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Será mostrado si existe



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Escrito por Prometheus el 07/04/20

La Maldición II


Según pasaban los días Yolanda se iba recuperando lenta pero notablemente. La terapia daba resultados y ella estaba más que dispuesta a sanarse del todo. Por otro lado, Rubí seguía en coma. Sus heridas físicas se estaban curando, aunque algunas eran muy feas, como la del rostro, por ejemplo. Las costuras dejadas por las suturas estiraban la piel a los lados dejándole una especie de huella torcida de neumático en forma de S en toda la mejilla izquierda. Su torso totalmente cubierto con vendas le daban un aspecto de momia antigua recién hallada. Pero dicen que el tiempo cura todo y así parecía ser. Yolanda trotaba en el parque cerca de su residencia. Lo hacía despacio porque a pesar de que la herida del muslo estaba totalmente curada y apenas le dolía, aun resentía una molestia cuando afincaba la pierna. Había decidido no hacerse cirugía para borrar la cicatriz. Quería ese recordatorio por la muerte de su padre y la manera en la que había quedado Rubí. Claro que se sentía culpable, ella la había invitado a acompañarla ese día sin saber que la desgracia se cebaría en ellas de esa forma. Pero estaba dispuesta a poner todo de su parte a que el pasado quedara atrás y hacerle frente a lo que fuera que la vida le tuviera preparado.

Pobre Yolanda, no tenía ni idea de lo que le venía.

Yolanda pasaba gran parte de su tiempo cuidando a Rubí, quien poco a poco se iba adaptando a su nueva realidad. Cuando Susana no podía estar con ella, Yolanda con mucho gusto la atendía. Lo único que evitaban era que Rubí se mirara al espejo, de hecho, los habían retirado todos para evitarle el mal trago. No es que Rubí no se viera a sí misma, pero la imagen devuelta la hacía sentir peor.

Rubí nunca salía de la casa. De hecho, casi nunca salía de su habitación. Ni al patio donde podía estar sola porque una alta pared lo aislaba del resto del mundo ni a la galería del frente donde había cuatro cómodas mecedoras. Las únicas personas a las que veía eran a su madre, a su madrina Altagracia madre de Yolanda y a esta misma. Ni siquiera a las personas que iban a visitarla. Algunos vecinos o compañeros de la escuela. Ya había pasado un año del accidente y todo seguía prácticamente igual. Las heridas físicas de ambas se habían curado en su totalidad. Yolanda solía ir con pantalones cortos a casa de su amiga, para que se le viera la cicatriz, ella decía que era una forma de congraciarse con Rubí, no esconder su propia herida. No era una cicatriz bonita, parecía la costura mal hecha en una tela, como si la hubieran cosido con una aguja enorme y se vieran los huecos dejados por el hilo que mantuvo cerrada la herida. Rubí consideraba la herida de Yolanda peor que las suyas, no sabía explicarse porqué. Yolanda llevaba meses tratando de convencerla de ir juntas al parque. Con gafas de sol y una sudadera con capucha para que se cubriera el rostro y no había podido convencerla. Aunque los primeros meses de convalecencia apenas comía, ahora se notaban los kilos que había aumentado. Rubí le insistía a Yolanda que hiciera su vida, que no le debía nada y que ella tampoco le reprochaba nada, Yolanda le decía que no se preocupara, que lo que hacía era por gusto y no tenía nada que ver con culpa. Una de esas veces bromeando le dijo que lo haría cuando ella la acompañara a la calle, cuando dieran una vuelta por el centro comercial recién abierto. Rubí solo miraba hacia el techo y no respondía.

Capitulo II

Lucy

Lucy levantó las caderas y se encontró con la cintura de Jimmy en un vaivén al unísono que los llevó al paroxismo de un orgasmo en conjunto, que, aunque pareció durar solamente un segundo, los elevó a la más alta de las cumbres con un gemido que ahogaron juntando sus bocas en un beso seco, solo apretando los labios el uno con la otra. Jimmy la miró a los ojos mientras se venía dentro de ella. Al principio ella resistió la mirada, pero desistió muy pronto cerrando los ojos y dejar escapar una lágrima que solamente ella sabía si era de felicidad o arrepentimiento. Al acudir a Jimmy para que la ayudara con sus clases de inglés, sabía muy bien que esto podía pasar, sobre todo cuando lo consultó y él le dijo que a ella le daba clases gratis.

Al parecer, sí tuvo que pagar por las lecciones. No parecía disgustada por el hecho. Mientras se bajaba de la cama y se subía los panties, le pidió un vaso de agua. Jimmy, abrochándose el pantalón se dirigió a la mínima cocina de la habitación. Le trajo limonada, dijo que no tenía agua en ese momento, pero que podía ir a buscársela si era tan urgente. Ella dijo que no, que la limonada, aunque a temperatura ambiente, estaba bien. Lucy tomó dos servilletas de un paquete que estaba sobre la mesa y doblándolas se las colocó entre la vagina y la ropa interior hasta que pudiera llegar a su casa a bañarse. Por suerte no había ningún vecino en los alrededores y Jimmy pudo abrir la puerta sin miradas indiscretas que los acusaran y se pusieron a hacer lo que iban a hacer, estudiar inglés para el examen de Lucy del instituto. Jimmy era un repatriado de Estados Unidos por tráfico de drogas. Era joven aun, no llegaba a los treinta.

Al principio de su regreso al país, se dedicó a gastar parte del dinero que trajo en parrandas y buena vida con sus amigos del barrio, por suerte paró a tiempo el tren de vida que llevaba y puso un negocio de peluquería, que atendían dos de sus primos. Ahorraba lo máximo que podía porque su intención era volver a New York y para eso necesitaba dinero. Así que, vivía lo más austeramente posible sin gastos excesivos, para quizás dentro de dos años buscar la manera de regresar al norte.

Aparte de su negocio legal y conocido, seguía en contacto con sus antiguos proveedores y de vez en cuando hacía algún trapicheo para no perder la costumbre y ganar algo extra. También si tenía la oportunidad y estaba totalmente seguro, robaba cualquier cosa que valiera la pena.

Cuando Lucy salió de casa de Jimmy, se dirigió a la de su hermana Elena a ver si su cuñado todavía no se había ido a trabajar. La excusa eran su hermana y su sobrina, pero en realidad Raúl era la razón de esas visitas. Diablos, le encantaba ese hombre, cada vez que lo veía se preguntaba lo mismo, ¿Qué movimiento de cintura le hizo Elena para amarrarlo? Lucy tenía dieciocho años y su hermana diecinueve. Ambas de cuerpo bonito y rostro agradable. Ambas casadas. Lucy tenía quistes en los ovarios, lo cual le dificultaba concebir, aunque había tenido dos abortos.

Se fue a vivir con Genaro desde los dieciséis encandilada con la musculatura, los tatuajes y el tamaño del pene del muchacho, el cual había visto de refilón durante una gira a una playa. Desde ese día lo persiguió sin importar que tuviera de novia a su mejor amiga, Paula. Pero las cosas no sucedieron como las había pensado.

Genaro, a pesar de su cuerpazo, las historias que se contaban de él y la supuesta experiencia que se suponía debía tener, no resultó ser el dios sexual que aparentaba. Esos encuentros que Paula le contaba a Lucy y le ponían los dientes largos, no fueron más que fantasías formadas en la mente de su amiga. Con ella la realidad fue otra.

A pesar de eso, el muchacho se enamoró de la pasión que Lucy ponía al hacer las cosas. Hasta se buscó un empleo para ofrecerle vivienda y todo lo demás. Rentó una casa pequeña pero muy bonita, suficiente para ambos. Lucy aprovechó la circunstancia para escapar de las garras de su madre, tal como había hecho su hermana Elena el año anterior. Doña Gloria a pesar de ser joven y hermosa, vivía triste y le amargaba la vida a cualquiera. Aún con su putímetro siempre en alto, Lucy era muy discreta y que ella supiera nadie sabía de sus escapadas. Genaro la obligó a continuar los estudios y ella, aunque no era buena estudiante, se esforzó. Ya llevaba dos años con él y aunque no la satisfacía en la cama (él creía que sí) lo compensaba con el trato, la comodidad en la que vivían, los gustos que le daba, etcétera. Nunca había entendido como un tipo con un pene con tan buen tamaño no supiera usarlo como se debe. Para ella no se ponía lo suficientemente duro. Pero para gustos se hicieron colores, a Paula le encantaba, pero a ella la dejaba igual y no sabía por qué. Aunque Elena le había dicho que el problema es que no sabía domar el miembro de su marido. Pero estaba dispuesta a intentar mantener la relación, aunque le pegara sus cuernitos. Incluso se había embarazado dos veces, más pruebas que eso no se querían. Las cosas son como son, ella tenía fuego y necesitaba apagarlo como fuera. Tenía la mirada puesta en su cuñado y hasta que no lo consiguiera no estaría tranquila. Era paciente y sabría esperar el momento, oportuno.

Sabía que valdría la pena. Se detuvo en la farmacia, le compró un juguete a su sobrina y luego en la panadería, le compró un trozo de bizcocho a Elena de esos que le encantaban. Llegó a la casa de su hermana y llamó al timbre. Ella le abrió casi al instante, entró y se quedó a comer. Por desgracia, Raúl ya se había marchado a trabajar. Ya lo vería en otro momento. Raúl era visitador médico y ganaba muy bien. Genaro era supervisor de construcciones en una oficina de ingenieros y tampoco le iba mal. A las dos de la tarde se marchó al instituto donde tendría clases hasta las siete, lo que le daba el tiempo suficiente para volver a su casa y preparar la cena de su marido, a menos que él quisiera comer otra cosa, entonces ella se vestía coqueta y salían. Pantalones muy apretados que resaltaban su figura o faldas muy cortas para enseñar sus hermosas piernas y blusas o camisetas que exhibían su muy bien proporcionado busto. A veces volvían de madrugada, y hacían el amor las veces que él quería y ella fingía querer más hasta claudicar y rendirse. Hacerle ver lo macho de hombre que era y él se dormía con una sonrisa de oreja a oreja. A veces ella aprovechaba el sueño de su marido y se masturbaba hasta tener un orgasmo suave que la calmara lo suficiente para conciliar su propio sueño. No había problemas con la hora porque Genaro no se iba hasta las diez de la mañana. Como Lucy no trabajaba tampoco tenía motivos para levantarse temprano, más que para comer cuando le diera hambre, ir al baño o con mucho disimulo, permitir la entrada a su casa de alguno de sus amiguitos ya se sabe para qué. Sabía que corría un riesgo muy grande haciéndolo en su casa o simplemente hacerlo con los muchachos del barrio. En algún momento alguna lengua podía desatarse y el secreto salir a la luz. Pero hay cosas que no pueden evitarse y satisfacer su deseo a como diera lugar era una de ellas.


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Escrito por Prometheus el 16/04/20

La Maldición III


Yolanda sabía que con el tiempo convencería a Rubí para salir otra vez a la calle. Había pasado otro año y ella seguía negándose. Sus padres habían gastado hasta el último centavo en sus cirugías reconstructivas, pero no era mucho el cambio. Seguía teniendo la cara como una muñeca de trapo y goma al mismo tiempo. Antes por las cicatrices y ahora por la piel estirada en algunas partes y en otras, por menos que se quisieran fijar, se notaban los injertos. En su mente, Rubí se había suicidado miles de veces. Verse o sentirse morir era lo más cercano a un alivio que sentía en su alma. Tener a Yolanda en su casa a cada momento, en sus intentos de querer que viva, de que siga adelante, la hacía odiarla más. La muy desgraciada ni siquiera había hecho luto por su propio padre por estar metida en su existencia todo el tiempo. Era su maldita culpa todo lo que le había sucedido y de paso tenía que soportarla día tras día, hora tras hora y minuto tras minuto. Hasta en sus sueños la veía. Estaba harta de ella y su actitud de benefactora sin que nadie se lo pidiera. Por su egoísmo y sus deseos de ser siempre la primera en todo, pasó lo que pasó. Pudo bien haber celebrado el cumpleaños como lo habían hecho hasta entonces. En el parque, adornado con luces y globos.

Con todos sus amigos y cualquiera que pasara por ahí tenía un trozo de pastel y un vaso de refresco. Pero no, insistió por meses en hacerlo con damas de compañía y chambelanes en el salón de la iglesia. La maldita tela que había elegido para los vestidos era horrible y el diseño peor. Con unos colores carnavalescos que daría vergüenza usarlos. Siempre tenía que salirse con la suya, su ego tenía que aflorar en todas sus decisiones. Y este era el resultado. Había salido bien librada en el accidente, con solo una herida en la pierna, pero ella, la pobre Rubí ahora era digna de lástima y pena. Su cara deformada, faltándole una teta y esos costurones en la barriga que jamás podría presentarse desnuda delante de nadie. Maldita mil veces lo fuera. Pero Dios es grande y él le haría pagar por lo que había hecho.

Pero sabemos que la vida da a veces unas vueltas inexplicables. Un sábado en la tarde, ya casi anocheciendo, empezó a llover. Era una llovizna suave al principio, pero según iban pasando los minutos al aguacero arreciaba. Llegó un momento en que era tan fuerte que parecía una tormenta. Tronadas y relámpagos se escuchaban en la distancia con un ruido tan fuerte que se estremecían las paredes de la casa. Por una de esas casualidades, Altagracia y Susana estaban en la iglesia, ayudando para una boda que se celebraría al día siguiente. La lluvia no les había permitido salir a tiempo y las dos jóvenes estaban solas, pero cada una en su casa. Yolanda sentía un calor inexplicable así que simplemente decidió salir a bañarse bajo la lluvia. Se puso unas sandalias de goma, una camiseta encima de un brasier púrpura y unos pantalones cortos. Se colocó un gorro de plástico y salió al porche de su casa. Curiosamente miró hacia la casa de su madrina y vio a su amiga mirar la lluvia por una ventana. Nubes de un gris sucio adornaban el firmamento, lo que le daba un tono más lúgubre a la tarde que moría lentamente. Yolanda se decidió y salió al jardín. Su cuerpo empezó a empaparse con rapidez dada la cantidad de agua que ahora estaba cayendo. Le hizo señas a Rubí de que saliera a acompañarla. ´ven, ven´ le hacia señas con las manos. Rubí murmuraba ´te maldigo, desgraciada, te maldigo y espero que te caiga un rayo´. Yolanda insistía en sus llamadas a su amiga. Y entonces Rubí le dijo que esperara.

En el pecho de Yolanda se inflamó una llama de esperanzas. Unos minutos más tarde, vio a Rubí abriendo la puerta principal de su casa y salir al porche. Yolanda irradiaba alegría. Rubí tenía una vestimenta similar a la suya. Camiseta, una especie de gorro metálico que le cubría la cabeza, las mejillas y se anudaba en la barbilla y pantalón corto, pero iba descalza. Yolanda se le acercó y dio la mano. Rubí se la aceptó y salieron juntas a la calle. Bailaron, rieron, se pusieron debajo de los caños de sus respectivas casas, se sentaron en la acera por donde bajaba un torrente. Los árboles del otro lado de la calle, parecían llamarlas a jugar debajo de sus copas. Entonces Rubí se puso de pie y ayudó a Yolanda a levantarse. La miró a los ojos y le dijo:

--Yolanda, presta atención a lo que voy a decirte. Te odio con todas las fuerzas de mi corazón. Nunca en mi vida he deseado nada tanto como verte sufrir de la misma forma que yo lo he hecho. Estos años recluida me han enseñado que no hay otro responsable de lo que me pasó que tú. Tú eres la única culpable de mi desgracia y espero que Dios te castigue con lo peor que pueda pasarle a alguien. Ojalá mueras quemada, o que te quemes y no mueras. Que te atropelle un coche y que de ti solo quede el tronco, que pierdas los brazos y las piernas y que hasta para ir al baño necesites de alguien. No quiero verte nunca más en mi vida. Le diré a mi papá que si no nos mudamos me mataré con tal de no verte. Nunca fuiste mi amiga, solo fui alguien con quien contabas cuando necesitabas algo. Eres un ser egoísta y prejuiciosa. Ojalá nunca te cases y si te casas, que sea con un hombre que te mate a golpes, que no tengas hijos y si los tienes, que se te mueran cuando nazcan, o cuando más encariñada estés con ellos. Mereces todo lo malo del mundo. Una enfermedad que te haga heder a lo lejos, que nadie se acerque a ti ni para darte un vaso de agua. Te deseo tantas cosas horribles que ya no sé ni que decir. No coño, no te irás hasta que me oigas. Yo llevo años escuchándote y ahora es mi turno. Ojalá quedes ciega y sorda y muda. Que te violen cien locos y des a luz serpientes y sapos. Quiero que tengas un accidente de coche. Que caigas por un barranco y los cristales se te metan en todo el cuerpo. Que cada vez que intentes respirar la garganta se te llene de sangre y que tus órganos se te salgan por la boca. Y que en cada una de tus desgracias veas mi cara, para que recuerdes lo que me hiciste y como estoy por tu culpa. Desde ahora en adelante soy libre, Yolanda, porque me escapé de tu presencia.

Yolanda había quedado literalmente paralizada. Rubí, con la mirada brillante, como si la locura estuviera haciendo un nido en su cerebro. Escupió a los pies de Yolanda y se fue bailando y gritando con los brazos en alto al medio de la calle:

--Soy libre, soy libre, soy libre.

Y entonces sucedió lo inesperado. Un trueno, como nunca se había escuchado en ese lugar estremeció a cada una de las personas que lo oyó. La luz del relámpago subsiguiente dio la impresión de que el cielo se abría y que enviaba ese resplandor directamente sobre Rubí. Se oyó un grito ensordecedor. Su cuerpo sufrió una transformación tan impresionante que, por un momento, Yolanda, que había salido de su estado de congelamiento para entrar en otro catatónico, creyó morir mil veces en esa décima de segundo.

Cuando pudo enfocar de manera clara sus ojos en Rubí, vio que era una especie de estatua ennegrecida, mirando las inmóviles nubes, clavada en medio del brillante asfalto en la oscura calle. Como por obra de un milagro, la tormenta cesó de repente. La lluvia dejó de caer como si hubieran cerrado una llave. Los vecinos empezaron a salir de sus casas para ver el acontecimiento. Rodeaban a Yolanda, quien todavía no recuperaba el movimiento de su cuerpo, sin dejar de mirar la negra figura en que se había convertido Rubí. Minutos después Susana y Altagracia se abrían paso entre la multitud para ver de cerca lo que todos observaban. Alguien les había dicho algo, pero o no entendieron o no creyeron lo que les habían contado. A pesar de que Rubí estaba totalmente quemada, aún había rasgos que la distinguían y Susana cayó de rodillas ante el cuerpo de su hija con un rosario en la mano, llorando y rezando al mismo tiempo. Nadie hablaba en voz alta. Solo se escuchaba una especie de murmullo, como el zumbido de millones de abejas. Altagracia abrazó a su hija que se negaba a moverse de donde estaba. Susana por fin se puso de pie y miró a Yolanda de una forma que la hizo estremecer.

--Ya se cumplió tu deseo, Yolanda. Rubí salió por fin de la casa y encontró la paz que tanto quería. Mi hija sufrió lo indecible y todo por tu culpa. Espero que estés contenta.

--Pero… madrina… yo. —balbuceó Yolanda sin saber realmente que decir. Tenía los grandes ojos anegados en lágrimas que pugnaban por salir.

--No. No me llames madrina jamás. Reniego de ti. Altagracia, ya no hay más compadrazgo entre nosotras. Tienes un ser endemoniado en tu casa. Tu hija está maldita. Deshazte de ella antes de que te traiga más desgracias en la vida.

--Coma… Susana, lo que dice no tiene sentido. No puede culpar a Yolanda por lo que ha pasado. Todo lo que ha hecho con Rubí ha sido ayudarla.

--Que no vuelva yo a escuchar el nombre de mi hija en sus bocas. Ambas son iguales. Garrapatas que le chupan la sangre a todos a su alrededor.

--¡Comadre! —dijo Altagracia escandalizada. —¿cómo se atreve a decir algo semejante?

Susana no contestó. Ya se escuchaba el sonido de una ambulancia que algún vecino habría llamado. Mira que casualidad. Como si no hubiera otros paramédicos en el hospital. Eran los mismos que habían recogido a Yolanda y a Rubí el día de su accidente, un par de años atrás. La multitud les hizo un sendero a los jóvenes que se acercaban con una camilla y sendos maletines. Se quedaron pasmados cuando vieron el cuerpo en forma vertical. Uno de ellos le puso dos dedos en el cuello y le dijo a su compañero para asombro de todos los que escucharon:

--Tiene pulso. Rápido ayúdame a acostarla.

Entre los dos la colocaron con mucho cuidado sobre la húmeda calle. Comenzaron a examinarla. De un maletín sacaron una botella de suero y se la conectaron a una vena en un brazo. Con la misma suavidad y delicadeza la pusieron en la camilla y se la llevaron al interior de la ambulancia.

Susana subió a la parte trasera con su hija y uno de los enfermeros, paramédicos, doctores o lo que fueran y se marchó con ellos al hospital.

Tiempo después, mientras Rubí era operada, en casa de Yolanda, Altagracia rezaba en su habitación. Estaba pidiendo guía para lidiar con esta nueva situación. Ahora que la pobre Rubí se había recuperado casi por completo. Sin importar lo que dijera la comadre Susana. Bueno ex comadre, Yolanda había tenido mucho que ver en esa recuperación. Se pasaba casi todo el tiempo con ella, ayudándola hasta para ir al baño. Era una ingratitud de su parte decir las cosas que dijo ahí afuera. Altagracia quería pensar que lo había hecho por el dolor que sentía al ver a su hija en este nuevo estado de calamidad. Lo principal ahora mismo era reconfortar a Yolanda. Sacarle cualquier pensamiento negativo que se le haya podido meter en la cabeza a causa de las palabras de su madrina. Porque dijera Susana lo que dijera, los padrinos eran para siempre. Mientras el ahijado tuviera vida y ellos también.

En el hospital, Susana esperaba la llegada de su marido. Lo había llamado tan pronto entraron a Rubí al quirófano. Como si lo hubiera llamado con el pensamiento, Félix entró a la sala de espera en ese momento. Se abrazó a su mujer que lloró hasta que se cansó. El la llevó a una de las sillas y se sentó a su lado preguntándole que había pasado.

--No lo sé. Estaba en la iglesia con la comadre. Había una tormenta fortísima y no pudimos salir temprano. Creo que fue el hijo de la panadera que llegó y nos dijo que a Rubí le había caído un rayo en la calle. ¿Te das cuenta? Un rayo. Al principio no lo creí porque sé que ella no salía, pero me dio el corazón que Yolanda pudo haberla convencido de salir y he ahí el resultado. Salir debajo de una tormenta como esa, que parecía que el cielo se estaba cayendo. Una vez más por estar complaciendo a Yolanda, mi Rubí es quien sale perdiendo. Cuando la vi así, toda negra, no me atreví ni a tocarla. Cuando los de la ambulancia dijeron que estaba viva, me volvió el espíritu al cuerpo. No quiero saber de la comadre ni de su hija. Las quiero bien lejos de nosotros.

--Pero mujer, ¿cómo dices eso? La comadre Altagracia ha sido nuestra amiga y vecina por más de veinte años. Somos compadres desde que nacieron las niñas.

--Yo ya no soy su comadre. Se lo dije esta noche. Yolanda es una muchacha maldita que solo trae desgracias a su alrededor. ¿acaso quieres mas pruebas, Félix? No sé por que siempre las estas defendiendo.

--No es que las defienda, es que lo que dices no tiene sentido. Lo que pasó fue un accidente y nada más. La pobre Yolanda debe estar sufriendo muchísimo, pobrecita niña. Y a ti no se te ocurre otra cosa más que culparla.

Susana estaba desconcertada. No entendía por qué Félix estaba defendiendo con tanta vehemencia a la comadre y a Yolanda. Lo mismo hizo cuando el accidente. Si Yolanda no hubiera invitado a Rubí a ese maldito viaje, nada le hubiera pasado a su niña. Y ahora esto. Apenas se había recuperado y empezaba a coger un poquito de color en sus mejillas. Ahora estaba ahí, en ese frío cuarto debatiéndose entre la vida y la muerte.

Un horrible pensamiento cruzó por su cabeza una décima de segundo. ¿Y si Dios se la llevaba? No estaba segura de lidiar con otra situación semejante por segunda vez. No iba a tener fuerzas.


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Escrito por Prometheus el 23/04/20

La Maldición IV


Pero la había ofendido, a ella y a la comadre. ¿O no? ¿Quizás el dolor la había hecho decir cosas que en realidad no sentía? ¿O realmente estaba harta de la intromisión de Yolanda en la vida de Rubí? Podía entender que Yolanda se sintiera culpable por lo que había pasado, pero era un tema del que nunca habían hablado. Era muy cómodo irse a la iglesia o la parte trasera del parque a fumar un cigarrillo a escondidas, mientras Yolanda se quedaba cuidando a Rubí. Era bueno respirar fuera de esa atmósfera llena de resentimiento que había en su casa. Porque, aunque no lo expresaba con palabras, sabía que Rubí no quería a Yolanda cerca más tiempo. Tal vez se sentía agobiada de tenerla encima todo el tiempo o a lo mejor la detestaba por creerla culpable de lo sucedido. El caso es que se había tomado para si misma los sentimientos de su hija y ella sí lo había expresado con palabras. Claro, no estuvo presente para escuchar la diatriba de Rubí hacia su amiga antes de que le cayera el rayo. En este momento no sabía qué hacer. Lo mejor sería esperar a que Rubí saliera de la cirugía y ya actuaría en consecuencia.

Dos horas después, Susana fue despertada en la salita de espero por una enfermera que le dijo que ya había terminado la cirugía y que el doctor vendría pronto a hablar con ella. Susana se quiso morir cuando le preguntó a la enfermera cómo había salido Rubí de la operación y aquella le contestó que ya le daría el doctor los detalles y se fue, dejándola llena de dudas. Unos minutos después llegó el doctor quien se sentó con ella en la salita para contestar sus preguntas y darle las explicaciones necesarias con respecto a la situación.

--Doctor, ¿dígame cómo está mi hija?

--Señora, su hija está bien por ahora. No apostaba mucho por ella cuando la trajeron, pero se ve que tiene voluntad de vivir. Por desgracia, debemos tomar en cuenta algunas cosas. Rubí apenas acababa de recuperarse de ese terrible accidente de hace dos años y usted debe coincidir conmigo en que lo de ahora no fue precisamente lo mejor para su estado físico y emocional. Quizá debemos decir que en su hija se produjo un milagro. Solamente el dos por ciento de las personas a las que le cae un rayo sobrevive. Su hija sufrió el equivalente a diez mil voltios. Cantidad capaz de hacer desaparecer a un elefante. El gorro metálico que usaba para cubrirse y que estuviera descalza, fueron conductores para que el rayo hiciera mas daño, de hecho, y se lo digo con sinceridad, Rubí debió morir por causa de ese rayo. Aun no nos explicamos que pudo haber pasado. Creemos que, al abrirse la herida del pecho con el impacto, esto hizo que la mayor parte de la energía saliera por ella y que el daño interno fuera mínimo. Su piel está completamente quemada. Hay un tratamiento del que le hablará un especialista más adelante que podría ayudarla, pero hasta que se sanen sus quemaduras, me temo que no podrá valerse por si misma. Es muy probable que no pueda caminar bien, ya que tuvo lesión cerebral. Quizás no pueda hablar bien si es que llega a articular alguna palabra de más de tres sílabas. No quiero agobiarla porque sé lo mucho que ha pasado con ella de un tiempo para acá, pero Rubí va a necesitar mucho de su familia para salir adelante.

Susana no tenía la capacidad de asimilar lo que el médico le estaba explicando. Lo veía mover la boca y escuchaba el sonido de sus palabras, pero no entendía nada de lo que le estaba diciendo.

--La llevaremos a cuidados intensivos por unos días, hasta que salga del coma inducido en que está. Luego la llevaremos a una habitación en la que podrá recibir visitas. Se lo digo con honestidad doña Susana. Rubí requerirá de mucho tiempo para salir de esta y solo lo logrará con el apoyo de su familia y las personas que la quieren.

--Nosotros haremos lo que sea necesario para ayudarla. Ya lo hicimos una vez. No desmayamos ni flaqueamos y estuvimos firmes a su lado todo el tiempo.

--Excelente. Ella necesita notar la buena disposición en los demás para evitar depresiones. Ahora vaya a su casa a descansar y le avisaremos cuando ella pueda recibir visitas. Quédese en casa, no es necesario que venga porque mientras esté en coma no podrá verla. Aquí le daremos los primeros cuidados, vaya y descanse que lo va a necesitar.

Susana le dio las gracias al doctor y cada uno tomó una dirección opuesta. En la entrada del hospital, Félix fumaba esperando que le avisaran sobre el estado de Rubí, pero al ver a Susana salir un poco tranquila, supuso que todo estaba bien.

--¿Qué ha pasado? ¿Qué te ha dicho el doctor?

--Vámonos Félix, te cuento en el camino.

Unos días más tarde, justamente en la víspera de su cumpleaños numero diecisiete Yolanda conoció a Héctor. Con la situación que estaba viviendo por lo sucedido con Rubí, había decidido no hacer fiesta, pero algunos amigos y compañeros de la escuela, le hicieron una visita sorpresa el día anterior, que se convirtió en casi una celebración. Cuando se terminó el convivio a una de sus amigas fue a buscarla un hermano porque ya eran cerca de las diez de la noche. Quedaban algunas chicas en casa de Yolanda y él se encargaría de acercarlas a su casa. Héctor, se presentó el muchacho, acababa de salir de la academia militar y portaba el grado de teniente de la policía. Tenía veinticuatro años y también estudiaba leyes. Era un joven tan agradable y educado que hasta le cayó bien a Altagracia. A Yolanda no le disgustó, pero tampoco le hizo saltar chispas y ver luces de colores. Héctor participó poco en la reunión, tomó moderadamente del ponche que había hecho Altagracia, el cual tenía un poquito de ron, pero muy poquito sabiendo que casi todos eran menores de edad. Él habló un buen rato con madre e hija y quedó de visitarlas otro día.

Ya Rubí estaba en su casa y pasaba por el doloroso proceso de su recuperación. El médico había hablado de un promedio de dos a tres años para que estuviera bien por completo, al menos emocionalmente, porque su piel quedaría quemada por el resto de sus días. No había nada que la hiciera volver a ser lo que era. Aún si le hacían injertos y otros tratamientos y la atendiera el mejor cirujano plástico del mundo. Por más cobertura que tuviera el seguro médico de Félix y por más dinero que pudieran invertir.

Yolanda no había podido verla porque según Susana, ella no quería recibir visitas de nadie. Yolanda recordaba muy bien las palabras de Rubí en aquella tarde de tormenta.

Que su amiga del alma le dijera esas cosas, fue como atravesarle el corazón con un cuchillo. Yolanda tenía la esperanza de que con la cirugía y todo lo demás, se le hubiese olvidado, pero al parecer no fue así.

Se había resignado y decidió seguir con su vida, pero pendiente a cualquier detalle que le permitiera volver a ver a Rubí. Susana, que había renegado de ser su madrina, claudicó y pidió disculpas por insistencia de Félix, pero en realidad, la relación se había enfriado. Solamente se hablaban lo imprescindible. Casi siempre un hola, un cómo sigue Rubí y un adiós.

Ahora las cosas eran diferentes. Las constantes visitas de Héctor a su casa, se estaban haciendo una costumbre. No le gustaba que su madre estuviera prácticamente metiéndole al muchacho por los ojos. Con los días empezó a cambiar de opinión con respecto a él y ya lo trataba de manera más íntima. Hasta le había permitido besarla en una ocasión. Era su primer beso y honestamente no fue como le habían contado. Mariposas en el estómago, una especie de erupción volcánica, estallido de cohetes, nada de eso. Aunque tampoco fue un beso del cual alardear, fue más bien un simple roce de labios y no estaba muy segura, pero le pareció sentir la punta de la lengua de Héctor. Claro que no se dio tiempo a comprobarlo.

Sin que se hiciera nada de una forma oficial, se podría decir que ya eran novios. A Altagracia le encantaba cada día más el muchacho y hasta pusieron fecha para que el trajera a su madre un domingo a comer. Como hemos dicho antes, Altagracia estaba encantada con su yerno. No había visita que no le trajera un detallito. Chocolates, algún adorno para la casa, una pulserita, adornos para el pelo, en fin, que dinero no era lo que le faltaba al muchacho precisamente. Ya se veía con un elegante vestido, sentada en primera fila en la iglesia, mientras el padre Fabian le echaba la bendición a su hija el día de su boda.

Una calurosa tarde de mayo, en la que Yolanda se encontraba en la iglesia, ayudando al sacerdote a decorar el salón para una actividad a realizarse próximamente, Héctor llegó a su casa. Él sabía que ella no estaba porque habían hablado al respecto unas horas antes. Altagracia y él se sentaron en el porche delantero y él le dijo la razón de la sorpresiva visita. Altagracia se puso muy contenta y estuvo de acuerdo. Estaba segura que Yolanda saltaría de felicidad cuando llegara y le contaran. Prepararon algo de cenar y llamaron a varios amigos de ambos. Como todavía faltaban algunos minutos para que ella llegara, se pusieron a ultimar detalles.

Una hora después, Yolanda entraba a su casa y se extrañó de que las luces estuvieran apagadas. Llamando a su madre desde la puerta, de repente se encendieron y un grito ¨Sorpresa la dejó pasmada en medio de la sala. Aún sin saber que sucedía, el corazón le dio un vuelco cuando vio que Héctor hincaba una rodilla en el suelo frente a ella y sacando una cajita negra de su bolsillo, le pedía que fuera su novia oficial y se casara con él.

Yolanda al principio creyó que era una broma, luego no sabía si reír o llorar, miró a todo el mundo y sin decir ni mu, se fue corriendo a su habitación. Altagracia casi sufre un paro cardíaco y pidiendo excusas se fue tras ella.

--Yolanda, mi hija, ¿qué pasó?

--Dímelo tú, mamá. ¿qué significa esto?

--Es que, ¿acaso no te diste cuenta? Héctor te trajo el anillo de compromiso. ¡oh, Dios mío! ¡Que felicidad! Creí que nunca vería el día en que te casarías.

--Mamá. No tengo intención de casarme. Acabo de cumplir diecisiete años.

--Nadie ha dicho que te casarás mañana. Esto es el compromiso.

--No hay tal compromiso. Así que sal ahora y dile a Héctor que no quiero anillos. Además, se supone que debió hablarlo conmigo, no perpetrar un golpe bajo en mi ausencia y con tu permiso.

--Mira, Yolanda. Déjate de tonterías y sal a cumplir. Muy bonito dejar a todos esos amigos tuyos ahí.

--Yo no los invité, así que será mejor que salgas tu y deshagas el dichoso compromiso, porque si yo lo hago será peor. Si tanto quieres que haya boda, cásate tú que ya llevas dos años de viudez y creo que te hace falta un marido.

Altagracia levantó una mano con la intención de dejarla caer en la cara de Yolanda, pero la dejó en el aire. Respiró profundo y le dijo:

--Yolanda, no se te ocurra hacerme pasar una vergüenza con Héctor. Saldré y les diré a todos que te pusiste nerviosa, que te estás cambiando el vestido y que ahora sales.

La verdad es que quien se estaba poniendo nerviosa era Altagracia. Conocía de sobra la testarudez de su hija y temía a lo que pudiera hacer. Así que decidió no darle margen a que lo pensara mucho y le dijo lo que ella pensó que era una orden que debía obedecer de inmediato.

Salió de la habitación y ya en la sala les informó a los invitados lo que le había dicho a Yolanda, quien salió dos minutos después, con el mismo vestido y una expresión de pocos amigos en la cara.

--Chicos, lamento lo que pasó. Y también lamento que hayan venido aquí para nada. Hoy no es el día para esto. Héctor, lo siento, pero nuestra relación se termina aquí y ahora. Mi madre sabe que lo único que no tolero es que nadie me imponga su voluntad y quieran que haga cosas que no quiero. Debiste hablar conmigo primero, pero si esto es así ahora, ya me imagino si algún día nos casáramos. De verdad, perdónenme todos y buenas noches.

Dicho esto, se volvió a su recamara dejando a todos pasmados como estatuas. Héctor fue el primero en salir. Estaba rojo del bochorno que le habían hecho pasar. Altagracia quiso hablar con él, pero ni siquiera volvió la cara. Se montó en su coche y se fue.

Los chicos que habían venido a la fiesta de compromiso, también fueron desfilando hacia la calle. Altagracia cerró la puerta detrás del último y se puso a llorar.

Cuando se calmó minutos después, sintió que una enorme ira la ahogaba y camino enfurecida hasta el cuarto de Yolanda, quien como si no hubiera pasado nada, estaba pintándose las uñas de los pies.

--Si tu papá hubiese estado aquí, esto no lo habrías hecho.

--Si papá hubiese estado aquí, no me estaría vendiendo al primero que llega.

La bofetada que Altagracia reprimió un rato antes, ahora sí que la dejó llegar a la cara de Yolanda con más fuerza de la esperada. Sangre brotó del labio inferior. Yolanda miró a su madre, quien parecía arrepentida del pescozón, pero ya no había nada que hacer.

--Nunca en mi vida me habías pegado, mamá. Y no puedes decir que no había hecho nada para merecerlo. Al parecer este compromiso es muy importante para ti.

Silenciosas lágrimas escapaban de los ojos de ambas, obviamente por razones distintas.

--Nunca me habías faltado el respeto de esta manera. Decirme que te estoy vendiendo. Siento haberte pegado, pero me parece una estupidez de tu parte echar tu futuro por la borda de esa manera.

--Desde que papá murió, hemos estado solo tú y yo. Hombro con hombro ayudándonos en todo. Debiste hablar conmigo de esto. Quiero casarme sí, pero no ahora y no estoy segura de que Héctor sea el indicado.

--¿De qué estás hablando? ¿indicado? ¿Acaso piensas que tu papá era el indicado para mí? Me casé con él porque era lo que había que hacer.

--Pero mamá, ¿En qué época te imaginas que vives? Ya no estamos en los tiempos en que los hijos se casaban para salvar la moral y el honor de las familias. Héctor es un buen hombre, pero no lo es para mí. Me di cuenta esta noche. Cree que todo debe hacerse al estilo militar y a ti te parece bien porque así mismo viviste tu vida con papá. Te casaste sin amor y me quieres condenar a lo mismo. Mira, no voy a discutir este tema ahora. Vamos a dormir y mañana con la mente fresca, pensaremos que hacer, ¿te parece?

Altagracia sintió brillar una luz al fondo de sus ojos. Quizás todo no estaba perdido después de todo.

--Claro, hija, por supuesto. Descansa y mañana hablamos.

Pero vivimos en un universo en el que las cosas no siempre salen como uno quiere. A eso de la una de la madrugada, a Yolanda la despertaron unos gritos que venían desde la calle. Medio adormilada al principio, le parecía escuchar que la llamaban. Sí, alguien repetía su nombre como una metralleta.

--Yolanda, Yolanda, Yolanda, Yolanda…--se escuchaba una voz no muy coherente afuera.

Cuando Yolanda salió al pasillo se encontró con mi madre en el camino que anudaba la bata y preguntaba que pasaba.

--¿Y qué es todo ese alboroto?

--Creo que es Héctor, mamá. Parece que está borracho.

Afuera se escuchaban voces discutiendo. Altagracia y Yolanda miraron desde la ventana de la sala y vieron a Héctor y a Félix discutir.

--¡Dios mío! Es el compadre Félix.

En un momento determinado en la discusión de los dos hombres, Héctor sacó su pistola de reglamente y amenazó a Félix con darle un balazo en la cabeza si no se largaba. Félix hizo caso y se marchó a su casa con la intención de llamar a la policía para que se llevaran al impertinente borracho. Héctor seguía llamando a Yolanda, que harta del escándalo y ahora con vergüenza al ver que los demás vecinos también miraban el acontecimiento.

--Yolanda, ven a darme el sí. –vociferaba Héctor.

Yolanda, en compañía de su madre salió al porche y miró a Héctor que sonreía estúpidamente al verla.

--Héctor, ¿qué estás haciendo? ¿te estás volviendo loco?

Héctor apenas podía estar de pie. Se balanceaba de izquierda a derecha y hacia atrás y hacia adelante como si bailara, pero sin mover los pies.

--Héctor, por favor, vete a tu casa y ven mañana para que hablemos.

--Me voy cuando me digas que te casarás conmigo.

La aguardentosa voz apenas permitía que se le entendiera lo que decía.

--Ven mañana y lo hablaremos. Pero por favor, ya vete que llamaron a la policía.

--Ja, ja, ja, ja. Pero mi amor, yo soy la policía. —decía mostrando su arma de fuego.

--Por el amor de Dios, Héctor, vete o no tendrás una respuesta afirmativa de mí.

Héctor miró a Yolanda fijamente y dando pequeños pasos hacia ella le dijo:

--O me das el sí ahora mismo o me pego un tiro.

Por supuesto que a Yolanda y a todo el que escuchó estas palabras le sonaron a fanfarronada.

--Héctor, es tu última oportunidad, si no te vas no te hablaré jamás en la vida.

--Te lo repito, Yolanda, un sí o un balazo. —dijo el determinado.

A Yolanda le pareció una bravuconada. Claro que su edad le restaba la experiencia necesaria para conocer a las personas. Si hubiera tenido un ápice de madurez, habría notado que Héctor estaba hablando en serio a pesar de su estado de embriaguez.

--Pues date el balazo y déjame en paz. —dijo Yolanda, dando la vuelta y entrando a su casa. No había cerrado bien la puerta cuando se escuchó una especie de cañonazo que hizo retumbar las paredes. Altagracia, que había estado mirando desde la ventana, dio un grito que casi opacó el ruido del disparo.

Yolanda abrió la puerta a toda velocidad y se quedó paralizada a mitad de camino. El cuerpo de Héctor estaba tirado en el jardincito que adornaba la entrada de la casa. Altagracia salió corriendo a detener a su hija. Por suerte, ya se acercaba la sirena de la policía. En segundos, la calle se llenó de gente mirando el cadáver.


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