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Escrito por Walter el 22/05/21

Cacería en enero


I

Una siesta, a fines de diciembre, tres hombres mayores, ahora jubilados, están sentados a la sombra de un viejo árbol de mango. Usan pantalones muy cortos y camisas amplias, de mangas cortas, o, pantalones de tela muy delgada y enrollados hasta las rodillas. Disfrutan de la refrescante bebida que llaman tereré.

El sol, más que calentar, quema los cerebros de cualquier curepí sin sombrero que se atreva a caminar por las tórridas tierras de lodo seco de la gran llanura. Al menos, ese es el comentario que deslizan los tres adultos mayores que, como cada año, están reunidos para compartir viejas historias: lo único en común en estos días de su madurez.

Uno a uno, sacan de algún bolsillo un objeto -quizás lo mismo- es decir, muy similar. Cuatro objetos en total, oscuros, unos más que otros. Redondos casi. A simple vista son trozos de cuero curtido. Pero basta mirar con atención para adivinar de qué se trata.

-Pensar que cuando nos invitaste a cazar aquella vez, no nos dijiste nada del animal que perseguiríamos. Y aunque me costó un poco al principio, enseguida, me prendí –dijo el "Gringo", el más veterano del grupo.

-¡Claro que lo recuerdo! Tus ojos quedaron como desorbitados. En cambio vos, vos "Carpincho", lo tomaste de otro modo. Vos creíste que sería la mejor salida de todas.

-Y lo fue, lo fue. No cabe la menor duda "Chochán". Porque nunca volvimos a tener una cacería con esas características.

El sol es casi el mismo que aquellos días de enero cuando emprendieron la cacería por las costas del río, al norte de la provincia. Quizás, un poco más fuerte que en pasados tiempos. Pues los meteorólogos así lo dicen, metiendo la culpa a eso del agujero de ozono, cuando no al niño o la niña, según. Lo cierto es que las chicharras chillan tanto como entonces, y el monte se vuelve, por momentos, ensordecedor.

Los cazadores conocen su territorio y se equipan con buenos sombreros de cuero, y hasta usan protectores solares. Algo, antes, inimaginable para un baquiano. Hay quienes van con tantos elementos cual Rambo. Son, en apariencia, tipos muy rudos pero basta charlar un par de horas -con cervezas de por medio- y uno llega a conocerlos. Dejan ver lo que tienen bajo la piel de perdigueros. Algo muy diferente a los tres veteranos que salieron a buscar sus presas y no dieron vuelta atrás.

Hoy por hoy, muchos que salen de caza lo hacen igual que entonces, como en tiempos de los veteranos. Pero no van a caballo como ellos, sino que usan un jeep -de esos de la segunda guerra- una camioneta 4 X 4; o salen en motos. La motivación, quién sabe, es la misma; pero… cuál fue la verdadera motivación, de los hoy veteranos, cuando salieron a cazar aquella especie, casi en extinción entonces, y hoy más. Una especie tan similar pero… tan diferente.

II

Mientras el sol baja para ocultarse tras la inasible línea horizontal, como cada tarde, los veteranos pasan del tereré a la cerveza. Lo acompañan con empanadas de pollo, que un sobrino trajo de lo de la vieja Elvira. Una veterana, como estos tres ex-policías rurales, que cocina como los dioses pero que tiene un humor de mil demonios. Mientras atiende te mira casi de costado y luego te indica que, por la demanda del día, el pedido se va a demorar, pero nadie se va. Todos prefieren esperar pues, parece que, tras su cara de pocos amigos, hay una gran cocinera que conoce su oficio.

Es el aniversario 35 de aquella cacería. Demasiado tiempo ha pasado desde entonces, pero algunos recuerdos están tan presentes, como los días de aquella aventura. Si de ese modo puede nombrarse a lo ocurrido entonces. Pues fue una cacería, donde hubo un grupo de perseguidores y, por otro lado, un grupo de seres acosados. Lo que queda de los primeros son estos veteranos, que no son tan añosos, pero que aparentan más por una serie de enfermedades que los tiene disminuidos en sus capacidades físicas.

Cuando la luna asomó por el este, Chochán se quedó con la mirada perdida en la perfecta esfera blanquecina, más plateada que alba. "Es la misma luna ¿no? ¿Se acuerdan de la primera noche de la expedición?" –comentó con la voz más firme que pudo.

-Creo que sí. Fue la misma luna –contestó el Gringo.

-Sin duda, la misma –corroboró Carpincho. Pero quizás se notaba más la luz, su fuerza, en medio de los pastizales a orillas del río. Fue la primera noche junto al fuego, a orillas del río cuando, finalmente, nos dijiste sobre la presa –aclaró Carpincho, mirando a Chochán.

En aquella oportunidad, Chochán explicó a sus compañeros que sería una salida de caza diferente; el animal que rastrearían andaba en manada, en grupo de cuatro o cinco. Iban río arriba cazando sus alimentos.

Las huellas aparecían y al rato se disipaban. Esto llevó a preguntar al Gringo cuál sería la presa que rastreaban, pues las huellas eran claras, sin embargo, algo no cerraba.

-Mi abuelo los cazó por cientos y así logró sus tierras; las conservó y se volvió, a su modo, rico– dijo Chochán.

-No sabía esa parte de la historia de tu abuelo…" –Contó el Gringo, que tomó otra cerveza de la enfriadora de botellas.

-Claro, por eso justamente, me pareció que era posible intentarlo. Teníamos las herramientas necesarias, las armas, el adiestramiento y la fuerza para enfrentar las circunstancias que fueran, durante y después de la cacería.

De hecho, en esos tiempos, ellos -los policías rurales- eran la ley, y más en medio de esos bosques ribereños. Su pensamiento había sido entrenado para sentir que eran "la ley". Y, como tal, no debían entender que lo que hicieran estuviese mal o fuera de la ley; pues, ellos: eran la ley.

Chochán siempre había sido un tipo grande, pero nunca había tenido una actitud agresiva o altanera. Era un tipo grandote pero de buen talante. Eso cambió un tiempo después de entrar a la Fuerza… Podía decir con total soltura que, si antes de ingresar no mataba ni una hormiga, ahora, podía bajar a dos o tres sin mosquearse, sin casi transpirar.

El Gringo, en los tiempos en que fueron uniformados activos, era de porte más pequeño que Chochán, igualmente mantenía un buen estado físico. Era retacón. Antes de entrar a la Fuerza había trabajado toda una vida como peón rural. Conocía el campo, el trabajo duro. Podía pasar varios días a caballo sin sentir la menor incomodidad. En realidad, en las actividades diarias de la función policial estaba el recorrer amplias zonas montado a caballo. Por ello, ninguno tenía problemas para cabalgar durante largos tramos del día. Y tal cual, en los tiempos como peón, una orden era una orden, y la acataba sin cuestionar. Estaba acostumbrado a ello. Al enterarse del objetivo a perseguir recordó que algo había leído sobre esas prácticas, en los tiempos de la colonización, y al sur del territorio americano –en esa zona que llaman Tierra del Fuego. "Y qué va…" –se dijo. "Quizás todo quede en una simple cabalgata y nada más". No era seguro que, finalmente, decidieran consumar la cacería. Pero se equivocó.

III

La primera noche de campamento, encendieron fuego a orillas del río. Tomaron unos vinos y asaron un carpincho que cazaron.

-¡Qué suerte la tuya Gringo! Lo viste, y el primer tiro en el punto exacto –dijo entre risas el Carpincho.

-¡ Bien decís che! Pura suerte. Pero lo importante es que tenemos para cenar esta noche y para el desayuno de mañana ¿no? Y justo un carpincho ¿no?

-El próximo será el mío. Ya lo verás. O, aunque más no sea un carpinchito –le espetó Carpincho.

-Esto es para ir afinando la puntería –comentó el Chochán. Ya tendremos presas más importantes.

-¿Y qué presas tenés pensado che gordo? –preguntó el gringo.

-Unos bípedos…- respondió Chochán.

-¿Algún ñandú? Mirá que si esa era tu idea de salir a cazar estás jodido- refunfuñó Carpincho.

-No, no. ¿Cómo les queda cazar algún Pilagá?

-¿Qué…? Vos estás bien jodido gordo. No podés… Sos un pelotudo. ¿Cómo que cazar a un aborigen? ¿Te volviste loco?- dijo Gringo. Vi huellas que aparecen y después se pierden. Creo que vos también los viste. Pero…

-No, nada de eso. Mi abuelo cazó cientos…- explicó Chochán.

-¿Cómo que cazó cientos? ¿Qué decís?- preguntó Carpincho.

-Mirá… el viejo recibió, del gobierno de entonces, unas cuantas leguas de tierra. Pero, el resto se las fue ganando al indio. Los malones, cada tanto -según contaba- lo jodían y, entonces, él los combatió. Salía a perseguirlos con algunos de los peones; se internaba en los montes a recorrer y los cazaba. Les decía a los peones que eso era la forma de defender sus tierras. Y así fue como el viejo logró amasar esas leguas y leguas de tierra, que hoy… Hoy, ni se sabe su valor- detalló Chochán.

Entre vino y vino, se fue la noche. El fuego ardía lento, sin brisa que la hiciera crecer. El silencio era total, sólo un búho cortaba esa quietud, de tanto en tanto. La primera guardia para vigilar le tocaba al Gringo, pero apenas se dieron vuelta los otros, cayó dormido también. "Estamos de licencia"- se dijo y cayó rendido, bajo la inmensa luna redonda.

A la mañana siguiente, Chochán fue el primero en despertar. Aún no salía el sol pero su luz alumbraba un poco, lo suficiente, para ver unas huellas. Las huellas de su presa. Eran cuatro pares de pisadas. Puso su pie derecho sobre uno de ellas y comparó las dimensiones. "Te tengo" –dijo para sí. Y fue el inicio de la cacería, al menos para él. Miró para arriba buscando su estrella, a la que habitualmente se recomendaba, y no la encontró. Pocos minutos después se descalzó para darse un baño en las aguas del río. Tanteó entre unos follajes y sintió como algo punzante le atravesaba la piel del pie izquierdo. Sacó del agua el miembro y todo su cuerpo. No sangraba, pero el dolor era intenso. Esa punta de madera quedó incrustada en su pie y le molestó por años, sin curar nunca.

Gringo y Carpincho también despertaron e iniciaron las tareas para levantar el campamento. Carpincho arrimó un par de ramas para calentar agua para el mate.

Al terminar el desayuno revisaron sus reservas de agua, el estado de los caballos, las provisiones, el estado de las armas y las municiones. Contaban con una escopeta doble caño paralela 14 mm, una escopeta 16 mm superpuesta, una Remington 870 calibre 12, un revolver 38 y otro 45.

Los aborígenes remontaban el curso de agua río arriba. Llevaban arcos, flechas y unas lanzas con los que atrapaban peces. Cada tanto se cruzaban a la otra orilla, pues la profundidad en esa zona no era importante. Así se perdía el rastro por algunos kilómetros pero volvía a verse en la misma orilla más indicios de que estaban en la zona. Restos de pescado asado a las brazas. Unas ramas amontonadas con abundante follaje también a un costado del río, como para cubrirse, era un claro indicio que habían parado en la noche, tal cual ellos.

Poco a poco, estos hombres estuvieron cada vez, más cerca de sus objetivos.

IV

Cuando llegó la hora de la siesta del tercer día, el calor y los bichos estaban haciendo estragos en el grupo de cazadores, aunque estaban acostumbrados. El sol estaba quemando y eso los llevó a detenerse bajo la sombra de unos arbustos. Del otro lado del río, a unos quinientos metros, sus presas también detuvieron su marcha, sin saber que eran rastreados.

Se tiraron los hombres de blanca piel, tostada por el sol, bajo la sombra y meditaron cuál sería el momento más oportuno para dar el golpe. El Chochán explicó así: "Durante la noche sería de lo más interesante, pues eso le agregaría un plus de emoción".

-No cabe duda de eso, pero los emboscados podríamos ser nosotros…- sentenció Gringo.

No estuvieron de acuerdo enseguida, pasaría un rato hasta que llegó, al fin, la planeación concreta, para concluir con la cacería. Estaban a tiro, pero querían tiros limpios, perfectos, ni fáciles, ni ciento por ciento mortales, sino un punto medio.

Esa deliberación mantuvo a uno de ellos callado, pues entendía en esa discusión, la dimensión del asunto. Una cosa era matar a un delincuente que te apunta con un arma y actuar en consecuencia. Muy otra era provocar la muerte de un ser humano, como a esa hora se planteaba, sin una justificación.

Era cierto que en un primer momento del planteo la cosa fue aceptada sin dificultad; pero ante la inminencia de asunto, algo cambió. Sin embargo, nadie se echó para atrás. Nadie. "Cuando en el baile estás…– susurró chochán- bailás".

La tarde fue llegando a su fin, y con ella, el tiempo de estos bípedos seres. Irónicamente todo finalizó en medio de una atardecer rojo sangriento, tan bello, de nubes que adquirían ese color rojizo fueguino que se tornó, casi vertiginosamente, en un gris plúmbico, acerado, tan frío como el que se siente en estado de shock.

No hubo casi gritos, ni quejidos de aquellos bípedos seres, cuyas orejas fueron arrancadas de sus cabezas, como trofeos que, varias décadas después, siguen en manos de los cazadores.


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Walter Hugo Rotela González ©

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Escrito por Apolo el 25/05/21

AL FIN LLEGÓ LA LUZ II


Eso no se vivía en Villas del rosal desde la época dura de la violencia unos pocos años atrás. Eso exasperó al personal masculino al ver esa medida como una amenaza.

Pero eso en vez de animar a los caballeros para unirse a los trabajos lo que hizo fue totalmente lo contrario, nadie se inscribió el día siguiente a pesar que el inspector y el alcalde dieron varias vueltas al pueblo en un Chevrolet Belair modelo 1955 con megáfono entusiasmando a los posibles voluntarios.

Así transcurrió la primera semana de los trabajos con un atraso considerable, el inspector parecía desfallecer muy a pesar de su buena intención con su medida, por eso esa tarde el hombre decide visitar a su novia así sea en contra del inconformismo de su padre, para ver si la compañía de la dama le ocasionaría un rato de paz en medio de la disyuntiva que lo acongojaba.

Este nunca imaginó que esa visita le ayudaría sobremanera a resolver el problema que tenía entre manos, es evidente que las mujeres tienen un sexto sentido y cuando ellas se proponen algo lo logran. De entrada la mujer nota el desconsuelo de su novio y le dice en voz baja;

-¡No te preocupes, desde que empezó a disminuir el número de voluntarios he pensado en una solución!-

-¡Pero si ya decreté ley seca y toque de queda, le respondió Juan de dios a su novia!-

La mujer hace gala de su fémina picardía y nuevamente le dice a Juan de dios;

-¡No te preocupes, en tres días hablamos!-

¿Pero qué es lo que tienes en mente?, pregunta juan de dios.

¡No te voy a decir, hablamos en tres días!, le responde la mujer con mucha seguridad.

La visita siguió su curso y casi al final de la misma en medio de un largo sorbo de café Juan de dios le insiste a la mujer para que le diga cuál es su plan, esta ni corta ni perezosa le niega una respuesta.

Aquel hombre quedó reconfortado después de su charla con Albania, ya que esta le deslumbraba a futuro mejores días que los pasados donde la vio de cuadritos. Entonces mientras caminaba rumbo a casa cavilaba cual sería la tal solución que encontró su novia y que esta no fuera a salir más cara la cura que la enfermedad.

A la mañana siguiente Juan sale temprano casi en ayunas a trabajar, cuando llega a su incómoda oficina la cual estaba llena de papeles viejos y carteleras descuadernadas con avisos pegados con tachuelas oxidadas. El hombre aún no había terminado de sentarse cuando escucha la voz de unos de sus oficiales que le dice en un tono desprevenido;

¡Jefe, hace unos minutos vi a su novia en la plaza reunida con varias mujeres hablando, y cuando pasé cerca de ellas bajaron la voz, me parece que están tramando algo!-

-¡Tranquilo agente lo tengo todo bajo control!-, respondió Juan con seguridad para que el oficial no sospechara nada.

Pero en sus adentros lo carcomía la curiosidad por conocer a fondo el susodicho plan. Era natural que quisiera saber algo ya que a esa altura no conocía ni el más leve resquicio de aquello que tramaba Albania.

El día transcurría sin contratiempos, a eso de las diez de la mañana sale a dar su ronda matutina y a las afueras lo reciben tres dueños de cantina inconformes con las medidas tomadas por el inspector e intentaban a ver si este reconsideraba para reabrir sus establecimientos para el fin de semana. Pero Juan no accedió a tales presiones y se mantuvo firme. Antes de marcharse de la improvisada reunión un transeúnte le grita desde una bicicleta;

-¡Inspector, en vez de cerrar las cantinas y perseguir borrachos, vaya persiga a su novia que anda como loca nueva, desde esta mañana camina por todos lados acompañada de un poco de viejas chismosas!-

A juan no le gustó lo que le gritó el hombre y lo manda a detener de inmediato, era una falta grave insultar a una autoridad en medio de la calle.

De manera que a juan no le quedaba otra alternativa que buscar a su novia para que esta le dijera por fin su plan, pero la mujer astutamente se excusó cuando este fue a su casa. Y así por dos días seguidos la mujer se le escondió a juan lo que ocasionó muchas sospechas en el desesperado inspector.

Dicho y hecho dicen por ahí, al tercer día empezaron a llegar muy temprano los voluntarios ausentes en días anteriores, llegaban callados muy huraños firmando la planilla que los autorizaba el permiso de tomar herramientas y los boletos de merienda y almuerzo que entregaba un empleado de la alcaldía.

Juan de dios estaba estupefacto al observar que la predicción de Albania días antes se cumplía a cabalidad. Qué sería lo que se ideó la mujer para que esto se ejecutara con la exactitud de un reloj suizo. Los voluntarios trabajaban silenciosos nadie decía una sola palabra, pero la molestia se les notaba a leguas, por la mente del inspector pasaba miles de ideas menos la verdadera razón del aumento intempestivo de voluntarios.

Hasta que por fin se reventó el primero, diciendo a viva voz;

-¡Mi mujer se declaró en huelga de piernas cerradas hace dos días, no deja ni que la toque, dice que hasta que no terminen las obras “nada de nada”, por casualidad la mujer de algunos ustedes también les salió con ese cuento chimbo?

Un silencio sepulcral invadió aquel momento, era una clara muestra que el plan había funcionado a pesar que ningún otro voluntario contestaba la pregunta. Era evidente que todas las mujeres casadas y no casadas del pueblo se confabularon para entrar en la dichosa huelga. Esa solución Juan quizás no la esperaba, pero hasta el momento estaba funcionando.

Por esa razón decide ir a visitar a su novia pero esta nuevamente se excusa como también queriendo presionar al inspector a que se ponga a trabajar a la par de los voluntarios.


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Luis Alfredo Arroyo Osorio ©

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Escrito por Apolo el 28/05/21

AL FIN LLEGÓ LA LUZ III


Por otro lado nadie podía imaginarse lo que sucedería al cuarto día, la fila de voluntarios era interminable e inclusive hasta solteros sin pareja conocida se enlistaban para los trabajos, era una cosa de locos ver a aquellos hombres desesperados buscando trabajar de mil amores cuando apenas una semana atrás no movían ni una paja en las mencionadas obras. Al quinto día sucedió lo insospechado, a las obras se presentaron el alcalde, el sacerdote y su sacristán. Estos llegaron en una actitud sospechosa con algo de incredulidad al enterarse de los rumores que desde ayer corrían de esquina a esquina.

Como lo de la dichosa huelga ya era vox populi en todo el pueblo no faltó el sarcástico voluntario que le grita al sacerdote;

-¿Padre a usted también le cortaron el chorro?-

El clérigo responde sosegado;

-¡Hijo cómo dices eso, estoy aquí es para darles moral y ayudarlos en sus aflicciones!-

-¡Confíen en mí!-

Seguidamente varios voluntarios cercaron a los personajes soltando carcajadas burlonas, el bochorno fue mayúsculo y a los susodichos no les quedó más remedio que marcharse con una deuda moral con sus consortes. Pero el sacerdote no se rinde y decide regresar para ponerse manos a la obra.

Era una escena sui géneris ver a todos aquellos hombres trabajando por encima de su voluntad solo con el ánimo de retomar los favores de sus esposas, y más aún ver a un jerarca de la iglesia sudar la gota gorda excavando la tierra escondiendo quizás unas segundas intenciones. Pero la gente del común tiene su sabiduría a flor de piel y se corría el rumor que el cura tenía su guardado. Porque no era común ver a un cura de pueblo tirando pica y pala colaborando como cualquier parroquiano.

Los días pasaron y los trabajos se aceleraron de forma impresionante los hombres se doblaban de turno incluido el cura que no bajaba la guardia, a pesar que sus manos estaban imposibles por las ampollas que las invadía por completo.

Luego de esa acelerada en la faena llegó el día esperado, las pantallas del parque principal se prendieron a la cuenta de tres que hizo el alcalde en medio de una gran muchedumbre que colmó aquel lugar recién entrada la noche. La alegría en la multitud no se hizo esperar inclusive hubo gente que lloró de la emoción, más que aún faltaba las acometidas eléctricas a cada casa pero con ver el parque encendido los pobladores se embelesaban.

Poco tiempo después en ese mismo sitio se instaló una pequeña estatua de metro y medio de alto que representaba una mujer sentada con las piernas cruzadas, la mencionada figura estaba hecha de yeso y cemento, fue construida por un poblador hábil en esas artes. Este acontecimiento no pasó desapercibido por las mujeres del pueblo las cuales se vieron reflejadas en dicha estatua y la tomaron como muestra de su lucha por vencer la pereza de los hombres por aquellos días.

A pesar de que el pueblo cambió mucho desde la llegada del fluido eléctrico la gente no se conformaba con eso y seguían tejiendo toda una serie de murmullos basados en ciertos amoríos escondidos que tal vez nunca se sepa si fueron verdad o producto de cuchicheos sin ningún rigor de veracidad.

Pero como dice el dicho “Pueblo chico, infierno grande” y que este mundo es tan pequeño donde no hay nada oculto entre cielo y tierra, se supo que durante el desarrollo de los trabajos un desprevenido hombre sacó a flote algo inimaginable, que el alcalde trabajaba en las obras no porque le molestaba la negativa afectiva de su mujer, sino porque la que le negaba los favores era su amante la sobrina del cura la cual servía como secretaria de la casa cural.

De esos devaneos sentimentales del alcalde poco se sabía, hasta que él mismo en medio de unos tragos lo hizo público. Si eso fue una bomba, lo que posteriormente salió al público dejó atónitos a todos. Resulta que el cura si tenía su guardado y que además llevaba nombre propio;

“Era nada menos y nada más que la esposa del alcalde y que el sacristán era el celestino de dicha relación”. Posterior a eso donde se supo de dichos rumores tan escabrosos el alcalde le remite una carta al sacerdote con carácter de “ultra secreta”, esto llenó al aludido de muchos temores porque quizás el alcalde ya se habría enterado del enredo que este tenía con su esposa, por esa razón no se atrevía a abrir la misiva.

Hasta que por fin se llena de ánimo tomando la carta con sus manos temblorosas las cuales se movían incesablemente, empieza a leer rápidamente para pasar el trago amargo de un solo jalón. Cuando de repente se da cuenta que el alcalde le decía otra cosa totalmente diferente a lo que él pensaba. Este le solicitaba audiencia privada para ser escuchado en secreto de confesión, el cura casi que no alcanza a respirar normalmente hasta que no dobló la carta para guardarla en el bolsillo de su camisa.

De inmediato le dice a su secretaria que le dirigiera la respuesta al alcalde donde le daba fecha y hora para escucharlo en confesión, debía ser un horario diferente al de la atención normal, esto era casi que un secreto de estado.

Así como lo ordenó el clérigo le llegó de inmediato la respuesta al interesado, el alcalde se preparó para la dicha reunión que sería al día siguiente a primera hora. La reunión de los dos personajes se dio en medio de total hermetismo. El cura lo invita a pasar al confesionario y de una el alcalde le suelta el rollo que este tenía con su sobrina, el cura lo sospechaba pero se hacía el de la vista gorda, además el alcalde sigue hablando y le dice con una voz irascible apretando muy fuerte sus dientes mientras que apretaba la empuñadura de un revolver que tenía en su pretina;

-¡Padre, acúseme de lo siguiente, si yo sorprendiera a mi mujer con otro hombre no dudaría en matarlos en el acto!-

Cuando el cura escucha esto quedó sin aliento por unos segundos, el corazón le empezó a latir tan rápido como el aletear de un colibrí. En seguida del suceso el sacerdote con voz entrecortada le dijo que debía dejar esa lasciva relación y le pone de penitencia rezar cinco padres nuestros y cinco Ave maría al igual de regresar a su casa descalzo.

El sacerdote sin más preámbulos le brinda la absolución, diciéndole;

-¡Hijo, yo te absuelvo de todos tus pecados, en el nombre del padre, y del hijo y del espíritu santo!-

Mientras que el alcalde salía por una puerta con los zapatos en la mano, el cura salía por la otra con equipaje liviano bajo su brazo con rumbo desconocido dejando a su sobrina una nota donde la insta a hacer lo mismo ese día antes de que las luces del parque fueran encendidas.


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