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Será mostrado si existe



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Escrito por Doreli el 16/08/20

LAS SOMBRAS DEL BOSQUE II


Me fui sumergiendo poco a poco en un sueño profundo. Ese donde habitan las hadas y donde los dioses del olimpo hacen el amor a las cuerdas de sus liras arrancándoles acordes que acarician el alma. Estaba entrando en un lugar extraño. Temerosa al principio. No podía escaparme. Me ataba un no sé qué.

No, realmente no quería salir de ahí ni en mil años porque aunque el sitio era causante de una como zozobra, o angustia, me sentía, diría, envuelta en un hechizo.

Me fui adentrando más en el misticismo del bosque, buscando, quizás, la varita mágica que tanto he escuchado, –yo la utilizaría para cambiar el mundo y hacerlo un lugar maravilloso donde vivir- o la fuente de la juventud, o alguna pócima de felicidad eterna.

Era una sensación por demás extraña de verdad. La bruma era densa, aun en plena luz. Lo sabía porque al mirar a lo más alto de las copas de aquellos árboles milenarios (así daban la impresión al menos, que eran de los tiempos de Matusalén o familiares suyos quizás, de esos seres que han reencarnado, no necesariamente en forma humana) podía vislumbrar los rayos del sol, como si fuesen finos dedos que revoloteaban las hojas de las copas en complicidad con el viento. Un viento que realmente no se sentía abajo donde yo estaba, pues la vegetación era tan cerrada que parecía de repente que me abrazarían las ramas colgando hacia abajo y los densos manojos de helechos querer asfixiarme o me echarían una zancadilla las enredaderas que trepaban, atravesaban y cruzaban a mi paso por doquier.

La humedad se podía cortar con cuchillo. Era tan concentrada que me oprimía el pecho y casi no podía respirar. Algo así como los buzos o exploradores marítimos, que solamente pueden descender a cierta profundidad si no les explotarían los pulmones por la presión submarina.

Yo no sabía si proseguir, no entendía que hacía en ese paraje -tipo inframundo- alejado de todo lo que yo he conocido. Pero ese algo me seguía deteniendo de quererme regresar y le inyectaba a mi mente una cierta adrenalina, o qué sé yo. Sería que tal vez entre las matas que poblaban aquellas marañas hubieran crecido algunas especies de estupefacientes y con esa humedad que lo inundaba todo con su pesadez envolviera cada partícula que yo respiraba, pues sentía un éxtasis, una especie de euforia, un embriago de mis sentidos que me ataba allí, y me fascinaba además.

Seguía pensando si la razón de esa vehemencia de continuar explorando era esa varita mágica, o como decía anteriormente, la fantasía de encontrar la fuente de la juventud, o esa deseada pócima para lograr la eterna felicidad. No sé qué era, pero yo quería continuar.

Tenía mucho cuidado al dar cada paso. Aquella alfombra de ramas y hojas secas que los árboles van tirando en su continuo reciclaje (su continuo afán por mantener la juventud, sí) en algunos lugares era alta y muy tupida y suponía que en alguna parte iría a haber un desnivel o hueco traicionero que me hiciera caer, peor todavía, me dislocara o fracturara algo.

Me quedé pensando, maravillada, al ver tanta hoja en el suelo, si será posible que los árboles sean de verdad familiares nuestros, sí, de nosotros los seres humanos, siempre en ese mismo afán de la juventud… Ellos, simplemente cambiando sus hojas arrugadas, ajadas, polvorientas y viejas por hojas tiernas, hermosas y jóvenes.

Con mis pensamientos a cuesta continué avanzando lentamente. Tampoco podía comprender por qué caminaba en esa específica dirección, si de pronto había vereditas que iban en otras direcciones (el bosque es como cualquier ciudad, con sus cuatro puntos cardinales y sus combinaciones entre medio, sus calles entrecruzadas, a veces diagonales, a veces serpenteantes), sin embargo yo continuaba sin desviarme ni a izquierda ni derecha.

¿Vereditas? Uy, a este punto me quiso dar escalofrío. En la euforia e ir tan distraída no me había puesto a pensar por qué había vereditas y fue cuando me acordé que la selva es hábitat de toda criatura animal y ellos van y vienen por todas partes, obvio que se van haciendo caminos. Tratando de calmarme a mí misma me dije -seguramente la mayoría son animales nocturnos y están dormidos o tal vez al escuchar movimiento de humanos, por naturaleza se mantienen alejados-.

¿Alejados? Ahora sí que me empezó a entrar pánico. Creo que al supuesto estupefaciente se le había ido la potencia, porque sí, me empezó a dar pánico. Sentí que me temblaban las rodillas, se me hizo un nudo en la garganta, sentí palpitaciones y se me hizo la respiración algo jadeante. Ahora me dije -los depredadores, en su hábitat, y con hambre, no van a respetar a una persona perdida por aquí en su territorio, que no sabe ni qué asunto tiene de andar en sus dominios, menos el peligro que la circunda-.

A este punto sólo se me ocurrió cruzar los dedos y encomendarme. No tenía opción alguna más que continuar.


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Dora Elia Crake Rivas ©

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Escrito por Walter el 17/08/20

Sy, sy, sy (1)


En plena siesta de un caluroso domingo de enero, mientras las chicharras aturdían, de tal modo que casi te despabilan del atontamiento provocado por las altas temperaturas asociadas a la humedad, en el patio trasero de una gran casa arbolada, Mariana jugaba con una muñeca que perdió un brazo.

La navidad había pasado y ella soñaba con volver a ver a sus hermanos y padres. Eso le habían prometido cuando llegó a la casona de Ña (2) Ruperta. Apenas comprendía el porqué debió irse de la casa de sus padres con sólo seis años y ayudar en las tareas domésticas en casa de extraños.

-Le pediré a mi hermano Robertito que te haga el brazo que te falta- dijo Marianita mientras acariciaba su mutilada muñeca de plástico. En dos meses sería su cumpleaños. Lo único que esperaba, cada día del caluroso enero, era ese en que le avisaran que sus padres la venían a buscar para volver a casa y ver a sus hermanos, por unos días. Pues había comprendido que seguiría en la casona por un largo tiempo. Se sentía sola, y aunque ya no lloraba por las noches, le molestaba el pecho al pensar en su familia.

-Mitacuñaí (3) ¿qué hacés ahí? Vení y cebame el tereré (4). Este calor me está matando- ordenó con ronca voz el patrón, don Casildo. A quien había que llamar "señor". Y cada mañana al verlo, juntar las palmas de las manos y pedirle su bendición. Costumbre que la niña traía de su casa, en la cual su padre pronunciaba, igual que don Casildo, la frase: "Mi bendición".

La niña concurrió a la escuela los primeros meses del año, pero sobre mediados de Julio le dijeron, los dueños de la casona, que no iría más, pues no estaba cumpliendo con sus tareas de la casa. Y así, de un día para el otro, Mariana dejó de ir a la escuela. Allí, si bien jugaba con otros niños, era tratada con desdén por algunos. La llamaban Tití, por subirse a los árboles con gran habilidad. Esto era algo que compartía con sus hermanos en el campo.

Había llegado a la ciudad con su madre -que traía en su cuello una medalla de la santísima Virgen María, de quien era muy devota- tras medio día de andar en carreta y otro tanto de recorrer caminos asfaltados en un colectivo que las dejó en la terminal de la capital. Venía con la ilusión –compartida por su madre- de ir a la escuela. Al bajar le aturdió el gentío, la voz chillando en los parlantes que anuncian las salidas y llegadas de colectivos; los vendedores de chipás, de relojes y cuanta cosa más. Se desplomó, tanto por el cansancio como por el extraño ruido, tan distinto al silencio del monte.

Al bullicio de la ciudad se acostumbró con rapidez, como a los vendedores en los puestos, al amontonamiento de gente, ropa o basura en calles y en los colectivos. Y lo hizo al tener que acompañar a doña Ruperta en su marcha al mercado (4). Si bien no tenía que cargar grandes bolsos -si los medianos- debía escoger las verduras más frescas, las frutas más sanas, tal como solía hacer al ayudar a sus padres en el campo, al recolectar o cosechar, unos junto a otros. La recompensaba generalmente, doña Ruperta, con un chipá; en ocasiones con un chipa so´o (5). Marianita, aunque no lo dijera, preferiría una de los grandes chupetines, esas paletas de colores que les compraba a sus hijos la señora.

Esa siesta en que Mariana soñaba despierta, con su muñeca desmembrada en un rincón, porque debía cebarle el tereré a don Casildo, pasó algo que no olvidó.

-Marianita- le habló casi susurrando el señor Casildo- vení y sentate aquí. Al tiempo que le indicaba que se subiera a su regazo.

-No, no hace falta señor. Estoy bien así. Aquí está su tereré- balbuceó la niña.

-Sí… Pero venite aquí Marianita- reiteró el patrón, al tiempo que la levantaba sobre su falda de un tirón. Luego pasó sus manos sobre los muslos de la niña.

Ella se soltó, dio un salto y trepó con destreza el árbol de mango del patio.

Arriba quedó mirando al Yasì-Yaterè (6) cortando el zumbido de la siesta; con su emisión a viva voz: sy, sy, sy.

(1) Mamá, mamá, mamá

(2) Modismo popular que reemplaza a la expresión "Doña"

(3) Niña

(4) Infusiòn de yerba mate y agua fría, generalmente con yuyos refrescantes. El contenedor de la yerba es una guampa (cuerno de vaca, cortada, con base de madera); se acompaña de una bombilla de metal o sorbete de madera.

(5) Masa horneada de almidón, harina de maíz y leche relleno de carne.

(6) Dios tutelar de Yasi o "ñande sì" La Madre Luna, creadora de la raza guaranì. Es un enano rubio. Él simboliza la belleza y su representación lo confirma, pues le atribuyen singular encanto, "Luz de luna en los ojos, largo cabello rubio ensortijado, extraña sugestión en la sonrisa, irresistibles propiedades para conquistar mozas a las que rapta y ama, dejándoles un hijo que heredará su condición de Yasì-Yaterè".


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Walter Hugo Rotela González ©

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Escrito por Apolo el 18/08/20

LA MUJER DEL VESTIDO AZUL II


Pero Aulio le insiste;

-¡Señorita es con todo respeto, no lo tome a mal!

Aulio seguía deslumbrado con la hermosura de la mujer, y le dice;

-¡Tal vez en otra ocasión será señorita!… No me doy por vencido.

Acto seguido le ofrece la mano para despedirse, de inmediato toca a la mujer esta se le desvanece frente a sus ojos, y sin ninguna explicación Aulio vuelve al quiosco a estar sentado como si el tiempo no hubiese pasado. A tal punto que la dueña del lugar le grita;

-¡Muchacho toma tu cerveza que se va a calentar, mira que hace calor y hace rato que estás ahí mirando lejos!

-¿Cómo así?

Preguntó Aulio a la dueña del quiosco, mientras que esta le dice;

-¡Si señor… después de la salida de misa estás ahí, mirando a la calle como loco nuevo!

De inmediato Aulio escuchó esto dejó de tomar su cerveza, la coloca en la mesa y emprende la huida, al ver esto la dueña del quiosco le dice;

-¡Muchacho… son veinte pesos la cuenta!

Aulio desconcertado le dice a la señora,

-¡Ya le pagué cuando salí a buscar a la chica hermosa del vestido azul!

La mujer le contesta;

¿Cuál chica, cuál vestido azul? - ¡Deja la viveza y paga o llamo a la policía!

Aulio no podía entender nada, por eso saca un billete de veinte pesos y sin chistar más paga la cuenta.

Tratando de olvidar el impase con la dueña del quiosco Aulio coge camino a la pieza que habitaba cuatro calles más abajo del sitio en mención. En su mente no cabía una explicación de lo sucedido, y mientras abría el portillo para llegar a su pieza que se hallaba en un patio trasero de una enorme casona cavilaba una y otra vez qué fue lo que le pasó con la chica.

Al entrar se sienta en su cama y saca su billetera para ponerla en su mesa de noche, pero antes decide contar el dinero y solamente le hacía falta un billete de veinte pesos. Eso lo hizo pensar que la dueña del quiosco no le cobró dos veces, otra intriga que se le sumaba al cuento.

Pensativo y meditabundo se acuesta boca arriba con toda y ropa decide reposar un poco. En menos de cinco minutos ya respiraba entrecortado y un leve ronquido dejaba ver que estaba dormido. Al instante despierta sobresaltado recordando que en su sueño baladí vio nuevamente a la chica y que esta le decía que por la noche volvería. Con temor, pero resuelto decide salir nuevamente a la plaza a ver si lograba encontrar alguna noticia de la chica que hace una hora escasa le había causado el desconcierto más grande de su vida.


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Luis Alfredo Arroyo Osorio ©

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