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Escrito por Roberto el 23/09/14

Una escena al estilo de Steven Seagal


Hay rumbas y reuniones. Las primeras son inolvidables y las otras pasan desapercibidas. En las reuniones no llega la policía; nadie se caga u orina en la sala ni encuentran a alguien cogiendo en un rinconcito oscuro; nadie le agarra una teta a la madre del anfitrión, menos le soban las nalgas a la novia del fisicoculturista o militar del lugar; nadie vomita sobre los senos de la chica más buenota de la fiesta ni los vecinos van a pedir que bajen el volumen al equipo de sonido. Siempre se habla de las rumbas donde encontraron a un tipo mamándole las tetas a una chica embarazada y lactante. Entonces la rumba ya tiene un nombre: la rumba del mama teta. O la rumba aquella donde un borracho cagó sobre el mueble importado, y nuevo de paquete, de la anfitriona. En cualquier caso siempre es evocado con cierta sorna y un aire de nostalgia adolescente. De allí que en algunas conversaciones se puede escuchar:

- ¿Te acuerdas del día aquel que fuimos a tal sitio y nos encontramos a fulanito de tal; el primo segundo del que se orinó en la sala? -

-Ah sí, qué vaina más loca. Ese carajo también estaba feo. ¿Y qué pasó con él? -

Pues ese tipo de comentarios son comunes entre quienes fueron a la rumba, en algunos casos mientras pasan “el ratón” en un café, panadería o arepera. Al referirse a las reuniones dicen que estuvo bien, todo tranquilo. Pero nada más. No hay risas ni anécdotas ni nada. Las reuniones son magníficas cuando quieres invitar a tu jefe o a los padres de tu novia o cosas así. Tienen un aspecto más formal y se organizan con un fin específico; buscar un aumento salarial o un ascenso, mejorar las relaciones con el suegro o conocer a los vecinos. Las conversaciones giran en torno al trabajo, economía, política (hablar paja del gobierno) y otras necedades. En cambio las rumbas no se planifican y sus objetivos son: beber, beber y beber hasta la muerte, aunque también se pueden cuadrar unos culitos. Allí se destapan todas las vainas locas de la gente; algunos botan la segunda, la mejor amiga de alguien se resbala, descubren uno que otro cacho de un fulano o fulana de tal y la que todos tenían por santita hace alguna burrada con dos tipos en el baño. Todos se enteran porque alguien suelta la lengua y, con la aparición de los teléfonos inteligentes, se difunde lo que haya o no haya sucedido en menos de lo que canta un gallo. Entonces llega el momento en que todos saben la noticia y al mismo tiempo nadie está al tanto de nada, y lo más bravo es la cara de pendejos que ponen cuando algún hablador de paja le repite lo que ya sabían. Porque en la actualidad lo que en épocas anteriores pudiesen ser rumores infundados ahora tiene pruebas contundentes con alta calidad de imagen y sonido, entonces el hablador de paja ya no tiene la función de informante sino de certificador. No obstante, con todo lo malo que podría suceder y los chismes, se goza en las rumbas. A veces hay peleas, pero no pasan a mayores; gritos a garganta seca de jevas histéricas – siempre nombran al novio o el marido como si estuviera cayendo por un barranco -, botellas rotas, algo de sangre y corredera por todos lados. Eso sí, bastante adrenalina y, en raras ocasiones, la presencia de algún policía trasnochado. Sin embargo, todo se soluciona casi de inmediato porque todos son amigos. Posteriormente evocan los hechos en esas conversaciones recurrentes de jóvenes cuarentones, quedan como memorias adolescentes o de tiempos felices que no volverán. Con frecuencia exageran los hechos para darle un aire rebelde y juvenil, como si quisieran hacer ver que ellos vivieron su juventud intensamente y no la desperdiciaron en horas de pornografía o metidos en la televisión. Pero eso es normal en cada generación – supongo -.

En todas esas rumbas alguien debe meter la pata para que sea inolvidable, y siempre hay uno dispuesto. Ese es el tipo que nadie invita, pero nunca falta. Siempre es el amigo de fulano de tal que sí fue invitado y conoce a los anfitriones, pero se le ocurrió la gran idea de traer al amigo de un amigo o al primo segundo que vive en otro estado, pero llegó a pasar unas vacaciones con la familia. Este ser tiene sus segundos de fama. Aunque rara vez repite sus cagadas y, después de unos días, pasa al olvido para la mayoría de los asistentes. Sin embargo, queda como un vergatario entre sus panas; el tipo que todos admiran porque manoseó, en contra de su voluntad, a la buenota del lugar o que se cogió a la novia del cumpleañero en el baño. Adquiere la denominación de “rata peluda o mierda”. Porque entre los jóvenes el status dentro del grupo es directamente proporcional a la magnitud de la metida de pata. Si el personaje fue visto besándose en el baño con la novia del cumpleañero se le dice: “tú eres una rata peluda – o mierda – te estabas cogiendo a la novia del pana en el baño”. Pero el comentario no se hace en tono de reproche, sino con un aire de admiración y de chiste, hasta de envidia. El aludido lo niega, pero lo hace de manera tan conscientemente inepta que todos admiten el crimen – independientemente si es cierto o no -. Ese recuerdo queda guardado y siempre sale a relucir en las reuniones posteriores, cuando se ha superado esa época que quisieran volver a vivir. Es común escuchar:

“En la universidad eras una mierda con patas – o rata peluda -. Todo el mundo la pasaba tranquilo y el niño en el baño metido con la novia del pendejo aquel haciendo no sé qué cosas.”

Lo cierto es que a todos nos toca madurar, dejar esa vida y sentar cabeza. Ya sea porque el cuerpo no aguanta tantas noches de insomnio y ron o establecer una relación de pareja con niños y un perro callejero adoptado para sentirse, o decirse, personas de buen corazón – lo que llamo sometimiento del lobo estepario-. No importa la causa, llega un momento en que este ser para y cede el trono a otro borracho con el hígado en mejores condiciones. Eso no sucedió con mi hermano Martín.

Charlatán, parlanchín y mentiroso. Esas son las tres palabras que lo describirían. Él era uno de esos tipos que no servían para media verga, pero todos lo recuerdan con una sonrisa en el rostro. En un mundo gris él aparecía fulgurante con su camisa ochentera, sus zapatos de goma, el pantalón roto y su risa estruendosa. Era muy popular y todos y cada uno de los que lo conocieron tenían alguna anécdota de él. Asimismo, un fiestero empedernido y cuentero como ninguno. Uno de sus mejores amigos decía que era más falso que un billete de cuero, pero podías comprar un carro con ese billete y te alcanzaba para el almuerzo. Le mentía hasta al cura en el confesionario para no tener que rezar mucho, también tenía mala bebida. Tomaba hasta que el cuerpo no aguantara, incluso cuando yacía inconsciente parecía pedir más ron. Sin embargo, con todo y su actitud de idiota, siempre lo invitaban a cumpleaños, bautizos, bodas y más. Hasta su novia, a pesar de que él le montó los cuernos con todo lo que se le atravesara, sonríe cuando lo recuerda. Ella estudiaba medicina, sus padres eran dueños de una clínica y resultaba hermosa desde todos los ángulos. No sé qué encontró en mi hermano. Siempre que podía preguntaba qué le veía. A veces no respondía y sonreía, otras decía: “No sé. Me pregunto lo mismo cada vez que lo veo con ese corte todo raro”. Todos lo querían a su manera, era lo que llamamos un caso aparte; algo así como el coño de madre que nos quita los reales, pero nos cae bien y lo perdonamos cuando vuelve. O como el cachorrito que después de cagar toda la alfombra te mira con los ojos bien pelados y meneando la colita.

Martín no era mal tipo, solo tenía la manía de emborracharse como nadie y hacer toda clase de locuras cuando le daba la gana. Debe ser por eso que ella lo quería más que nadie, le perdonaba todas sus indiscreciones porque sabía que en el fondo del pozo había un tesoro.

Sus locuras no eran muchas ni muy graves, sólo que olvidaba algunas menudencias cuando bebía, como que no debía agarrarle el culo a la prometida del hermano de su novia el día de su boda. Recuerdo que él felicitó a su cuñado porque su reciente esposa tenía un culo durito y paradito. Lo primero que pensé fue que el tipo le darían un coñazo y tendría que llevarlo a urgencias, pero el novio sólo reía.

En la última rumba a la que fuimos todo estaba tranquilo. Nadie se había sobrepasado, uno que otro altercado pero sin graves consecuencias. Le tenía el ojo puesto para que no hiciera una de las suyas. Había prometido cambiar, pronto cumpliría 33 años. Anduvo como raro durante esos días. Estaba preocupado. Ese día me confesó que Cristo a los treinta y tres años había resucitado muertos, caminado sobre el mar, convertido el agua en vino y él sólo fumar hierba y cogerse a una estudiante de medicina. Nada bueno había hecho en su vida porque hasta el perrito callejero que adoptó murió de diarrea a los tres días. También dijo que quería casarse, pero primero debía reventar todos los culos que se le atravesaran. No deseaba ser como esos cincuentones que, después de treinta años de matrimonio, se divorcian y se van a vivir con una quinceañera que le monta los cuernos y los chulea como es debido.

Esa noche bebíamos ron barato con Coca Cola, luego conversamos acerca de películas y otras pendejadas con unos amigos que llegaron a la rumba. A eso de las 3:30 a.m él empezó a hablar sin parar – como de costumbre-. Habló sobre las películas que le gustaban. Se refirió a una con Jean Claude Van Dame que le “partía el culo” y la había visto treinta y tres veces. En ella el tipo malo, en pleno combate a muerte, le echa un polvito blanco en los ojos y Jean Claude queda ciego. Entonces Jean recuerda su entrenamiento híper arrecho en un país oriental con un maestro japonés, o chino, que era muy estricto. Allí le enseñaron a pelear con los ojos vendados y a utilizar sus otros sentidos para determinar la posición de su adversario. Con el sonido que produce el viento al rozar la piel de su oponente Jean Claude pudo prever sus movimientos y derrotarlo. Al final mató al malo, se quedó con la chica y ganó millones de dólares. Claro, él contó la historia con ese peculiar estilo que a todos nos encantaba; gritos, movimientos inventados de karate e imitaba a la perfección el rostro de Jean Claude al momento de aplicar el golpe fulminante a su contrincante – con todo y grito y mirada de ciego-. Uno de nuestros amigos era muy gordo, entonces mi hermano le levantó la franela e hizo su imitación de un golpe fulminante en cámara lenta – a petición del público- ; nadie paraba de reír mientras el gordo caía, hubo un tipo que carcajeaba dando tumbos en el suelo. Mi hermano en sus movimientos casi rompe un jarrón, pero decir “casi” no es lo mismo que decir “lo rompió” y, en su momento, fue un alivio porque según el dueño era un jarrón chino de la dinastía Wuang o Ming o lo que sea, pero muy caro. Él no le paró al comentario. Siguió hablando, dijo que le gustaban las películas ochentonas y recordó las de Steven Seagal. A él le encantaba esa vaina que realizaba el actor, aunque nunca fue a un Dojo o practicó un deporte. Decía que se veía tan elegante la forma en que le pateaba el culo a los malos, no paraba de decir que “eso era matar con estilo”. Era admirador del actor, mas sí le criticaba que no usara las piernas en sus combates, él decía que si Steven hubiese lanzado patadas voladoras en todas sus películas sería más famoso que Chuck Norris o Bruce Lee. Fue allí cuando vi en sus ojos esa mirada loca. Supe que haría una de las suyas, como cuando se bajó el pantalón y se cagó en plena sala porque no se aguantaba. Pude preverlo, pero no reaccioné.

Continuó conversando, dijo que, a pesar de que en las películas de Steven no habían patadas voladoras, nunca faltaban dos cosas: fracturas y lanzar a alguien por una ventana. Entonces corrió como loco por la sala. Empezó a imitar movimientos de Seagal y todos reíamos. Inmediatamente se lanzó por la ventana.

Él era un tipo al que se le olvidaba todo cuando tomaba. A veces me preguntaba qué había hecho la noche anterior, después, cuando uno le contaba, se halaba los cabellos y decía que no bebería nunca más. Al rato reía y decía: “Qué vaina más loca ¿En verdad hice eso?”. Preguntaba cualquier necedad y volvía a ser el mismo de antes porque nunca se daba mala vida por las cosas que hacía o decía borracho, y tampoco bueno y sano. Su lema era: “Cuando un problema tiene solución, soluciónalo. Cuando no la tiene, no te des mala vida y punto”.

A mi madre le molestaban de él dos cosas; esa manera de pensar tan viva la pepa y sus “travesuras”, pero él la contentaba con un cocosette y una de sus serenatas con la guitarra de doce cuerdas que le compró mi papá cuando tenía 13 años. Era como un niño grande. Con ella siempre fue cariñoso, una que otra vez falta de respeto; a veces, cuando la veía ocupada, le agarraba las nalgas y decía: “Ese culo está sabroso” o “rico, lo que se goza el viejo”. Mi madre le lanzaba lo primero que encontraba con su respectiva mentada de madre, pero él reía y corría. Un día se detuvo y le respondió: “pero tú eres mi madre”. Ella entendió la vaina, paró unos instantes y como que asomó una sonrisa, pero al segundo reaccionó y le lanzó un pote, lo peló de vaina. En otra oportunidad le dio en todo el coco, él fingió desmayarse y ella palideció hasta que lo vio incorporarse de un brinco. Él era demasiado payaso, nadie podía arrecharse con él por más de diez minutos. Mi papá había perdido toda esperanza de hacerlo madurar. No siempre fue así. Cuando estaba en la academia militar él era su orgullo, no dejaba de hablar de lo bueno que era Martín. Decía que daría un golpe para tumbar al gobierno o que llegaría a general porque era muy disciplinado. No obstante, el día que le informaron que se había dado de baja, no dijo ni pio. Martín con el tiempo se disculpó con el viejo y éste entendió que sus sueños no tenían que cumplirlos Martín ni yo. Una vez dijo: “Si no se puede, no se puede”. El viejo le tenía paciencia, siempre lo acompañaba cuando necesitaba reparar el carro o en esos negocios de empresario emergente – todos resultaron ser grandes fracasos-. Ellos tenían muchas cosas en común; eran fanáticos acérrimos de los Leones del Caracas, les gustaba la mecánica y bebían de la misma forma. Nunca llegué a beber ron con mi padre porque le tenía mucho respecto, en cambio Martín una vez lo llevó rascado a la casa. Sólo lo tiró en el sofá de la sala y continuó su rumba en otro lado. A pesar de que mi padre le aconsejaba con tanto esmero y cariño él no cambiaba; era débil ante la bebida y no se hacía responsable por nada, eso era triste porque era una persona muy inteligente y culta.

Lo de él y la bebida era anormal, tragaba caña como si fuera el fin del mundo. No le importaba nada. Mientras bebía era común que preguntara dónde estaba o en casa de quién, la mayoría no le paraba bola y lo tomaba por jodedera, se veía demasiado gracioso. Era tan mentiroso y mamador de gallo que nadie sabía si hablaba en serio o estaba jodiendo. Esa noche hizo lo mismo, todos reían, incluso cuando se lanzó por la ventana, por segundos, se escucharon risotadas. Reventó el vidrió y salió volando como en las películas ochenteras de Steven Seagal. Pero, como ya he mencionado varias veces, él olvidaba todo cuando bebía; no recordó que estábamos en un penthouse.


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Roberto Araque ©

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Escrito por Roberto el 27/09/14

El encuentro


La tarde caía y el sol en su muerte dejaba su rastro sobre un cielo parcialmente nublado y cansado, pero nadie lo notaba y ambos caminaban por la avenida Bolívar en direcciones opuestas; ella regresaba del trabajo y él de la panadería. Entonces, justo antes de cruzar la esquina de la calle que bordea el liceo “Cecilio Acosta”, ella lo vio y él se percató de que alguien lo observaba. De inmediato él apreció su figura, cabello y rostro, y siguió el camino impregnado con la estela de un aroma inconfundible y delicado. En ese instante quiso decir “Hola”, pero no. De haberlo hecho ella habría correspondido y, ante la inesperada respuesta, él tropezaría con el borde de la calzada. Por su parte ella detendría su andar ante el traspié del desconocido y sucedería una de dos cosas; trataría de asistirlo o se quedaría a mitad de camino a la espera del impacto de un camión.

Si se asume que hubiese tenido la gentileza de asistir a un desconocido, aun sabiendo que el tropezón no pasaría a mayores, ella habría entablado una conversación con un tipo de mediana estatura, ojos negros, cabello lacio y tez morena. También cedido su número telefónico y después de varias semanas se encontrarían una tarde de Julio en el cine del único centro comercial más o menos decente que había en Maturín. Si se toma en cuenta la fecha y la disponibilidad de películas que, en cuanto a calidad, costo y gusto pudiesen satisfacer sus expectativas habrían escogido “Tomorrow Edge” la cual estaba protagonizada por el actor preferido de ella y, según él, una flaca que no estaba nada mal.

Con el paso del tiempo y la conjugación de una serie de factores inherentes al cortejo ambos se enamorarían, comenzarían una relación con sus altos y bajos, risas y lágrimas, peleas y reconciliaciones y muchas otras cosas más bajo la mesa como infidelidades, celos e inseguridades. Ella conocería a los progenitores de él y su suegra no le simpatizaría, él a los de ella y su suegro lo vería con cara de perro. Poco a poco los amigos de ella desaparecerían y las amigas de él pasarían al anonimato. Es muy probable que al poco tiempo de haber comenzado a emerger sentimientos de dependencia emocional se presentaran algún tipo de inconvenientes. Si él no fuese una persona desconfiada y ella lo suficientemente madura como para lidiar con algunos tipos de situaciones relacionados con los celos todo durante los primeros cinco años de amores hubiese funcionado perfectamente. Claro, es evidente que habría una que otra indiscreción por parte de ambos, no obstante, pasarían desapercibidas; nadie ve la diminuta roca mientras se yace frente a la montaña. Y es algo razonable, una piedra no es un obstáculo ni su presencia resulta majestuosa ante la figura del Everest. De allí que al caminar levantamos el pie y le pasamos por encima sin perder de vista el objetivo. Eso sería lo que ella haría si se hubiese enamorado, lo mismo que hace todo el mundo: cerrar los ojos y ver lo que se desea ver.

Entonces si él no hubiese dicho “hola”- tal como sucedió- no volverían a verse, menos enamorarse ni tendrían una relación que desembocaría en la firma de un documento que más o menos precisa mutua propiedad y exclusividad sexual, amorosa y espiritual hasta que la muerte los separe.

Al tiempo ambos comprarían una estructura hecha a base de concreto, metal y vidrio que los protegería del clima. Y la engalanarían, además, insertarían otras estructuras blandas, duras, coloridas, brillosas y frágiles que tendrían funciones estéticas y, en muy pocos casos, prácticas. A ese lugar lo llamarían Hogar y, sin decirlo, se propondrían morir allí. Es posible que a lo largo de su vida cambiasen de sitio en varias oportunidades en la búsqueda de la ansiada y absurda perfección. También es factible que se conformaran con lo que encontraron y se las arreglaran para sentirse cómodos. Todo es posible, en este mundo todo es posible.

Su vida conyugal sería sencilla. En un principio ambos trabajarían, luego decidirían reproducirse y tener algo que se denomina familia – con todo incluido; mascota, casa de campo y niños -. En ese caso ella dejaría su trabajo, él asumiría los gastos del hogar. Pero antes de eso es probable que ella lo pillara en alguna indiscreción con una compañera de trabajo. No una indiscreción, digamos que los encontró desnudos uno encima del otro realizando un acoplamiento con sus órganos sexuales. Entonces hasta allí llegaría todo, no habría hogar ni familia ni mascota. No obstante, asumiendo que ella no fuese una persona rencorosa y él lo suficientemente sabio para valorar lo que podría perder si no buscaba la reconciliación, él gastaría cerca de la mitad de su salario en rosas, chocolates y muñequitos con el fin de obtener el perdón. Y éste no provendría de allí, sino de la rutina; la costumbre de verlo por las mañanas, por las noches, al conversar, bañarse y otras cosas más que la obligarían a, no sin antes echarle en cara el error cometido y una que otra rabieta pública, recibirlo nuevamente dentro de la estructura hecha mayormente de concreto que llamaban hogar o casa. Él buscaría el olvido y ella lo contrario, entonces, en la medida de lo posible, él se las arreglaría para ir a vacacionar por un lugar extranjero. Y por allá, en tierras foráneas, él sembraría la semilla que significaría la continuidad de sus genes en la tierra; tendrían dos niños. Nacería el primero, y sería niña. Luego buscarían el varoncito, y llegaría después de 762 días. Lo llamaría igual que a su padre. Todo esto no sucedería pasado algunos años de haberse visto en aquel cruce. Este par de personas pudieron haber conformado una linda familia y, repito, no sucedió.

***

Los años pasan, lentamente, pero pasan. Son como gotas que caen en un vaso gigante, y lo colman. Después de superar las infidelidades, el hastío, la rutina y alguno que otro problema económico ellos envejecerían. La primera señal la sentiría ella; un día se miraría en el espejo y vería una cana en su cabello, la arrancaría; luego una arruga, usaría más maquillaje y después varias canas, las teñiría. Con el tiempo ya ni le importaría. Lo de él sería diferente; lo invitarían a un juego de fútbol y al llegar a su casa no dormiría por los dolores en la espalda y tendría que ir al médico; se haría exámenes y le informarían que debía cuidar su dieta y otras cosas más. No obstante, aún se sentiría joven. Un día un chico lo llamaría Señor y eso le haría entender que ya no estaba tan chamo como él pensaba, asimismo, comprendería que usar zapatos de deportivos y dejarse una cola en el cabello no era muy apropiado para su edad. En cuanto a los nuevos miembros; repetirían los mismos errores que sus padres en su juventud. Sus padres los verían caerse y levantarse una y otra vez. Su madre no se cansaría de decirles: “Te lo dije, pero no me haces caso”. El padre no le pararía bolas porque pensaría que son unas cabezas duras como su madre. Ella en una oportunidad encontró al menor viendo una película para adultos, él a su hija encerrada en la habitación junto a un chico. Harían lo posible para formarlos como buenos ciudadanos. Pagarían su educación y los verían partir con sus respectivas parejas. A él no le simpatizaría su yerno – tendría pinta de malandro- y a ella su nuera – le veía cara de puta-. Pero los aceptarían y, de vez en cuando, éstos les llevarían los nietos o llamarían para saber de su salud, aunque la mayor parte del tiempo permanecerían solos y aislados en la estructura de concreto que construyeron y decoraron, y que desaparecería igual que ellos. Eventualmente él moriría, ella unos años después con la satisfacción de haber encontrado lo que muchos buscan y pocos aprecian.

Con todo y lo lindo que pudiese ser esta historia hay que ser franco; nada de esto sucedió. Simplemente se vieron cierta tarde de un día normal en una de mil calles en una ciudad promedio de un país subdesarrollado. A él le pareció una chica atractiva, a ella un tipo peculiar. Y eso sería todo, un par de segundos y se acabó. Pues toda historia comienza por un comienzo y termina por un final, pero aquí no existe. Nunca sucedió, se basa en la vaga esperanza de que se amontonaran una serie de ingredientes que devendrían en lo que se podría llamar una vida y un amor. Pues entre vivir, morir y ser olvidado, el último al no ser lo uno ni lo otro es el peor. Y precisamente esto fue lo que sucedió, ambos se olvidaron. Sin embargo, me alegra pensar que, entre infinitos mundos y vidas, cabe la posibilidad de que en alguno de esos universos paralelos la providencia conspiró para que sucediera lo que he mencionado y ellos terminaron siendo infelizmente felices por el resto de sus días.


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Roberto Araque Romero ©

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Escrito por Raquel el 28/09/14

Crónicas de la bruja I La hija del roble. Cap3.


3 La última prueba: El dragón.

Era tarde noche, y en el reino Llescrip estaba sucediendo lo que hacía unas semanas se había empezado a hacer, tras los muros del castillo en el gran salón, la reina estaba sometiendo a pruebas a un grupo de chicas, ya habían pasado dos pruebas, quería resultado, y esta vez, creía que había encontrado lo que buscaba.

–Bien –empezó la reina diciendo, mirando a todas. Bajó los escalones delante de los tronos y caminó de un lado a otro delante de las chicas–. La tercera prueba es, individual y colectiva a la vez, cada una luchará por su vida y por la de su compañero –hubo un alboroto, estaban todas asustadas, no entendían, la reina se dio cuenta–. No deben de tener miedo, si lo tienen perderán –dijo intentando animar a la chicas–. Les separaré y se volverá a apagar la luz, cada chica estará separada de la otra unos dos metros de distancia, y cada una de vosotras tendrá que luchar, no especificaré, primero para salvar vuestra vida, y luego para salvar la de su compañero, ya que aparecerá en un momento determinado –dijo mientras caminaba y explicaba delante de las chicas. Se apagaron las luces, se quedó todo oscuro, Eva y Diana sabían que era un espejismo, ya que las primeras chicas que pasaron la última prueba se lo habían contado aunque no con detalle–. Que empiece pues –se oyó decir a la reina. Se oía lejana por lo que se suponía que se había vuelto a sentar.

–Eva ¿estás ahí? –preguntó Diana en voz baja.

–Sí estoy aquí… –alargó la mano para rozarla con la de Diana y de repente apareció ante ella una luz roja.

–¿Pero qué…? ¡Diana! –miró a todas partes y Diana no estaba, sólo ella, había luz, pero no estaba en la sala, sólo veía esa luz. No entendía nada, entones se detuvo, oyó un ruido, procedía de la luz roja… comprendió entonces, cada chica tenía su monstruo, y estaban en su área de combate. De repente, vio que de la luz roja salía un reptil, con un cuello muy largo, sus escamas de color fuego brillaban, afilados cuernos que le sobresaltaban sobre la cabeza, una cola grande y afiladas garras, con unos ojos enormes y amarillos… un dragón, de siete metros de alto la miraba con un rostro desafiante y aterrador.

–¡¡Ah!! –Eva chillo y corrió, el monstruo la perseguía y la agarró de la cintura. La elevó–. ¡¡Ah!! ¡Suéltame, déjame! ¡Ah! –chillaba Eva.

–Como quieras –se oyó decir al dragón. Eva se quedó helada, el dragón también hablaba pero el “como quieras” no sonó del todo bien. El dragón la soltó, Eva cayó al suelo golpeándose. Se quedó tendida, se había golpeado la cabeza, el dragón la había tirado violentamente. Éste se levantó sobre ella y dijo–. Si eres bruja destrúyeme, si no, lo haré yo –recordó las palabras que le había dicho Carola, el dragón tomó aire y se disponía a hacer algo nada bueno. Eva abrió los ojos y vio al dragón volando encima de ella, ¿qué irá a hacer? pensó Eva, y se aterrorizó al ver que de la boca del dragón salía una rueda de fuego.

–¡¡Ah!! –chilló Eva apartándose. Se incorporó cuando el dragón se disponía a intentarla quemar otra vez.

–Esta vez no fallaré –dijo el dragón, yo tampoco, se dijo para sí Eva, cerró los ojos con fuerza, estaba temblando de miedo, y sudaba, estaba aterrorizada, sin embargo, eso no lo sentía, solo sentía las ganas de que su magia salieran de ella. El dragón escupió fuego y entonces Eva abrió los ojos, extendió las manos y la llamarada ardiente la rodeó sin quemarla.

–¡Que es esto! –exclamó el dragón, Eva elevó las manos y con fuerza las giró hacia el Dragón.

–¡¡Ve!! –chilló Eva. La llamarada giró muy rápidamente y fue hacia su amo, el dragón dio un grito de dolor y dijo–. ¡Acabaré contigo, maldita bruja! –el dragón y Eva compartían una lucha feroz, tanto el dragón como la chica sufrían. De repente apareció Diana al lado de ella.

–¡¡Diana!! –exclamó Eva

–¡¡Eva!! ¡Lo he pasado fatal un dragón amarillo me ha quemado toda! –sin embargó Diana físicamente estaba sana, pero el dragón era un espejismo, y le había afectado a la mente.

–Ja, já, ja, já, ahora lucharas por tu vida y por la de tu amiga, esta vez no podrás salvarte, ni a ella ni a ti –rió el dragón.

–Como quieras –le contestó Eva, ésta dijo algo en una lengua extraña, y un viento de color azulino las cubrió a las dos.

–¡Eva!, ¿qué es esto?, ¿qué es lo que está pasando? –preguntó Diana con mucho miedo.

–Es una barrera mágica, tú no te muevas de aquí –dijo Eva dejando a Diana sola. Eva se elevó, estaba volando a la altura del dragón, tenía en la mano, un arma, era una espada afilada, y tenía un signo, su signo, un roble, como el de su colgante.

Luchaba con el dragón a sangre, pero ninguno de los dos lograba vencer. En un descuido Eva cayó al suelo herida, vendrá a por mí, tengo que pensar rápido, pensó, pero no fue así.

–¡¡Ah!! ¡¡Socorro!!, ¡¡Eva!! –no podía ser, el monstruo se dirigía a devorar a Diana.

–Ya eres mía –rió el dragón mientras golpeaba a la barrera mágica.

–Que más quisieras –dijo Eva agarrando a Diana, había sido rápida ya que había aprovechando que la barrera mágica había resistido. El dragón se tiró contra ellas, Eva se quedó quieta.

–¡Ah! –chilló Diana abrazando a Eva, en cambio, ésta sonreía. El dragón rugió, había sido golpeado contra la barrera que rodeaba a sus presas.

–¡Estoy harto!, ya me han cansado, ¡Preparaos este es vuestro fin! –el dragón se rodeó de una luz brillante, y voló hacia arriba.

–¡¡Ahí voy!! –se oyó una voz desde arriba que terminó en rugido. Eva elevó las manos sobre su cabeza y dijo otra cosa en otra lengua, una bola azul las rodeaba.

–Eva ¿qué haces? –preguntó Diana.

–¡No te separes de mí! –dijo Eva con un punto fijo en su mirada sobre ella. Diana la agarró con fuerza, cerró sus ojos, pero antes contempló como el dragón venía hacia ellas desde lo alto a una velocidad incalculable. Los ojos del dragón y los de Eva estaban fijos uno en el otro.

–Ja,ja,ja –oyó Eva al dragón, pero ésta no dijo nada. De repente el dragón chocó con la bola azul hubo una explosión extraña, una luz lo iluminaba todo. Poco a poco, se podía ver lo que sucedía, Eva estaba agachada sosteniendo con fuerza la presión de la cabeza del dragón que la empujaba hacia abajo, Diana, tendida en el suelo tapada, llena de miedo, fue entonces cuando una voz de mujer se oyó.

–Bien me toca a mí –el dragón abrió los ojos confuso, los ojos de Eva se volvieron totalmente amarillos y dio un grito, pero no de terror, si no de fuerza y poder.

–¡¡¡Ah!!! –dijo poniéndose en pie muy lentamente y dolorosamente, entonces, el suelo comenzó a temblar, Eva estiró las manos y las abrió despidiendo al dragón, éste cayó derrotado al suelo. Todo se volvió oscuro, se encendieron las luces, todas las chicas estaban agotadas, tiradas en el suelo, sudando, pero la que más era Eva que desprendía todavía poder.

–Eva ¿estás bien?, no estás herida –exclamó Diana, Eva no contestó, la herida que creía que había sufrido solo era en su mente, era todo un espejismo, lo único que hizo fue mirar a la reina, que la miraba con odio y admiración. Ya está, la había descubierto por completo.

–Este es tu fin –dijo la reina rodeándose de una llamarada azul.

–¡No! –dijo Eva y se apartó rodando, ya que, la reina había intentado cogerla, se había desplazado volando hacia ella, Eva se levantó y corrió.

–¡¡Eva huye!! –gritó Diana.

–¡Vuelve aquí! –dijo la reina, y lanzó un hechizo para paralizar a Eva, ésta, al verlo, lo esquivó y con lo que pudo le lanzó un hechizo a Germina para hacer tiempo, pero ella lo destruyó.

–Ja,ja,ja, ¿crees que me podrás vencer? –rió Ger-mina, pero paró, cuando miró, vio que Eva no lo había hecho para luchar, la chica había saltado por la ventana cuando la reina se distrajo con su hechizo. Había sido muy lista y ahora volaba hacia abajo, pero, para su terror cayó, sus poderes estaban agotados, había volado un poco por lo que no se hizo mucho daño. Se chocó contra el suelo y casi sin fuerzas, silbó.

–¡Te voy a destruir maldita niña! –dijo Germina desde lo alto de la torre. El silbido tuvo su respuesta, un caballo de color negro con una mancha en la frente la elevó y la colocó en su lomo.

–Corre, huyamos –le dijo Eva casi sin fuerzas ni para poder hablar.

–¡No escaparás! –gritaba la reina desde la torre. Con un giro asombroso, empezó a escupir chispas por los ojos, y por las manos, con una mirada fija en un caballo que huía con una bella muchacha en su lomo. Eva muy cansada sabía el gran peligro que corría, cerró los ojos, se puso recta y extendió las manos, intentando no caerse del caballo, dijo unas palabras pero se debilitó, estaba mal, lo intentó de nuevo y lo consiguió, pensó en un lugar, el reino Anastal, su hogar y de repente no se veía un camino en medio del bosque, si no, una casa en frente de ella, se había transportado por arte de magia, pero no se quedó allí.

–¡Vamos, rápido! no tenemos mucho tiempo, la reina tardará en descubrirnos si nos marchamos lejos de aquí, vamos, rápido –y con esto se desmayó en el lomo de su caballo.

–¡Maldita bruja, se a teletransportado! sabe escabullirse muy bien, y es muy lista –gritaba constantemente la reina aterrando a todo aquel que la miraba.

–Madre, que ocurre, déjala ir, si no…

–¡No!, ¿cómo osas decir eso? –gritaba la reina tirando todo lo que encontraba a su paso.

–Pero madre ¿qué poder tiene contra ti?

–¿No has visto lo que ha hecho? ¡Ha destruido al dragón!… –pero se calló al ver que no convencía a su hija lo peligrosa que podría llegar a ser Eva. La reina sabía que Eva no era una bruja cualquiera… si no bastante poderosa y… algo más, pero no estaba totalmente preocupada, ya que también sabía que ignoraba la mayoría de los conocimientos de la magia–. Bueno quizás tengas razón –fingió.

–Claro, vete a dormir madre, yo me encargare de que recojan este desastre, y tranquilízate ¿vale? –la reina dio media vuelta en cuanto su hija terminó de hablarle. Una vez en su cuarto miró fijamente por la ventana. No tienes que hacer nada contra mí pequeña bruja, y con sus ojos penetrantes y oscuros no dejó de observar el horizonte, podría salir volando detrás de la pequeña bruja, pero guardo fuerzas. Una presa demasiado fácil, siguió mirando el horizonte, mientras revelaba los secretos que se escondían tras él. No era una chica cualquiera, no era una bruja cualquiera, no era tan diferente a ella misma, había algo que las unía. Mientras tanto, muy lejos de allí ya se encontraba Eva, cabalgando al lomo de su caballo cerca de las montañas del Sur, hacia un lugar lo más lejos posible.

–¿Sabes qué reino se encuentra tras las montañas del Sur? –preguntó Eva casi sin voz a su caballo, se había despertado después de una hora. Estaba súper cansada, exhausta, aunque se había despertado del desmayo, no tenía fuerzas para casi nada, sin embargo dijo–. ¡Creo que es el reino Machaster! el reino de la gloria, allí estaremos a salvo –mientras decía esto, cerró los ojos para no abrirlos durante unas largas horas. Penélope, su negro caballo lo notó y siguió galopando hasta que se detuvo a media noche en una cueva, no muy lejos había una posada pero estaban agotados, tanto Eva que yacía dormida como el caballo. El animal se arrodilló e intentó colocar a Eva, sin darle muchos golpes, en el suelo, pasarían lo que quedaba de noche al cuidado de la luna que los observaba por detrás de las nubes sobre las grandes montañas del Sur.


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Raquel Suárez Quintana ©

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