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Será mostrado si existe



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Escrito por Walter el 22/08/21

Cuestión de cambiar la rutina


Medio dormida, medio atontada por la fiebre, la mujer de cabello rizado y rojizo se levantó la mañana del lunes. Saltó de la cama, casi cayó al suelo. Sólo la práctica de tantos años la salvó de terminar con las costillas rotas. Estaba en la cama superior de la cama cucheta de la casa de su hermana, como tantas veces, cuando volvía de algún boliche bailable, los lunes en la madrugada, un par de horas antes de ir a trabajar.

Era lunes sí, pero no debía ir a trabajar. Su hermana intentaba convencerla de seguir metida bajo la colcha tejida por la abuela que vino de Italia.

“No es posible” -decía ella. “No es posible” -repetía. “Tengo que ir a trabajar”…

Con voz de enfermera, la hermana, de largos cabellos rojos como ella, la miraba, la observaba desvanecerse. Ella tenía los párpados caídos como las medias, como las hojas del árbol del frente de la casa, como el sistema a la hora de inicio del anuncio del día séptimo, cuando todos queríamos saber cuál sería la nueva medida tomada por el equipo de crisis.

Cuando, al fin, se durmió soñó que estaba trabajando, subiendo al bus, escuchando en la radio un viejo blues. Una sonrisa se dibujó en sus labios y de pronto, soltó una carcajada. Después se durmió profundamente hasta las doce del medio día. Sus ojos rojos, como su cabello, fueron, en ese momento, alcanzados por la luz de la ventana. No podía ver, no podía adivinar la forma de las cosas, todo era un grupo borroso. La fiebre empañaba la experiencia de despertarse.

Quiso, como unas horas antes, ir a trabajar. Esta vez, aunque adormilada, sintió que las cosas no estaban como de costumbre. Algo era distinto, sin saber qué. Primero se percató de la fiebre, luego de la presencia de una mujer de chaqueta blanca con estetoscopio y tapaboca que estaba a punto de diagnosticarla, e indicarle reposo.

Con voz firme que surgía como apagada detrás del barbijo la mujer dejó indicaciones concretas, tanto para la paciente que intentaba comprender, escuchar con atención, como para los otros que estaban en la casa - unas cuatro personas. “Esto es cuestión de cambiar de rutina. No hay otro modo de vencer… Repito -insistió- esto es cuestión de cambiar de rutina”.


Libro de Visitas

Walter Hugo Rotela González ©

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Escrito por Walter el 29/08/21

El universo de don Roque


Recuerdo, perfectamente, la noche que conocí a don Roque. Vi el cielo estrellado, como nunca lo había visto antes. Se podía notar la vía Láctea en todo su esplendor. Recorría los últimos kilómetros con mi bici-moto, un "mosquito", que es como le llaman a estos biciclos. Se rompió al caer la nochecita y llegué a una cantina, en medio de los campos sembrados.

Don Orisvaldo y su esposa atienden la cantina a la que llegué. Estaba fresco y habían encendido una cocina económica, en un extremo de la cantina. Esto crea un ambiente agradable junto con el mostrador rústico y la mesa de billar casín. Al costado de éstas hay un par de máquinas tragamonedas.

Pedí una cerveza sin alcohol y nos pusimos de charla con don Orisvaldo. Le conté sobre mi percance. Junto a la cocina económica estaba sentado don Roque. Tomaba un poco de vino, mientras acomodaba una liebre y dos conejos - del criadero de los dueños de la cantina - en el horno de la cocina. En eso llegó un tipo que, apenas entró, me miró fiero. Sin embargo, nunca imaginé lo que pasó después.

El cantinero le sirvió una grapa, según el pedido del recién llegado. El hombre, de grandes manos, cabello renegrido tiene la piel tostada, curtida por su tarea al aire libre. Según me enteré, después, es conocido por su mal talante. Pero, de eso, yo nada sabía. No es más alto que yo, pero como tiene una pronunciada chuequera, quizás mida algunos centímetros más. Tomó un segundo trago y sin rodeos dijo: "¿Qué hace un blanquito manteca por estos lares en esa porquería, que no es moto… ni bicicleta?".

Me sorprendió y no debí contestar; pero lo hice: "Eso es un ciclomotor… Y me lleva a todas partes. Aunque hoy decidió pararse aquí".

- Mantequita dije… Y no me equivoqué. ¿Dónde se ha visto que el caballo mande a quien lo monta? ¿Dónde nació usted blanquito?

- Me permite responderle don… ¿Cuál es su gracia? Lo que monto es una bicicleta y no un caballo –le dije, con el tono más firme que me fue posible.

- Había sido gauchito el blanquito manteca… El discurso del viejo Clibio, que es el nombre de hombre gruñón, fue interrumpido por la voz cortante de don Roque: "No moleste al visitante don Clibio. Acá todos somos forasteros hasta que formamos parte de la ronda. Por eso… don Orisvaldo, sírvale una cerveza al joven".

- Gracias don; pero quizás tenga que seguir conduciendo –dije.

- No podrá con el mosquito así. Pase la noche aquí y mañana vemos de reparar la máquina. Tranquilo… No le voy a cobrar. Y tome una cerveza con alcohol que, dentro de un rato, lo acompañamos con un conejo o dos.

- Gracias –respondí. Creo que será una buena opción. Porque volver con el mosquito a tiro será un tanto difícil a esta hora de la noche.

- Ni lo dude. Y en el galpón hay lugar para usted y para su "mosquito" –comentó don Roque. El clima, dentro de la cantina, mejoró tan rápido como habíase complicado minutos antes. Y no tan sólo por el calor de la cocina a leña sino por la intervención de don Roque.

- Me voy –afirmó el veterano Clibio – porque está frio y tengo que madrugar. No voy a perder el tiempo con cosas de mosquitos ni con blanquitos. Giró y entre tumbos enfiló hacia la puerta. Cuando estuvo junto a ella, dio vuelta en redondo, me miró y dijo: "No se lo tome tan a pecho joven, los años me volvieron un poco gruñón".

El conejo estuvo un rato después y sentí toda la hospitalidad de don Orisvaldo y su esposa; como la de don Roque. Dormí después en el galpón y la estadía se prolongó por una semana. Tiempo durante el cual conocí más a fondo a don Roque y a las personas del lugar. Un poblado perdido a 20 kilómetros de una ruta nacional era el nuevo mundo de don Roque.

El añoso hombre que me dio albergue oficiaba de peón en cualquier campo o chacra que lo requiriesen. Sin embargo, desde hace cinco años atrás estaba afincado en el campo de los Mejía. Una casita cercana al camino vecinal, antiguo puesto de la enorme estancia le fue concedido para su uso hasta cuando él lo dispusiera. Algunos campos del dueño original, un hombre de unos 95 años actualmente, fueron vendidos, en un pasado cercano -no explicado por don Roque- incluso con la sección donde estaba el rancho de don Roque. La zona se loteó en algunas parcelas bajo la rotulación de "zona suburbana" y mediante autorización de la Junta Local.

- Este no es mi rancho; pero… como si lo fuera. El viejo Mejías me conoció un día que le hice unos trabajos y le conté mi historia. Seis meses después de trabajar con él me puso a reparar este rancho, un viejo puesto de su estancia de la zona. Cuando terminé, casi al décimo mes de trabajar con él, me dijo: "Esto ahora lo puede usar usted. Si quiere vivir acá, lo puede hacer hasta que se muera o hasta que quiera irse. Ta." El hombre estrechó su mano y asunto sellado. Los hijos conocían el trato, por eso es que llevo hoy unos cinco años viviendo aquí.

- Gente de palabra –contesté.

- Ni que lo diga. De esa gente queda poca. Él comprendió mi situación y yo le estoy profundamente agradecido.

- Pucha digo… ¡Qué historia interesante!

- Mire, no se asuste. Pero tiempo atrás estuve guardado en un Penal por un crimen. Le disparé a un hombre que intentó robarme y aunque lo herí en la pierna, cosa que me di cuenta, también lo hice en el abdomen. Esto lo llevó a la muerte, por el sangrado. Me comí un par de años guardado entre rejas. Por buena conducta me dejaron salir a los dos años, pero en el ínterin perdí a mi mujer y a mis hijos.

- ¿Y desde entonces vive aquí?

- Casi. Llegué a la zona casi como tú; si me permites tutearte.

- Claro… Usted tiene casi la edad de mi abuelo.

- ¡Epa, epa! Tan viejo estoy… Bueno, la vida pasa y uno no se da cuenta, uno sigue simplemente viviendo. Uno debe seguir viviendo.

La gente me conoce y sabe de mi historia; pero aquí nadie dejó de ofrecerme trabajo por eso. Y como una marca personal, las entradas de varios campos, las realicé con las mismas piedras y con un aspecto similar.

- Entonces, don Roque, usted volvió a nacer en estas tierras ¿no?

- Nunca lo había pensado de ese modo, pero sí. Porque volver a empezar es también nacer, ver la luz. Estas tierras que trabajo hoy me brindaron la oportunidad. Este hombre para el que trabajo aún hoy fue el primero; pero cada parroquiano del lugar, con el tiempo, me brindó trabajo, y algo más importante: su amistad. Ya lo vio usted la noche que llegó.

- ¿Ya lo vio usted…?

-Digo… Ya lo viste… Esa noche que llegaste pudiste apreciar la actitud de don Orisvaldo y su mujer. La cosa es como cuando miramos las estrellas… Primero vemos una, luego otra y al final todo el universo… Un mundo nuevo de luces.


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Walter Hugo Rotela González ©

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Escrito por Walter el 06/09/21

El cuarto de Francisca


La antigua casona está hace tiempo habitada por un grupo de niños y adolescentes.

Cuando la vi, después de tanto tiempo, no creí que fuera la misma. Está pintada con un color diferente. Un color rosa viejo que en nada parece el azul que conocí de niño.

Por los medios me enteré que la casa ahora pertenece al Estado, y, por su estructura, estaba siendo usada para albergar a niños y adolescentes problemáticos. Adolescentes con dificultades con la ley.

Eso me parece bien, pues la vieja casa era muy grande. Antes allí vivían los miembros de una gran familia, con sus sirvientes también residiendo allí.

A esos habitantes no los conocí, pues la casa estaba casi en ruinas cuando la vi por primera vez, al mudarme a eso de los siete años, a una casa a dos cuadras de allí, pero funcionó en ese tiempo un viejo almacén que era propiedad del padre de una chica que me gustaba. Por ella empecé a frecuentar el lugar y compraba todo lo necesario allí. Me ofrecía voluntariamente para hacer todos los mandados y siempre iba al lugar.

Un día, como siempre iba, el padre de la chica me invitó a buscar algo que mi madre me envió a comprar al fondo del lugar. Allí pude ver a la chica y empezamos a conversar. Pude, entonces, conocer la casa en su total dimensión.

Una tarde de mucho calor, mientras tomábamos un refresco con Laura, la chica con quien pude entablar finalmente una amistad, pero nada más, me contó que en la casa había un lugar al cual no podía entrar. Es decir, sí podía, pero le daba escalofríos cada vez que entraba al cuarto.

Varias veces volví a entrar a la casa después de aquella primera vez. En todo ese tiempo Laura me contó, varias veces, sobre el cuarto a donde había muerto -según supo después, un día que su padre le contó la historia- una chica de nuestra edad.

Ese cuarto era frío, o uno sentía frío al acercarse a él. Y pude entrar más de una vez al lugar. Sin embargo, jamás vi nada espectacular, nada raro. Pero, mi amiga Laura, no podía entrar, pues comenzaba a pensar en cosas que la asustaban. Ella decía que veía cosas, nada especifico, pero sí ciertas personas que correteaban dentro del cuarto.

Ahora, un medio de prensa informaba que la casona estaba siendo usada para albergar a menores y que ellos, los chicos, estaban asustados porque dentro del enorme lugar, un cuarto específico, estaba habitado por un fantasma. Claramente, esos relatos no fueron tenidos en cuenta.

Los chicos eran obligados a ingresar a la habitación y eran encerrados por un tiempo, uno o dos días allí. Luego de eso los dejaban salir, y no volvían a ser los mismos. Pero las autoridades, según el informe del medio, no creían en fantasmas, sin embargo, ante el relato de los chicos, usaban el antiguo cuarto, como celda de castigo.

Al parecer, la historia le gustó al periodista que hizo la nota y empezó a investigar un poco más. Pues la nota estaba pronta, no había un hecho noticioso para escribir algo más. Pero algo le decía que había encerrada una gran historia allí. Un par de meses después dio con mi antigua amiga Laura. Ella le contó que había vivido allí y que muchas veces, innumerables veces, sintió que allí, adentro del cuarto, un grupo de personas corría tras una niña, que finalmente se detenía y gritaba de modo descomunal.

Investigando con los más ancianos habitantes del barrio supo que allí había vivido una familia adinerada que entre sus criados tenía a una niña mulata. La niña, al parecer, había sido producto de la violación del dueño de casa a una de sus criadas. Pero pocos podían asegurar eso. Sin embargo, sabía, el hombre mayor con quién se entrevistó el periodista, que la niña se llamaba Francisca y que era rebelde, nunca la había visto con alguien más que con su madre. Y después de cierta edad, no volvió a verla.

La historia volvió a estar en el escritorio del periodista, pero sus editores consideraron la nota como una bobada y no la publicarían.

Quizás, la niña había muerto trágicamente y buscaba contar su historia, pero de momento no llegaba a ver la luz, y simplemente se manifestaba como unas imágenes, ante algunas personas. En estos días, ante los niños y adolescentes que habitan la casona.


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Walter Hugo Rotela González ©

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