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Será mostrado si existe



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Escrito por Doreli el 21/06/20

CAMPEÓN


Martha era una madre soltera con dos varoncitos en primaria. Cuando los abandonó el esposo eran pequeñitos. Se juró a sí misma que aunque le costara la vida los sacaría adelante y que llenaría el hueco que su padre les dejó en su vida. Sería para ellos madre, padre, amiga, confidente, abuela (porque los padres de Martha ya no vivían) y sería su ángel, hasta donde sus facultades le permitieran.

Cuando el hombre se perdió de vista Martha se las vio muy difícil. Vivía en la ciudad capital de su país. Un país con clima subtropical donde el calor abundaba y las lluvias torrenciales caían como copiosas cortinas de agua a veces.

Buscando en el periódico en los avisos clasificados de ocasión, un departamento donde mudarse, sus ojos se toparon con un anuncio. Estaba para alquiler una casita en un área rural, bastante alejada del bullicio, que por las fotos parecía más una choza, pero el precio era súper cómodo y a estas alturas no podía afrontar nada mejor. La casa donde habían nacido sus hijos estaba en lío judicial con el banco, por atraso en los pagos y le daban un límite corto de tiempo para salir, si no le aplicarían el proceso de evicción.

Se puso de acuerdo con la dueña para ir a ver la casa. Era muy básica y rústica, pero pensó que con lo que economizaría de alquiler compraría algunas cositas y decoraciones para hacerla bella… después de todo, tenía a sus dos hijos y el amor entre los tres era de por sí una gran riqueza.

Martha había trabajado siempre en la limpieza en el hospital general de la ciudad. Les dio su notificación de renuncia y pidió si le podían dar una carta de recomendación.

La nueva casa estaba como a dos kilómetros de otra ciudad, en un camino rural, sin pavimento y lo más próximo era una colonia exclusiva de extranjeros re-patriados, gente de mucho dinero, por lo que se observaba. La dueña vivía allí y a Martha le sirvió de mucho porque le dio empleo doméstico una vez por semana y la recomendó con varios otros dueños, que entre todos, completaba los cinco días.

Habían pasado varios años, ella caminaba a diario el recorrido al trabajo y se llevaba a sus dos niños con ella. Una de sus jefas tenía un niño en la misma escuela que los suyos y los llevaba en su coche juntos.

Varias veces, los niños le habían pedido si podían tener un perrito y con dolor de su corazón les decía que tal vez más adelante, pues era un gasto en comida de perro y si se enfermaba sería algo adicional y ahora no le daba ni muy bien para ellos dos, ella y la casa.

Una noche, después de haberse ido a dormir, ella escuchó un ruido afuera de la puerta. Era obvio que se trataba de un perrito, se quejaba en lloriqueos. Al asomarse lo confirmó. Le dio lástima, se veía malnutrido. Lo metió a la casa y buscó qué darle de comer. Se lo tragó todo en dos por tres. Los niños se habían despertado y estaban felices. Le pidieron con ruegos si lo podían quedar. Les puso algunas condiciones y todo mundo de acuerdo.

Antes de irse a dormir de nuevo, preguntaron a Martha que cómo lo llamarían. Les dijo que se fueran a dormir y mañana verían eso.

No eran ni dos horas después cuando el perrito empezó a ladrar como loco. Estaba bravo, furioso. Fue cuando Martha se dio cuenta que alguien estaba intentando abrir la puerta. Los niños asustados no hacían ni un ruido y ella estaba en pavor como ellos. Se asomó sigilosa y vio que eran dos hombres. Mientras uno trataba de forzar la puerta, al otro lo había visto merodeando por las ventanas. Ella, audaz e ingeniosa decidió jugársela todas por todas, -había jurado que sería el ángel de sus hijos y parecía tener aquí una terrible situación, donde daría su vida por ellos sin titubear-. Con astucia, pero temblándole todo, gritó en voz lo más alto que la pudo elevar “AMOOOOOOR, SACA LA PISTOLAAAA, HAY DOS TIPOS AFUERAAAAA”.

Santísimo remedio. Los dos tipos habían tenido un coche estacionado detrás de unos arbustos y los vio alejarse por el camino de tierra a toda velocidad. Estaban conmocionados y aterrorizados del miedo cuando el perrito vino donde estaban los tres. Ellos lo acariciaron, le revolvieron sus pelos, lo abrazaron y mimaron. Martha en especial, lo cargó en vilo y le dijo, con enorme cariño… “eres un campeón, gracias, nos has salvado, viniste como un ángel a cuidarnos hoy”.

De repente, se quedaron los tres mirándose, y casi al unísono, los niños y Martha exclamaron “¡se llamará campeón!”.

Campeón parecía extasiado, daba de brincos y volteretas. Era como si le encantara su nuevo ascenso al estrellato y de sentirse un loado personaje.

Al día siguiente, cuando Martha llegó a donde le tocaba el aseo doméstico, los dueños se enteraron que dos sujetos habían entrado a robar a una de las casas de la colonia, saqueando lo de mucho valor y que habían violado sexualmente a la esposa y a su hijito de diez años y que el esposo había estado fuera del país en viaje de negocios. Allí Martha se dio cuenta más palpable que Campeón realmente había venido al justo momento.

A Martha le deprimía mucho la época Navideña, aunque aún así, la esperaba con impaciencia todo el año, pues era el tiempo en que sus cinco empleadores, por individual, le pagaban su aguinaldo y cada vez era como sentirse rica, se sentía en bonanza. Se daba el lujo de tomar un taxi al poblado más cercano y les compraba a sus hijos sus regalos, muy modestos, pues tenía que alcanzarle para el día de Reyes Magos también, pero igual, a los niños les emocionaba. Además, gastaba algo del dinero también en algunos alimentos de más costo, para preparar la deliciosa cena de Navidad. Era el único banquete que podían darse el lujo por año.

Martha le llamó a su hermana Judith, que vivía en la capital, para que por favor se llevara a los niños el fin de semana, pues se acercaba la fecha y quería comprar los regalos sin que se dieran cuenta. Judith vino el viernes por ellos y los traería de regreso el domingo de tarde. A los niños les encantaba ir a casa de su tía para jugar con sus primos. Siempre la pasaban genial, estaban emocionados.

El sábado en la mañana Martha se dispuso a ir de compras al pueblo cercano. Allí tenía una amiga, que también era empleada doméstica, cerca de donde ella trabajaba y le preguntó si le podía cuidar a Campeón mientras hacia sus compras.

Saliendo de casa, iban ella y Campeón tranquilamente caminado el recorrido de los dos kilómetros que caminaba siempre, los cinco días de la semana. Llegarían a casa de uno de sus jefes, quien le había dicho que iría al pueblo y él le podía dar un aventón, aunque él le ofreció más bien recogerlos a ella y a su perro en su casa, pero ella trataba de no recargarse en los demás y le dijo que le hacía falta el ejercicio de la caminata.

Había llovido mucho en los últimos 3 días. Había charcos esporádicos aquí y allá. Estaban algunas ramas pequeñas o medianas caídas en la vereda.

Iban como a mitad de camino. Cuando de una de las ramas en el suelo salió a su paso amenazantemente una pavorosa serpiente. No se percató en el instante, pero Campeón, con el olfato agudo que tienen los caninos la vio. Empezó a ladrarle y la serpiente, azuzada, se lanzó a morder a Martha en una pantorrilla. Campeón, instintivamente se metió en medio y lo atacó a él, huyendo escurridiza en seguida entre la maleza. Martha sin saber qué hacer, desesperada, llorando y en pánico cogió a Campeón en sus brazos. Sabía que era cuestión de tiempo. Llegó a casa de regreso y Campeón ya llevaba las señales de una crisis hemorrágica. Lo abrazó con gran amor, no podía parar de llorar. Él parecía darse cuenta. La miraba fijamente con sus ojitos tristes, mientras lloriqueaba apenas perceptible del dolor… hasta que se quedó inmóvil.

Llorando profundamente le llamó a su jefe que la iba a llevar al pueblo. Su esposa y él fueron donde Martha. Les dijo que cómo les iba a decir a sus hijos, se le partía el alma. Les pidió si podían por favor llevarla a la tienda de mascotas, que con lo de su aguinaldo vería comprar un perrito que se asemejara aunque fuera un poco a Campeón. Curiosamente, la esposa de su jefe dijo que tenía una amiga que se regresaba a vivir a Estados Unidos y apenas ayer le había comentado que andaba buscando una buena casa para donar a su perrito, porque no se lo podía llevar, y que, según esto, a su jefa siempre le había dado la idea que eran muy parecidos.

Sus jefes esperaron a que la amiga llegara a casa de Martha con el perro. Martha se sorprendió mucho al ver que eran casi idénticos. ¡Se llamaría Campeón por supuesto! Ellos, de su gran corazón, le ayudaron a Martha a excavar un hueco en la parte de atrás de la casa y allí quedó Campeón dormidito en su nueva morada. Cuando los niños regresaron el domingo por la tarde no se dieron cuenta del cambio. El nuevo Campeón se comportaba como si los conociera a todos desde años atrás.

El día de Navidad, mientras disfrutaban la cena, los niños hacían su algarabía usual. Campeón esperaba al lado de la mesa a ver si le caía algo de comida. Martha lo vio y no pudo evitar unas lágrimas. Los niños le preguntaron qué sucedía, por qué estaba triste. Les mintió de nuevo, porque jamás les contaría que el verdadero Campeón había muerto por salvarla y que yacía en una tumba. Campeón, el gran amigo, el que llegó a ellos para ser su héroe. Les dijo que eran lágrimas DE FELICIDAD. Porque estaban juntos, porque tenían salud, una exquisita cena navideña, y que Campeón estaba feliz si ellos lo estaban.


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Dora Elia Crake Rivas ©

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Escrito por Apolo el 23/06/20

LA CASA DE LA SEÑORA "MARICRUZ" II


Dichas imágenes podían tener cuarenta o cincuenta años, pero estaban impecables. A pesar que solo un cuadro no se podía observar porque siempre lo tenían tapado con una toalla o cualquier trapo, solo unos pocos vecinos por no decir dos o tres habían podido observar algo de la misteriosa imagen.

Estos contaban que era una escena un poco pérfida o maligna, o algo parecido a esas escenas pintadas en la edad medía donde representaban el infierno, el purgatorio y el paraíso. Otros decían que era una alegoría de como pintaban a las brujas en la época de los castillos en Europa.

Ese era la incógnita que rodeaba el misterioso cuadro, por eso quizás lo mantenían en la sombra o tapado a los ojos de todo aquel indiscreto interesado en tener la primicia.

La señora Maricruz barría la puerta de su casa dos veces al día, muy temprano por la mañana y por la nochecita cuando los rayos del sol se perdían en la vorágine de la noche con su velo adormitado.

Con un cántaro de agua regaba la polvorienta entrada donde por efecto del viento de arremolinaban gran cantidad de hojas secas y basurilla endeble que daban un mal aspecto según la escrupulosa dueña de casa.

En una ocasión la señora Maricruz invitó a unos vecinos a compartir en su casa una comida, estaba celebrando sus bodas de rubí o sea cuarenta años de matrimonio con el Mopri. Este muy retrechero con los invitados evadía las obvias preguntas de la concurrencia, como por ejemplo;

¿Por qué no tuvieron hijos?

¿De dónde venían?

¿Si tenían más familia en la ciudad?

Todo eso enfadaba al Mopri, por eso trataba de resbalar los interrogantes con cortas respuestas sin descuidar los movimientos de los presentes. Cuidadosamente vigilaba el cuadro que siempre llamaba la atención por el hecho de mantenerlo tapado.

Los participantes de la sobria celebración estaban sentados en el pequeño patio, a la vera de un pequeño jardín sembrado de margaritas y unas matas de hojas grandes que brotaban un vástago con abrojos de color rojo.

Es posible que era la primera vez que mucho de ellos veían esa planta y por supuesto estaban en ese lugar. Quedaron asombrados como se veía todo esa tarde noche en la casa de aquella reservada pareja que poco compartían con sus vecinos.

En medio de la parca reunión uno de los vecinos de nombre “Eudoro” al que todos en el barrio lo llamaban por su apodo “Nalga e gallo” este logra escabullirse para observar el cuadro del cual todos conversaban. El Mopri se percata de la acción del curioso vecino porque vió una sombra que pasó diagonal a él, de inmediato lo intercepta en el estrecho pasadizo antes de llegar a la pequeña división que había entre la sala y el corredor trasero donde se hallaba la reservada pintura.

Llegó el momento de repartir el banquete todos se acomodaron en el patio uniendo dos mesas de comedor la de la señora Maricruz y una prestada, la comida le pareció deliciosa a los invitados aunque una comensal comentó que estaba muy cargada de condimentos, esto nunca falla en este tipo de eventos.

Luego de la velada tomaron café y poco a poco se fueron retirando de la casa en mención los asistentes a la celebración, el vecino “nalga e gallo” quedó con la inquietud y no daba por pérdida la oportunidad de echar un vistazo a si fuese de pasadita a la oculta pintura que lo mantuvo atento durante todo el rato que estuvo en la casa.

En un descuido del Mopri “nalga e gallo” pasa frente al cuadro y levemente alza la toalla que lo cubría, un raro espejismo lo mareó de repente y el atrevido vecino no pudo identificar con claridad de qué se trataba la imagen.

Aseguraba sin temor a equivocarse que “vió cosas raras que parecían moverse”, esto parecía aún más extraño de lo que se comentaba.

Pasaron varios días después de aquella atención brindada por la señora Maricruz y los fisgones seguían empecinados en averiguar;

¿Qué contenía aquel cuadro?

¿Qué lo hacía tan especial para los dueños y tan lleno de misterio para los vecinos de la pareja?

¿Por qué los que veían el cuadro se mareaban y los dueños no?

En fin no había acuerdo entre los que especulaban sobre el contenido del cuadro, es más se llegó a saber que se pactaron varias apuestas entre varios vecinos empecinados en saber el contenido del cuadro. Mientras tanto la señora Maricruz y el Mopri disimulaban ante el barrio que ignoraban el interés de los vecinos por la pintura, nunca comentaban nada al respecto.

No es fácil detener a un curioso, “nalga e gallo” no podía soportar la incertidumbre que le producía no saber qué fue lo que vió aquel día cuando intentó mirar de frente aquella imagen.

Entonces camuflado bajó un disfraz de agente de la sanidad fragua un plan para entrar a la casa del Mopri. Los agentes de sanidad solían revisar si había estanques de aguas en las casas y si encontraban dichos reservorio le arrojaban unas cucharaditas de DDT, aquel poderoso pesticida usado para detener el crecimiento del mosquito. Todo eso lo repitió “nalga e gallo” a sabiendas que el Mopri estaba corto de vista, este aprovechó el momento entrando sin permiso al ventorrillo o pequeña tienda, el Mopri había desarrollado un oído de tísico como dice el dicho popular y exclama;

¡Quién anda ahí!

¡La sanidad respondió “nalga e gallo”!

Con una voz medio ronca para ocultar su verdadero tono para que el Mopri no sospechara.

El Mopri le dice;

¡Un momento!

Pero “nalga e gallo” con mucha suavidad aparta el biombo que separaba la sala del ventorrillo viendo algo que lo dejó pasmado, el Mopri estaba ligando o rindiendo con agua la leche que vencía en su negocio, esta venía en unos litros bocones tapados con unos delicados sellos de papel aluminio.


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Luis Alfredo Arroyo Osorio ©

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Escrito por Apolo el 25/06/20

LA CASA DE LA SEÑORA "MARICRUZ" III


Aquella acción desconocida por los clientes llenó de coraje a “nalga e gallo”, entonces con la misma voz que anunció su presencia inclinando su cabeza para no dejarse ver completamente el rostro y le dice al Mopri;

¡Señor eso que usted hace no está bien!

¡Qué cosa!

Le responde el Mopri con una pasmosa tranquilidad.

“Nalga e gallo” lleno de impotencia sigue con su teatro disfrazado de agente de sanidad y le dice al Mopri que debe revisar el patio para ver si hay reservas de agua estancada.

Su interlocutor estaba corto de vista era cierto, pero tenía una malicia impresionante en un santiamén detecta cierto olor como a pollo remojado, el mismo olor que percibió aquella noche de la comida de aniversario cuando aguantó a “nalga e gallo” para que no lograra destapar la pintura. Eran ciertas las sospechas del Mopri aquel hombre que estaba en su casa padecía un severo mal olor en las axilas que lo hacía tener sello propio.

Ambos protagonistas estaban en el filo de la navaja con sus actuaciones, por un lado el Mopri disimulaba el hecho de no haber reconocido la verdadera identidad del supuesto agente de sanidad, por otra parte “nalga e gallo” trataba de disimular lo más que podía su voz para no ser reconocido, pero algo le decía que estaba jugando con candela porque el Mopri no era ningún pendejo.

Antes de llegar al sitio donde estaba la pintura o sea antes del patio los dos hombres no se miraban, como para mantener la distancia propia de la desconfianza entre las partes. Cuando llegan donde debería estar el cuadro “nalga e gallo” queda sorprendido al no ver nada colgado en las paredes, ahí se hizo evidente su verdadera intención, cosa que su acompañante la agarró de una.

El Mopri desprovisto de toda cortesía le dice a “nalga e gallo”;

¡Así que pretendías engañarme con ese ridículo disfraz, sea serio hombre, cuando tu ibas ya yo venía!

“Nalga e gallo” queda estupefacto al escuchar eso, nunca pensó que su coartada fallaría tan rápido. Por eso para no mostrar debilidad expresa lo siguiente;

¡Mopri ya deja la maricada y muestra que es lo que hay en ese vergajo cuadro!

Al oír eso el Mopri le hace una seña a “nalga e gallo” para que vuelque su mirada a al lado izquierdo del rincón donde se hallaban unas sillas arrumadas y una ropa supuestamente sucia.

Aquel hombre quedó más intrigado, él no veía nada interesante en ese sitio, pero el Mopri insiste y le dice;

¡Levanta la ropa y míralo tú mismo!

Al levantar la ropa “nalga e gallo” mira detenidamente, mientras observa el cuadro siente lo mismo que la vez pasada pero con más intensidad hasta el punto que cae desmayado dándose un duro golpe en la frente.

En ese momento el Mopri no sabe qué hacer con el hombre, piensa que si de repente llegase su mujer no sabría que responder. La señora Maricruz había salido un momento a casa de su modista, para tomarse unas medidas de un vestido que le estaban elaborando.

El Mopri se hallaba en la casa con su vecino apodado “nalga e gallo” totalmente inconsciente. Decide asomarse a la puerta para observar el panorama cuando de repente una turba frenética corre de un lado a otro, el Mopri pregunta;

¡Qué ocurre!

Un curioso que corre le responde;

¡Estamos así porque “mica” la vecina que vive en la loma estaba embarazada y el doctor “José Gregorio Hernández” invocado por la médium le hizo la cesárea!

Al parecer muchas personas del barrio eran devotas de San Gregorio, de vez en cuando se presentaban esos alborotos donde la gente especulaba diciendo que aparecían hasta los algodones que el santo utilizaba en las operaciones.

Eso lo podía aprovechar el Mopri para salir un momento y dejar a “nalga e gallo” fuera de su casa. Sin pensarlo mucho dejó medio cerrada la pequeña reja de madera que daba a media puerta y sale con su vecino caminando el cual parecía un sonámbulo y lo deja sentado frente a los frondosos árboles de “Clemón”, aquellos que tienen las hojas en forma de corazón que se hallaban justo en frente de su casa antes de llegar a la carretera.

En medio de la multitud deja al hombre sentado en posición boca abajo y lo recuesta. Disimulando ser otro asistente al maremágnum de san Gregorio y su supuesto milagro camina lentamente para regresar a su casa. Cuando entra ve que la señora Maricruz ya había llegado de su diligencia y de inmediato esta increpa a su marido por dejar el negocio solo con el cuadro a merced que alguien pueda verlo.

El Mopri no le prestó atención y siguió con su descarada tarea de rendir la leche, mientras que la señora Maricruz colocaba el mencionado cuadro en el sitio de costumbre con la respectiva toalla que lo cubría. Después del incidente se san Gregorio los vecinos vieron movimientos extraños en la casa de la pareja en mención.

Ambos salían y entraban constantemente mostrando una desesperación, nadie sabía que les afligía para actuar de esa manera. Un lunes como de costumbre abrieron su ventorrillo a las seis a.m. pero de un momento a otro una hora después cerraron intempestivamente. Por un largo rato un silencio se sintió en las afueras de la casa cuando de pronto se escucharon unos gritos y unos quejidos espeluznantes que ponían los pelos de punta, los pocos asistentes que se acercaron a la terraza de casa no podían dar explicación de lo que pasó. Es más hubo un vecino que le tocó la puerta a la pareja pero no abrieron hasta casi el mediodía.

El día transcurrió con esa novedad y por la tarde el Mopri salió de su casa con un costal en el hombro y tomo un autobús en el paradero que se hallaba a unos metros de su casa. Se subió sigilosamente pero muchos vieron cuando se marchó en el mencionado transporte.

La ruta que tomó quizás no sería otra que la del mercado, era común ver al Mopri alzar el vuelo a esas horas para regatear los precios de las mercancías en la plaza ya que supuestamente eran más baratas. Pero la actitud del mencionado hombre era muy sospechosa, contaban los que alcanzaron a verlo cuando subía sus pesadas piernas al autobús.

Luego de varias horas por fuera de su casa el hombre regresó con las manos vacías, lógicamente no estaba comprando víveres para la tienda ni mucho menos estaba de paseo, la cara que trajo fue de consternación hasta el punto de caminar con largos pasos sin saludar a nadie, en ese trayecto era azotado por un terrible ataque de tos.


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Luis Alfredo Arroyo Osorio ©

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