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Escrito por Apolo el 28/11/20

LA VENGANZA I


La tarde estaba dilapidando su anémico color gris haciendo que el entorno tomara un aspecto pantanoso, esto a que desde el mediodía se había presentado una llovizna de sereno pertinaz de esas que suelen traer nubes cargadas de una horrenda borrasca. En la casa de Indalecia Bermejo se estaba viviendo un momento incómodo, doloroso y muy triste para ella.

Precisamente se celebraba el velatorio de su esposo, este había fallecido de una rara enfermedad de la cual los médicos no daban razón ni chica ni grande. Su cuerpo se fue paralizando poco a poco hasta el punto de perder todas sus facultades, eso sorprendió a todos sus allegados.

Lo más curioso del caso era que este sería el quinto esposo que Indalecia sepultaba en el lapso de cinco años, lo que quiere decir sin ser adivino que cada marido le duró un año. Los anteriores también habían fallecidos de enfermedades penosas e insólitas, el deterioro físico y mental de los hombres eran el común denominador de los decesos. A pesar de lo lúgubre y sombrío del panorama varios vecinos se habían acercado a la casa de la susodicha para ofrecerles las condolencias junto con el infaltable sentido pésame, Indalecia se hallaba meditabunda y atribulada al borde de un soponcio, ya que lloraba afligidamente sentada en una silla muy incómoda.

De las pocas personas que se hallaban en la sala de la casa rodeando el ataúd, se hallaba un personaje rocambolesco por la vestimenta que ostentaba, traía camisa amarilla, pantalón azul y zapatos rojos. Además traía terciada una mochila la cual amarraba con un hilo grueso que terminaba en dos motas de lana blanca.

Al parecer nadie conocía al personaje, pero todos se interesaban en saber quién era, sobre todo porque miraba insistentemente a Indalecia de arriba abajo como haciendo un escaneo de todo su cuerpo.

Como el tipo era ágil mentalmente se percata que todos lo miran y por eso procede a presentarse, en voz pausada pero contundente decía llamarse Gumersindo Echenique, contaba que era hechicero de profesión pero samaritano por vocación. En medio de tan sencilla presentación alcanza a llamar la atención de Indalecia que también lo miraba un poco raro. Gumersindo aprovecha para presentarle las condolencias a la viuda y le da un abrazo fuerte, además le dice sutilmente al oído que él tiene la cura para el “mal bajo” y “el hígado blanco” que ella poseía. Según el hombre esta era la causa de las muertes de sus esposos. Indalecia queda sorprendida y le dice a Gumersindo que le explique cómo es eso de la cura de su mal y además por qué medio se enteró el que esta poseía una estela de varios muertos.


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Escrito por Apolo el 01/12/20

LA VENGANZA II


La mujer le dice a Gumersindo que lo espera en el último cuarto de la casa que se hallaba contiguo al patio para que le explique mejor. El hombre reacciona de inmediato y trata de disimular en medio de la gente. Indalecia marcha primero y más atrás le sigue el hombre orondo como si nada.

En un santiamén llegaron al cuarto en mención, el hombre le dice a Indalecia que se ponga de pie en todo el centro de la habitación que cierre los ojos y extienda los brazos hacía arriba agarrándose las manos.

Mientras que este sacaba de su mochila un frasco con agua, un amuleto muy raro que parecía un crucifijo y el manojo de unas raíces secas que despedían un olor bastante fuerte. No cabe duda que estos serían los aditamentos para realizar un ritual. De inmediato este comienza a rodear a la mujer y a mojarla con buches de agua, seguido empieza a sobarle el cuerpo con las raíces con la mano izquierda y con la derecha le mostraba el amuleto mientras rezaba una rara oración en un extraño idioma parecido al latín. En medio del grotesco espectáculo el hombre suelta el crucifijo al igual que las raíces y comienza a desnudar lentamente a Indalecia, esta parecía estar poseída o bajo el efecto de algún somnífero al no oponer resistencia.

El hombre emprende un manoseo morboso en contra el cuerpo desnudo de Indalecia hasta el punto de llegar a la cópula forzada sin ningún pudor, mientras que en la sala de la casa seguía el velatorio. Como era de esperarse los murmullos salieron a flote, todos empezaron a susurrar que la mujer dejó el cadáver del su marido en la sala mientras se encierra con otro en el último cuarto.

Al final del acto Gumersindo sale como si nada del cuarto y sin más pudor desfila por encima de todos y se pierde ante la mirada atónita de los presentes al acto piadoso.

Los más allegados se quedaron en la casa a esperar a que Indalecia regresase a la sala, pero esta se hallaba en el cuarto despertando del trance sintiéndose muy mal y ultrajada en su feminidad. Ella empezó a vestirse en medio de un sollozo de rabia e impotencia.

Al retornar a la sala pregunta si vieron salir al hombre de los colorines y hacía dónde cogió. Lógicamente estos le dijeron la verdad que el hombre salió callado sin decir nada y nadie se percató cual fue su destino. A Indalecia la rabia le carcomía el alma y sin pensarlo dos veces empieza a fraguar un desquite o una especie de desagravio al terrible acto del que fue víctima. Mientras que no tenía ni idea del paradero del hombre que se presentó en su casa el día del velatorio de su último esposo y se aprovechó vilmente de ella.

El tiempo pasó y llegó el día de las nueve noches del esposo de Indalecia y se organizó la última noche de velatorio como es costumbre. Esa noche nuevamente se reunieron y compartieron el dolor con la mujer que no parecía haber perdido a su esposo ese día lucia esplendorosa y se robaba las miradas del público masculino. El acto culminó y en medio de lágrimas la mujer se despidió de los que la acompañaron, sin más decide recoger todo y guardar las mesas y las sillas que entre otras cosas debía devolver a los vecinos al día siguiente.

Dos días después de ese acto a Indalecia le contaron que vieron al personaje que ella estaba buscando, un desconocido le trajo la noticia que lo había visto en la plaza mayor de un pueblo vecino atendiendo una fonda donde leía el tarot, hacía el biorritmo y leía el aura para adivinar el futuro.

Sin pensarlo dos veces la mujer toma la noticia con calma y emprende la búsqueda del susodicho con una sed de venganza irrefutable, por eso deja todo tirado en su pueblo con el único deseo de encontrar al degenerado que se aprovechó de la situación en sus narices bajo alguna desconocida artimaña.


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Escrito por Apolo el 02/12/20

LA VENGANZA III


En ese viaje se demoró un par de horas ya que el autobús que tomó era más lento que tortuga con reumatismo, iba parando en todo lado y recogiendo a cualquiera que le estirara la mano.

Indalecia llegó al sitio que le describieron cambiada en su fisonomía para el que el personaje no la reconociera de inmediato, se armó de un vestido de gitana y se tapaba la cara con una especie de chalina de color negro que la hacían lucir un poco luctuosa. Sin llamar mucho la atención se sentó a esperar su turno ya que el hombre tenía bastante clientela y debía esperar para que la atendiera.

Después de casi media hora de espera le llegó el turno y la mujer camina lentamente hacia el poderoso mentalista que en ese pueblo era conocido como “Casandro el gran maestro”. Sumisamente llega hasta donde se hallaba el hombre que vestía una túnica de color dorada y un turbante del mismo color hechos de una tela bastante gruesa que le hacía sudar copiosamente en la frente, la nariz y las sienes.

La mujer se sentó frente al gran maestro y le cuenta que necesita una cura contra el mal bajo, al escuchar esto el maestro le dice casi de inmediato que se dirija al cuarto que está al final de la fonda. La mujer accede y camina mostrando un meneo de caderas que al gran maestro lo dejó con la boca abierta ya que la seguía fijamente con la mirada. Al llegar al cuarto la mujer se esconde tras la puerta y aguarda a que llegue el gran maestro, a unos veinte segundos entró el hombre con la libido al cien por ciento y de una la mujer le propina a mansalva una seguidilla de puñaladas de las cuales las más mortales fueron las que le propinó al lado de la ingle y la otra cerca del hígado.

El hombre no pudo reaccionar al enredarse los pies con la túnica y cae al piso casi moribundo, esto es aprovechado por la mujer para alzarle la túnica y cortarle los genitales para luego introducírselos a la boca que ya se le estaba quedando tiesa.

Luego del irracional acto Indalecia despista a los demás que hacían turno y empieza su huida tan veloz como una gacela, cuando los demás pacientes vieron la demora buscan al gran maestro y se encontraron con el desagradable cuadro, estos dieron aviso a las autoridades que llegaron a verificar lo sucedido.

Los presentes admitieron no haber escuchado ningún ruido ni forcejeo, al parecer la mujer también utilizó algo para inmovilizar al gran maestro. Desde entonces han pasado varios años y no se sabe nada de esta mujer, si se volvió a casar y lógicamente cuál habría sido la suerte de los futuros maridos de la viuda Indalecia.


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