Quienes somos Inicio Poesías Recomendamos Nuestros productos Música y cine Entrevistas Noticias Revista Libro de visitas Mapa web Premios Www.ratondebiblioteca.es Visiones Miembros de Www.ratondebiblioteca.es

 Octubre - 2021 

 L ¦ M ¦ M ¦ J ¦ V ¦ S ¦ D  M 

                               1     2     3  

   4     5     6     7     8     9    10 

  11   12   13   14   15   16   17 

  18   19   20   21   22   23   24  

  25   26   27   28   29   30   31  

  27 

       Agenda cultural de
  www.ratondebiblioteca.es ©




   


Será mostrado si existe Comentario  



Publicidad
Escrito por Apolo el 16/03/21

EL MENSAJE II


Heraldo se sentó al lado de la barra donde encontró un sitio libre entre el gentío que se hallaba en el lugar. El hombre coloca los brazos sobre la barra y solicita un vaso de agua ya que no estaba interesado en tomar nada de licor por aquello que cualquier bebida etílica le destrozaba su defensa a la melancolía y temía recaer en ese vicio perverso que tiempo atrás le trajo muchas desventuras con su amada.

Entre tanto un tipo que se hallaba al lado de aspecto afable observa a HH detenidamente y le pregunta;

-¿Por qué no tomas algo fuerte?… ¡Si no tienes dinero no te preocupes, yo te invito!

Mientras que tímidamente HH se rehúsa a la propuesta del extraño.

A pesar de esto el extraño le insiste y nuevamente le dice a HH;

-¡No te preocupes amigo, tu semblante se ve mal, las penas se pasan mejor con un trago encima!

Después de esta insistencia HH accede a la invitación del extraño y pide al barman una cerveza de barril, la cual se la sirvieron en un enorme vaso de vidrio que tenía repujado una figura de barco velero. El vaso estaba espumoso y se movía al mismo tiempo que titubeaba la mano de HH.

-Gracias Amigo, muy cortés de su parte.

Fueron las palabras de agradecimiento de HH para el extraño.

Los dos hombres entran en una amable conversación, HH le comenta a su contertulio que a esa altura ya no era tan extraño que tenía escondida en su talega algo muy curioso que recogió del mar. Al escuchar esto el hombre le dice a HH que le enseñe el objeto. Acto seguido HH saca de su talega la botella con el mensaje cosa que deslumbró a su camarada.

El hombre sin pensarlo le dice a HH;

-¡Amigo le compro ese mensaje, soy amante a esos raros objetos, es más tengo dos más en mi casa, pero este parece muy antiguo!

Al escuchar el ofrecimiento del hombre HH, lo piensa un momento y le dice;

-No gracias… pero prefiero conservarlo… a mí también me atraen estas cosas y no estoy dispuesto a desprenderme de esto que encontré por ningún precio, algo me dice que este mensaje tiene algo que decirme.

El hombre no admite la negativa de HH y le hace una oferta tentadora;

-¡Amigo ponga usted el precio, no tendré queja a la cifra, hoy ese mensaje será mío, pero tranquilo piénselo mientras se toma otra cerveza!

HH, se toma la cerveza, luego otra, otra y otra más, cuando finalmente dice;

-¡Está seguro que quiere el mensaje, si me das cincuenta de los verdes es suyo!

Cuando el hombre oye semejante suma le dice;

-¡Pero mira ponte en buen precio, que yo no soy del gobierno, ni dueño de un museo!

Lógicamente estaba pensando que HH había excedido la cifra que él imaginó en un principio, pero nunca pensó que se fuera tan alto. Pero a pesar de eso le insiste nuevamente y le hace una contra propuesta a HH;

-Amigo hagamos algo, le doy treinta ahora y los veinte restantes se los doy mañana, ya que voy a hacer otro negocio y quedamos a paz, ¿Qué le parece?

HH pone una cara de pocos amigos y le dice;

-¡Mejor deme cuarenta ahora mismo, y el mensaje es suyo, eso de dejar saldos para mañana no me convence!

-¡Ok, dice el hombre, y procede a sacar el dinero!

Pero con una paciencia que parecía que todavía le sonaba muy alto el precio, o por lo menos esperaba que HH aceptase su propuesta.

A pesar de todo el trato se cerró y el hombre tomó el mensaje con muchas ansias de revenderlo y sacarle el precio de compra quizás dos o tres veces. HH tomó el dinero y lo guardó en su talega, ni por cortesía le brindó un trago al hombre que había tenido gestos de amabilidad con él. Los dos hombres se despidieron de forma muy seca y HH salió del bar un poco turulato por las cervezas que había ingerido.

Sin embargo decidió entregar las cartas antes de enfrentar su ruda realidad en la estancia, pero algo inesperado surge poco antes de llegar a la dirección donde debía entregar su primera carta. Dos jóvenes armados con navajas lo interceptan y le dicen que entregue el dinero que trae consigo de lo contrario podría arrepentirse.

Qué situación tan traumática para HH, él nunca sospechó que perdería tanto de un momento a otro, por eso se resiste con los malhechores y en represalia lo hieren en uno de sus brazos, afortunadamente el brazo cubrió su corazón. Los tipejos le sacan el dinero a HH que este había depositado en su talega y lo dejan tirado a su suerte en la calle que ya empezaba a oscurecerse y las pocas luces parecían un minúsculo cúmulo de luciérnagas.

Una pareja que buscaba la complicidad de la noche se topa con un hombre tirado en la calle, pero el caballero que acompañaba a la dama reconoce al herido y le brindan su ayuda, en el acto le prestan los primeros auxilios. HH también reconoce al caballero y hábilmente se da cuenta que era el que le había encargado una de las cartas. Sin más ambos se entregan sus encargos disimuladamente. Y de inmediato le propusieron acompañar a HH a un hospital o centro sanitario pero este se resiste y toma camino nuevamente a la estancia. Era otra noche que pasaría en aquel incómodo lugar.

Mientras que en el bar el hombre que le compró el mensaje no resistió la curiosidad por el contenido de este y logra abrirlo, al extraer el pequeño rollo de hojilla de papel suelta de la cinta y su asombro no se hizo esperar.

El mensaje estaba escrito de derecha a izquierda algo raro para escribir en castellano, pero el hombre insiste y voltea la hojilla y la pone a contraluz logrando leer el mensaje que decía;

-¡Otra vez no estoy de acuerdo con tus desatinadas decisiones y como últimamente te tomas la vida, por un lado no renuncias a la bebida y por el otro no quiero viajar hoy, la tormenta que amenaza este día nublado se ve que será feroz!

PD. “Cuídate de las malas amistades” Te ama:

Adelaida.


Libro de Visitas

Luis Alfredo Arroyo Osorio ©

Creative Commons License



Publicidad
Escrito por Walter el 17/03/21

El sonido del tren en movimiento


Una de las historias más extrañas que me hayan contado la escuché y la viví en el cementerio de trenes de Uyuni. Éste es el nombre de la ciudad capital de la provincia de Antonio Quijarro, en una zona desértica, específicamente del desierto de sal más grande y más alto del mundo. Está ubicado en el sudoeste de Bolivia, a 3.663 metros sobre el nivel del mar.

La ciudad está a pasos del salar, sus calles polvorientas son fiel reflejo de lo seco del clima. Ciertas zonas de la misma, y en medio de la noche, se tornan siniestras, oscuras y sólo transitadas por perros hambrientos que deambulan en busca de comida, entre la basura acumulada en sus esquinas, hasta que el servicio municipal pasa a recogerlas. Es pintoresca en las horas de luz, pero asusta en medio de la noche.

Una tarde que terminaba en un hermoso y rojizo atardecer llegué al cementerio de trenes de la ciudad. Era parte de un contingente de turistas que, cansado tras una agotadora jornada, sufría unos temblores incontrolables, producto de escalofríos. Aclaro que no era el miedo la causa del temblor, pues estaba el lugar con un tono cálido de la arenisca, de las piedras, más el rojo oxidado de las chapas y los hierros de los desvencijados esqueletos de las antiguas máquinas a vapor. Sin embargo, es cierto que no podía contener el temblor, cual vara de junco ante la brisa temblaba.

Miré en derredor y pensé en qué hermosas imágenes podría registrar, en los ángulos, la puesta de sol capturada desde la ventanilla del vagón del conductor, o desde una porción de la estructura del tren debajo de la sala del maquinista, creando el marco para la foto. O quizás ese mismo rojo sol al final de las vías… Sin embargo, lo que no olvidaré de aquella tarde - que se transformó rápidamente en noche - será el claro sonido de un tren acercándose.

Una suave brisa soplaba en aquella tardecita de verano, donde la temperatura pasó de 20 a poco más de diez, en muy poco tiempo. Estas vías aún albergaban a los viejos esqueletos de estos añosos trenes abandonados que dejaron escapar aquí sus últimas bocanas de vapor. Sí, hasta aquí llegaron por la fuerza que se expandía desde esas calderas y que rápidamente se enfriaron, perdiendo todo el esplendor de sus años dorados. Se extraviaron en la oscura noche del desierto de sal bajo la mirada impávida de las estrellas.

El silencio se apoderó de la zona. Por un instante todo pareció en calma; pero sólo por un instante. Los más jóvenes de la expedición pedían un poco más de tiempo, lo necesario para capturar la última foto, la última imagen con el sol como estrella principal. De repente, alguien gritó: shhh ¿escuchan eso? Sin embargo, el silencio fue total. No se oyó absolutamente nada. Nos miramos y miramos, a su vez, al que dio la voz de alerta. Él, con la mano, señaló que nos quedáramos en silencio. Poco a poco, se percibió, ahora sí, como un murmullo primero, luego casi como un viento, el sonido de un tren en movimiento. Cada segundo pareció eterno. El sonido fue in crecendo. Pero se detuvo en seco. La oscuridad, en ese momento, era total. A cien metros sólo las luces del ómnibus aparecían pálidas, tenues y mortecinas. Aunque eran el único indicio de algo en movimiento, vivo. Todo lo demás aparecía quieto, invariable, definitivamente muerto. Nos acercamos en silencio total hacia aquellas luces conocidas. Subimos al bus sin decir ni a.

Finalmente, la guía del grupo nos contabilizó, uno por uno, que la mirábamos sentados en nuestros asientos. Treinta y uno -dijo. No falta nadie… -aclaró. Nos convocó a todos en un sector del vehículo y nos expuso que aquel sonido que oímos fue escuchado por otros también. Cada tanto – prosiguió – se escucha este sonido tan característico del tren en movimiento. Sin embargo – aseguró – ninguno de estos trenes se mueve, ningún tren llega hoy hasta aquí. Todo está muy alejado. Pero, por algún extraño motivo, a veces, se escucha… Somos – hizo una pausa – afortunados. No entendimos qué quiso decir; pero tampoco le preguntamos.


Libro de Visitas

Walter Hugo Rotela González ©

Creative Commons License



Publicidad
Escrito por Walter el 22/03/21

La gruta gemela


Hace poco tiempo atrás, de esto hará unos cuatro o cinco meses, visité una zona de cerros chatos donde, en una de sus laderas, se formaron unas grutas. Una de ellas está abierta al público, otras permanecen sin aparentes visitas. Al punto que ni el dueño de los campos se aproxima. Sobre ella me referiré en un rato, pero primero deseo contar sobre la primera gruta que conocí y fotografié: la gruta abierta a la visita del público.

En la gruta de acceso libre puede verse, en una de las paredes interiores de la cara cóncava de la masa rocosa, una suerte de imagen. Es algo similar a la representación de un humano, pero con un aspecto más alargado, tanto en sus extremidades como en su tronco o cuello. Son como manchas, apenas un poco más oscuras que el resto de la superficie rocosa.

La vegetación es importante en un sector particular de la ladera, y solo en esa zona. La cima es casi una planicie rocosa, apenas cubierta en porciones por un pasto amarillento, ralo. La tierra se compacta entre grietas de la piedra y de allí surgen formas de vida vegetal.

Observé, varias veces, las fotografías registradas en tan hermoso entorno. Me intrigaba particularmente la imagen que parecía la figura de un humano. Ese fue el motivo por el cual le acerqué las fotos a un amigo docente de la facultad de arqueología. A él también le pareció interesante y me propuso visitar el lugar nuevamente, pero juntos y además, visitar la otra u otras grutas. Él conocía al dueño de los campos y logró contactarlo.

Visitamos la gruta de acceso público durante una mañana, hace una semana atrás. Nos detuvimos a mirar con cuidado la zona antes registrada por mi cámara. Todo estaba igual.

Pasado el medio día nos dirigimos hacia la otra gruta, pero no pudimos acceder sino hasta la tardecita, puesto que la autorización no había llegado del capataz al encargado del puesto. Se precisó una llamada al celular del dueño por parte de mi amigo el profesor. El encargado del puesto de estancia no había recibido la comunicación sobre nuestra visita, pero al escuchar la voz del dueño, respondió que con gusto nos llevaría hasta el pie del cerro.

Por momentos la señal de los celulares se cortaba. Lo cierto es que al cabo de un par de horas estábamos a los pies del cerro. Tuvimos que subir muy despacio. En una sección esto implicó el uso de arnés de seguridad y cuerdas. Una aventura a la que no estoy acostumbrado pero el entusiasmo era inmenso.

El ingreso a la zona de la cueva fue dificultoso pero la belleza superó mis expectativas. Es mayor en tamaño, en variedad de colores visibles, la entrada de luz y en una serie de aspectos más; como la rica variedad vegetal que tapiza algunas zonas de la ladera por donde accedimos. Una pequeña fuente de agua que desfila fría y permanente me motivó a seguirla, corriente arriba. El delgado curso se perdía al interior de la cueva, en medio de una grieta de reducidas dimensiones. La semejanza con la otra gruta era llamativa. Como esculpidas en serie y por un mismo cincel.

En determinado momento, cansados miramos hacia la parte superior y notamos una abertura, similar a la otra cueva. Pero en esta pudimos ver no la luz del día como en la otra, sino las estrellas, pues la noche cubría como un manto todo aquel lugar. La tarde había pasado rápido y en pleno otoño, la oscuridad se impone sobre las seis y poco más. Así nos dimos cuenta que el reloj marcaba la siete.

Finalmente, optamos por pernoctar allí. Nuestro baqueano guía, el puestero, traía algunas cosas para asar. Entendió claramente que aquello nos llevaría más tiempo del que pensamos en un primer momento. El silencio era como un manto que todo lo cubría. Las estrellas estaban en lo alto, visibles por aquella superficie excavada en el techo de la cueva. Pero también en la abertura amplia de la entrada que miraba al sur podía visualizarse el firmamento, la extensión de la vía láctea.

Armamos campamento a un lado de la cueva, debajo de su entrada. Fotografiamos las paredes y nos quedamos conversando hasta tarde. Estaban cubiertas, como las paredes de la otra cueva, por figuras con aspecto humano, aunque alargados.

Sobre las tres de la madrugada nos quedamos sin Internet, sin señal en los teléfonos. Estábamos subiendo las fotografías y se cortó todo.

Había una gran piedra, igual que en la otra cueva, justo en el medio de la misma, debajo de la superficie abierta en el techo.

Súbitamente, una potente luz se coló por la abertura cenital de la cueva. Provenía del exterior del cerro, por fuera de la concavidad de la cueva, claramente como la luz del sol que entraba en la tarde y desde el medio día. Sin embargo, eran las tres de la mañana.

Se nos ocurrió que la potencia de la luz era como la de un reflector de un helicóptero, sin embargo, ningún ruido de las aspas o motor se oía, sino un silencio total. No escuchábamos grillos u otro sonido que es habitual.

Una particularidad de la luz que notamos, solo al superar nuestra sorpresa primera, fue que la misma se proyectaba en haces muy unidos que seguían un patrón en forma de espiral. Se proyectaban los haces sobre la superficie de la piedra debajo de la abertura cenital, desde donde provenían los haces. La luz era de un color blanca al comienzo, pero luego viró al azul, después al verde y finalmente al rojo. Todo eso duró quizás tres minutos o cuatro, más o menos. Finalmente, el haz de luz despareció y estábamos como cegados. Ningún ruido, ningún movimiento, solo la luz. La luz proyectándose sobre la roca del medio de la cueva.

Al cabo de un rato, tras el apagón de las señales de teléfono todo volvió a la normalidad. Los ruidos típicos, los casi silbidos de algunas insecto y aves del campo se instalaron y casi nos ensordecen por casi una media hora, luego, poco a poco, se apaciguaron las emisiones sonoras.

Afuera de la cueva, a hasta donde nuestra vista lograba captar desde la altura donde se encuentra la entrada a la cueva, en la ladera del cerro, nada parecía anormal, nada parecía haber cambiado, y quizás nada debía hacerlo, pero buscábamos una suerte de explicación.

El puestero fue el primero en decir algo.

– ¿De dónde vino esa luz? Nunca había visto una tan grande.

– ¿Cómo dice? -Le preguntó mi amigo, el profesor. ¿Acaso alguna vez vio alguna luz así en la zona?

– Parecida, pero no tan brillante. Hace unos años, cuando vinimos con el patrón. Pero no volvimos a subir en todos estos años…

– ¿Quién y por qué emitió esa luz? Pregunté, sin esperar respuesta de parte de nadie.

– ¿Por qué esta gruta se parece tanto a la otra? –Comentó el profesor, rascándose la barbilla. Creo que quizás el dueño de los campos algo sabe y… o quizás su experiencia fue fuerte y prefirió no indagar más.

– ¿Y por qué nos dejó subir? –Pregunté muy rápido.

– Me conoce bien. Hace muchos años fue alumno mío. Sabe como soy.

– Persistente, sí. Lo entiendo – dije con una sonrisa que terminó en una carcajada compartida.

– Yo diría que porfiado, pero no importa. Eso nos lleva a conocer ¿no? –Respondió el docente, que con cara de cansado consideró que era tiempo de descansar.

Lo que nos dio una alegría enorme fue que, por descuido nuestro y en buena hora, una de las tres cámaras seguía grabando. Todo el fenómeno quedó registrado. Un golpe de suerte.


Libro de Visitas

Walter Hugo Rotela González ©

Creative Commons License


Esta web ha sido creada por www.ratondebiblioteca.es 2007-2021 ©
Contacto ¦ Legalidad