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Será mostrado si existe



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Escrito por Apolo el 22/08/20

LA MUJER DEL VESTIDO AZUL III


Lleno de recelo llegó a la plaza, mira hacia el quiosco y se da cuenta que está lleno, todas las mesas están ocupadas. Entonces decide sentarse en una silla maltrecha de cemento que se hallaba en una esquina justo al frente de la iglesia.

Confundido por lo acaecido decide llamar a varios transeúntes y reunirlos para contarles lo que le había sucedido. Mientras refería su relato más personas se fueron acercando y varios espectadores se empezaban a inquietar.

-¿Qué vas a ser ahora?

Preguntó uno de los que escuchaban el relato de Aulio.

-¡La buscaré por cielo y tierra, alguien tendrá que conocer más de ella!

Contestó Aulio con seguridad.

Luego de terminar de relatar el suceso varios de los asistentes se ofrecieron acompañarlo a buscar por las calles del pueblo alguna noticia del misterioso ser. Así lo hicieron y hasta medio día no encontraron ningún rastro que los llevase a localizar a la mujer. El hombre se sintió comprometido con los compañeros de búsqueda y los invita a tomar algo para el almuerzo en una de las fondas de la plaza de mercado.

Precisamente ahí en ese sitio escucharon un comentario de un vendedor de flores que decía tener noticia que en este pueblo hace unos veinticinco años, una mujer misteriosa de un vestido azul se había citado con varios caballeros que le enamoraron y a todos los dejó plantados frente a la iglesia. Cuando estos hablaron entre sí y se dieron cuenta que esperaban a la misma mujer lógicamente se formó la trifulca por los celos. Esa narración dejó más expectante al hombre que estaba trastornado con la mujer que vio en la mañana y se ajustaba mucho al cuento del vendedor.

Sin poner en duda con lo relatado en el mercado, se despide amablemente de sus compañeros de mesa y vuelve a la plaza ya que se decía a sí mismo que tal vez la mujer debía pasar nuevamente por el sitio. Cuando llegó la dueña del quiosco le dice que una mujer preguntó por él. Aulio lleno de intriga le pregunta a la mujer que cómo sabe que era por él que preguntaban, la mujer le responde con simpleza diciendo que lo describió tal cual y que ella tiene buena retentiva.

Animado con el comentario decide quedarse toda la tarde en el sitio a ver si nuevamente se topaba con la mujer. La tarde se desvaneció y Aulio no vio a su chica misteriosa. La dueña del quiosco le dijo que lo sentía pero tenía que marcharse porque ya era hora de cerrar. La tarde se había desvanecido y el horizonte había perdido sus tonos pasteles tornándose más gris que de costumbre. El hombre sabía que había perdido el tiempo, que ese día sería imposible verla nuevamente.

Sin más, resuelve regresar a su pieza y al llegar todo era oscuridad, no veía nada, esa noche el fluido eléctrico presentaba una falla. Prende un cerillo para orientarse y encontrar una vela de cebo la cual guardaba en una vieja repisa. Enciende la vela y su leve luz alcanzaba a iluminar toda la pieza. Antes de dormir decide prepararse una taza de café en su fogoncito de kerosene. La toma de tres profundos sorbos y decide voltear la taza boca abajo para ver qué le deparaba la suerte.

Casi de inmediato queda rendido a los brazos de Morfeo, durante toda la noche soñó con la misteriosa dama, sentía que hablaba con ella plácidamente y que no parecía un sueño, es más él estaba seguro que quería poseerla como mujer pero esta se mostraba esquiva. Lo más interesante fue que muy temprano cuando la madrugada soslayaba las primeras chispas de la mañana Aulio se levantó confundido y lo primero que ve es su taza de café volteada boca a arriba, al tomarla la borra del café estaba reseca y en su interior se alcanzaba ver la silueta de una esbelta mujer y entre sombras parecía verse;

“Una mano que decía adiós y un número veinticinco”.


Libro de Visitas

Luis Alfredo Arroyo Osorio ©

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Escrito por Doreli el 23/08/20

LAS SOMBRAS DEL BOSQUE III


Respiré profundo dos, tres, diez veces. Me sentí un poco mejor. Y tratando de no darle más pensamiento al asunto de mis compañeritos de hábitat (parecía este era mi nuevo hábitat definitivamente, al menos por ahora) proseguí mi lento paso. Eso sí, muy atenta a mis alrededores por cualquier cosa. A este punto también, opté por buscar una vara fuerte de mediano tamaño que pudiera usar en caso de tener frente a mi alguna amenaza, al menos la blandiría con fuerza contra mi prospecto atacante. Al menos no me sorprendería con los brazos cruzados o las manos vacías. Si iba a morir no sería sin pelear una buena guerra.

Iba ensimismada en mis pensamientos cuando de pronto escuche algo que se movió entre las ramas a unos metros de donde yo estaba. Preparé mi arma firmemente, dispuesta a dar la batalla.

Fijé la vista atentamente hacia el lugar de donde parecía provenir el ruido. Confieso que a pesar de mi determinación y firme voluntad en ser fuerte y no dejarme vencer por el temor sentía que mis piernas flaqueaban. Me temblaban vigorosamente, un sudor frio recorría mi espina dorsal y lo sentía penetrar hasta mi médula. Me dije:

–así no vas a ser más que presa fácil. ¿Cuál guerra piensas dar si te estas cayendo del miedo? Si hasta quisieras enterrarte debajo de las camas de hojas para que tu adversario no te vea. Recuerda que tienen olfato y donde te metas te encontraran, además, ellos perciben de los humanos el olor que despide el pánico y más fácil presa te considerarán- Con todo y esos razonamientos no podía evitar el horror de ser devorada viva.

Me quedé inmóvil. Tenía que agudizar el oído y fijar la vista en dirección donde había escuchado el ruido venir. No sabía de qué tamaño era mi adversario. Estuve catatónica por un tiempo que me pareció larguísimo. Seguramente habían sido unos segundos. El ruido no se escuchaba de nuevo. Esperaba que al menos se moviera otra vez para realmente identificar donde se encontraba, que tan lejos de mí y tener una estrategia de defensa.

Sentía mucha sed o era que los nervios me habían secado la boca. El leve viento mecía las copas de los árboles. ¡Se veía tan lejos el cielo! Aunque parecía un rompecabezas de diminutos mosaicos de azul entre tanto verde. En el momento más inerte sentía que el corazón se me iba a salir por la boca y pensaba que cualquier cosa viviente en esa selva me lo podía escuchar, de repente, de una rama baja voló una enorme ave que había estado por ahí estacionada viéndome.

Como queriendo agregarle a mi pánico o para reírse de mí volaba exactamente hacia mi cabeza. Yo pensé que venía directo a sacarme los ojos para deleitárselos como una ambrosía. Mis movimientos fueron tan bruscos y excesivos tratando de cubrirme el rostro que trastabillé sobre una rama que estaba tendida debajo de las hojas. Apenas pude recuperar el balance y no caer. Seguramente al pajarraco loco ese se le habrá hecho cómico y caricaturesco todo mi drama. Pero de algo sirvió. Luego hasta pensé que quiso ayudarme pues en toda esta conmoción, el animal que había hecho el ruido (que me había puesto en esta precariedad de por sí) salió disparado corriendo entre la maleza escabulléndose lo más rápido posible. No lo pude ver bien pero era de no muy gran tamaño, tal vez algún armadillo o mapache. ¡Qué respiro tan profundo le entró a mis pulmones! Me quedé ahí otro momento para controlarme del susto. Mi pulso galopaba.

Me sentí de rato… y volví a sentir aquella fuerza que me empujaba a seguir caminando. Curiosamente, porque con todo ese descontrol y para ser en medio de una selva ‘‘aquello’’ me seguía llevando a donde quería llevarme y pienso que era en la misma dirección que llevaba antes del incidente. No traía brújula pero algo me decía que era así.

Llegué a un paraje y me detuve al pie de un gigantesco árbol. Era sobresaliente por demás. Me quedé observando fijamente a su alrededor.

-¡Aquí hay algo debajo de esos arbustos!.

Mis ojos descubrieron algo medio enterrado. Me acerqué con lentitud y cautela. Era una especie de caja o cofre quizás. Me inundó la curiosidad. ¿Que habrá en adentro? ¿Lo abro, lo dejo así? ¿Qué si es un maleficio?

No, no me puedo contener, tengo que abrirlo. Respira profundo… dos, tres, diez, lista.

Me engañaba, al romper el sello, mi corazón latía fuertemente. Jalé de un tirón la tapa sin pensarlo ya dos veces. Un horrendo sonido salió de adentro, magnificado a cien.

¡Vaya! ¡Mi despertador! ¡Qué alivio!

¿Qué alivio? No, yo quería seguir soñando… ¡Qué aventura más emocionante!

¿Qué duende habrá escondido mis pantuflas? (Olvidaba que las había aventado al fondo de mi closet cuando saqué las sandalias). Arrastré mis pies descalzos al baño. Había que tomar la ducha y salir corriendo al trabajo.


Libro de Visitas

Dora Elia Crake Rivas ©

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