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Será mostrado si existe



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Escrito por Prometheus el 13/06/20

La Maldición VIII


Pasaron unos días y Yolanda y Javier seguían viéndose a escondidas. Bueno, no exactamente a escondidas, pero se estaban exhibiendo por todas partes. Aunque Altagracia sabía de él, Yolanda no quería que se supiera que la relación era más o menos formal. Por evitar habladurías y porque su madre le había dicho que no le agradaba el muchacho. No es que le importara, pero quería tener paz en la casa hasta por lo menos que se terminaran los exámenes en el colegio. Le preguntó que por qué la escuela aceptaba estudiantes con tatuajes y ella le respondió que la escuela no discriminaba a la gente. Últimamente evitaban que sus conversaciones fueran muy largas, porque cualquier palabra fuera de lugar daba curso a una discusión sin precedentes. Altagracia sabía que Yolanda le guardaba un poco de rencor por lo que pasó con Héctor y Yolanda aprovechaba esta circunstancia para hacer sentir mal a su madre cuando quería ganar una pelea. Yolanda y Javier, habían prometido no acostarse de nuevo hasta las vacaciones y ya solo faltaban tres días.

Altagracia seguía con su relación con Samuel. No quería hacerla pública, aunque el sacerdote le había dicho que no estaba haciendo nada malo, excepto el hecho de fornicar. Altagracia se dijo que la próxima vez, no le contaría todo. El padre le dijo que llevara al novio a la iglesia para conocerlo, pero ella dijo que no estaba preparada para las miradas de los vecinos, que más adelante. El padre estuvo de acuerdo y hablaron de Yolanda, de Rubí y su madre, entre otras cosas. Cuando salió de la iglesia fue a la oficina del administrador de los bienes que había dejado su esposo a buscar lo correspondiente al mes para los gastos. Llamó a Yolanda al móvil para que la acompañara al super mercado. Yolanda, que no se encontraba en la casa y queriendo mantener la paz con su madre, quedó de verse con ella allá.

Justo en el momento de salir de la casa, llamó Javier para saludar. Ella le dijo que iba para el super a hacer la compra con su madre y él preguntó si podía ir. Ella pensó decirle que no, pero pensó que mientras más pronto Altagracia asimilara su relación, pues mejor para todos y le dijo que se encontraban allá.

Altagracia llegó primero y se puso a llenar el carrito con las cosas que necesitaba. En uno de los pasillos se encontró con una señora de baja estatura, muy bonita, pero también muy pálida y ambas querían el mismo producto del que solo quedaba una unidad. Altagracia desistió y dio la vuelta para continuar con sus compras. En eso escuchó una voz que le pareció familiar y volteó la cara para ver a Samuel al lado de la señora, a la cual abrazaba por la cintura con mucha intimidad, mientras miraban los artículos del estante. Él estaba de lado, así que no la vio. Por un momento no supo que pensar. Quizás la mujer era un familiar, porque le constaba que su novio era viudo. En eso sonó su móvil y salió del pasillo para responder. Era Yolanda que le preguntaba en dónde estaba. Ella le dijo que se vieran en la carnicería. Altagracia miraba las ofertas, pero su mente estaba en otra parte. Cuando vio a Yolanda acompañada de Javier apretó los labios en señal de disgusto.

La pareja se acercó y Yolanda le preguntó si la ayudaba en algo mientras esperaba que la atendieran.

Javier saludó educadamente y Altagracia le respondió entre los dientes. El chico notó la tensión que causaba su presencia y le dijo a Yolanda que daría una vuelta en lo que terminaban. Esta le dijo que no era necesario, pero él insistió y ella accedió. Cuando se quedaron solas Yolanda le dijo:

--¿Es necesario que te comportes así?

Altagracia se hizo la desentendida.

--¿Así cómo?

Yolanda respiró tratando de evitar una discusión.

--Me parece que mientras más pronto lo asimiles, será lo mejor para las dos.

--No sé de qué me hablas.

--Está bien, mamá, como tú digas.

--¿Era necesario que vinieras acompañada?

--¿Y en qué te molesta que él esté aquí?

--Sabes que no me agrada y me quieres imponer su presencia. ¿Así van a ser las cosas ahora?

--¿Qué es lo que te molesta realmente? ¿Qué me haya buscado un novio sin consultarte? No me preguntaste cuando empezaste a salir con Samuel. Simplemente lo llevaste a la casa y me lo presentaste como tu novio. No me diste ocasión de protestar o decir algo al respecto.

--Se supone que yo soy la adulta y no tengo que darte explicaciones de mis actos.

--¿Sabes qué, mamá? Creo que en realidad no me necesitas aquí, así que mejor me marcho y te espero en la casa.

Altagracia bajó la voz al decir:

--No te atrevas a dejarme sola aquí. He visto a Samuel en el pasillo de los artículos de baño y me parece que no está solo.

--¿A Samuel? ¿Tu novio? ¿Y qué significa eso de que no está solo?

--Pues que está con alguien. Con otra mujer.

En ese momento Yolanda vio que Javier se acercaba con una señora del brazo. Altagracia vio que era la misma mujer a la que había abrazado Samuel. Javier les dijo sonriendo.

--Yolanda, señora Altagracia, les presento a mi madre.

Yolanda se le acercó y le dio un beso en la mejilla. Altagracia parecía una estatua de hielo parada ahí frente al mostrador de la carnicería, mirando a la mujer sin escuchar lo que el dependiente le preguntaba ni lo que Yolanda le decía.

--¿Mamá, qué te pasa?

--Perdón, mucho gusto, señora. Altagracia.

--Elena. Encantada.

--Mamá, ella es Yolanda, la chica de la que te hablé y ella es su mamá.

--Es un placer conocerlas.

--El placer es nuestro, Elena. De compras por lo visto.

--Así es y ustedes también.

--Sí.

¿A qué se debía que estuvieran hablando como párvulos? Se dice que el destino cuando mete la pata, la deja y que sea otro que la saque. Había cierto nerviosismo, pero no se sabía por qué. Respuesta que llegó cuando Samuel vino desde la parte atrás de donde estaban Yolanda y Altagracia diciendo en voz un poco alta.

--Por fin encontré esa leche que tanto te gusta, Elena.

Al llegar al grupo y fijarse en Yolanda y su madre, su palidez fue notoria hasta para las cámaras de seguridad.

--¿Altagracia, qué haces aquí?

--Pues ya ves, Samuel. Comprando algunas cosas. ¿Y tú?

--Este… he venido acompañando a esta amiga.

--¿Ustedes se conocen?— preguntó Elena mirándolos.

Era más el nerviosismo de Samuel, que trataba de hablar sin tartamudear.

--Sí, Altagracia es una clienta de mi puesto de frutas en el mercado.

Altagracia lo miró sintiendo que se abría la tierra bajo sus pies.

--¿Clienta?

--Vaya mamá, creí que ustedes eran novios. – Dijo Yolanda, quizás con un poco de malicia.

--Perdón, un momento— dijo ahora Javier. – ¿Este es el Samuel, novio de tu mamá?

--Así es. — respondió Yolanda. — No me digas que es el mismo Samuel novio de la tuya.

--Hasta ahora pensaba que sí. — dijo Javier.

--¿Alguien me explica lo que está pasando? Casi gritó Elena.

--Que te lo explique Samuel. Nosotras nos vamos. — dijo Altagracia tomando a Yolanda por una mano y manejando el carrito de la compra con la otra. Yolanda no replicó y se dejó llevar haciéndole una seña a Javier de que la llamara luego. Solo escucharon a Samuel tratando de hallar una explicación.

--Escucha, Elena, no es lo que parece…

Por suerte la caja estaba vacía y pudieron salir con rapidez. Una vez afuera, Altagracia llamó uno de los taxis de servicio y se marcharon. Yolanda no dijo nada en todo el camino. Altagracia esperaba cualquier reproche o burla, pero ambas se mantuvieron en silencio. Una vez en la casa, Yolanda se fue a su habitación y Altagracia se quedó en la cocina acomodando lo comprado.

Esperamos sus comentarios. Gracias.


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Escrito por Apolo el 13/06/20

EL VARÓN DE HOJALATA II


Ese lugar cumplía varias funciones; era la única entrada y salida del barrio por ende todos tenían que pasar por ahí.

En la esquina de enfrente estaba la tienda de abarrotes “la Poderosa” una casa donde moría el sol por eso tenía un pequeño techo que cubría la entrada, nos gustaba mirar a la hermosa niña que despachaba, se llamaba “Noelia” y casi nunca la vi fuera de la tienda.

La poca notoriedad del varón por aquella época pasaba desapercibida por nosotros ya que estábamos iniciando el mes de diciembre un mes especial para todos los chicos de nuestra generación.

Aun así no perdíamos oportunidad para preguntar a los vecinos de vez en cuando por la vida del varón, ellos respondían; “No saben ustedes que andan metidos en su casa ahora nosotros que solo lo vemos pasar”. El temor que mis padres supieran que yo había entrado a esa casa me invadió.

De todas maneras por mucho tiempo no se supo mayor cosa de la vida del personaje en mención.

Hasta que el primer día de enero todos en el barrio estaban amanecidos y trasnochados por la celebración de año nuevo. Sin embargo yo me levanté muy temprano salí raudo a buscar a Lucas que estaba a dos casas y le dije que volviéramos a la casa del varón aprovechando que muchos en la calle estaban dormidos.

“Eso” pero llámemos a los demás, dijo Lucas en voz alta, de una emprendimos la difícil tarea.

Ya estando el grupo completo nos acercamos sigilosos y nos detuvo un ruido como el de una conversación, era nada menos y nada más que el varón recitándole un poema al retrato de la mujer que estaba en la pared.

Con una voz sumamente apacible llena de emoción le decía al retrato.

“Volverán las oscuras golondrinas

en tu balcón a sus nidos colgar,

y otra vez con el ala a sus cristales

jugando llamarán.

Pero aquellas que en el vuelo refrenaban

tu hermosura y mi dicha a contemplar,

aquellas que aprendieron nuestros nombres…

¡esas… no volverán!”

No cabe duda que el varón recitaba un poema de Gustavo Adolfo Bécquer poeta español muy conocido por sus rimas, mis amigos me miraron y exclamaron

¡Qué es eso que habla este man!

Les dije; “como se nota que ustedes no saben de eso”, él no está hablando está declamando.

Por un momento discutimos, a tal punto que se puso en riesgo la misión.

Nuestra intención era por fin hablar con él y decirle que queríamos ser su amigo para que nos enseñara a hacer esas esculturas tan bonitas que guardaba en su casa.

El ruido de nuestra discusión dio al traste la misión, de inmediato cerró la puerta y esta sería la última vez que lo veríamos.

Pasaron varios meses y la puerta completamente cerrada, hasta que todos en el barrio se reunieron y decidieron que algunos vecinos entrarían a la casa para averiguar por la vida del varón sin contar con la sorpresa.

La casa estaba vacía no había nada los vecinos no creían lo que le decíamos que alguna vez vimos allí dentro. Nos trataron de mentirosos y farsantes que inventamos esa historia.

Ese desagradable episodio pasó y una noche de abril atacó una tormenta con rayos y vientos fuertes, en mi casa todos empezamos a rezar y se escuchaba un ruido parecido al aletear de aves por el corredor de la entrada.

El amanecer llegó tímido con una espesa niebla acompañada de una ligera llovizna fría, que hacía un panorama fantasmal.

Al desaparecer la niebla lo que vieron nuestros ojos no tenía explicación, una pequeña bandada de palomas blancas revoloteaban alrededor del pequeño parque que los vecinos habían construido para los niños, además todas las esculturas que vimos alguna vez en la casa del varón estaban perfectamente ubicadas en las esquinas,

¿Cómo llegaron ahí?, era la pregunta que todos se hacían.

Nunca alcanzamos a resolver ese acertijo, no se supo cómo se fue el varón de su casa sin dejar huella.

Jamás se supo su verdadero nombre y real ocupación.

¿Cómo fabricó las esculturas?,

¿Cómo regresó a colocarlas sin que nadie lo viera?

Muchas preguntas pero pocas respuestas, para explicar la recóndita vida del protagonista de esta historia.


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Luis Alfredo Arroyo Osorio ©

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Escrito por Apolo el 16/06/20

LA RUTA DEL ALGODÓN


No era fácil transitar por las concurridas calles de Codazzi (Cesar) en el norte de Colombia por allá a principios de los años setenta, la fiebre del oro blanco como le llamaban al cultivo del algodón era el pan de cada día.

El pueblo entero parecía un hormiguero por las miles de personas que recorrían sus calles de arriba abajo y en las fincas algodoneras se sentían la presión de una empresa gigantesca ya que en una sola finca podían trabajar en cosecha hasta mil hombres en la recolección de esta fibra textil que teñía todo el territorio cercano a la serranía del Perijá como si fuese un tapete totalmente blanco.

Apenas despuntaba el alba y los gallos anunciaban el inicio de un nuevo día todos los que se embarcaban en esta aventura olvidaban todas sus desdichas, ingresando monte adentro con un enorme costal en su espalda a la espera de tener un buen jornal con muchos pesos a su haber.

No les importaba pasar hambre o soportar las dolorosas chuzadas de las espinas de la planta que lastimaban las yemas de los dedos, estas muchas veces emanaban sangre como muestra de que el trabajo era cosa de hombres con firmeza de carácter.

Al municipio de Codazzi llegaron personas de todas las regiones del país inclusive personas provenientes de regiones tan lejanas como el viejo caldas y el Tolima. Esto debido a que cuando se trata de buscar fortuna la gente se engancha en viajes inesperados que muchas veces no son lo que esperaban y otras veces resultan sin retorno, todo dependía de la voluntad colocada en la actividad que podía ser fuente de riqueza o al contrario en su peor pesadilla.

De lunes a viernes e inclusive hasta el sábado con los primeros rayos de sol y la tibieza que estos emanaban modestamente suavizados por vientos veraneros, los jornaleros buscaban con afán terminar su labor antes que el resplandor del astro rey mancillara su ímpetu de varón trabajador.

Con regularidad se podía observar los domingos desde tempranas horas, a los jornaleros haciendo compras de útiles de aseo y muchas cosas que los ayudasen a soportar la estadía en una tierra lejana que muchas veces les sacaba una que otra lagrima, al escuchar una canción conocida o al oír el canto de un pajarillo que tiempo atrás veían en su tierra natal.

Al contrario de estos nostálgicos labriegos llegaron otros que solo buscaban dinero para satisfacer sus deseos terrenales no les importaba familia ni nada. Era fácil verlos perder todo los centavos ganados con el sudor de su frente bajo el imperio del vicio del alcohol y la mala vida de los burdeles que proliferaron también en esta zona.

Estos no pensaban que la fiebre del algodón podía ser pasajera a pesar de que muchos finqueros alcanzaron días de gloria y el pueblo se desarrolló como emporio comercial de la región. Desafortunadamente nada es eterno y así como vino la mencionada fiebre del oro blanco así mismo se fue.

Poco a poco las tensiones de la economía mundial y los bajos precios internacionales acompañados del proteccionismo de los subsidios ofrecidos a los cultivadores en los estados unidos, dio como resultado una lenta pero catastrófica disminución de los cultivos.

Las deudas acumuladas por algunos terratenientes cultivadores con los bancos que llegaron a la región como muestra de traer desarrollo hicieron que los grandes sembradíos de la planta menguaran.

En todas las épocas de la historia hay entornos y situaciones que ayudan al desarrollo o decadencia de un territorio, así como el mundo antiguo conoció lo que se llamó la ruta de la seda o el comercio desde china hasta el imperio romano la cual duró aproximadamente dos mil años, Colombia y más exactamente su costa norte también tuvo su apogeo en el comercio con una planta que llenó los bolsillos de muchos y posiblemente calmó por un momento las afugías económicas de otros, en lo que se llamó la ruta de Codazzi y su oro blanco el “Algodón”.


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