Quienes somos Inicio Poesías Recomendamos Nuestros productos Música y cine Entrevistas Noticias Revista Libro de visitas Mapa web Premios Www.ratondebiblioteca.es Visiones Miembros de Www.ratondebiblioteca.es

 Octubre - 2021 

 L ¦ M ¦ M ¦ J ¦ V ¦ S ¦ D  M 

                               1     2     3  

   4     5     6     7     8     9    10 

  11   12   13   14   15   16   17 

  18   19   20   21   22   23   24  

  25   26   27   28   29   30   31  

  27 

       Agenda cultural de
  www.ratondebiblioteca.es ©




   


Será mostrado si existe



Publicidad
Escrito por Walter el 19/07/21

Parte de su cerebro


Esta es la desconsolada historia de un amigo. Por razones obvias mantendré su nombre en secreto, a cambio le asignaré un seudónimo que me parece adecuado: Juan. Como el hecho en sí me pareció interesante le pedí su autorización para crear este relato, el cual es verás en todo, excepto en lo referente al nombre de mi amigo.

Él acababa de levantarse. Tras preparar el desayuno, pensó en la gran cantidad de ropa que tenía para lavar; en las doradas playas montevideanas; en las delicadas curvas que encontraría allí; en las muchas diversiones que podrían alegrar su día. La ropa sucia puede esperar -pensó. Esta ropa que me espera, puede seguir esperando un día más, una tarde más, no importa. Así, cavilando, quedó con la mirada fija en su desayuno, en las rodajas de salamín y queso dispuestas, groseramente, sobre una tabla de madera, de las que se usan para picar carne. También el mantel a cuadros, anaranjado, estaba sucio. Vio la manteca y se le hizo agua la boca, entonces, se abalanzó sobre su desayuno cual oso tras la miel.

Pasados unos minutos le vinieron ganas repentinas de sonarse la nariz, de eliminar algo que le molestaba. Mi amigo se caracterizó siempre  por el particular ruido que provocaba al intentar despojarse alguna sustancia de su prominente y curva nariz, que con nada logró disimular, ni siquiera con un par de lentes recetados por una leve miopía.

Un estruendoso ruido, como era costumbre, ocurrió en el momento de eliminar las sustancias de su nariz, de su organismo, largo y flaco, cubierto por esa piel curtida, bronceada en largas jornadas de trabajo, por permanecer sobre andamios a la intemperie durante gran parte del año. Cuando miró el pañuelo, para doblarlo, notó algo raro que le llamó la atención. El color de la sustancia y la consistencia le recordaron otra cosa distinta al moco, propiamente dicho. Sus dedos rascaron su cabeza, en un claro gesto de duda.

El sol entraba por la ventana y se reflejaba en un pequeño charco de agua, que había en el baño. Formaba una figura amorfa y móvil en el techo, a la cual miró casi perdidamente. Juan pensó en el tabaco que a diario consumía, en los años que hacía que fumaba, y en otros sin fin de por menores, difíciles de escudriñar en la mente preocupada de un hombre.

Su frente se frunció, se arrugó transversalmente primero, y luego verticalmente, para luego adquirir una expresión confusa. Algo lo perturbó, el vívido recuerdo de un amigo que había muerto hace tiempo, años atrás, de tuberculosis. “Esto no puede ser –se dijo- yo no puedo tener semejante cosa. Me preocupo demasiado, es que me hago un drama por cualquier cosa. Esto no es sino una tontería. Pero en todo caso, por las dudas, iré al médico. Sí, él sabrá enseguida lo que es”.

Al día siguiente, aún preocupado, fue al médico. Aquella sustancia, algo extraña, según su criterio, seguía saliendo. Fue temprano y tuvo mucha suerte, pues logró que el médico de la guardia lo atendiera con prontitud.

Juan tuvo que llenar una ficha médica, para lo cual el galeno le preguntó el nombre.

-Juan Ramírez, respondió mi amigo.

-Qué lo trae por aquí… -le preguntó el clínico. Luego observó, cuidadosamente al paciente, lo notó algo apesadumbrado. Escuchó el relato y las impresiones de Juan. Sin embargo, a primera vista y a buen ojo de clínico, Juan no presentaba ningún síntoma que indujera a pensar que tuviese alguna enfermedad. Le realizó una exploración toráxica de rutina, para lo cual le pidió que tosiera. Le hizo, después, algunas preguntas y le aclaró que no encontraba nada extraño. Sin embargo, ante la insistencia del paciente, le indicó la realización de estudios rutinarios de esputo y de mucus nasal. Para lo cual, Juan tuvo que ir tres días después al hospital.

Al tercer día se presentó, nuevamente, ante las puertas del nosocomio. Se quedó mirando hacia adentro, al tiempo que de su prominente nariz volvió a brotar aquella sustancia tan parecida al mucus ordinario, pero de coloración extraña, algo distinta.

Ingresó, nerviosamente, al laboratorio. Pero luego de simples preguntas, el encargado, le hizo pasar a una salita separada, donde fue atendido por una hermosa joven, cuyo guardapolvo blanco, demasiado delgado, permitían ver sus prendas interiores, lo que hizo sonreír a Juan. La señorita le indicó el modo de obtener la muestra, le entregó un par de recipientes. Tras recibir las muestras se retiró y le pidió que regresara al otro día.

Al día siguiente, Juan fue a retirar los resultados. Se presentó ante el laboratorista, que buscó los resultados y se los entregó en un sobre cerrado. Juan tomó el sobre y se los llevó al médico que lo había atendido días atrás. Así le había dicho que hiciera la primera vez que lo atendió. Y aunque habían pasado los días, Juan permanecía inquieto, su mente tuvo más tiempo para preocuparse y estaba, quizás, a punto de saber la verdad sobre aquella sustancia.

Era temprano aún, así que había poca gente en los pasillos. Llegó enseguida frente a la puerta del consultorio, dio un par de golpecitos y, desde adentro, una voz grave dijo: “pase…” Al verlo, el hombre del pulcro guardapolvo blanco se paró y extendió la mano para indicarle que tomara asiento. Juan le entregó el sobre y depositó, en su interlocutor, una mirada inquisidora, intentando escudriñar en los pensamientos del galeno.

El médico leyó detenidamente lo que decían los papeles. Eran varios y venían acompañados de extensas notas de profesionales. Una de ellas, particularmente, y que llevaba la firma de cinco peritos al pie. Era la opinión de destacados doctores a los que había acudido el jefe responsable del laboratorio. El médico, frunció el seño, tomó algo de tabaco, cargó su pipa y la prendió pausadamente. Era una licencia que este médico se permitía y que extrañó a Juan. Dejó escapar un bocanada y, en ese instante, miró a su paciente fijamente a los ojos, con un dejo de preocupación y de admiración, pues el informe era claro y definitivo, aunque increíble casi el caso.

-Me temo -dijo el médico- que es usted una persona impresionante.

El paciente -mi amigo- quedó mirándolo, perplejo, al hombre que tenía enfrente.

-Señor Juan Ramírez –continuó el médico- debo comunicarle que sus preocupaciones han sido realmente justificadas, y este examen así lo comprueba.

-¿Cómo dice? ¿Qué es lo que quiere decir con…?

-Posee usted… una inteligencia fuera de lo común, una agudeza pocas veces vista. Pero me temo que esa fuerza poderosa que usted tiene, se le está escapando por los orificios nasales.

-¡Cómo! ¿De qué habla?

-Sí, así es, lo que a usted le llamó la atención y por lo cual me consultó, ni más ni menos, mi amigo, son porciones de su brillante inteligencia. Para ser más claro… parte de su cerebro.


Libro de Visitas

Walter Hugo Rotela González ©

Creative Commons License



Publicidad
Escrito por Apolo el 27/07/21

A bordo de la bestia IV


Ahí subida estaba Marcia con su hijo que le seguía la mirada a su madre con unos ojitos de sueño, pero la mujer no lo soltaba y siempre lo apretaba fuerte en su regazo. El tren arrancó y todos olvidaron lo duro del camino pensando solo en llegar a la frontera con los Estados Unidos.

Después de cuatro horas de viaje la bestia llegó a Querétaro una ciudad de corte antigua y colonial pero entrada la noche no se apreciaba muy bien, en la estación de esa ciudad el portentoso tren se detiene pero dicha estación estaba cerrada y no se veía a nadie por los corredores y pasillos. Pero la maquina se detiene por protocolo y demoró casi media hora cuando nuevamente emprendió su rumbo a San Luis Potosí. Los viajeros no tuvieron oportunidad de comer y los que se gastaron las provisiones de agua no pudieron tomar del precioso líquido. Marcia yacía en un rinconcito en un costado de la bestia tan quieta que parecía un maniquí debido al cansancio corporal.

El trayecto a San Luis fue traumático el agotamiento se les notaba a leguas, el hambre y la sed eran compañeras permanentes. Eso era una de las de tantas peripecias que debían pasar para poder cumplir su sueño americano.

Cuando ya se acercaban a San Luis el cielo se empezaba a encapotar a pesar que todavía había luz solar, el calor empezaba a menguar y el acercamiento de la noche se notaba en el horizonte. En el tren todos se hallaban con largas caras llenas de polvo y labios resecos.

Pero de la nada aparecen unas señoras a la vera del camino las cuales son conocidas como las patronas, ellas reparten provisiones de agua y comida a los migrantes. Eso fue aprovechado por todos los pasajeros que ansiosos esperaban que algo de lo repartido por las patronas le llegara a sus manos, ya que las buenas samaritanas como el tren no se detiene ellas simplemente lanzan las cosas para que los que están trepadas al tren las agarren.

Por fortuna Marcia alcanzó algo de las remesas lanzadas por las patronas, pudo atrapar una pequeña bolsa plástica de rayas azules que contenía un pan relleno de queso rallado y dos botellas de agua.

Eso fue devorado sin piedad por la mujer que pacientemente le daba pequeños trozos de pan a su pequeño los cuales primero aplastaba con los dedos. Eso con el fin de que el chiquillo no se ahogara.

Al fin llegaron a la estación de San Luis que ya no atiende a público simplemente es para prestar el servicio de alistamiento al tren de carga que llaman la Bestia. En esa estación que se hallaba muy solitaria demoraron una hora y al culminar ese tiempo emprendieron su camino a la ciudad de Saltillo.

El desplazamiento a Saltillo evidentemente fue traumático nuevamente la noche aparecía y los peligros nuevamente acechaban, ya que este camino era frecuentado por ladrones, embaucadores, personal de vigilancia de los narcos y muchos maleantes de poca monta. En esa ruta llamada la del golfo estaba a punto de culminar el largo y tortuoso camino a los Estados unidos.

Al arribo de la mencionada ciudad todos los viajeros que atestaban el tren estaban en su peor estado emocional y de salud, ya las fuerzas estaban a punto de desaparecer por completo porque el hambre y la escasez de agua hostigaban a todos.

Las luces de los postes a la vera del camino estaban tan lánguidas que a duras penas iluminaba solo unos pocos metros, era un panorama desolador. Cuando sintieron al tren detenerse empezaron a caer los viajeros como hormigas del tren. Marcia y su hijo se bajan de la portentosa máquina y al pisar tierra ella se retuerce de dolor por todos lados. Carga a su hijo con una mano y con la otra agarra su roído maletín donde guardaba unas pocas mudas de ropa de ambos las cuales estaban arrugadas y con un fuerte olor a sudor.

La mujer busca afanosamente algo de comer para su hijito el cual parecía dormir pero era prácticamente un desmayo producto de hambre y la sed. Caminó por los alrededores en medio de la penumbra y alcanza a llegar a un pequeño negocio de ventas de abarrotes y con un tono lastimero les dice a los compradores de aquel lugar a ver si alguien podía colaborarle con algo de comer para ella y para su hijo.

Una señora avanzada de edad la invita a la casa de enfrente y la sienta en su puerta en una silla llamada mecedora y le brinda frijoles, arroz, pan y un jugo embotellado. Para que saciara su hambre al igual que la de su pequeño. Dicha comida fue masticada prontamente a tal punto que parecía que la estuvieran correteando.

Todos los viajeros hacían lo mismo caminaban por todos lados buscando un bocado de lago para calmar los chillidos de sus estómagos. Pocos encontraban colaboración de los transeúntes, tanto así que muchos cerraban sus propiedades para no ser invadidas por la muchedumbre que vagaba ansiosa por comida y agua.

Otra vez Marcia salía airosa por encima de los otros viajeros, ya que muchos de los pobladores se conmovían al verla tan desamparada con un niño entre brazos. Tanto así que la señora que le brindó comida la invitó a que pasará la noche en su casa y de esta manera podía asearse ya que la traspiración y el sudor la hacían merecedora de un olor al mismo almizcle.

Ella aceptó casi de inmediato y se internó en el baño de la casa con su hijo por varios minutos, al salir su estampa había cambiado notablemente con olor a jabón de olor y el cabello por fin le puede aplicar un peine sin problemas. De igual forma sale su hijo que llevaba también muchísimos días sin probar el agua en su cuerpo.

Los demás viajeros no contaron con la misma suerte por eso decidieron acampar a la intemperie copando las calles por completo a la espera que el tren arrancara de nuevo a su último tramo a la ciudad de Piedras negras.


Libro de Visitas

Luis Alfredo Arroyo Osorio ©

Creative Commons License



Publicidad
Escrito por Walter el 27/07/21

Marito Pirú


Don Mario disfrutaba de una helada cerveza. Tenía una docena de latas en la heladera y tres cajas más en el galponcito del fondo. Miraba la televisión distraídamente cuando escuchó la noticia de la niña muerta por la golpiza propinada por el adulto responsable de su cuidado. Apagó el televisor y encendió la radio donde pasaban polcas paraguayas.

Marito, como lo llamaban, conocía perfectamente el tema. Él había sido un criadito en casa de un veterano de la Guerra del Chaco. Este hombre de oficio albañil, se había asociado con un emprendedor hombre que conocía el arte de la elaboración de distintas cerámicas, como tejas o losetas. Varios productos de la tierra roja.

El padre de Marito fue soldado reservista y actuó durante la guerra a las órdenes del sargento don Tránsito, el veterano albañil. Cuando supo que su antiguo superior estaba al frente de una empresa no dudó en visitarlo y pedirle que albergara a uno de sus hijos, en su casa o en la empresa, para que pudiera ir a la escuela.

El hombre que había quedado pensativo, ante la noticia de la niña muerta, era el quinto hijo de los nueve que habían engendrado su padre con su madre; pero sabía que había otros hijos, con otra mujer. Un motivo por el cual sus padres reñían cuando él era muy chico, un tiempo antes de que él fuese entregado a las órdenes de don Tránsito en la fábrica de cerámicas. La cual no era más que un grupo reducido de casitas y unos galpones, más los tinglados sin paredes, de palos y tejas, donde depositaban las cerámicas.

Marito quedó pensativo. Recordó sus primeros años en la fábrica, durmiendo en uno de los galpones, pasando frío muchas veces, y otras, calores impensables con mosquitos que no paraban ni con cien espirales. En esos tiempos, cuando tenía entre nueve y diez años, sentía el estar apartado de sus padres. Sin embargo, no era el único en esa situación. Varios de los que trabajaban con él eran criaditos y sus padres los habían confiado a don Tránsito, que si bien no era malo, los ponía a trabajar duro todo el día. Eso sí, cada noche se aparecía y les contaba anécdotas de la guerra, muchas inventadas. Después de su relato les decía que ellos tenían suerte de estar allí y no en medio de un campo de batalla, donde el machete, angaú1, era su mejor amigo.

Una noche, uno de los mitaí2 se reveló. Esa fue la vez que a Marito le quedó claro que nunca debía contradecir al viejo sargento. Tránsito tomó un palo que estaba a su alcance y lo golpeó, angá3, al criadito gonzalito; con tanta fuerza y violencia que lo tuvieron que llevar a la casa del enfermero del barrio. El viejo le gritaba… "Añá Membî, Aña Membí4, mitaí carapé5". Lo trajo de vuelta, todavía vendado, una semana después. La golpiza no volvió a repetirse, y por un largo tiempo, tampoco los relatos del viejo sargento.

Las polcas seguían sonando pero Marito no las escuchaba. Su mirada quedó perdida en un punto más allá de la puerta de entrada a la casa donde vivía ahora, que era el encargado de la fábrica. El viejo Tránsito había muerto años atrás y el que más conocía el negocio era él. El veterano cuando cumplió sus setenta y cinco años, viéndose sin hijos, le dejó su parte de la fábrica.

Marito sentía un gran dolor, pero no entendía muy bien porqué. Recordaba vívidamente la golpiza que había sufrido Gonzalito, y también que, a pesar de ser mayor que el mitaí ese, no hizo nada por defenderlo. El viejo Tránsito era como un padre, sin serlo. Su palabra era sagrada, y todos le debían respeto. Lo que se materializaba en esa devoción diaria al trabajo, en el pedirle su bendición cada mañana, para empezar el día. La sumisión era parte de su idiosincrasia, algo incuestionable. Pero esa noche, la imagen fue tan fuerte que lo hizo pensar en que quizás, aquella rebelión de Gonzalito fue justa. Más cuando pensó en las veces que Gonzalito lo había salvado del maltrato de otros criaditos que lo llamaban "Marito Pirú6".

Un grito se le escapó cuando pensó nuevamente en la niña muerta y salió corriendo hasta donde dormitaba el ahora hombre, Gonzalito. Lo llamó y lo abrazó con fuerza. Después volvió a su rancho de encargado y tomó el resto de cervezas que estaban en la heladera.

Media hora después de la última lata don Mario se durmió. El viejo Tránsito se le apareció en sueños y le habló: "Marito pirú Ñandejára7 te ilumine… Yo nicó8 viví como che gente9 he-í10. Y terminé cuelelé11 y medio tabî12…" De un salto se despertó. El silencio, sólo interrumpido por algún grillo, dominaba la noche. Volvió a dormirse. Una vez más, el ex sargento se le apareció, vestido con su uniforme de soldado y le dijo en guaraní: "Guapicha oikutu va`e, oepy va`era13".

Significados de vocablos en lengua guaraní:

1Supuestamente, "como qué"

2Niño

3Pobrecito,

4Hijo del diablo

5De baja estatura, petiso

6Flaco

7Dios, Nuestro señor

8Ciertamente, efectivamente

9Mi gente

10Dice

11Viejo, destruido

12Loco

13"El que hiere a su semejante debe pagar su culpa"


Libro de Visitas

Walter Hugo Rotela González ©

Creative Commons License


Esta web ha sido creada por www.ratondebiblioteca.es 2007-2021 ©
Contacto ¦ Legalidad