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Escrito por Apolo el 01/04/21

MANOS ARRIBA


El sol calcinaba todo a su alrededor las personas apuraban su paso para llegar lo más pronto posible al paradero, ahí podían tomar los buses que los conducían a sus destinos, esto era parte de la rutina diaria de todo aquel transeúnte o usuario del transporte público.

Ya adentro el aire caliente se introducía por las ventanillas del autobús que a una marcha forzada salía del centro de la ciudad y se adentraba en la troncal que conducía a varios puntos cardinales de la mencionada urbe.

El conductor de semejante armadura de hierro y latón con la presión arterial a tope, con las venas de su cuello marcadas por la irritación que le producía lidiar con los pasajeros, en ese tira y afloje de acomodar un montón de personas en un galón como sardinas emitía casi de memoria las mismas frases;

¡Córranse!

¡La salida es atrás!

¡No se queden en el pasillo, porque los dejo después del paradero!

Esas palabras tenían un dejo de amenaza y el tono se endurecía a medida que el aparato trataba de fallar y la caja de cambios tronaba como molino viejo. En ese momento los pasajeros a modo de burla le gritaban;

¡Échale guineo!

Eso lo enfureció más a tal punto que explota mandando un cambio que le permitiera acelerar, entonces los pasajeros le gritaban;

¡… Estás loco… nos quieres matar… aquí llevas personas no animales!

Esa escena se repetía a diario y el conductor lo sabía, pero se hacía el fuerte entrando en discusiones inertes que parece le hacían falta cuando la calma reinaba por breves momentos, mientras este aguardaba en silencio mirando por el espejo retrovisor si era necesario otro estallido de groserías.

A medida que el bus seguía su ruta unos pasajeros se bajaban dando gracias a dios y otros se subían arrugando la cara al ver el vehículo atestado de gente que buscaba la forma de aferrarse a un puesto o a un agarradero para evitar caerse a causa de la gran velocidad del automotor.

Cuando todo parecía normal un pasajero que tomó el bus en su última parada desenfunda un arma y apunta al conductor diciendo;

¡Manos arriba!

¡Esto es un atraco!

¡Nadie se mueva del puesto!

¡El que se mueva lo pelo!

Mientras el hombre da la orden otro tipo cómplice de la fechoría pasa revista al personal y arrebata todo lo que ve de valor, es tanta su prisa que algunas cosas caen al piso. El conductor al ver esto se le vienen muchas imágenes a la mente y trata de detenerse, pero el que le apunta con el arma le dice;

¡Si frenas te mueres!

Por un momento todo es confusión y la incertidumbre reina por espacio de unos minutos, cuando los malhechores creen que ya es suficiente saltan del bus en marcha, desafortunadamente uno de ellos es embestido por otro vehículo que venía detrás sin percatarse de lo sucedido, mientras el otro corre afanosamente para salvar el botín.

Lo más increíble de aquel suceso es que mientras la mayoría de los pasajeros se reponían de la zozobra que habían experimentado solo una persona no se dio cuenta de lo sucedido, debido a que venía en el último asiento recostado a su ventana dormido como un bebé. Al reaccionar de su letargo mira a todos lados se limpia la baba con el cuello de su camisa y exclama;

¡Qué gente tan escandalosa… no me dejan conciliar el sueñito!

Glosario

"Guineo"….Nombre que se le da en la costa norte de Colombia al Banano, ya sea que esté verde o maduro.

"Échale guineo" Es una expresión jocosa que se utiliza en la costa norte de Colombia y hace referencia cuando algún vehículo pierde la fuerza en su motor.


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Escrito por Apolo el 10/04/21

LA ESQUINA DEL MOVIMIENTO


Después de pasar dos calles desde la carretera principal del pueblo se halla una esquina de cuatro bocas cada una con una característica diferente, por un lado estaba la casa de doña “Fela”, la que abría los trozos de carne en la puerta sentada en la terraza para que todo el barrio se enterara que ella comía bien.

En la esquina de enfrente se hallaba un solar enmontado donde a veces los novios por la noche hacían de las suyas, eso sí no los espantaba doña Fela con frases de grueso calibre. A un costado estaba la tienda de nombre “El centavo menos”, de propiedad de un tacaño que no le rebajaba un céntimo a nadie, a tal punto que muchos decían que ladraba de noche para ahorrarse el perro.

En este sitio se sabían y se comentaban todos los chismes del barrio, y diagonal a esta cerrando la esquina estaba la casa de Bruno España alías “Pajarito” el don juan del barrio, según él las mujeres se derretían no más con verlo.

Este espécimen con ínfulas de Gigoló vestía siempre a la última moda, se perfumaba de pies a cabeza con agua original de colonia “María Farina” y solía asombrar a sus vecinos con sus vestimentas estrambóticas.

Era muy común verlo los domingos cuando venía de descanso sentarse en su portal luciendo unas batas de seda blanca y fumando un cigarrillo con un filtro de madera largo como el de las películas.

Todas esas galas las compraba en sus viajes alrededor del mundo, esto lo decía campante cuando entretenía a sus aduladores puesto que decía ser el mejor barman en el barco que trabajaba.

Aparte de eso era propietario de un radio Pick up llamado “El Galáctico” un enorme escaparate que reproducía música a un volumen alto, este lo hacía sonar en sus tiempos de ocio.

Bruno a pesar de estar pisando los treinta años no se había decidido a contraer nupcias con alguna de las cuatro novias que visitaba, eso lo decía a boca llena mientras sus padres le acolitaban todas sus desfachateces.

En esta esquina todos los ocho de diciembre amanecían festejando la inmaculada concepción y al despuntar el alba un nuevo chisme circulaba entre los corrillos, no faltaban los murmullos de infidelidades matrimoniales de lado y lado, además continuamente circulaban comentarios y cuchicheos de algún vigoroso varón que supuestamente volvía de Venezuela o Curazao con un caminado raro después de haber participado en fiestas vaporosas vestido de mujer deleitándose con el baile de la pluma. Todo lo que sucedía en aquel lugar era como un ensayo de una performance criolla y los personajes parecían sacados de la carpa de un circo.

Cuando era la época de carnaval Bruno en compañía de varios amigos organizaban una verbena con reina a bordo, La última de que se tuvo noticias fue descomunal.

La reina elegida fue la nieta de doña Fela de nombre Alicia pero más conocida como “La Fifí”. Ella le hacía honor a su apodo ágil para el baile y briosa con los caballeros, a su sitio de jolgorio era fácil llegar adornado con palmas de coco y solo a unos pasos al frente de su abuela, con un letrero que decía “Párteme la Papaya”, vaya nombre para un baile.

En aquella esquina pululaban los farsantes que escondían su verdadera historia con quiméricas presunciones que alentaban su afán de figurar en la fábula equivocada.

Esto era solo una muestra de todo lo que se cocinaba en aquel sitio donde las vergüenzas se ventilaban en público y lo privado parecía no tener espacio en todo ese cosmos de vanidad de vanidades.

Pero el tiempo es el único que revela los secretos más recónditos de los seres humanos y por más que intentan desvirtuarlo la realidad supera la ficción, de Bruno se supo que no trabajaba en ningún barco, su verdadero oficio era mayordomo en una casa quinta de un barrio elegante de la ciudad y sus relatos de viajes los sacaba de los cometarios que hacían sus patrones cuando regresaban del exterior.

Por su parte doña Fela cargaba la molestia de criarle dos hijos a la FiFí, ella muy comedida y responsable le puso un padre a cada hijo.

Por otra parte no fue un solo el vigoroso varón que bailó la pluma fueron varios por no decir muchos. La vida siguió su curso inexorable y poco a poco fue desnudando el oropel de la esquina del movimiento como cuando la serpiente cambia de piel.


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Escrito por Walter el 11/04/21

LOS PASOS DE JAGUARETÉ MICHÍ


Conocí a “jaguareté michí” el día de su cumpleaños número ochenta. Su nombre es Dionisia y accedió a contarme algunas de las hazañas de las que participó durante la Guerra del Chaco. Ella las llama añoranzas.

Según sus familiares y amigos, ella, es esquiva a compartir sus recuerdos de la guerra del ´32. Aunque no era un hombre, participó de la guerra. No como soldado, sino a la par del ejército, curando heridas junto a los pocos médicos y enfermeros que había en el campo de batalla.

Cuando se instaló la guerra había que salir a pelear a esos campos donde el monte duerme la siesta arrullado por el sonido aturdidor de las chicharras. Y ella, cual felino, se movía entre el pajonal para llegar hasta algún doliente, hasta la posición de un herido que estaba desangrándose, enrojeciendo, aún más, esas tierras rojas, que se tornan blanquecinas, grisáceas, tras cruzar el río de las coronas.

“Así como la tierra cambia su color, después de que cruzas el río, así muta la vegetación, y también así, cambió la gente cuando en esa época de la guerra, cruzamos el río dirigiéndonos al encuentro del enemigo” -Explica Dionisia su transformación en jaguareté michí.

-¿Y por qué dice que todo cambia al cruzar el río, doña Dionisia? -Le pregunto, aprovechando su buena predisposición para hablar.

-Mire don Roberto, usted es muy joven; pero habrá escuchado otras historias de esos tiempos. Algunos aún estamos vivos, pero yo no fui la única mujer en esos campos. Yo era una criada y vivía en la casa del coronel Sandro González. Su esposa, al momento de la partida de él a la guerra, insistió en que yo lo acompañara para ayudarle en las tareas, suponiendo que el comando estaría lejos de la zona de batalla. Pero no fue así.

-Y usted, doña Dionisia, ¿qué hacía en ese lugar? ¿cuál era su función? -Le pregunté, alentando su relato; pues sabía que le costaba referirse al asunto.

-Mire… lo que se podía. Pronto nos dimos cuenta de que volver era difícil. Y mucha de nuestra gente estaba allí. Algunos parientes, primos u otros de relación lejana, pero parientes, definitivamente… ¡Cómo no ayudar!

Una tarde, don Sandro me llamó aparte, y me dijo que estaba bien todo lo que yo estaba haciendo, pero que cada día le resultaba más difícil protegerme. Quería que me volviera a la capital. De hecho, más al sur, pues sus parientes estaban decidiendo trasladarse ante el avance del enfrentamiento armado. Reconoció mi valor. En general todos los hombres lo hicieron, pues empezaron a tratarme como un igual. No sé si por verdadero respeto, o por mi aspecto, mi apariencia física. Era yo chiquita, usaba el cabello muy corto, al ras del cuero cabelludo. Casi siempre estaba como agazapada, a punto de saltar, por eso el apodo que me pusieron.

Había heridos que venían del frente, mucha gente con dolor. Entonces, pedí que me asignaran a un puesto de avanzada, pues creí ser de más ayuda allí. Y me asignaron. Una asignada en su lugar, se alegraron de conocerme. Resulta que muchos de los que en un momento estuvieron afectados por alguna herida, yo los había ayudado, y al recuperarse volvían al frente. Y ellos contaban cosas sobre mí. Simplemente les agradecí y continué con mis trabajos. Éramos unos cuantos los que entramos como voluntarios. Pocas mujeres, es cierto; pero ahí estábamos. La mayoría de nosotras, las mujeres, lo que hacíamos era cuidar a los varones chicos, a los mitaí, y ni bien estaban con cierta fortaleza, los mandaban a engrosar las filas de combatientes. Por suerte, esta guerra no duró tanto; sin embargo, fue lo suficiente para ver morir a muchos… [Doña Dionisia parecía algo cansada, pero al mismo tiempo le brillaban los ojos, se entusiasmaba a medida que afloraban, más y más, recuerdos].

-¿Y qué hizo al término de la guerra? Supongo que ya no era una criada… -Le planteé buscando un poco más de aquella riquísima historia de esta mujer que celebraba sus ochenta años, y que estaba, como pocas veces, narrando su parte de vivencias de un pasado que muchos valoran y recuerdan en los actos públicos, pero que prefieren mantener en reserva en el ámbito privado.

-Y no… Habían pasado los años. Me hice mujer. Entré como una cuñataí, y era toda una cuñá, hecha y derecha, al salir. Mi aspecto cambió. Y no sabía hacer otra cosa que cuidar a los otros. Así que entré al hospital de veteranos de guerra. Estudié enfermería y continué con esos veteranos hasta jubilarme. De hecho, yo también era una veterana.

-No pudo, entonces, dejar la guerra atrás… -Comenté.

-Sí, y no. Porque formé una familia. Después vino la guerra civil y ayudé a cuantos pude desde otro lugar. Tenía la experiencia suficiente y asesoré a muchas mujeres y hombres. Esa pelea no valía la pena. Yo había visto el horror de la guerra en el Chaco, en los montes. La lucha se libraba a machete limpio y perdimos a mucha gente allá ité.

En el barro de esos campos quedaron guardados muchos de los míos. Gente de mi edad y otros, apenas unos mitaí, con toda una vida por delante cayeron ahí. Entre lodo y caraguatás, debajo de un guayacán, muchos de ellos, enriquecen las tierras de nuestro suelo. Sus nombres, quizás, se olvidaron; pero son honrados hoy en el monumento al soldado desconocido…

Impotencia sentía, en esos tiempos, angá… La guerra es cosa fea don Roberto. Parece linda en esos libros que usted lee, en esas películas que pasan en el cine. Yo no las voy a ver. Ya vi demasiado.

-Entiendo… Pero allí, en la guerra, surgió "jaguareté michí". No hubiese surgido sino le tocaba ir. Sería, quizás, usted otra mujer ¿No le parece?

-A lo mejor… quizás sí. No reniego de mi vida. Aunque mucho quebranto me diera, mi vida es así porque me tocó vivir aquella guerra. Creo que es más lo que otros vieron en mí que lo que yo realmente hice. Pero me siento bien con eso de ayudar al otro. Fíjese que en tiempos de paz seguí… Me interné en el hospital y formé familia con el caraí don Estanislao. Él no fue a la guerra. Cuidaba los campos de los patrones. Estaba encerrado en medio de las vacas, con otro mitaí. Se volvió hombre allá en los campos arriando ganado, haciendo ladrillo, tareas de campo. Y después de la guerra lo mandaron a la capital para estudiar. Y fue a la escuela, sin embargo, enseguida se empleó en el hospital donde yo trabajaba. Lo trajo un médico, amigo de la familia donde trabajaba de mitaí. Así lo conocí. Me tuvo mucha paciencia, siempre. Nos hicimos buenos amigos y después novios. Yo no soy de carácter fácil; pero no soy mala. Soy firme. Hace una vida que caminamos juntos. Dejé de saltar como el jaguareté y andamos, lado a lado, paso a paso. Él es muy paciente.

Mientras lo mencionaba se dio que don Estanislao llegó hasta nosotros. Sus miradas se fundieron y entendí que nuestra conversación debía terminar. Sus pasos fueron hacia la puerta de calle. La madura "jaguareté michí" estaba cansada. La noche se presentaba calurosa, y casi no se movía el aire espeso y húmedo. El ruido de las calles del centro de la ciudad y las bocinas alejaban al trino de los pájaros y las chicharras, al silencio del monte y a las chicharras de las siestas de los campos de batalla que estaban, aun flotando en esa atmósfera de recuerdos. Se esfumaba la guerra y adquiría cuerpo el caos de la ciudad en movimiento. Las risas vinieron de la calle, una de las nietas saltaba, quizás como otra… jaguareté michí.


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Walter Hugo Rotela González ©

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