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Será mostrado si existe



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Escrito por Apolo el 08/05/20

Las callejuelas por la noche


Las luces de neón de los locales nocturnos empezaban a encenderse poco a poco, las sombras que impregnarán todo el paisaje serán teñidas de colores brillantes, mientras los comercios de mercancías varias cerraban sus esteras dando por terminada la jornada por eso aseguraban las pesadas puertas con enormes candados.

El murmullo de voces que se escucha en el día por las noches se perdía sutilmente, a medida que la penumbra lunar adorna las estrechas callejuelas que muchos esquivan pero otros las deambulan buscando en ellas curas a su soledad o compañía para sus males de amor, que se supone tienen un precio determinado por el sórdido código que regenta la oscuridad de las calles después del café de cinco de la tarde.

Dice un adagio popular:

¡Después que el crepúsculo muere todos los gatos son pardos!

Pero en los solitarios y lúgubres andenes que rodean las cantinas de mala muerte todo fulano tiene un rol conocido por la inmensa minoría que frecuenta esos lugares.

Están los infaltables vendedores de chiclets y cigarros para todos los gustos, con su chaza de madera colgada con una correa que atraviesa sus hombros y frágilmente colocada en su abdomen para que los compradores aprecien con facilidad sus productos. Estos van desde de golosinas hasta finas mentas que tienen poca venta según ellos, pero hay que tenerlas en la chaza para darle caché al negocio.

A medida que las horas pasan las solitarias damiselas van con maquillaje de bajo presupuesto, unas muy jóvenes y hermosas para rondar por esos lares pero se mezclan con otras que están cruzando la frontera del cuarto piso.

Todas ellas tranzan en unas cortas palabras el contrato con sus clientes, esos que ansían sus cuerpos por unos minutos para dar rienda suelta a todos sus sueños inconclusos.

Esos mismos que no pueden o no quieren cumplir en la intimidad de sus hogares debido a la mezquindad con que tratan a sus cónyuges o compañeras de turno.

En todas esas esquinas se vive un drama diferente, mientras la música evoca para algunos gratos recuerdos para otros es una retaliación de su pasado, por eso levantan sus copas rebosantes de licor para beberlas hasta el fondo sin pensar en consecuencia alguna. Lo más importante es pasarla bien así sea por un instante que los ayude a olvidar sus infortunios.

La media noche se acerca sin vacilar y el recorrido de todas esas almas noctámbulas se va amainando con el pasar de los minutos, se escucha a lo lejos el rodar de unas viejas carretas que suenan estruendosamente contra el asfalto húmedo, estas son tiradas por aquellos que viven de recoger lo que otros tiraron en las canecas del aseo horas antes, entonces sin reparo toman todo aquello que puedan vender más tarde y conseguir algo de dinero que pueda apaciguar la escasez de sus bolsillos.

Este triste lamento se ve por varios años en las mismas callejuelas hasta el punto que aquellas damiselas jóvenes y bonitas inexorablemente envejecen devaluándose en ese oscuro mercado. Entre tanto las más curtidas en el oficio se niegan a jubilarse o a retirarse de las calles argumentando que la vida las ha tratado muy mal y que no han tenido la oportunidad de abandonar el oficio más antiguo del mundo.

Mientras el alba asoma los primeros rayos y un enorme disco anaranjado se divisa emergiendo por el Este de la ciudad todo nuevamente empieza a resurgir como el ave fénix.

Las bancas de los parques aledaños se llenarán de gente y las palomas volverán a revolotear sin parar.

Un nuevo paisaje aparece dejando atrás las sombras para darle paso a un nuevo día en que los protagonistas de otras historias trenzan el presente con la esperanza de alcanzar sus metas para no ser devorados por la vorágine que se vive en las callejuelas por la noche.


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Luis Alfredo Arroyo Osorio ©

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Escrito por Prometheus el 11/05/20

La Maldición V


Ellas miraban desde el porche como la policía alejaba a los curiosos. Un oficial empezó a hacer preguntas y alguien las señaló y el policía fue hacia ellas. Pidió permiso para entrar a la casa y le fue concedido. Salió al poco rato. Ya había llegado la ambulancia.

Media hora después, a excepción de la gran mancha de sangre que adornaba ahora la tierra del jardín, no quedaba otro rastro de la tragedia. Altagracia y Yolanda, estaban encerradas en una habitación, abrazadas, temblando de pavor y preguntándose cómo había sucedido esto. Entre los vecinos solo quedaban especulaciones y acusaciones que nadie hacía en voz alta. En casa de Rubí, ésta, envuelta en su suerte de sudario, escuchaba a su madre que le contaba su versión de la historia.

Pasaron dos meses y las cosas habían vuelto relativamente a la normalidad. Aunque los chismes no habían parado, pues cada vez que Yolanda o Altagracia eran vistas fuera de la casa, la gente murmuraba como si hubiera algún secreto que revelar. En el mercado y en la escuela, ambas a veces eran aún asediadas con preguntas a las que no tenían respuesta. Pero no todo era amargura. Don Samuel, dueño de varios puestos de verduras, frutas y carnicerías, viudo desde hacía mucho tiempo, le echaba el ojo a la también viuda Altagracia. Sus conversaciones nunca habían sido más que sobre la compra y venta de los productos, pero ahora, el agradable, decente, bien parecido y educado sexagenario, ponía otra intención en sus palabras de saludo y la platica iba más allá de la simple transacción comercial. El caso es que ahora, los vecinos del pueblo tenían otro tema sobre el cual explayarse. Para algunos era inaceptable, sobre todo para las mujeres que, por mucho tiempo, tenían su mirada puesta en el comerciante. Para otros, era normal porque ambos ya habían estado solos por mucho tiempo. Aun así, no dejaron de ser víctimas del chisme.

Altagracia era una mujer que todavía se veía muy bien. No había llegado a los cincuenta y a pesar de las vicisitudes que había pasado en los últimos años, su cuerpo se mantenía con la firmeza requerida. Hablaba con Samuel a diario por teléfono, incluso hasta altas horas de la noche. Yolanda veía una actitud nueva en su madre y le pareció buena, porque así la dejaba a ella en paz. Altagracia aceptó la primera invitación de Samuel a dar una vuelta por la feria de otro municipio, para evitar que se hablara de más sobre ellos. Allá se tomaron de la mano, comieron helado y algodón de azúcar, participaron en algunos juegos juntos, se rieron y compartieron como una pareja normal y formal. Antes de volver, Samuel la besó y a ella le gustó el beso. No fue invasivo, aunque sí algo posesivo, pero para nada desagradable.

La siguiente invitación fue para el cine. La gente empezó a acostumbrarse a verlos juntos, aunque ellos seguían diciendo que solo eran amigos. Se veían con regularidad, ya sin importar lo que la gente dijera, aunque en la calle no hablaban con intimidad ni daban a demostrar que tenían una relación. La invitación a la casa de Samuel fue difícil de aceptar para Altagracia. Ella todavía tenía vestigios de sus sentimientos por su marido y el sexo nunca fue prioridad es su relación. No era de esas mujeres que pueden vivir con un hombre encima todas las noches. Pero la ansiedad de algunas noches le hacían saber que era algo que necesitaba. Aceptó ir a casa de Samuel un sábado en la tarde. Le dijo a Yolanda que iría al cine.

Llegó en un taxi para evitar ser vista. Samuel le ofreció vino y hablaron un poco. Empezaron a besarse con timidez, pero luego la pasión les ganó la partida. En el mismo sofá se desvistieron, pero Altagracia quiso ir al dormitorio. Nunca lo había hecho fuera de una cama. Samuel se regaló la visión de su cuerpo aún hermoso. Senos llenos y firmes a pesar del paso del tiempo. Los besó y lamió y chupó como a frutos maduros a los que se le debe extraer el néctar. Bajó a su vientre y cuando llegó al pubis Altagracia se tensó como cuerda de violín. Nunca una boca había tocado esa parte. En una milésima de segundo pensó en detener a Samuel, pero no se atrevió, dejó que a la cautela y al temor se los llevara el diablo. Con miedo nunca nadie había llegado a parte alguna. Cuando la lengua de su amante entró en contacto con su clítoris, Altagracia lloró. Lloró recordando las veces que se había negado esta posibilidad de placer. La lengua fue más profundo. Muy adentro de su cuerpo y allí buscó y encontró tesoros escondidos, suspiros y anhelos que no sabía que existieran. Gimió con cada poro de su piel, gritó con cada célula de su ser y enfrentó un orgasmo cara a cara por primera vez en su vida. Samuel levantó la cara de entre sus piernas y la miró con una sonrisa. Altagracia se sentía avergonzada por haber sentido tanto placer. Imaginó que debía retribuírselo. Pero en veinte años de casada apenas se había metido el miembro de su esposo en la boca dos veces y se pueden contar con los dedos de una mano, los segundos que duró ahí. todavía no había visto el miembro de Samuel en erección y la verdad es que se sintió complacida con lo que vio. No era una cosa enorme, pero si bastante más grande que el de su difunto. Samuel se recostó y ella empezó a besarle el cuello, las tetillas, la boca. Olió su piel y se impregnó de su aroma. Cuanta diferencia entre este y aquel. Pero no era el momento de hacer comparaciones, era el momento de disfrutar y ella lo estaba haciendo. Trataba de alejar los dientes, era su única prioridad en la felación. Chupaba como ti tuviera una de esas paletas de dulce en la boca. Lamía como cuando tenía un helado. Perdió la noción del tiempo hasta que Samuel le levantó la cara. Ella pensó que quizás no le había gustado, pero en realidad él estaba desesperado. Se colocó entre sus piernas y empezó a jugar con su glande en el clítoris hasta que Altagracia rogó por la posesión y no la hizo esperar. La introducción fue lenta. Lo quería mirar a los ojos mientras se iba metiendo centímetro a centímetro en su cuerpo. Lo que Altagracia estaba sintiendo era totalmente nuevo. Tenía tantas dudas respecto a ese momento, pero Samuel supo ganarse ese espacio entre sus piernas y podía quedarse ahí todo el tiempo que quisiera. Llegaron al extremo de compartir ese orgasmo que no se olvida. El primero que obtuvieron juntos. Samuel se sentía como un niño con juguete nuevo, pero sabía que Altagracia no estaba lista para compartir toda una noche con él.

Los días pasaron y Altagracia no fue la única que conoció el amor. En los exámenes finales de la escuela, cuando más atareada tenía su cabeza por causa de los estudios, a la vida de Yolanda llegó Javier. El chico hacía piruetas en una bicicleta, una tarde que Yolanda salía de la biblioteca. Al parecer perdió el equilibrio o el sentido de la dirección y la atropelló. No fue la gran cosa, un raspón en un brazo y un golpe en un muslo. Él cayó en mala posición, pero en vez de quejarse, se echó a reír contagiándola. No parecía la clase de joven que Altagracia aprobaría para amistad con su hija. Tenía un peinado extraño. Todo rapado en los lados y parte trasera de la cabeza y solamente una especie de moño alto en el centro de la misma. Tatuajes visibles en brazos y piernas y un lenguaje que cubría en mínimo estándar de educación y buenos principios, pero a Yolanda le gustó su desenfado, su manera de reírse de si mismo y de hacerla reír a ella que no recordaba la ultima vez que lo hiciera de verdad. Javier la acompañó a su casa y quedaron en verse al día siguiente en el parque.

Javier vivía con su madre en el otro extremo del pueblo. Ella era modista y él, a veces iba a la escuela y a veces no. La vida que tenía no era la vida que quería. Diecisiete años y no sentía que tuviera futuro. Su padre se había ido de la casa cuando tenía cinco años y jamás lo volvió a ver. Su madre trabajaba como una esclava para literalmente llevar un pan a la mesa, porque estaba enferma y todo se iba en medicinas. Javier prefería pasar el tiempo en los montes, donde a veces ayudaba a cazadores furtivos a poner trampas y ganarse con que comprar la última camiseta de moda o dibujarse el último tatuaje. Su madre había perdido la esperanza con él, pero era su hijo, lo amaba y haría lo que fuera para encaminarlo antes de que el maldito cáncer se la llevara. Apenas se veían. Ella pasaba el día en su tallercito en las afueras del mercado central y él montando bicicleta y haciendo malabares.

A las cuatro de la tarde, el sol estaba dando muy fuerte y Javier, cobijado debajo de un gran árbol, jugando con su móvil, esperaba a esa muchacha simpática que conoció el día anterior. Yolanda. Le gustaba el nombre, le sentaba a la chica de crespo y abundante cabello oscuro. Era como si Yolanda fuera un título nobiliario y no un nombre propio. Yolanda y Javier. Javier y Yolanda. Hacían como un ritmo. Yolanvier, Javianda. Desvariaba sin ton ni son y entonces la vio venir. Una camiseta negra, unos shorts de mezclilla y tennis. El cabello envuelto en una especie de banda o pañuelo de colores. Traía una mochila a la espalda. Ella se acercó con su sonrisa y él la esperó con la suya. Sentados en la hierba se contaron sus vidas. Había mucha similitud en su existencia o por lo menos así lo sentían. Ambos sin padres y con madres para cubrir sus necesidades.

--Mi madre tiene un enamorado que la ayuda veces. —dijo Javier mordiendo una brizna de hierba seca. —parece un buen tipo, pero no me gusta porque creo que es casado. Imagino que también la ayuda en sus otras necesidades.

--Mi madre también tiene una especie de novio. —dijo ahora Yolanda. —siempre la saca a pasear, al cine, a la feria, al centro comercial. Me gusta que salga y se divierta. Desde que papá murió, ella también ha estado como muerta. Samuel parece un buen hombre y la trata bien que es lo importante.

--¡Qué curioso! ¿Samuel? –dijo Javier. --Así se llama también el enamorado de mi madre. Pero bueno, dejemos de hablar de ellas y hablemos de nosotros. Parece que ya estas por graduarte.

--Estoy en mis exámenes finales, me faltan los más difíciles, ciencias y matemáticas.

--¿Cuándo te tocan?

--Uno el viernes y otro el lunes.

--¿Vas a ir a la universidad?

--Si me hubieras preguntado el año pasado te habría contestado que sí, quería estudiar medicina. Ahora no estoy segura. Estoy pasando por malos momentos.

--¿Por lo que me dijiste de esa amiga tuya y tu novio? Pero ya pasó mucho tiempo de todo eso.

--Para mí, es como si hubiera pasado ayer. Rubí fue mi amiga desde que tengo memoria y no hablar con ella es como si me faltara algo. No lo entenderías. Y ese maldito de Héctor, con lo que hizo me dejó marcada de por vida.

--Escuché decir por ahí que no se puede permitir que el pasado defina nuestro futuro.

Yolanda sonrió y Javier le agarró una mano, mirándola a los ojos.


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Freddys Moretta ©

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Escrito por Apolo el 17/05/20

EL HOMBRE QUE HABLABA CON LA LUNA


No cabe duda que la fascinación por la luna no es de este siglo, ni del anterior tampoco, si no que viene desde tiempos más antiguos desde que la humanidad empezó a mirar a los cielos y se eclipsó con la hermosura del astro nocturno que a su vez figura como el único satélite natural de la tierra.

Desde la antigüedad pueblos ancestrales como asirios y babilónicos le prodigaron adoración a este cuerpo celeste como también aversión en el caso de los egipcios, era muy conocida la temeridad a la noche en la tierra de los faraones.

Todo lo anterior podría confirmar la influencia de los cambios lunares en el comportamiento en los seres humanos por tal razón son llamados “lunáticos”, aquellas personas que presentan alteraciones repentinas en su conducta, este término que vine del latín “lunaticus” debido a que los romanos en el esplendor de su imperio ya creían fielmente en esta afirmación.

Teniendo en cuenta todo lo anterior se supo la historia de un hombre de recias costumbres campesinas que vivía en las estribaciones de la sierra nevada de santa marta, cuyo nombre parecía ser Ambrosio palmera. Además de ser un campesino adelantado a su tiempo poseía un don según él, en sus elucubraciones decía que podía hablar de tú a tú con la luna.

Sus colegas le decían por cariño “Vermífugo” por su nombre que sonaba a purgante y por las afirmaciones que este hacía que no caían muy bien en algunos de sus coterráneos.

El señor palmera o vermífugo dominaba la “radiestesia”, aquella técnica utilizada en zonas rurales para localizar agua subterránea a través de la utilización de una vara en forma de “ye” (Y) o por dos varillas de alambre en forma de “ele” (L), hasta que la vara vibre o las varillas se crucen entre sí debido al magnetismo. Se utiliza generalmente en terrenos desérticos o inhóspitos, para facilitar la siembra e incluso la cría de animales para no padecer la ausencia del precioso líquido.

Por esta razón algunos lo catalogaban como charlatán, a pesar de que siempre corrió la noticia que nunca fallaba en sus vaticinios.

Ambrosio siempre armado del “Bristol” aquel original almanaque que detalla las fases de la luna, fechas apropiadas para la pesca, siembra y cosecha e inclusive los días adecuados para cortarse el cabello, nunca faltaban en su mochila.

Apegado a la predicción de las cabañuelas decía estar preparado para la guerra, además debido a su descomunal paciencia lo hacía poseedor de muchas ventajas sobre todo aquel que pretendía retarlo.

Es más decía sin aspavientos que podía encontrar personas perdidas, descubrir donde hay fantasmas e inclusive hallar piedras preciosas. Todo su don o sus conocimientos se los atribuía aquel hombre a la luna.

Decía que todas las noches aun sin hacerse visible la luna le mandaba su respectivo mensaje, él muy acucioso los anotaba en un pequeño cuaderno con una caligrafía envidiable para aquellos años. Por mucho tiempo Ambrosio con sus augurios ayudó a las personas en la difícil tarea de hallar agua en sitios donde no se esperaba que creciera ni la “verdolaga”. Debido a su pericia en el oficio su reputación estaba en el “curubito” o sea que era más conocido que el alcalde de su pueblo.

Un día de junio antes del veranillo de san juan Ambrosio se levantó como siempre muy temprano y con una neblina a cuestas sale de su casa a comprar algunos víveres en la pequeña plaza de mercado que improvisaban algunos labriegos que bajaban de la sierra a vender sus cultivos. El hombre escogía con cuidado los aliños para llevárselo a su mujer para que le preparara su comida favorita “Guiso de Guartinaja”.

En esa labor se saluda con algunos conocidos entre ellos “Neftalí” un amigo de infancia y cuasi compadre ya que eran inseparables hasta que este enfermó, por esa razón no salía con mucha frecuencia como antes.

Al volver a su casa se sentía pensativo y un poco decaído, esta falencia de ánimo fue detectada por su mujer que podía identificar el bajón emocional de su pareja a leguas.

Sin más apuros llegó la hora de degustar lo que le habían preparado, desde su sitio de descanso un taburete de cuero el cual recostaba sobre uno de los horcones que sostenían el comedor interno de la casa recibía el delicioso olor del mencionado guiso.

Al día siguiente nuevamente se levantó como a las seis de la mañana con una cara diferente, su frente arrugada y las cortas caminatas dentro de la casa hacía prever que se preparaba para salir a una misión que parecía secreta.

Un poco pensativo recoge todos sus atavíos, toma su mochila la llena con una brújula, su cuaderno de notas, varios bocadillos de los que vienen envueltos en unas hojitas, su almanaque y sobre todo su vara de totumo.

Mientras hace esa tarea su esposa lo mira y él le esconde los ojos como señal de ocultar algo.

Anastasia su compañera de tantas batallas intuye algo incómodo en el tenue silencio que embarga a su marido, sutilmente le dice que no salga porque tiene un pálpito y para expresar esto se apoya en un incidente que le sucedió muy temprano, antes de que este se levantara. Dice que cuando salía de la cocina un espejo que adornaba la sala se cuartea desmoronándose frente a sus ojos.

Esos pálpitos femeninos suelen ser transcendentales por aquello del sexto sentido que acompaña a las mujeres cuando hay incertidumbre a la vista. Ambrosio parecía no escucharla mientras se ponía su camisa gruesa de color caqui y se despide con un simple; “Ya vengo, no me demoro”.

Salió de su casa sin mirar atrás, como contando los pasos una señal más que anastasia interpretaba como premonitoria. Mientras se perdía en el horizonte con su andar lento trataba de no saludar a mucha gente para no perder concentración en el asunto que le inquietaba su mente y espíritu.

Mientras en su casa un asomo de lágrimas y un sollozo afligían a su mujer mientras su hija Adalia trataba de consolarla, el otro miembro de la familia desconocía lo sucedido ya que este de nombre Apolonio se hallaba dormido reponiendo fuerzas en un corto descanso que le permitió el cuartel donde prestaba su servicio militar.

Pasaron las horas y Ambrosio no regresaba a su hogar, el tiempo se hacía opaco presagiando una posible borrasca, mientras tanto un cúmulo de arreboles inundaba la tarde de tonos pasteles. Se sentía la tristeza en los recónditos lugares donde Ambrosio taciturno preparó su misteriosa ausencia que desde aquel día se prolongaría por muchísimas lunas como él mismo medía el tiempo.

Entre tanto los familiares del ausente arrancaban de prisa las hojas del calendario piel roja que colgaba detrás de la puerta e hilaban delgado sobre la situación y no alcanzaban a explicarse los motivos de la prolongada separación del seno familiar.

El ambiente se enrarecía cada día más y varias versiones se tejían en torno al caso de Ambrosio, decían que se fue del pueblo por deudas acumuladas, que pudo ser víctima de unos guaqueros que buscaban un tesoro perdido de la era colonial y para no darle su parte lo asesinaron, además otros decía que fue a cumplir su cita con el diablo ya que había cambiado su alma por conocimiento. Incluso se llegó a decir que su amigo Neftalí se lo llevó, debido a que tres días después de su encuentro en la plaza de mercado Neftalí falleció. Era común en los pueblos que los compadres se convidaran para todo, hasta para morirse.

Todas esas patrañas se pretendían regar en el pueblo para explicar la desaparición. Entre dimes y diretes acerca de la fatalidad de Ambrosio la cual se prolongó por cinco largos años, no hubo razón “ni chica ni grande” como decían sus allegados que cada día perdían las esperanzas.

Pero hay situaciones inexplicables que dejan atónitos hasta los más escépticos y la lógica es una neófita en este mundo terrenal. Una mañana de enero cuando las brisas golpean la sierra hostigándola de un frio abrazador, los familiares más cercanos de Ambrosio se dirigían a la iglesia del pueblo para pedir por la suerte de su familiar y además para bautizar el primer retoño de su hija Adalia que honraría la memoria de su padre llamando a su primogénita con el nombre de “Luna”.

Mientras se acercan a la puerta del templo, en la tercera escalinata de ladrillos rojos que medía como tres metros de largo se hallaba un individuo en posición fetal al cual los feligreses se lo saltaban para no pisarlo. Aquel hombre vestía un atuendo tradicional de la etnia “kogui” esto contrastaba con una larga barba muy mal cuidada, todo el que lo veía sabía que no pertenecía a dicha etnia porque los indios comúnmente no usan barba.

Adalia al pasar frente al mencionado hombre se le erizan los vellos y una corriente le recorría el cuerpo como si la imagen le trajese recuerdos muy lejanos. Se agacha y de inmediato con un grito de horror reconoce a su padre, por una especie de tatuaje que en su juventud Ambrosio se grabó en la parte interior de su muñeca izquierda, aquella imagen de la luna en menguante se la impregnó en la piel a punta de tinta china y una aguja de coser.

Adalia no podía creer lo irreconocible que estaba su padre, su piel cuarteada sus dientes casi a la mitad y su estampa de ermitaño no cuadraba con la del caballero que conoció años atrás. Lo ayuda a levantarse sentándolo en la misma escalinata y le hizo algunas preguntas las cuales fueron respondidas con incoherencias, al parecer Ambrosio había perdido el juicio.

Abatidos por la situación vivida aplazan la ceremonia para llevarse de regreso a casa a su padre al cual daban quizás por muerto. Los comentarios de los vecinos no se hicieron esperar, de nuevo se tejían nuevas versiones de lo sucedido con el hombre. Lo único cierto es que el retornado pasaba horas y horas acostado en una hamaca, que colgaba en su patio en medio de dos robustos arboles de mango de hilaza que sofocaban del intenso calor del verano a los habitantes de la casa. Ambrosio murió y de ningún modo se le pudo sacar la verdad con respecto a su extraña ausencia que pasó a ser un secreto eterno.


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Luis Alfredo Arroyo Osorio ©

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