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Será mostrado si existe



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Escrito por Apolo el 07/08/20

LO CORTÉS NO QUITA LO VALIENTE


La lluvia arreciaba en aquel febrero de 1970, era muy raro que en época de carnavales cayera tanta agua. El centro de la ciudad era un despelote, las verbenas en honor a Ligia Restrepo reina de las carnestolendas de ese año se habían destrozado. Los carteles que anunciaban la programación de las fiestas se hicieron puro flecos, algunos transeúntes andaban a paso lento y su visión se hacía cada vez más opaca por culpa de la borrasca.

Aquellos lugareños que alcanzaron a tomar el autobús, miraban de lejos por las estrechas ventanillas como el agua que caía inundaba todo a su paso invadiendo calles y andenes sin pedir permiso.

- Eso nos pasa por no hacerle caso al almanaque Bristol.

Decía un pasajero ebrio hablando en voz alta- su aliento despedía un tufillo a licor barato, de esos que toman en los bares que suelen llamarlos de mala muerte.

Aquel hombre hablaba hasta por los codos, miraba a las bancas de atrás para ver si alguien le metía conversación y así salir del hastío que le producía un viaje largo sin ninguna charla de por medio.

Es posible que este año el veranillo de san juan tardase un poco más, aunque parecía que todo marchaba igual, esto por la espeluznante temperatura como para pelar pollos que arreció días previos al inicio de las fiestas, por eso nadie se explicaba de dónde salió esa tormenta.

Mientras que el autobús seguía su marcha el parlanchín nuevamente irrumpía en escena con una sarta de estupideces acompañadas de gestos que no ponían en duda que el etílico lo poseía de pies a cabeza.

-Parece que nadie quiere hablar- Decía el hombre en un tono hostil.

La verdad es que la conversación de aquel hombre no le interesaba a ningún pasajero, todos se hacían los oídos sordos para ver si este se callaba. Pero el hombre no se daba por vencido y reiteradamente lanza estas palabras;

-No me interesa que ninguno hable

-Todos los que van aquí son unos peleles

-¡Pero sepan que aquí donde me ven yo soy el diablo, no le tengo miedo a nada ni a nadie, porque no nací cuando repartieron el miedo!

Ese comentario sacó de casillas a uno de los pasajeros que indignado le grita;

-Oiga mequetrefe, cállese, vaya a pasar su borrachera a otro lado, respete.

Ese rifirrafe casi pasa a mayores, menos mal que otros pasajeros lograron calmar la discusión. Por un momento el borracho logra mantenerse en silencio. Pero la dicha dura muy poco y luego de unos minutos empieza a lanzar improperios contra todos, no dejó títere con cabeza.

De pronto exclama;

-Oiga señor chofer me deja en la próxima parada.

Los demás pasajeros respiraron tranquilos al escuchar esa indicación. A pesar de que no había necesidad de anunciar su destino, bastaba con levantarse y oprimir el timbre que se hallaba en la parte superior de la puerta de salida. El conductor como estaba entretenido tratando librar a su vehículo de un posible accidente por causa de la tremenda tormenta no le escuchó, por eso el borracho nuevamente le insiste, pero esta vez en un tono burdo muy grosero.

-Oye… malnacido… no escuchas… me vas a llevar donde tu mamita.

Al conductor no le sentó bien tal atrevimiento, por eso esperó a que el borracho se levantara para escarmentarlo. De inmediato este se levantó el conductor frenó bruscamente y el borracho sale disparado hacia adelante estrellándose contra el espaldar de la silla del conductor. En el acto se escuchó una sonora carcajada y al borracho no le queda otro remedio que levantarse e ir caminando hacia la salida sin mirar a nadie.

Antes de salir dijo en un tono tosco que sonó más bien lastimero;

-Se acordarán de mi… eso no se queda así… filibusteros del demonio.

Al tocar tierra camina con paso más embolatado por causa del mareo de la caída, además la lluvia había mojado las calles de tal manera que parecían una pista de patinaje sobre hielo. En su trastabillado paso hacia su morada el efecto del alcohol le hace olvidar el camino correcto y toma otro rumbo por calles donde la tierra humedecida atrapaba los zapatos de tal manera que hacían difícil el andar.

Pese a esto el hombre gritaba a viva voz;

-Que me salga el diablo para darle su merecido… Porqué a mí se me respeta.

En el cruce por las estrechas callejuelas llenas de musarañas e invadidas de árboles resecos que habían botado todas sus hojas, el borracho queda enganchado en una de esas ramas que le aprisionó el cuello de la camisa por la parte posterior.

Cuando este se siente preso de la acción de la rama y de la oscuridad que se avecinaba exclama lo siguiente;

-Ay dios mío ¿qué pasó?… ¿por qué a mí me pasa esto?

-Tranquilo señor diablo… sepa que cuando uno está borracho solamente habla majaderías… no me lleve por favor.


Libro de Visitas

Luis Alfredo Arroyo Osorio ©

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Escrito por Doreli el 11/08/20

LAS SOMBRAS DEL BOSQUE I


Era un jueves de tarde. Había salido del trabajo un poco más fatigada de lo usual y sentía una pesadez en el cuerpo que no había realmente sentido nunca, o al menos, no que recordara haberme sentido así antes. Además, acompañaba a mi pobre cabeza una jaqueca número ocho en escala de cero a diez. Estaba contenta que al menos estaba ya en casa y podía descansar. Me preocupó por un momento que estuviera tal vez comenzándome un resfriado mediano-a-fuerte, por los síntomas. Me dolía todo y la fatiga era enorme.

Qué alivio para mí vivir sola –me dije-. Creo era precisamente, cuando me llegaban a aquejar esos dolores de cabeza, que más contaba mis bendiciones. Sin tener que venir a alguien en casa a tratar de tener una conversación amena. Preguntarle cómo había sido su día (para recibir un cortante “bien”) o para comentarle un poco del mío, en cierta forma, buscando darle salida al estrés (para que me ignorara, escuchándome con una oreja y la otra fija en el partido en turno (y los dos ojos). O a cocinarle, para que luego me dejara con toda la limpieza y correr de nuevo a su puesto de vigilante de la tele. Lavarle la ropa. Secar el piso del baño -mojado por todas partes después de darse la ducha- o tener que soportar el televisor. En su caso, cualquier deporte ¡vamos, todos los deportes!. Más bien, corrijo, cualquier programa. Era como un síndrome o un tic nervioso que le afectaba los dedos, porque muchas veces, si no había un partido o programa que quería ver, era un incesante cambiar de canales. Le daba vuelta a todos los que tenía contratados en el paquete de servicios de la compañía de cable (ciento treinta, lo recuerdo perfectamente). Tal vez era más bien sólo la excusa para prenderse frente al televisor y no hacer nada.

En cuanto había entrado me zafé los zapatos y me puse mis pantuflas. Me cayó de perlas. Lo primero que hice en seguida fue ir al botiquín a buscar mi analgésico favorito: ¡la mágica aspirina! Cuál fue mi sorpresa que no estaba en su sitio. Moví cada cosa esperando estuviera traspuesto. Entonces recordé que había botado el frasco vacío y me había hecho una nota mental de comprar otro cuando fuera al supermercado la próxima vez (¡vaya por dios! lo malo que se me estaba tornando eso de hacer notas mentales, si a veces no recordaba ni donde había dejado alguna nota escrita). Ahora sí que estaba mal pues era lo único que funcionaba para mí. Había probado diferentes analgésicos, incluyendo paracetamol, ibuprofeno, diclofenaco y algún otro pero mi jaqueca es muy especial y sólo se esfuma cuando aparece el ácido acetilsalicílico. ¡Maldición, no podía ser posible! ¿Y ahora qué? Supe que no podría intentar siquiera quedarme sin las pastillas y tratar de ignorar, o decirle a mi mente que se tenía que mejorar sola, como se acostumbra en algunas enseñanzas donde dicen que la mente puede controlar muchos síntomas utilizando métodos de concentración, relajamiento y disciplina mental. Sé que mi mente dice lo que dice y hace lo que hace.

¡Ni modo! No hay de otra. Me dispuse a ponerme los zapatos de nuevo, pero traía mis pies tan cansados de todo el día que me decidí por unas sandalias cómodas. Tenía mucho de donde escoger. Era uno de mis ‘‘defectos’’ decía mi ex: que tenía demasiado calzado.

Escogí unas cómodas y sencillas, de las que uso más a menudo.

Al quitarme las pantuflas, como algo automático, las aventé hacia atrás del closet. Lo que quería era salir rapidito a comprar mi analgésico. Pensé que ya que iba a salir de nuevo compraría algo para cenar. Se me antojaba una pizza.

Llegue al supermercado y me dirigí al área de analgésicos. Al tomar en mi mano el frasco de aspirinas exhalé un suspiro involuntario -me di cuenta-.

La cabeza me daba unos latidos horripilantes.

Salí de la tienda y recordé que no había llamado para ordenar la pizza.

Sólo quería irme a casa ahora. Pasé por un lugar de comida rápida y ordené una hamburguesa con papas fritas (no aguantaba el hambre y me las fui comiendo en lo que conducía de regreso).

Entrando a casa fui a poner las aspirinas en su sitio en el botiquín. Me cepillé los dientes, me di una refrescada de cara, me puse mi crema humectante y me fui a la cama. Para entonces mi dolor de cabeza estaba mejor. Me quedé quieta dispuesta a dormir. Pero mi mente daba y daba y daba. Se la pasaba repasando lo del día ese tan pesado de trabajo, recordando las cosas que se habían quedado pendientes de terminar y pensando que el día siguiente iba a ser igual o algo parecido. Me acomodaba y volvía a voltear y acomodar ¡nada de sueño carajos! Decidí que tomaría un somnífero… Era la una de la mañana.

En lo que me hacía efecto tomé mi libro en turno y decidí leer unos dos o tres capítulos. Había leído cinco capítulos ¡y nada de sueño todavía! Cerré el libro y encendí el televisor un poco y aprovechar la falta de sueño para ponerme al corriente de los eventos en el mundo.

La noticia principal mencionaba que los padres de una niña de doce años la habían reportado perdida esa tarde anterior. Estaban haciendo el llamado ‘‘Amber’’ para alertar a todo mundo a estar pendientes de cualquier cosa inusual y reportar a las autoridades lo que pareciera sospechoso. Como se acostumbra en estos casos, daban pormenores físicos de la niña, dónde había sido vista la última vez, qué ropa traía puesta (y sus padres habían hecho disponibles un par de fotos). Los medios de comunicación habían entrevistado a los padres quienes compungidos y con ojos llorosos hacían una exhortación a que les devolvieran a su hija sana y salva. ¡Era desgarrador!

En ese momento me quedé pensando que no era tan mal haber tenido un día tan difícil. Mi dolor de cabeza, haber tenido que salir de nuevo a la tienda y tener insomnio (aunque, para ahora ya sentía el efecto del somnífero, lo cual me sentí muy agradecida). Me sentí triste y mal por esos pobres padres que tenían una cara de angustia y dolor y por la niña -que a saber cómo estaría en esos momentos-. Elevé una oración por ellos y me acomodé para dormir.


Libro de Visitas

Dora Elia Crake Rivas ©

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Escrito por Apolo el 14/08/20

LA MUJER DEL VESTIDO AZUL I


El mundo está envuelto e hilvanado en una serie de acontecimientos que para algunos no tienen explicación o no tienen sentido, pareciera simplemente que estos no correspondieran a la lógica de este planeta. Tanto así que algunas personas cuando se encuentran con estos hechos no les dan crédito o creen que son invenciones de vivarachos que pretenden ganar reconocimiento en su comunidad.

Aulio Vergel era un recio minero que improvisaba aventuras al pueblo que llegaba. Precisamente ese fatídico día descorchaba su segunda cerveza en su sitio favorito, el quiosco dominguero que se armaba bajo los enormes árboles de roble amarillo, que se hallaban en la esquina de la plaza que colindaba con la estación de buses y taxis, la cual se abarrotaba de personal después de la salida de misa de nueve am.

El hombre se sentó volteando su silla y veía pasar la muchedumbre, pero se detenía a mirar el contoneo de caderas de aquellas féminas que arañaban la calle con sus tacones, mientras agarraban sus sombrillas para cubrirse del ardiente sol que empezaba a exponer sus cálidos rayos propios de la media mañana. La mirada se le perdía entre tanta agraciada dama que transitaba por su vera, aspirando tal vez a que una de ellas le contestara su distintivo saludo;

-¡Buen día, señorita!

Era su grito de combate el cual acompañaba con una quitada de sombrero, y si este no funcionaba, sacaba de su artillería la peculiar frase;

-¡Dios mío!, ¿esto qué es?…. ¡Brujería!… ¿Será que el cielo está de fiesta y los primeros angelitos están llegando?

Esa máxima no le solía fallar, casi de inmediato una agraciada muchacha voltea sutilmente la mirada y sus hermosos labios dejaron ver una pícara sonrisa la cual Aulio entendió como “Mordió el anzuelo”.

Mientras la chica caminaba Aulio impávido la seguía con su mirada antes de que su vestido azul se le perdiera de vista. Inmediatamente dejó en el mostrador un billete del valor exacto de la cuenta con el fin de no dar mala imagen. De una decide seguir a la atractiva mujer que ya le llevaba unos veinte pasos de ventaja más o menos. Por un momento pensó en gritarle, para que la mujer se detuviera, pero eso sería muy basto, entonces le dice con una voz acaramelada y suave;

¡Linda… espera… algo se te cayó!

Claramente era otro as bajo la manga, ya que estaba tramando a la joven porque a ella no se le había caído nada, simplemente era una engañifa para detener a la chica. La joven se detuvo y Aulio se la alcanzó y sin sorprenderse por haber triunfado en su primer intento muy cortésmente le dijo;

-¡Gracias por detenerte, no se te cayó nada, simplemente quería conocerte, mi nombre es Aulio!

Al escuchar esto nuevamente la chica sonríe y le dice,

-¡Mucho gusto… me llamo Lilith!

Aulio quedó cautivado con la belleza de la mujer, el carmesí de sus labios y su hechicero mirar lo envolvieron de inmediato, al verla tan cerca solamente se le ocurre decirle;

-¡Que nombre hermoso!, ¿señorita de donde viene ese nombre?

Ella con un tono serio le dice;

-¡Ese nombre le pertenece a una mujer muy bella!

Aulio quedó atónito y le pregunta;

-¿Y, quién es esa mujer?

-¡La primera mujer de Adán! Contestó la chica sin vacilar.

Aulio se ve impresionado con tal afirmación y le ofrece a la chica un refresco en el quiosco donde la vio pasar, pero la chica le responde;

-¡Yo no suelo sentarme o reunirme con desconocidos!


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Luis Alfredo Arroyo Osorio ©

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