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Será mostrado si existe



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Escrito por Doreli el 17/06/20

EL VUELO


Era una agradable mañana primaveral, de esas en las que el sol se empecina a brillar muy temprano (antes siquiera que suene la alarma del reloj, indicando es hora de empezar el día). Esteban Moreira se despertó con un rayo de luz que traviesamente se colaba por en medio de dos hojas de su persiana longitudinal. Seguramente las descolocó un leve viento que lo fue arrullando a dormir. Durante la noche, al acostarse, había hecho un poco de calor y abrió su ventana, pero en la madrugada había enfriado y se levantó a cerrarla, sin darse cuenta que se había creado un apertura. Echó un rápido vistazo a su reloj y vio que aún le quedaba algo de tiempo. Para esto, decidió evacuar su vejiga y aprovechar a darse una ligera cepillada de dientes que lo haría sentir mejor. Regresó del baño, acomodó la persiana y se puso cómodo y tranquilamente dispuesto a dormir de nuevo.

Se fue sumiendo en una placentera ligereza, casi como un trance. Era algo diferente de lo usual y pensó en que era seguramente el cansancio del ajetreado y estresante día anterior.

Flotaba, flotaba como una nube o como una suave brisa. Le gustaba el sentir. De pronto, en ese éxtasis que lo transportaba, quiso mirar hacia abajo. Para su sorpresa, vio que su cuerpo yacía en la cama, parecía estar sin vida, tener una cierta palidez, o al menos lo percibía él así. No lo perturbó ni lo inquietó, él estaba disfrutando su vuelo en esta inusual aventura.

Se dio cuenta que iba en un túnel. Era oscuro, muy oscuro y largo, lo único que ayudaba para que no fuera una negrura espesa, era que allá, al final, muy a lo lejos brillaba una fuerte luz. No era luz de sol (en su tono de girasoles bailando) ésta era blanca, reluciente, increíble, tenía una brillantez casi imposible de aguantar. Se dio de gracias que al menos la largura del oscuro túnel le daría tiempo para ir su retina acostumbrándose de a poco.

No quería dejar de volar hacia la luz, era como si se hubiese convertido en una mariposa de esas que a fuerzas andan vuele y vuele alrededor de un bombillo. Y avanzaba, avanzaba. El vuelo era vertiginoso, pues se iba quedando muy atrás y muy lejos todo, aunque a él le parecía lento pues quería llegar allí y ver de qué se trataba, se sentía muy emocionado, aunque sí, le causaba curiosidad ir tan arriba, tan alto y tan lejos que ya no distinguía su cuerpo en el punto donde se suponía que estaba, ni al menos su casa, todo era una masa uniforme y borrosa.

Parecía ser que no había recorrido ni la mitad del camino, cuando de pronto, en un instante, sintió que una poderosa fuerza magnética lo detenía. No lo dejaba avanzar ni un milímetro y empezó a sentir, cómo, también vertiginosamente, su vuelo retrocedía. Luchaba por zafarse del centrífugo jalar, pero sus fuerzas no eran nada comparadas.

Y retrocedía, retrocedía. De repente, en lo que le parecían siglos de haber volado, se despertó, abriendo sus ojos atónitos.

Estaba en su cama. Con un sentido de incredulidad se tocó el cuerpo, y sí, comprobó que era él mismo, que estaba allí, que todo había sido un sueño aparentemente.

Pero tenía una fuerte y persistente tos que le dificultaba respirar. Pensó que tal vez se había resfriado con el viento por su ventana durante la noche. En vez de ir a su oficina decidió ir al médico.

El galeno lo auscultó y con un semblante medio de preocupación le ordenó ir al hospital. Inmediatamente y con enorme eficiencia y premura le hicieron los análisis pertinentes… cardiograma, rayos x, muestras de sangre y orina. Lo pasaron a habitación de cuidado intensivo rápidamente: Oxígeno, monitoreo cardiaco, vitales frecuentes. Estaba sorprendido y algo consternado. Cuando el médico vino a su cuarto le dijo: Sr. Moreira, le tengo 2 noticias, una mala y una buena. La mala es que tuvo usted un infarto coronario silente. ¿Ha escuchado cuando se dice de alguien “murió en su sueño, se quedó dormido y ya no despertó”?

La buena noticia es que su infarto no fue masivo. La tos que le dio fue una reacción de sus pulmones al no recibir la irrigación sanguínea por unos momentos, para que la hemoglobina recogiera el oxígeno y lo llevara al corazón, así que se empezaban a llenar de fluido… y con la severidad de la tos, la fuerza del diafragma hizo que su corazón reaccionaria favorablemente y reversó su curso. Se salvó usted por un poco. Lo pondré en tratamiento y deberá estar siendo revisado a menudo por un tiempo.

Esteban fue dado de alta. Llegó a su casa. Muy pensativo se puso a hacer planes para un cambio radical de vida: disminuir el estrés, cambiar sus hábitos de alimentación e ir siguiendo las instrucciones del médico a cada paso durante el periodo de rehabilitación y de allí en adelante, hasta siempre.

Pensó profundamente en su vuelo por el espacio, en esa aventura maravillosa que tuvo. No salía de su ensimismamiento, de caer en cuenta cabal que sí, que su alma se había desprendido de su morada mortal por unos momentos. Pasaron los días. Seguía todo al pie de la letra, pero a menudo, al acostarse, se preguntaba si hoy continuaría su hermoso vuelo otra vez hacia aquella luz.


Libro de Visitas

Dora Elia Crake Rivas ©

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Escrito por Prometheus el 20/06/20

La Maldición IX


--Maldita sea. —Se reprochaba Altagracia en la cocina. —No se puede confiar en ningún hombre. Ya sabía yo que era demasiado bueno para ser verdad. Tan estúpida soy que me hice ilusiones.

En su habitación, Yolanda dudaba en llamar a Javier. Quizás debería, para saber cómo se resolvió el asunto. No. Mejor esperaría a que él la llamase. Llamó a una compañera de clases para saber cuándo se publicarían las calificaciones finales. Estaba segura de haber pasado con buenas notas. Se sintió acalorada y decidió bañarse. Si Javier no la llamaba, ella lo haría más tarde. Se desvistió, se envolvió en una toalla y se fue al baño. Se metió a la ducha y dejó que el agua cayera sobre ella. Se pasó la mano por la cara y de ahí a los senos. Sus pezones estaban duros y sensibles. Se pasó la yema de los dedos y se estremeció. Una corriente eléctrica la recorrió desde la ingle hasta los pies y subió a la misma velocidad por la parte atrás de las piernas, muslos, glúteos, espalda, hasta la nuca. Un jadeo pugnó por salir de su boca.

Se pasó los dedos nuevamente por los pezones, se los apretó levemente, brevemente, se los retorció un poquito sintiendo que un remolino se le agitaba entre las piernas. Por poco y deja escapar un grito de placer, pero se mordió los labios. Su mano bajó con lentitud hasta el pubis. Es como si tuviera miedo de tocarse, pero algo la impulsaba a hacerlo. Su índice empezó a acariciar sus labios mayores. Primero en círculos, luego se aventuró a entrar la punta del dedo. Despacio, con calma. El agua la estaba distrayendo y cerró la llave. Separó los muslos un poco y trató de mirarse. Ahí estaba su desconocido amigo. El clítoris. Sobresaliendo entre los labios como un guardián. Con dos dedos de la mano izquierda se separó los pliegues y dejando el clítoris un poco más al descubierto. Se mojó el dedo mayor con saliva y se lo acarició en círculos con la ligereza de las alas de una mariposa. Casi sin querer tocarse, pero tocándose. Le fue imprimiendo velocidad a la caricia, que cada segundo que pasaba causaba más estragos en su cuerpo. Sin poder evitarlo un gemido escapó de su interior. Se cubrió la boca con una mano, pero no dejó de tocarse.

Las caricias se intensificaron sin que ella se diera. Sin saber cómo, se vio con dos dedos dentro de su vagina. Con rapidez, como si se tratara de una carrera y había que llegar primero. Esos dedos chapoteaban en su humedad íntima y por primera vez en su vida, se emocionaba con el sonido de su propio placer. Le imprimía más velocidad y en su espalda baja, en la columna vertebral, se libraba una batalla campal, como si una bomba atómica estuviera a punto de explotar. Un torrente de líquido escapaba por la misma como un río desbordado. Su esfínter anal se apretó y sintió el golpe de un ladrillo en la parte posterior de la cabeza. Un orgasmo estalló en su cerebro como el estallido de un millón de luces. Su cuerpo, perlado de sudor, se pegó a la pared de la ducha. Estaba jadeando. Sentía que se iba a desmayar y el corazón se le quería salir del pecho. Dios, eso era un orgasmo. Javier le había provocado uno la tarde que le entregó su virginidad, pero la verdad es que no se comparaba con este. Abrió la llave de la ducha de nuevo y dejó que el agua la refrescara.

Unos minutos después, ya en su habitación y secándose el cabello, sonó su teléfono. Qué raro. Número desconocido. Tomó la llamada.

--Diga.

--Hola, Yoli.

A Yolanda se le cayó el móvil de las manos. No era posible. Era Rubí.

--¿Rubí? ¿Eres tú?

--Sí. Por favor no cuelgues. ¿Puedes hablar un minuto? Prometo que no te molestaré más de eso.

--Claro, dime.

--Mira, sé que no me porté bien contigo y que te dije cosas horribles la última vez que nos vimos, pero como sabes, Dios me castigó por mi soberbia y mi egoísmo. Físicamente estoy bien, pero no me atrevo siquiera a pararme en la sala de mí casa por temor a que me vean. Las quemaduras están sanas, pero las cicatrices no se quitarán nunca. ¿Yoli, podríamos hablar personalmente? Cuando tú quieras.

--Rubí, no sé qué decir. ¿Estás segura de que quieres verme?

--Sí, sí, estoy segura. Por favor, amiga, no me abandones, en verdad te necesito.

--No tengo inconveniente en verte, pero no creo que a tu madre le agrade que lo haga.

--Mira, sé que no tengo derecho a pedirte esto después de lo que pasó, pero si estás desocupada mañana en la tarde, mamá no estará en casa. La iglesia prepara un retiro espiritual en la montaña y tu madre y la mía son parte del comité organizador y mañana hay una reunión. Por favor, Yolanda. Cinco minutos nada más.

--Bueno, tenía un plan con mi novio mañana en la tarde, pero puedo posponerlo. Mañana, en cuanto vea que ti madre se marche iré a tu casa. Entraré por la cocina, así ningún vecino me verá.

--Gracias, Yoli. Me has salvado la vida. Mañana te espero. De verdad, gracias por aceptar hablar conmigo.

--De nada, Rubí. Hasta mañana, amiga.

--Hasta mañana, hermana.

Yolanda aun no salía del estado de estupefacción. Rubí la había llamado, no sabía si reír o llorar. Por un instante pensó en decírselo a su madre, pero cambió de idea de inmediato. Mejor esperar a que las cosas estuvieran bien para intentar que las ex comadres hicieran las paces. Era demasiado pronto para hacerse ilusiones. Estaba anocheciendo y Javier no llamaba. Le dio hambre y fue a la cocina y escuchó a su madre hablar con alguien por teléfono que adivinó era Samuel.

--No tienes que darme ninguna explicación. Somos adultos y creo que fue muy obvio lo que pasó. Mejor vamos a dejarlo así.

--¿……?

--De verdad que no es necesario. Mira, debo colgar, voy a prepararle la cena a mi hija. Hablamos luego. Bye.

Altagracia cerró la llamada. Miró a su hija con expresión de ¿Y este tipo? ¿Está loco?

--¿Samuel?—Preguntó Yolanda, aunque sabía la respuesta.

--Sí. Está empeñado en darme una explicación.

--¿Y por qué no se lo permites?

--No soy una niña, Yolanda. No puedo ir por ahí del brazo de un hombre que todos saben tiene relaciones con otras mujeres aparte de mí.

--¿Eso te consta, mamá? Que tiene relaciones con esa mujer.

--Por Dios, Yolanda. No soy idiota. Es muy claro que ellos están juntos.

--Mira, tu vida amorosa es tuya y no voy a meterme en ella, pero me parece que te rindes muy fácil ante cualquier situación. ¿Tan poco te gusta Samuel que por una simpleza en la que no te consta haya sucedido nada, lo dejas tirado?

--Loca debería estar si me pongo a escuchar consejos de pareja de ti. ¿Crees que porque tienes un aspirante a novio que no es más que un niño, ya lo sabes todo en la materia?

--Lo que sé es que si me hubiera sucedido a mí, necesitaría esa explicación. Si no me convence, eso es otra cosa. No te preocupes por mi cena. Comeré unas galletas con queso y una coca cola.

--Comiste muy poco al mediodía.

--Estoy bien, mamá. Llama a Samuel y escúchale. No pierdes nada.

--De acuerdo, Yolanda. Te haré caso. Pero de verdad no creo que esto llegue a ninguna parte.

--Esa es la actitud, mamá. Siempre el sí por delante.

Yolanda sacó unas galletas de soda de la despensa, cortó un trozo de queso y uno de jamón, sacó una lata de refresco de la nevera, puso todo en un plato y se fue a su cuarto.

Altagracia sopesaba las palabras de su hija. Era cosa de risa. Una niña dándole consejos de amor. ¿En qué momento creció tanto que no se dio cuenta? Miró el móvil, pero desistió de llamar a Samuel. Si él estaba interesado, la volvería a llamar y ella lo escucharía y tomaría su decisión. De todas formas no estaba segura de querer tener una relación. Aunque después de tanto tiempo sin nadie, se dio cuenta de que en realidad necesitaba un hombre en su vida, en su casa, en su cama. Era algo que a lo mejor Yolanda no entendería. ¿Y si ella formalizaba una relación y se mudaba con su nueva pareja y Yolanda no aceptaba? ¿Y si no le gustaba el hombre?

¿Y si a él no le gustaba ella? Pensó que había actuado muy precipitadamente al entregarse a Samuel de esa forma. No podía negar que el hombre le gustaba. Era limpio, atento, educado y otras muchas cosas de las que su difunto carecía. Pero Yolanda estaba primero, de eso estaba totalmente segura.

No contó con Yolanda. Se dejó llevar por la pasión del momento. Pero no lo haría otra vez. Después de todo lo que había pasado es como si la hubiera abandonado. No volvería a hacer algo semejante. Perder a su hija de esa forma era como si ella misma la echara de su lado. Ya había cometido un error con Yolanda. No lo haría dos veces.


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Freddys Moretta ©

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Escrito por Apolo el 20/06/20

LA CASA DE LA SEÑORA "MARICRUZ" I


Es difícil pensar que el tiempo se detenga o que cambie abruptamente al cruzar una puerta como si fuera una frontera entre lo real y lo imaginario, esto era lo que sucedía en la casa de la señora Maricruz, si Maricruz a secas porque la verdad nadie jamás se interesó en saber su apellido lo mismo que su afición por los vestidos de color morado, tenía varios. Otro dato curioso era el nombre de pila de su esposo ya que todos simplemente lo llamaban “Mopri” o sea la palabra primo al revés, el personaje casi a todo hombre le decía primo o Mopri.

Con ese remoquete se hizo conocer durante todo el tiempo que habitaron la casa a orillas de la carretera la cordialidad a la salida sur de la ciudad de Barranquilla.

No era fácil pasar por alto la increíble e impoluta decoración interna que yacía en aquella casa, todo era antiguo, se podían observar unos muebles de mimbre de color blanco, algo raro porque por lo general esos muebles los pintan de marrón o color madera.

Se observaban además una pequeña colección de relojes de pared con su típico cu- cu a la hora de las comidas. El brillo de los pisos que a pesar de ser de cemento solo estaban tan pulidos que te podías ver completo al otro lado.

Eso eran apenas uno de los pequeños detalles que se alcanzaban a ver , ya que después de hacer el aseo diario la señora Maricruz colocaba un biombo hecho de pequeñas cañas de bambú, eso no dejaba ver todo el museo que había dentro de la pintoresca casa.

En la parte exterior yacía una cornisa con techo de viejas tejas que de tanto acumular agua y tierra ya tenía maleza viva. Dicho techo cubría la entrada del pequeño ventorrillo de estantes de madera donde colgaban bolsas de pan cortado la especialidad de la casa, frascos con dulces de sabor a aguardiente y pegaban con tachuelas unos cartones de veinte por cuarenta donde estaban adheridas papeletas de pimienta de olor, manzanilla, naftalina, dientes de ajo, boldo, clavito, anís estrellado, comino en grano, toda esa serie de especias que venían envueltas en papel celofán transparente.

El ventorrillo se hacía visible a la distancia por su respectivo letrero “Se vende pan con leche” lo quería decir que un solo producto no se vendía si no estaba acompañado del otro.

Allí estaba el disgusto de algunos clientes con Maricruz y el Mopri, estos eran radicales con esa medida. Además nunca abrían los domingos y si alguien por casualidad le tocaba la puerta respondían tajantemente que estaban en tiempo de descanso y que abrían el lunes a las seis am.

El Mopri mantenía un moquillo acompañado de una tosecita debido a su afición al cigarrillo que ya estaba dejando según él. Cada vez que tosía se acomodaba las gafas fondo de botella color negro que usaba permanentemente. Quizás ese síndrome de abstinencia y su ceguera próxima le producían ataques de rabia cuando se levantaba de su silla donde llenaba crucigramas acercándose lo más posible el periódico a los ojos, entonces un comprador solo le pedía algo pequeño o de menor valor.

Eso era una ínfima muestra de los embates de cólera que acosaban al Mopri, ni mencionar cuando por error una pelota caía en su portal, los muchachitos salían despavoridos antes que reaccionara el acalorado ogro.

Por el contrario la señora Maricruz que era un poco más sosegada cuando de atender al negocio se trataba y cuando conversaba con el vecindario todos hacían alarde de su calidez.

La verdad no se supo cómo esa pareja podía convivir de la forma que lo hacía, él un verdadero altanero y ella una dama a carta cabal y de dócil trato. Tal vez ella por eso mantenía la casa como un castillo medieval lleno de reliquias que llamaban la atención a los curiosos y no curiosos.

El solo hecho de mirar de reojo por las ranuras del biombo era una sensación de estar en otro tiempo y espacio, detalladamente se observaban muchos adornos y en las paredes colgaban varios cuadros, por ejemplo el de la pequeña niña desnuda sentada en un prado que se arrancaba una puya en el dedo del pie y el del niño que trataba de saltar una cerca huyendo de uno perros bravos.


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Luis Alfredo Arroyo Osorio ©

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