Quienes somos Inicio Poesías Recomendamos Nuestros productos Música y cine Entrevistas Noticias Revista Libro de visitas Mapa web Premios Www.ratondebiblioteca.es Visiones Miembros de Www.ratondebiblioteca.es

 Septiembre - 2021 

 L ¦ M ¦ M ¦ J ¦ V ¦ S ¦ D  V 

                 1     2     3     4     5  

   6     7     8     9    10   11   12 

  13   14   15   16   17   18   19 

  20   21   22   23   24   25   26  

  27   28   29   30    24 

       Agenda cultural de
  www.ratondebiblioteca.es ©




   


Será mostrado si existe



Publicidad
Escrito por Walter el 17/04/21

Un huevo gigante se tragó a mis hijas


Doña Ramona es una mujer de unos sesenta y pico de años de la zona de la Quiaca, en el norte de la Argentina. No representa la edad que tiene. Vive cerca de unas montañas, en medio de los valles, desde hace una veintena de años atrás. Debido a la encases de dinero y a la posibilidad de hacer allí su vivienda sin que el Estado la molestara, construyó allí su vivienda. Precaria, por cierto. De adobe, piedra y ramas de arbustos de la zona levantó su rancho. Ella va al pueblo más cercano, donde vive su hijo varón, el 10 de mes de cada mes, nunca otro día. Recibe una pensión. Almuerza con sus nietas y recorre, después de las cinco de la tarde, los veinte kilómetros para atrás. Su esposo murió o desapareció en alguna ciudad al sur del país. Ella no lo vio después de que saliera una mañana, treinta años atrás. Lo buscó meses, años y después sólo prefirió encender una vela, siempre el mismo día, el de la fecha en que partió.

Esta mujer vive sola en su rancho; pero diez pasos al norte, sus dos hijas construyeron otra casita para ellas. Consiste en dos habitaciones, un cuarto para guardar cosas y una suerte de cocina comedor. El baño de ellas se comparte con la madre, a veinte pasos de su entrada, en la parte más alejada de la ruta. Viven al costado de la ruta nacional más larga del país. Ellas tienen treinta y cinco y treinta y siete años. El varón, treinta y seis. Un pozo de agua les provee agua para las pocas cosas que allí plantan. Cuentan con un servicio de agua potable que llega por una tubería que conecta al pueblo donde viven su hijo y nietas con una empresa del Estado que está a poco más de cinco kilómetros al oeste, siguiendo la ruta. Las lluvias son escasas y eso se nota en el aspecto del suelo y la ladera de las montañas, en lo ralo de la vegetación. El viento siempre es seco. Las tunas son lo más característico de allí.

Lo más común que ve esta mujer es un día tranquilo, con viento frio y seco, sea otoño o invierno, y cálido e igualmente seco en verano. En la primavera ve florecer los cactus con sus flores de hermosos colores. Eso le alegra un poco. Dice ella que la vida vuelve, en colores de flores. El resto son arbustos generalmente grisáceos que luego se tornan un poco más verdes. Todo se enciende en primavera, pero dura poco. Siempre… dura poco. Ella dice que por eso hay que tener reservas. Ella con sus hijas son tejedoras de lana. Preparan la lana de la vicuña y luego con el telar crean ponchos y mantas que, cada sábado sus hijas llevan al pueblo para la venta. En eso consiste sus rutinas. La corriente eléctrica pasa, por un cable muy alto, pero no baja hasta sus casas. Llega hasta la empresa estatal, pero no baja la corriente hasta sus humildes moradas. Para iluminarse en las noches utilizan unos faroles a mantilla, unos a gas, y otras lámparas a Kerosene.

En una fecha que no era el 10, doña Ramona bajó al pueblo. Llegó en el colectivo que pasa por su casa a las 6 de la tarde. Vino directo a la comisaría. La atendí de inmediato, apenas cruzó el umbral de la oficina, su cara venía desencajada, comenzó su relato, que repetía una y otra vez: “Se llevaron a mis hijas… Se llevaron a mis hijas” -comenzó balbuceando.

– No sé por qué la Pachamama se llevó a mis hijas -continuó.

– ¿Cómo que se llevaron a sus hijas doña Ramona? -le pregunté, con voz pausada, tratando de calmarla.

– Sí, la Pachamama… La ladera del cerro se abrió, un huevo gigante salió de allí y se tragó a mis hijas…

A esa altura pensé que la mujer se había vuelto loca o que realmente a sus hijas las habían raptado y ella narraba eso por efecto de algún tipo de sustancia alucinógena. Pero desconocía que esta mujer utilizara algún tipo de sustancia por su cuenta, a no ser la típica hoja de coca, que es tan común en nuestro norte. Sin embargo, al calmarse brindó detalles de lo que había ocurrido. Las contó unas cinco veces.

Cuando sucedió lo de la desaparición de las hijas de doña Ramona era pleno invierno. Cuando llegó empezaba a declinar la tarde rápidamente. Si regresábamos con ella a su casa, seguramente, no veríamos casi nada. Pero ante su estado de excitación y por lo grave que puede ser una desaparición fuimos. Tomé una gran linterna y me acompañaron dos subalternos. Revisamos la zona de las casas. Todo parecía estar en orden. Pero era imposible determinar si hubo algún tipo de movimiento de tierra. No había huellas de vehículos, ni de caballos, nada. Pero en la noche es difícil percatarse de detalles por eso nos volvimos al pueblo. Doña Ramona pasó la noche en casa de su hijo.

Regresamos a la casa de las desaparecidas, temprano en la mañana, del día siguiente. Para nuestra sorpresa, ambas estaban allí. Hablamos con ellas intentando obtener detalles de lo sucedido, pero respondían dando rodeos y sin poder o, quizás, no queriendo, dar explicaciones exactas. Parecían atontadas por alguna cosa, que no era alguna sustancia narcótica, sino quizás por el cansancio que exhibían. Pero no encajaban sus historias. Faltaban demasiados detalles de las últimas 24 horas que decían no recordar. Ellas estaban preocupadas por su madre. Pues no la encontraron en su casa. Le aclaramos que ella habían denunciado su desaparición y que había pasado la noche en casa de su hijo.

Estas mujeres habían desaparecido, no recordaban casi nada de las 24 últimas horas, su madre las vio desaparecer. Era la única testigo. Y debo decir, que en lo que a mí concierne, Doña Ramona es una persona confiable, pues la conozco desde hace años.

La montaña estaba intacta. Revisamos la ladera de cabo a rabo. Tanto de un lado como del otro, el no visible desde la casa de las “presuntas” desaparecidas. Fuimos hasta la cúspide, que no está tan alta, como en su base del lado opuesto. Todo parecía en orden.

El caso de la desaparición de las hermanas, hijas de doña Ramona, quedó sin resolver. No pudimos explicar cómo ocurrió, si es que así fue, su desaparición. No pudimos constatar lo relatado por la madre de las susodichas desaparecidas. La tierra estaba intacta, sin indicios de que algún movimiento, algún derrumbe haya ocurrido. Archivé el acta con el título: "Posible desaparición no explicada". De hecho, el único dato del asunto fue brindado por la testigo, doña Ramona, una ciudadana que fue peritada por el médico del pueblo, quien la encontró cabalmente sana. Sin embargo, cada vez que le preguntamos sobre el caso, aún tiempo después, repitió: “La Pachamama se llevó a mis hijas… La ladera del cerro se abrió… Un huevo gigante se tragó a ms hijas”.


Libro de Visitas

Walter Hugo Rotela González ©

Creative Commons License



Publicidad
Escrito por Apolo el 21/04/21

LUCKAS "El Cazador de Hadas" I


Luckas Haraldsen un hombre de cuarenta y tres años, medio escuálido para no decir flaco. Con unos gustos excéntricos por la música, muy relajado cuando viaja y las rastas en su ensortijada cabellera le dan un aspecto de rebelde sin causa o vago sin oficio dirían las abuelas.

Tal vez esta percepción sería la indicada para detallar a Luckas, pero también podría estar sesgada si no se conociera sus aficiones por la historia, ciencias y temas relacionados con lo desconocido. Luckas es de origen nórdico tiene antepasados cercanos a los vikingos, aquellos arrojados navegantes de la antigüedad que supuestamente llegaron a América unos quinientos años antes de Colón.

Dice la leyenda que huestes vikingas cruzaron el Atlántico norte con sus barcos bien equipados y un secreto entre manos “la piedra solar”, un cristal que reflejaba la posición del sol en los días nublados los cuales se presentan con frecuencia en esas latitudes.

Esta era la forma de orientarse de los referidos lobos del mar que se dice alcanzaron a pisar tierras de lo que hoy es Canadá y el norte de los Estados Unidos haciendo escala en las costas de Groenlandia.

Esa es la carta de presentación de este personaje imaginativo como sus antepasados, amante de temas escabrosos para algunos pero interesantes para él. Por su obsesiva alucinación con los temas relacionados con los duendes y las hadas muchos dicen que no ha superado la niñez.

De los duendes comenta Luckas que de niño jugaba con muchos e inclusive se llevaba algunos a su casa sin que sus padres lo vieran. Con respecto a las hadas está convencido que existen y que además tiene entre ceja y ceja atrapar una para mostrarle al mundo que no son un cuento.

En sus investigaciones ha recopilado abundante material como para escribir un libro, pero él se conforma que le sirvan como soporte para que sus afirmaciones no las tomen como descabelladas.

Luckas obstinado como todo soñador, en ocasiones encontraba tropiezos en la financiación de sus largas travesías a cualquier lugar del planeta donde encontrara información de sus personajes favoritos. Con su página web y sus esporádicas conferencias lograba reunir los recursos necesarios para cumplir sus itinerarios que no le dejaban más que satisfacción personal y un gran cansancio.

Buscando información como ratón de biblioteca, llegó hasta unos manuscritos de principios del siglo veinte de propiedad de unos arqueólogos ingleses.

Estos contenían información de la majestuosidad y embrujo que encontraron al visitar la riviera maya especialmente el sitio arqueológico de Cichén Itzá.

Esta riviera es una zona donde el color verde abunda porque la vegetación parece luchar contra el azul del mar. El sol al atardecer parece bajado del firmamento con un hilo invisible por su cercanía y su color intenso anaranjado.

Este sitio fue un asentamiento de la cultura maya en la península de Yucatán, donde lo real se confunde con lo imaginario por su belleza natural y los misterios que esconde.

Uno de esos misterios era la localización de un supuesto “portal” ubicado en la profundidad de los montes de acacias aledaños a Cichén Itzá, que conduce a otra dimensión. En dicha dimensión encontraría feudos dominados por duendes, ninfas y especialmente hadas.

Cuando esos manuscritos caen en manos de Luckas la emoción se le salía por los poros, esto lo emocionaba tanto como para olvidar que en esa misión se ha gastado más de la mitad de su vida así como muchos recursos de tipo económico.

Decide resolver algunos asuntos pendientes en su natal Islandia que le permitiesen quedar liberado de cosas que llevaba a cuestas desde hacía mucho tiempo. Era la única forma de dedicarse de tiempo completo a la búsqueda de lo hallado en los manuscritos.

Pasaron un par de semanas desde que empezó a planear aquella búsqueda que lo convirtió en un desprevenido insomne, solo tenía cabeza para ese tema.

Descuidó las pocas amistades que tenía e inclusive se le escondió definitivamente a su última pareja que lo buscaba afanosamente, una rubia menudita la cual era la única que le soportaba sus desplantes.

Durante ese tiempo resolvió deshacerse de unos artículos que había adquirido en uno de sus viajes a Egipto, esto era demasiado duro para Luckas pero para costear un viaje al otro lado del mundo debía despojarse de sus bienes más preciados.

En su última etapa en la planeación de su búsqueda alcanza a establecer algunos contactos en España, estos le brindaron un sin número de recomendaciones sobre el destino escogido. Sabía hasta la saciedad de lo temerario que podría ser ese viaje, aun así la testarudez hace parte del ADN de todo aventurero afirmaba Luckas.

Para la primera semana de octubre del año dos mil catorce tenía lo necesario para emprender su travesía a un país desconocido del cual solo sabía el nombre y muy poco del idioma, pero con la suficiente adrenalina para alcanzar ese desafío.

Con ligero equipaje como siempre sale de su país natal hasta la ciudad de Londres, arribando al aeropuerto de Gatwick, el segundo de los cinco aeropuertos que tiene esta gran ciudad y se caracteriza por atraer vuelos de bajo costo los cuales utilizaba Luckas con mucha frecuencia.

De la gran urbe londinense parte hacía Montreal (Canadá) en un vuelo de 8 horas aproximadamente, para luego de allí partir a la ciudad de México o DF como le dicen sus habitantes.

Al llegar a la capital azteca queda sorprendido por la magnitud de la ciudad, nunca se imaginó algo así. Como gran parte de los europeos pensaba que América latina era una inmensa jungla como la caricaturizan las películas de Hollywood.


Libro de Visitas

Luis Alfredo Arroyo Osorio ©

Creative Commons License



Publicidad
Escrito por Walter el 25/04/21

LAS CALLES DE TIERRA RUMBO AL CEMENTERIO


Quizás muchos conozcan sobre la vida, allá ité, en las tierras de las largas siestas e interminables tererés; pero supongo que todos no. Por eso les acerco estas narraciones de don Arturo, un viejo conocedor de la zona y sus pormenores.

Don Arturo tiene la piel gastada por el viento norte y el calor de la zona. Durante más de cinco décadas recorrió las rutas y las calles polvorientas del norte del país. Suele disfrutar cuando ve los remolinos de las siestas. Dice, a veces… “el viejo anda haciendo de las suyas”. Y uno piensa si se refiere a la antigua leyenda del personaje añoso al que llaman yaciyateré o si se refiere alguna persona masculina de carne y hueso, que se oculta entre los matorrales acechando a los desprevenidos, y, que él quizás conozca.

Cuando el sol está en lo más alto, en el cenit, cuando las chicharras suenan como un lamento que hiere el silencio de la siesta es cuando suceden algunas cosas que parecen extrañas; que parecen sueños, porque quizás, se dan en ese momento en que la vigilia da lugar a la ensoñación, a ese instante en que no sabemos si estamos despiertos o dormidos, cuando el calor nos vence, nos cansa, nos agota y nos deja casi sin aliento, tendidos bajo una sombra piadosa.

Lo cierto es que el calor está presente, y se hace carne en esa transpiración que no se puede detener, en esa caída de gotas interminables de agua que nuestro cuerpo deja escapar, esparciéndose por doquier. El agua tan vital que se escapa de nuestro organismo es también la que se necesita para detener el polvo de las calles, para aquietarlo.

Y sobre eso don Arturo nos cuenta… "Hace años que se puso en marcha un sistema de riego de las calles polvorientas de la ciudad, a fin de que se pudiera sobrevivir al viento norte, tan característico. Hubo una época en que un tanque cisterna era remolcado por un tractor, después pasó a ser un camión el que transportaba el líquido y regaba las calles. En horas de la siesta o en otros horarios veíamos pasar por distintas zonas aquellos tractores y los tanques cisternas con el agua cayendo detrás, como una suerte de lluvia. Sobrevive el riego sólo en algunas calles, donde el pavimento no existe, donde alguien tiene algún amigo o conocido que incida en las decisiones comunales y se pueda dar el riego, tan necesario."

En la zona del camino de acceso al cementerio aún se ve que existe el servicio de riego. Pero pasa por una calle principal, en tanto que las aledañas son regadas por los vecinos con las aguas de las zanjas donde se vierte el material de los sistemas cloacales de las casas. Y esa agua sucia es la única que moja las secas y polvorientas calles. El polvo cubre las hojas de los árboles, los vidrios y las pinturas de las chapas de los autos, tapa todo cuanto queda en su paso. El viento norte esparce el polvo en forma de remolino y cubre como un manto -de tono gris, tan particular del lodo seco- todo en su camino. Grandes extensiones de la ciudad, y de las ciudades más al norte del país, obtienen las mismas características, gracias al sistema de vientos cálidos que la barren, cada siesta, cada calurosa siesta.

En ese camino al cementerio es dable imaginar más que una ida al cielo, al campo santo, un viaje al infierno. Ir en horas de la siesta supone un gran esfuerzo, una suerte de sacrificio. Las chicharras marcan el compás. El tiempo parece detenerse o prolongarse, por un periodo indefinido. Si se está despierto el sonido lo absorbe todo. Nuestro sistema auditivo es capturado por ese único elemento. Todo parece andar más lento, o no andar. Los pocos aldeanos que ven se mueven como en cámara lenta. Alguno parece dormitar a la sombra de un arbusto, pero podría ser alguien que acaba de fallecer y aún no termina de apagarse, como el canto de las chicharras. Más allá de cualquier portón de acceso a los terrenos de las casas pueden verse algunos perros, flacos en general, que cavan pozos bajo los pocos árboles procurándose un sitio más fresco, donde echarse y dormitar. Muy cerca pueden verse a sus amos haciendo igual ejercicio de supervivencia, aletargados en una reposera, bajo las sombra de cualquier árbol o suerte de toldo que los resguarde del ardiente y sofocante rayo del sol.

Don Arturo dice conocer la historia de un tal Diosdado… “un masculino de piel oscura, un morocho, blanco de piel curtida, cual hombre de campo, pero sin ganas para trabajar, a quien le encomiendan algunas changas, pues no cobra mucho, en tanto, tampoco hace mucho. El mencionado hombre fue acusado, en una oportunidad, del abuso de una joven, de edad poco más que una niña. Pero la falta de pruebas lo llevó a ser dejado en libertad por falta de mérito. El hecho ocurrió en las inmediaciones del cementerio, entre dos de los grandes basurales que se extienden en el camino al cementerio.”. Más todo parecía indicar que era el autor del crimen, según lo supo de boca de su amigo el comisario “Dalí”. Así lo conocían, por el uso de un particular bigote, tal como el del famoso pintor español. No sé si es éste el individuo al cual refiere don Arturo, pero bien podría ser, pues quizás tanta leyenda no es más que para asustar y cuidar a los niños y quizás basados en probables hechos que algunos adultos conocen.

El viento sopla, del norte, y el calor se esparce como una llama, como un fuego invisible que te abraza, te aprieta y te deja atontado, somnoliento, sediento y sin ganas. El viento gira, sube, se precipita y luego te da en la cara, cual cachetada.

Algunos pájaros negros dominan la gran extensión bajo sus garras desde las columnas alisadas y perfectamente cilíndricas o retorcidas -elaboradas con madera estacionada- de los postes de los cables de luz. Parecen inmutables, pero ellos aprovechan el mismo viento norte. Ellos se elevan, planean, sobrevuelan con la mirada atenta, y de repente caen en picada como bólidos, sobre alguna descuidada ave pequeña, sobre algún roedor o sobre alguna serpiente. Tan eficaces, tan precisas, tan activas y totalmente lúcidas, como adormiladas están el resto de las criaturas. Otras, simplemente pelan los huesos de algún ser en descomposición, que expuesto al sol, revela sus órganos internos, o sus músculos desgarrados por los picotazos.

Todo el paisaje parece tener el mismo monótono color gris, amarillento en parte, por ralos pastos secos que alguna vez tuvieron sus hojas verdes, pero no en épocas de verano, cuando el sol quema sin avisar, cuando los incendios son cosas de un instante, adquieren ese uniforme aspecto.

La muerte acecha, mucho antes de llegar al cementerio. La muerte tiene ojos que miran desde los postes de luz. La muerte parece caminar entre los campos de ásperos pastos, pero siempre hay algún arriero que le sale al encuentro, con el facón en la cintura y la estampita del santito en el bolsillo.

Sequedad y silencios se alternan con los sonidos de las chicharras; la soledad es lo que se presiente, lo que se percibe, rumbo al cementerio, en esas horas de la siesta de verano. Se oye, como muy diluido, de tanto en tanto, el chirrido característico del ave rapaz cayendo sobre su presa, luego… un funesto silencio.

Don Arturo dice que hay que andar con cuidado, en la siesta, rumbo al cementerio… “No todo lo que se ve es, no todo lo que parece, existe”. El calor crea ese espejismo en las rutas pavimentadas, y se ve ese movimiento de los autos al avanzar, que parece que vienen y se van, que se mueven, desaparecen, reaparecen. Y en los caminos de tierra se da una situación similar. A lo lejos se ve venir a un hombre, avanza, pero pronto se pierde, desaparece, se esfuma. De repente parece venir, otra vez, en dirección opuesta a nuestro avance. Luego se desvanece o se aleja. "Todo es confuso, en ese camino, en esas calles de tierra rumbo al cementerio", repite don Arturo, cuando la última gota de agua cae, del tanque cisterna…


Libro de Visitas

Walter Hugo Rotela González ©

Creative Commons License


Esta web ha sido creada por www.ratondebiblioteca.es 2007-2021 ©
Contacto ¦ Legalidad