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Será mostrado si existe



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Escrito por Walter el 05/07/21

Don Alejandro


Lo que dejaré en estas líneas no es sino una recreación de una historia real, la de Don Alejandro. La cual llegó a mí, muchos años después de haber ocurrido. Pero forjó una huella importante en quienes fueron sus protagonistas y los allegados del personaje principal. Y eso mismo me lleva a intentar ser lo más fiel posible a los hechos, según mis propios recuerdos de la anécdota y breves indagaciones posteriores con quienes me contaron el relato.

Don Alejandro era un hombre de tez oscura, marcado por la intemperie. Su piel estaba muy curtida por las inclemencias de cada estación, a las cuales estaba todo el tiempo expuesto, en su ocupación de tropero, ladrillero, arriero de alma. Tanto hubiera sol con rayos que rajan la tierra y elevan la temperatura ambiente a cuarenta y ocho grados o un frío de cero, el hombre salía montado en su fiel caballo. Su cabello era de color negro, lacio, y usaba unos bigotes largos, los que gustaba acomodar con el pulgar y el índice de la mano derecha, para luego torcerlo en la punta, creando una especie de rizo final. Esto lo hacía mientras pensaba; mientras perdía la mirada entre las llamas de los carbones ardientes del bracerito; mientras apretaba firme con las manos el mate mañanero, que llenaba con agua de la pava. Era su ritual diario, antes de salir por los senderos aledaños a las costas de arroyos y lagunas de los campos vecinales. Hasta allí conducía a la tropa para beber, para pastar.

Si hay algo que nadie menciona, pues es común entre quienes montan largo tiempo, es la chuequera de Don Alejandro. Esto le reducía un poco la estatura, pero bien disimulada quedaba bajo las bombachas que usaba habitualmente. Sí, en cambio, cuentan quienes lo conocieron, que era de esos tipo de hablar poco y pausado, de mirada atenta aunque de apariencia perdida, de un oído muy agudo, capaz de reconocer los cientos de animales del bosque chaqueño, desde las aves como las bandurrias, los chajás, las chuñas o las garzas hasta el correr presuroso de los carpinchos y toda clase de bichos.

Una de las costumbres de Don Alejandro era la de fumar sus cigarros poí, -cigarro pequeño muy conocido por los lugareños- sentado frente al brasero en la noche o bajo un árbol a mitad de la jornada. Por alguna razón, también en esos momentos, perdía su mirada entre el matorral, parecía adivinar el mundo animal entre los follajes y bajo los espinillos. Era diestro para la caza.

Corría el año 55, el año de las “inundaciones”. Muchos pobladores formoseños se refieren a ese, precisamente como el año de las inundaciones. Quizás, porque fue una de las más grandes que hubo, antes de la del 83, la cual es considerada la más grande del siglo XX para la región. Pero, también se recuerda ese año porque fue el año de la provincialización. Sí, los habitantes del territorio organizaron una comisión, entre los vecinos más importantes, y elaboraron un petitorio el cual presentaron ante el Gobierno Nacional. El 28 de junio de ese año, se promulgó la Ley Nacional N° 14.408 que disponía la provincialización.

Don Alejandro era, como mencioné anteriormente, un arriero, y en su tarea llevaba a pastar no sólo a sus vacas sino que hacía lo propio con ganado ajeno que le era encomendado, a fin de ganarse la vida. Haciendo su tarea fue que un día, de esos del invierno del 55, se perdió, o mejor será decir, dejaron de conocer su paradero sus parientes y conocidos. Pues no hubo, en esos días, conocedor como él de las tierras formoseñas circundantes a la Laguna Oca.

El viejo Don Alejandro, conocía palmo a palmo la zona. Era imposible que se perdiese. Por ello resultó extraño que no volviera tras tres días de lluvia y frío. Es cierto, pensaron algunos al principio, que una crecida brusca de algún arroyo suele afectar el cruce, pero es temporal y nada extraño para el arriero. Por eso se organizaron algunos que lo conocían.

Así como ese año un grupo de vecinos se juntó para elevar una solicitud ante el Gobierno Nacional, otros se reunieron para buscar a Don Alejandro. Corrió la noticia de su desaparición y no hubo uno que no se ofreciera, lo tenían en gran estima, por sus consejos, aunque era hombre de poco hablar. Sólo algunas veces se le soltaba la lengua, cuando alguna caña o dos le llevaba a contar sobre las andanzas de tiempos mozos o cuando, casi como un pensamiento en voz alta, daba su opinión sobre cosas que en esos tiempos preocupaban a los lugareños, como lo lejos que el gobierno nacional los tenían dentro de sus preocupaciones. Pero eran, las menos de las veces, porque creía que esas eran cosas de otros. Él prefería ocuparse de sus caballos y su trabajo.

Cuando amanecía el cuarto día, se juntaron los hombres frente a la casa de Doña Valentina, su mujer. Pues, era así, la casa era de ella. El viejo decía: “En la casa manda la mujer, a mí déjenme con mis caballos y mi libertad…” Los más jóvenes remoloneaban un poco, pero se acercaron casi cien. Se dividieron en grupos y salieron en tropel. Recorrieron las ladrilleríllas, las costas de la laguna, los arroyos y nada. Pasaba la mañana y ni un rastro. Varios perros corrían en su búsqueda. En eso, sobre la tardecita, casi cuando estaban a punto de volver, un grupo divisó a lo lejos un caballo. Corrieron hacia el lugar, y a medida que se acercaban, uno de los hombres reconoció el caballo de Don Alejandro. Estaba pastando cerca de la orilla de un tramo de arroyo. Fueron llegando, uno a uno, los jinetes. Y uno a uno, se fueron desayunando con el espectáculo que estaba frente a ellos y a mitad del arroyo. No era para menos. “Escalofriante”- dijo uno de los más jóvenes. “joder” –dijo un veterano.

Cuando me contaron la historia -entre ellos estaba uno de los que participó en los grupos de búsqueda-, textualmente dijeron mis interlocutores: “…dicen que lo encontraron sentado en la profundidad del arroyo y con una mano tendida hacia arriba, como tratando de alcanzar una rama. Su caballo de tiro estuvo en el lugar parado más de tres días; por eso lo encontraron al viejo. Escalofriante, ¿No?”.


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Walter Hugo Rotela González ©

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Escrito por Apolo el 05/07/21

A bordo de la bestia II


En ese camión viajaron hasta Medias aguas en un tramo de casi ciento ochenta y cinco kilómetros. Dicho viaje muy tortuoso por cierto a un ritmo parsimonioso y lleno de humo con olor a combustible dejó a los viajeros atortolados. A Medias aguas llegaron a las once de la mañana casi sin aliento y sin perspectivas de comer algo para el almuerzo ya que hasta esa hora no habían pasado bocado alguno. Por eso el hijo de Marcia lloraba de hambre y aunado a eso su madre no emanaba nada de leche materna.

En la vereda campo nuevo de la mencionada localidad los viajeros se metieron a un pequeño predio donde estaban unos pequeños sembrados de tomate y chile, aquel ají tan picante como el mismísimo fuego. Sin tener nada que pensar empiezan a devorar tomates como locos, los vegetales estaban frescos y grandes.

Luego de calmar las tripas con algo de comida vegetal salieron del cultivo con sumo cuidado. El sol parecía ayudarles porque se escondió tras unas espesas nubes por casi una hora, ese tiempo sirvió para que se acomodaron en un viejo paradero del tren a la vera de los rieles del tren esperando que no demorase mucho para intentar subirse a él.

Pasaron las horas y a eso de las tres de la tarde los viajeros se hallaban reposando del sol bajo el improvisado refugio en el viejo paradero, eso era lo único que podían hacer ya que no tenían ni idea la hora que el tren pasaría por el sitio.

De pronto como de la nada, emerge un ruido que los viajeros escuchan a lo lejos, se sentía como una locomotora andando a un ritmo más lento que de costumbre. Era nada menos y nada más que la “Bestia” por fin los viajeros tenían su anhelado encuentro con el afamado tren que los llevaría a cumplir su sueño americano.

El dichoso tren venía andando a un lánguido paso, debido a que tenía una avería en su locomotora por falta de mantenimiento. Entre tanto los viajeros aguardaban en la maleza muy dispuestos a trepar en el tren que debía detenerse por lo menos para tomar un par de curvas que se aproximaban en el camino.

Llegó el momento esperado, José y Gabriel saltaron sin miedo agarrándose fuerte de las barandas de uno de los vagones, mientras recibían palabras de apoyo por otros viajeros que se apostaban al techo. Marcia queda asombrada al ver la acción de sus compañeros de viaje, subieron al tren dejándola a la vera del camino, es posible que la emoción de ver el tren de cerca los haya obnubilado de tal manera que se olvidaron de su compañera de viaje.

La mujer por su parte seguía atónita, no lograba salir de su aturdimiento al ver que el tren se alejaba sin ella, mientras que varios curiosos se agolparon al paso del tren para lanzarle comida y agua a los viajeros. Es sabido que mucha gente ayuda a los migrantes para que estos no desfallezcan.

Precisamente una señora de esas que está lanzando cosas al tren se le acerca a Marcia y le pregunta;

-¿Qué te pasa, parece que quieres subir?

Marcia le responde con una voz entrecortada;

-¡Si, pero mis compañeros de viaje subieron y me dejaron!

La señora le dice;

-¡Tranquila mujer, aquí nosotros te ayudamos, pero ten mucho cuidado con ese bebe!

Así como le dijo la señora las cosas sucedieron, unos chicos que estaban abajo le hicieron señas a los que venían montados para que de un jalón subieran a la mujer al tren. No pasaron más de dos minutos cuando de pronto Marcia cierra los ajos al escuchar un grito desesperado que decía;

-¡Quieta$hellip; agarra bien al niño… te vamos a subir!

En una maniobra de mucho riesgo dos chicos estiran una de sus manos para agarrar a la mujer, mientras que con la otra se aferraban al tren de manera fuerte.

A la mujer no le quedó otro remedio que cerrar los ojos y esperar que la acción tuviese resultados positivos y no resultara peor el remedio que la enfermedad. De un tirón seco, los dos chicos treparon a Marcia al tren dejándole unos moretones en los brazos a causa del fuerte apretón. Ya arriba en el estribo del tren los dos chicos le hacen un lugarcito a la mujer para que se acomodara con su bebe que miraba fijamente el rostro de su madre. Por su parte José y Gabriel entran en razón y lamentaban haber dejado a Marcia en el camino, tanto fue su ataque de conciencia que se recriminaban en si a ver quien tuvo la culpa de semejante acción tan desleal.

No había pasado mucho tiempo de que Marcia había subido al tren cuando una mujer se le acerca y empieza a preguntarle lo siguiente;

-¿Viajas sola o acompañada?

-¡Viajo sola… porqué!

Responde Marcia en un toco seco y muy corto.

La mujer responde en su mismo tono;

-¡De malas mija, aquí las mujeres no podemos viajar solas!

-¡No me importa!

Le dice Marcia a la mujer en el mismo tono.

Pero la mujer no se rinde y le insiste diciendo en un tono irascible;

-¡Entonces prepárate… si no estás planificando o si no te pusiste la inyección de ya tu sabes en Chiapas… te jodiste!

Marcia se la queda mirando fijamente y le responde;

-¡La que se va a joder eres tú si no me dejas de molestar, sigue con tus sandeces y te tiro del tren “maluca”!-

La mujer se sorprende por el tono de Marcia y le dice;

-¡Después no digas que no te avisé!-

De inmediato se marcha trastabillando los pies, agarrándose de los hierros y columnas del estribo del tren que estaba atestado de gente.


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Luis Alfredo Arroyo Osorio ©

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Escrito por Apolo el 16/07/21

A bordo de la bestia III


Luego del incidente con la mujer Marcia medita sobre lo sucedido y no le da importancia, sigue abrazando a su hijo y en medio de sollozos se resigan a su suerte rezando al todo poderoso que la libre de cualquier mal. Es más no quiere que nadie se le acerque o mire y esa no sería la mejor estrategia.

En el tren la mujer se hallaba muy solitaria a pesar que su hijo no la soltaba ni a sol ni a sombra, los dos amigos de viaje no se atrevían a buscar a Marcia por su remordimiento de conciencia al dejarla atrás cuando ellos subieron al tren. Ella a su vez también resentía mucho de sus compañeros por eso no movía una paja para tratar de buscarlos y reunirse todos de nuevo.

Los tres por separado pasaron su primera noche en el tren, la temperatura bajó un poco con respecto al día y la oscuridad invadía todo, los insectos pululaban principalmente los tábanos que venían del Yucatán maltrataba la piel de los viajeros con su picadura sanguinaria.

El paso del tren por la negrura era interminable los ruidos nocturnos y zumbido de los mosquitos eran aterradores, además el centellear de las luciérnagas hacían de aquel paisaje algo singular. La mayoría de los ocupantes del tren intentaban acomodarse en cualquier lugar para no caerse ya fuese en el techo de los vagones o en las terminaciones de cada remolque donde quedaba un espacio rodeado de unas rejillas de hierro. En esos lugares los migrantes se refugiaban de las terribles condiciones del tenebroso viaje.

Como a eso de la una de la madrugada irrumpieron por los techos de los vagones una cuadrilla de vándalos que estaban armados con el fin de robar a los demás tripulantes, eso era inverosímil ya que estos viajeros a esas alturas no tenían casi nada de valor, sin embargo habían algunos que resguardaban en bolsillos ocultos dentro de sus ropas donde aseguraban algo de dinero en dólares de baja denominación que previamente habían cambiado en el mercado negro.

Los vándalos arremetieron con todo, robaron, maltrataron y manosearon a muchas mujeres a pesar de que estas viajaban con compañía masculina.

¿Si eso le pasaba a esa féminas que sería de Marcia que viajaba sola con un bebé de brazo?

Pues esta se armó con una botella de vidrio que partió contra el piso de hierro donde se hallaba acomodada, cuando uno de los vándalos intento ultrajarla Marcia lo hiere en uno de sus brazos con un corte profundo que le hacía emanar abundante sangre.

Cuando el resto de malhechores se percataran que su compinche estaba herido salen en manada a agredir a Marcia sin piedad, no les importaba que esta cargaba a su hijo. Pero la mujer se defendía como gato boca arriba sin importar las consecuencias, mientras que los gritos desesperados de los viajeros encaramados en el los techos de los vagones turbaban la tranquilidad de la noche.

De pronto reinó la confusión por varios minutos, muchos hombres se tomaron el problema de Marcia y comenzaron a pelear con los vándalos hasta que lograron neutralizarlos más por número que por sus armas. Los vándalos incluido el herido se lanzaron del tren en una maniobra casi suicida, ellos estaban muy acostumbrados a realizar esta huida y muchas veces saltaban con un fuerte botín pero en esta ocasión se fueron sin nada y con un herido entre ellos.

El endemoniado tren seguía su marcha pasando por Tierra blanca y Orizaba en el estado de Veracruz hasta que llegaron a la estación de Lechería en el estado de México. Esta era la estación más convulsionada de todo el recorrido, ahí el hambre y la sed le pasan factura a los migrantes, a esa altura ya habían recorrido gran parte del territorio del país manito, muy pronto se acercarían a la frontera pero quedaba dos días o tres días de viaje dependiendo la celeridad de la llegada del siguiente tren.

A estos personajes no les importaba nada, inclusive la muerte era algo superfluo para alcanzar el sueño americano. El cansancio y el desgaste del viaje era muy evidente, sus rostros maltrechos demostraban que el tortuoso viaje ya les estaba pasando factura, es más ya muchos de los viajeros pensaban seriamente abandonar la aventura y simplemente buscar apoyo en las casas de atención para migrantes donde les brinden atención médica y algo de comida caliente que le permitan recobrar fuerzas y retornar a sus países de origen.

Pero ese pensamiento no pasaba por la mente de Marcia ni de ninguno de sus compañeros de viaje muy a pesar de que hace varios días no tenían comunicación alguna. En la estación de lechería los susodichos se toparon de frente con Marcia, pero esta no los determinó en absoluto. Mientras que los caballeros buscaban afanosamente el perdón de la mujer pero esta no daba su brazo a torcer.

Marcia ya tenía nuevos compañeros que la estaban rodeando por si acaso le pasara algo como lo sucedido en el tren horas antes, por esa razón ella no determinaba a sus antiguos amigos de viaje. Enseguida se marchó con su cuadrilla a planear el próximo viaje que sería bastante pesado ya que los que esperaba a la bestia comentaban que hacía catorce días que estaban casi sin dormir a la espera del tren que los llevase por fin cerca de frontera, pero todavía les quedaba un largo camino por recorrer.

Casi al final de la tarde se corrió el rumor que la bestia venía camino a lechería y luego partiría a la frontera. Dos horas después del rumor se escuchó el traqueteo de la máquina locomotora y por fin se hacía realidad el sueño de muchos.

Mientras que el tren se detiene a su parada de control el Lechería comienza el ajetreo de los migrantes montándose a la bestia como niños cuando suben al castillo inflable. La parada de control en la estación duró aproximadamente unos veinte minutos y ese tiempo alcanzó a que por lo menos doscientas personas abarrotaron el techo y los costados del tren.


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