Quienes somos Inicio Poesías Recomendamos Nuestros productos Música y cine Entrevistas Noticias Revista Libro de visitas Mapa web Premios Www.ratondebiblioteca.es Visiones Miembros de Www.ratondebiblioteca.es

 Septiembre - 2021 

 L ¦ M ¦ M ¦ J ¦ V ¦ S ¦ D  V 

                 1     2     3     4     5  

   6     7     8     9    10   11   12 

  13   14   15   16   17   18   19 

  20   21   22   23   24   25   26  

  27   28   29   30    24 

       Agenda cultural de
  www.ratondebiblioteca.es ©




   


Será mostrado si existe



Publicidad
Escrito por Walter el 29/05/21

TÚNEL AL OSARIO


Caminando por la rambla de Montevideo, un viejo conocido me contó una historia que, al principio me pareció increíble. Esa tarde el sol brindaba su calidez y luz en su mayor esplendor, después de mucho tiempo de días nublados, típicos de invierno.

Mi amigo Rodrigo -de setenta y pico de años- y yo caminábamos de espalda al sol, que bajaba lento detrás de la inasible línea al final del día. A nuestra izquierda la rambla y el movimiento de los autos no invitaban a mirar, en tanto, que a la derecha, el río-mar, las gaviotas revoloteando y los surfistas tomando las pocas olas… sí.

Con lento andar llegamos hasta una zona por donde nunca antes habíamos pasado. Pero Rodrigo, a quien siempre me dirijo como “Don Rodrigo”, cosa que él corrige con tacto:

-Pero Marcos, por favor, no me llames “Don”, si bien soy un veterano, el “Don” está de más. Mucho tiempo hace que nos conocemos y… no da. Yo soy Rodrigo, como tú Marcos. Y no se hable más. Ta.

-Está bien… Rodrigo –contesté, pero rato después se coló el “Don” nuevamente, pero se perdió entre el ruido de las olas.

Esa tarde, mientras pasábamos frente a lo que parecía una alcantarillado, que venía de debajo de la calle, Rodrigo la señaló.

-Ves esa entrada– dijo.

-Esa salida… dirá –le contesté. Es una alcantarilla.

-No. Te equivocas. Parece una alcantarilla, pero no lo es.

-Si lo dice así… Rodrigo. Le creo.

-No me creas. Te contaré qué es y… algún día, si te pinta, lo investigas. De hacerlo, quizás, pero solo quizás, serás recompensado. Un tesoro, dentro de un viejo maletín de cuero, encerrado en una caja de metal está oculto en la pared, detrás de unos ladrillos puestos de canto, distinto a los otros, a la altura del hombro izquierdo cuando ingresas por aquí, a los ciento tres pasos de esta entrada.

-¿Investigar qué?– pregunté.

-Bueno. Eso que ves no es una alcantarilla. Es un túnel que conecta con el cementerio.

-¿Con el cementerio?– pregunté incrédulo.

-Sí. Específicamente con el osario. Hay doscientos metros de túnel. Y según supe por un viejo camarada, de otros tiempos, de aquellos de militancia, de guerrilla, permanece intacto. Pero él… no sabe del tesoro.

-Pero… ¿un túnel para qué?, si se puede saber.

-Bueno… te diré. Hasta hoy, solo pocas personas conocieron de su existencia. Ni los militares que tienen hasta planos de los viejos túneles de la ciudad de los tiempos de la colonia saben de éste. Era una vía de escape. Aunque también sirvió para esconderse en días difíciles, en los tiempos de la guerrilla urbana. Esos parecen los túneles de las ratas que ves en la ruta de los accesos a la ciudad. Salen por todas partes de agujeros pequeños y desaparecen en otros, igualmente pequeños.

-Entiendo… pero conecta con un osario ¿no? ¿Para?

-Bueno, en esos tiempos unos muchachos trabajaban en el cementerio y descubrieron que era factible construir un túnel. Pero llevaría tiempo hacerlo. Por ende diseñaron una estrategia interesante. Unos trabajarían de día y otros de noche. Como dos lo hacían de día, uno de ellos se pasó a la noche, con el argumento de que el de la noche estaba solo y temía que un susto le provocara un infarto. Así que uno se pasó a la noche y trabajaron mejor, sin nadie que mirara.

-¿Y el osario… qué fin cumplió?

Don Rodrigo estaba confiándome lo que, por muchos años, había guardado como un secreto de guerra. Mucha agua había pasado desde aquellos días revueltos, de guerrilla, de lucha armada. Excavaciones se estaban realizando en los cuarteles a fin de descubrir los restos de personas enterradas clandestinamente.

Este túnel conectado al osario era algo más que un escondite en tiempos de guerra, algo más que una salida de escape. Adquiría otra significación en estos tiempos. Algo que aún no vislumbraba, ni por asomo.

-El osario –continuó Rodrigo- era un punto muerto, un sitio no frecuentado más que por un par de enterradores, que cada cierto tiempo echaban allí restos de los cajones muy antiguos, los olvidados por familiares o responsables, quizás ancianos que dejaban de pagar por el servicio.

-Era una vía de escape o de escondite, me dijiste, ¿no? Rodrigo.

-Sí, efectivamente. Nunca sospecharon de este lugar usado como escondite. Y tenía la posibilidad de salida por la playa, tanto como por el cementerio. Algunos camaradas desaparecieron en el cementerio una noche de lluvia o una oscura tarde de invierno, y aparecían aquí en la playa, horas o días después.

-¿Sí?

-Pues sí. Teníamos provisiones para permanecer escondidos por días. Hay unas especies de catacumbas que nadie visita, las que no osan visitar ni siquiera los viejos funcionarios. Por eso fue perfecto, factible de utilizar como escondite.

Don Rodrigo, con la paciencia del hombre maduro, entrado en años, caminaba con andar seguro, firme, lento, mientras relataba viejas anécdotas relacionadas con el túnel al osario. Algunas historias me resultaron hasta risueñas, pero quizás no lo sintieron así los personajes, los protagonistas, los hombres y mujeres que recorrieron aquél túnel en esos tiempos revueltos.

Había algo en la mirada de Rodrigo, no sé qué exactamente, mezcla de nostalgia y cierta insatisfacción, quizás otras cosas. Lo cierto es que parecía que Don Rodrigo necesitaba contarle a alguien su versión de las cosas.

Seguimos caminando mientras con su mano izquierda peinaba sus blancos bigotes y fijaba la vista en un punto lejano del horizonte, en nuestro camino de vuelta. Quizás la misma playa se parecía a un túnel, pero al final se veía un tono rojizo sobre el agua, donde se adivinaba la partida del sol, más allá de la línea.


Libro de Visitas

Walter Hugo Rotela González ©

Creative Commons License



Publicidad
Escrito por Walter el 06/06/21

Malevo


Era sábado al medio día. Tenía un evento en un lugar al que nunca habría ido de no ser éstas las circunstancias. Presentaba su libro un escritor, amigo de un amigo. Y me había invitado a compartir ese tiempo de difusión de su arte.

Las nubes formaban un grueso techo que impedía la acción de Ra, aunque no del todo, pues algunos rayos daban vida a verdes retoños de árboles de paraísos. Sin embargo, todo en las calles tenía casi un mismo tono frío, gris azulado, apagado. En tanto que dentro del bar, donde ocurría el evento, la atmósfera era cálida, templada por los fuegos de un enorme tatacuá (cueva de fuego) que más parecía un Pacuá (hueco del diablo) de donde brotaban lenguas de aire ardiente.

El bar estaba casi totalmente colmado de gente. Hombres y mujeres, con tres cuartos de siglo encima, comían, bebían y escuchaban a cantantes de tango y milongas. Dentro del recinto se respiraba un no sé qué de arrabal. Dionisio espiaba desde detrás de un barril los movimientos de los habitué del lugar.

Una pequeña orquesta acompañaba, con maestría sin igual, a cada cantante que se atrevía a entonar esas canciones, que casi todos conocían -a juzgar por el coro que hacían en esos instantes que el intérprete lo solicitaba con un ademán o acercando el micrófono a alguno de los concurrentes. Es admirable la profesionalidad con que lograban adaptarse a cada cantante, sin previo ensayo, sin más que una mirada cómplice que indicara la entrada de uno u otro instrumento o de la voz.

El tecladista es un hombre alto –menos que el del bandoneón- delgado, entrado en años y de ágiles dedos. Por otra parte, estaba un pintoresco personaje, el bandoneonista. Con barba de varios días, casi rapada la cabeza; grueso el cuerpo, de piel curtida y ojos de mirada profunda, aunque también pícara por momentos. Ambos son –claro está- conocedores de cuanto tango y milonga existe, quizás por años de laburo, oficio de muchas noches y días como las de este sábado en cuestión. El hombre del bandoneón, con su porte grueso y elevada estatura -para la media de la zona- dominaba el lugar con una mirada. En su oreja izquierda llevaba un aro pequeño, una argolla ajustada. Lucía un traje gris impecable, pero gastado. Sin embargo, en ese lugar lucía elegante, a tono. Entre los dos y el guitarrista -que por momentos ejecutaba cual si fuera un bajista- creaban los sonidos perfectos, que permitían lograr esa ambientación particular.

Uno a uno, los cantantes profesionales y los amateurs, fueron brindando su arte, dejando satisfecho al público que regalaba aplausos, entusiasmado.

El escritor, en un momento que se solicitó silencio, tras la actuación de uno de los artistas, presentó su nuevo libro: “Conversando con Gardel”. Leyó unas líneas de su novela y también recitó versos de un poema suyo, impreso en otro texto: “Tres en Otoño”. Del que es coautor, junto a dos personas más. Entre tanto “Malevo” -el hombre del bandoneón- guiñaba un ojo a una de las señoras de la mesa uno, soltera o viuda, pero de impecable peinado de peluquería, que hacían lucir su gris perlado cabello. Ella, le devolvía una no disimulada sonrisa. Sus amigas, espectadoras sentadas en esa mesa, igual.

Algo irreal se daba de las ventanas hacia adentro del Tango Bar Victoria. La gente afuera cruzaba tiritando, con impávidos rostros. Adentro, los comensales rubicundos, cantaban y hasta hubo quien bailó. ¿Y quién? ¡Pues… quién sino! La dama de la mesa uno. Y lo hizo de la mano de “Malevo”, con quien giró en tiempo y forma, al compás del dos por cuatro.

Por casi tres horas creí estar en un bolichón, de esos del Mercado del Puerto de Montevideo o en el Mercado de Abastos -en el Buenos Aires, de los tiempos del zorzal criollo. El mismo compadrito parecía observarnos, desde ese lugar en los cuadritos de los muros. Ra mutaba, lentamente, a su estado Atum.

Hubo un instante que creí desmayarme o adormilarme y oí, creo que oí, la voz del mismísimo Carlitos Gardel. Sin embargo, era “Malevo”, otro mago, que había retomado el micrófono y se adueñaba del salón, en esa tarde de otoño. Pero… ¿Quién sabe?


Libro de Visitas

Walter Hugo Rotela González ©

Creative Commons License



Publicidad
Escrito por Walter el 13/06/21

Almas danzantes en las cumbres bolivianas


A más de 4.000 metros de altura, recorríamos una extensa zona tachonada de rocas de distintos tamaños. La mayoría de ellas con las formas más inverosímiles. Nos proponía nuestro guía José encontrarle formas a dichas rocas enormes. Y nuestra imaginación volaba, entre salto y salto de la camioneta 4X4. Esparcidas por doquier afloraban formas similares a camellos, a rostros humanos, a sapos, a salamandras y quién sabe a qué más.

Entre vuelta y vuelta que dábamos por caminos que realmente se hacían al andar. Sí, en ese contexto sí se debe tomar literal lo de “hacer camino al andar”, pues no existe ruta trazada, no hay señalización fácilmente entendible. Sólo unas rocas apiladas, con disposiciones particulares hacen de señalamiento en medio de la extensa zona surcada por miles de huellas. Las ruedas de las 4X4 se hunden en las arenas gruesas y van dejando surcos por doquier. En la medida de lo posible íbamos registrando con nuestras cámaras los hermosos paisajes áridos que se veían, a un lado y otro de la camioneta. No puedo decir camino, pues toda la superficie estaba marcada por surcos, pero cruzábamos de uno a otro y luego seguíamos, simplemente andando.

Si bien el terreno era increíble, a medida que pasaba el tiempo, noté que las escasas nubes también tenían formas posibles de equiparar con otras conocidas; pero coincidían o es que sólo yo lo notaba. No comenté, sin embargo, empecé a registrarlas más seguido con mi cámara. Eran hermosas formas, pero algo extraño noté. No supe entonces, y no sé ahora tampoco, en qué consiste esta rareza. Sin embargo, es claro, al menos para mí, que dichas nubes aparentaban danzar en esa zona de Bolivia, en estos días que pasé por Uyuni.

Antes del viaje investigué un poco y hay relatos, de personas que pueden tomarse por serias, que cuentan sobre la presencia de seres extraterrestres en las inmediaciones. Ellos, estos youtubers, mencionan en sus audiovisuales que sus seres más ancianos, relatan la visión de estos seres y naves. Comentan que ellos, los youtubers, no vieron aún alguna máquina volante, sin embargo, han realizado hallazgos interesantes de artefactos antiguos y modernos. Extraños unos y otros. No comparables con lo conocido en nuestras civilizaciones.

Lo cierto es que algunas de esas formaciones de nubes se repitieron a lo largo de nuestra travesía. Yo los registré con la cámara de fotos y con el celular. Visualizando luego, en la tranquilidad de la noche, noté que se repetían esas formas, como que danzaban. De los videos logré tomar imágenes fijas y comparé con otros registros, de distintos momentos, y sí, se repetían. Consulté con Pedro y su hija, que al principio no creyeron. Pero al ver que las formas se repetían… Cambiaron de opinión. Y aunque no expresaron que era extraño, sí callaron y se miraron sorprendidos. Luego optaron por seguir sin buscarle una explicación. El cansancio era importante, el sueño podía más y al día siguiente sería otra jornada de mucha actividad iniciando sobre las 4, 30 de la mañana, nuevamente.

Habiendo pasado varios días de aquellos registros vuelvo a mirar las fotografías, los videos. Sin el cansancio encima, me resulta más fácil entender que dichas formas no son casuales. Se repiten, desaparecen en un lugar y vuelven a aparecer, exactamente iguales, en otros paisajes. Por un lado tiendo a pensar en que alguien podría estar tomándome el pelo, por otro lado pienso, que estas tierras hoy visitada por cientos de turistas, es o fue, la tierra de aborígenes que miran, nos miran pasar, con gesto complaciente, pero no del todo. La amabilidad se expresa en mil maneras en el contacto directo, pero más allá, más allá hay un dejo de desconfianza que se percibe muy sutilmente.

Ellos, los habitantes de estas tierras, creen en la Pachamama, en sus fuerzas naturales, en su ser creador, en su fuerza. ¿Quién de nosotros se atreve a contestarles, cuando los propios evangelizadores tuvieron que realizar una suerte de empalme con su cultura para no perder en su intento de colonizar, cambiar sus costumbres, en su labor de domesticar a la población a fin de cumplir con los requisitos de la corona? Pueden verse huellas de ello en los templos, en los trabajos de bajorrelieve que adornan dichos templos.

No puedo probar que esas nubes estén danzando, pero me atrevo a pensar que no son formas casuales, y danzan, no me cabe duda. Se repiten, se contornean y creo, no estoy seguro, nos vigilaron en nuestro recorrido por esas áridas tierras tan llena de rocas, transitadas por llamas y vicuñas.

Hay cosas que probablemente tienen una explicación, aunque no seamos nosotros quienes hallen esas respuestas a nuestras propias preguntas: ¿Serán esas nubes, almas danzantes?


Libro de Visitas

Walter Hugo Rotela González ©

Creative Commons License


Esta web ha sido creada por www.ratondebiblioteca.es 2007-2021 ©
Contacto ¦ Legalidad