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Escrito por Oriol el 05/06/14

Soy de mi corazón el vampiro III


Noche del 29 de Abril, Kingsport, Massachusetts

Hansel observó la hora en un ominoso y kawai reloj de pared con forma de gato colgado precisamente de la pared del salón de la finca del exsecretario de Takeshi Kaneda (director del Grupo Hakuragi). El desagradable felino de proporciones redondeadas, agarrando con las patitas rechonchas a la esfera del reloj mientras removía la cola como un péndulo al son del tic-tac de sus agujas. Ominoso en cualquier caso. Le sonreía bizqueando imprecisamente, con una mirada de color pintado con aerógrafo industrial.

- Me alegro - empezó el ampliamente obeso Omura de que se reúnan viejos conocidos en esta casa.

Hansel era incapaz de apartar la vista de aquélla aberración concebida por el mal gusto nipón. La boquita del animal le sonreía, y no decía nada bueno de su futuro próximo. Pero hubo de contestar a la frase que humildemente y con gran hipocresía le dirigía su interlocutor.

- Me alegro que se alegre de acogerme. No tengo otro sitio al que ir.

- Yo creo, - El señor Omura, desde su más bien despreciable altura (en lo vertical puesto que lo horizontal era harina de otro costal) puso una mano en el hombro de Hansel - que muchos de mis excompañeros te echarían una mano sin dudarlo dos veces. ¿Te parece que nos sentemos?

Omura señaló hacia el salón, pintado en tonos rosados y anaranjados, tal vez morados, pero insoportables en cualquier caso. Fotografías en las que el hombre aparecía retratado junto a grupos pop coreanos y japoneses así como con algunos políticos de cierta o no tan cierta importancia, y otras personalidades con las que había tenido la ocasión de fotografiarse llenaban la estancia. Los cuadros con las estrellas pop, curiosamente, eran las que pertenecían a los mayores marcos y tronaban en el mejor puesto. Incluso una fotografía del día de su despedida, de su fiesta así como de todo el equipo se podía ver cerca del televisor (un plasma oscuro subido a un mueble aséptico). Un par de figuritas de geishas hechas aparentemente en porcelana tronaban a ambos lados de dicho televisor y el sofá, un chaise longue granate incrustado a una mesilla cerca de un par de lámparas, bajo un par de fotografías y un cuadro de un paisaje arbóreo incalificable.

Omura le señaló al chico el sofá, para más comodidad. Sin embargo éste lo rechazó, prefiriendo sentarse en la circular mesa del comedor, en una silla que acercó a la baja mesa de cristal translúcido encajonada entre el televisor y la chaise longue repleta de revistas japonesas que le era imposible descifrar y algunos periódicos entre los cuales el Times y el Arkham Advertiser. Habiendo corrido la silla, se colgó sobre sus propias rodillas, apoyándose en ellas.

- ¿Quieres?

Omura le ofrecía un bol chino repleto de curiosas formas: un snob aperitivo japonés de aquéllos que la industria alimenticia estaba empezando a vender. Hansel lo rechazó.

- Veo que aún se pone el pin del pulpo - comentó Hansel mientras el hombre se comía su aperitivo crujiente.

Era cierto. Sobre su traje oscuro, Omura llevaba aún un pin con la forma del símbolo del Grupo Hakuragi: el pulpo nipón, un pulpo con aires de dibujo japonés sonriendo como una trompeta.

- Creo que, francamente, tras años de servir al Señor de esta Casa, es un Honor al que tengo derecho.

- No lo dudo. - respondió Hansel apoyado sobre el alto respaldo de su silla - Habla de esa “Casa” como de un Feudo medieval. - insinuó.

- No me pronunciaré en este aspecto. Creo haber servido a mi deber lo suficiente para que mis intenciones quedasen claras.

- No ha hecho más que volverlo a hacer de nuevo. - recalcó Hansel.

- Hansel, ¿A qué venías?

Hansel dudó. Sencillamente se hizo el silencio, que se aposentó de aquélla forma en que lo hace cuando tantas cosas están por decir y han quedado por hacerlo en toda una vida y no está ahora por enmendarse la falta. Porque no se puede en una hora de buenas intenciones (o tal vez no tan buenas) enmendar una vida real. Los segundos transcurrieron entre los quejidos del joven que solo rumiaba como responder a lo que en resumen era la pregunta de su actualidad. De su vida en general. Pero de la de ahora. Porque su vida no tenía otro sentido que el que le dieran. Ahora que se lo daba él mismo, no era cosa de empezar por las bases y fallar en su asentamiento.

- ¿No lo sabes ni tú mismo verdad?

Tras unos instantes de duda, Hansel finalmente hubo de reaccionar.

- Lo tengo muy claro. En el fondo de mi corazón está muy claro. O más bien - Hansel iba animándose conforme hablaba a flor de los capilares. Pero esté en la superficie o en el fondo sé que hay un impulso que me impele a no dejar que lo que me… - rectificó - que… que lo que está hecho se quede en mí sin enmienda. No deseo en ningún caso guardar mi rabia para mí. Si algunos no fueron capaces de soportar sus impulsos, yo no seré menos.

El Señor Omura apenas tardó en asimilar estas palabras, intuidas por su subconsciente al ver al joven casi albino entrar por su puerta.

- ¿Y tu hermana? - preguntó, más calmado de lo que Hansel esperaba, y tal vez, solo tal vez, deseaba.

Una pregunta clave y fundamental, pero además dolorosa. Omura había dado en el clavo de la cuestión de la venganza. Si algo atormentaba a Hansel entre todo lo que podía causarle problemas prácticos, emocionales y de todo tipo a la hora de llevar a cabo su bendita venganza esa era su terrible hermana. La Preferida de Greta Vanderbeeken: Gretel.

Hansel dudó, pero fue una leve duda que de nuevo amenazó con que la respuesta no apareciera ante el Señor Omura. No obstante, era aún por calibrar dicha respuesta, difícil ante todo, que debía darse un plazo.

- Entra en los planes. O sea que haré con ella lo mismo que han hecho siempre con ella mis verdugos. Le daré el mismo trato que siempre ha recibido y que yo no. Y nada más.

Omura empezaba a temer las palabras del chico. Al menos su expresión lo denotaba. Sus rasgos amplios denotaban preocupación al oír esto que el muchacho dijo. Prefirió asegurarse de que había entendido bien la gravedad de lo que el mozo se predisponía ante sí.

- ¿La matarías?

- Si hiciera falta, espero no dudar en apretar el gatillo o lo que haga falta para acabar con ella. Y con todos los demás.

Esta vez no hubo ni duda ni nada parecido. La expresión de horror de Omura se acentuaba al son del tic-tac del reloj de su pared rosa.

- ¿Te das cuenta de la gravedad del asesinato, del genocidio que planeas?

Omura empezaba a no poder respirar al pronunciar estas palabras ahogadas de pánico. Conocía brevemente (tanto como era capaz, no obstante) la historia de Hansel, y creía firmemente en que el joven intentaría llevar hasta el final sus afirmaciones.

- No me parece más grave que aquello que perpetran por estas fechas todos los años las brujas que el consorcio tiene por líderes.

- ¿Y qué es de la peligrosidad de tu acto? ¡Es suicida! ¡Además de un crimen de los peores!

El Señor Omura se apartó del sofá y abrió un cajón para sacar de él un aparato contra el asma, el cual se introdujo nerviosamente en la boca, inhalando intranquilo.

- No le tengo ya tanto aprecio a mi vida.

Omura seguía inhalando rabioso, como si se hubiera de morir.

- En ese caso - dijo mientras inhalaba de nuevo otra bocanada - no debería decir nada más.

- Oh, sí, sí. - la reacción de Hansel sorprendió al hombre, que dejó a su inhalador a un lado - Yo creo que me debe más de un favor.

- ¿Cual?

- Digamos que quien calla es cómplice. Así pues, me va a contar unas cuantas cosas sobre lo que sabe de los últimos años de Greta. Porque que yo sepa, usted no dejó al cargo hasta…

- Hace dos años… - puntualizó Omura sumamente sorprendido.

- Pues tiene dos años que resumir para que su conciencia quede tranquila. ¿Sabe? Intuyo que lo mejor que puede avecinarse es una masacre.

La rabia en las palabras de Hansel no podía medirse.


Libro de Visitas

Oriol Sobrevilla ©

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Escrito por Desstri el 05/08/14

El camino de un Grulla: Aprendiendo a vivir


Hitomi by Desstri

Sería en la corte de invierno de Kyuden Kakitá, del año diecisiete del reinado de nuestro señor Hantei XXXVIII cuando yo Kakitá Kazen, tomé mi espada de samurái, con 14 años cumplidos. Aquella corte de invierno habría sido especial, por ser “mi” corte, pues tuve la ocasión de ganarme a la gente allí reunida y destacar entre mi promoción, pero este no será el escenario de nuestro relato.

Cuando las nieves del invierno empezaron a fundirse, y Rokugan, cansada de tanto frío, dio paso a la primavera, es cuando me di realmente cuenta que mi gemppukku no era el final del camino de mis años de preparación, sino solo el principio.

Kakitá Kaiten, señor de Shiro no Kagi, "mi padre", me encomendó mis primeras labores como samurái aquella primavera, lideraría una de las patrullas que habitualmente recorrían los caminos de las numerosas villas de la provincia. Quería que tomara experiencia de campo y como líder desde una temprana edad, pues estaba destinado a heredarle.

Con su mismo rostro sereno e inescrutable de siempre, me dio las instrucciones pertinentes y el “mando” de un grupo de seis de sus samuráis para esta tarea.

Digo mando entre comillas por un buen motivo, pues aunque yo daría la cara y dispondría de este pequeño grupo a mi criterio, realmente quien tenía la experiencia y la capacidad para ser líder, era otra persona, Kakitá Hitomi, gunso al servicio de mi padre, era una de las samurái de aquel grupo, y la anterior líder. Me conocía de vista del dojo, pero cuando fuimos presentados me sonrió feroz, como si estuviera deseando ver de lo que soy capaz, quizás, estuviera resentida por perder el puesto de líder.

Los demás integrantes del grupo eran Hoshi, Keitaro, Todori, Yue, todos pertenecientes a la familia Kakitá.

Hoshi era un tipo tranquilo, hablador y sonriente, como si pensara que la fortuna pudiera atraerse con una sonrisa en la cara, de unos 17 años.

Keitaro, era su opuesto, callado y metódico, gustaba de cerrar los ojos cuando no tenía que estar atento. Cuando los abría miraba atentamente a su entorno, escudriñando desde su interlocutor a la simple sopa que tenía ante él, como intentando desentrañar los secretos de uno y de la otra, lo que no dejaba de resultar algo cómico en el caso de las sopas, tendría 20 años.

Todori y Yue eran hermanos, destacaban por no haberse teñido de blanco el cabello, pero decían que no era la fuerza de Daidoji la que debían buscar, en todo caso la de Bishamon o Lord Kakita, eran rara avis entre los guerreros de un clan tan devoto a tradiciones como esta. Todori tendría unos 18 y Yue 15, siempre se enzarzaban en duelos de adivinanzas cuando tenían ocasión, los cuales perdía casi siempre Yue.

Las edades de mis compañeros me colocaban como el benjamín del grupo y sin embargo, por cuna también era su líder. Ninguno era especialmente arisco conmigo, pero parece que el hecho de ser el hijo del señor no les impresionaba del todo, al menos no en la vida cotidiana. A veces tuve la sensación de que no estaban muy de acuerdo con que fuera el líder del grupo, por supuesto nunca lo expresaron, pero al menos eso decían sus ojos muchas veces, cuando buscaban aprobación en Hitomi a la hora de tomar el curso de acción y los problemas que iban surgiendo por el camino.

Podría hablar largo y tendido de mi año patrullando las tierras de padre, pero como tampoco deseo alargar esto indefinidamente, rescatemos solo los momentos mas importantes.

Primeramente decir que Hiori no me acompañaba en estas patrullas, se quedaba en el castillo donde me mantenía al tanto a mi regreso de como estaban las cosas, algo siempre útil.

Por otro lado, nuestras patrullas eran bastante largas y nos llevaban alrededor de toda la provincia familiar, donde las villas mas alejadas podían estar a unos 5 días de viaje a paso tranquilo, nuestros recorridos solían durar un par de semanas si no había problemas.

Ya en el tercer día de viaje, a la noche, en una cena frugal de la posada de turno, todos quisieron hacer un brindis por la pequeña disputa de campesinos que habíamos resuelto hoy, aunque a mi me pareciera de lo mas inocua y trivial. En realidad, con el tiempo comprobaría que cualquier cosa era una excusa suficiente para mojar la garganta con sake en aquellos viajes.

Pero aquel día, algo parecía aguarles la fiesta, cuando se disponían a servir el licor, la mano de Keitaro se quedó paralizada antes de llenar mi escudilla, me miraba dubitativo, lanzando miradas al resto como buscando aprobación ¿pensaban qué a mis catorce años era pronto?

El gesto no me pasó desapercibido y empecé a molestarme, cuando estaba a punto de enfadarme, se escuchó una risa en la mesa y alguien le arrebató el botellín a Keitaro, para después servirme en la escudilla, con una sonrisa.

-Kazen-sama es nuestro líder de patrulla, no le hagáis el feo de dejar su copa vacía.- Todos miraron a Hitomi, como aliviados de dejar la responsabilidad a ella, alzaron la copa conmigo y bebimos.

Aquella era la primera vez que probaba el sake, en efecto, una pequeña quemazón recorría mi garganta mientras vaciaba mi escudilla, aun así no quise permitir que esto se notara, y entre las risas de mis compañeros, tomé la segunda. ¡Por Kazen-sama, el noble heredero! Gritaron mis compañeros que se animaron al ver como me integraba en el festejo. Una tercera, ¡por la Grulla y por el señor Kakita! ¡mil años de felicidad! la cuarta sería la ultima del día, sentado en seiza no me pareció que el alcohol fuera para tanto. Fue a la hora de levantarme cuando el licor me golpeó los sentidos, practicando un pulso contra mi equilibrio el cual me hizo terminar por buscando mi habitación a tumbos, por suerte no pasé el apuro de caerme o necesitar ayuda.

Keitaro y Todori miraban a Hitomi como si se estuviera metiendo en problemas, Hoshi y Yue disimulaban la risa al ver mi estado.

Tampoco es que pensara mucho en ello en aquel momento, la verdad es que recuerdo que me acosté algo mareado.

Los primeros días de viaje pasaban sin contratiempos, algunos heimin nos saludaban amables, pues nuestro grupo era bienvenido.

A Hoshi se le conocía por su generosidad, no le importaba ceder algunos bu a alguna familia campesina en momentos de necesidad, como cuando alguien enfermaba y necesitaban un médico, o cuando sus cosechas o sus viviendas habían sido echadas a perder por algún revés.

A Hitomi parece que también se la conocía bien por los lugares que transitábamos, la arrojada joven era el azote de ronins e incluso samuráis de clan que osaran abusar de su estancia en nuestras tierras, se había batido en duelo con más de uno por el honor de alguna joven, también les había echado a patadas junto con resto del grupo, o directamente dado muerte a aquellos que osaran hacer pillaje por nuestras rutas de vigilia.

El último en destacar, aunque en menor medida que los dos anteriores, era Todori que tardé un poco en percatarme de que tenía más de una admiradora entre las villas por sus adivinanzas y poesías, o por eso me habían dado a entender que era en aquel momento.

Por mi lado intentaba integrarme y cumplir mi labor, el primer incidente a destacar era el de un ronin que se envalentonó al ver a un muchacho de mi edad instándole a abandonar la villa, llevó la mano a la katana, mientras una sonrisa engreída cruzaba la cara.

-cuida tus palabras mocoso- Me espetó, frase a la que iba a responder honrándole aunque no lo mereciese, con la ocasión de conocer a fondo mi katana.

El muy necio al principio parecía confiado, pero llegada la hora de estar espadas prestas, dio un par de pasos atrás atemorizado, para arrodillarse después y suplicar disculpas antes de largarse apresuradamente parece que se ha dado cuenta de lo que le venia encima pensé, de lo que no me percaté es de Hitomi justo detrás mía, mostrando 2 pulgadas de su acero…

Entrada ya la segunda semana, a la vuelta de nuestra primera ronda del año era de noche en la posada, y todos nos habíamos ido a dormir preparándonos para el nuevo día, por mi lado apenas tenía sueño, había sido un día demasiado relajado, lo único que hicimos fue ir sobre nuestros caballos para recorrer el trayecto entre los dos poblados, sin incidente alguno, de repente, escuche como fuera de la casa, algo caía estrepitosamente al suelo, sobresaltado, no dudé en levantarme.

Tomé mi daisho y me dirigí a la entrada del lugar, mientras, los heimin que la regentaban me veían avanzar a la salida con cierta preocupación -¿ocurre algo sama?- -¿no es de su agrado la estancia?- me preguntaron sumisos.

-He escuchado algo fuera.- fue mi simple respuesta mientras pasaba de largo y salía de la casa.

Ojeé los alrededores en la penumbra, solo rota por distantes faroles de las casas y por los astros del firmamento fue allí afuera la encontré. Hitomi estaba allí, sola, con un bokken en sus manos, dando espadazos al aire una y otra vez, me acerque con cierta extrañeza, no eran horas de entrenar.

-Kombonwa, Hitomi-san, ¿no estas descansando? Mañana madrugaremos, como todos los días.-

Ella me miró y sonrió amablemente, -Kazen-sama, discúlpeme por no estar en mi cuarto- dijo como quien replica a su tutor, pero hoy ha sido un día inocuo, y no podría dormir dejando así las cosas.

-¿Qué quieres decir?-le pregunté.

-No es difícil de entender- explicó, -hemos pasado todo el día sin hacer prácticamente nada, ni siquiera hemos andado, pues nuestros caballos lo hicieron por nosotros.-

-Bueno, hay días más tranquilos que otros, es así.- Acerté a añadir, por decir algo.

-Opino que cada día debes esforzarte y dar todo de ti, sino será un día desaprovechado, creo que algo así es la filosofía del León y no deseo que, el día que vengan, estar menos preparada que ellos.-

“Mientras tú descansas tu enemigo entrena” dije esta vez, citando a Shinsei con más tino en mi respesta.

-Esa es la idea Kazen-sama,- me dedico una nueva sonrisa, -además, aunque mañana estemos un poco cansados de dormir menos, eso también es parte del entrenamiento, tu enemigo no va a esperar siempre a que estés fresco y bien alimentado. Hay que acostumbrarse a estas contingencias.-

Me llamó la atención el comentario, pues en mi vida como infante siempre esperaban a que estuviera completamente listo antes de cualquier exhibición o entrenamiento, sin embargo, las palabras de Hitomi tenían sentido, mas no me pasó desapercibido el “estemos”.

No tuve que pensarlo más de un instante antes de preguntarle. -¿Quieres qué entrenemos los dos? Yo también tengo mucha energía que gastar hoy.-

Su respuesta fue una afirmación satisfecha y una inclinación, con agradecimiento en su rostro, por tener un compañero.

…-Por cierto ¿sabes qué fue el ruido que escuche antes, fuera de la casa?- -oh, hai, un gato se asustó con mi movimiento y tiró aquel cubo de allí.- respondió Hitomi…

-Ya veo…-

Este fue el primer día de muchos en los que practicamos Hitomi y yo en las noches de primavera, lo que nos acercó mucho más que todo el tiempo anterior en que compartimos viaje y sin duda mucho más que las escasas ocasiones en las que compartimos dojo en el castillo.

Sin pararnos a relatar cada una de esas noches, cabría destacar que me explicó porque el resto no hacían lo que nosotros, Todori y Yue se enzarzaban con sus adivinanzas y algunas noches les veíamos salir a fuera, a resolver alguna indecisión sobre las rimas en un amistoso duelo de Iaijutsu con bokkens. Hoshi se entretenía dibujando en su cuarto. Igualmente, según Hitomi, Keitaro se ponía nervioso si practicaba en la oscuridad fuera de un dojo.

Durante las prácticas con Hitomi, charlábamos sobre diversas cosas, Hitomi me narraba sus andanzas en la frontera con el León, también la vez que tuvo que cumplir una misión en las tierras del unicornio y otra en la capital, escoltando a padre y madre. Yo, tan falto aún de anécdotas como estaba, expresaba mis deseos de conocer mundo, de batirme con hábiles rivales, de aumentar el prestigio de mi familia. Ella me sonreía mientras me decía que Rokugan estaría a mis pies para recorrerlo y dejar mi marca en sus tierras.

Así transcurrían los días, con el tiempo el joven Yue parecía harto de perder con su hermano, por lo que buscó en mí un adversario más equilibrado, durante los viajes, él y yo nos enzarzábamos en duelos de adivinanzas, aun recuerdo algunas:

“Si la tengo, no te la doy, y si no la tengo te la doy.”

“Aunque soy superficial,

pertenezco a lo profundo,

Soy la prueba terrenal

de que estuviste en el mundo.”

“Lo que no consiguen fuerza ni destreza

para mí es muy fácil, toda una simpleza.

Pocos me respetan, pero no hay derecho,

pues sin mí estarían sin cama ni techo”

Solíamos terminar más o menos parejos, su hermano aprovechaba para charlar con el resto del grupo, más cercano a su edad que su hermano pequeño.

Poco a poco nos convertimos en una pequeña familia, confiaron en mí paulatinamente como líder del grupo, a la par que yo confiaba mis dudas a Hitomi, que superados los resquemores iniciales no tenía problemas en aconsejarme. Un día, en mi juvenil descaro de joven señor le preguntaría:

-Hitomi-san, hasta mi llegada tú eras la oficial de este grupo, ¿Me odias por haberte desplazado?-

-Kazen-sama, antes de su llegada era gunso de un grupo de principiantes que recorrían la zona sin misión importante, ahora soy la escolta del heredero de la casa y su sempai ¿O no es así Kazen-sama? Lo tomo como un ascenso.- Sonrió al terminar la frase.

Recuerdo que en mi mente mostraba disconformidad en reconocer que ella fuera una aventajada con respecto a mí, pero mis ojos me traicionaban, mostrando la verdad en el respeto y admiración hacia aquella muchacha. Hitomi empezó a contagiarme de sus afables sonrisas.

Así pasaron los 4 primeros meses, deshaciendo problemas de campesinos, ahuyentando o arrestando a vándalos, patrullando por el día y entrenando con Hitomi por la noche antes de dormir.

El siguiente punto de inflexión fue tras esos cuatro meses, cuando vimos tirado por el camino a un granjero moribundo, con dos o tres flechazos en el cuerpo. Este nos reveló que había sido asaltado por un grupo de al menos 6 hombres antes de perder la consciencia y ser atendido por los lugareños. No dudé en tomar la iniciativa, al fin una escaramuza ¡daríamos caza a esos malhechores!.

Montamos los 6 a caballo y empezamos a recorrer el camino, allí encontramos un carro con sus dos ocupantes muertos, volcado y destrozado. Bajamos de los caballos a revisar los rastros del incidente y buscar alguna pista cuando un flechazo pasó entre nosotros, seguido de otros dos, Yue fue alcanzado por una de las tres flechas, sin tiempo a reaccionar, media docena de hombres salieron de la maleza cargando contra nosotros con armas herrumbrosas.

El primero que osó plantarme cara recibió un tajo de lleno en el pecho de mi hoja Kakitá, que prácticamente le partió en dos, desplomándose de un golpe perfecto. Sin embargo, pude comprobar la certeza de las observaciones de Hitomi entrenando, confiaba demasiado en mi velocidad y dejaba mi defensa al descubierto, esto no era un duelo de iaijutsu, pero me había distraído absorto en mi precisión de aquel golpe inicial, por lo que solo tuve tiempo de escuchar un ¡cuidado! justo antes de que un tajo de naginata marcara mi pecho y yo cayera al suelo sangrando…

El resto del combate para mí solamente fue oscuridad.

El siguiente lugar que vi tras abrir los ojos era una habitación austera, yo estaba dentro de un futón con el cuerpo vendado, desprovisto de ropa de cintura para arriba, al mirar a mi alrededor logré al fin ver a alguien, Hitomi estaba a mi lado.

-¿Hitomi-san? ¿Don… donde estamos?- Dije con esfuerzo.

-Estamos en la villa de las cerezas rojas, Kazen-sama, resultó gravemente herido hace 2 días, lleva inconsciente desde entonces, el castillo de su padre está a varios días de camino y no es conveniente llevarle allí en su estado, por lo que un heimin nos ha acogido para cuidarle. Envié a Keitaro y a Todori a informar en el castillo, eliminamos a casi todos los bandidos, pero tengo motivos para pensar que estaban más organizados de lo que vimos. Espero que su padre envíe un destacamento para barrer la zona- Dijo todo aquello con algo de congoja, que le fue imposible de disimular, y hablaba con la formalidad de quien informa a su capitán.

-¿Hoshi y Yue permanecen con nosotros? ¿El resto, están bien?- Pregunté

-Iee Kazen-sama, Hoshi y Yue perdieron la vida en la escaramuza en la que usted fue herido, Yue por un flechazo, Hoshi fue detrás del único bandido que logró escapar y regresó arrastrado por su caballo, con varias heridas de Yari.-

-Entonces he fracasado como líder, he permitido que dos de mis compañeros mueran…- dije con un creciente dolor en mi pecho.

-Iee Kazen-sama, no podíamos imaginar esto, no es culpa suya, usted luchó bien y sobrevivió, la mayoría de nosotros también, gracias a que contamos con su espada. Sama, no ha errado-,Hitomi seguía hablando con pesar, pero no parecía mentir en sus palabras de consuelo, tras unos momentos de asimilación para ambos, ella se terminó acercando a mi, y sin pensar en protocolos ni en nada más, me abrazó estando yo aún tumbado y me dijo que se alegraba de verdad de que estuviera bien.

Varios días pasé en aquella cama, los suficientes para tener noticia de la llegada del destacamento y no poder unirme a la batida, los suficientes para saber de su regreso y su éxito en la misión y aún apenas poder incorporarme.

Hitomi se quedó conmigo como única compañía a parte de los dueños de la casa. Keitaro y Todori acompañaron al grupo de batida a la vuelta. Se decía que no pudieron hacer prisioneros para interrogarles, pues el ansia de venganza de Todori por vengar a su hermano le hizo no dejar supervivientes.

El nutrido grupo hubo venido y después regresó por donde vino, dejándonos a los dos, Hitomi y yo, aún aquí mientras continuaba mi recuperación.

Habrían pasado ya tres semanas, no podía estar más tiempo postrado en una cama. durante este tiempo Hitomi había cuidado de mí, comprobando como su ánimo mejoraba pasados unos días hasta recuperar de nuevo su forma de ser. Fue aquella noche, tras tres semanas en cama cuando una vez más tomé el bokken antes de ir a dormir, e insté a Hitomi a practicar conmigo.

-Kazen-sama, aún no está en condiciones, se le abrirá la herida.- Intentó razonar Hitomi.

-¡Mientras yo descanso mi enemigo entrena!- Era la decidida respuesta que le ofrecí.

-Como desee, pero le he advertido- Al fin ella también tomó su bokken para ponerse en guardia ante mí.

Por desgracia, aunque mi mente me pidiera a gritos actividad, mi cuerpo no estaba de acuerdo, me dolía el pecho, y al poco, unas manchas rojizas empezaron a vislumbrarse entre las vendas, apenas pude practicar nada. Hitomi al verlo, me llevó medio contra mi voluntad a la habitación, donde insistió en cambiarme el vendaje.

Hitomi empezó a decirme mientras me atendía -Has tenido suerte, apenas se ha abierto, esto te pasa por ser tan obstinado-

-Tú me dijiste que había que entrenar en situaciones de desventaja para estar preparado en la realidad…-

-Baaaka, una cosa es forzar el sueño y otra empeorar tus heridas, si te sobresfuerzas así solo conseguirás terminar fuera de combate antes de tiempo y ser un estorbo, o un muerto- fue su respuesta.

Le hubiera dicho algo por el insulto, pero sentir sus manos curtidas recorriendo mi espalda al vendarme me arrebató un escalofrío del cuerpo, no estaba acostumbrado a aquello, ella detras de mí lo sintió y me miraba pensativa.

-Kazen-sama, ¿Aquel hombre qué matasteis en la escaramuza, era la primera vida qué arrebatabais?-

-Hai- respondí -¿Y qué pensáis sobre ello?- me preguntó -¿Sobre la muerte? ¿Sobre arrebatar una vida?, no he querido pensar en ello, cuando viene a mi memoria, intento recordar el golpe que dio mi katana, como lo único que importa. No soy capaz de alegrarme de haber matado a alguien, aunque sea un enemigo.- Acerté a decir, no supe explicarme mejor.

-Kazen-sama-, dijo Hitomi mientras posaba sus manos en mi espalda -Convertirse en adulto es un camino duro, hay cosas desagradables y también placenteras, pero para todas hay una primera vez.- dejó de hablar por un momento mientras sus dedos se posaban en mis hombros - Kazen-sama ¿ha yacido alguna vez con una mujer?- Ni siquiera las sensaciones que recorrían mi mente al sentir sus manos lograron reprimir mi respingo y sorpresa por la pregunta, me dí la vuelta, encarándola, y le sostuve la mirada, más molesto que azorado por la pregunta, aunque ambos sentimientos pugnaban. -Iee- articulé al fin, no iba a mentir.

-Kazen-sama-, esta vez se acercó a mí, con gesto seguro, -Eso es algo que se puede aprender de dos formas, junto a una profesional, o junto a alguien en quien confíes y estimes.- Parece que pensó seriamente en algo, tomando una decisión. -Una vez dije que era vuestra sempai, déjame serlo una vez más.- No hubo respuesta, pues mis labios quedaron mudos por el beso que me dio acto seguido, apenas supe reaccionar, cosa que no pareció incomodarla, simplemente me sonrió y empezó a desnudarme despacio. Mientras ella hacia por posar mis manos en su cuerpo instándome a retirar su kimono, empezamos a recorrer nuestros cuerpos, con cuidado y con toda la calma que mis nervios permitieron. En verdad pareció que deseaba enseñarme a hacer el amor, en vez de simplemente hacerlo conmigo.

Aquella experiencia calmó mis ánimos y sin duda evaporó mi sensación de desidia por estar allí en aquella humilde casa sin hacer nada de provecho. Ella fue buena conmigo y me enseñó gustosa, yo era un jovencito atractivo y ya bastante bien formado, aunque ella me sacara más de cuatro años.

Recuerdo que quedé tan prendado que no me plantee ninguna consecuencia de esa relación que nació del triste suceso de la emboscada. Ahora podría preguntarme si su intención era simplemente calmarme o incluso si le convenía mantener un romance con el heredero del lugar. No, la extraña y anormalmente sencilla en Rokugan ternura y sencillez de Hitomi no merecían aquellas injuriosas dudas.

Esta no sería la ultima vez que estaríamos juntos, tardé otras dos semanas hasta que estuve en condiciones de ir al castillo de padre, tiempo que aprovechamos Hitomi y yo.

Al regresar, Okaa-sama consternada por mi incidente, convenció a padre de que me quedara en el castillo, con la excusa de que teníamos pronto numerosos invitados, y que aprendería mucho si la ayudaba en hacer tareas de anfitrión…

Esto no nos separó a Hitomi y a mí, que aún coincidimos en el dojo, algunas veces en la comida… y también algunas noches en el dormitorio. No entraré en más detalles, pero creo que la nuestra, fue una relación de amistad llevada a un nuevo punto, entendí que yo no había sido el primero ni el único para ella, pero si que dejó una huella profunda en mí, pues me enseño muchas cosas, sin escatimar en detalles y tesón al respecto. Como una verdadera sempai.

Poco queda por matizar, quizá quepa mencionar cierto día, que como otros consumábamos nuestra relación en el castillo, fue el día del sobresalto, cuando Hiori abrió la puerta una mañana tras llamar, pero sin esperar a ser invitada, y se quedo petrificada al alzar la vista hacia mi cama. Recuerdo que la miré yo también a ella, y parecía tan sorprendida por la escena, que hasta bien pasados unos momentos no fue capaz de reaccionar, al fin se postró y dijo medio gritando -¡gomen nasai sama!- tras lo que salió corriendo como si la persiguiera un demonio.

Calme las inquietudes de Hitomi, garantizándole que no diría nada, tras eso fui en busca de mi doncella.

¿Hiori? no tuve que buscarla mucho, la encontré en un rincón de los jardines, sabía que ese lugar le gustaba porque no era transitado, ella al escucharme secaba las lágrimas y me miraba asustada.

-Gomen Nasai Kazen-sama, yo… yo… no quería entrar así.-

-No pasa nada Hiori, ¿por qué has salido corriendo?- le pregunté.

-Porque… no… pensé… no sabía que hacer, pensé que irme era lo mejor. Sama, si se enterasen…-

-Nadie va a enterarse, Hiori- la interrumpí -Tú eres mi asistente personal, eres mi persona de confianza ¿no es así?-

-Ha… hai, sama.-

-Eso significa que puedo confiar en ti cualquier secreto y nadie lo sabrá, incluidos mis padres ¿verdad?-

-Hai- dijo asintiendo repetidas veces.

-Yo confío en ti, Hiori, así que no te preocupes, no estoy enfadado, se que no traicionaras mi confianza, pero la próxima vez, espera a que te deje pasar. Vamos, sécate las lágrimas y volvamos ha la habitación, no creo que ahora haya nadie más en ella y soy un torpe a la hora de arreglarme sin tú ayuda.- Dije al fin, con tono amable, intentando quitar leña al fuego, Hiori obedeció.

La última parte de esta historia, es la muerte de la joven Hitomi, apenas dos meses después, el campeón pidió un contingente de tropas para apoyar a los aliados unicornio contra el León y ella estuvo en el grupo que fue enviado, no regresó… Desde ese día, la recuerdo tan nítidamente como a la herida de mi pecho, pero no lloraré, se que ella hubiera querido que disfrutara de mi vida.

Pétalos en la mano,

tanta belleza,

que ha de morir.


Libro de Visitas

Eduardo Tapia Quesada ©

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Escrito por Raquel el 21/09/14

Crónicas de la bruja I La hija del roble. Prefacio y cap2.


Prefacio

Cerró los ojos y se quedó pensativa, la realidad se le venía encima todos los días, la misma realidad que la atormentaba, la misma que sabía que llegaría hacía más de dos semanas, la misma que le traía todo tipo de recuerdos, recuerdos horribles, temerosos y malvados, sabía que no iba a dormir tranquila durante las tres semanas siguientes, sabía que llenaría su pensamiento de entrenamiento, de nervios y de preparaciones para la lucha, para el día en el que tenía que encontrar a su gemela cara a cara, el día en el que lucharía contra el pasado, contra todo su miedo, en el que podía morir o ganar, en el que podía enterrar su pasado o vivir en él, en el que podría demostrar que verdaderamente era una poderosa bruja, o fracasar y dejarse vencer por el miedo, su destino, podía ser su final o su victoria y el inicio de una nueva vida. Entre pensamientos de preocupación, de duda, de miedo y de inquietud, la pequeña bruja se durmió bajo un cielo en el que no había luna, estaba estrellado, hermoso, una de las noches de la primavera, no hacía ni calor, ni frío todavía, faltaban dos horas para media noche, el viento soplaba, no era tan escaso, pero no había corriente. En medio del desierto, en el reino del pan, dos brujos, esperaban al lucero reluciente y el destino de un nuevo día.

2 Las Pruebas

Aún parecía que se oían, en los muros de una de las habitaciones más altas de la torre del castillo, los gritos de dolor que pasaba el rey cuando estaba enfermo. Aunque sólo se oyera en susurro, daba escalofríos. Lejos de allí, a orillas del río, la chica de largos cabellos rubios y ojos verdes, acompañaba el canto de los pájaros mientras, su caballo, Penélope, de color negro con una mancha blanca en la frente y mirada compasiva y serena, descansaba. Habían pasado tres años desde su llegada al pueblo del reino, había madurado, tenía 18 años, no había parado de trabajar en el castillo, ahora descansaba tras un día de trabajo, faltaba muy poco para que anochecer, unos minutos.

–Penélope espera aquí, volveré dentro de poco –dijo la muchacha a su caballo. La chica se internó en el bosque, se oían sólo sus pasos ya que estaba en silencio, ya era tarde, el sol estaba muy cerca de ponerse. Había muchos árboles, bastantes troncos caídos, algunos formaban puentes, y sobre todo millones de hojas en el suelo, estaba terminando el otoño, ya hacía tres años que la joven había pasado por aquel bosque para ir al reino Llescrip. Buscó un lugar difícil de encontrar, sin poder ser fácilmente localizado y allí se disponía a hacer algo que hacía mucho tiempo había deseado hacer, utilizar su poder. Encontró un pequeño sitio al lado de un árbol y de otro tronco que funcionaba como un puente para los conejos y otros animales. Primero se concentró, se arrodilló delante de una planta, marchita de color oscuro, luego la tocó para saber lo que sentía la planta, y lo noto, estaba muerta, sintió el final del otoño. Después de un rato, quiso hacer algo mas grande, movió varios objetos, como piedras y hojas, pero un sentimiento de miedo le recorrió la espalda porque sabía que una bruja no muy lejos de allí, en la cima de una alta torre, podría presentir su poder. Aun así, lo hizo. Había allí una flor, pisoteada y marchitada, que se podía elevar con el mínimo soplido de aire, la cogió, y la puso en el suelo, puso sus llamas de los dedos en el fino y roto tallo de la flor y cerró los ojos.

–Vive –dijo solamente, y la planta se rodeo de un fino brillo de color rosa y empezó a elevarse, sus pétalos marchitados de color marrón se convertían en unos pétalos rosas y grandes, su tallo endureció, se volvió de un color de un verde oscuro, unos pinchos salieron de dicho tallo que se sostenía en el suelo solo, la rosa no era la misma y de ella, Eva, creó dos pequeños tallos con capullos cerrados, la rosa brillaba, era hermosísima, de gran tamaño comparada con la flor del principio y alrededor los animales admiraban a la nueva planta.

En ese mismo momento en el castillo se oía el ruido de una copa chocando con el suelo, cientos de cristales se esparcieron por el piso.

–¡Madre! –dijo la princesa Jesamal–, ¿qué ocurre, que pasa, por que se te ha caído la copa? –dijo la princesa después de levantarse de un salto y colocarse delante de la copa rota mientras miraba a su madre.

–He notado un poder muy cerca del reino y muy grande –hizo una breve pausa–, está en el bosque –dijo la reina con los ojos bien abiertos y mirando hacia un punto fijo del mismo. Parecía hechizada.

–Pero, ¿qué dices? si hubiera algún brujo en el pueblo ya lo hubieras notado hace tiempo, tu eres la bruja más poderosa, por favor, y además no es rival para ti, despierta, ¡Mamá! –su madre la ignoró las palabras de su hija, parecía que no oía nada simplemente, corrió hacia la puerta–. ¡Eh! ¡Madre, a donde vas! –chilló Jesamal, pero la reina ya estaba en camino hacia su carruaje. Mientras tanto, Eva, había notado algo raro cerca, por eso, ya estaba galopando velozmente hacia el pueblo. Cuando llegó, las calles estaban desérticas y frías, y entonces vio a la reina, se dirigía con su carruaje a la salida del pueblo. Eva desmontó el caballo.

–Corre, sin que te vea –dijo mandando a Penélope a su casa, sería muy sospechoso si la reina la viera acabada de llegar de fuera con el caballo. Pasó la reina al lado de ella, y Eva se dio cuenta de que tenía un punto fijo, el bosque. Un escalofrío la helo, la reina había percibido su poder, no podía ni imaginar lo que pensaría cuando descubriera la flor, seguro que sospecharía de alguien del pueblo, estaba, perdida si daba con ella. Corrió temblando, llegó a su casa, abrió la puerta de un portazo y fue directa a los brazos de su madre.

–¡¡Madre!! –pudo decir casi sin aliento tirando una mesilla.

–Eva, ¿qué pasa?, tranquila cariño ¿qué sucede?, respira ¿qué ocurre? –decía Emilia agarrándola y obligándola a que se sentara después de haber cerrado la puerta y recogido la mesa. Eva le explicó a su madre entre lágrimas, lamentos y casi sin respiración lo que había ocurrido en el bosque y lo que hizo con la flor, lo que había visto en la mirada de la odiosa bruja, desesperada se maldecía, se echaba la culpa y se entristecía por tener poderes. Estaba temblando. Emilia la abrazó, e intentaba tranquilizarla–. Hija, no digas eso, si tienes poderes, es porque tienes un lugar en el mundo para hacer algo importante, ¿o no?, no te maldigas ni te entristezcas por tener esa magia, nos has ayudado muchísimo, y lo sabes, si no fuera por tu poder sabes que no hubiéramos podido hacer varias cosas. Y, si lo que dices es cierto, no veo el motivo, tú no eres más poderosa que la reina, no se debería haber preocupado tanto, y si viste sorpresa en sus ojos ten cuidado, no sabemos lo que haría la reina si supiera que hay una bruja tan buena como tú en tu pueblo –las palabras de su madre animaron a Eva que había dejado de llorar. Pero no la tranquilizaron ni la convencieron. Mientras tanto, en el bosque, se podía ver un carruaje vacío, y unas huellas que se internaban entre los árboles.

–Majestad, disculpe mi intervención, pero esto es el interior del bosque y deberíamos regresar, aquí no entra nadie –dijo el criado de la reina.

–Mi querido sirviente, ¡Calla! ¡No sabes el significado de esta salida! –le gritó la reina mirándolo con crueldad. El criado se calló, temía, sobre todo en ese momento, a la reina. Germina no paraba de buscar, parecía que buscaba un tesoro muy valioso, y entonces apareció, no parecía muy de noche, y lo era, los dos vieron una flor rosa brillante, bastante grande, y capullos alrededor, con afilados pinchos clocados salteados en su oscuro tallo.

–¡Esto es magia! –exclamó el criado.

–¡Maldita bruja!, sí, es magia, sin duda, es una chica del pueblo, todavía puedo oler su aroma carnal, pero no tiene nada que hacer frente a una gran bruja como yo. Me sorprende, debe de ser nueva, porque no podría haber guardado sus poderes tanto tiempo, mañana enviaré a que traigan a mis pies a las chicas más recientes del pueblo, le tenderé una trampa a esa bruja –decía la reina mientras volvía a su carruaje.

Por la mañana los soldados buscaron a todas las chicas recientes hacía un mes. Eva llevaba tres años, no era reciente, y le daba pena las otras chicas, sobre todo porque todo era culpa suya.

–¿Has visto? –le decía Diana. Desde que Eva llegó se habían hecho inseparables, eran muy amigas y se habían ayudado mucho tras la presión de la reina, reían y lloraban juntas, eran como hermanas, la hermana que Eva siempre quiso tener, juntas, también con Virginia y Trépode habían encontrado la manera de volver un día lleno de penas en un día colmado de rosas.

–Las pobres, espero que la bruja no se proponga hacerles nada malo. ¿Te has enterado de lo del “susto de la reina”? ja,ja,ja, dicen que se llevó un susto, por que salió corriendo de palacio anoche, y también se dice que a su vuelta, en sus ojos se leía una mezcla de duda, miedo y sorpresa, ojalá tenga miedo, pero, ¿quién hay más poderoso que esa bruja? –decía Trépode que le encantaba cotillear por todas partes.

–No lo sé, y espero que alguien –contestó Eva mientras veían a la última chica entrando en una de las salas del gran castillo. Luego, esperó que Trépode se alejara, apartó a Diana y le contó lo que había pasado. Diana sabía que su amiga era una bruja, y por eso normalmente cuando la reina se interesaba en ella, intentaba atraer su atención para que no se percatara el poder de la joven bruja.

–Pero como has podido hacerlo, ¡Estás loca!, si te pilla, quien sabe lo que hará la reina –decía Diana mientras se llevaba las manos a la cabeza.

–Ya lo sé, pero, lo siento, no quería… –Eva se tapó la cara y los ojos se le humedecieron.

–Tranquila, ya está, verás cómo no pasa nada, anda, vamos a trabajar –dijo abrazándola y acariciándole la melena rubia. Aún con la orden de realizar sus tareas, Eva, Diana, y más chicas no pudieron soportar la tentación de mirar. La gran sala estaba compuesta por varias columnas y en el centro, un trono, en el que estaba sentada la hermosa reina y las seis chicas estaban de pie frente a ella.

–Hola a todas –empezó a decir a reina sin levantarse–. Las he reunido aquí para hacerles pasar unas pruebas, son fáciles pero muy importantes –dijo la reina con una sonrisa que ni a Eva ni a las demás chicas les gustó. Trajeron unas cuantas sillas y un recipiente grande con un líquido que parecía vino.

–Bien, primero, tienen que beberos este líquido –dijo la reina llenando una copa con ese líquido color caoba. Las chicas se lo bebieron, y al rato la reina parecía confusa porque no pasaba algo que ella había planeado, y de repente una de las chicas dio un paso atrás, y con ella otra.

–¿Qué ocurre, qué sentís, porque se han movido? –preguntó la reina, no le contestó ninguna de las dos, la reina las miró, se habían incorporado, como si no les hubiera pasado nada. Tenían miedo de contestar.

–¿Qué es lo que quiere esa bruja? –le preguntó Diana a Eva.

–Creo que ese líquido no es uno cualquiera, la reina quiere saber si… –se calló, miro a Diana con cara de no poder decirle nada en ese momento, ya que habían más chicas que estaban escuchando la explicación de Eva, no podía decir que la reina intentaba buscar a la bruja que había transformado a la planta, es decir, a ella, por lo que continuó diciendo–. Si… hay algo raro en el castillo –hizo una breve pausa como pensando–. Es un líquido que te hace retroceder si tienes poderes, pero la reina no se espera esto, se espera algo más –le dijo a Diana en voz baja cuando las demás habían dado por hecho que Eva había terminado. Efectivamente para eso era el líquido. No pudieron saber nada más porque los guardias las descubrieron y las mandaron a su sitio.

Pasaron las horas. Las chicas estaban nerviosas, querían saber que estaba pasando tras las puertas de la gran sala.

–¡Ya llegan, las chicas! –dijo Trépode acercándose a Diana tres horas más tarde. Las chicas entraron con miradas de dolor, de miedo y de duda.

–¿Qué ha ocurrido? –preguntó Virginia a unas de las chicas. Ésta se llamaba Carola.

–La reina primero nos hizo beber un líquido, y no pasó nada, no parecía muy satisfecha, luego, al rato, dijo que nos acostáramos y que miráramos una luz y nos preguntó que veíamos, ninguna de nosotras dijo nada y se enfadó mucho, luego nos puso como… –Carola se calló, se le leía el miedo en los ojos.

–… un dragón –dijo al fin otra chica

–Era un espejismo, lo supimos después de la prueba, teníamos que vencerle pero ¡Esa bruja está loca! no hacía más que echar fuego por la boca y decir, si eres bruja destrúyeme, si no, lo haré yo –dijo Carola con un sonido de voz entre miedo y dolor–. Al final de la prueba, la reina no nos dijo nada, le dijo a su sirviente que nos acompañara hasta aquí, y ella se fue echando humo, estaba súper enfadada, incluso la hija no le dijo nada, y no dejó que la sirvienta molestara a la reina –dijo Carola, y con esto todas se retiraron siguiendo a la jefa sin protestar.

Eva miró a Diana, esta vez la chica rubia sentía algo que nunca había sentido tan de cerca, tenía miedo, sabía que la reina acabaría descubriéndola.

La reina no se rindió, empezó a examinar a todas las chicas del pueblo que estaban allí hacía dos años, y no pasaba nada, cada vez salía más enfadada.

–¡¡No!! ¡No encuentro a nadie! –gritaba la reina.

–No te rindas madre, tu puedes, examina a ese grupo de chicas que siempre te rodea, ¿no has dicho que presientes algo raro cuando estás con ellas?, o examina a todas las chicas que empezaron a trabajar desde que… te convertiste en reina, es decir, hace tres años, cuando papá murió, a lo mejor la encuentras –dijo la princesa intentando calmar a su madre.

–Sí, lo voy a hacer, las examinaré, pensaba hacerlo, ya que con las que han entrado hace dos años no ha funcionado nada.

–Pero ahora descansa, madre, estás muy cansada –dijo la princesa llevando a su madre a la cama.

–No descansaré hasta saber quién es, ¿cómo es que se ha escondido tanto tiempo? No se me puede pasar nada en este reino ¡Nada!

–Madre, nadie puede contigo, venga duerme, no has dormido nada bien en estas últimas semanas, necesitas descansar –Jesamal tranquilizó a su madre antes de, ella también poder descansar, ya que había aguantado los nervios y descontroles de su madre en las últimas semanas.

Al día siguiente Eva estaba histérica y no paraba de gritar en su cuarto con Diana.

–¡No puede ser!, ¡Este es el fin Diana, me va a descubrir, no sé qué voy a hacer! –gritaba Eva sin parar, se lo decía a Diana ya que no podía hablar con nadie más, sus padres habían vuelto a Anastal hacía un mes, y ella se había quedado para enviarles dinero y porque le había cogido mucho cariño a Diana, a Trépode y a Virginia.

–Tranquila, Eva, yo también tengo miedo, pero de todas formas tú eres poderosa, no tienes que tener miedo de las pruebas, si nosotras que no tenemos magia las hemos superado, tú la superarás perfectamente, y si te descubre… –iba a decir algo pero el ruido de la puerta la interrumpió. Eran los guardias de la reina, ya habían llegado la hora. Eva miró a Diana con los ojos empapados. Diana la abrazó.

–Tranquila, por favor, tranquilízate. Te quiero amiga –le susurró Diana al oído. Entraron a la sala, la reina estaba esperando llevaba un vestido color rojo oscuro, con escote recto que pasaba por encima de la clavícula, con pompones en los hombros. Era rojo enterizo, menos el abanico, blanco como los pendientes.

–Ya saben cuál es la primera prueba, bebed esto –dijo sin rodeos, parecía que estaba harta de las pruebas sin tener resultados y quería ir al grano. Un sirviente pasó una copa de oro a cada una, e iban bebiendo, tranquila no te preocupes y no te muevas, sólo es un hechizo, se decía Eva, miró a Diana de reojo, había dos chicas entre las dos amigas. Esta le dedicó una sonrisa y asintió intentando darle ánimos. Pero cuando le tocó… dio un suspiro después de beber. Sabía a vino, normal, sin embargo, algo le recorrió la garganta, un picor, dio un paso atrás y trago dos veces. Estaba sudando, pero no de calor, sino de preocupación, sabía que la reina la había visto e intentó incorporarse. Se incorporó y pudo observar que otra chica también se había hecho hacia atrás, suspiró aliviada.

–Eso le ha pasado a más chicas, así no voy a poder descubrir nada –dijo la reina, más bien para sí misma, que para las demás, sin sorprenderse lo más mínimo. No se levantó. Se limitó a mover la mano.

–La siguiente prueba se trata de acostarse en el suelo y mirar a ese punto en el techo –dijo señalando a una bola que flotaba en el techo sin ninguna cuerda.

Eva se acostó a lado de Diana y está le dedico una sonrisa tranquilizadora. Eva le respondió con otra sonrisa, aunque le costaba sonreír, porque sabía que ninguna chica había notado ese tirón tan fuerte al beber de aquella copa.

–Mirad hacia la bola y ved que hay una luz, observadla bien y después decidme lo que han visto –dijo la reina mirando hacia el suelo todavía sentada en su trono.

Las luces se apagaron, en aquella oscuridad no podía verse nada, sólo la reina podría. Eva miraba y no veía nada, sólo esa luz amarilla. Poco a poco se ponía de color rosado pálido, cambiando a oscuro y luego otra vez a un color pálido. De pronto, apareció algo, primero una sombra, también rosada, Eva frunció el ceño. Se podía distinguir unas alas, una figura empezó a aparecer lentamente. Era un hermoso unicornio, las alas eran brillantes, de rosado claro y suaves ya que se percibía el tacto, el cuerpo de color rosa más oscuro con el cabello rosa más pálido y brillante, en la frente lucía el alargado cuerno, blanco, brillante y afilado, de un alto poder, y sus ojos, negros miraban a Eva, parecía que le decían algo.

–Ven –Eva se sobresaltó, lo había oído del unicornio, y tuvo miedo, miró de reojo a Diana y vio con terror que todas las chicas estaban quietas, mirando sólo la luz amarilla, y en cambió ella no, ella tenía la cabeza un poco separada del suelo. Se asustó mucho, disimuladamente se tendió totalmente en el suelo y miró al unicornio, entendió entonces que estaba hipnotizada, la reina sabía que la bruja se iría con el unicornio, es decir, se levantaría y Eva había estado a punto. De pronto desapareció el unicornio, y con él, la luz, y todo volvió a la normalidad. Las lámparas de vela se encendieron, todo quedó iluminado.

–¿Ya terminó? –dijo una levantándose.

–¡Esa luz! ahora la veo en todas partes –dijo otra. Eva se incorporó y miró a Diana, se sobresaltó, todas las chicas tenían caras de dormidas pero ella no, ella tenía la cara de asombro, ya que había visto un animal bellísimo.

–¿Qué has visto? –le pregunto desesperada Eva a Diana.

–Nada, sólo una luz… ¿por qué?, ¿qué te pasa?, tú…

–Yo he visto otra cosa… –de repente levantó la vista, se había olvidado que la reina estaba delante, aunque lejos, no la podía oír pero presentía que los pocos centímetros que Eva se había elevado del suelo para alcanzar al unicornio los había notado. Germina estaba de pié, y Jesamal al lado de ella, habría entrado mientras se realizaba la segunda prueba.

–No para de mirarte, ¿qué has hecho? –dijo Diana a Eva preocupada.

–No he hecho nada, bueno, he estado a punto de caer en su trampa, me mira por que soy la primera persona de la que sospecha.


Libro de Visitas

Raquel Suárez Quintana ©

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