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Escrito por Apolo el 11/02/21

EL INSÓLITO FUNERAL DEL MACLOVIO I


El amanecer llegó lentamente entre el la niebla y una pertinaz llovizna que recorría las empinadas lomas del barrio “El carioca” sector marginal de la ciudad caribeña conocida como la Arenosa.

Una noticia estaba por regarse en el barrio y el murmullo de lo que estaba por suceder era vox populi pero nadie lo sostenía, daban campo a la duda o a la exclamación “No lo puedo creer”.

El ambiente se tornaba muy tenso la línea delgada entre la confirmación de la noticia y la incertidumbre que reinaba en el sector estaban a punto de romperse.

Poco a poco se despejaban las dudas y lo único cierto es que lo que pasó no era bueno, por una de las lomas que servían de entrada al barrio se veía claramente la silueta de tres mujeres vestidas de negro impoluto, era el presagio de una sola cosa, ¡O eran rezanderas, o venían a un velorio!

Claramente no eran del barrio y la gente se preguntaba por qué no llamaron a “La niña chave” la octogenaria rezandera del carioca que estaba a punto de colgar los guayos en este lúgubre oficio debido a su pérdida parcial de la vista y achaques de salud por culpa de la diabetes.

Sin embargo no perdía los bríos cuando de intuir malas noticias se trataba, al escuchar los murmullos le preguntaba a uno de sus nietos que era lo que pasaba y este de repente le responde que no sabía nada, pero ella insiste y lanza esta exclamación. “En este barrio huele a muerto… además anoche la lechuza cantó 3 veces… yo la escuché clarito”

Mientras tanto las mujeres de negro caminaban raudas a uno de los callejones del barrio conocido como “Tierra santa” esto porque en el vivían los más belicosos y agresivos del sector. Claramente era una exageración popular para estigmatizar a dicho callejón.

Pasaron rápidamente y tocaron la puerta de la casa de Maclovio Wenceslao Caguana más conocido como “El rápido” esto debido a que su verdadero oficio de rufián de dedos finos, este despojaba a los incautos de sus objetos de valor sin despertar sospecha de ahí su sobrenombre.

Esto lo desconocían la mayoría de las personas del barrio. El hacía creer a los vecinos que se dedicaba a tramitar documentos en frente de la notaría en el centro de la ciudad a esos que llaman “Tinterillos “, pero su debilidad de tomar lo ajeno le dio bases a quienes si sabían de su actividad para colocarle el famoso remoquete que lo acompañó toda la vida.

La admiración de la muchedumbre se hizo evidente ya que casi nadie conocía el verdadero nombre de “El rápido” y solo se enteran cuando uno de sus familiares llega con un rollo de carteles para invitar al velorio y como reza la tradición se pegan por todo el barrio para informar la noticia.

Ahí fue Troya;

¿Cuándo murió, de qué murió, acaso estaba enfermo?

Eran las preguntas que se hacían los transeúntes, residentes y no residentes del carioca.

Poco a poco se organizaba el velorio, las rezanderas hacían su trabajo con entrega y reverencia al difunto, este yacía en una cama de lienzo la cual estaba formada de un armazón de madera y forrada de una lona muy resistente pegada con almidón de yuca.

Estas camas eran utilizadas para amainar el calor sofocante en las noches del verano.

Ahí estaba “El rápido” envuelto en unas sábanas hechas con sacos de harina de trigo que se le alcanzaba a leer en letras un poco borrosas “Generoso Mancini”.

Como era la costumbre por aquella época a la casa se fueron acercando muchos curiosos a dar el pésame pero no pudieron entrar, las dos puertecillas de madera gruesa y pesada pintadas de un verde intenso se mantenían cerradas.

El sardinel y los corredores vecinos se fueron llenando de dolientes que solo se preguntaban por qué no abrían las puertas. Desde las afueras se escuchaban los rezos y llantos de los familiares que exclamaban su sorpresa por la repentina muerte que ellos no esperaban.

La impaciencia llegaba, la multitud se aglomeró en la entrada y empezó un tira y afloje de los vecinos con los familiares para obligar a estos a abrir la puerta y dar inicio al velorio.

De pronto los rezos y los llantos se silenciaron, la madre del “El rápido” una señora un poco callada y de cabello cano amarrado con dos trenzas, asoma la cabeza por la ventana protegida por unos bolillos de madera también pintados de un verde intenso y expresa unas palabras que a los impacientes vecinos no convencieron.

Comentaba que estaban a la tarea de cambiar al finado colocándole sus galas preferidas, además esperaban el féretro o caja mortuoria que aún no tenían.

La aglomeración consternada decide desalojar la puerta de la casa del muerto, solo unos pocos vecinos muy cercanos se quedaron para dar inicio formal al velorio.

Ya estaban avisados todos los animadores y contadores de cuentos que era muy común verlos entreteniendo a los presentes en dichos actos.

Don Parmenio uno de los vecinos más antiguos del sector venía cargando dos mesas de madera típicas de esa que ponen en las cantinas para iniciar las partidas de dominó un juego clásico de velorio. Además de las mesas y el dominó también traía un saco con fichas para jugar lotería o siglo, otros juegos apetecidos muy común para acompañar a los dolientes en estas tragedias.

La tarde llegó y el sol se opacaba lánguidamente sus últimos rayos se tornaron en un amarillo pálido hasta que la oscuridad se apoderó del escenario. Al fin se abrieron las puertas y los presentes vieron al difunto en un cajón normal hecho de cuatro tablas de cativo una madera utilizada en la labores de la construcción. El féretro se los fabricó Adam un vecino y fue el único que se atrevió a armar el cajón en presencia del muerto.


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Escrito por Apolo el 15/02/21

EL INSÓLITO FUNERAL DEL MACLOVIO II


Ese féretro se veía un poco ordinario a pesar que lo adornaron con unas cintas moradas y le colocaron una foto del muerto encima acompañado de un ramo de flores de cayena y coralillo rojo.

Los vecinos llegaban en pequeños grupos y se acercaban a los dolientes a dar el pésame, le echaban una mirada al difunto por un huequito de veinte centímetros que le dejaron al cajón. Todos comentaban que el muerto estaba igualito y bien peinado como si estuviera aún vivo.

La pequeña sala quedaba corta para la cantidad de gente que entraba y salía, todos de una manera u otra hacían un comentario.

El olor a café recién hecho impregnaba el lugar, se escuchaba en el patio un ruido de voces y murmullos de los que estaban lavando los termos donde llenarían el café y el agua de canela. Aquellos termos debían aguantar toda la noche, porque velorio que se respete es de amanecida.

Pasaron dos noches de velorio y los trasnochados asistentes fueron sorprendidos por una pariente del muerto a la cual no habían visto antes, dicha persona obligó a los presentes que desalojaran la terraza, para que pudieran ellos barrer y recoger toda la basura que habían acumulado en esas dos noches.

Empezaron la faena y recogieron una pila de “Paquitos” o pequeñas historietas impresas de personajes conocidos como Kaliman, águila solitaria y condorito, las cuales utilizaban para distraer el sueño mientras esperaban la madrugada.

También recogieron muchos filtros de cigarrillo y varias botellas de ron blanco que consumieron los contadores de chistes contratados por los asistentes para amenizar la reunión.

Para la tercera noche nuevamente las puertas se cerraron, con la excusa de que los dolientes estaban cansados y decidieron suspender el velorio exclamando que al día siguiente sería el sepelio y necesitaban recuperar fuerzas.

Los desanimados asistentes encabezados por Don Parmenio no acataron la decisión de los familiares del difunto y decidieron continuar con la siguiente noche de velorio y ellos mismos se encargarían de traer todo lo necesario para la consabida tradición con trasnocho incluido.

La mañana se asomó y los familiares no daban sospecha de sacar el muerto a pesar que esa era la fecha del sepelio que aparecía en los carteles. Las horas pasaban y los amigos del vecindario muy juiciosamente se arreglaban para acompañar el sepelio vestidos de riguroso blanco los hombres y de negro las mujeres con su chalina en la cabeza prenda que se utilizaba para entrar a la misa.

Todos se congregaron en la entrada de la casa del difunto y se llevaron la sorpresa que aún las puertas estaban cerradas y cuando algunos curiosos tocaron no respondían el llamado.

Nuevamente la multitud entró en sospecha de que algo raro pasaba, no se escuchaba el más mínimo ruido dentro de la casa pero un indiscreto fisgón se asoma con una hendedura de la ventana ve al féretro solitario en la sala y ningún familiar alrededor.

Por un momento algunos insinuaron abrir las puertas a la fuerza sacar el cajón y darle cristiana sepultura como lo dice la ley.

Corrían las seis de la tarde y nada de sepelio, los asistentes lentamente se marchaban conscientes de que no se daría para esa fecha.

Al siguiente día solo unos pocos se acercaron a ver si en esta ocasión si se daría el sepelio de una vez por todas.

Los otros curiosos decidieron quedarse en sus casas y ver pasar el sepelio evitando confrontación con los allegados del fallecido, debido a su negativa de sacar los despojos mortales del “El rápido”.

Nuevamente pasó otro día y nada de sepelio, los curiosos quedaron con los crespos hechos no vieron pasar el sepelio y solo se preguntaban para cuándo ya que tenía varios días metido en ese cajón. Pero para evitar eso los familiares comentaron que habían rellenado el cadáver con Cal y abundante bolas de naftalina para ahuyentar los insectos.

Esa noche tan solo tres personas llegaron para ver si animaban a los otros vecinos a realizar el velorio. Desafortunadamente para ellos nadie se les acerco y entonces resolvieron quedarse ellos solos en la puerta de la casa y entre charla y charla les cayó el amanecer y somnolientos regresaron a sus casas.

Hay un viejo refrán que dice “más sabe el diablo por viejo que por diablo”, La niña chave conocedora de estos eventos decide salir a su portal y exclama una frase lapidaria para lo que estaba sucediendo y en una voz pausada lanza la siguiente expresión:

-¡No sé, por qué esperan sepelio si ese muerto ya no está ahí, su olor no se ha sentido y esta mañana unas mariposas negras muy grandes que estaban desde el día que empezó todo este bololó se marcharon-!

Esto dejó frio a los que la escucharon y se preguntaban como la niña chave sabía estos detalles si su vista estaba cada vez peor.

Esas palabras tenían su veneno como se dice popularmente, tanto así que muchos curiosos decidieron acercarse a la casa del finado que estaba muy cerca y cuando llegaron su desconcierto fue mayúsculo.

Efectivamente no había cajón la sala estaba arreglada con una mesa y dos velones encendidos, la foto del muerto en la pared muy cerca y varios ramos de flores adornando. Las rezanderas ya no estaban nadie las vio salir y que camino cogieron. Los familiares se oponían a dar explicaciones sobre la ausencia del féretro y con un silencio profundo que mantenían hacían evidente su molestia hacia los curiosos.

Por los restantes días la casa no se abrió sino hasta el noveno y por la noche, como era costumbre se realizaría la levantada de mesa por el eterno descanso del fallecido. Las rezanderas no llegaron y solo un familiar se le observó quitando todo la parafernalia.

Aquel personaje estaba dejando todo como estaba antes y si alguien le preguntaba por la misa de los nueve días o algo así solo se limitaba a dar señales con los dedos diciendo que no harían.

Hubo consternación en el carioca, la gente estaba sorprendida y a la vez estupefacta al no saber qué pasó con el cadáver, haciendo la pregunta de rigor;

¿Por qué no hicieron el consabido sepelio? y lo más extraño como y cuando lo sacaron sin que nadie se diera cuenta. Estas preguntas tal vez nunca se resolverán como tampoco nunca se sabrá la verdadera razón de la muerte de Maclovio y si esta realmente sucedió.

Es posible que la niña Chave tenga la mejor respuesta al hecho, pero desde ese día no pronuncia palabra alguna, esto ha preocupado a más de uno. Todas las cosas no son como parecen, y si parecen a veces no son como deben ser. Quizás esto se cumpla con la desaparición de Maclovio más conocido como “El rápido”


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Escrito por Apolo el 18/02/21

LA NOCHE DE LAS LUCIÉRNAGAS I


Hoy es uno de esos días que no quisiera recordar en el futuro, en la mañana desperté con algo que muchos llaman “resaca” o “guayabo” como es conocido por estas tierras. Un dolor de cabeza de mil demonios, casi que no podía mantenerme de pie, las piernas me temblaban, el estómago me pedía mucha agua o cualquier líquido frio.

Los gritos de mí madre hablando hasta por los codos gracias a que la noche anterior decidí acompañar a unos amigos a ver unas riñas de gallo, me quedé un largo rato y me brindaron unos tragos de aguardiente, yo no estaba acostumbrado e esos ajetreos porque mi padre no permitía eso, las pocas veces que lo he hecho es a escondidas.

Por esa razón mi madre afirmaba con una vehemencia casi al punto de teorizar lo siguiente;

-¡El ron envejece, párenle bola, eso no trae nada bueno!-

Salí de la casa y camino a la plaza del pueblo donde quedaba la agencia de la lotería estatal, aquella que yo vendía porque desde de que mi padre enfermó había asumido cierto encargo de ayudar con los gastos de la casa, con el compromiso de no dejar el colegio.

En medio del murmullo de los vendedores de la plaza escucho mi nombre, alguien me llamaba con una voz grave pero pausada.

El hombre insistía y me hacía señas con las manos que me acercara, a medida que me acercaba su cara se me hacía más familiar, cuando llegó donde estaba aquel hombre le doy la mano para saludarlo y de una me da un abrazo muy fuerte y me dice mi nombre con una voz más cálida y entre sollozos me dice;

¡Hermanito como has crecido!

Yo me suelto y le digo;

¿Suélteme quién es usted?

-¡Hermano no me recuerdas soy Ovidio tu hermano mayor! el que hace más de 10 años se fue de la casa para enlistarse en el ejército y me llevaron a la alta guajira donde serví a la patria!

No puede ser exclamé y de una le pregunte;

¿Cómo me reconociste?

¡Fácil contestó! al verte caminar cuando te acercabas a mi vi que caminas igual que nuestro padre!

Me dijo;

¡Ven camina te invito a tomarnos algo!

Caminamos a paso lento y llegamos a la fuente de soda llamada la Estanzuela, un pequeño negocio de venta de refrescos y helados pero que poco a poco lo están convirtiendo en una especie de cantina ya que el dueño decía que la venta de cerveza deja más que la de refrescos.

De inmediato el dependiente del negocio empieza a preparar el refresco especial de la casa “el fresco de cola con leche”, la cual era preparado en una vieja licuadora muy ruidosa y servido en unos vasos de aluminio arrugados.

Mi hermano pidió una cerveza fría y le dijo al mesero –tráigamela que esté vestida de novia, ósea que estuviera la botella llena de escarchas de hielo y le daba un tono muy blanco.

Sin pensarlo dijo;

¡Tú estás muy pelao para tomar cerveza!

Yo le dije tranquilo yo quiero un fresco de cola con leche que aquí son muy buenos.

Empezó a contarme que regresó pero que no estaba solo, que había traído a una mujer con la cual tenía una relación desde hace unos tres años más o menos,

¿Cómo se llama y a que se dedica? le pregunté. Sin temor me dijo; se llama Apolonia es medio bruja, sabe leer las cartas y las líneas de las manos. Pero que en ocasiones cuando se enoja conmigo se marcha a su tierra, ella es de un pueblo en cercanías a la serranía del Perijá en límites con Venezuela.

Por un momento sentí temor ya que por aquellas tierras algunas personas les atraía la brujería o magia negra no sé exactamente cuál es el nombre correcto y además cuentan que hacen pacto con maría lionza, el negro Felipe y el indio Guaicaipuro, esas deidades malignas las cuales eran invocadas para hacer mucho daño.

En ese instante me vino a la mente las palabras de mi madre que hace unos días dijo;

¡El ovejón está dando vueltas eso son buenas noticias que van a llegar!

La explicación que daba era que la presencia de un ovejón de color negro era buena por el contrario de color claro tirando a mono eran noticias malas.

Eso del ovejón era una costumbre que estaba en la casa desde que tengo uso de razón, me preguntó;

¿Qué piensas?

Le respondí lo que había dicho mi madre del ovejón y de inmediato soltó una pequeña carcajada.

Me dijo que tenía que contarme muchas cosas sobre él, pero lo más importante es que su mujer lo indujo en cosas esotéricas, que ya no sabía qué hacer y que ella le decía que vivieran de eso y él se negaba.

Claro así es; le dije.

Al preguntarle que donde se estaba quedando me dijo que donde doña Virginia, una madame venida a menos, el cabaret se lo habían cerrado por escandaloso y ahora tenía una pensión con más pinta de hotelucho que otra cosa.


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