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Será mostrado si existe



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Escrito por Walter el 22/06/21

Llamada urgente… de arriba


En plena tarde, con un mundo de gente circulando por las calles y veredas, donde todos andan rápido, a los gritos y haciendo señas y gestos agraviantes, que alguien hable por teléfono no llama, para nada, la atención. Pero… hay excepciones a la regla.

Mientras los niños salían de la escuela pública, con sus moñas a medio camino entre el prolijo nudo y totalmente sueltas, vi al padre de uno de ellos tomar su teléfono y contestar.

Vestía ropa formal, traje negro, corbata y zapatos con cordones. Un típico hombre de oficina, de los que siempre están -o buscan mostrarse como- ocupados. Tomó el teléfono celular mientras acariciaba a su hijo que se despedía de la maestra, a quien saludó con la mano en alto y haciendo un gesto de aprobación con el pulgar.

El hombre, traje negro, caminó unos pasos hacia la salida mientras su hijo se detuvo a jugar con los compañeros, a quienes sus padres aún no los habían venido a buscar y esperaban en el patio de la escuela. Entre feliz y sorprendido escuchaba atentamente lo que alguien, del otro lado de la línea, le decía.

El hijo del hombre, del traje negro, siguió jugando, correteando por el patio, donde el busto del héroe nacional mantenía su mirada fija, atenta y vigilante.

El padre del niño, un hombre joven, comenzó a dirigir sus pasos a la entrada del templo de la parroquia aledaña, que en esas horas dejaba oír las campanadas de invitación a la celebración de la misa diaria vespertina. Pareció titubear en el vano del ingreso al edificio de la iglesia. Finalmente, ingresó, y lo hizo con el celular encendido, funcionando mientras seguía con atención algo que le decían; al tiempo que se tapaba la boca con la mano como para disminuir el volumen de sus propias palabras. Su mirada se elevaba al cenit o hacia el interior de la edificación en un movimiento pendular. Esto duró por espacio de unos interminables cinco minutos.

Miró al interior, se persignó, lo volvió a hacer y se rascó la cabeza mientras cabizbajo se dirigió a buscar a su hijo.

Fue claro para mí lo que ocurría. El hombre había recibido una llamada urgente… de arriba. El cielo tiene muchos medios, y se moderniza o conoce mucho más de lo que el hombre ha llegado a descubrir. ¿Por qué el cielo no usaría celulares para comunicarse de ser necesario?


Libro de Visitas

Walter Hugo Rotela González ©

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Escrito por Apolo el 23/06/21

A bordo de la bestia I


En una aletargada tarde de abril se encontraron tres soñadores en el cruce de la frontera entre México y Guatemala, paso obligado para todos aquellos que emprenden la osadía de llegar de forma ilegal a la tierra del tío Sam.

La lista de viajeros era encabezada por José del Tránsito Baquero, un colombiano de raca mandaca que decía sin aspavientos que ha recorrido muchos caminos y que si para la luna abren una trocha allá va. Le seguía Marcia Quispe, una peruana oriunda de Chiclayo la antigua e histórica ciudad al norte de la tierra inca. La mujer viajaba con su pequeño hijo de dieciocho meses y por último estaba Gabriel Herrera, un hondureño de cuarenta y nueve años el cual hacía su cuarto intento en pasar la frontera, mientras que para los dos anteriores era su primera vez en esa travesía y nada menos y nada más que a bordo de la bestia.

Estos tres departieron por largo rato en el sitio antes mencionado. Allí atravesaron el rio Suchiate que divide los dos países, por una orilla Tecún en Guatemala y por la otra Ciudad Hidalgo (Chiapas) en México. Pacientemente subieron a bordo de una balsa rudimentaria hecha de dos enormes neumáticos y tiras de madera la cual flota para poner a los pasajeros que vienen de Centroamérica y América del sur en el país del gran Speedy González.

La química entre los tres fue inmediata y al calor de una taza de café se comprometieron a ayudarse mutuamente para soportar los embates de este paso que estaban a punto de dar. Mientras cada uno guardaba para sí el sufrimiento y la nostalgia causada que hacía casi un mes cuando se despidieron de sus familiares en medio de un largo sollozo y muchas lágrimas sin saber si se volverían a ver de nuevo.

Luego de cruzar a México empieza el calvario porque es allí donde surgen los primeros inconvenientes de la travesía, llegar a ciudad hidalgo (Chiapas) y luego embarcarse en cualquier transporte barato esperando no toparse con una redada de las autoridades migratorias en el camino a la ciudad de Arriaga en el estado de Chiapas. Es precisamente allí de donde sale la bestia, la cual no avisa el día ni la hora que hará su arribo, solo hay que estar atento al ruido estruendoso que sale de la locomotora y el chic chac de los rieles que retumban por todos lados.

Al momento de escuchar ese estridente ruido la gente se dispersa y corren formando ríos humanos que parecen que buscaran el maná como en los tiempos de la antigüedad.

Pero son los migrantes que con el afán propio del indocumentado buscan con ansias cruzar la frontera entre México y los Estados Unidos en busca del tan anhelado “Sueño Americano” subidos al techo del tren de carga más grande del mundo.

Este atraviesa todo el país azteca para llegar al gran país del norte, en él los viajeros desafían los peligros propios de un éxodo que no parece tener fin. Todos amontonados a bordo de una enorme máquina que le llaman la “bestia” o tren de la muerte. Esta endemoniada máquina es la que roba el sueño a miles de migrantes que desolados lo ven como la única salida a su desvencijada y precaria situación económica que viven en sus países de origen.

No es raro ver a menores de edad, mujeres con niños de brazos y hasta hombres de avanzada edad embarcarse y aferrase a los vagones para no caer mientras la locomotora sigue rumbo del sur a norte.

Aquellos tres viajeros llegaron a Arriaga (Chiapas) después de casi cinco horas de viaje desde Ciudad hidalgo en el mismo estado, tomaron camino por Tapachula y fueron transportados por un conductor de tracto camión que se conmovió con su historia hasta el punto que este les dio un aventón. Ingresaron a la mencionada ciudad entrada la tarde noche, el sofoco del viaje los golpeó fuertemente, estos estaban sedientos producto de la deshidratación y el viento áspero que les acompañó en el camino, además la mujer estaba pendiente de su pequeño hijo y el escaso bocado que ingirieron ella se lo dio casi la totalidad en pequeños grumos a su retoño.

Luego de haber bajado del transporte se dispusieron a buscar un lugar donde pasar la noche que cobrara un precio módico debido al escaso presupuesto que los acompañaba. Encontraron una opción que les propuso un habitante del pueblo, la cual consistía en una casa desocupada que por muchos años perteneció a la oficina de teléfonos de México. En ese lugar desolado y lleno de telarañas pasaron una cruel noche los aventureros, tanto así que parecía que no pegaron el ojo. Unas amplias ojeras adornaban sus rostros y el lánguido semblante que presentaban no daba buen augurio.

Estos salieron del sórdido lugar con reuma producto de la gran ingesta nasal de ácaros y de inmediato ponen pies en polvorosa en la búsqueda de la estación del tren de la ciudad de Arriaga. Caminaron varias cuadras y se apostaron a la vera de unos árboles que refrescaban la tibia mañana que se asomaba en el horizonte.

En ese lugar José del tránsito propuso buscar algo para desayunar y nuevamente sacan cuentas para no quedar ilíquidos, al rato el hombre vuelve con un manojo de tortillas que pudo conseguir por unos pocos pesos echando un cuento triste a las vendedoras.

Luego de desayunar con las tortillas que consiguió José del tránsito se centraron en el tramo que tenían por delante que era demasiado largo para tomar pausa, las gestiones siguieron en marcha y Gabriel herrera el hondureño como viajero más experimentado logro averiguar que el tren o la bestia no llegaría a Arriaga y que debían tomarlo en Ixtepec (Oaxaca).

Por esa razón debían tomar un tren menor en la estación cerca de la avenida central y séptima calle en el sector laureles en Arriaga. Sin más comentarios reunieron lo que les quedaba de dinero y Gabriel se encargó de esa tarea, en un destartalado taxi que sonaba más que cama floja lograron llegar a la estación. Su presencia no pasó desapercibida ya que todos sabían que eran migrantes, aunado a eso el niño de Marcia daba muestras de cansancio y sollozaba aferrado al pecho de su madre.

Arreglaron el viaje a un precio menor que el de un boleto normal ya que fue a escondidas de los responsables de la estación, los viajeros lograron engancharse en el rincón de un vagón que llevaba una carga de maíz. Eso les ocasionó una gran piquiña en la piel porque el maíz suelta un pelillo que es medicinal para los riñones en infusión pero muy irritante al roce con la piel.

Con toda esa incomodidad lograron llegar a Ixtepec a la hora del almuerzo, de inmediato se bajaron del tren se dirigieron al mercado municipal donde habían muchos comercios. En uno de esos con forma de barraca ingirieron un caldo de pollo con fideos y uno que otro pan salado, fue el único plato que se le ajustó al apretado presupuesto.

En ese lugar se quedaron un par de horas después del almuerzo, alcanzaron a contarle la triste historia del viaje a la dueña del negocio la cual se acongojó con el relato, ya que ella casi pierde a su hijo mayor en esa aventura. La señora en medio de unas intermitentes palabras les contó la tragedia que vivió hace algunos años atrás cuando su hijo se empecinó en esa locura de viajar a los Estados Unidos a bordo de la bestia. Esta contaba que justo llegando a Nogales en el estado de Sonora cayó del tren perdiendo su pierna izquierda.

Aquella historia estremeció a los tres peregrinos pero no lo suficiente, porqué a pesar de todo seguían con la obstinación de seguir en su traslado a la tierra de los Yankees.

Los viajeros con cara de peregrinos no encontraron un buen ambiente en Ixtepec, la policía estaba realizando redadas por las calles de la pequeña ciudad y todos los migrantes empezaron a esconderse en las periferias de la ciudad para no ser víctima de dichas acciones policiales.

Marcia y sus compañeros de viaje se hallaban escondidos a las afueras, al norte de Ixtepec bajo la mirada implacable de las autoridades que no daban tregua en la búsqueda de migrantes para deportarlos a sus países de origen.

Bien ocultos en una casona habitada por dos ancianos que los acogieron muy amablemente la noche anterior, allí reposaron el susto por unas pocas horas. Muy temprano a la mañana siguiente se acomodaron en un camión que transportaba llantas, rines y neumáticos de maquinaria pesada que llevaba su carga a la ciudad de Querétaro. Este aventón se lo buscaron los dos ancianos ya que el conductor del camión era un vecino de ellos.


Libro de Visitas

Luis Alfredo Arroyo Osorio ©

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Escrito por Walter el 28/06/21

Cuidadores del Monte Virgen


Parte I

En el último instante de la tarde, mientras el sol caía, hace una semana atrás, vi como se aproximaba lentamente don Clodomiro. Traía en su andar más que el cansancio habitual. Cargaba un montón de historias que quiso compartir con los peones y conmigo.

Don Clodomiro tiene la piel del color de la tierra, de hecho, parece un trozo de tierra más. Y sus profundas arrugas lo particularizan aún más. Su cabello entrecano, si bien le da ese aspecto de hombre mayor, no manifiesta su edad real. Y si a eso le sumamos su vitalidad, sus movimientos bastante ágiles en general, que lo asemejan a alguien de cuarenta y cinco o poco más, parece mentirnos cuando dice: "Tengo, así como me ven, setenta y pocos años, no más que eso. Aunque no sé bien cuando nací, porque eso de la cédula, en el campo no marchaba antes. Solo en el pueblo. Y al pueblo iban mis padres… menos, mucho menos que lo que voy a ver a un médico yo".

Cuando apareció frente a la tranquera cercana a los galpones eran como las seis y media de la tarde. Teníamos el fogón encendido y aprontaba un mate. En la parrilla apenas empezaba a chillar un trozo de carne, chorizos y varias anchuras. Esparcidas entre las brazas unas batatas calentábamos.

–Buenas tardes don Clodomiro– lo saludé al verle llegar.

–Buenas… Si usted lo dice- contestó el viejo. Vengo medio cansado y me pregunto si esta noche me podría brindar un techo pa descansar. Se lo pagaré con algunas lonjas que traigo a cuestas.

–Faltaba más don Clodomiro. Nada tiene que pagar. Usted siempre es bienvenido en este rancho. Pero pase y tome unos amargos que la tarde se puso fría.

–Gracias don Rodrigo– contesta. Tan amable como de costumbre. Tengo una grapita aquí, que calienta más que el mate. Si gusta… la compartimos.

Don Clodomiro fue peón de estancia en sus años mozos, hoy un caminante permanente. Anda de estancia en estancia compartiendo saberes, historias y llevando noticias de otros lares que todo el mundo gusta conocer por boca del viejo. Esto es así por su forma de contar las cosas, un tanto ceremonial y, a la vez, un tanto mal hablado. Su voz grave es muy rara. Tiene un dejo de sonido metálico, extraño, pero que en todo caso lo hace, de algún modo, agradable. Esto es lo que lo hace bienvenido a donde quiera que vaya. Lleva, muchas veces, noticias de situaciones que pocos conocen. Pero nadie sabe cómo hace él para enterarse. No suelta prenda al preguntarle. Recursos de viejo, supongo yo.

–Sabe, don Rodrigo… –así empezó a desembuchar historias el viejo– usted como capataz debe saber sobre eso de la soja ¿verdad?

–Pues sí, algo. El rendimiento es alto por hectárea en estos días, pero tiene sus contras. ¿Por qué lo dice?

–Justo por eso de los contras –apresuró la contestación. Verá… si le cuento esto es porque hace años que nos conocemos. Como treinta o cuarenta, según estimo. Sabe que no ando con vueltas, ni con mentiras. Sin embargo, lo que le contaré, eso justamente le parecerá.

–Diga nomás, pero apure un trago y agarre un trozo de chorizo seco que tenemos para rato– lo estimulé a contar. El frío recién empieza y esta llovizna se las trae.

El viejo acomodó el larguero. Los peones terminaron de llegar y cada uno tomó su lugar en derredor del fuego. Siempre la venida de algún paisano convida la ronda, el truco. Se tiene algo para compartir siempre.

Mirando fijamente al fuego fue dando forma a su relato: "En estos días pasados anduve cerca del río, allá por el oeste. Da pena verlo tan desnudo. Grandes extensiones de bosquecillo virgen se perdieron. Me da pena, reitero, mirar el río y descubrir sus curvas llenas de basurales, plásticos y desperdicios tóxicos que echan pa matar el yuyo.

Hace tiempo que, en las noches, veo unas luces que van y vienen. Yo no sé que son, pero no es la primera vez que las veo. No sé si ustedes las vieron también. Unas luces que pasan como bólidos, de varios colores. Cada tanto se ven, pero desde hace un tiempo que las veo más seguido…".

El aire estaba empezando a enrarecerse. El humo del tabaco de los paisanos se fue mezclando con el humo del asadito. Pero también se fueron extraviando las miradas. Sin embargo, por momentos los peones hacían bromas referentes al tema que narraba el viejo. De hecho, más de uno, en los últimos tiempos, había venido con historias semejantes. Por lo que el relato, poco a poco, caló hondo en la paisanada.

Don Clodomiro prosiguió entre algo de tintillo, que empezó a correr, y porciones de anchura con batata: "Las luces, creo yo, son las mismas que mi abuelo llamaba "cuidadores del monte virgen". Mi abuelo era medio indio, es decir, era indio por parte de su madre. Su padre era un español que se juntó con una aborigen. Ellos, los indios que habitaban estas tierras, tenían sus leyendas. Mi bisabuela le contaba historias sobre gentes que cuidaban el monte, unos tipos altos que nunca hablaron con ellos, pero con los cuales se podían entender. Yo no sé. No sé si serán los mismos, pero desde que empezaron a tirar tantas porquerías a los yuyos el bosque emprendió la fuga, retrocedió, más y más, cada año. Así también las luces las vi con mayor frecuencia".

–Vio que le dije don Rodrigo –saltó “el mota”. Vio que lo de las luces no eran invento. Don Clodomiro también las vio.

–Creo que… puede ser. No dudo de sus palabras o las tuyas "mota". Pero cómo saber que son estos seres. ¿No será otra cosa? Hacen tantos experimentos hoy por hoy. Y ni hablar de estos que andan con soja. Estos que tiran paquetes grandes con drogas de avionetas. Qué se yo. Hay tanto en la vuelta.

–Pero… ¿será que estos de las drogas andan en esas cosas que vuelan tan rápido que les pierdes el rastro al instante de verlos y que giran como bólidos? Mire don Rodrigo, soy viejo y muchas cosas no entiendo, pero creo que ni los yankis tienen aviones tan veloces. Aunque usted sabrá más del asunto, usted lee el diario en la cosa esa, la que parece un televisor. No sé…

Parte II

La noche siguiente a la llegada de don Clodomiro la tertulia siguió. Al igual que el viejo, en esas circunstancias, llegó a la estancia un profesor de la universidad, acompañado de un joven con quien había estado en unas cuevas al este del país. Ellos también habían visto luces. Creo que eso abonó más el terreno en relación a las historias de don Clodomiro.

El profesor y el hombre que lo acompañaba se quedaron a pasar la noche porque se les averió la camioneta en que viajaban. Como a las 9 de la noche estaba pronto un guiso de porotos, cerdo, mondongo y más. Otra vez, corrió el vino y las historias afloraron con pausa, como la voz del viejo Clodomiro.

Otros peones, aparte del "mota", contaron cosas que dicen vieron aquí en la zona o en otras partes, en lugares donde trabajaron en el pasado.

Creo que el momento más fuerte fue cuando el profesor y el joven que lo acompañaba mostraron en la pantalla de su notebook las imágenes grabadas por una cámara, mientras pernoctaban en una cueva al este del país. Nos quedamos todos mudos. En silencio mirábamos el monitor.

Don Clodomiro recordó que, siendo joven, como peón de estancia, anduvo por el interior de unos campos en la zona céntrica del país. Aunque aclaró que un poco hacia el norte. En esas andanzas se topó, junto a otros arrieros, con unas piedras donde estaban dibujadas unas cosas parecidas a las que vio en la pantalla. Pero casi no recordaba dónde estaban esos campos. En esos detalles quizás, puede notarse la edad del viejo.

Clodomiro sacó un cigarro y se puso a fumar. Entre voluta y voluta fue dibujando signos circulares y dijo: "Como estos espirales es lo que vi en aquellas pinturas en las piedras. También había unas manos pintadas y dibujos de pájaros y otros animales. No recuerdo si había otras cosas, pero esas líneas circulares las recuerdo bien. De hecho, había más de una pintada sobre las piedras".

Uno de los peones que seguía con atención el relato comentó que había visto algo similar: "En el cielo había como unas nubes que formaban unos círculos, que partían del centro. Como el espiral para matar los mosquitos. Pensé que podría ser algún avión a chorro, pero no había visto ningún avión. Me pareció extraño, pero… no pude comentar con nadie, porque en ese momento estaba de camino y a caballo. Andaba tras una tropilla de caballos que estaba muy alejada. Alguien los había visto desde la ruta y avisó al capataz. Hoy que sale el comentario lo recuerdo como ayer. No sé si tiene que ver, pero era una espiral como esa que vimos, pero en el cielo. Era en momentos que el sol empezaba a clarear".

Me pareció que el profesor éste podría dar alguna suerte de explicación y lo encaré de frente.

–¿Usted qué piensa de todo esto señor profesor? ¿Hay o no hay relación en este conjunto de espirales?

–Don Rodrigo… la verdad que no sé. A ciencia cierta no podría afirmarle nada. Pero resulta interesante toda esta catarata de información que están proporcionando en este fogón. Si usted me permite me gustaría tomar nota, mantener entrevistas con los peones como con don Clodomiro. Crear a sí una suerte de mapa de los avistamientos. Quizás esto ayude a esta investigación.

Fíjese que la exploración empezó por unas figuras que vio el amigo que me acompaña, en estas cuevas que recorrimos hasta ayer. Y todo parece indicar que hay más y más cosas extrañas que, de algún modo, se encuentran relacionadas con nuestra naturaleza, con nuestros montes vírgenes. Y, quizás, don Clodomiro tenga razón: Podría haber otros a quienes importan nuestros montes vírgenes, nuestros campos, más que a nosotros mismos.


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Walter Hugo Rotela González ©

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