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Será mostrado si existe



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Escrito por Teodmir el 29/04/20

El cuervo


Recorre los senderos de la atmosfera con el deleite que da tener dos pequeñas y fuertes alas negras, traza enormes círculos olfateando los aromas que fluyen de las tierras, supera en rasante vuelo una escarpada cordillera y en sus pituitarias explota el aroma de la comida fresca, desciende un centenar de metros atraído por el inconfundible olor de la carne fresca recién muerta. La batalla aún no ha terminado pero los cadáveres de cientos de guerreros muertos al comienzo de la contienda, unas horas antes, empiezan a descomponerse tras las junturas de sus armaduras.

El cuervo gira por última vez, tomando conciencia aérea de la enorme extensión de ese valle que cuando lo sobrevoló una semana antes no le atrajo lo más mínimo. Ahora es distinto pues muchos muertos atraen su minúscula conciencia depredadora y en un vuelo picado se lanza sobre una pila de carne. Picotea una boca fruncida en amargo rictus de sorpresa y paladea el dulce sabor de una lengua retorcida por el dolor de la agonía. Va saltando de uno a otro y cuando se apresta a hundir su afilado pico en un ojo que aun brilla con las lágrimas finales de la muerte, recibe un manotazo en su pequeño cuerpo, que lo sorprende por lo inesperado entre tanta desolación, que le hace caer al suelo. Una aguda pica se hunde entre sus plumas y el cuervo es ahora un trozo de carne más.

Malditos bichos negros, exclama Falstaff, la batalla aún no ha terminado y ya están estos malditos cuervos prestos a recoger su tributo de carne.

-Este parece que aún respira- Le dice a su hermano Riondel, que aunque renqueante por una fea herida que le atraviesa la pantorrilla. Sigue con pasos cortos a su hermano, buscando entre los camaradas caídos un leve signo de vida.

Falstaff le da la vuelta a uno de los soldados y al girar su cuerpo ve que debajo del corpachón está el de un tamborilero, casi un niño, que les mira con cara de susto y al verlos al contraluz del atardecer se echa a llorar, no ya de miedo, sino de alivio al ver los colores de sus uniformes.

-¡Dale agua!-

Riondel saca su cantimplora, la sopesa en una mano grasienta y se la alcanza al joven soldado. Este bebe lentamente, se enjuaga la boca y escupe un gargajo sangriento que cae sobre la polvorienta superficie del suelo, extiende sus brazos y los hermanos lo levantan lentamente del suelo, lo exploran con detalle y le hacen caminar unos pasos. El tamborilero ya algo más repuesto los mira a los ojos y se abotona la camisa dándose manotazos en las piernas y brazos de los que se desprende una nubecilla de polvo. Ahora, ya en pie, hace una leve reverencia con su cabeza y les dice con una voz aun quebrada:

-Señores soldados, os doy las gracias por haberme ayudado.-

Los hermanos se miran y el mayor del ellos, le dice:

-Déjate de ceremonias muchacho, lo importante ahora es irnos de aquí cuanto antes pues no tenemos muy claro quien ha ganado la batalla, si ellos o nosotros. Y en la duda lo mejor es alejarnos cuanto antes de aquí. Por ahora basta con decirte que yo soy Falstaff y que este tipo flacucho es mi hermano Riondel. Solo somos soldados vulgares y por un azar del destino seguimos vivos.-

-Yo soy Tevin- dijo el tamborilero -y ahora solo puedo añadir que me parece muy acertado lo que dices.-

Sin mediar más palabras, salieron los tres de aquel desolado valle por lo que parecía el cauce seco de un arroyo y mientras se alejaban, cientos de cuervos y otras aves carroñeras empezaron su banquete.

Conforme iban caminando, el hedor se fue haciendo menos notorio hasta que dejaron de sentirlo y en su lugar los aromas de las plantas de roca llenaron sus olfatos de fragancias que les devolvieron una sensación de tranquilidad. El ocaso se acercaba y Falstaff dijo a los otros:

-Hemos de buscar un sitio en el que pernoctar antes de que la oscuridad nos impida seguir andando.-

Sumido cada uno en sus pensamientos y al dar una curva en el cauce seco del arroyo, vieron a unos cientos de metros de allí lo que parecía ser una antigua torre de vigilancia en ruinas.

-Aquel puede ser un buen sitio en el que pasar la noche- dijo Riondel.

Se acercaron lentamente, tratando de percibir si había algún peligro en las viejas piedras de la derruida torre, donde tras comprobar que estaban completamente solos, improvisaron un campamento. Con sus capas y unas piedras apoyadas en uno de los muros, hicieron un cobijo en el que tras encender una fogata sacó cada uno de ellos de sus zurrones lo poco que tenían para comer, unos mendrugos de pan seco, algo de agua y unas olivas. Frugal cena para unos guerreros, aunque “un manjar cuando el hambre aprieta”, dijo Falstaff.

Mientras mordisqueaban los duros mendrugos en el silencio de la noche que ya les envolvía por todas partes, se oyó en la lejanía lo que parecía una extraña melodía. Al principio apenas unos tañidos de laúd que desgarraron el denso silencio de la oscura noche. Al instante los tres soldados enmudecieron pues era algo totalmente inesperado. El joven Tevin echó un puñado de tierra a la pequeña hoguera que se apagó al instante y los tres se pusieron en pie con sus manos apoyadas en el pomo de las espadas.

El rasgado tañido del laúd se interrumpió al mismo tiempo y un ominoso silencio les envolvió como una densa madeja de oscuros miedos. No duró mucho la sensación pues a los pocos segundos el batir de unas enormes alas sobrevolando por encima de sus cabezas les izo mirar hacia lo alto y asombrados contemplaron lo que parecía ser la figura destellante de un ángel con enormes alas blancas que los miraba sonriendo desde lo alto, a unos metros de altura. Al mismo tiempo una luz blanca empezó a refulgir de las alas del ser y mientras iniciaba su descenso los atónitos soldados apenas pudieron pensar que ¡Aquello no podía ser real!

Posado en tierra y bañados por una luz que hacía parecer como si sus ajados uniformes estuvieran hechos de hermosa y tenue seda, el ángel, con un gesto sutil de los dedos de su mano derecha, les señaló una de las paredes de la torre, en la que al instante apareció un dintel y una puerta abierta que daba paso a un lugar de verdes campos, que al acercarse, pudieron ver, en un estado mental de completo shock, que en su límpido cielo, lucían dos soles de pequeño tamaño y que en ese lugar había gentes, sentadas o en pie, sobre una pequeña colina, en la que se preparaban a iniciar lo que parecía ser un concierto de música.

Traspasaron el umbral y se acercaron al grupo de músicos, no sin antes advertir que sus ropas eran ahora blancas y suaves mientras que al mismo tiempo su cansancio desapareció por completo. Al llegar junto al grupo, nadie pareció advertir sus presencias y cuando apenas se habían sentado en la verde yerba, vieron que a su lado había platos con viandas sabrosas y unas hermosas copas plateadas llenas de un vino muy dulce que bebieron con delectación y que les hizo sentirse muy bien de forma inmediata.

Comenzó el concierto, primero hizo su aparición el conocido rasgado del laúd, al que enseguida se unieron sonidos de dulces flautas, que con un ritmo al principio lento, que era un bálsamo para el alma, poco a poco otros instrumentos se fueron añadiendo. Primero unos violines de agudo y estimulante sonido, luego timbales y tambores y finalmente un xilofón que parecía dar sentido y armonía a sus confusos pensamientos. La música iba penetrando en sus corazones y conforme les iba llenando de energía y paz, se sintieron elevados en al aire fresco de aquel lugar. Se miraron y vieron cómo de sus espaldas crecían unas pequeñas alas que al sentirse libres de la carne que les aprisionaba empezaron a batir y con su ondulante movimiento se encontraron volando por encima de los músicos y con cada oleada de sonidos sus alas fueron haciéndose más grandes y conforme crecían se iban elevando más y más en el aire, hasta que los tres soldados se encontraron viajando sin un rumbo preciso por aquel bello lugar, disfrutando del paisaje y riendo al mismo tiempo que volaban se sintieron embargados por una inefable dicha.

En ese momento volvieron a ver al ángel que les había señalado el camino a través del dintel en el muro de la torre, aunque ahora no sonreía, sino que les observaba con expresión apenada.

Miró a los tres soldados alados y dijo:

-Tenéis que volver, no es vuestro tiempo de morir…

El cuervo miró el ojo humedecido por las lágrimas de Falstaff, éste despertó de lo que le había parecido ser un sueño maravilloso, vio al cuervo y con un manotazo lo arrojó contra el suelo. Con un rápido y certero movimiento la pica de Riondel lo atravesó dándole muerte.

Trabajosamente se puso en pie con la ayuda de su hermano, miró en derredor y vio al joven tamborilero tocando su marcha de guerra. Los hermanos buscaron con la mirada las banderas de su compañía, que tras divisarlas en las cercanías de su posición, a ella se unieron pues la batalla no ha terminado.


Libro de Visitas

Vicente José Navarro Mateu ©

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Escrito por Apolo el 01/05/20

EL MISTERIO DE LA CANOA FANTASMA


El Guájaro como se conoce popularmente, es una gran mancha de agua localizada al norte de Colombia en el departamento del Atlántico. Cubre gran parte de los municipios de Sabanalarga y sus corregimientos (La Peña y Aguada de Pablo), Repelón y sus corregimientos (Rotinet y Villa Rosa), y por último Luruaco. Esta tiene un desagüe en las compuertas en el corregimiento de villa rosa el cual deposita aguas al canal del dique.

Todo este territorio era recorrido por el gran Julio Felipe Villa más conocido como “Felipito” un curtido pescador tirador de atarraya “pero de los buenos”, como él mismo se presentaba. Una madrugada antes que los gallos cantaran Felipito daba inicio a su faena de pesca en la enorme ciénaga, saliendo de su casa en el taciturno pueblo de “la peña” sorteando sus polvorientas calles fumando su tabaco “ROA” de los gruesos, mostrando en su rostro más años de los cincuenta que ostentaba, el solo pensaba en desatar su canoa y zarpar aguas adentro cavilando tener suerte en su actividad para regresar a su casa con buen semblante.

Esa mañana no tuvo tanta suerte como en días anteriores la pesca fue poca y la escasa carga de pescado solo le sirvió para el gasto de la casa y un par de créditos que concedió a dos de sus mejores clientes. Luego como a las diez de la mañana regresaba a su casa a buscar su desayuno y descansar un poco como de costumbre, cuando se topa con una pequeña reunión de otros pescadores comentando que ellos vieron los destellos de la “canoa fantasma” tirando para la orilla de Rotinet.

Ese tema no era desconocido para Felipito, el más que nadie había escuchado de labios de su padre sobre el asunto, este antes de morir le había dado detalles de la misteriosa canoa que navega sola y espanta pescadores en las madrugadas sombrías o lluviosas cargadas de abundante bruma. Los demás pescadores expresaban con espanto el fenómeno que para algunos era desconocido, Felipito toma la palabra en la improvisada reunión y les brinda lo que sabía al respecto.

Lógicamente deja alucinados a los presentes que sin perder detalle a la narración reflexionaban en tomar precauciones si este espectro volviera a aparecer pero en sus orillas.

Los días pasaron y en la víspera de la virgen del Carmen como a las seis de la tarde Felipito departía con varios amigos una partida de dominó que lógicamente estaba acompañada de unos tragos de ron, la parranda era amenizada por un pequeño tocadiscos que sonaba áspero y destemplado el vallenato “la caja negra” del gran cantante Enrique Díaz.

En aquella tertulia Felipito pasó toda la noche y por efectos de los tragos el calor corporal le subió por esa razón se remangó su camisa y constantemente se ventilaba aire con su sombrero.

Como a las tres de la mañana se presentó la infaltable discusión que casi lleva a los puños a varios de los participantes del jolgorio. Felipito pensó; “para que regresar a casa si desde allí estaba más cerca para tomar su canoa y empezar su faena diaria”.

Así ahorraría tiempo y podía regresar a su casa con dinero el cual le hacía falta ya que en esa noche gastó hasta lo que no tenía. Sin despedirse de sus compañeros de juerga sale silencioso y llega a las orillas desatando su canoa pero al tratar de subir a ella pisa en falso y se golpea fuertemente en la cabeza.

Ese golpe no estaba en el programa del hombre el cual maldecía la mala suerte que lo asediaba, sin medir consecuencias de lo sucedido zarpa aguas adentro tomando una atarraya sin permiso y empuja con fuerza su canoa introduciendo en el agua la enorme vara de cañahuate que le servía de impulso y quedar listo para remar.

En menos de dos minutos estaba flotando acompañado de una gran mancha de tarulla, la planta acuática que crece en las riveras la misma que dificulta la navegación y la pesca. Mientras apartaba la enorme cantidad de hojas gruesas disipa la mirada en el horizonte y sin querer pierde su canalete.

Entonces queda a la deriva en medio de una pequeña ventisca que lo marea nuevamente, el hombre se haya tendido en su canoa mirando a todos lados con una desagradable sensación de nauseas.

Luego de varios minutos Felipito se encuentra en la mitad de la monumental ciénaga sin ver las orillas, en ese momento no encuentra explicación de los sucedido podía ser por efectos del licor ingerido o por el sueño que lo acosaba. La canoa de Felipito se movía sin rumbo dando vaivenes en las enfurecidas aguas que se movían por efecto del viento que a esas alturas arreciaba ferozmente.

Una gran nube negra tapaba los escasos rayos del sol que levemente se desprendían del horizonte al comienzo de la mañana. De un momento a otro Felipito queda envuelto en un remolino que no lo deja tomar control de su canoa y esta tropieza con la mismísima “Canoa fantasma” que le hace voltear la suya cayendo a las frías aguas.

Felipito como experto nadador tira unas brazadas y se agarra de la popa de la canoa fantasma y logra sacar a flote su cabeza para respirar, en el momento que impulsa su rostro lo que ve en el interior de la canoa lo dejó sin palabras, la canoa fantasma no tenía fondo;

¿Entonces, cómo se mantenía a flote?

Esa pregunta no la pudo resolver en el momento. Debido a la fuerza que ejercía aquel hombre a la canoa fantasma esta se hunde y parecía que Felipito no tenía escapatoria.

En ese instante el hombre siente un impulso del interior de las aguas que lo manda a flote nuevamente y empieza a tirar brazo rezando a la virgen del Carmen, a esta le atribuía el milagro de no morir en ese momento. Azorado Felipito llega a las orillas, donde lo aguardaba un gentío que asombrados miraban la lucha del hombre por no perecer en las aguas.

Cuando pisa tierra se desmaya y luego de varios minutos de estar inconsciente se repone “sin saber si lo sucedido era real o producto de la imaginación, o más bien de la cruel resaca que padecía”.


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Luis Alfredo Arroyo Osorio ©

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Escrito por Apolo el 01/05/20

Cuando nos ganemos la lotería


La plaza del mercado se hallaba abarrotada de transeúntes y compradores que regateaban los precios de las mercancías a pesar de que se decía por ahí que en la tarde las cosas son más baratas. Un murmullo de voces recorría el lugar que eran llevadas por la brisa del río y estas calaban hasta la calle más estrecha.

Los vendedores cobraban lo que ellos creían justo por todo lo que ofrecían y esto ocasionaba exaltación entre los clientes, esos mismos que al día siguiente volvían para nuevamente pedir rebaja sin pensar en la ley de la oferta y la demanda.

Una mujer entrada en años agarraba el brazo de su acompañante, un nieto saltarín de casi diez años que solo hacía preguntas y pedía refrescos como cobro disimulado por acompañar a su abuela. Ella solía cotejar precios de frutas y verduras que llevarían en un canasto de madera de balso y bejucos secos, ese fiambre era para el gasto de la casa y la otra parte para revender por las calles aledañas a su residencia.

Luego de abandonar la plaza con un remordimiento porque el dinero no le alcanzó para todo lo que quería llevar por eso toma su transporte, paga su pasaje sacando unas monedas de una carterita que guardaba celosamente bajo el brasier.

Subieron los dos a un pequeño vagón de forma parecida a un barril con llantas, este era muy incómodo además porque cargaba a su nieto en las piernas que llegaban dormidas cuando le tocase bajar en el paradero cercano a casa.

En medio de tanta incomodidad la señora logra poner sus pies fuera del estribo del viejo vehículo, desciende lentamente con su nieto el cual estaba turulato del sueño ya que este se cabeceaba siempre que olfateaba la gasolina.

Con su andar parsimonioso recoge su canasto que era lo más importante en ese momento. Mientras caminaban a casa la mujer sacaba cuentas mentalmente y entre números y números hablaba sola, su nieto la miraba fijamente con ganas de preguntar pero calla porque su abuela está en otro mundo.

Al fin decide preguntar:

-¿Abuela… porqué a nosotros… nos toca trabajar tan duro… y vender todo esto y a otras personas no?

-¡Porque esas personas tienen plata!

Responde tajantemente la señora al impúber que busca explicaciones de todo a su alrededor.

Nuevamente el infante cuestiona a la señora con otra pregunta pringamosera.

-¿Abuela y cuando nosotros tendremos plata?

-¡Cuando nos ganemos la lotería!

Responde fríamente la señora, esa misma que nunca en su vida ha comprado un billete o una fracción del mencionado juego de azar.


Libro de Visitas

Luis Alfredo Arroyo Osorio ©

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