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Será mostrado si existe



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Escrito por Apolo el 01/06/20

Dónde está la bolita


Como de costumbre las calles del centro de la ciudad eran un hervidero a pesar que era la media mañana, el ajetreo de las ventas ambulantes se convertía en la dialéctica diaria de un espacio donde la mano invisible de la cual hablaban los clásicos de la economía se cumplía a cabalidad.

El cruce de personas y de mercaderías se confundía entre transacciones comerciales unas declinadas y otras muy exitosas, todo dependía de la habilidad del vendedor. Eso sucedía bajo un tibio sol que era apaciguado por una suave y melódica brisa que traía sonidos urbanos de una música supuestamente de moda y los infaltables anuncios de ofertas que hacían los animadores en las puertas de los almacenes aledaños.

El olor a comida pasada de condimentos invadía las estrechas calles que a esa hora había que hacer miles de peripecias para poder cruzarlas, los enormes autobuses de colores vivos hacían sonar sus estrepitosas cornetas e iban ocupando más espacio del permitido, obligando a los transeúntes a tirarse de la acera en una operación suicida.

La hora del almuerzo se acercaba tímidamente, mientras que las humaredas que expulsaban esos viejos carros que andaban por la misericordia de dios, era el perfume que impregnaba la ropa de los aciagos caminantes que buscaban un puesto en las atiborradas vías que si pasaba la gente no pasaban los carros o viceversa.

A unos pasos de los amplios corredores de la gran plaza central venía caminando un astuto muchachito que decía conocer las reglas de la jungla de cemento la cual ha sido su escuela desde hace varios años atrás. Con su intrépido caminado al estilo de Pedro Navaja o Juanito Alimaña paseaba mirando vitrinas y todo aquello que le llamase la atención.

Cuando llegó al redondel de la plaza donde se hallaba una fuente que solo prendía por las noches se sorprende al ver a varias personas reunidas alrededor de una pequeña mesa. En ella varios individuos miraban sin pestañear las peripecias que hacía el supuesto artista del momento el cual movía a ras de la mesa tres tapas de refrescos y decía estas palabras;

¿Dónde está la bolita, Dónde está la bolita, Dónde está la bolita?

Eso llamó la atención del joven que no entendía muy bien de que se trataba el supuesto juego, pero como la curiosidad mató al gato dicen por ahí se acerca disimuladamente mostrando en su cara una leve sonrisa, dando muestra de ser un luchador callejero y con una voz recia producto de su ronquido adolescente pregunta a los que rodeaban la mesa;

¿De qué se trata el juego?

Ellos le cuentan brevemente la mecánica del mencionado juego diciéndole que si adivina en cuál de las tres tapas el animador esconde la bolita se gana todo lo apostado por los demás.

Algo muy tentador para aquel muchacho que se las daba de tahúr solo por el hecho de ser asiduo habitante de las esquinas. Sin pensarlo dos veces alza el brazo cuando el animador del juego pregunta;

¿Quién quiere probar suerte?

De inmediato saca de sus bolsillos el dinero que le había dado su madre para que consiguiera cosas para el almuerzo y otras más que necesitaban urgente en su casa.

Lógicamente fue animado por los otros que rodeaban a la mesa de juego, eso lo alentó para que entregase el dinero como producto de la apuesta. El animador del juego comienza su pantomima deslizando las tapas por la superficie de la mesa y mostrando la bolita que guardaría en una de ellas para que los apostadores le adivinaran. Cuando el animador termina, hace la pregunta de rigor;

¿Dónde está la bolita?

El muchacho levantó la segunda tapa y desgraciadamente perdió el dinero frente a la mirada atónita de los que lo rodeaban, estos le dieron dos palmaditas en el hombro y se marcharon con el animador en busca de otros incautos.


Libro de Visitas

Luis Alfredo Arroyo Osorio ©

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Escrito por Prometheus el 02/06/20

La Maldición VII


--No hagas todo el trabajo. Yo también quiero aportar.

Javier rio ante el comentario.

--Tranquila. Ya llegará tu turno. Me toca a mí ahora.

Javier sabía que debía poner todo sus conocimientos en la tarea. De él dependía que Yolanda se fuera a su casa con una sonrisa y con ganas de querer volver. Así que se dedicó a besar sus muslos, sus caderas. Le dio la vuelta para besar sus nalgas y lamer entre las mismas. Yolanda jadeó como quien se ahoga. No quería pensar en lo que no se hacía y lo que sí en la intimidad entre una pareja. No quería pensar en que había cosas prohibidas. Puede que fuera virgen, que su experiencia en lo sexual fuera nula, pero no era tonta y sabía que el momento había llegado. Javier metió la cabeza entre sus piernas y le comió literalmente la vagina. Lamió, succionó, hurgó entre los pliegues agridulces que segregaban un fluido viscoso con el que se deleitaba más y más.

Yolanda retorcía sus pezones para evadir de su cerebro el placer que la mortificaba. Vulgarmente hablando, Javier se lo estaba mamando. Una clase de sexo oral o cunnilingus, como científica y oficialmente se le llamaba a ese acto. Por más teorías que había escuchado al respecto, nada superaba la práctica en concreto de un hecho. Sentía la lengua de Javier retorcerse dentro de ella, como una serpiente que horadaba el suelo, buscando ya fuera agua o alimento. Se estaba diluyendo por dentro. Sus entrañas se habían vuelto líquido que se escapaba por su vagina virgen hasta el momento. Ya sabía a ciencia cierta lo que era un orgasmo avasallador como rio desbordado. Pero lo de ahora era un volcán gigantesco en erupción perpetua. No supo por cuanto tiempo perdió la noción del mismo. Parecía que acababa de llegar de un viaje por el último confín del universo. Abrió los ojos y como la vez anterior ahí estaba Javier a su lado, mirándola, esperándola.

--¿Estás lista?

Ella lo miró como perdida.

--¿Para qué?

--Para lo que sigue.

--¿Es que faltan más cosas hoy?

--Dime algo. ¿Te ha gustado lo que has sentido?

--Bueno, si pienso que me he sentido morir, debería no haberme gustado, pero la verdad es que es algo que quisiera sentir siempre.

--Como te dije antes, en cada persona se siente diferente. Unos son más intensos que otros, pero aun te falta la mejor parte.

--¿La parte donde me haces el amor?

--Sí, si quieres.

--Sí quiero, ¿Dime que tengo que hacer?

--Bueno, antes te había dicho que te concentraras en sentir y que te mantuvieras tranquila mientras yo hacía lo que había que hacer, pero ahora creo que debes ser parte activa.

--Sí, sí, quiero ser parte activa.

--Muy bien. Te sentarás encima de mí. Con cuidado porque al principio duele un poco, pero luego olvidarás ese dolor y lo convertirás en placer. ¿Qué te parece la idea?

--Me parece muy bien. ¿Cuándo empiezo?

--Cuando estés lista.

--Pero, no sé cuándo estoy lista.

--Yo te diré.

Javier tocó levemente la parte anterior a la entrada de la vagina y Yolanda se estremeció un poco. Estaba totalmente mojada. Definitivamente estaba lista.

--Creo que ya estás lista.

Ya no hablaron más. Yolanda tocó el pene caliente y duro como un trozo de hierro. Por suerte para ella, era de un tamaño normal, aunque en ese momento no lo sabía y la verdad era que en su mano pequeña, se veía inmenso. No lo pensó mucho. No había llegado tan lejos para detenerse ahora. Con mucho cuidado colocó su vagina sobre el glande color rosa oscuro. Pensó en hacer lo mismo que cuando el agua estaba más fría de la cuenta a la hora de bañarse. Respirar profundamente y meterse bajo el chorro. Pero no se decidía, en realidad tenía miedo. Había oído decir que dolía muchísimo y que sangraba un montón. Esa parte de la sangre le gustaba menos que lo de sentir dolor. No sabía qué hacer.

--Javier, tengo miedo.

--¿Quieres que te ayude?

--¿Cómo lo harás?

--Usaré la técnica de la distracción.

--¿Y cómo es?

--Si te lo digo no funcionará.

--Pues úsala y no me hagas caso. Haz lo necesario para que me borres este complejo de niñería que me tiene harta.

Javier

Volvió a colocarla bocarriba y el encima de ella. Le dijo que abriera las piernas lo más que pudiera aunque se sintiera incomoda, que sería solo un momento. Javier tomo su miembro en la mano y empezó a acariciar el clítoris de Yolanda muy despacio. Ella comenzó a gemir con suavidad. Javier empujaba el pene contra el himen sin hacer fuerza, solamente para que ella sintiera la presión. Bajó la cabeza y empezó a lamerle un pezón. Dios, eso era tan excitante, que por un momento Yolanda se olvidó de lo demás. En lo mejor de la lingual caricia, Javier mordió el pezón. Con fuerza, no tanta como para arrancárselo, aunque Yolanda pensara que sí. Lanzó un grito de dolor y en ese mismo instante Javier la penetró. Y se quedó quieto un instante. El repentino dolor no permitió que Yolanda procesara lo que había sucedido. Coño, eso dolió un montón. Ahora Javier se movía en vaivén, despacio, muy despacio, para que no se le hiciera una rozadura en la delicada piel.

Más pronto que tarde, Yolanda comenzó a gemir de otra manera. Era el mismo placer, pero diferente. O ¿era un placer diferente sentido en el mismo lugar? No lo sabía ni le importaba. Lo único que tenía sentido en ese instante, era que estaba sincronizando los movimientos de sus caderas con los de la cintura de Javier. Él venía y ella iba y se encontraban a mitad de camino. Sus pelvis chocaban y se oía una explosión en su interior. Un BUM atronador que la dejaba aniquilada en una décima de segundo y todo volvía a empezar de nuevo. Ninguno de los dos habló de protección en ningún momento. No se mencionaron ETS ni posibilidades de embarazo, solo se concentraron en el momento que estaban viviendo. Yolanda estaba siendo víctima de la famosa contradicción amatoria. Detente, no te atrevas. Sácamelo, ni se te ocurra, etc.

Javier imprimió más velocidad a sus movimientos. Yolanda sentía que se le estaban licuando las entrañas. Gemía, jadeaba, gritaba, se le iba la voz, se le paraba la respiración y así, hasta que Javier, con un grito de guerra indio, depositó en su interior un rio de lava hirviente que le limpió el alma. Cayó sobre ella roto, desarticulado, hecho polvo. Yolanda apenas podía moverse. Estaba como en trance, pero sabía que debía levantarse porque ya era tarde, se le había hecho de noche y Altagracia seguramente estaba preocupadísima. Pero no quería ni hablar. Solamente quedarse así. Con Javier sobre ella, dentro de ella, siempre a su lado.

La razón pudo más y después de un gran esfuerzo se levantaron. Se vistieron como robots y Javier la acompaño a su casa. En la entrada de la misma, cuando llegaron, estaba Altagracia que miró a Javier de manera interrogante. Javier esperaba que Yolanda le presentara a su madre, pero no fue así. Ella lo despidió con un beso en la mejilla hasta el día siguiente en la escuela. Altagracia pensaría que era un compañero de clases y ella se ahorraría explicaciones.

Yolanda entro a la casa con un ´´Hola, mamá´´ y se fue a su cuarto. Altagracia se quedó con la disyuntiva de si le preguntaba dónde estaba y quién era el muchacho. Decidió dejarlo pasar por ese día.

Yolanda estaba en exámenes y no quería estresarla más. Pero tendrían que hablar tarde o temprano. Después de lo sucedido con Héctor a la muchacha le habían salido alas y se le estaba escapando de las manos.

Como siempre amigos, gracias por sus comentarios.


Libro de Visitas

Freddys Moretta ©

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Escrito por Apolo el 05/06/20

NADIE SE MUERE EN LA VÍSPERA


El ambiente se tornaba tenso en el interior de la gran factoría ubicada en un bullicioso sector de la ciudad bastante alejado del centro. En ella se producían toallas, sábanas, manteles y todo lo relacionado con la lencería del hogar.

El calor en el interior era sofocante, las calderas trabajaban a toda máquina y las tres chimeneas que se erigían en el techo emanaban un humo blancuzco que cambiaba de dirección por efecto de la brisa veranera que azotaba por aquellos días.

En un rincón de la gran planta se hallaba unos de los mecánicos más expertos, de nombre Carlos pero de forma irónica el mismo se hacía llamar “El Chacal”, emulando al renombrado personaje venezolano que solía aparecer en las páginas de los diarios en las décadas de los años setenta y ochenta.

Este atento vigilaba el trajinar de los estrepitosos troqueles que armaban todo la infraestructura de la fábrica. El individuo daba dos pasos adelante y uno atrás mostrando atención a su trabajo, Él era muy conocido dentro de la planta como fuera de ella.

Antes de entrar se paraba en la puerta de la factoría con las manos en los bolsillos y comentaba las ultimas noticias con varios compañeros de trabajo, además no era raro verlo hacerle chanzas a los chicos que entraban muy temprano a la escuela primeria que se hallaba a otro lado de la calle. Con buena intención sin ánimo de burla es más era una voz de aliento para que los chicos subieran la moral y dejaran la flojera que se avistaba en algunos.

Sin recelo despuntaba su cajetilla de cigarrillos de esos importados con sabor a mentol, a pesar de tener terminantemente prohibido fumar no se inmutaba en prender el cigarro mientras degustaba la cuarta taza de café matinal.

Además del café compraba en la chaza del “Mono” un pan de galapita para desmigárselo a las palomas.

Luego de pasar la puerta con una marcha lenta después de haber metido su tarjeta de control en el reloj cruzaba el pasadizo para ingresar con un grito de “buenos días” tan duro que se escuchaba en toda la planta a tal punto que muchos pensaban que estaba loco.

Paso seguido como si fuese religión saludaba a las dos secretarias piropeándolas con un dejo de morbosidad que al parecer las mujeres estaban acostumbradas, ellas muchas veces no se inmutaban sino que ambas se miraban y con leve gesto en sus bocas daban entrever que no le causaba ni frío ni calor.

Hace un par de días repitió su rutina a la perfección, como siempre el desparpajo lo acompaño y su pinta dominguera se la puso de nuevo para impactar según él a las hembritas que podría divisar antes de entrar al trabajo.

No tardó en divisar una hermosa dama que se acicalaba el cabello mientras a paso corto transitaba muy cerca de la factoría, casi de inmediato el mencionado individuo especula el piropo que le exclamaría a la chica que contoneaba sus caderas al percatarse que era observada por un grupo de galanes en la otra acera.

Sin reparo el chacal le suelta los perros a la chica y le dice;

¡Adiós mamita… con esas curvas y yo sin frenos… dime cosita rica de que juguetería te escapaste muñeca!

Cuando la muchacha escucha semejante adefesio se lo queda mirando y le pega un torsión de ojos muy hiriente. Carlos no esperaba esa aireada reacción porque ingenuamente pensó que le gustaría.

Antes de que la chica se le perdiera de vista el hombre se saca su ponzoña y le dice;

¡Pa joderte… sabes una cosa muchareja… que en el sancocho de mi corazón tu eres el pedazo de yuca que me salió rucha!

Sin despeinarse procede a entrar como lo hace diariamente a comenzar su monótona jornada laboral.

Durante toda la mañana estuvo pensando en el feo que le hizo la chica sin cavilar que fue el que se portó como un truhan.

La hora del almuerzo llegó sin afanes, el herido hombre no podía ocultar su enfado por lo sucedido en la mañana, hasta el punto que al llegar a la fonda de las comidas que quedaba a dos cuadras de la factoría era el único que no había elegido su menú.

La fondera de las comidas le lanza la pregunta de rigor;

¡Don Carlos que va a pedir hoy!

En medio de un mutismo manifiesto el hombre le dice;

¡Sírvame algo poderoso… que esta tarde necesito fuerzas!

¡Y eso!

Preguntó la fondera con un aire de curiosidad.

Carlos le responde sin vacilar:

¡Mañana es el día de la virgen del Carmen y como devoto de ella voy a comenzar a beber ron desde hoy… y mañana me pego una borrachera de cuatro pisos!

Un compañero de trabajo le dice en voz alta;

¡Mira Carlos… recuerda que hace dos semanas tuviste maluco de salud, me dijeron que te falló el “mango”, refiriendo aquel hombre al corazón de Carlos!

El hombre responde de forma soez y sin asco;

¡Tú eres marica o qué… nadie se muere en la víspera!

Evidentemente esa frase es muy popular, pero la verdad es que al día siguiente nada fue igual en la factoría. Nadie tomó café en la entrada y mucho menos nadie se burló de los niños de la escuela primaria y sobre todo nadie entró a la fábrica con un ruidoso “Buenos días”, aunque las dos secretarias muy temprano echaban de menos el morboso piropo, mientras que en las afueras las palomas revoloteaban buscando sus migajas de pan.


Libro de Visitas

Luis Alfredo Arroyo Osorio ©

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