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Escrito por Doreli el 06/06/20

EL DUENDE


(Un cuento corto, nacido en Barcelona, España, durante mi estancia del 31 de Diciembre 2015 al 10 de Enero, 2016)

Me llamó el bosque. Me buscaba. Quise resistir… creí lo había logrado.

Me parecía que era más de lo que soportaría.

Los días previos, muy activos, desde mi llegada a Barcelona procedente de mi ciudad en EEUU, había andado arriba abajo. Caminábamos cuadras y cuadras mis amigos Jose y Paquita su esposa, ida y vuelta a todas partes…(estaciones de metro y más y más, con sus largas escalinatas, de nuevo arriba, de nuevo abajo)… mucho más de lo que acostumbro en mi mundo de cemento donde recorro largas distancias ida y vuelta (mi coche y yo… inseparables) jornadas y jornadas… mi vida sobre cuatro neumáticos, nada a pie.

Y el bosque insistió, me llamó de nuevo. Me invitaban Jose y Paqui a que fuéramos de paseo al mentado bosque.

De pronto esa tarde 8 de Enero 2016 después de mediodía, dos días antes de regresarme a mi ciudad de cemento en Chicago, EE.UU (y a mi coche, que de nuevo seria mi inseparable compañero por supuesto)… me dijo Jose…

"solamente te lo pregunto una vez más, por si lo quieres considerar, pero a mí me parece que mañana, día 9, pudiéramos ir a Vacarisses a visitar a Mon (nuestro amigo Ramón) como lo habías expresado hacía más de un mes que deseabas que fueramos a darle una vueltecita para saludarlo".

Respondí,

"Jose, me encantaría ir a saludar a Mon y ver su entorno… visitar el hermoso bosque o alguna parte de él, que he podido notar en fotos que publica Mon y conversar un poco más, ya que sólo fueron dos ocasiones de un par de minutos cada vez, que pudimos saludarnos.

Digo, Mon ha tenido la enorme deferencia aceptar mi invitación a escribir el prólogo para mi nuevo libro… pero tanta actividad que hemos hecho Jose, ya realmente necesitaré descansar mañana, para mi regreso el 10.

Inclusive Jose, te había dicho desde meses atrás que no me programaras ninguna actividad el día antes de mi regreso… y también, un mes antes, cuando surgió la idea de ir a los entornos de Mon, te sugerí programaras esa ida al bosque al inicio de mis días en Barcelona.

Y bueno, no se daban los horarios y compromisos, por diferentes causas y los horarios y compromisos de las personas… y se alinearon las cosas como fueron pudiéndose alinear.

Al inicio, desde antes de mi viaje, cuando Jose me iba comentando cómo iban los compromisos y actividades que estaban programándose para mí, pensé que ya no iría al bosque y de hecho, dije rotundamente "lo siento Jose, no creo poder, ya ando demasiado fatigada, hoy es 8, mañana día 9 descansaré todito el día, sin hacer nada y pasado mañana, será un día larguísimo, incluyendo todo el proceso desde muy de madrugada, alrededor y en torno a mi viaje de regreso”.

Y me volvía a llamar el bosque, me seguía insistiendo. Y no pude seguir diciendo no, la verdad, cedí, no sé ni en qué momento accedí.

Y me encontré con él. ¡Exuberante, mágico, místico y hermoso! Fue respirar su aire perfumado y puro como un regalo… Me abrigó con un día brillante y cálido (debía haber hecho frío según lo comentó Mon, quien vive allá, siendo que es un área montañosa).

El bosque me prestó su naturaleza… me invitó a abrazar sus árboles… me permitió su oxígeno regenerado y recirculado por su follaje extenso en combinación con ese cómplice suyo, el viento.

Me prestó un par de árboles caídos y otro envuelto en madreselva y unas grandes piedras para que pudiera tener un recuerdo, en fotos.

Inclusive, el bosque me dio una sorpresa… salió a la orilla del camino, en lo que íbamos caminando, un hermoso animal. Yo fui la primera en notarlo (hacia la derecha, abajo un poco, entre algunos matorrales) y les llamé la atención a Jose, Paqui y Mon, mis compañeros de paseo, pensando al principio que se trataba de un perro grande, pues en todo el trayecto, diferentes personas nos habían alcanzado y pasado al frente (o cruzado en dirección contraria a nosotros) en sus caminatas rápidas con sus perros de todos tamaños y de cuando en cuando, veíamos que los perros andaban hacia los lados, fuera del camino, haciendo su reconocimiento usual, como curiosos que son.

Era algo así combinación de jabalí (sin los colmillos y sin ser salvaje claro)… parecía un noble amigo, saliendo a la orilla a curiosear a la visitante que no había querido ir al bosque (bueno, es lo que he pensado) y combinación de puerco espín (sin las púas y sin el salvajismo tampoco claro) o simplemente, un cerdo de ancestro milenario… o quizá era un duende… sí, eso tenía que haber sido… un duendecillo en disfraz. Luego se regresó a su hábitat, marchando lentamente y nosotros también, en el camino de asfalto… volví a voltear unas veces y se había esfumado en el místico bosque.

Gracias duendecillo por darme la bienvenida a tu mundo tan lleno de magia y de paso saludar a mis amigos.


Libro de Visitas

Dora Elia Crake Rivas ©

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Escrito por Apolo el 09/06/20

LINCOLN LA LIBÉLULA QUE NO REGRESÓ A CASA


Lincoln era el nombre de una libélula nativa de la gran Canaria en España. Esta pertenecía a la especie Crocothemis erythraea más conocida como libélula roja. Muy común en esas islas al sur de la península ibérica frente a las costas de África.

Las canarias son un archipiélago compuesto por siete islas y se ubican un poco alejadas de la zona continental al igual que las Islas Azores parecen un territorio hostil pero no es así, son regiones llenas con vegetación de amplio follaje y el color verde abunda.

Ese hermoso paisaje era el hogar de Lincoln, desde su nacimiento no conocía tierras más allá de las que sus enormes ojos a gran altura podían divisar. Por esa razón vivía fascinado por las historias que contaban otras osadas libélulas de aventuras vividas en el largo viaje cruzando el océano Atlántico hasta las costas del caribe en América.

Era un viaje largo y agotador contaban en esas historias llenas de fantasía, que aprovechaban las fuerzas de los vientos alisios esos que corren de Este al Oeste bordeando la línea ecuatorial arrastrando inclusive monumentales nubes de arena del gran Sahara.

Esos relatos fueron alimentando en Lincoln un espíritu de libertad el cual hasta ese momento no poseía, el miedo y la falta de decisión lo habían detenido a realizar traslados mayores a dos o tres días.

Una tarde de invierno Lincoln se hallaba muy aburrido porqué sanaba unas heridas causadas por unos niños que cazaban insectos voladores, para colocarles en sus colas unos finos hilillos que según ellos eran mensaje para sus enamoradas.

Esto ocasionaba maltrato en el cuerpo de mariposas, libélulas y todo aquel insecto diestro en desplazamientos a elevadas alturas. Desde aquel momento Lincoln empezó a fantasear como sería viajar cerca de un cumulo de nubes como contaban los relatos de los intrépidos viajantes.

Durante el inicio de cada estación espacialmente en verano se reunían en un sitio estratégico de la isla natal de Lincoln un numeroso grupo de libélulas de diferentes especies.

Estas se alistaban a realizar audaces travesías alrededor del planeta mientras que Lincoln solo se limitaba a ver los preparativos porqué hasta el momento no se animaba a seguirlos.

¿Qué le faltaba a Lincoln para enrolarse al grupo de viajeros? Quizás un aliciente o algo que le espantase los temores que lo agobiaban en su interior.

Para distraerse Lincoln realizaba paseos por los inmensos olivares de la zona mirando el verdor de los bosques, le encantaba posarse sobre las hermosas palmas y ver correr las corrientes que dejaban las lluvias que llegan a la isla influenciadas por el Monzón. Ese cambio estacional de los vientos que trae consigo fuertes precipitaciones en las zonas de clima cálido.

Todo lo anterior llenaba la existencia de Lincoln pero existen situaciones que hacen cambiar de opinión en un momento determinado. Una tarde cuando el otoño finalizaba y se veían con tonos grisáceos los cielos, Lincoln ve pasar a la distancia a la más hermosa hembra que parecía danzarle un vals con el aletear de sus agraciadas alas transparentes.

Lincoln la miraba como el ejemplar perfecto para perpetuar su linaje pero no se atrevía a acercarse a ella por razones obvias. En un arranque de locura o ímpetu varonil tal vez decide llamar la atención de aquella hembra con acrobacias inverosímiles que nunca pensó hacer.

Esa hermosura que miraban sus ojos empezaba a desvelarlo por esa razón empieza el cortejo. Se acerca sigiloso presentándose formalmente preguntándole el nombre de la fémina que le producía una atracción sin control.

La química fue mutua la atractiva libélula hembra le dice que se llama Abril, le cuenta que quedó impresionada con las acrobacias que él le mostró, además le dice que le gustaría tenerlo de compañero en la travesía hacía las tierras del Oeste más allá del horizonte.

Se anima a decirle que todo se está preparando para arrancar el viaje precisamente en estos días cuando el otoño cambia todo de verde a un amarillo cobrizo.

La despedida de la febril pareja terminó con un tierno abrazo como muestra de una romántica seducción que nacía sutilmente.

Un par de días después los tortolos están listos para partir sin temor a lo desconocido porqué viajarían juntos y el grupo que los acompañaba tenía mucha experiencia en esos menesteres.

Partieron un día de noviembre con cielo despejado y un azul profundo con vientos que acelerarían su paso por el temido océano. El viaje transcurría sin novedad esto ayudó a que la pareja cayera en un desliz anunciado y la copula se realizó agradando a ambos.

Cuando la travesía llevaba más de la mitad del trayecto fueron sorprendidos por unos vientos huracanados propios del triángulo de las bermudas y fueron embestidos cruelmente.

El grupo de viajeros de dividió en varias partes dispersándose por todo el firmamento, Lincoln perdió el control de su vuelo precipitándose al vacío impactando en la popa de un buque pesquero.

Del resto del grupo y de la hermosa Abril no se supo nada, quizás esté viva y cuidando la prole de su galán en otras tierras o tal vez tuvo su misma suerte.

Algo en el interior de Lincoln guardaba temores para realizar el viaje pero a veces la suerte le juega una mala pasada a aquellos que la retan.

En la tierra de verdes bosques los cielos se inundaron de inmensos arreboles que afligidos sollozaban la partida de fallido aventurero que no regresó a casa.


Libro de Visitas

Luis Alfredo Arroyo Osorio ©

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Escrito por Apolo el 12/06/20

EL VARÓN DE HOJALATA I


Hace un par de días hablaba con mi hijo menor y él me preguntaba si yo recordaba alguna historia especial cuando era niño, de inmediato la añoranza y el recuerdo de aquella época saltó a la palestra.

Esta es una historia llena de enigmas que sucedió en aquellos años llegando a la adolescencia.

Recuerdo que un día primero de mayo por allá en los años mil novecientos setenta y ocho si la memoria no me falla, llegó a mi barrio un enigmático personaje que nunca pasó desapercibido desde el día de su arribo al populoso sector.

El barrio lo llamaban Kennedy otros le decían El Santuario, el primero hacia honor al teatro a cielo abierto que fue inaugurado el día que asesinaron el presidente de los estados unidos y el segundo por la pequeña capilla construida por la comunidad.

Por esos días una orden de jesuitas llegó al barrio con los primeros colonos que invadieron esos terrenos al comienzo de la década de los años sesenta.

Aquel personaje era totalmente diferente a todos los habitantes del barrio, salía vestido de un inmaculado blanco por las mañanas, con un portafolio de cuero de color marrón que se veía que en algún momento fue último modelo.

Al emprender su camino subiendo la pequeña cuesta de tierra que adornaba la salida del barrio nunca o casi nunca saludaba a nadie, solamente se le escuchaba decir;

¡Buenos días varón! si era un caballero que cruzaba mirada con él, si era mujer ¡Buenos días! a secas.

Cada día que pasaba aquel tipo llamaba más la atención y su forma de vivir no era de una persona común y corriente.

Nadie sabía de donde vino y cuál era su nombre de pila, lo llamaban varón por la muletilla que usualmente utilizaba al intentar conversar brevemente con algún habitante del barrio.

Otra pregunta que nos hacíamos los vecinos era a que se dedicaba y el porqué de su vestimenta blanca y lo más curioso es que al regresar por la tarde ya no vestía traje blanco si no uno “gris”.

¿Dónde se cambió de ropa?

¿De dónde la sacó?;

Esas preguntas retumbaron en nuestra mente una tarde de abril a comienzos de la semana santa.

Poco a poco la intriga y la curiosidad se apoderó de todos en el sector pero sobre todo a mi grupo de amigos que por esa época rondábamos los catorce o quince años de edad y la curiosidad invadía nuestras almas.

El tiempo pasaba y las preguntas sobre aquel misterioso personaje crecían por doquier, a tal punto de que algunos vecinos se dieron a la tarea de seguirlo con tan mala suerte para ellos, porque el varón se percató y se escabulló.

Cosa que hasta el momento nadie sabía la ocupación y que tareas realizaba cuando no estaba en su casa.

Una mañana decembrina mis amigos me fueron a llamar a mi casa para que jugáramos un partido de fútbol en el barrio vecino, todo estaba listo para tal competición pero algo nos detuvo la atención antes de marcharnos a jugar.

La puerta de la casa del varón estaba abierta y se escuchaban unos ruidos extraños, era como un golpe fuerte a un metal. Decidimos por algún momento detenernos y tratar de mirar aunque fuera de reojo que pasaba en aquella casa.

Nadie se atrevía a ir de primero a observar, pero se escuchó la voz de Alberto el más arriesgado de mis amigos que gracias a su arrojo todo le decían “come hierro”, este era el que cuando había discusiones en los partidos era el primero en bolear trompadas sin parar.

Sigilosamente se acercó con una cara de maldad que rápidamente le cambió a una cara de asombro y nos hizo una seña con su mano que trataba de decirnos que ya podíamos llegar todos.

A dicho gesto procedió Lucas “el loco” como le decíamos por un programa de televisión, después siguió Jirwell el burlón del grupo y por último yo.

Lo que vimos nos dejó boquiabiertos la casa estaba sola y el ruido que se escuchaba era una especie de escultura hecha de hojalata con movimiento.

Representaba un herrero pegándole a su yunque en armónicos golpes, todo se lograba gracias a la brisa que le ayudaba a empujar una especie de vela de metal que colgaba del martillo de la escultura, esta al pegar con el yunque se regresaba con la misma fuerza.

Aquello era muy ingenioso y agradable a la vista, cuando estábamos adentro totalmente presos del miedo la adrenalina recorría nuestros cuerpos.

Seguimos observando otras esculturas, unas de menor tamaño y de diferente temática. En un rincón yacía una réplica de la torre Eiffel hecha con radios de bicicleta, aquello era algo majestuoso.

En las paredes cuarteadas estaban tres retratos, uno era el de una mujer que parecía extranjera por la blancura de su piel a pesar de que la foto era a blanco y negro se podía apreciar sus finas facciones. En una esquina del cuadro decía con una letra medio borrosa “te quiero tita”.

Otro cuadro era el de un niño que vestía un mameluco azul con un gorro de marinero y el último suponíamos que era el varón en su juventud.

En una especie de mesita de noche improvisada estaba una biblia, un paquete de cigarrillos medio arrugado de marca ”Lucky Strike“ de cajetilla rojo con blanco y un libro sin caratula.

Lo levanté y al abrir una de sus hojas miré al pie de página que se trataba de la aclamada novela “Cumbres Borrascosas” de la autora Emily Brontë, aquella novelista británica que tomó un seudónimo masculino debido a la época victoriana en donde le prohibían a las mujeres ejercer algún protagonismo.

Todo lo anterior hacían pensar que el varón tenia buen gusto literario y las cosas estaban celosamente puestas en lugares claves para él me imagino, a pesar de que todo la casa era húmeda y un poco oscura con un leve olor a guardado y ropa mal secada.

Por la sorpresa que nos invadía a ver esas cosas raras para nosotros Alberto propuso llevarnos las esculturas pequeñas y Lucas lo apoyaba, de inmediato mi enojo se hizo presente y le arrebaté de las manos a Alberto y casi que peleamos por dicha propuesta tan descabellada.

¡Eso que pretenden es una locura!

Les dije con voz enérgica y les propuse salir de la casa antes de que cualquier vecino se diera cuenta y enseguida fuera con el chisme donde nuestros padres.

Salimos los tres, Alberto en muestra de rebeldía seguía dentro, lo que hicimos fue correr para simular que alguien nos había visto, cuando Alberto se ve solo arranca también en veloz carrera tropezando sin querer una radiola vieja marca Phillips donde el varón escuchaba las noticias a un volumen alto tan alto que hasta mi casa se alcazaba a escuchar. Sobre todo la sección donde hablaba el hermano Pablo con su “mensaje a la conciencia”.

¡Qué hiciste! Todos exclamamos en muestra de angustia, porque que sería de nosotros cuando el varón regresara y su radiola tendría algún desperfecto por causa del golpe con el piso.

Por la nochecita como a las seis cuando el sol daba sus últimos suspiros en el cenit, los chicos del barrio aguardaban la llegada del varón que el abriera la puerta y no notara que allí estuvo alguien.

Por fortuna parece que la vieja radiola quedó ilesa. El varón llegó se sentó en su vieja mecedora de tejido plástico multicolor y la prendió, rodó por varias estaciones radiales y no se quedaba en ninguna parecía como si la estuviera revisando. Al fin decidió sintonizar la radionovela ”Kaliman” aquella que contaba las aventuras de un temerario guerrero que le decían el hombre increíble.

Este luchaba contra el mal y siempre andaba en compañía de un niño egipcio descendientes de faraones llamado Solín.

Su concentración en aquella narración radial era impresionante parecía estar en trance o como si el fuera el mismísimo Kaliman. Al terminar el programa agarró su mecedora y entró en la casa dando muestra de un dolor en la parte baja de la espalda. Cerró la puerta y no me imagino que haría allí dentro, si veía algo raro o movido de su puesto.

La noche lentamente caía, Jirwell uno de mis amigos era hijo único y su madre siempre le llamaba con un grito a viva voz en la calle, era el típico llamado para ir a dormir, como siempre nos hacíamos los locos para decir que no escuchamos. Jirwell dijo:

¡Parece que me están llamando!, le dijimos.

“dile que ahora vas”, que falta la última partida de dominó que está interesante.

Cuando la madre de mi amigo iba por el tercer llamado ya todos decidimos retornar a nuestras casas antes de que se formara la grande con la señora Conchita la madre de nuestro amigo.

El tiempo pasó rápidamente y el verano se hacía notorio con los cielos despejados y más azules que nunca, cosa que aprovechamos para elevar cometas mi pasatiempo favorito.

Las cometas las hacíamos con guadua una especie de caña bastante liviana pero muy resistente al viento, las forrábamos con papel de colores y una cuerda de nylon.

Normalmente me solía reunir con mis amigos en unas de las esquinas favoritas del barrio una casa grande con un corredor amplio y que la dueña cuidaba mucho.

La señora odiaba que nos sentáramos en su corredor a tal punto que le rociaba “kerosene” con la excusa de espantar insectos, pero su verdadera intención era la de impedir que tomáramos esa parte de su casa como mesa de club social.


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Luis Alfredo Arroyo Osorio ©

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