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Escrito por Safo el 18/12/11

La premonición del destino II


Capítulo II

Fue una tarde bastante extraña para Clara, estaba despistada y cometía errores en los negocios. No podía dejar de pensar en ella.

Entonces, la noche llenó de oscuridad la ciudad.

—Hija mía, después de la cena pasea un poco. Te sentará bien un poco de aire fresco. Además, tengo una charla pendiente con Roberto—

—Sí, siempre he tenido curiosidad por venir a este lugar y, ya que estoy aquí, aprovecharé la ocasión—

La cabeza le a iba estallar en cualquier momento.

Llegó Roberto. Entre dos cajas se dejó caer una tabla pequeña que sostenía en el centro medio queso tierno, que Felipe cortó en tres pedazos, un poco pan algo duro y una bota con leche de cabra que se pasaban para tomar sorbos.

Había poca gente por la calle. Los bebés dormían, los borrachos bebían en las tabernas, los ladrones discurrían entre los tejados… Quería encontrar el sitio ideal donde poder sentarse tranquilamente, un lugar donde meditar sobre lo que estaba ocurriendo.

Caminando llegó a las afueras de la ciudad, donde halló una roca enorme, y siguió su ruta adentrándose en el bosque dirección a las montañas.

Miraba a las estrellas y la veía a ella, hasta el bosque olía a su fragancia; todo la acosaba. Sentía asfixia y se paró. Eso que sentía era inapropiado para la sociedad, no era normal ese tipo de atracción entre dos personas del mismo sexo, no podía ser, tenía que olvidar ese incidente como fuese.

Una voz ronca y balbuceante la despertó de la ensoñación y, de repente, salió un borracho de un matorral mirándola con cara de vicio y riendo de tal forma que los pelos se le erizaron. Clara echó a correr y éste empezó a perseguirla. Afortunadamente, el individuo a cada paso que daba caía al suelo.

Estaba demasiado lejos para girarse y volver con su padre. Siguió hacia las montañas y divisó una entrada en la que se escondió. Se consoló viendo como el borracho se cansaba de seguirla y se volvía por donde había venido.

Su respiración se estaba relajando cuando alguien la abrazó por detrás. Tenía una piel aterciopelada y, por el aliento pacífico que notaba en su cuello, supo que no pretendía hacerle nada malo. Estaba todo oscuro y, aunque no podía verla, sabía de sobra de quién se trataba.

Paola, volteándola con suma elegancia, la trajo consigo. Sujetó sus manos y emprendió un camino mostrándole su cuerpo, desde las rodillas, pasando por su delicada cintura curva y sus senos hasta llegar a las mejillas, tan suaves y ardientes, y las dejó allí. Clara, embelesada, comenzó a acariciarle la cara despacito; la abrazó con fuerza dejándose caer en su pecho y lloró desconsoladamente.

Perdieron la noción del tiempo mientras se acariciaban.

Clara dejó de llorar. No sabían si hacían bien o mal, pero se deseaban.

—Ruego digas tu nombre— Solicitó Paola.

—Cla… clara— Se le trabó la lengua.

—Hasta tu nombre es hermoso— Admitió deslumbrada.

Ambas se sonrojaron. Clara pasó su mano derecha por una mejilla de Paola con tal delicadeza como si de una frágil rosa se tratara y en un descuido la dañara. Entonces, le dijo:

—No sé que estoy haciendo, esto es extraño, impensable, yo…—

—¡Shh! Tan sólo sé que nunca he sentido nada igual y que me quedaría así para siempre— Susurró.

Apenas podían controlar el deseo de besarse, sus labios se acercaron tanto que, en esa distancia, no cabía ni el aire. Y, cuando Paola se decidió a hacerlo, Clara volvió la cara hacia el lado y gritó:

—¡Esto no está bien!—

Rompió en otro llanto, empujó a Paola hacia atrás y salió a correr.

Llegó a la tienda en menos tiempo del que tenía previsto. Estaba sudorosa y jadeaba. Apoyó las manos sobre sus rodillas y se sentó en una caja.

Su padre, asustado, se acercó a ella:

—¡Hija! ¿Qué ocurre?—

Roberto ya se había marchado.

Fui a dar un paseo y me alejé demasiado. Cuando me di cuenta estaba en el bosque y emergió de un frondoso árbol un borracho que me estuvo persiguiendo.

No le contó todo. Tenía miedo.

Meció a su hija entre sus brazos y le cantó la canción de cuna que le susurraba cuando era pequeña:

Duérmete chiquitita, duérmete,

duérmete mi vida que llegó la noche,

es hora de descansar y soñar,

duérmete pequeña, duérmete,

te elevarás junto a los angelitos

y ellos te protegerán del mal.

Besó al padre en la mejilla y sonrió. Después, fueron dentro del carro a dormir.

Ojalá ese día sólo hubiese sido una pesadilla y al despertar todo fuese como siempre.


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Escrito por Safo el 19/11/12

Los relatos de Griselda (Primer relato)


Hola, me llamo Griselda y vivo en Huelva, en un humilde hostal que se encuentra en la avenida de Andalucía. A diferencia de los demás, no pago un céntimo, y todo gracias a Pepe, el viejo y solterón dueño de hostal, con el que he hecho un pacto.

No, no malpenséis, que yo tengo que hacerle trabajitos, sí, pero consisten en limpiar el local de insectos voladores, en concreto mosquitos y moscas. Son mi debilidad.

He de reconocer que no vivo nada mal y, además, no existe semana alguna en la que no ocurra algo extraordinario. Sin ir más lejos, el fin de semana pasado, Pepe se enfureció muchísimo con dos chicas. Os cuento con detalle.

Estaba yo entretenida con una mosca, cuando sonó la campanita de la puerta, como siempre, y entraron estas chicas. Una tenía el pelo muy largo y armaba mucho jaleo al caminar, porque calzaba unos tacones tan altos, que no sé cómo no se hostió contra el suelo. Bueno, qué voy a saber yo, que nunca me he puesto tacones. Pues eso, lo que iba diciendo, que tenía un melenón increíble, tacones y una camiseta muy colorida a rayas, y cada raya era de un color diferente. La chica que la acompañaba, sujeta de la mano, llevaba la cabeza rapada y una sudadera que le llegaba a las rodillas.

Hasta ahí todo estuvo tranquilito, pero luego se complicó cuando llegaron al mostrador de recepción.

- Hola, ¿queda alguna habitación libre?- preguntó la escandalosa.

- Sí, señoritas, la habitación siete -. Contestó Pepe.

- Ah, bien. ¿Podríamos verla antes de decidir algo?

- Por supuesto.- Cogió la llave correspondiente.- Síganme.

En ese momento la mosca se escapó, aunque no me importó, porque estaba intrigada. Y los seguí, sin que se percataran de mi presencia. Nunca me ven. Total, que cuando Pepe abrió la habitación, las chicas se disgustaron y la escandalosa exclamó:

- ¡Oh, vaya! ¿No queda ninguna habitación con cama de matrimonio?

Juro que jamás vi a Pepe comportarse de esa forma. Comenzó a gritar como un endemoniado, insultando a las pobres chicas: ¡Pervertidas! ¡Qué asco de tortilleras! ¡En mi local no acepto a gente de vuestra estirpe! ¡Fuera de aquí!

Las chicas se asustaron y quedaron petrificadas ante el asombro. La rapada, viendo a su compañera llorar, se envaró y llamó a Pepe humo… homo… ¿cómo era? Homofobio. No sé. Bueno, algo así. Nunca oí esa palabra.

Así que dieron media vuelta y se marcharon, mientras la chica escandalosa, con voz pesarosa, hablaba con la rapada:

- Lo siento, yo sólo quería ayudarte y lo he estropeado todo. Ahora no te podrás reconciliar con tu novio por mi culpa.

- Tranquila, no tienes la culpa. Aún queda tiempo para buscar otro hostal. Ese asqueroso ha herido tu dignidad. No sé cómo todavía existe gente así en pleno siglo XXI.

Tengo que confesar que todo fue muy raro. Hacer tortillas es un trabajo tan digno como otro cualquiera, o eso creo. Espero que Pepe no haga eso de nuevo, porque sino se quedará sin clientes. En fin, qué voy a saber yo, si soy una araña. Es normal que no termine de entender a los humanos. De todas formas, se que Pepe obró mal.

Bueno, pues os dejo, que me apetece jugar un poco y he visto un mosquito de largas patas. ¡Hasta pronto!


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Verónica I Dominguez Bogado ©

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Escrito por Koni el 27/12/12

Pequeño Alois


Una hoja naranja. Una hoja amarilla. Una hoja marrón. Y así sucesivamente. Alternando las ceras en ese orden imitaba los árboles secos, que fallecían ante los vientos otoñales. Un surco tras otro rellenaba aquel falso vegetal, un tanto inexacto por la novata mano que lo dibujaba. Con apenas un par de trazos más, dio por concluida su obra. Alzó la cartulina y observó detenidamente cómo había quedado. Se sentía henchido de satisfacción. A pesar de su juventud y de sus garabatos aún por desarrollar, se notaba que tenía talento para el arte, todo el mundo se lo decía.

Volvió a dejar la cartulina sobre la mesa y dirigió la mirada hacia el jardín. Las hojas secas inundaban el césped, dando un tono cálido al ambiente en contraste con el aire frío que cada vez calaba más en los huesos. En seguida comenzó a tiritar y se subió la cremallera de la sudadera hasta el cuello. Era lo que menos le gustaba del otoño, pero aquello no le paraba en una época hecha para disfrutar de los pequeños placeres de la vida: parar las manos ante la estufa después de un día de clase, tomar una taza de chocolate caliente las tardes de lluvia, ver como las gotas compiten en una carrera a través del cristal, escribir en el vaho de la ventana del autobús, saltar sobre los charcos, comer castañas a punto de reventar, comer un dulce más la noche de Halloween… pero sin duda, su favorita era pisar las hojas secas, cosa que ahora mismo hacían un par de niñas de pelo castaño pajizo.

-¿Qué pasa, cielo?- Una suave voz junto con un cálido contacto sobre los hombros lo despertaron de su estado de ensoñación. Alzó la vista y descubrió una cara de expresión dulce.

-Ma… má

-¿Por qué no vas con tus hermanas? Te encanta saltar sobre las hojas secas.- Añadió sentándose en una de las sillas libres, orientándola hacia el jardín.

Miró a las dos niñas reír como locas cada vez que oían el leve crujir de la muerte bajo sus botas de agua. No se sentía con demasiadas ganas.

-No quiero…

La mujer lo miró con un velo de tristeza en los ojos. Sabía que a su hijo le ocurría algo o mejor dicho, sabía qué le ocurría, pero no quería hablarlo. Deshizo el nudo del fular de colores que le cubría la cabeza y lo apretó contra el cráneo para que no saliera volando.

-¿Quieres decirme algo, cariño?

El niño suspiró, bajó la mirada y balanceó los pies forzadamente. Al cabo de un rato, agitó la cabeza. La mujer desistió y miró pesadamente sus otras dos hijas. Ellas parecían convivir y aceptar lo que se cernía sobre la familia, sin embargo, él no parecía llevarlo demasiado bien.

-¿Dónde te vas a ir, mamá?

Aquella pregunta sorprendió a la mujer, que no pudo reprimir una lágrima de desconsuelo. El niño tenía los ojos vidriosos. Tanteó una respuesta pero antes de poder decir nada, el pequeño interrumpió.

-¿Los médicos no pueden curarte? Un niño de mi cole dijo que lo pueden curar todo…

-No, cielo, no pueden.- contestó. Extendió un brazo por encima de la mesa hasta tocar la mejilla de su retoño.- Aunque la gente diga que sí, no todo es curable, cielo.

-Pero yo no quiero que te vayas.

-Yo tampoco quiero irme, hijo.

Una brisa fría provocó una lluvia de hojas áureas y ocres. Las dos pequeñas danzaron en círculo disfrutando de aquel pequeño espectáculo. Acarició la mejilla con suavidad. En seguida notó la humedad en su palma. El crío se había roto. Dejó su sitio y se abalanzó sobre la falda de su madre.

-¡NO TE MUERAS! ¡NO QUIERO QUE TE MUERAS! ¡NO QUIERO ESTAR SOLO!

A los sollozos del pequeño se solaparon a las carcajadas de las niñas. Otro golpe de aire agitó las ramas al borde de la hibernación, produciendo una tormenta amarillenta y anaranjada. Las chicas gritaron a la par que se tapaban los ojos. El muchacho miró la cara de su progenitora. No era mayor, apenas 34 años, pero estaba demacrada como una mujer de cincuenta, pálida, con ojeras oscuras, los ojos entristecidos, líneas de expresión acentuadas, parecía estar consumiéndose como una vela. Aun sabiendo que no le quedaba mucho, no dejaba de sonreír delante de sus hijos, como queriendo infundirles fuerza para continuar adelante.

-Te quiero, mi pequeño Alois, te quiero tanto que no podría calcularlo. Y quiero a tus hermanas y tu padre. Os quiero a todos, pero hay cosas que no están en nuestras manos.

Las lágrimas brotaron de sus ojos castaños, yendo a parar sobre los párpados del niño. Éste intentó contenerse pero al subir la mirada por encima de la frente de su madre no pudo detener sus emociones.

Se quedó en el cálido regazo, gimiendo desconsoladamente mientras el fular caía sobre el suelo, a varios metros de ellos.


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Koni Tangara Traoré ©

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