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Será mostrado si existe



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Escrito por Walter el 09/05/21

El molino quemado, un santuario natural


La tarde estaba mutando apresuradamente. Tornábase rojiza, viraba a un tono violáceo como de vino tinto. Aún faltaba un tramo del trayecto final en el recorrido del sol, al final de cada día.

Los caminos estaban llenos de polvo, secos, muy secos. La tierra cubría las hojas de las plantas que surgían rebeldes, amontonadas unas con otras, al costado del camino. Más adentro de los alambrados, las plantaciones de girasol, sorgo, maíz o trigo, afloraban mansas, sumisas, en ordenadas filas rectilíneas. El conjunto lucía como una armoniosa ciudad civilizada, donde cada cual está donde debe estar.

Un cartel, oxidado, indicaba un destino próximo al pueblo, que en las fechas recientes cumple sus ciento cincuenta años. Por algún extraño motivo el nombre invitaba a visitarlo. Había que adentrarse en un polvoriento camino y recorrerlo por unos 4 kilómetros. Relativamente próximo, más aún andando en auto. Pero la calzada debía recorrerse lentamente debido a la gran cantidad de roca suelta; del suelo pedregoso que afloraba en forma de lomo de yacaré, cada pocos cientos de metros. Lo que significaba una ventaja para los pocos habitantes que vimos a la veda del camino, unas lindas casitas de campo, pues evita que los coches pasen rápido y levanten demasiado polvo. Una solución natural, diferente a la encontrada por los vecinos, personajes del cuento de Don Luis Landrisina, que pusieron el cartel: “¡Despacio! A 100 metros, Campo Nudista”.

Tras andar un rato avistamos con mi compañera de ruta, un puente de hormigón. Nos detuvimos y observamos. Una familia acampaba, aguas arriba. Bajo el puente se oía el murmullo del agua cruzando entre el pedregoso lecho del arroyo San Francisco. En las cercanías, a nuestra izquierda, una vieja camioneta estaba estacionada. Un matrimonio de adultos entrados en años, quizás de unos sesenta y cinco años, pero cómo saberlo, cuando las arrugas afloran, producto de la labor a la intemperie muy probablemente, descansaba, disfrutaba de la tranquilidad. Me aproximé y pregunté por la ubicación del Molino Quemado.

-Es aquí la entrada –dijo el hombre, que tomó la iniciativa y se transformó en improvisado guía turístico. Cruce el alambrado y siga el sendero por un kilómetro y medio, más o menos, hacia el sur.

-Gracias… Visitaremos el lugar –expresé señalando a mi compañera, que aún espera dentro del vehículo.

Dejamos el auto estacionado en un pequeño claro, metros adelante de la vieja camioneta Ford 100, del hombre de las arrugas pronunciadas. Su vehículo lucía impecable. Cruzamos el alambrado y comencé el registro fotográfico. Lo primero en llamar nuestra atención fue un nido de avispas. Un bosquecillo con sotobosque ralo daba comienzos a pocos pasos de lo que oficiaba de entrada, lo cual no es más que unos palos cruzados donde nacen o mueren hilos de alambre que se continúan a los lados. Dar los primeros pasos fue como entrar a un túnel. La temperatura descendió, y creo que también se volvió más húmedo el aire. El sol casi desaparecía bajo la frondosidad de los árboles. La humedad se notaba no sólo en el aire, sino en la vegetación, en los musgos, en los hongos que afloran en la base de algunos árboles e incluso en un tronco, aparentemente seco, cubierto por una especie de hongos que semejan almejas adosadas.

Como galerías se extienden, a un lado y otro, más senderos que terminan arriba en la formación abovedada creada por el ramaje, y se extienden pocos metros sin llegar a ningún sitio especial. Anduvimos varios metros y nada del molino. Quizás –pensamos- equivocamos el camino, o quizás, no había restos…

Vestigios de una antigua muralla, muy baja, oficiaba de guía. El sendero se confundía con él, pero el musgo y la vegetación no permiten delimitar o distinguir muy bien de qué se trata en un principio. Un camino natural parece hecho por el paso de animales, quizás ganado que pasta en la zona. La evidencia son los montículos de bosta esparcidos a uno y otro lado. El sol se filtraba en forma de rayos por entre el tupido ramaje. Después de andar un buen rato, una estructura de ladrillos y piedra emergió en medio de un claro. Voluminosa estructura, pero sin embargo, quedaba oculta en la densidad del bosquecillo.

La corriente de agua sigue la caprichosa y serpenteante forma del suelo rocoso, hasta que se nota el desvío del curso que ahora está ocluida, y por ende seco el canal que, como la muralla baja del comienzo del camino, aparece oculto y confundido entre la vegetación. Antiguamente, de seguro el agua entraba por allí y llegaba al molino, por esa formación de rocas y ladrillos que primero es un canal y luego se convierte en túnel. Mirándolo desde afuera, el edificio parece hueco, pero no se ve entrada, una puerta, algo que indique por aquí se entraba. O sea, aparenta un edificio alto, pero no imaginamos en principio lo que en realidad es. En la parte alta, unos orificios semejan ventanas, tiene forma de media luna, con la delimitación rectilínea hacia abajo, y aparecen en varios puntos del grueso muro. El monte se integró a la construcción, se metió adentro, floreció en su interior. Como si estuviese ganando la batalla contra la voluntad del hombre que construyó el molino. Un árbol emerge desde el interior, varias especies vegetales se dejan ver desde afuera. Es enorme la construcción. Parece irreal, como salido de un cuento de aventuras. El microambiente es lúgubre, por la penumbra producto de lo cerrado del monte, como por el cierre de la tarde, todo se vuelve más irreal.

Rayos de sol se cuelan y dejan puntos iluminados que resaltan. Un joven padre y sus dos hijos adolescentes regresan de pescar, trayendo cañas y aparejos. No hablan casi y miran de reojo al retirarse. El dueño del viejo Ford los viene a buscar, algunos pasos detrás nuestro venía, sin que nos percatáramos de su presencia. Haciendo uso de la palabra nos relata algunas cosas sobre la historia del lugar.

-Un francés construyó este molino… Funcionó un par de años -cuenta. Pero él mismo lo quemó.

-¿Lo quemó…? –pregunté incrédulo. Pero, sin embargo era ese el nombre del lugar al que aludía el cartel, en la calle de acceso principal de la ciudad conocida como Nueva Helvecia.

-Sí, quemó su propia construcción… Es que… el hombre estaba unido a una mujer, la que era su segunda mujer. Y tenía un hijo del primer matrimonio, casi de la edad de su segunda pareja. Una tarde, el viejo francés, apareció por el molino y encontró a su mujer, medio desnuda, entregándose a su hijo. Segado por la furia, incendió el lugar y luego huyó a su país natal. Nada se supo más de él.

Cuando salíamos del bosquecillo, aún estaba la familia del viejo cruzando el alambrado, y él se había demorado como esperándonos. Prosiguió su relato sobre el lugar: “Algunas veces, de tardecita –contó- se puede ver la imagen de una mujer que anda por aquí, como vagando por los senderos”.

-¿En serio…?

-No sé, pero yo por si acaso nunca me quedo de noche por aquí.

-Sin embargo, hay vestigios de fogatas encendidas cerca del molino. Alguien hizo fuego, de hecho, hay rastros de varias hogueras en lugares aledaños a la construcción.

-Puede ser… pero por si caso yo no…

-Bueno, seguiremos su consejo y… tan pronto tomemos unas pocas fotos más, nos marcharemos.

Registré el lugar desde el interior de la construcción. Tomé fotos del lugar donde estaba la rueda del molino. Lo que antes creí vacío o hueco, en realidad, estaba cubierto de tierra, y lo que considerábamos ventanitas, casi como ojos semiabiertos, no eran tales. Pues estaban casi sobre esa superficie alta de suelo, a unos tres metros sobre el nivel de la superficie externa a la construcción.

La luz del sol declinaba rápidamente, el frío comenzaba a sentirse con mayor intensidad, y cuando nos marchábamos, una joven pareja se adentraba al montecillo en dirección al molino, como nosotros, rato antes. Pensé, quizás en la tranquilidad del monte, hagan el amor. Pues el halo de misterio se mezcla con un no sé qué de aventura, misterio, placer que se experimenta al caminar por ese sendero que lleva al molino. Es una sensación agradable, pero la presencia del manto oscuro, del follaje tupido, impregna todo de un silencio cómplice.

Cuando registraba las últimas imágenes tomé una foto a la pareja que llegaba al claro que rodea a la construcción, y quedaba esa especie de entrada a la misma por detrás.

Volvimos sobre nuestros pasos, nos encontramos con el murallón bajo, que según el dueño del viejo Ford era usado para contener el agua desbordada, para aprovecharla.

El sol declinaba y se ponía al oeste, la noche surgía rápida y los colores del campo variaban. Las plantaciones se perdían y sólo unas aves solitarias, dos o tres, vigilaban el camino desde los hilos, desde los cables de la corriente eléctrica.

Volvimos, tras andar un poco por el pueblo, a nuestro hogar, cien kilómetros al este.

Al día siguiente, mientras comentábamos con mi esposa lo bien que habíamos pasado en aquél lugar y observábamos las fotografías digitales registradas el día anterior, noté algo extraño. Un defecto –pensé. Pero se repetía y adquiría cierta nitidez, que comenzó a inquietarme.

-¿Podrías mira estás fotos? -Le dije a mi esposa.

-Sí… ¿Y eso qué es…? –preguntó algo confundida, pero sin darle mucha importancia.

-Son las fotos de ayer…

-Sí, pero eso que aparece allí en varias fotos… ¿Lo ves?

-Sí… por eso te pedí que las miraras… No había nada cuando tomé las fotos.

-No. No vi nada cuando estuvimos allí. Está algo borroso… pero parece una mujer ¿no?

-Eso creí yo también cuando las vi… y por eso te sugerí que miraras.

Quedamos mudos, atónitos con lo que aparecía en el monitor de la computadora. ¿Era eso un alma en pena? ¿Era esa la mujer del francés, la del relato del hombre viejo? ¿Era una suerte de evidencia de dicho relato?

Quizás el molino se había convertido en una especie de santuario natural.

Nota del autor:

Cuánto me gustaría volver a encontrar al hombre de la Ford 100 para contarle, para mostrarle lo que registró la cámara fotográfica. Es la confirmación de su relato, de la anécdota que narra como algo posible, pero de lo que no tiene certeza.


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Walter Hugo Rotela González ©

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Escrito por Apolo el 11/05/21

MISTERIO EN EL VAPOR MIRAFLORES II


El primer día de viaje transcurría sin novedad a pesar de unos esporádicos bamboleos que daba la embarcación al movilizarse por el rio y el calor sofocante que a veces los inquietaba cuando la brisa se hacía escasa.

Horas después cuando la embarcación realizó una parada técnica no programada el Ciénaga magdalena un polizón ingresó al vapor con la cautela propia de un profesional en la materia.

Aquel hombre decía llamarse Sofanor de profesión agente viajero, estaba muy bien vestido transpiraba un olor a colonia Old Spice de Shulton aquella icónica fragancia que se usaba para después de afeitar, identificada por tener un barco tipo Carabela en el frasco. Todo esto para ocultar que era un consumado cleptómano de la más baja ralea que haría de las suyas a bordo del Miraflores.

El vapor continuaba su marcha sin más contratiempos, la pareja se acomodaba en su asiento mirando el panorama y sintiendo con rigor el peso de escapar como fugitivos, solo porqué el padre de la novia no aprobaba la relación.

La tarde caía lentamente y en la cocina de la embarcación se esparcía el olor de la cena que ese día sería “carne en bistec, arroz de fideo y plátano pícaro”, una especie de postre criollo.

Naturalmente no podía faltar el café negro muy agradable al paladar a esa hora. Todo eso lo servirían con el pitazo de la cinco de la tarde el cual ya estaba muy cerca.

El murmullo de los viajeros se perdía entre los pasillos del vapor como muestra de que el viaje era placentero para todos, se escuchaban risas y carcajadas que se perdían con el ruido de los motores en medio del chapaleo de la rueda dentada ubicada en la popa que ayudaba a desplazamiento del vapor.

Se alcanzaba a oír en la lejanía el canto de varios pájaros, igual se podía apreciar el danzar de grandes cañaduzales sembrados a la margen izquierda del rio. El viento de vez en cuando traía consigo un sofoco propio de las zonas ribereñas.

De un momento a otro el pitazo de las cinco de la tarde tomó por sorpresa a los pasajeros, algunos no sabían de qué se trataba mientras que otros viajeros asiduos en esas embarcaciones tomaron camino al comedor para deleitar la cena.

Carlos y Eva por su parte decidieron observar el comportamiento de los pasajeros para tomar una decisión, lo más seguro es que irían a buscar la cena también ya que el almuerzo fue bastante ligero.

Mientras los pasajeros se convertían en comensales fueron llegando a un lado del comedor unos músicos que entonarían melodías de moda y con el violín deleitarían a los pasajeros más refinados.

La pareja de novios no alcanzó puesto en el comedor, si decidían esperar a que desocupaban un puesto tal vez se acababa la comida, por eso entonces solicitaron sus platos y se la llevaron a su puesto donde procedieron sin reparo a degustar la cena que a simple vista lucía apetitosa.

En el momento en que la mayoría de los pasajeros compartían reunidos en el comedor, el polizón hacía de las suyas registrando maletas y los bolsos de las damas que yacían en el cuarto de equipajes.

En un abrir y cerrar de ojos logra sustraer joyas, perfumes, y dinero en efectivo, luego se hace el pendejo y sale a cubierta como si nada metiéndole conversación a todo el que se cruza por su camino para no generar desconfianza.

Todo el botín hurtado lo guardó en una caja de zapatos la cual asegura en un escondite en el cielo raso del baño de los caballeros, no podía cargarlo encima porque subió sin equipaje y eso despertaría sospecha. Lo único que cargaba era un periódico viejo que aparentaba leer en todo momento.

Ya caída la prima noche como dicen las abuelas empieza la tortura de los jejenes, esos minúsculos bichos que pican durísimo, afortunadamente la brisa se hacía intensa y las personas podían abrigarse evitando ser víctimas de la picadura de los crueles insectos.

Todas esas incomodidades no se vivían en otros vapores más sofisticados como el David Arango o el Medellín, esos portentosos aparatos que surcaron el rio y eran una especie de titanic a la colombiana. Pero el precio de embarque en esas naves costaba quizás el doble de lo que valía en el Miraflores.

Terminada la cena y la tanda de música ofrecida por la orquesta la mayoría de luces del vapor se encendieron, el paisaje se llenó de pequeños focos que parecían luciérnagas en medio de la oscuridad de la noche. Aunado a eso empieza a caer una pequeña llovizna que obliga a los viajeros a mantenerse en sus asientos quietos en primera como se dice.

La calma reinaba a pesar que los tripulantes hacían todo lo posible por mantener al vapor en movimiento en medio de la lluvia que empezaba a arreciar. En la cocina realizaban labores de limpieza por eso se oían conversaciones de los dependientes que hacían ameno aquel trabajo de limpieza que era muy agotador.

Poco a poco algunas luces se apagaban para que los pasajeros que tenían camarotes a su disposición fueran a dormir, los que no tenían esa comodidad bebían mantenerse en sus puestos. Solamente el polizón daba vueltas y vueltas a ver si encontraba algo mal puesto o mal colocado para tomarlo sin permiso y sumarlo a su botín.

La penumbra se estaba apoderando del lugar cuando de pronto se escuchó un chillido parecido al llanto de un bebé, pero en el vapor solo viajaba un niño y este dormía plácidamente pegado al pecho de su madre.

Surgía la pregunta; ¿De dónde venía ese chillido? Lo más espeluznante es qué el sonido se hacía más intenso y muy aterrador.

El inquietante suceso colocó en alerta rápidamente a todos que empezaron a buscar de donde venía el chillido, lo curioso es que después de varios minutos se detuvo repentinamente.

Nuevamente se escucharon murmullos de varios pasajeros comentando lo ocurrido entre ellos un borrachito, este lanzaba vivas al partido liberal y en medio de un hipo impresionante decía que esos chillidos eran de una víbora matando a una cría de gatos, y que gracias a dios no pasó a cubierta a buscar a la señora que daba pecho al niño porque las culebras son atraídas por el olor de la leche materna.

Quizás nadie tomó en serio los comentarios del personaje debido a que cuando una persona se pasa de tragos empiezan a hablar vacuencias o necedades.

Entonces quedaba la duda en los presentes si creerle al borrachito o buscar otra explicación al origen de los chillidos. No era fácil darle crédito a esas palabras,

¿Cómo una cría de gatos y víboras podían estar a bordo?

Pero se conocieron casos que a bordo de los vapores siempre se instalaban antes de zarpar toda suerte de animales atraídos por el olor a carne fresca y a la comida que algunos pasajeros llevaban para soportar el viaje.

Nuevamente la calma se apoderaba de la nave, la pareja de enamorados que vivía su idilio en medio de aquella zozobra esperaba el amanecer tomados de la mano. Eva agarraba tan fuerte a Carlos que dejaba pintada las uñas en su muñeca muy cerca del reloj de números romanos que marcaba en ese momento las ocho de la noche.

Él galán parecía manejar la situación no se sabe si en sus adentros también cundía el miedo, solo abrazaba con ternura a su prometida enredando en su dedo índice los rizos de su hermosa cabellera.

Las horas pasaron muy lentamente, ya estaba cerca la alborada y se sentía el cántico de avecillas como cucaracheros y chirríos que se alejan del litoral acercándose al manglar, ahí se mezclaban con animales de agua cómo paticos de ciénaga, barraquetes, gavilanes y goleros.

Antes de que dieran las cinco de la mañana nuevamente el borrachito lanzaba palabras a viva voz, pero esta vez ponía en alerta a los presentes afirmando que a bordo estaba un ladrón.

Les decía que revisaran sus pertenencias porqué él había visto al malhechor por la noche revisando las cosas ajenas.


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Luis Alfredo Arroyo Osorio ©

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Escrito por Apolo el 12/05/21

MISTERIO EN EL VAPOR MIRAFLORES III


Por segunda vez aquel hombre ebrio lanzaba versiones de lo sucedido hasta el momento en el vapor, lo más triste es que nadie lo tomaba en serio.

Solamente el capitán al mando decide escuchar detenidamente al susodicho y este le exponía los detalles de lo afirmado gracias a que su borrachera ya estaba en declive a pesar que todavía exhalaba un olor a cobre típico de la resaca.

Pasado este episodio el capitán ordena a la tripulación detener y anclar al vapor por un momento, lo mismo que a los pasajeros les envía un mensaje por los altavoces que los necesitaba en cubierta, además les aconseja que revisen sus equipajes para ver si realmente les faltaba algo.

Lentamente vienen los pasajeros al igual que la tripulación para dar cumplimiento al llamado del capitán, muchos habían encontrado anomalías en sus equipajes y faltantes en el mismo.

En el momento que se está formando el barullo de todos hablando al mismo tiempo sucede algo inesperado, una explosión en la cocina genera pánico en la muchedumbre.

Alguien por accidente o a propósito puso en una de las hornillas un desodorante en aerosol de esos que venían importados de los estados unidos. Aquel objeto estalló tan fuerte que su impacto movió el cielo raso del baño de caballeros y cayó la caja que el polizón había guardado en ese lugar sobre la cabeza de un miembro de la tripulación que hacía una necesidad en ese momento.

Su sorpresa fue enorme al ver todos esos objetos regados, de inmediato los tomó para llevarlos con su capitán. Este regresó donde estaba la tripulación y la mayoría de pasajeros.

De una vez dicho capitán empezó a indagar por los propietarios de los objetos y procedió a la entrega, pero al parecer se quedó con el dinero en efectivo o no lo recibió, los pasajeros preguntaban sobre este asunto y el capitán con su voz recia que parecía digna de confianza respondía que eso fue lo que encontraron en la caja.

Pasado ese acontecimiento los esfuerzos del capitán se inclinan a la búsqueda del polizón, el cual ya estaba identificado debido a las aseveraciones del borrachito que dio las pistas y de esta manera la mayoría colaboraba rebuscando en todos los rincones del vapor para hallar al culpable de los hurtos.

Después de buscar rincón por rincón de la nave no encontraron al polizón, parecía que se había marchado, pero no había forma de salir si no nadando y ningún pasajero o miembro de la tripulación vio a nadie tirando brazo a la vera del vapor.

Hasta ese momento el paradero del polizón era en realidad un misterio como el origen de los chillidos de la noche anterior, de la misma forma quien era el causante de la explosión en la cocina.

Todos esos interrogantes no tenían respuesta inmediata, no se sabe si eso era lo único que pasaría o todavía faltarían sorpresas.

La mañana transcurrió sin ningún imprevisto hasta el momento, luego llegó la hora del almuerzo en el cual sirvieron “caldo de pollo, arroz blanco, carne a la fricasé y una ensalada de papas con zanahorias.

Después de semejante cargamento de calorías los viajeros buscaban acomodo en sus puestos para echar una siestecita, mientras que otros buscaban café y los viciosos entre esos el personaje que ayer estaba borracho buscaban afanosamente en el quiosco a ver si quedaba algo con contenido alcohólico.

Desafortunadamente para ellos no quedaba nada que colmara sus expectativas, las provisiones se habían agotado, solo quedaba la carga y eso no se tocaba. Debían esperar a que el vapor llegase al puerto del Banco en el Magdalena para satisfacer a su espíritu bohemio.

Ese día la noche cayó mucho más rápido que la anterior, todo se cubrió de una bruma oscura tan rápidamente que el vapor disminuía su paso debido a la escasa visibilidad. La espesura de la penumbra penetraba en el panorama a tal punto que solo se podía mirar a pocos metros.

La luna estaba esquiva esa noche mimetizaba su diáfana claridad con sombras inertes, por eso no dejaba escapar ni un solo destello de luz. Tal vez como augurio de que aquella negrura sería la cómplice de otro evento misterioso que podría ocurrir.

El canto de los grillos irrumpía en el lúgubre silencio como una estocada a lo desconocido. Toda esa relativa calma se rompió cuando de un momento a otro revienta un trueno en seco en la orilla contraria.

No es común que esto ocurra ya que siempre antes del estallido viene una ráfaga de relámpagos que anuncian el atronador evento.

Todos quedaron atónitos con el estruendo que sacudió la maleza. De nuevo se ponía en alerta la tripulación que sin afán dominaban la nave llevando el curso normal hasta el momento, mientras que los pasajeros sintieron el “Chambranazo” como si fuera al lado de sus puestos.

Se alborotó de nuevo el personal, algunos rezaban y otros maldecían el hecho de tomar el viaje. Mientras que Carlos el osado novio de Eva trataba de transmitirle calma para que esta no perdiera la fe de que todo terminaría bien.

Por los altavoces la tripulación emitió mensajes de tranquilidad para que los pasajeros retomaran su rutina y descansaran, ya que al amanecer arribarían al puerto del Banco donde podían relajarse estirar los huesos y si querían tomar un buen desayuno con pescado que sería revitalizador.

El incidente del trueno obligó a los pasajeros a mantener su compostura y a estar alerta a cualquier movimiento extraño dentro y fuera del vapor. Cuando todo empezaba a volver a la normalidad irrumpe en aquel silencio el grito de una dama que más fue un brutal alarido.

Decía que en medio del susto que no la dejaba articular bien sus palabras que camino al baño de las mujeres ve entre la penumbra y la luz del pequeño bombillo una “aparición fantasmal” que la llamaba para se acercara a él.

La asustada mujer contaba que el fantasma no tenía pies y que solo se le veía del tronco hacia arriba y la cara estaba como un retrato borroso.

Aquel relato estremeció a los que la rodeaban y trataban de calmarla. Era tal la turbación de la fémina que hasta se orinó en medio de todos, cosa que la avergonzó aún más.

La desesperada mujer viajaba con su anciana madre la cual no entendía muy bien lo sucedido, solo se limitaba a decir que en esos casos lo mejor es rezar el credo al revés y sonar una campana. Es posible que nadie cargara una campana y mucho menos sepan recitar el credo de esa forma.

Lograron calmarla y llevarla a un camarote cedido por un caballero que colaboró con ese gesto al ver lo exasperada que lucía la referida. En ese sitio se acostó y se arropó con las sabanas como para olvidar por siempre lo vivido en ese momento.

La noche transcurrió en medio de una tensa calma y desconfianza por lo ocurrido, este sería otro misterio sumado a la cadena de sucesos escalofriantes presentados en este viaje.

Por fin amaneció y se aparecían los primeros rayos del sol en el horizonte como sablazos mortales a una madrugada que se escapaba impunemente sin dejar resquicio alguno.

La llegada al puerto del Banco se dio con calma por aquellos pasajeros que bajarían del vapor y no seguirían en el viaje, entre esos pasajeros estaba la chica que supuestamente vio al fantasma. Por otro lado había escepticismo por aquellos que seguirían su camino en el navío hacía su destino final.

La tripulación hizo los chequeos necesarios a la nave lo mismo que el papeleo para seguir avanzando por el magdalena medio, luego desayunaron en las fondas y pequeños restaurantes ubicados a la orilla del puerto, estos brindaban su especialidad “El bocachico” por esos días era época de subienda.

En dicho puerto subieron otros pasajeros que ignoraban por completo lo acaecido a bordo y poco a poco se fueron acomodando en los puestos destinados para ellos.


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Luis Alfredo Arroyo Osorio ©

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