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Será mostrado si existe



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Escrito por Apolo el 20/02/21

LA NOCHE DE LAS LUCIÉRNAGAS II


A medida que conversábamos lo notaba como preocupado, movía la pierna incansablemente y se le apreciaba un poco de sudor por las cienes dando muestras de recelo por algo o por alguien.

Viendo tal escena le preguntó que cual era el motivo del desespero, me responde con una voz de desaliento “Hermano cada vez que salgo de la casa sin mi amuleto corro peligro de muerte”.

¿Cuál amuleto?

Le pregunté sin rodeos.

Me contó que desde que ingresó al ejército una mujer que actuaba como “piache wayuu” le había regalado un muñequito tallado en piedra volcánica negra con una característica muy especial, la boca era de color rojo y en ocasiones le hablaba sobre todo cuando estaba en peligro.

Ese relato me puso los pelos de punta, Ovidio se sintió aturdido por unos minutos y miraba al firmamento ciegamente.

Le dije que se olvidara de dicho amuleto que no le parara bola a esas cosas, pero estaba convencido que corría peligro.

Además de forma irónica me decía que él si creía en esas cosas y sobre todo porque la noche anterior había tenido un sueño, “que estaba dormido en un cuarto sin paredes que yacía sobre una hamaca y a su alrededor caminaban muchas garzas de pico blanco”

Según su interpretación eso no significaba otra cosa que malas noticias, y que la sudadera se le incrementaba quitándole el apetito.

La tarde empezaba a caer y el astro rey doblaba el cenit como acariciándole la espalda, más o menos las cuatro de la tarde.

No quedaba de otra que tranquilizarlo aunque mi hermano estaba obnubilado por su dichosa pérdida.

Lo convencí de llegar a la casa, yo creía que era el único que sabía que mi hermano había regresado y estaba muy equivocado, ya la noticia se había regado como pólvora y todos en la casa ya sabían.

Cuando llegamos mi padre nos recibió con un frio saludo y nos dijo que era mejor que entremos a casa que no era recomendable que los vecinos vieran a Ovidio en esas fachas.

Nuestra madre como es natural lloró de emoción y lo abrazó efusivamente a la vez que le tocaba la cara y le decía;

¡Hijo tú tienes que contarnos muchas cosas de tu vida!

No es normal que alguien se vaya y no mande razón ni chica ni grande.

Ovidio habló sin parar por varias horas y al caer la noche mí madre llamó a la mesa para cenar.

Ovidio dijo que buscaría a su mujer y regresaba. Todos no entendimos su reacción y no alcanzó a llegar a la puerta cuando lentamente fue cayendo tomándose el vientre diciendo que le dolía mucho.

Todos nos asustamos la sala de la casa se tornó muy oscura y lúgubre un silencio invadió el lugar, nos asombramos al ver llegar un enjambre de luciérnagas rodeando el cuerpo de Ovidio, la escena era como irreal ya que la oscuridad se hacía más evidente y mientras empezamos a espantarlas Ovidio emitió un gemido que decía; ¡Déjenlas ellas están luchando por mi vida!

¡No las espanten!

En medio del aturdimiento llegó a casa un vecino imprudente que le gustaba hablar más de la cuenta por esa razón le decían “chisme fresco”, asombrado dijo

“Eso no es de este mundo”, alió raudo a regar lo que había visto y muchos llegaron a casa a ver con sus ojos.

Mi hermano Ovidio daba retorcijones y nos decía “recen el credo al revés” recen el credo al revés, para mí era muy difícil ya que a duras penas y a empujones me lo sabía al derecho.

No exagero al decir que se llenó la casa de curiosos y eso a mi padre lo sacó de casillas, con su respectiva voz de reservista ordenó que todos salieran de la sala repitiendo “busquen oficio”

Ovidio se tornó muy pálido emitía balbuceos y la boca se le llenó de espuma, el miedo se apoderó de nosotros presentíamos lo peor, la agonía se hizo más evidente cuando la luz se fue en el barrio y el brillo de las luciérnagas se veía desde los patios vecinos ya que estaban cercados con caña brava y alambre dulce.

No pasaron muchos minutos cuando Ovidio da sus últimos suspiros y exhala una bocanada de saliva botando dos gusanos peludos de color amarillo, el cuerpo de mi hermano yace en el piso de la sala y de inmediato salgo a la pensión de doña Virginia a buscar a la misteriosa mujer.

Al llegar casi sin oxígeno pregunté por ella y doña Virginia me dijo que hacia un par de horas se había marchado con un mulero que almorzaba allá en frente dejándole la razón a Ovidio;

“pobre infeliz teniéndolo todo para vivir bien en su tierra la trajo para acá donde ella no conocía a nadie y que viviría mejor sola que mal acompañada”.

Nunca olvidaré ese episodio y juré que la buscaría por cielo y tierra hasta a dar con ella.

Empezaré buscando por los pueblos aledaños en tiempos de fiestas o ferias, hasta que la encuentre. A menos que se esconda bajo las piedras o se convierta en un animal de corto vuelo, como hacían las brujas en los cuentos que nos contaba la abuela en aquellas noches bajo la tenue luz de la hornilla.

Glosario de términos y expresiones.

Guayabo: Estado postraumático que transcurre luego del consumo de alcohol, también llamado resaca o cruda en países de Centroamérica.

Aguardiente: Bebida alcohólica a base de la fermentación de la caña de azúcar muy popular en Colombia.

Párenle Bolas: Expresión popular en el caribe colombiano que hace referencia a prestar atención a un tema en particular.

Cerveza vestida de novia: Expresión para denotar a una botella de cerveza casi a punto de congelación.

Fresco de cola con leche: Bebida refrescante que se prepara con raspado de hielo, leche y esencia de cola que le da un color particular.

María lionza: Deidad de la santería venezolana venerada en su santuario en las montañas de Sorte ubicado en el estado de Yaracuy.

Indio Guaicaipuro: Se dice que fue un cacique que luchó valientemente contra los conquistadores españoles en el valle de Caracas muy venerado por creyentes en estas deidades santeras.

Negro Felipe: Negro y esclavo africano que su espíritu es invocado por médiums que creen o hacen creer que cura y realiza milagros en el mundo espiritista.

Ovejón: Abeja de gran tamaño que habita el caribe colombiano, en la creencia popular son proveedores de buenas noticias siempre y cuando sean de color negro.

Piache wayuu: Intermediario entre los indígenas wayuu y los espíritus que componen su cosmogonía, estos indígenas habitan la zona norte de Colombia en el departamento de la guajira.

Hamaca: Tela de gran tamaño que amarrada por sus puntas y colgada en dos puntales sirve como utensilio de descanso o inclusive para dormir.

Garza: Ave zancuda que habita generalmente en las orillas de Ciénegas, pantanos y ríos.

Luciérnaga: Insecto parecido al escarabajo que emite una luz fosforescente de color amarillenta, la hembra carece de alas y su luz es más brillante que la del macho.

Chisme fresco: Expresión para denotar a aquellas personas que le gusta el “chisme” o murmullo, siempre se les dice así a las chismosas o chismosos.

Mulero: Conductor de tracto camión o mulas como popularmente se les dice en Colombia a estos camiones de gran tamaño.

Hornilla: Fogón hecho con ladrillos y avivado con leña muy utilizado en las cocinas por los habitantes en áreas del campo.


Libro de Visitas

Luis Alfredo Arroyo Osorio ©

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Escrito por Walter el 09/03/21

Magdalena la mujer portal


Lo que voy a relatar aquí es algo que vengo investigando hace mucho tiempo. Y aún dudo en compartir esta información con otros. ¿Por qué? Porque si me lo contaran a mí tendría, ciertamente, serias dudas sobre el tema y sobre la salud mental de quien me lo cuente; pero, después de mucho meditar llegué a la conclusión de que lo mejor es compartir, después se verá lo demás. Lo importante es poner en conocimiento del resto de la comunidad el material.

En los medios televisivos, sean cuales sean, accedemos a fantásticas historias sobre seres que atraviesan portales hacia otro tiempo y espacio. Incluso pueden visionarse o leerse en medios escritos o en la red Internet, documentales (entiéndase películas que no son producto de ficción sino de investigaciones serias sobre un tema dado) donde científicos de reconocida trayectoria estudian el fenómeno del viaje en el tiempo-espacio de un modo que los seres humanos normalmente, no concebimos. O al menos, no accedemos a esa información cotidianamente.

El caso que ahora comparto es el de un viaje que inicia con una mujer, a quien llamaré Magdalena, para darle un nombre, aunque debo aclarar que desconozco su nombre o procedencia. Ella es una mujer de unos treinta años, que no llama particularmente la atención.

La primera vez que la vi, le resté importancia, pero no la segunda. Y con razón. Yo estaba, en un apartamento de un edificio, mirando hacia la calle por la ventana. Veía las cercanías de la calle desembocando en una avenida. Algo me llamó la atención y bajé corriendo con mi cámara de fotos. Fue en vano. La mujer desapareció.

La joven mujer, unos días después, volvió a pasar por la misma esquina. Como es el edificio donde trabajo para una empresa de servicios de vigilancia que monitorea por cámaras, estoy allí varios días al mes, en un horario que siempre es el mismo. Y en ratos de descanso dejamos que la mirada se pierda en la lejanía, a fin de descansar. Pues lo que cansa es el fijar la vista en un punto cercano, no lo contrario. Cuando la vi nuevamente, de inmediato, apunté la hora. Y quise saber más. Era extraño lo que creí ver. Si volvía a ocurrir quería estar atento y registrarlo. Decirles a mis compañeros, en ese momento, hubiese implicado la burla de estos.

La mujer no llama la atención por su aspecto físico, es alguien corriente, que podría ser un ama de casa, una trabajadora de algún taller de costura… Nada induce a que una persona se fije en ella. Sin embargo, al mirarla volví a ver el pasaje.

Me obsesioné con el asunto. Era algo imposible, pero que estaba ocurriendo. Por lo que comencé a realizar una suerte de vigilancia de la zona con el sistema de monitoreo y, además, me autoasigné un puesto de vigilancia, en las ventanas de un bar cercano, desde donde podía escudriñar la esquina en cuestión y sus adyacencias. Acurrucado en una mesa, en un rincón del bar la veía aproximarse. Y así fui testigo de los pasajes. Era todo muy rápido. El horario cambiaba, pero con cierta regularidad, por lo que me fue posible seguir investigando, observando desde ese sitio, en el bar.

Fui perfeccionando mis técnicas de observación y llegué a instalar cámaras claves para filmar y fotografiar el raro fenómeno en el instante que se producía, porque ocurría todo muy rápido. Así llegué a registrar decenas de estos pasajes. Lo tengo todo respaldado. Y lo podrán ver en breve en varios canales audiovisuales, pero no sé si aceptarán lo que sus ojos verán: es decir, si aceptarán que individuos humanos pasen por intermedio de otro ser humano, que lo veamos salir o entrar a través de otro ser vivo, como si se tratara de una puerta.


Libro de Visitas

Walter Hugo Rotela González ©

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Escrito por Apolo el 12/03/21

EL MENSAJE I


Sentado sobre las rocas muy cerca del puerto pesquero se hallaba Heraldo Hergueta o HH como era conocido, aunque también muchos lo llamaban “el poeta” por su facilidad de escribir versos y por su singular oficio de hacer cartas de amor por encargo.

Su rutina diaria terminaba siempre frente al mar, ese mar caribe de cielo azul profundo y justo al filo de la tarde cuando el sol se convierte en un disco rojizo que aparenta acuchillar mortalmente al mar. En su rostro siempre se le dibujaba una angustia como si esperase a alguien, o por lo menos eso era lo que quería mostrar para que nadie se le acercara ya que era amante del susurro propio de la soledad.

Su mirada perdida en el horizonte parecía hacerse a la mar cual velero errante que no tiene playa donde atracar. Muy pocas veces musitaba palabra mientras yacía sobre las piedras esperando que el rudo golpe de las olas no lo sacase de su lugar de éxtasis. Esa tarde estuvo más inspirado que nunca, los sonidos del silencio le trajeron las musas y adelantó tres cartas que tenía retrasadas por entregar. Sigilosamente las guardó en su talega y después de casi dos horas de estar sosegado frente a sus propios fantasmas pensó que ya era hora de marchar a entregar las cartas y de paso ir camino a la estancia donde compartía aposento con varios bohemios y mendigos sin hogar, por aquello del escaso presupuesto que lo acompañaba.

Muy en sus adentros guardaba los recuerdos de “Adelaida” su amada, la cual perdió hace cinco años atrás una mañana de fuerte tormenta cruzando en un ferry al otro lado de la costa. Desde entonces su mutismo se convirtió en su estigma. Ese extraño comportamiento lo hacía un ser insociable a la vista de los demás pero esa era su máscara para ocultar la profunda tristeza que llevaba a cuestas, la ausencia de su adorada vulneraba cruelmente su corazón.

Justo antes de emprender camino de regreso observa una ola considerable, tal vez metro y medio de alto, la cual llamó la atención de HH que quería ver como terminaba su recorrido. El hombre corrió y se quitó las sandalias para dejarse acariciar los pies de las frías agua que a esa hora vienen bajando, al emprender la retirada la ola deja sobre los dedos de sus pies una botella de vidrio color verde menta, parecida a las que estaban colgadas en los estantes de los boticarios a principios del siglo veinte, además dicha botella tenía un mensaje dentro. Era la primera vez que este hombre desde que estaba visitando ese lugar se topaba con un mensaje a la vieja usanza.

La curiosidad despertó sus sentidos, por eso tomó la botella en sus manos, la limpió y claramente vio que contenía un mensaje en una hojilla de papel delicadamente doblada y amarrada con una cinta color purpura.

Era curioso que no se podía ver nada de lo escrito en el mensaje hasta que no abriera dicha botella la cual estaba sellada con un corcho sumamente apretado. De inmediato buscó en su talega algún elemento puntiagudo que le ayudase a extraer dicho corcho para rescatar el mensaje. Con la desventura de no encontrar nada con qué realizar la acción de extraer el contenido de la botella decide buscar un lugar donde podían facilitarle la herramienta adecuada.

Andando por la orilla de la playa aprieta el paso y orienta su mirada a la otra acera cruzando el malecón donde se hallaban unos comercios y pequeños bares, los cuales eran frecuentados por marineros, pescadores, compradores de curiosidades marinas y uno que otro pelafustán que no le gustaba salir de ahí hasta no estar completamente ebrio. Al entrar al bar se le oscureció el panorama, el lugar estaba bajo la atmósfera de una inmensa nube de humo de tabaco, sillas atestadas de clientes que tarareaban tonadillas que hacían referencia a las hazañas de los osados lobos del mar.


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Luis Alfredo Arroyo Osorio ©

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