peligros inimaginables.

Por fortuna Marcia no fue afectada en absoluto, ella se aferró a su lugar en el tren y por eso terminó ilesa. Caso contrario a sus compañeros el colombiano José del tránsito y el hondureño Gabriel fallecieron en el acto. Un hondo pesar causó en Marcia dicho suceso, a pesar de que ya prácticamente no tenía comunicación con ellos por la falciada que le propinaron tiempo atrás en uno de los tramos más difíciles.

La mujer decide acompañar al pequeño grupo que resolvió seguir a pie para culminar el viaje a piedras negras. Los viajeros caminaban un poco dispersos para no despertar sospechas en las autoridades, así de esa forma fueron arribando a la mencionada población.

Todos los que llegaban a las afueras de piedras negras debían ser muy cautelosos, pero a esas alturas lo único importante era llegar a la ciudad sano y salvo.

Lógicamente el arribo a la mencionada ciudad no pasó desapercibido por los pobladores, a pesar de que no es raro ver por la calles de piedras negra a migrantes merodeando por las calles de la ciudad. Pero como die la cita bíblica “a la tierra que fueres haz lo que vieres” los migrantes se camuflaron entre los habitantes de la ciudad y comenzaron a armarse de lo necesario para emprender el desafío más espinoso de todo el viaje, cruzar el peligroso rio bravo la frontera natural entre México y USA.

Todos los migrantes e incluso Marcia empezaron a buscar con los pocos pesos que le quedaban mucha agua embotellada y algunos compraban estampitas de la virgen de Guadalupe para encomendarle el difícil paso que estaba por iniciar. Como siempre Marcia se apartó de los demás viajeros y se sentó en una vieja silla de parque que se hallaba en la calle “Reforma” muy ceca de la casa de la cristiandad.

En ese lugar se hallaban reunidas unas voluntarias católicas las cuales hacían obras de beneficencia y todo lo relacionado con esos menesteres, una de esas voluntarias divisó a la indefensa mujer que yacía solitaria con los ojos aguados en medio de una desolación terrible.

Se le acerca y la invita a que pase a la casa y tome un refrigerio con ellas y la animan a que les cuente que de donde viene ya que se notaba a leguas que no era oriunda de la población. Cuando Marcia les cuanta las peripecias que ha sorteado durante todo el viaje las mujeres casi llorando la abrazan y le ofrecen refugio en la mencionada casa para que repose y reponga fuerzas.

Pero la intención de las mujeres era convencer a Marcia a que se arrepintiera de seguir su camino a Estados unidos y sobre todo que no se arriesgara a cruzar el rio bravo un escollo que muchos han intentado pasar pero pocos tienen la fortuna de contar que salieron airosos.


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