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Escrito por Salim el 11/12/19

Aegir: Desencadenado (Y la historia de La Cueva de la Sibila)


1

Venid, ¡Oh, jóvenes viajeros! Sentaos junto a la hoguera. Pues las noches son frías a los pies de las Montañas de Fuego, y los viajeros llegan siempre a Eruk cansados de un largo viaje. Escuchad, pues, al anciano Gabai de Shushan. Sentaos frente a la lumbre, y os contaré la historia de Aegir, El Lobo de Asgard, y de cómo partió de su tierra y comenzó sus aventuras. Fue hace mucho, mucho tiempo. Antes de que naciera Conan, El Conquistador, y mucho antes de que naciera su padre y el padre de su padre. Era un tiempo en que los aesir luchaban contra los hiperbóreos, que intentaban invadir sus tierras a través del Río del Hielo Mortal en las Tierras de Njal, junto a los Montes Eiglofios, para capturar esclavos y acabar con los bárbaros.

Los bosques que poblaban los escarpados Montes Eiglofios, frontera entre Cimmeria y Asgard, eran fríos y casi estériles por el lado aesir de las montañas. En ellos se alzaban imponentes abetos milenarios, pero los más pequeños eran cortados por el pueblo de los aesir para construirse sus enormes casas de madera y paja. Pero a pesar de su escasez, en el bosque podíamos encontrar vida. Es el caso de un gran ciervo, dotado de una enorme cornamenta, que huía precipitadamente dando rápidos saltos entre los árboles. Tras él, un grupo de cinco lobos corría intentando no perderle la pista. El ciervo corrió y corrió, zigzagueando entre los abetos, pero los lobos no le perdían la pista jamás. Sabían que tarde o temprano lo cogerían. Y así fue.

De lo alto de un árbol saltó un muchacho rubio, de largos cabellos y vestido con unas pieles, que empuñaba un enorme puñal aesir y cayó sobre el ciervo, cortándole el cuello de un solo tajo. El ciervo cayó y el muchacho rodó por el suelo, quedando arrodillado a pocos metros del enorme animal. Los lobos llegaron junto a él y mientras uno de ellos, sorprendentemente, le lamía las heridas al muchacho, los demás empezaron a dar cuenta del enorme ciervo. El muchacho se acercó, cortó un pernil que se reservó aparte y se puso a recoger leña para hacer una hoguera. Era sorprendente ver a este muchacho aesir, solo en los bosques, rodeado de lobos que le trataban como a un igual. Pero este muchacho era Aegir, hijo de Utgard, que desde los seis años recorría las estepas aesires y desde los doce sus bosques y montañas fronterizas. Se había hecho amigo de los lobos peleando con su líder y venciéndolo cuando llegó a los bosques con doce años. El lobo aceptó su derrota, y desde entonces Aegir formaba parte de la manada. Ahora tenía catorce años, y allí se encontraba, asando una gran pierna de ciervo para compartir con su manada de lobos.

– He de volver con mi pueblo – dijo, mirando a los lobos – Necesito unas garras como las vuestras, y sé quien puede hacérmelas. Culann, un herrero cimmerio del campamento de mi padre, él podrá. Pero volveré. Os lo prometo.

Así se despidió el muchacho de su manada, y cuando hubo terminado de comer, guardó un poco de carne para el camino y se marchó rumbo al Monte de Crom, a cuyos pies estaba el campamento de batalla del jarl Utgard en su lucha contra los hiperbóreos y sus aliados turanios. El camino estaba a una jornada de camino, así que siendo rápido de noche, llegaría al amanecer. No tuvo contratiempos reseñables durante el camino, pues su manada le acompañó hasta el borde del bosque, a pocos pies del campamento, protegiéndolo a distancia.

Aegir causó un gran júbilo cuando entró en el campamento de su padre. Sobre todo en su madre, Gertha, que daba gracias a los dioses por haberle devuelto a su hijo sano y salvo de nuevo. Su padre lo recibió con un fuerte abrazo y una mirada de aprobación en los ojos. Veía que su hijo había aprendido a sobrevivir en los bosques y las montañas, y se había hecho un hombre. Su madre le dio ropas limpias, y Aegir se cambió y decidió ir a las forjas cimmerias del campamento, donde encontró a Culann, un enorme cimerio de largo cabello negro azabache, recogido en una enorme trenza que le caía por la espalda. Su pecho era como dos hombres de constitución normal y unos enormes ojos grises miraban bajo unas pobladas cejas negras escrutando a quien se acercaba demasiado. Culann era uno de los cimmerios más hábiles en la forja que había visto nunca Aegir, y sabía que le tenía en alta estima, por lo que estaba convencido de que si alguien podía hacerle aquella arma que tenía en mente, era Culann el cimmerio. Explicó a Culann cómo era el arma que había soñado. Unos brazales de bronce acolchados con pelo de cabra. Los brazales incluirían un mecanismo con tres garras de acero cimmerio retráctiles mediante una palanca oculta que se accionaba con los dedos. Culann atendió con interés las explicaciones del joven aesir, pues gustaba de los retos que le hacían mejorar en su oficio. Culann amaba la herrería, y había forjado su primera espada con ocho años. Cuando Aegir terminó de decirle las especificaciones del arma, Culann cogió una vara de madera con unas marcas, que tenía encima de una mesa, y le tomó varias medidas al brazo de Aegir, tras lo que empezó a trabajar. Aegir, mientras, miraba hipnotizado el trabajo de la forja, oficio que le parecía harto complejo y en el que los cimmerios parecían tener una especial maestría. Entonces, con curiosidad, le preguntó a Culann:

– Culann, ¿Cuál es el secreto del acero de los cimmerios?

– Jajajaja – carcajeó el cimmerio – ¿El secreto del acero? ¡Por Crom! No existe ningún secreto del acero, muchacho.

– Pero… – titubeó el joven – Pero vuestro acero es mejor que los demás, ¿Cuál es vuestro secreto?

– Verás, Aegir – contestó el cimmerio –. El auténtico secreto para un buen acero está en el forjado y el martillado. No existe mayor secreto. Los cimmerios somos hábiles porque heredamos una tradición muy antigua de forjadores de espadas, pero eso es porque somos guerreros. Igual que vosotros, aesires. Vuestro acero es tan bueno como el nuestro.

– No, no lo es – respondió Aegir –. ¿O acaso ves a muchos aesir aquí en las forjas?

– Eres muy observador, muchacho, a pesar de tu juventud. Eso me gusta – dijo el Culann, sonriente –. Te auguro un gran futuro.

- ¿Crees que debo marcharme, Culann? – preguntó el joven, como si Culann le hubiera leído el pensamiento.

– ¿Marcharte? – inquirió el cimmerio, extrañado – ¿Marcharte a dónde? Este es tu hogar.

– Marcharme, Culann – respondió el chico, jubiloso – Cruzar estas montañas. Ver Cimmeria, Aquilonia, Nemedia… Ver el mar, atravesar los bosques. Ver ciudades, Culann, ¡Quiero ver ciudades!

– Ay, muchacho – dijo Culann, mirándolo con nostalgia en los ojos – Tú lo que quieres es vivir aventuras, y eso nadie te lo quitará de la cabeza. Lo sé porque yo también tuve esa mirada en los ojos, y nadie pudo detenerme.

– ¿Tú has viajado, Culann?

– ¡Claro que lo hice! – exclamó Culann mientras martilleaba el acero – Yo he estado en Zamora, muchacho, y he recorrido los desiertos de Turán, y las selvas de Kush y los Reinos Negros. He visitado la gran Aquilonia, y he visto el verde valle de Zingg, en Zingara. Si, he viajado, y he sido muy feliz haciéndolo. Pero ya soy mayor, muchacho, y mi momento pasó. Y con respecto a ti… Tú lo harás, se te ve en la mirada que eres cómo un lobo enjaulado. Y no se puede mantener mucho tiempo a un lobo enjaulado.

– Si, creo que lo haré, aunque mi padre quiere que entre en batalla pronto junto a nuestras tropas – dijo el muchacho, abatido.

– Deberías hacerlo – dijo el cimmerio –. Me refiero a entrar en batalla, como dice tu padre.

– ¿Por qué?

– Porque eres un lobo, pero un lobo aesir. Y los aesir son guerreros, Aegir. Un lobo de Asgard no puede llamarse tal sin haberse forjado en el fragor de la batalla. Entra en batalla con nuestros ejércitos, y cuando lo hayas hecho, márchate a ver mundo.

Aegir se quedó pensativo, dando vueltas a las palabras de Culann, mientras éste daba los últimos retoques al brazal con garras. Un buen rato después Culann entregó los brazales al muchacho, que le agradeció infinitamente este regalo, pues era exactamente como se lo había imaginado. Probó un par de veces el mecanismo de pliegue y despliegue de las garras, y quedó maravillado de su perfecto funcionamiento, agradeciendo a Culann de nuevo por los brazales y los consejos. Se despidió de él, ciñó su espada y salió en dirección a la tienda de su padre, decidido a entrar en batalla al día siguiente. Su padre recibió la noticia con gran alegría, pues ahora sí que se había demostrado que su hijo era ya un hombre y un guerrero aesir. Elogió también los nuevos brazales de Aegir, y éste le mostró cómo funcionaban. Fue entonces cuando su consejo de comandantes aesires y cimmerios le pusieron a Aegir el apodo que le acompañaría para siempre, El Lobo de Asgard. Pues de todos era conocido que el chico había pasado sus últimos dos años entre lobos, por voluntad propia, y había sobrevivido. Pocos muchachos cimmerios o aesir lograban tal hazaña con doce años y regresaban dos años después cómo hombres dispuestos para la batalla. Aegir, abrumado por los elogios, se retiró a descansar, no sin antes acercarse al borde del bosque, donde dejó un poco de comida para su manada de lobos.

Al día siguiente, los cuernos aesir sonaron antes del alba en el campamento de Utgard. Aegir se levantó de su camastro y se preparó para la batalla, con sus pantalones y chaleco de cuero negros, sus brazales de bronce y su espada. Pensó ponerse el casco con cuernos que le había regalado su padre, pero prefirió ceñirse un paño negro al estilo de los nómadas zuagires de Shem. Se pintó diversas runas aesir en sus brazos cómo símbolo de protección, se encomendó a Ymir, gran gigante, dios supremo de su pueblo, y así fue como estuvo preparado para unirse al ejército. Su padre le había encomendado el mando de cien de sus mejores hombres, que no estaban muy seguros de servir a las órdenes de un crío. Pero pronto cambiaron de opinión, al ver su arrojo en la batalla y la gran cantidad de enemigos hiperbóreos que caían destrozados por sus garras. Era ágil, veloz, y parecía tener una sed de sangre inhumana. Sus hombres lucharon a su lado como leones, ganando terreno palmo a palmo a los invasores hiperbóreos. Pero pronto cambió su suerte, en cuanto los jinetes turanios arrasaron el campo de batalla en enorme número. Aegir se defendió como pudo de los embates de la caballería turania, pero pronto se vio cercado, rodeado de cadáveres y con los arcos turanios apuntándole desde todas las direcciones. No le quedaba más opción que rendirse o morir, y no quería morir tan joven, sin haber tenido la oportunidad de ver el ancho mundo, por lo que decidió rendirse. Los turanios lo apresaron y lo condujeron con los demás prisioneros que habían capturado hacia su campamento, donde los encerraron en una especie de carros-jaula que partieron escoltados en diversas direcciones. Aegir iba con otros nueve hombres, cinco cimmerios y cuatro aesir, en un carro que partió rumbo al río Nezvaya y la frontera turania. Su destino era la esclavitud, por lo que les dijo uno de los cinco guardias hiperbóreos que les acompañaban, junto a otros cinco jinetes turanios, en aquella caravana a través de la estepa hiperbórea.

Aegir, El Lobo de Asgard, recordó las palabras que le había dicho Culann, el herrero cimmerio:

“Tienes la mirada de un lobo enjaulado, Aegir. Y no se puede mantener por mucho tiempo enjaulado a un lobo”

Aegir empezó entonces a trazar un plan con sus compañeros de infortunio para intentar huir. Faltaban diez días para que la luna desapareciese del cielo. Ese día, aprovechando la oscuridad, escaparían. Mientras tanto, cumplieron el papel de prisioneros resignados, provocando algún pequeño altercado para no levantar demasiadas sospechas sobre el plan de huida que preparaban. Pronto, él y sus nuevos compañeros entablaron una férrea amistad, forjada en el mismo trágico momento que compartían. Los compañeros de Aegir se llamaban: Cathal, Finn, Duncan, Daol y Agh los cimmerios; Björn, Sigvard, Ulfric y Vali los aesir. Cuando llegó el día acordado, Aegir se dirigió a sus hombres durante la tarde, preparándolos para lo que se avecinaba:

– Escuchadme, guerreros del Norte – dijo, bajando la voz – Ha llegado la hora. Esta noche, aprovechando la oscuridad, escaparemos de esta jaula y mataremos a esos puercos hiperbóreos y turanios. Espero que todos recordéis bien vuestro cometido. Finn, tú no perderás en ningún momento de vista el carro de las armas, y en el momento que salgamos te dirigirás en silencio hacia él para recuperar nuestras cosas. Cathal, tú le partirás el cuello al guardia que dejen junto a nuestro carro, mientras yo abro la cerradura, y después te irás con Finn por si necesitase ayuda para deshacerse de los guardias que vigilen las armas. Los demás, saldréis tras de mí y nos dirigiremos al carro de las armas en el mayor sigilo posible, y allí nos esperarán Finn y Cathal con nuestras armas. Una vez las tengamos, cada uno nos dirigiremos a un guardia y, a mi señal, los mataremos y huiremos. ¿Tenéis todos claro el plan?

Todos asintieron, y se prepararon en silencio para el momento indicado. Pero algo raro sucedió. La caravana no se detuvo a hacer campamento, y esto trastocaba todo el plan. Aegir dedujo que lo hacían por la proximidad del río Nezvaya, querían llegar cuanto antes al embarcadero donde cogerían el barco que los conduciría río abajo hacia Turán, y evitarse así una noche más a la intemperie en la fría estepa. Entonces Aegir tuvo que improvisar, y decidió abrir el portón de la jaula con el carro en marcha, amparado en la oscuridad de la noche sin luna. Sacó unas pequeñas ganzúas que había aprendido a usar con Negall el cimmerio, amigo de su padre, y que siempre llevaba escondidas en las botas de piel de oso. Al poco, había conseguido abrir la cerradura, empujando el portón, que se abrió de golpe tirando del caballo a los dos jinetes que venían detrás del carro, tras lo que Aegir saltó, y tras él saltaron Cathal y Björn. Aegir golpeó al jinete que tenía más cerca y, cogiendo su espada, le rebanó la cabeza de un tajo. Cuando se giró, vio a Cathal el cimmerio partiendo el cuello del otro jinete con sus manos como si fuera una simple ramita de abeto. El resto de los prisioneros saltaron del carro cuando la comitiva se paró ante la voz de alarma de los guardias que estaban más atrás. Pero Aegir y sus dos compañeros, armados con las espadas y picas de los dos jinetes que habían asesinado, ya estaban dando buena cuenta de los otros jinetes y guardias, que fueron cayendo uno a uno ante las temibles embestidas de los bárbaros. Habían acabado ya con toda la comitiva de esclavistas, cuando escucharon un sonido de galope que se alejaba, y se percataron de que todavía quedaba un jinete vivo, y huía en busca de ayuda hacia el embarcadero. Aegir cogió del suelo, entonces, el arco de uno de los jinetes turanios, y lo preparó tranquilamente en silencio. Cuando hubo cargado, apuntó al cielo, cogió aire y lo expulsó un par de veces, disparando la flecha. Sus compañeros lo miraban asombrados, sin entender que hubiera disparado al cielo. Pero de pronto escucharon un quejido y acertaron a ver en la penumbra como un bulto caía al suelo mientras el caballo continuaba su huida. Miraron a Aegir con admiración, y uno de los guerreros cimmerios se dirigió adonde había caído el turanio, que no estaba muerto y comenzaba a levantarse. Agh, que era el cimmerio que se acercó a él, le cortó la cabeza y escupió sobre su cadáver, mientras se lo ofrecía a Crom, tras lo que regresó con sus compañeros que estaban recuperando sus armas y adquiriendo algunas nuevas. Aegir se hizo con un arco turanio y llenó un carcaj de flechas, que complementaron a sus brazales, su espada y sus dos puñales. Entonces se subió al carro, y se dirigió a los demás, diciendo:

– Escuchadme, hombres del Norte. Hemos ganado nuestra libertad con sangre, y pongo a Ymir y Crom por testigos de que jamás nos la volverán a arrebatar. Soy Aegir, El Lobo de Asgard, y vosotros sois mi manada. Y los lobos deben vivir libres. Pero si os unís a mí, os prometo riquezas y venganza, porque tengo pensado saquear el cauce del río Nezvaya y matar a tantos perros hiperbóreos y turanios como encuentre. Uníos a mí y seremos la banda de saqueadores más temible que estos bastardos hayan conocido. ¿Que me decís?

– Que debemos volver a casa – contestó Sigvard – Nuestro lugar está allí, con nuestro jarl, combatiendo a su lado.

– ¿Eres, acaso, un cobarde, Sigvard? – replicó Aegir, burlón – ¿Tiene más agallas un chico de catorce años que tú, que ya eres un hombre con mujer e hijos?

– ¡Bien sabes que no! – exclamó Sigvard, furioso – Y podría matarte ahora mismo, muchacho, si quisiera.

– Inténtalo, si quieres – dijo Aegir sonriendo, mientras saltaba del carro y sacaba sus garras – Pero te puedo asegurar que no te será nada fácil, doscientos guerreros hiperbóreos cayeron destrozados por estas garras antes de que pudieran capturarme, sucio bastardo.

– Tranquilízate, Aegir – dijo Cathal el cimmerio, poniendo una mano en el hombro del joven –. Somos camaradas, y estamos contigo, todos. Pero también es cierto que tenemos ganas de volver. Muchos tenemos mujeres, hijos, y allá hay una guerra. Tú tienes a tus padres, pero se te ve que no deseas volver. No porque no los ames y respetes, es sólo que tú quieres recorrer el mundo, y nada te ata a Nordheim salvo el amor por tu patria y tu pueblo.

– Está bien, lo comprendo, y volveréis. Pero primero llevemos juntos la guerra y la muerte a sus hogares, como ellos las han traído a los nuestros. Después, seréis libres de volver a casa. Yo me dirigiré a Zamora – dijo Aegir, encogiéndose de hombros –. Pero una última cosa. Al que vuelva a llamarme muchacho, lo destripo, ¿entendido?

Todos asintieron, y lanzaron un grito de guerra a la oscuridad de la noche, como un aullido de lobos conjunto, que retembló en toda la estepa. Después cogieron provisiones y echaron a correr hacia las montañas, guiados por Aegir. Las montañas y bosques les ofrecerían un escondite perfecto, gracias a las dotes de explorador que tenía el joven líder aesir. Su instinto les conduciría por senderos casi invisibles para ojos inexpertos, y los haría adentrarse en un bosque que había en un ancho valle entre los Montes Graaskal y las Montañas Salvajes, a no mucha distancia del río, pero en un paraje bastante inaccesible que les serviría de refugio ante la persecución de los hiperbóreos.

2

Escuchad, ¡Oh, viajeros!, a Gabai de Shushan, porque todavía no acabaron las aventuras de Aegir de Asgard y su banda de forajidos en los territorios fronterizos de los reinos de Hiperbórea, Brithunia y Turán. Estaban atravesando el bosque, entre los altos pinos, cuando vieron a lo lejos un grupo de rocas enormes, en el cual parecía ocultarse una numerosa manada de lobos. Los hombres comenzaron a inquietarse cuando vieron a Aegir dirigirse decididamente hacia allí.

– ¡Por Crom! – dijo Finn – ¿Acaso te has vuelto loco, Aegir? No puedes ir a molestar a una manada de lobos en su guarida, te descuartizarán. ¡Mira, nos están observando!

– Haz el favor de mantener la calma y bajar la voz, Finn – dijo Aegir – Sé perfectamente lo que hago. Seguidme, y dadme un poco de tiempo. Esa manada será nuestra.

– Estás rematadamente loco, aesir – dijo Cathal, echando a andar detrás de Aegir – Y sólo por eso te seguiré, pero si muero por causa tuya, juro por Crom que te esperaré en la otra vida y te daré tu merecido.

El resto de los hombres también echó a andar tras ellos, temerosos aún por lo que podrían hacerles los lobos. Aegir avanzó con paso firme y decidido, mientras los lobos se juntaban y avanzaban hacia ellos alrededor de un enorme lobo negro, lleno de cicatrices y con pinta de haber ganado muchos combates en su vida. El muchacho ordenó a sus hombres que se mantuvieran al margen. Y avanzó en solitario hacia el lobo, que también avanzó hacia él dejando a su manada atrás, que gruñía y enseñaba los dientes para amedrentar a los visitantes. El joven aesir se quitó el cinturón con la espada, dejó el arco y el carcaj y se dirigió hacia el lobo con las manos desnudas, exceptuando sus garras, que todavía no había mostrado, y sus dos puñales. Si algo había aprendido Aegir de los lobos era que nunca debes mostrar todas tus armas desde el inicio de la batalla, para así sorprender al enemigo en el momento adecuado.

Aegir intentó sacar sus puñales, pero el lobo saltó entonces sobre él, mostrando sus fauces abiertas. Al joven guerrero casi no le dio tiempo de reaccionar, pegando un salto hacia la izquierda y rodando por el suelo para volver a colocarse mirando hacia el lobo, que en ese momento se giraba y avanzaba despacio, como pavoneándose. Aegir no cayó en su trampa, y mantuvo la calma mirando fijamente todos los movimientos de su adversario. El lobo percibió que aquel humano no era un enemigo corriente, y se puso más serio. Echó a correr hacia el muchacho, que lo esperaba en cuclillas mirándole fijamente a los ojos, y cuando el lobo estuvo a unos diez pies, Aegir saltó hacia él sacando sus garras y clavándolas en el enorme cuello del animal, que empezó a sangrar y retorcerse, intentando liberarse. Pero cuanto más se movía, mas se desgarraba su cuello, hasta que dejó de hacerlo, muerto. Aegir se giró hacia la manada de lobos, completamente cubierto con la sangre de su enemigo, y profirió un potente aullido que resonó en todo el bosque. Los lobos, agacharon sus cabezas, y reconocieron a su nuevo líder, abriéndoles el paso a él y sus camaradas hacia su guarida. Los hombres caminaron asombrados, mirando a su líder con profunda admiración. Un muchacho tan joven, y ya se enfrentaba a un lobo tan grande como un oso con una frialdad y un temple extraordinarios. Ahí fue cuando supieron que Aegir haría grandes cosas a lo largo de su vida. Y se alegraron de tenerlo de su lado.

Pronto se establecieron en la guarida de los lobos, lo cual era muy beneficioso para ellos, pues los lobos casi nunca dormían profundamente y siempre había alguno vigilando. Además, sus desarrollados sentidos les permitían detectar a un enemigo antes de que este los detectase a ellos. Y con ellos siempre había caza fresca para comer. Pronto se adaptaron a la vida en aquel lugar, y decidieron que era el momento de empezar a atacar aldeas. Acompañados por la manada, sembraron el terror en las riberas del Nezvaya. En la primera aldea hiperbórea que atacaron, empalaron a todos su habitantes alrededor de la aldea como mensaje de advertencia a los hiperbóreos. Y esto produjo temor en toda la cuenca del Nezvaya y alrededores. Durante tres lunas saquearon las aldeas en la frontera entre Hiperbórea y Turán, dando rienda suelta a todo su odio acumulado hacia esos dos pueblos. Atacaban ferozmente y seguidamente huían a las montañas, a su guarida de lobos, sin dejar rastro. Así, pronto acumularon grandes riquezas, pues los pueblos de la cuenca del río eran bastante ricos gracias al comercio. Fue entonces cuando llamaron la atención más allá de las riberas del río, y los turanios comenzaron a enviar jinetes. Al principio eran pequeñas patrullas, pero en cuanto vieron el alcance de la destrucción y que muchas de las patrullas no regresaban, decidieron enviar jinetes bien armados. Los hiperbóreos, por su parte, enviaron los pocos guerreros que no estaban en el frente de Asgard. Pero aún así acudieron en gran número. Las incursiones empezaron a ser un fracaso y perdieron dos hombres, a Finn el cimmerio y a Vali el aesir, en una incursión a la aldea de Khodabai, que estaba en la misma frontera entre Hiperbórea y Turán. Entonces Aegir decidió regresar a la guarida de los lobos. El enemigo organizó batidas y patrullas de hombres por los bosques, y los bárbaros tuvieron que huir a las montañas. Cogieron el botín que habían acumulado y emprendieron la huida, con los jinetes turanios pisándoles los talones. Debían llegar pronto a las montañas, ya que allí los jinetes no tendrían ventaja y podrían aumentar distancias. Apuraron el paso todo lo que pudieron, y pronto se encontraron subiendo por la falda de las Montañas Salvajes. Allí, guiados por Aegir, descubrieron unas cuevas donde se refugiaron, montando guardia en la entrada y los alrededores, desde donde se podía divisar una gran cantidad de camino, lo que les permitiría tener un margen de huida en caso de que el enemigo los encontrase.

Dentro de la cueva, Aegir se puso a explorar, acompañado de Cathal y Björn. Las cuevas eran muy extensas, y necesitaron encender una antorcha para guiarse por las salas y pasillos. Encontraron entonces unas escaleras talladas en la roca que descendían, y las siguieron Las paredes estaban cubiertas de una especie de limo que emitía un leve resplandor verde-azulado que permitía ver sin necesidad de antorcha. De hecho, parecía dejar de brillar en presencia del fuego, y si se le acercaba, se destruía, como comprobó Aegir, fascinado por las propiedades de aquella sustancia que nunca antes había visto. Parecía incluso como si estuviera dotada de vida. Cuando llegaron abajo, se toparon con una enorme sala llena de columnas, claramente talladas por la mano del hombre y cubiertas por el mismo limo que llamó tanto la atención de Aegir. Avanzaron por la sala, y llegaron a una puerta de piedra protegida por dos estatuas de guerreros con armadura a ambos lados de ella. El asombro de los bárbaros fue mayúsculo, pues nunca habían visto nada parecido.

– Aegir, ¿Qué es esto? – preguntó Cathal – ¿Dónde nos encontramos?

– No tengo ni la más remota idea, amigo mío – respondió Aegir – Pero me gustaría saberlo. Parecen los restos de un antiguo reino.

– Un reino bajo tierra… – dijo Björn – ¿Creéis que guarda algún tesoro?

– Averigüémoslo – dijo Aegir, dirigiéndose hacia la puerta de piedra.

Así como Aegir se acercó a la puerta y comenzó a examinarla, las dos estatuas de piedra empuñaron sus espadas y se bajaron de sus pedestales, ante los gritos de alarma de Cathal y Björn para que Aegir saliera de allí. El aesir miró a las estatuas con asombro, y desenvainó su espada por acto reflejo. Sus compañeros hicieron lo mismo, y se enfrentaron como pudieron a las estatuas, que parecían haber cobrado vida mediante algún tipo de sortilegio. Aegir luchó y luchó, pero las estatuas no parecían saber lo que era el cansancio. Aegir resistió como pudo los embates de una de las estatuas, mientras Cathal y Björn luchaban con la otra, hasta que se vio acorralado y dio con su espalda en la limosa pared. Entonces se dio cuenta. ¡El limo! Las estatuas también estaban recubiertas de aquel extraño limo. Entonces se le ocurrió una genial idea, recordando lo que había aprendido sobre aquella extraña sustancia. Atacó con todas sus fuerzas a la estatua, obligándola a retroceder hasta que consiguió llegar a donde se encontraba la antorcha tirada en el suelo. La recogió, y entonces atacó a la estatua portando en una mano su espada y en la otra la antorcha. Para su júbilo, vio como el brazo de la estatua se quedaba rígido en cuanto le acercó la antorcha, y pudo romperlo fácilmente de un espadazo. Y así, armado con el fuego, destruyó a la estatua y fue en ayuda de sus compañeros. Cuando destruyeron la segunda estatua, un temblor de tierra los alarmó, y la puerta de piedra comenzó a abrirse.

– ¿Qué extraños prodigios son estos, Aegir? – dijo Cathal, asustado – ¡Por Crom! ¡Salgamos de aquí! La magia es peligrosa.

– No temas, Cathal – lo tranquilizó Aegir –. Confía en mí, nunca te he fallado y no voy a hacerlo en esta ocasión. Ahora que la puerta se ha abierto, debemos entrar.

– Estás loco, Lobo de Asgard. Finn era como mi hermano, y lo perdimos por seguir tus locos instintos, igual que a Vali – dijo Cathal, furioso – Y ahora quieres que entre en esas ruinas mágicas para morir yo también.

– Tranquilízate, Cathal – dijo Aegir, poniendo una mano sobre el hombro del cimmerio –. Yo también he llorado la muerte de Finn y Vali, y sabes que nunca fue mi intención que muriera ninguno de nosotros. Pero en la guerra no se puede predecir el destino, pues los dioses son caprichosos y a veces demandan la vida del que menos merece morir. Sígueme, Cathal. Hemos llegado hasta aquí, ¿Qué diría tu clan si supieran que llegaste hasta aquí y te marchaste por temor? ¿Qué diría Crom?

– ¡Por Crom y todos los dioses! – masculló Cathal, contrariado, pensando en estas palabras unos instantes, tras los que respondió –. Tienes razón, Aegir. Mi pueblo me miraría con desprecio si conocieran semejante cobardía. Te seguiré, hasta la mismísima Atlantis si fuera necesario, y compartiré tu destino, sea glorioso o miserable.

– Me alegra oírte decir eso, amigo mío – dijo un sonriente Aegir, y mirando a Björn preguntó –. ¿Y que hay de ti, Björn?

– Yo te seguiré, Aegir, a donde sea que vayas – dijo el aesir, encogiéndose de hombros –. Eres el hijo de mi jarl, y por lo tanto te seguiré como le seguiría a él mismo.

– Está bien – dijo Aegir, lanzando una mirada de aprobación a Björn – Entremos y veamos que prodigios esconde esta construcción.

Aegir echó a andar, espada en mano, cruzando la enorme puerta pétrea seguido por Cathal y Björn. Entraron entonces en un largo pasillo, lleno de grabados en una extraña lengua que no conseguían reconocer, aunque su dominio de las lenguas tampoco era muy elevado. Las paredes del interior del edificio excavado en la roca no estaban cubiertas por aquel misterioso limo, que sin embargo si se extendía por todo el techo. Pronto llegaron a una gran sala, en cuyo centro había una gran pila en la que ardía un fuego de color azulado y, tras ella, una misteriosa anciana sentada en un sitial de piedra. Tras este trono, había nueve tronos más, ocupados por las figuras de nueves esqueletos vestidos lujosamente, a pesar de que las ropas se hallaban ajadas y maltrechas por el paso de los siglos. Llevaban todos una corona sobre sus cráneos desnudos, y sostenían cada uno una espada clavada en el suelo. Los bárbaros se miraron entre sí, asombrados por la aparición de aquella anciana, que parecía estar viva, y los observaba. De pronto, la anciana se dirigió a ellos, diciendo:

– Acércate, Aegir de Asgard, pues hace tiempo que tu llegada fue anunciada.

– ¿Quién eres tú? ¿Por qué conoces mi nombre? – rugió Aegir, acercándose – ¿Qué es este extraño lugar?

– Domina tu espíritu ardiente, joven aesir. Estás en la Sala de los Reyes de Thule, donde reposan sus restos, que puedes ver tras de mí – dijo la anciana, impasible –. Yo soy Saga, la sibila, y veo lo que es, lo que fue y lo que será en el agua sagrada de Thule, contenida en esta pila.

– ¿Eres tú quién creó la cosa esa que brilla y da vida a la piedra inerte? – dijo el bárbaro.

– No, no he sido yo. Es tan antigua como yo, y protege este lugar. Ambas fuimos creadas al mismo tiempo, de la propia tierra.

– ¿Por qué? – preguntó Aegir, extrañado – ¿Qué debe proteger?

– A mí, y a los tesoros que albergan estas cámaras – dijo la anciana, con voz profunda –. Este lugar es lo que queda de Thule, la antigua raza de la que descienden los aesir, la raza cuya sangre corre por tus venas, joven lobo.

– ¿Thule? – inquirió Aegir, asombrado – Pero Thule quedaba muy lejos de aquí, en el Norte, ¿Cómo es posible?

– Cuando ocurrió el cataclismo, los supervivientes de Thule decidieron construir este lugar para albergar los tesoros que pudieron salvar de la catástrofe, junto a los cadáveres de sus reyes – narró Saga, la sibila –. Y rogaron a sus dioses para que lo protegieran. Lanzaron diversos sortilegios sobre el lugar y, de las profundidades de la tierra, un gran temblor les avisó de que sus ruegos habían sido escuchados. Así nacimos mi hermana Syn y yo, que desde entonces protegemos el lugar hasta la llegada del legítimo heredero de Thule. Diversos candidatos lo intentaron antes que tú, Aegir de Asgard, y todos fracasaron.

– ¿Intentaron el qué? – preguntó Aegir, sin comprender nada.

– Obtener el Arco Dorado de Vali, el primer rey de Thule – dijo Saga –. Dicho arco es la marca del rey de Thule. Tú has venido a obtenerlo, aunque no lo sepas, porque estabas destinado a ello desde que naciste. Eres uno de los candidatos, nacidos entre los nordheimr, a heredero de Thule, Aegir, Lobo de Asgard.

– Pero tú puedes ver el futuro, ¿No es así? – preguntó Aegir – Tú ya sabes si lo obtendré o no, ¿Cierto? ¡Dímelo, anciana!

– Cierto es, pero no puedo revelarte eso, joven aesir – dijo la sibila –. Debes afrontar tu destino sin conocerlo, cómo todo hombre antes que tú desde el inicio de los tiempos. De nada te serviría conocer tu futuro en esta ocasión, pues venzas o seas vencido, no podrás salir de aquí sin afrontar la prueba que Saga plantea a los hijos de Asgard.

– ¿Y cuál es esa prueba? – rugió Aegir.

– Deberás vencer a los nueve reyes de Thule en combate singular, sin ayuda de tus amigos – respondió la sibila –. Si los vences, incluyendo a Vali, serás el legítimo heredero de Thule, y tu nombre será recordado por los siglos de los siglos.

– Pero Thule no existe ya – respondió el joven – Seré el heredero de un reino enterrado.

– Thule existe en la sabiduría del alma de sus reyes, que irás absorbiendo a medida que los derrotes en combate – dijo Saga – Pero no te será fácil, muchacho. Los reyes de Thule son grandes guerreros curtidos en mil batallas, te costará sangre, sudor y lágrimas vencerlos.

– ¡Por Ymir que lo haré! – rugió el aesir, mirando a la sibila con sus centelleantes ojos azules – Puedes llamarlos cuando desees, anciana, estoy preparado para afrontar mi destino. ¡Victoria o Valhalla!

– Está bien, sea así, el destino está escrito con sangre – dijo la anciana dando una palmada.

En uno de los sitiales, el que estaba más a la izquierda, un fuego fatuo de color rojo se introdujo por los huecos del esqueleto que se hallaba allí sentado, y éste se levantó alzando su espada y dirigiéndose hacia donde se encontraba Aegir, que entregó su arco y carcaj a Björn y Cathal y les ordenó retirarse. Empuñó su espada y se enfrentó al rey esqueleto, cuya corpulencia sorprendió al joven lobo. Pronto pudo comprobar que la advertencia de la anciana sibila era dolorosamente cierta. Le seria difícil salir victorioso de aquel combate, y todavía le quedaban ocho más. El joven aesir luchó con frenesí y fue ganando terreno al poderoso rey no-muerto, pero no conseguía realmente encontrar un punto débil y así poder vencerlo. Entonces, en una finta sensacional, el aesir saltó varios pies y de un potente tajo cortó la cabeza del esqueleto, que salió volando y se destrozó contra una columna de piedra. El esqueleto comenzó entonces una serie de embestidas contra Aegir, que le obligaron a defenderse frenéticamente para no ser partido en dos por la enorme espada del rey de Thule. Entonces, el muchacho se dio cuenta que el poder que mantenía en pie al esqueleto era aquel resplandor rojo que emitía su caja torácica. Resistió todos los ataques que le lanzó el cadáver, y comenzó a su vez una poderosa serie de ataques centrados en el pecho del esqueleto. El muerto se defendió como pudo, hasta que en uno de los retrocesos, tropezó con una losa rota del suelo, y cayó de espalda. Aegir aprovechó este error para saltar sobre él y clavarle su espada en el esternón. De pronto, el esqueleto comenzó a temblar y la extraña luz roja se fue arremolinando alrededor de la espada de Aegir y subiendo por los brazos del muchacho, fortaleciéndolos y llegando a su cabeza, donde un profundo río de conocimientos antiguos se desbordó hacia su cerebro, conocimientos de Baldur, último rey de Thule, a cuyo cadáver acababa de vencer. Aegir se levantó, fortalecido y enriquecido, envuelto en un aura de un color rojizo, y se dirigió a la anciana:

– ¿Ahora qué? – dijo el joven – He podido ver la caída de Thule, el éxodo de su pueblo, y la construcción de este lugar. Y siento un extraño poder que recorre mi cuerpo.

– Es el poder de Baldur, último rey de Thule – respondió la sibila –. Lo has absorbido, junto con sus conocimientos, cuando conseguiste vencerlo. Y necesitarás ese poder, pues ahora te enfrentarás a su padre, Odinn de Thule, que fue uno de los más grandes reyes de Thule.

Un fuego de color azul se dirigió entonces al segundo sitial, y Odinn de Thule se levantó, dirigiéndose a Aegir con su espada en alto. Aegir lo venció. Y venció también a Loki, Thor, Bragi, Heimdall, Tyr y Vidarr. Agotado, miró a la anciana, que le dijo:

– Muy bien, Lobo de Asgard. Nadie había llegado hasta aquí. Nadie había superado siquiera el primer combate. Has derrotado a todos los reyes de Thule, y has adquirido su sabiduría. Pero ahora te enfrentarás a Vali, el Gran Rey de Thule. Vali, el más sabio y legendario de todos y al que nadie jamás venció en combate.

– Siempre hay una primera vez, anciana – respondió Aegir, sonriente – Hazle salir.

Pronto se le borraría a Aegir la sonrisa de su rostro, pues lo que se levantó del sitial no era un esqueleto, sino un hombre, exactamente igual que Aegir, pero bastantes años más viejo. Aegir retrocedió, mientras escuchaba la risa malvada de la anciana y Vali se acercaba sonriendo hacia él, rascando el suelo con la punta de su espada. Aegir estaba en una mezcla de asombro y terror. ¿Qué clase de sortilegio era aquel que le hacía verse a si mismo en la madurez? ¿Tal era el parecido del rey Vali con él? Decidió desterrar estos temores de su cabeza, y se dirigió a Vali, con su espada en la mano. Resistió los ataques de Vali durante poco tiempo, hasta que éste logró hacerle un tajo en el brazo izquierdo, y lanzó con él a rodar por el suelo de una patada.

“Está jugando conmigo”, pensó Aegir. Entonces decidió tirar su espada, ante la atónita mirada de Vali, que le preguntó si se rendía. Aegir sonrió y sacó sus puñales cimmerios del cinto, moviéndolos con una celeridad increíble. Vali sonrió y comenzó de nuevo sus ataques, pero Aegir era de pronto mucho más ágil, y Vali descubrió que tenía ante sí a un enemigo terrible con aquellos cuchillos, con la agilidad de un lobo y la misma ferocidad. El combate fue atroz, y ambos combatientes acabaron en distintas esquinas de la sala, exhaustos de rodillas en el suelo, ensangrentados y mirándose fijamente. Entonces se lanzaron a correr uno contra el otro, gritando. Vali alzó su espada y Aegir saltó hacia él, sacando sus garras. Vali se detuvo, sorprendido ante esta nueva arma, y detuvo como pudo la embestida de Aegir. Pero el joven era demasiado rápido, y pronto lanzó la espada de Vali por los aires y le atravesó el pecho con sus garras, absorbiendo todo su poder. Aegir cayó fulminado al suelo, y en su sueño vio las gestas de Vali, la fundación de Thule y sus altas murallas, y el Arco Dorado. Cuando despertó, vio a Cathal y Björn, que se afanaban en echarle agua en la cara para intentar reanimarlo. Éstos se alegraron enormemente cuando vieron que abría los ojos.

Cuando se hubo recuperado, Aegir se dirigió hacia la anciana sibila. Sobre la pila se hallaba, flotando sobre el fuego, el Arco Dorado de Vali. Aegir se paró ante él contemplándolo, tal y como lo había visto en su ensoñación, tan perfecto y brillante. No se decidía siquiera a tocarlo.

– Cógelo, Lobo de Asgard. Es tuyo – dijo la anciana –. Eres el legítimo heredero, así que porta con honor el Arco de Vali y recibe también el honor de ver tu futuro en la Pila de la Memoria y el Tiempo.

– ¿Qué veré en ella, anciana? – preguntó con desconfianza Aegir.

– Verás lo que La Pila desee mostrarte. La Pila lee en lo más profundo de nuestro ser, y siempre espera que obtengamos una enseñanza de sus visiones – dijo la sibila –. Si eres un necio y soberbio rey que maltrata a sus vasallos, te mostrará tu muerte entre dolores, mientras tus vasallos se ríen a tu alrededor. Si eres un hombre amargado por la pérdida de aquello que amas, te mostrará cómo saldrás adelante y volverás a tu sino. La Pila es impredecible, según quién mire en ella. ¿Qué verás tú, Aegir de Asgard? Sólo ella lo sabe. ¿Mirarás en la Pila, joven lobo?

– No lo haré, anciana – dijo Aegir ante el asombro de la sibila y sus compañeros – Lo que tenga que ser mi destino, que sea como los dioses quieren que sea, que lo afrontaré con valor.

– Sabia decisión, joven lobo – dijo la anciana sonriendo – Coge entonces el Arco Dorado de Vali y sal de aquí, pues el ancho mundo te aguarda, Aegir de Asgard, Heredero de Thule, Portador del Arco de Vali.

Aegir sostuvo el arco con sus manos y observó que estaba ricamente tallado, con adornos y runas de Thule. Era sumamente ligero, y se lo colgó a la espalda, saliendo de allí, seguido de Cathal y Björn, que hablaban de cómo su nombre seria cantado por los poetas. Aegir de Asgard, El Lobo, Heredero de Thule, Portador del Arco de Vali…

Aegir caminó en silencio, hasta que llegaron a la entrada de la cueva, donde sus compañeros estaban asando ciervo en una hoguera. En cuanto les hubieron narrado la historia, no pudieron creerlo, hasta que vieron el arco con sus propios ojos. Todos comieron, y mientras tanto, Cathal narró como Aegir venció a los reyes de Thule uno por uno. Sigvard dijo que había oído hablar de ese arco a su abuelo cuando era niño, pero pensaba que eran leyendas para dormir a los niños. Pero no, el Arco existía, y el heredero del legado de Thule era Aegir, hijo de Utgard, El Lobo de Asgard triunfante. Así transcurrió la comida, cuando de pronto entraron corriendo Ulfric y Agh, que estaban de guardia fuera. Los hiperbóreos se acercaban montaña abajo. Entonces todos recogieron sus pertenencias y botín, y salieron de la cueva. A la entrada de la cueva, miraron por encima de los peñascos que la cubrían, y vieron a lo lejos una columna de guerreros que avanzaba hacia allí. Aegir decidió entonces separar definitivamente su camino del de sus compañeros, se despidió de ellos deseándoles suerte, y emprendió su nuevo camino. Cathal y Björn se abrazaron a él, llorando, mientras el resto se inclinaban en señal de respeto. Aegir los animó, y les recomendó volver a Asgard y Cimmeria, a reunirse con sus familias y llevarles el fruto de sus saqueos. Él, por su parte, dirigiría sus pasos hacia Zamora, donde tenía pensado aprender las artes de los ladrones. Pero eso, mis jóvenes viajeros, es otra historia, que Gabai de Shushan os contará la próxima visita, pues los viajeros están cansados ahora y deben dormir.


Libro de Visitas

Victor Romero ©

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Escrito por Prometheus el 24/12/19

El Torneo


En el año 1192 se estableció en el Japón feudal el primer Shogunato. Un Shogunato era una especie de gobierno que regía en toda el área correspondiente al país. Aunque el emperador era la cabeza del país, en realidad era el Shogun quien gobernaba. El emperador era más bien guía espiritual del pueblo. Este Shogunato fundado por Minamoto No Yoritomo junto al líder del clan Hojo, Hideo Tokimasa con cuya hija Masako estaba casado, en la ciudad de Kamakura, por eso se le llamaba Shogunato Kamakura. Este Shogunato estaría vigente hasta el año 1333. Luego de un período de tres años de recesión, otra familia asumiría el poder político y militar, Los Ashikaga los cuales estuvieron en el poder hasta el año 1573. Luego de otro receso hasta el año 1600 en el que se establecería lo que fue el último Shogunato en Japón encabezado por el clan Tokugawa que duraría hasta el año 1875.

En el año 1697, en el Japón feudal, durante el Shogunato de Tsunayoshi Tokugawa surgió el primer clan de asesinos del que se tiene memoria. Este clan llamado Aritoshi se dedicó a criar, y entrenar a niños y niñas buscados en las aldeas próximas a la región de Ishigun. Los robaban, los compraban o los intercambiaban según fueran las circunstancias. Los llevaban a la antigua ciudad de Misha donde muy pocas personas se atrevían a entrar porque se decía que estaba embrujada y los Aritoshi se aprovechaban muy bien de esta leyenda. La magia, la religión, los temores humanos, todo un conglomerado de emociones se conjugaban durante el entrenamiento de los ninjas o shinobis como se le llamaba a esta élite de mercenarios. Aunque la mayoría eran hombres, también había mujeres. No todas lograban terminar el entrenamiento que era más duro de lo que se pudiera imaginar. No había distinción de sexo. Era lo mismo tanto para ellos como para ellas. Todo empezaba a la edad de cinco años. Lo primero que aprendían los futuros ninjas era a ¨vivir en el agua¨. Este concepto consistía en literalmente vivir dentro de un lago hasta que aprendían a ser uno con el elemento. Pasar tiempo debajo de las aguas hasta casi ahogarse. Nadar de manera tan sigilosa hasta que no fueran percibidos ni dejaran una estela detrás. No había miramientos ni amabilidades, si fallabas eras castigado y no se te permitía comer, ni dormir ni realizar ninguna actividad hasta que completaras la tarea asignada. Si no lo lograbas en el tiempo establecido, no servías y eras asesinado por tu Sensei sin ninguna misericordia. El primer ninja en salir de la aldea a cumplir una misión fue Kenjiro Aritoshi. Era el hijo menor de Kenji Aritoshi, fundador de la escuela de asesinos. Se le ordenó matar a Matsuo Okeda, un regional enviado por el Shogun a fungir como juez en la aldea de Gaishi. Matsuo se proclamó regente de la zona y se volvió un tirano. Con cientos de hombres bajo su mando, era juez, jurado y verdugo para los habitantes. Hacía préstamos con altos réditos, que los aldeanos al no poder pagarlos en el tiempo concedido perdían sus tierras o aquello que hubiesen puesto como garantía. Matsuo no era tonto y mantenía contento al gobierno con un por ciento elevado que hacía llegar al gobernador de la región. Pagar a un asesino no era barato, pero a veces los Aritoshi hacían concesiones por conveniencia. Kenjiro había sido entrenado junto a sus hermanos Shiro y Nishi.

Pero hagamos un poco de historia. Kenji Aritoshi era un viejo samurái caído en desgracia durante la gerencia del Shogun anterior porque no estaba de acuerdo con algunas decisiones que se tomaban a favor o en contra de algunos aldeanos. Se había dedicado al pillaje y a vender su espada al mejor postor. Cuando la ocasión se daba, robaba a los ricos para ayudar a algún ciudadano o alguna aldea en desgracia. Una especie de Robin Hood. Durante sus años de fechorías se fue encontrando con otros que tenían sus mismas dificultades y habilidades y cada día fueron más y más. Se convirtieron en Los Aritoshi, una temida banda de insurrectos que eran una espina en el costado del Shogun, quien ofrecía una jugosa recompensa en oro por su captura. Pero estos rebeldes eran unos admirados héroes para el pueblo y no había forma de que fueran capturados ya que nadie daba noticias de su paradero, aunque estuvieran en el mismo lugar. En un bosque de la provincia de Tousha, dónde se levantaba una pagoda, salvaron a una mujer y a su hija de ser violadas por otro grupo de bandidos. La mujer, Keiko Kaneda, una viuda, hermana de un rico comerciante de la zona, los invitó a su casa para recompensarlos. Los trece miembros de los Aritoshi llevaban unos días de correr sin descanso por causa de la persecución de un destacamento militar y aprovecharon la invitación para conseguir unas horas de asueto. Keiko de treinta y un años y su hija Mishi Okaido de catorce, condujeron al grupo hasta el pueblo donde por ser desconocidos todos los miraban con mucha desconfianza. Yotsumaru Kaneda, hermano de Keiko venía con unos amigos del restaurante del que era dueño y se asombró de la comitiva. Al preguntar la razón y conocer la respuesta se puso muy contento y corroboró la invitación de su hermana. La abundante comida y el sake alegraron los espíritus de los Aritoshi que casi nunca podían realizar actividades como estas que pronto cayeron en un estado de ebriedad. Como la casa, a pesar de pertenecer a alguien con riquezas, no estaba preparada para tantas personas, por tanto, solamente a Kenji por ser el jefe y a Mika Kurosawa, la única mujer hasta el momento del grupo se le cedieron habitaciones dentro de la casa. Los demás fueron acomodados en el granero. Koshiro Sanade, amigo de Yotsumaru, pudo descubrir quienes eran los invitados por algunas frases que mencionaron durante la cena, además era de conocimiento público que la fémina que los acompañaba aparte de una belleza sin igual también tenía una cicatriz vertical desde la ceja izquierda hasta la barbilla. Envió un emisario al cuartel militar más cercano con la seguridad de que ganaría la recompensa y por fin tener aquello que tanto anhelaba y que Yotsumaru poseía de más. El coronel Metsudo Aramatsu envió a su mejor hombre a detener a los Aritoshi, el capitán Yoshi Saito, con un regimiento de sesenta soldados. Mishi, se había quedado en la habitación de Mika porque se había fascinado con esta mujer que manejaba la espada como si fuera los palillos de comer y que tenía tantas historias vividas. La niña se imaginaba una vida de aventuras, viajando por todas partes, conociendo otros lugares, cosas que le estaban vedadas a las jóvenes de sociedad como ella. Se hallaban conversando en el patio de la residencia cuando empezaron a escuchar ruidos extraños. Se acercaron al portón cerrado por donde observaron al contingente militar llegando.

Mishi le dijo que esto era muy raro porque el capitán Yoshi era muy amigo de su tío para llegar a esas horas y con tantos soldados. Mika observó unos segundos más y reconoció la formación de ataque furtivo de los militares. Tenían muy poco tiempo para escapar.

Tomó rápidamente a Mishi de la mano y corrió sin ruido alguno hasta la habitación de Kenji, quien se encontraba disipando los vapores del sake con una meditación. Sin mediar palabra, solo con gestos le informó de lo sucedido.

Kenji asintió y salió al patio pegado a la pared mirando a todos lados. Su cuerpo era capaz de adaptarse a las formas del edificio como una sombra, como una estructura más.

Ya los guardias estaban entrando a la residencia y el alboroto con los sirvientes despertó a casi todo el mundo, menos al resto de los Aritoshi porque estaban un poco alejados de la entrada principal.

Por lo que Kenji escuchaba estaban totalmente rodeados y además oía ruido en el techo de donde se encontraba. Lo que indicaba que también había soldados ahí. Yotsumaru discutía con el capitán Yoshi, le explicaba que esos hombres habían salvado a su hermana y a su sobrina de algo peor que la muerte. Quería apelar a los sentimientos que Yoshi profesaba por su hermana, aunque sabía que lo más probable es que triunfara el deber sobre el amor. Yoshi fue inflexible a los argumentos de Yotsumaru y ordenó registrar la residencia hasta el último rincón. Mientras tanto, Mika había llegado hasta el granero. Sacó una pequeña bolsa de su cinturón y extrajo de ella un polvo que fue dejando caer sobre la cara de cada uno de los Aritoshi, los cuales se fueron despertando bruscamente. Mika los puso en antecedentes de lo que ocurría en pocos segundos y les dejó saber la estrategia de Kenji para escapar del lugar con el menor derramamiento de sangre posible. Mika dejó a Mishi en un lugar seguro y salieron a reunirse con Kenji. Dentro de la casa se escuchaban los guardias registrando cada habitación. Keiko estaba asustada. No encontraba a Mishi por ningún lado y tenía miedo de preguntar por ignorar la reacción de los guardias. Yotsumaru discutía acaloradamente con Yoshi. Le parecía intolerable la afrenta de la que estaba siendo objeto. Era muy amigo del juez, quien era la primera autoridad de la aldea, pero Yoshi no se dejaba convencer por nada. Si el grupo escondido en casa de Yotsumaru eran los Aritoshi y los atrapaba vivos o muertos, eso le garantizaría una promoción. Mantenía su posición y no se asustaba de las amenazas del dueño de la casa de acusarlo de abusador de su rango. Yoshi sabía que con sólo decir que creía que el subversivo grupo se escondía en casa de Yotsumaru tendría la excusa perfecta para sus superiores. Amaso Akagua, uno de los sirvientes de la casa y espía de Koshiro descubrió a los rebeldes en el área norte del patio y de inmediato fue a informarle al capitán, ganándose una mirada de desaprobación de Yotsumaru. Koshiro vio aquí la oportunidad de vengarse de los alardes de su supuesto amigo. El capitán Yoshi se levantó de su asiento para dirigir el ataque personalmente. Era un consumado espadachín y no temía al enemigo.

Los guardias inmediatamente empezaron a rodear a los Aritoshi quienes vieron que no tenían más opción que pelear. Takashiro Kishibe, llamado también la Espada Nocturna y mano derecha de Kenji fue el primero en salir a hacer frente a la numerosa guardia. Estaban rodeados a excepción de la parte sur de la casa donde había una alta pared.

Ito y Ogami los gemelos mortales como se les conocía, se colocaron en posición de Tigre en alerta, con sus espadas aun sin desenvainar, pero los guardias sabían que esto no era una desventaja para el dúo de quienes conocían innumerables leyendas. Kenji salió al frente del grupo y enfrentó a Yoshi. Ambos hombres se miraban con admiración y respeto. Yoshi era un militar que gozaba de la confianza del shogun por su capacidad de estratega y su entrega a la disciplina.

--Capitán, mi nombre es Kenji Aritoshi y no quisiera un inútil derramamiento de sangre en esta casa donde se nos ha dado hospedaje sin saber quiénes somos, por lo tanto, su dueño no es responsable de nuestra presencia más que por haber pecado de buena fe, dejándose llevar por la costumbre de la hospitalidad. Le prometemos alejarnos de esta zona si nos permite salir sin pelear y nos asegura que no habrá consecuencias para el señor Yotsumaru.

--Señor Aritoshi. En primer lugar, no acepto ordenes de ningún hombre que no sea mi superior. Usted no es nadie, para exigir, por lo tanto, le impelo a rendirse junto a sus hombres y le prometo que serán tratados con respeto hasta llegar a la prisión de Kioto, donde serán juzgados por sus crímenes contra el emperador y nuestra nación.

--Capitán Yoshi. No le estoy ordenando nada. De hecho, le estoy haciendo un ruego. Permitirnos salir a mí y a mis hombres para que nos vayamos de la zona y le aseguro que nunca escuchará hablar de nosotros.

El teniente Akira Ono, el segundo al mando de la tropa, salió al frente y se colocó al lado de su jefe al tiempo que sacaba su katana y decía:

--Estúpido arrogante. ¿Cómo te atreves a hablarle así al capitán? Me encargaré personalmente de que te encierren en una cueva sin agua ni comida.

Kenji lo miró con desprecio por unos instantes antes de posar sus ojos nuevamente en Yoshi.

--Por favor, capitán. ¿Qué dice? ¿Acepta mi propuesta?

--Dejen sus armas ahora si quiere evitar derramar sangre, señor Aritoshi. De esa manera, los Kaneda estarán fuera de toda sospecha de complicidad de un grupo subversivo.

Kenji echó una mirada a su alrededor. Sus hombres apenas respiraban. No veía otra salida al conflicto que pelear. No es que tuvieran miedo, pero si temía por los habitantes de la casa. El teniente Akira adelantó un paso hacia el grupo y una docena de soldados lo siguió en coordinado movimiento. Mika se acercó a Kenji y le dijo algo al oído, él la interrogó con la mirada y ella asintió enérgicamente. Kenji se dirigió a Yoshi y le dijo:

--Tengo una pregunta para usted, capitán. ¿Qué tan buenos son sus hombres en una pelea?

Aunque se extrañó por la pregunta, Yoshi sonrió al responder.

--Mis guardias son de un grupo muy selecto de militares. Cuidadosamente escogidos por sus habilidades.

--¿Y quién es el mejor de todos ustedes?

--Obviamente yo soy el mejor.

--Entonces le propongo una pelea entre usted y yo. Si usted gana, nos rendiremos y podrán llevarnos prisioneros a donde quieran, pero si yo gano, entonces nos permitirán escapar y promete que no habrá consecuencias para los Kaneda.

Muy enfadado, el teniente Akira saltó al frente del capitán y vociferó.

--¿Acaso piensas insensato, que el capitán se rebajará a pelear con un bandido de cuarta como tú?

--No, a menos que tenga miedo.

Yoshi apretó los labios y con un gesto de la mano, devolvió al teniente a las filas.

--Muy bien, señor Aritoshi. Pelearemos usted y yo. ¿Alguna regla en particular?

--Que no sea una pelea a muerte, capitán. El que le haga el primer corte al otro, en cualquier lugar del cuerpo, gana.

--Muy bien, acepto.

A una señal, los guardias dieron cuatro pasos atrás para dejar campo entre los contendientes. Yoshi se despojó de su capa y su sombrero. Sacó su katana de la cintura dio dos pasos laterales y se puso en posición. Kenji no sacó su espada, puso sus brazos en posición de defensa llamada Sombra del Águila y dio un solo paso adelante. Yoshi se dijo ´no tengo por qué solo herir a Kenji Aritoshi, si puedo matarlo lo haré, de todas formas, la recompensa es vivo o muerto´.

Yoshi no quiso esperar más, atacó a Kenji con mandobles tan rápidos que todo el mundo supo que no eran solo para herir. Pero Kenji pareció adivinar sus pensamientos ya que esquivó todos los ataques con simples movimientos de sus hombros sin apenas cambiar de posición. Solamente esquivaba y bloqueaba.

Yoshi era un experimentado guerrero, pero no tenía ni la más remota idea de a quien se enfrentaba.

--Con cualquiera de esos golpes pudo haberme cortado la cabeza, capitán. —dijo Kenji con una sonrisa.

--No se asuste, señor Aritoshi. Sabía que no lo tocaría. Conozco su reputación.

--¿O sea, que nuestro acuerdo sigue en pie todavía?

--Por supuesto. Le he dado mi palabra.

--Entonces, supongo que es mi momento de atacar.

--Puede atacar cuando quiera. Lo estoy esperando.

Y Kenji atacó. Hizo un movimiento tan rápido que cuando Yoshi movió su espada para la defensa, ya Kenji estaba frente a él, pero de espaldas sujetándole el brazo armado.

--Ahora teniente. —gritó desesperado el capitán.

--Ahora Mika. —gritó también Kenji.

Akira hizo un gesto y sus arqueros salieron de la nada con arcos preparados. Mika metió la mano en su bolsa de la cintura y sacó un puñado de polvos que lanzó al aire gritando una frase incomprensible y una cegadora luz invadió el ambiente por unas décimas de segundo. Cuando los soldados volvieron a tener visibilidad, los Aritoshi habían desaparecido del patio y se habían llevado al capitán con ellos.

El teniente Akira pareció enloquecer mirando a todas partes y gritando órdenes de búsqueda. Los guardias se movieron con celeridad buscando a los bandidos y descubrieron que habían escapado saltando la pared del fondo del patio que daba a una calle solitaria. Aunque la ventaja no era mucha, el desconcierto permitió al grupo alejarse lo suficiente para que se detuvieran unos segundos y deliberar.

--Capitán, su honor deja mucho que desear, pero no le guardo rencor. Por lo menos mantenga su promesa de dejar fuera de esto a los Kaneda. No quisiera enterarme de que un solo de sus cabellos ha sido tocado por esta causa. Quédese aquí, espere a sus hombres y regrese a su cuartel que nosotros nos iremos muy lejos de su zona.

--Entréguese Aritoshi. Si no soy yo, alguien más seguirá en su busca y lo encontrará.

--No se preocupe por nosotros, capitán. Fue un placer conocerle. Espero que la reprimenda por mi escape no le traiga duras consecuencias. Vámonos.

Y corrieron hacia el bosque cercano desapareciendo entre los árboles y la maleza en pocos segundos. Una hora después, en casa de los Kaneda, el capitán decía:

--Será acusado de traición por dar albergue a unos prófugos de la justicia, Yotsumaru. Tu hermana y tu sobrina serán enviadas a la capital a una casa de té, pero no te preocupes, conozco a la dueña y sabrá muy bien cómo tratarlas. Pero antes pasaran un rato con mis hombres para que empiecen a practicar su educación para con ellos. Tus propiedades serán incautadas y entregadas al señor Koshiro Sanade para su administración. Es muy probable que seas condenado a la horca.

Tragando saliva con dificultad, Yotsumaru replico:

--Capitán, sabe muy bien que soy inocente de cualquier acusación. No podía saber que ellos eran ese famoso grupo buscado por la ley y mi hermana y mi sobrina no tienen nada que ver con esto. Me quejaré ante el coronel de esta afrenta, era muy amigo de mi padre.

--Basta de excusas. Teniente, ponga en custodia a todo el que viva en esta residencia y traiga a mi presencia al señor Sanade.

Yoshi estaba muy enfadado con lo sucedido. Akira saludó y se marchó a cumplir la orden. Un rato más tarde, en el patio delantero de la casa, todos los asustados sirvientes estaban reunidos bajo el alero principal. Diez soldados al mando del sargento Ayato Ojima los vigilaban. Ojima era famoso por su crueldad con los prisioneros. Usaba un látigo con incrustaciones de metal afiladas que causaban un daño terrible y él era un experto en su uso. Caminaba de un lado a otro con el látigo envuelto en su mano izquierda mirando a los sirvientes quienes temerosos mantenían la vista al suelo. pero había algo que les inquietaba más que los guardias y la actitud de maldad del sargento. Había un hombre joven entre ellos que al parecer nadie parecía conocer. Dijo ser nuevo y que trabajaba en los establos del sur y que justamente había ido a la residencia principal ese día a un mandado de su capataz. Lo que les causaba inquietud era que el chico intentaba tranquilizar a todos diciéndoles que todo estaría bien, que no se preocuparan. Hablaban en tono muy bajo para que los guardias no los escucharan. El joven dijo llamarse Hotaro Nagisha y su sonrisa constante inspiraba confianza.

En el salón principal, vigilados por media docena de guardias, Yotsumaru y Keiko hablaban de la situación en la que se encontraban. Mientras en el área del comedor, el capitán Yoshi ponía en antecedentes al señor Koshiro sobre sus planes con respecto a las propiedades de los Kaneda.

--La idea es que usted se encargue de administrar los negocios de los Kaneda y nos repartiremos los beneficios. Al principio dejaré este lugar como su residencia y será donde venga a descansar de vez en cuando. ¿Qué le parece?

--Es una idea excelente, capitán. ¿Está seguro que Yotsumaru no volverá? Tiene muchas influencias con el juez y el coronel.

--No se preocupe, Koshiro. Yo me encargaré de que pierda esas amistades. Ahora me los llevaré a todos al cuartel y de ahí los trasladarán a la capital donde serán juzgados y condenados por traición.

--¿No podría usted dejar aquí a la señora Keiko?

El capitán Yoshi miró a Koshiro con furia en los ojos, pero sonrió al contestar.

--Es mejor para todos si no la dejo. De esa forma nos evitamos problemas posteriores.

--Muy bien capitán, se hará como usted diga.

--Sí. Teniente Akira, nos vamos a Kanshen, prepare todo para la marcha en 15 minutos. Iré a hablar con los Kaneda para que se despidan de este lugar. Vaya usted también a preparar su traslado a esta casa señor Koshiro.

--Si capitán, estaré aquí antes de que se marchen. Ya traerán los criados el resto de mis cosas después.

--Bien. Cuide todo hasta que vuelva.

Yoshi salió de la estancia y se dirigió al comedor donde estaban Yotsumaru y Keiko. Ellos lo miraron ansiosos esperando que hubiera cambiado de opinión

--Dentro de unos minutos nos iremos hacia Kanshen y desde ahí serán trasladados a Kioto. Lamento mucho que no hayamos podido ponernos de acuerdo, señor Kaneda.

--Capitán, aun no es tarde para enmendar las cosas. No ha pasado nada, nadie ha salido herido, esto es solo un malentendido que sus jefes verán y no les gustará. Por favor, váyanse y déjennos vivir tranquilos. No hemos hecho nada malo.

--¿Oh, me amenaza usted con acusarme ante mis superiores, señor Kaneda? Debería agradecerme seguir con vida, ya que ante mi presencia huyeron despavoridos esos indeseables.

--Le agradecemos capitán, pero por favor…

--Ya basta de ruegos. Recojan algo de ropa para los tres ya que el viaje es incómodo y en algunos tramos del mismo hace muchísimo frío. Traigan a su sobrina que está encerrada en su habitación. Tienen cinco minutos.

Yoshi salió del comedor y se encontró con el teniente Akira a quien le transmitió sus últimas órdenes. Cuando estaban todos en el patio listos para salir llegó Koshiro Sanade con tres sirvientes y una carreta con algunos enseres. Se despedían cuando una flecha surco el aire y se clavó en el pecho del guardia que abría la puerta. Su grito de dolor alerto a los demás que de inmediato rodearon al capitán Yoshi mirando a todos lados. Una voz que al principio no se supo de dónde venía se escuchó entonces.

--Capitán Yoshi, al parecer el hecho de dejarlo vivir no fue suficiente para que su honor saliera a la luz. Le rogué que dejara a los Kaneda fuera de esta cuestión, pero su orgullo pudo más que su sentido común. Ahora ninguno podrá escapar con vida de aquí.

--Dé la cara, Aritoshi. No me asustan sus bravuconadas. Venga con sus indeseables y resolvamos esto de una vez.

Yoshi dio órdenes a Akira y los guardias se pusieron en posición para repeler el posible ataque. Los más habilidosos y los especialistas en algún arma en concreto se colocaron en la primera línea de combate. Una explosión se escuchó en el patio y una nube oscura llenó el lugar por unos segundos y al disiparse ahí estaban ellos.

Los Aritoshi. Doce componentes del grupo más subversivo del que se haya tenido conocimiento, dirigidos por el más letal samurái que jamás haya existido, Kenji Aritoshi con su katana dorada. Ito y Ogami Sumitabe, los gemelos mortales, tan idénticos en todo que parecían un reflejo. Mika Kurosawa, la hechicera, con sus cuchillas curvadas., Takashiro Kishibe, la espada nocturna, de él se contaba que mataba a distancia con la sombra de su katana. Kendo Sakai, con sus dos metros de altura, una musculatura impresionante y un garrote.

Meyko Inoashi, apodado El Lobo porque aullaba como tal cada vez que entraba en combate. Experto en La Palma de Buda. Deimo Mazda, El Solitario, con sus dagas encadenadas. Tokaro Watanabe, El Silencio. Se decía de él que no pisaba la tierra al caminar, que se deslizaba sobre ella. Sus movimientos eran tan rápidos que no se dudaba de esta aseveración. No se estaba seguro porque siempre usaba un faldón que le cubría los pies. Buntaro Sori, era el más joven de los Aritoshi. Diecisiete años de poder y agilidad. No le gustaba matar y casi siempre atacaba las extremidades de sus enemigos. Susumo No Sitsu y Susumo Getsu no eran parientes, pero siempre estaban juntos porque descubrieron que sus padres fueron amigos treinta años antes y se enamoraron una vez de la misma mujer. Ahí estaban ellos, preparados para la pelea. El capitán desenvaino su espada y se preparó para dar la orden de ataque cuando Akira se fijó en algo y en voz baja se lo hizo notar.

--Un momento, capitán. Solo hay doce agitadores frente a nosotros, falta uno de ellos.

--Es cierto, teniente. Debe ser una trampa. Hay que tener cuidado y estar atentos.

Yoshi sacó levantó su sable y dio la orden de ataque. Todos los guardias que permitía el espacio donde se encontraban corrieron hacia el grupo gritando y blandiendo sus espadas. Los Aritoshi no se movieron de donde estaban y esperaron.

Por lo menos veinte guardias cayeron al primer ataque. No todos estaban muertos, pero si inutilizados para seguir la pelea. Los gemelos Sumitabe rompieron la formación de defensa y saltaron al techo donde se enfrentaron a no menos de diez guardias. Lamentablemente, estos también cayeron ante la aguerrida furia de los hermanos.

Entonces un grito se escuchó entre los soldados restantes que rodeaban a los superiores. Hotaro Nagisha, después de poner al resto de los sirvientes a salvo, atacó desde el interior al grupo de soldados replegados. En menos de cinco minutos de batalla, un promedio de cuarenta soldados imperiales yacía en el suelo. Algunos estaban muertos, pues no siempre se pueden medir los golpes cuando estás peleando, pero eran inútiles en su totalidad. Se podría decir que solo faltaba la élite por pelear y Kenji quiso apelar una vez más a la cordura del capitán.

--Capitán, su orgullo ha traído la muerte a sus hombres. Debió escuchar mi ruego y marcharse o dejarnos marchar. Debió cumplir la promesa que hizo bajo la punta de mi katana.

El teniente Akira, sin mediar palabras atacó a Kenji, pero Buntaro Sori lo detuvo y lo envió hacia atrás. Akira se enfrentó a este enemigo con la agilidad que lo caracterizaba. Durante unos minutos solo se escuchaba el sonido del metal. Buntaro se limitaba a defenderse y a evitar el avance del teniente hacia el grupo. El sargento Ojima se sumó también al ataque, pero Meyko Inoashi le salió al frente y evitó la ventaja contra su compañero. Hotaro Nagisha, que ya se había reunido con sus compañeros se dirigió hasta el grupo de soldados seguido de Kendo Sakai y los gemelos Sumitabe. El resto de los Aritoshi también avanzo, decididos a terminar el asunto de una vez por todas. La batalla fue tan rápida como sangrienta. El capitán Yoshi Saito, el teniente Akira Ono, el sargento Ayato Ojima y menos de diez soldados eran los únicos de pie del grupo militar. Susumo Getsu y Buntaro Sori eran los únicos de los Aritoshi con heridas. Cuando los dos grupos volvieron a estar frente a frente y evaluaban sus opciones, Yoshi se dio cuenta que tenía las de perder.

--Mis superiores no me perdonarán esta derrota, ahora soy yo quien le ruega que permita a mis hombres marchar. Yo me quedaré.

--Lamento que las cosas hayan terminado de esta manera, capitán. Ordene a sus hombres que recojan sus heridos y pueden marcharse todos.

--No. Sólo se marcharán ellos. Yo debo purgar mi arrogancia. Teniente Akira, prepare el regreso de la tropa a Kanshen ahora.

Akira Ono envainó su katana, miró con odio a los Aritoshi, pero no dijo nada y se fue a cumplir la orden.

--Sé que honrará su promesa Aritoshi respetará la vida de mis hombres, pero le daré un consejo. No deje aquí a los Kaneda. El coronel Aramatsu los culpará de lo sucedido. Lamento haber sido tan terco.

--Tranquilo, capitán. Hablaré con Kaneda. ¿qué hará usted?

--Haré lo que mi honor me dicta.

--No tiene por qué hacer eso, capitán. Tiene un lugar entre nosotros. Es una opción que le ofrezco.

--Sé que su intención es buena, Aritoshi. Pero sabe que no puedo aceptar. ¿Lo haría usted?

--Tiene razón, capitán. El honor es lo único que tenemos para vivir.

--Márchense ya. No tienen mucho tiempo.

La historia no registraría este suceso, por lo tanto, nadie nunca sabrá que fue el principio de unos hechos que en su momento sacudirían el mundo. Media hora después la residencia Kaneda estaba vacía. En ella solo quedaba los cadáveres de Koshiro Sanade y Amato Akagua.


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Escrito por Prometheus el 22/01/20

La Maldiciσn


Capítulo I

Yolanda

En su juventud, Yolanda fue una mujer hermosa, bueno aún conservaba rasgos de aquella belleza, pero ahora a los sesenta años, después de cinco matrimonios, tres hijos muertos, cuatro veces viuda, olvidada por su familia y la sociedad, se había convertido en un despojo humano lleno de odio y rencor para con sus semejantes. Vivía sola en lo que quedaba de su mansión y era enemiga de todo el vecindario. Su último marido, don Pascual de Martínez y Fernández, un ingeniero español que se había quedado en el país prendado de los encantos de la madura mulata, la había dejado en buena posición, pero como nunca supo hacer nada y era avara hasta los huesos, vivía de la usura y la brujería.

Su larga cabellera hasta la cintura, estaba compuesto por una amalgama de pelos coloreados de gris, negro y castaño. Siempre fue una mujer alta y esto permitía que pareciera menos gorda de lo que en realidad era. Nadie le decía nada porque todos le temían y todos le debían. La mayoría de las mujeres la buscaba para que le bautizara sus hijos y así quizás paliar alguna de las deudas contraídas, pero Yolanda que odiaba los niños por lo que les había sucedido a los propios, siempre se negaba diciendo que su profesión de lectora de cartas le tenía prohibido apadrinar. Lo cierto es que no iba a compadrarse con nadie que le debiera dinero.

Cuando Yolanda nació, fue literalmente adorada por todos los que la rodeaban. Excepto por su padre, que hubiera preferido un hijo. Él no lo sabía, pero en la familia de su esposa, solamente una de cada diez mujeres paría varón y lamentablemente no fue ese su caso. Volviendo a su trato con Yolanda, no la rechazaba, pero tampoco era muy cariñoso con ella. La toleraba un poco porque le habían puesto el nombre de su madre y con eso le metían la niña por los ojos. Pero no era amor lo que le faltaba a la hermosa y risueña morenita de grandes ojos y abundante cabello azabache. Su madre, tías, primas y vecinos, siempre estaban con ella encima. Siempre pendientes de sus mínimas necesidades. Yolanda creció en el seno de una familia no rica, pero tampoco con apuros económicos. Su padre tenía tierras sembradas de frutas que vendía al por mayor a negociantes del mercado, aparte de ser prestamista y tener un par de almacenes de comida en áreas estratégicas. Era hija única. Su madre, doña Altagracia, después de parirla tuvo complicaciones y hubo que hacerle una histerectomía, lo cual la dejó incapacitada para volver a concebir. Pero su padre don Miguel, no se conformaba con un solo hijo y además hembra, así que siempre que tenía la oportunidad lo metía en cualquier parte buscando el premio ansiado de un niño varón. Altagracia lo sabía, pero como se sentía culpable por no haber podido darle un heredero varón a su marido, le dejaba pasar estos mechones blancos al viento. El caso es que Miguel nunca jugaba con Yolanda, no la ayudaba con las tareas, no salía a pasear con ella, se la quitaba de encima si la niña lo abrazaba, le hablaba mal, nada de afecto. La excusa era que nunca tenía tiempo. A pesar de esto, la niña lo adoraba.

A veces un mínimo beso en las mañanas si la veía a la hora del desayuno o en la noche a la hora de dormir. La niña creció sin el amor incondicional de papá y eso influiría en su vida amorosa futura.

Los años pasaron y a pesar de sus intentos, Miguel no pudo conseguir su anhelado hijo por más que lo intentó. Los frutos implantados no se desarrollaban lo suficiente para nacer y la única que lo logró fue para su desgracia otra niña, la cual murió a los dos meses. A fin de cuentas, tuvo que quedarse con Yolanda nada más. Su frustración fue tan grande que empezó a consumirse en el alcohol y los juegos de azar, estando a punto de perder su patrimonio. Por suerte, las continuas oraciones de su mujer y demás familiares, los consejos del cura de la parroquia y el temor a quedarse sin dinero para siempre, lo hicieron volver al camino recto de tal forma, que apenas se le veía en actividades sociales, la iglesia, fiestas en el parque, bodas, bautizos, cumpleaños y funerales. Incluso en su propia casa, su mujer lo veía en la mañana cuando se sentaba a tomar el café justo antes de irse a atender sus negocios y luego en la noche cuando llegaba listo para cenar e irse a la cama. Desde que Yolanda nació y a su esposa le hicieron la cirugía, no había vuelto a tener relaciones sexuales con ella por aquello de no sentir nada. Ella se había resignado y al parecer no era algo que la preocupara. Su hija y sus deberes para con la sociedad la mantenían lo suficientemente ocupada, como para no pensar en eso.

Cuando Yolanda iba a cumplir los quince años empezaron a asomar negros nubarrones sobre la familia. Doña Altagracia quería hacerle una fiesta por todo lo alto en el patio de la parroquia para que pudiera asistir todo el pueblo sin problemas de espacio. Con tal de que no lo molestara, Don Miguel había accedido a pagar hasta la última paleta que se consumiera en dicho evento. Su mujer lo convenció de que estuviera presente, aunque fuera a la hora de abrir los regalos. Él dijo que sí, que ahí estaría. Pero lo cierto es que Miguel tenía un asunto pendiente el mismo día del cumpleaños en un pueblo cercano y no tenía ninguna intención de dejarlo pasar por estar metido en un grupo de ebrios gratuitos, incluyendo al cura y un montón de chismosas de profesión.

El día anterior a la fiesta de cumpleaños, a todos les había llegado la tarjeta de invitación excepto a Palmira. Palmira era la mancha negra del territorio. De ella se decían muchas cosas. Algunas ciertas y otras no, pero vaya usted a saber cuáles eran cuáles. Palmira era partera, curandera, jardinera y pintora. Decoraba arbolitos de Navidad y daba clases de manualidades a las mujeres de la prisión cercana. También leía cartas, manos, cabellos que se quedaban en los peines y cepillos, velas, vasos de agua, residuos de café, hojas de té y cualquier otra planta, posición de las estrellas, hasta la formación de las nubes tenía un significado para alguien según como estuviera en la tierra en un momento determinado. Por supuesto era una experta en los astros y signos del zodíaco. Además, interpretaba sueños, daba masajes, mejoraba una gran cantidad de dolencias y enfermedades, aconsejaba en amores, hacía amarres sexuales, etc. Palmira era todo un personaje. En público todo el mundo la ignoraba, aunque a ella no le importaba, lo cierto es que se podrían contar con los dedos de una mano, los que por una razón u otra no habían solicitado sus servicios.

Físicamente, Palmira era la mujer más bonita y más bien hecha del pueblo. Más o menos el ochenta por ciento de la población masculina le había hecho insinuaciones, invitaciones y hasta regalos, pero ella los había rechazado todos. En su momento se dijo que la probabilidad era que le gustaran las mujeres y que de hecho tenía una novia en un pueblo vecino, pero no eran más que rumores no confirmados y con el tiempo se vaporizaron. Su boca siempre tan roja, que parecía que le sangraban los labios. Sus ojos, de un verde esmeralda parecían capaces de hipnotizar a cualquiera que miraran fijamente. Siempre usaba batas de colores vivos hasta los pies que confeccionaba ella misma y grandes mangas que le cubrían incluso las manos. Pero con solo verla caminar con sus ropajes al viento, se sabía de inmediato que era poseedora de un cuerpo muy bien formado. La admiraban, la respetaban y le temían al mismo tiempo. Aunque los que la conocían de más tiempo, dirían que no era capaz de matar una mosca. El caso es, que sin saber de dónde había salido y que ni siquiera ella, con sus dotes de nigromancia hubiera podido adivinar, corría un chismecito, un rumor leve de que ella se estaba acostando con un marido importante del pueblo. Y que sin que se comprobara nada y tampoco se supiera de donde salió, el nombre relacionado era el de Miguel.

Cuando la desinformación llegó a oídos de Altagracia, ella no le dio mucha importancia, pero tampoco dejó de interrogar a su marido al respecto.

--Sabes que no. Esa mujer es mucho para mí. —fue todo lo que dijo.

Altagracia lo miró como si no hubiera entendido la respuesta, pero quedó satisfecha, aunque sintió que algo quedó en el aire. Quizá fue el poco énfasis que puso Miguel al responder, pero decidió dejarlo pasar y así evitar posibles conflictos, pues no había razones ni motivos para acusarlo de nada. La comadre Susana, su amiga del alma de toda la vida, vecina, compartidora de café mañanero y vespertino, madrina de su boda y de su hija, era quien la mantenía al tanto de los acontecimientos.

Faltaban tres días para el cumpleaños de Yolanda y prácticamente todo estaba preparado. La niña ya tenía su vestido. Organza, seda y lazos por todas partes en un azul pálido y blanco que le sentaba de maravilla a su piel color canela. Ya habían decidido el peinado y los zapatos. También tenían sus vestiduras listas las damas de compañía y los chambelanes. Al día siguiente irían a decorar la iglesia y nadie mejor que Palmira para hacer esto. Había una segunda opción, pero ella era la de mayor experiencia. Así que, en compañía de Susana, Altagracia fue a visitarla para pedirle el favor. Llegaron a la plaza y se dirigieron al local donde Palmira tenía su tienda de botánica, en la cual vendía hojas para baños y de té, velas y velones para los santos e imágenes de los mismos. También aceites para masajes y esencias para el cuerpo, los cuales eran muy populares entre las mujeres de empleos nocturnos. Como siempre, el lugar estaba lleno de clientes. Había dos chicas que la ayudaban, mientras ella tomaba notas, sentada en un pequeño escritorio situado al fondo del local semi cubierto con una cortina de cuentas de cristal. Eran las diez de la mañana.

Altagracia nunca había visto a Palmira de tan cerca y la verdad es que tuvo que admitir que su rostro era precioso. Esos ojos. Esa boca de labios gruesos y sensuales. Hoyuelos en las mejillas y hendidura en la barbilla. Diablos, La mujer tenía todo lo que se requería y mucho más. Con razón los hombres babeaban por ella.

--Buenos días. —saludaron.

--Buenos días. –les respondió Palmira invitándolas a sentarse. –¿En qué puedo servirlas?

--Doña Palmira. Mi hija cumple quince años el sábado y queríamos pedirle que nos hiciera la decoración del patio de la parroquia que es donde lo celebraremos.

Acordaron el color de las flores, el diseño de los adornos y el precio a cobrar. Ya se encontrarían en horas de la tarde en la parroquia para ultimar detalles. Las mujeres se despidieron y Palmira quedó en su escritorio, pero ya no escribía. Miraba fijamente a un punto muerto en el espacio y poco a poco sus labios empezaron a distenderse en una leve y enigmática sonrisa.

A la una de la tarde, la hora en la que se supone todo el mundo estaba almorzando. Un hombre, estableciendo los límites del vaivén de su cintura detrás de una mujer, se quejaba de la poca atención que recibía de la propia a la hora del amor. La mujer, que recibía los embates con los ojos cerrados, pensaba en el cumpleaños en que participaría unos días después con la cara más inocente del mundo. A veces la amistad le jodía la vida a cualquiera, porque dejas de ser feliz tú, para que sea más o menos feliz tu prójima. Ser comadre era una putada.

El viernes era día del ensayo. Yancarlos, compañero de clases de Yolanda y su pareja en el cumpleaños, había escrito el guion y Yolanda por supuesto le había dado el visto bueno. A las seis de la tarde todo parecía estar perfecto. La actividad estaba programada para el día siguiente a las tres en punto. Antes de dejar el salón, Altagracia dio una última mirada a como había quedado todo y sonrió feliz.

Aun no eran las seis de la mañana del sábado cuando ya Yolanda estaba levantada. Llamó a Rubí, la hija de su madrina Susana para que salieron a correr. Estaban las dos demasiado excitadas con el cumpleaños como para estar durmiendo. Así que se pusieron sus atuendos deportivos y se fueron al parque, a unas cinco cuadras de las casas de ambas. Le dieron dos vueltas y se sentaron a descansar. Hablaron de lo que tenían planeado para ese día después de la fiesta. Saldrían las chicas a la plaza y se juntarían con los chicos en el centro comercial, irían al cine y comerían helado. Todas tenían permiso hasta las diez de la noche. Después de quedar de acuerdo, volvieron a correr.

Félix, el esposo de Susana, salió de la empresa sumamente enfadado. Se subió al camión y arrancó como alma que lleva el diablo. Como era posible que ese hijo de puta no le hubiera pagado los últimos tres días. Casi no había dormido durante el trayecto y ahora le salía con la historia de que la mercancía no había llegado al puerto. Eso era algo que a él no le importaba. Su trabajo era llevar los sacos al almacén, no al puerto. No era su problema si alguien mas no había hecho su trabajo. Tendría que esperar que la mercancía salga del puerto para poder cobrar. Maldijo al jefe en doce idiomas y se detuvo en el parador a comprar una cerveza. Eran las once de la mañana de aquel sábado caluroso. A esa misma hora, Miguel llegaba a su casa pensando en la excusa que le diría a su hija por no asistir a su cumpleaños. No es que le importara mucho, pero se lo había prometido y muy en su interior quería cumplirle, aunque fuera esta única vez.

Cuando entró a la casa, encontró a Yolanda sentada en el sofá, secándose las uñas.

--Hola, Papi. –saludó entusiasmada.

La idea le llegó como un rayo, de improviso, de manera sorprendente.

--¿Quieres ir al centro comercial a comprar tu regalo?

Él sabía que ella no se negaría.

--Ay papi, ¿De verdad? Vamos, vamos, vamos. —repetía saltando de alegría como una niña pequeña.

--Ve, espérame en el auto mientras se lo digo a tu mamá.

Miguel subió a su habitación donde Altagracia le daba unos últimos detalles al vestido de Yolanda.

--Me llevo la niña al centro comercial a comprar su regalo.

Altagracia lo miró como si le hubiesen nacido alas.

--¿La llevas? ¿Contigo?

--Si, si, ya sé lo que vas a decir. ¿Alguna sugerencia?

--Depende lo que quieras gastar. Pero sería bueno que le permitas elegir. Entre esto y aquello, ¿Qué prefieres? ¿Entiendes?

--De acuerdo. Así lo haré. Nos vemos en un rato. Es a las tres, ¿Cierto?

--Si. No lleguen tarde y vayan con cuidado.

--Si, bye.

Cuando bajó al auto se encontró con una sorpresa. Con Yolanda también estaba Rubí, su amiguita, la hija de los vecinos, bueno, de sus compadres.

--Papi, ¿Te molesta si Rubí nos acompaña?

--No cariño. Pónganse los cinturones.

Salieron rumbo a la plaza como una familia feliz. Pero sabemos que la felicidad es relativa, ¿Verdad?

En la carretera, Félix, bajo los efectos del mal humor y media docena de cervezas, conducía bastante rápido para llegar a su casa. Tenía hambre y si era posible siempre prefería comer en ella. Al tomar una curva, tuvo que reducir la velocidad porque había un grupo de trabajadores dando mantenimiento a un tramo en mal estado. Había un pequeño atasco y tuvo que detenerse. Aprovechó para maldecir al gobierno, al alcalde, a los capataces de las obras, a los trabajadores por lentos y de paso, una vez más a su jefe por no haberle pagado. Sacó la última lata de cerveza de la neverita portátil, se bebió la mitad de un trago y esperó. Subió un poco el volumen de la música y tarareó la melodía de turno. A Félix siempre le había disgustado esperar. Era impaciente hasta el extremo. La gran virtud de Job no era la suya.

Así que tan pronto vio una oportunidad, se salió de la línea de vehículos detenidos, tomó el carril opuesto y aceleró para intentar llegar al otro lado del tramo en reparación antes de que llegaran los vehículos que venían de allá para acá. Los trabajadores intentaron detenerlo, pero lo cierto es que de momento no venía nadie y se lo permitieron. El caso fue que una gran cantidad decidió seguirlo sin tomar las mismas precauciones que él. Por suerte no pasó nada y el atasco pudo liberarse gracias a la pericia de un camionero sin par ni igual en este lado del mundo. Era solo una de las muchas maneras que le gustaba llamarse. En treinta años nunca había tenido un accidente, ni una rozadura y eso lo llenaba de orgullo en algunas circunstancias y mira que había pasado situaciones difíciles e incomodas en la carretera, pero había sabido sortearlas, por eso también era buscado por los necesitados de un vehículo como el suyo y de alguien con sus reflejos y experiencia a cualquier hora del día o la noche, en cualquier tipo de clima. Quizás por eso manejaba con la confianza que le daba el conocimiento del camino que recorría, sin realmente fijarse mucho, por eso al llegar a la siguiente curva se dio el susto de su vida con el auto que casi le bloqueó todo su espacio, ¿o fue él quien bloqueó el espacio del otro vehículo? Con un precipicio a la derecha protegido por una valla protectora y a la izquierda las afiladas piedras de una colina, las opciones no eran muchas, así que hizo lo que le dictaban años de manejo en situaciones de peligro. Aunque había espacio suficiente para ambos vehículos, en las curvas las cosas eran diferentes. Se pegó lo más que pudo a la valla, llegando a rozarla con el guardafangos, pero no vio el trozo roto de metal protector que se incrustó en la luz principal del lado derecho, haciendo que se alejara de la valla, lo cual lo acercó al coche que al parecer venia directo a él. Hizo sonar la bocina para alertar aún más al otro conductor, quien al acercarse tanto al camión pudo reconocerlo. Era el compadre Miguel, que parecía haber perdido el control total de su coche. Frenó por instinto y entonces el coche se dirigió hacia la valla protectora, rompiéndola y precipitándose al desfiladero. Desde la cabina del camión, Félix escuchó gritos femeninos que le pusieron los pelos de punta. Tuvo el acierto de poner el camión fuera de la trayectoria de cualquier otro vehículo y se acercó a la orilla del precipicio. Por suerte no era muy profundo y pudo ver el coche humeando en el fondo, a unos veinte metros. Al parecer no había fuego y eso era bueno dadas las circunstancias. Ya otros vehículos se estaban deteniendo para ver en que podían ayudar o para mirar, porque el morbo no nos abandona nunca.

Félix se arrastró como pudo hasta donde estaban los restos del automóvil que por suerte no se incendió, aunque se veía bastante destrozado. Otros hombres bajaban también, mientras el resto que miraba por lo menos llamaba a los servicios de rescate. Miro al interior del coche y vio a Miguel en una posición inverosímil lo que le indico de inmediato que había fallecido. Sus ojos fueron al asiento trasero y el corazón le dio un vuelco al descubrir a su propia hija envolviendo con sus brazos a otro cuerpo. Había sangre por todas partes y él no sabía qué hacer. Varios hombres se unieron a él para intentar sacar los cuerpos. Los cristales de las puertas estaban rotos, pero fue imposible abrir estas. Con sumo cuidado lograron sacar a las muchachas por las ventanillas y colocarlas boca arriba en la tierra mojada, pues había llovido en esos días. Félix tenía las manos en la cabeza. Murmuraba palabras sin sentido y se había paralizado. Alguien constató que las chicas aun vivían.

La morena de pelo rizado y abundante no parecía tener heridas visibles en la cara, cabeza brazos o pecho, aunque se veía una buena cantidad sangre en su pantalón jean a la altura del muslo. La otra chica si se veía mal. Tenía un pronunciado corte desde la frente bajando por la ceja izquierda, ojo, mejilla casi hasta la boca. Sus labios también estaban manchados de sangre, lo que podría indicar una hemorragia interna. También del lado izquierdo de la cabeza brotaba sangre. Les colocaron camisetas y lo que pudieron para intentar detener la sangre. En eso se escucharon sirenas, lo que indicaba que la ambulancia había llegado. También llego un camión de bomberos y varios coches de policía que de inmediato se pusieron a ordenar el caos causado por la multitud.

Los bomberos llegaron hasta el coche, evaluaron la situación y volvieron a su camión a buscar las herramientas necesarias para poder sacar el cuerpo de Miguel. Después de mas de una hora de esfuerzo, pudieron extraerlo. Increíblemente no tenía ninguna herida cortante, solo era como si se hubiera roto todos los huesos. Su cabeza estaba vuelta hacia atrás, su pierna derecha desencajada totalmente a tal punto que parecía que le saliera del hombro, no de la cadera. Pero bueno, ya se determinaría la razón de tan raro suceso. Mientras tanto, en el hospital, Altagracia y Susana, tomadas de la mano y rezando cuanta plegaria conocieran, estaban en la sala de espera haciendo precisamente eso, esperando que algún doctor llegara con alguna noticia referente a sus hijas. Afuera, sentado en un pequeño jardín cerca de la entrada del hospital, Félix fumaba. Su mente no lo dejaba en paz. ¿había sido él el culpable del accidente? Había bebido un par de latas de cerveza, bueno, seis en realidad, pero ni por asomo sentía la más mínima expresión de embriaguez. El susto, habría dicho cualquier estúpido. El compadre Miguel venía muy deprisa y a él no le dio tiempo de esquivarlo. ¿O era él quien había tomado la curva demasiado cerrada? Su temor era la policía, lo que fueran a descubrir. Le harían pruebas de alcoholemia y quien sabe cuántas cosas más. Todavía no sabía por qué Rubí iba en el auto con Yolanda y el compadre. Su madre tampoco. De hecho, se sorprendió muchísimo cuando la llamó para contarle lo del accidente. Pero tampoco era algo para pensarlo mucho. Seguramente Miguel y Yolanda iban a salir y la invitaron. Bueno, tenía que calmarse y esperar que las niñas salieran de cirugía. Al principio su hija era la más grave, pero había despertado en la ambulancia y Yolanda no, a pesar de tener sólo una herida en una pierna. Quizás la hemorragia era peor de lo que aparentaba. Lo dicho, había que esperar. Escuchó una sirena y vio que llegaba la ambulancia. Imaginó que con el cadáver de Miguel porque vio que eran los mismos de antes. También llegó un coche de la policía. Todos se fueron al lateral del hospital, imaginó que para ir directo a la morgue. Quiso ir a preguntar, pero tuvo miedo de que empezaran a interrogarle. ¿Por qué tenía miedo? No había hecho nada malo. El compadre conducía imprudentemente y provocó el accidente, eso era todo. Ni más ni menos. En esos momentos, arriba, el cirujano llegaba a la sala de espera para dar noticias de las jóvenes heridas.

El doctor, con una carpeta en la mano preguntó:

--Los padres de Yolanda de la Rosa y Rubí Sánchez.

--Nosotras. –dijeron al unísono Altagracia y Susana.

--Pues bien. Yolanda, aun esta inconsciente, a pesar de que la herida era de gravedad y había perdido mucha sangre, no es razón para que no despierte, pero habrá que esperar a que lo haga. Nosotros no podemos hacer nada por el momento. Y en cuando a Rubí, bueno, su caso es un poco más complejo. Sufrió heridas causadas por golpes contundentes en la cabeza, el interior de la boca, la cara y en pecho. Lamentablemente, tuvimos que amputarle el seno izquierdo y extraerle varios dientes. También le quedará una cicatriz en el rostro, pero eso tiene remedio más adelante con una cirugía estética. Ella está dormida por la anestesia, pero pueden entrar a la habitación que le asignamos a ambas.

--¿Y mi esposo, doctor? ¿Qué se sabe de él?

--Yo solo intervine a las chicas, no sé nada de nadie más herido en el accidente, pero puedo investigar. Vayan con sus hijas y yo les aviso dentro de un rato.

--Gracias, doctor. Es usted muy amable. —dijo Susana, tomando las manos del doctor y besándolas.

--De nada, señora. Habitación 315.

Una semana después Yolanda abrió por fin los ojos. Su madre estaba a su lado como siempre. Vinieron los médicos, la examinaron y determinaron que estaba relativamente bien tomando en cuenta las circunstancias. Altagracia empezó a contarle poco a poco las cosas que habían pasado. Su única herida fue en un muslo. Tuvo una hemorragia interna al desgarrarse varios tendones y músculos. Le iba a quedar una cicatriz muy grande y era probable que cojeara por algún tiempo, pero que con la terapia y los tratamientos iba a recuperarse totalmente. Cuando le dijo que Miguel había fallecido en el accidente, Yolanda lloró en silencio. Las lágrimas salían de sus ojos como un torrente inacabable. No quiso comer nada ese día y tuvieron que inyectarla porque en horas de la tarde tuvo una crisis nerviosa. Altagracia solo pensaba en su sufrimiento y eso que aun no sabía lo de Rubí quien días atrás había sido trasladada a una habitación privada porque su estado así lo indicaba. Había preguntado y le dijeron que estaba viva pero delicada todavía.


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