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Será mostrado si existe



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Escrito por Prometheus el 27/05/20

La Maldición VI


--Tienes razón y no lo haré. No viviré la vida con los malos recuerdos. Me enfrentaré a lo que venga y siempre a la ofensiva.

--Muy bien, así se habla. ¿Te gustaría ir a mi casa? mi madre seguramente no está y podríamos estar tranquilos, además tengo hambre y así preparo algo de comer.

--¿Sabes cocinar?--preguntó Yolanda mientras se ponía de pie.

--Sé freír huevos.--respondió él riendo también.

Llegaron a la casa de Javier. Yolanda miró a todos lados. Era una casa modesta si la comparaba con la suya. Javier la invitó a sentarse mientras preparaba algo de comer. Abrió la pequeña despensa a ver que encontraba. Que suerte, había huevos y algunas rodajas de pan. También encontró un trozo de salchichón en el refrigerador. Lo llevó todo a la pequeña mesa cerca de la estufa y empezó a picar tomates y cebollas y otros ingredientes que halló en buen estado. Frió todo lo que encontró. La verdad es que olía muy bien se dijo Yolanda. Sirvió en dos platos y le guardó un poco a su madre para cuando volviera de trabajar. Buscó algo de beber. Había media botella de cerveza, un poco de jugo de naranja y un envase con leche. Le sirvió jugo a Yolanda y el agarró la botella de cerveza. Se sentaron en la pequeña salita y disfrutaron de la frugal comida en silencio. Lo cierto es que Yolanda disfrutó cada momento, incluso declinó tomarse el jugo para compartir la cerveza. Javier estaba encantado. La chica le gustaba más y más y cada momento. Al terminar ella lo ayudó a lavar los platos y a recoger un poco el desorden. Ella reía diciendo que si su madre la veía limpiando y recogiendo tal desorden, le daba un infarto porque en su casa no movía un dedo. Se fueron a la habitación de Javier y también dejaron el lugar totalmente pulcro. Yolanda se sentó en la cama y se estrujaba un poco los dedos. Javier la miraba con deseo, no podía negarlo.

--Oye, me gustaría besarte.--dijo él desde el lugar en donde estaba parado. Yolanda lo miró sin saber que responderle.

--No tengo mucha experiencia en besos, así que no te lo recomiendo. Aunque claro, dijiste que querías besarme, no que yo te besara a ti.

--Sabes que los besos son cosas de dos.

--En teoría, sí. Pero te repito, no sé besar.

--¿Y si te enseño?

--Podríamos probar a ver si aprendo, pero soy muy bruta para esto de las relaciones.

--Entonces vamos a intentarlo. ¿Prometes poner de tu parte?

--Lo prometo.

Javier se sentó a su lado y le tomó la barbilla mientras acercaba su boca a la de ella.

Yolanda sintió sus labios y el instinto le hizo abrir un poco la boca que hasta el momento estaba herméticamente sellada. Javier usó la punta de su lengua para lamer un poco los labios de Yolanda que tenía más ganas de alejarse que de otra cosa, pero quiso cumplir con su promesa de colaborar. Javier fue un poco más osado en su avance. Abrió más su boca para abarcar un poco más la de Yolanda. Su lengua fue más adentro. Los dientes, las encías, y la propia lengua de Yolanda que parecía despertar al contacto de la de Javier. Él le indicaba como hacerlo, le trazaba pautas y se reían de la torpeza de Yolanda. Bueno, no es que se fuera a volver una experta en besos de un segundo a otro, pero al menos evitaba que sus dientes chocaran con los de Javier. Pero la perseverancia triunfa ante la apatía y apenas cinco minutos más tarde, ya sabían enredar sus lenguas y compartir la saliva sin que les diera asco. Puede que Yolanda no fuera una experta en relaciones, pero tampoco era tonta y conocía el probable final de esa historia.

La ropa estaba hecha un montón en el piso frente a la cama. Ambos aun conservaban sus interiores, al menos la parte de abajo, pero sabían que no estarían mucho tiempo así. Yolanda sabía que perder su virginidad era muy importante. Le había prometido a su madre no tener relaciones hasta que se casara, pero ya no era la Yolanda de antes. Después de lo de Héctor, sentía que ya no le debía nada a Altagracia. Las decisiones que tomara de ahora en adelante serían de su única y exclusiva incumbencia. Así que simplemente se dejó llevar por el instinto. ¿Amaba a Javier? No lo sabía y en ese momento no le importaba. Él le besaba el cuello y le mordía con delicadeza los lóbulos de las orejas. Para ser un chico tan joven, al parecer tenía mucha experiencia con las mujeres. Yolanda iba subiendo grados en sus niveles de éxtasis. Un calor extraño subía por sus piernas y se concentraba entre sus muslos. Y en su columna vertebral, desde su coxis hasta su nuca. Gemidos y quejidos involuntarios escapaban por su boca sin que pudiera evitarlo. Javier ya iba por su ombligo. ¿Hacia dónde diablos iba? Estaba segura de que le preguntó, pero no escuchó la pregunta salir de su boca. Javier empezó a besarla en el pubis por encima del pantaloncito, el cual estaba muy húmedo de sus propios fluidos. Él hizo el intento de quitárselos, pero ella no estaba lista al parecer. No es que se negara, pero tenía miedo y así se lo dijo.

--Hey, tranquila. Es lo normal tener miedo la primera vez. Si no quieres ahora no pasa nada.

--Si quiero, pero, no sé. Es mi primera vez.

--¿Eres virgen? No me habías dicho nada.

--Bueno, tampoco era algo para meter en la conversación después de la comida.

--Sí, tienes razón. Lo siento, no fue así que lo quise expresar.

--No, discúlpame a mí. Estoy sonando como una mojigata caprichosa. Quiero hacerlo contigo. Ahora.

--¿Estás segura?

--Sí, si lo estoy. Ven.

Javier se subió a la cama con un poco más de ímpetu que antes. Ahora que tenía una especie de permiso no quiso perder mucho tiempo por si Yolanda sufría otro ataque de sentimiento de culpa. Pero trataría de hacerlo bien. No se precipitaría, lo llevaría todo a su ritmo. Ella, después de esa noche, no lo iba a olvidar nunca. El beso en la boca fue correspondido con entusiasmo por parte de ella. Javier sonrió para sí. Estaba aprendiendo. Ya no chocaba los dientes y usaba mucho más la lengua, incluso llegó a chupar la suya por un momento. Él estaba muy excitado y se quitó el calzoncillo para que ella se fuera acostumbrando a su erección. Pero no le diría nada. Dejaría que ella tomara la iniciativa. Yolanda, con mucha lentitud fue bajando la mano hasta tocar el miembro viril que parecía quemar de tan caliente. Lo apretaba suavemente algunas veces y un poco más fuerte otras. Para tener una nula experiencia sexual, a Javier le estaba encantando lo que le estaba haciendo.

--Sigue así, cariño. Sigue así. Me gusta mucho lo que me haces.

Yolanda, supiera o no lo que estaba haciendo, empezó a masturbarlo, mientras Javier se comía sus senos. Los pezones de Yolanda estaban duros como el granito y gemía muy quedo, como si le avergonzara que él la escuchara. Pero eran gemidos involuntarios que salían de su boca sin querer. Con gran habilidad, Javier le había quitado el panty y con la ligereza del aleteo de una mariposa, acariciaba su clítoris y la entrada de su vagina con un dedo o dos. Yolanda, que nunca se había tocado con intención de procurarse placer, se sintió transportada a una especie de cielo con colores desconocidos. De su boca escapaba un hilo de baba sin que se diera cuenta. Sus ojos en blanco mirando el vacío en el techo. Había olvidado que tenía en pene de Javier en su mano y que se supone estaba haciendo algo con él. Javier se había emocionado con las caricias prodigadas a la intimidad de la muchacha.

Yolanda sentía que se ahogaba. El aire no le llegaba a los pulmones y un tuvo que dar un grito para liberarse y buscar oxígeno donde lo hallara. Una explosión no habría causado una devastación tal como la tenía en su cabeza. Javier estaba satisfecho. La dejó recuperarse. Se recostó a su lado. Le acariciaba el cabello y las mejillas. Yolanda, con las piernas juntas y los brazos sobre los pechos, abrió los ojos y miró a Javier acariciándolo a su vez con la mirada. Acercó su cara a la de él y se besaron con lentitud, como si tuvieran todo el tiempo del mundo.

--¿Qué fue lo que me hiciste? Creí que me iba a morir.

--Te provoqué un orgasmo. ¿Acaso nunca habías tenido uno?

--No. Jamás. Nunca me he tocado. Se supone que no debo hacerlo, pero ahora todas esas cosas me importan un pepino. Debo estar loca, porque a pesar de que me sentí morir, quiero sentirlo otra vez. ¿Es difícil?

--Tengo entendido que en cada mujer es diferente, pero básicamente se siente igual. Unos son más intensos que otros, imagino que eso depende de las circunstancias en que uno de halle. Pero si quieres probar con otro vamos a intentar de otra manera.

--Muy bien. ¿Qué debo hacer?

--Quédate acostada y déjame hacer a mí. Solo preocúpate de sentir.

Por favor lectores, sus comentarios son sumamente importantes para mí, porque es lo que me motiva a continuar la historia. Gracias.


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Freddys Moretta ©

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Escrito por Apolo el 28/05/20

SE ACABÓ LA PELíCULA


Era un lunes por la tarde los aficionados al cine de adultos se amontonaban a mirar los carteles que se hallaban pegados en el vestíbulo del viejo teatro, en ellos se apreciaban hermosas mujeres muy ligeras de ropas y otras totalmente desnudas en poses sugestivas.

Sin ser adivino se podía intuir el nombre de la cinta que sería presentada unos minutos más tarde cuando la negrura de la noche dejase ver las escenas claramente ya que el teatro no contaba con techo.

En corto tiempo la taquilla se abarrotó de afanosos cinéfilos amantes del erotismo que derrochaban esas películas, luego de comprar el boleto pasaban la reja medio oxidada que resguardaba la entrada y desfilaban a tomar un puesto de privilegio en la enorme sala, esta yacía con sus ochenta sillas de latón que todavía se les podía palpar el calor que tomaron durante el día y la rectangular pared blanca un poco curva de doce metros de largo por seis metros de alto que servía de pantalla.

Ninguno de estos desesperados fanáticos de las perversas escenas del cine porno musitaba frase alguna, todos estampillados en su asiento no veían la hora que el proyector arrancara y las hermosas mujeres rubias, blancas y a veces morenas comenzaran a desvestirse y así estos atortolados espectadores empezaban a dar rienda suelta a sus fantasías.

Mientras eso ocurría adentro, en las afueras del teatro se podían escuchar los gemidos estrepitosos de las protagonistas que alcanzaban a enloquecer a aquellos que por ser menores de edad o por no contar con el dinero para el boleto solo se conformaban con mirar de lejos lo poco que las empinadas paredes le dejasen ver el resto era pura imaginación.

Entre tanto un avispado morador del barrio bastante cercano al teatro donde la pantalla se podía divisar desde el solar detrás de su casa, decidió esa noche alquilar las ramas de un frondoso árbol de caucho para esos que no alcanzaron a entrar a la función y así pudiesen observar parte de la cinta que ya estaba bastante avanzada, eso se alcanzaba a distinguir por la música de fondo y la ausencia de diálogo entre los actores.

Subieron al árbol tres individuos, dos ya mayores que no tenían nada que perder y un mozalbete con ínfulas de adulto, los cuales pagaron al dueño del árbol cinco veces menos del valor del boleto del teatro.

Sigilosamente se acomodaron para no perder detalle alguno de lo que sus ojos veían en ese momento, aunque un poco incómodo ninguno decía nada solo les importaba alimentar la lujuria que dominaba sus cuerpos.

Cuando apenas transcurrían unos diez minutos desde que los tres individuos se colgaron del árbol como primates para mirar de lejos aquellas escenas cargadas de sensualidad y un desbordado erotismo, llegó la madre del menor que nadie sabe de dónde salió y se le presentó con cara de pocos amigos llamándolo por su nombre de pila delante de todos. El desconcierto fue total y la gritería de la señora llamando a su hijo subió de tono al tal punto que alborotó la casa y todos los presentes salieron a ver el zaperoco que se armó.

La señora se equipó con una estilla de madera amenazando a su hijo que si no bajaba del árbol lo bajaba ella a punta de tablazos. En medio del desespero del muchacho por escapar de su furiosa madre pasa a un árbol vecino de coco el cual se hallaba plagado de unas enormes hormigas rojas gigantes o “arranca pellejo” como eran conocidas popularmente.

Fue peor la cura que la enfermedad, el pobre chico fue masacrado por los insectos y no le quedó otro remedio que bajar del altísimo árbol, pero para no tirarse se bajó poco a poco arrastrándose por el tronco del mencionado cocotero que le ocasionaron raspaduras en la frente, el pecho y las piernas.

Cuando tocó tierra el chico se rindió ante los ojos de su enfurecida madre la cual se la llevaban los diablos de la rabia, sus fosas nasales lucían abultadas y sus manos temblaban producto de la contrariedad que le produjo la acción de su hijo.

Para redondear faena la señora toma a su retoño por la mano a pesar de que casi estaba de su tamaño y lo remata dándole una tunda con la estilla de madera, a su vez con mucha rabia le repetía;

¡Se acabó la película!, ¡Se acabó la película!, ¡Se acabó la película!


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Luis Alfredo Arroyo Osorio ©

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Escrito por El gato el 30/05/20

Game Over


La noticia estremeció los mismos cimientos del más grande desarrollador tecnológico de todos los tiempos. Los cinco más encumbrados y mejor pagados científicos de Microsoft dejaron la empresa sin previo aviso abandonando sus suntuosas residencias sin dejar rastro alguno. Por meses ejecutivos y directivos de la empresa emplearon sus más refinados métodos de búsqueda sin ningún resultado. Se habían esfumado en el aire.

Ocho meses después, una novata desarrolladora de software, “Eylen Games”, lanzaba al mercado el que sería el juego de guerra online más adictivo de todos los tiempos, “Global War”, al que se podía acceder desde cualquier computadora absolutamente gratis.

Microsoft no cabía en su asombro cuando vio en la nómina de Eylen Games a sus científicos desertores. Las averiguaciones acerca de la empresa llevaban a un oscuro consorcio de contratistas del estado que habían fundado la empresa de la nada. Alojada en un remoto paraje desértico, las instalaciones de Eylen Games constaban de solo un austero y gris edificio de hormigón con un sobrio cartel en su frente que identificaba el emplazamiento.

Y nada más, ni un solo dato se podía conseguir de la empresa. Solo eso…

Josuel, con sus jóvenes catorce, era todo lo que un hijo debía ser para sus modernos padres. Cursaba el secundario sin problemas de ningún tipo y sus únicas adicciones eran la Play Station y Global War, esta última superando por mucho la primera. Había terminado de cenar y, como todas las noches, se dirigió a su habitación para dedicar lo restante del día a su amada actividad, mientras sus padres, ignorándolo amorosamente, se dedicaban a chatear vía celular con sus amigos o miraban online su serie favorita. ¿Qué importaba lo que hiciera el crío mientras ellos pudieran gozar de sus propias adicciones?. Y después de todo, ¿Qué mal podría hacer a otros o a si mismo encerrado en su habitación?. No había de que preocuparse.

Josuel se había logueado en Global War un año atrás. Al principio comenzó jugando en forma gratuita, tal como el juego lo permitía, pero como el progreso y la capacidad de maniobra de esta manera era muy limitada comenzó a comprar utilidades usando a escondidas la Visa de su madre, que siempre la dejaba tirada en cualquier lado. Naturalmente los importes que invertía no eran para nada escandalosos por lo que pasaban totalmente desapercibidos en los resúmenes mensuales de Visa.

Ya frente a su máquina ingresó en el juego en busca de una nueva aventura, tipeando su nombre de usuario, “KAT32” y su contraseña. A medida que pasaban los meses se había convertido en el comandante de la brigada, revelándose como un hábil e inteligente estratega. Capitaneaba a un grupo de cien usuarios y, merced a su considerable desarrollo y sus habituales victorias en las misiones que le encomendaba el juego, tenía acceso a un arsenal de buen porte. Esa noche, no obstante, lo que vio al ingresar lo desalentó bastante. Tan solo diez de sus guerreros estaban online. Como consecuencia la misión encomendada seguramente sería de bajo perfil y poco puntaje. En Global War las acciones bélicas eran entre máquinas, la presencia humana no existía, es decir, ningún humano moría ni era lastimado en este juego. Parecía como si los desarrolladores hubieran puesto especial énfasis en este detalle.

Sin embargo, esto no parecía declinar el interés, por el contrario, el exquisito detalle puesto en el diseño gráfico difícilmente podría ser superado en un futuro cercano, lo realista de las definiciones eran formidables como así también el desarrollo del juego.

Como lo había temido el “TARGET” asignado de baja estofa, claro, ¿qué se podía esperar de un comando de diez miembros?, muy poco, por lo tanto la misión estaba a la altura de las circunstancias. No obstante esto Josuel sacó de su garage el “COMMANDER TANK”, un vehículo de diez metros de envergadura por cuatro de ancho, fuertemente blindado y armado con misiles tierra-tierra, lanzallamas y tres cañones de veintinueve milímetros. En la parte trasera se leía “KAT32”, identificando su preciada posesión. Era el arma de destrucción más poderosa que ofrecía el juego y llegar a poseerlo le fue sumamente difícil. Por supuesto esta infernal máquina no existía en la vida real y solo era una maquinación de los desarrolladores, esto lo aclaraban desde el juego de la forma más clara y explícita posible. Observó que entre los que estaban online no había ningún miembro de la aviación pero no creía que fuera necesario para la minúscula misión asignada. De todas maneras la elección del COMMANDER TANK había resultado acertada porque supliría la acción aérea con su poder de fuego. Pero el desaliento fue en aumento cuando siguió observando a su comando. Solo usuarios de pequeños tanques de mediano a bajo poder de fuego y algunos pocos de helicópteros de combate fuertes.

“Ok…” se dijo a si mismo… “Es lo que hay…”.

Evidentemente esta noche contaría con mayoría de novatos. Dispuso las filas de ataque enviando en primera línea a los tanques pequeños para que se situaran a trescientos metros del emplazamiento enemigo colocando por detrás a los HELIS como apoyo. Al notar su presencia el enemigo envío una miríada de pequeños vehículos artillados pero sin blindaje.

“Suicidas”, pensó Josuel. Y así fue.

Los pequeños tanques por él dispuestos apenas sufrieron arañazos mientras que los doscientos vehículos enemigos fueron volatilizados por los ochenta pequeños tanques de su escuadrón en menos de diez segundos. Las defensas del emplazamiento enemigo tampoco mostraban solidez alguna por lo que Josuel suponía que se trataba de un grupo de novatos con poco tiempo en el juego. Ordenó seguir con el avance y a poco menos de doscientos metros las baterías enemigas abrieron fuego. Mientras su tanque se mantenía a retaguardia ordenó a los HELIS artillados y con mejor blindaje que avanzaran por sobre la línea de tanques.

Era patético.

Cuando las baterías del emplazamiento se hicieron visibles, pudo contar no más de veinte cañones de gama mediana. En su emplazamiento Josuel tenía cien de gama máxima. Si, se trataba evidentemente de novatos y hoy quedarían fuera del juego.

Los treinta HELIS bombarderos hicieron contacto con las baterías enemigas a la vez que las líneas de tanques avanzaban algo más atrás… y se desató el infierno.

Si bien las filas de Josuel sufrieron algunas bajas las baterías enemigas caían de a una cada tres segundos, hasta que la última quedó destruida. Entonces avanzó Josuel.

La resistencia ante el paso de semejante ingenio fue dramáticamente inútil, nada parecía poder detener la marcha de aquel tanque que sembraba el caos absoluto a su paso.

La destrucción total tuvo lugar en treinta segundos y Josuel se alegró por ello. El TARGET no ameritaba dos segundos más. Los vehículos sobrevivientes, el noventa y seis por ciento, regresó a cuartel a la espera de una nueva misión mientras que Josuel enviaba frenéticos mensajes por celular a los miembros integrantes de su brigada para que se conectaran y así poder acceder a una misión de mayor valía. El fastidio lo invadía mientras esperaba respuestas. Quizás fuera hora de deshacerse de tres o cuatro para poner disciplina.

La mujer apretó al niño contra su pecho y, musitando desesperada algunas palabras en lo que parecía ser algún dialecto árabe, comenzó a correr por la arena ardiente con sus pies descalzos. A sus espaldas estallaba el infierno y el aire alcanzaba niveles de temperatura que incineraba los pulmones. Estallidos que florecían en blancas llamaradas que se elevaban a los cielos ensordecían sus angustiados gritos a la vez que apagaban el llanto aterrado del pequeño niño de no más de un año. Soldados, al paso de su frenética e inútil carrera, disparaban contra algo que se acercaba desde detrás de ella pero eran inmediatamente incinerados por llamas que ella notaba cada vez más cerca. Las precarias construcciones se deshacían al compás de los metódicos y acompasados impactos de los obuses y, loca de terror, se preguntaba que podía haber en una aldea de pacíficos campesinos que ameritara tal exterminio. Ya casi al borde de sus fuerzas, se introdujo en una vivienda y se echó contra la pared más cercana sin dejar de apretar al niño contra su pecho. Tenía los pies deshechos por la temperatura extrema de la arena, en carne viva, imposibilitados de transportarla un metro más. Ya en el borde de la locura final comenzó a musitar plegarias, rezos y hasta cánticos rituales pero la visión de lo que se aproximaba la trajo de un golpe cruel de nuevo a la cordura…

Era enorme y negro, semibrillante. Avanzaba silencioso e implacable escupiendo fuego a su paso. Envuelto parcialmente en la nube de humo que generaba parecía un engendro infernal salido de los más oscuros rincones del averno. La puerta de la semiderruida vivienda que precariamente la cobijaba lo mostraba de perfil, destruyendo todo lo que encontraba a su paso. Tuvo la ilusión de que quizás en algún momento saciara su sed destructiva y se marchara por donde vino perdonando su miserable vida y la de su hijo.

Pero no…

En un momento determinado giró noventa grados y se dirigió recto y lentamente hacia ella. En medio de su alocado terror y una fracción antes de que el fuego incinerara su cuerpo y el de su pequeño hijo se preguntó que sentía el conductor de ese engendro masacrando a gente que no conocía y que ningún daño podía hacerle. Claro, lejos podía saber que dentro de ese engendro mecánico no había ninguna persona. Que quien conducía ese engendro podía estar a miles de kilómetros de distancia o en la ciudad más cercana.

El engendro negro, con su labor terminada, giró ciento ochenta grados y volvió por donde había venido. Al girar se podía leer en su parte trasera, en grandes letras metálicas en relieve, “KAT32”.

A lo lejos, se escuchaban los motores de los vehículos aéreos que traían los equipos de excavación acercándose a la zona ya “pacificada”.


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Ernesto Rosa ©

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