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Escrito por Oriol el 20/03/13

Soy de mi corazón el vampiro (Parte II)


Noche del 29 de Abril, Comisaría central de Arkham, Arkham, Massachussets

Richard Rockwinson era funcionario administrativo de la solicitada Comisaría de Arkham. Desde que entró a trabajar en su puesto habían pasado por el lugar una amalgama de personalidades que no solo asustarían al ciudadano común, sino que además podrían en la mayor parte de casos aunar el terror profundo con la pena y la incomprensión. En Arkham aquello que era raro lo era de verdad. No bastaba con un par de transformistas al día y un asesino en serie al año para distraer a la Comisaría. Era necesaria mucha más adrenalina para sacarlos de sus casillas. Incluso gente con el pobre Richard se había hecho a un empleo mundano que en cualquier otro lugar implicaría peligro mínimo y que aquí implicaba lidiar día a día con profetas del Apocalipsis y gente que comía ratas para estar en forma. Aparte de los que raptaban y sacrificaban niños, todo un clásico de finales de Abril.

De hecho, eran finales de Abril.

A finales de Abril lo que cabía hacer era, simplemente, desaparecer. De lo contrario se empezaba a desaparecer también literalmente bajo la montaña de papeleo que se amontonaba inusitadamente sobre la cabeza de uno como no cuidara. Los casos por resolver durante la llamada Noche de Walpurgis (noche del 30 de Abril al 1 de Mayo) superaban considerablemente las puntas de lanza que podían darse sin problemas en otras fechas del año. Cabe destacar que aunque la Noche de Walpurgis, la noche pagana de las Brujas (el aquelarre por excelencia), fuera tan temida no era la única fecha del calendario que resultaba en un exceso de trabajo. Había otras fechas dispersas que también resultaban temidas por los habitantes de Arkham. Pero nada podía compararse con el terror que provocaba desde tiempos inmemoriales el advenimiento del 30 de Abril. Antaño se quemaban brujas, pero hoy eran los pobres administrativos como Rockwinson los que acababan quemados tras una noche como la se escondía tras la siguiente hoja del calendario.

Richard no envidiaba al resto del cuerpo de policía, contrariamente a sus compañeros. Cuerpo de policía del cual Oswald Gordon parecía ser, con sus más de noventa kilos de peso, el representante absoluto. Él junto a su querido festín donutista. Pero Richard no se encontraba entre aquéllos que envidiaban los fantasiosos relatos de los agentes contados a la lumbre de la pantalla de la fotocopiadora. No ansiaba en absoluto perseguir sectarios olvidados de la mano de Satán bajo la luz de los fluorescentes de un callejón sin salida. O peor aún, enfrentarse a las mafias dedicadas al tráfico con objetos de culto u otras reliquias ocultistas. O con violadores que aprovecharan la noche de Walpurgis para asesinar a sus víctimas y que fueran descubiertos en el acto. De hecho, a él le contentaba, de veras, la monotonía. Hubiera sido feliz en una isla llena únicamente de cocoteros. Abres el coco, y ¡Oh! hay coco dentro. La clase de sorpresas que a él le gustaban. No el pelear con asesinos de niños en callejas abandonadas de la mano de Dios. Las cuales existían en Arkham también, aunque pudiera parecer absurdo.

En aquéllos momentos, la calma iba a retomar su curso, su curso por fin, ya que el bendito Richard volvería a casa en cuanto únicamente apagase el ordenador…

-Richard…

Richard levantó la mirada para encontrarse cara a cara, como solía ocurrirle (no era nada que él hubiera firmado al nacer en ningún contrato) de un par de enormes pechos.

-Te llaman.

Enormes pechos que se marcharon inmediatamente tal como vinieron. Se quedó inquieto. Por dos razones perfectamente lógicas. La primera que no sabía quién lo llamaba. La segunda que le daba cierta rabia difícil de cuantificar el tener que acercarse a ningún lugar y resolver los problemas de otros, que era lo que suponía acabaría pasando. Al cabo de una responsable indecisión, se levantó de la mesa y finiquitó sus desigualdades con Windows.

Paseó como quién no quiere la cosa por entre la multitud de funcionariado de las fuerzas del orden que se disponía a marchar a casa o bien volvía de ella. Tuvo la mala y desgastante suerte de tener que apartar en su camino al bueno de Oswald Gordon, que comía su consabido donut apoyado sobre la mesa de su despacho. A todo esto, logró interceptar al par de pechos que le habían pasado la información requerida para culminar por fin su estancia en la Comisaría. Pertenecían, había imaginado, a Regina Dietrich, la secretaria del Comisario. Nada bueno había de salir de ahí. Un hombre cuya única afición conocida era su gato persa, eso no podía traer nada bueno (lo peor de todo era el grado de obesidad de dicha criatura).

-Regina… -interrumpió a la chavala cogiéndola del brazo, mientras ésta hacía esfuerzos por no mirarlo como el hijo transgénico de un cerdo y una cucaracha- ¿Me habías dicho que me llamaban?

-Sí, -lo más obvio del mundo- te requiere el Comisario.

-¿Seguro? -dijo Richard soltándola-

-Segurísimo, me lo ha dicho a mí.

-Pues tendré que ir.

La afirmación cabizbaja de Rockwinson venía a significar que tenía tantas ganas de echarle una visita al mandamás de la jaula de curiosidades que es toda oficina como de salir de paseo con los alegres muchachotes con gorra vestidos de azul que se reían a un palmo de él.

-No queda otra. -le dijo Regina, y desapareció para no volver a ser vista entre la multitud siempre ajetreada-

Así estando las cosas no quedaba más remedio que rendirle visita al Comisario. La última autoridad de la Comisaría de Arkham. De hecho Arkham contaba con dos comisarías, una en el Distrito de la Universidad, a la que acudía a trabajar todos los días Richard. El centro ejecutivo de la policía de Arkham. Y otra, menos magnificente, la vieja y primera, construida cuando el crimen era cuestión que inquietaba poco a los poderosos. Que nunca habían sido muchos ni lo habían sido mucho en Arkham hasta que se instaló la Morgue (junto con toda esa rama de negocios) y sobretodo hasta la llegada del Grupo Hakuragi-Vanderbeeken. Fue desde la instalación de la Morgue que había habido un gran movimiento de preocupación ciudadana. Incluso de renacimiento de la ciudad de Arkham. Richard lo había visto en cuanto a “garante del orden público” que era. Fueron los años de la construcción, por ejemplo, del Hospital, etc, y del verdadero y genuino renacer de la Comisaría como agente del Orden. Más que como una mera necesidad utilitaria, como un logro.

No obstante, la llegada del Grupo Vanderbeeken, pese a haber sido beneficiosa en extremo para la economía local (la población no había hecho sino crecer -una prueba de ello era el Hotel Arkham Palace-), era percibida por todos los habitantes de Arkham como una vuelta al vicio de antaño, tal vez incluso por los más supersticiosos por la usurería anticristiana que tanto mal hacía a la comunidad. En todo caso, la antigua Comisaría se había reabierto en los últimos años (aunque nunca se había cerrado del todo por razones administrativas) para luchar contra la terrible criminalidad que asolaba a Arkham y que seguramente jamás dejó de asolarla. Pero la central construida tras la Guerra del 39 era hoy en día el símbolo de la autoridad policial de Arkham.

Subió las amplias escaleras que se encontraban más allá de las oficinas distribuidas estratégicamente por el primer piso. Se encontró frente al segundo, el cual sometía al primero a su vigilancia constante dado que se trataba de un piso vacío que rodeaba las paredes con despachos hasta donde el espeso murete de piedra aguantaba. Desde él se paró a observar la pequeña colmena de funcionarios del orden público en camisa o vestidito azul de patrulla que se movían por los escritorios o tal vez atendían la última llamada estúpida del día. La de un muchacho retrasado que descubriera el teléfono del Sanatorio por casualidad. ¡Ah, Dios, esperaba ser el maldito tío que estaba cogiendo esa llamada!

Hubo de girarse y darse de cara con la realidad. En cuanto a ésta, se le había adelantado. Al parecer, la realidad lo había visto a través de la puerta de su despacho. Eso pensó Richard en el instante que siguió a encontrarse con su Comisario a un palmo de la cara, cruzando los fornidos brazos rechonchos sobre la barriga otro tanto abotargada, pero fuerte. Hubo de tener en cuenta mil y una posibilidades para agobiarse por mera cortesía, hasta que se dio cuenta que Osmond Desmond lo estaba esperando.

-Señor Comisario, perdone pero me habían dicho que me llamaba…

Lo dijo. No lo quería decir, pero sabía que tenía que hacerlo, así pues adelante.

-Ven, Rickwins. Ven, anda.

El Comisario jamás llegó a aprenderse su verdadero nombre. Era una persona de memoria envidiable, decían, y Rockwinson siempre juraba por los jerseys de punto de su abuela que algún día… Algún día se lo haría aprender por narices… Aunque fuese poniéndole un post-it junto al café:

¡Me llamo Rockwinson, cabrón egoísta! ¡Piensa en tu gente, líder de pacotilla!

No era muy amigo de la adrenalina, así que nunca lo había probado.

El Comisario lo llevó a su despacho casi cogido de la mano, como quién empuja a un niño que se ha portado mal y no se sabe la tabla del 1. En el despacho del Comisario, (dirección: al Fondo del Pasillo como el de todo buen regente de un grupúsculo infantiloide de individuos sobre el que pesa una gran responsabilidad) no se oía una mosca volar.

Entraron mientras el Comisario hacía pasar a Richard aprovechando para cerrar la puerta tras él. Ante ellos aparecieron en aquél momento un pintoresco asiático de tan disminuidas proporciones que hubiera tenido dificultades por destacar entre la parentela de Blancanieves, así como una mujer de alta sociedad o si no al menos ataviada como si lo fuera. La mujer, pudo fijarse en un instante el funcionario, llevaba en sus manos una cajita, algo parecido a un relicario… Algo parecido a aquello que los agentes de la Comisaría recuperaban constantemente de las manos de los traficantes de reliquias. Al girar la cabeza de nuevo, empujado por la amistosa manaza de su superior, se dio cuenta de un detalle que le había pasado por alto: el otro hombre, el japonés (ahora que lo veía bien tenía que ser japonés) llevaba puesto un smoking rematado por una enorme pajarita. Tan grande era la pajarita, que incluso llegaba a eclipsar el dobladillo del cuello. O incluso el mismo cuello. Colgada de dicho cuello una cámara SONY dispuesta a capturar todo momento de interés en cuanto la legalidad lo permitiera de nuevo.

-Rickwins te presento al Señor… ¿Como decía que se llamaba?

-Nibara, es como dos rosales o dos flores. -le ayudó el japonés, sonriendo con una felicidad tal que parecía que le fuera la vida en ello-

-Muy bien, eso, el Señor Flores y la Señorita… -miró a la muchacha-

-Ashley Beretta, como la tipografía de Word. O el arma que suelen usar. -respondió la joven con ironía-

-Muy bien. Señor Nibura, Señorita Beretta, -empezó el Comisario- sólo expongan sus preocupaciones del mismo modo en que me las han expuesto anteriormente para que el Teniente de Policía Rickwins sea capaz de comprenderlas tan bien como yo, por favor. No hará falta que nos sentemos. -culminó revisando el mobiliario de su despacho-

Ante el sorprendido y recién ascendido Rockwinson, alias Rickwins, la pareja se miró como un par de niños en el estrado ante la pizarra y empezó Ashley.

-Tememos pura y duramente un atentado contra uno de los huéspedes del Hotel Arkham Palace, el cual se encuentra ahora mismo invitado por una gran personalidad Europea sin saber lo que lo puede esperarle. Y por ello hemos acudido, como buenos ciudadanos a la Policía.

Parecía recitarlo como una niña, pero no convencida, desde luego.

-Y… -intervino el Comisario- ¿Saben perfectamente de quién hablan, verdad?

-Harrington Smith.

-Muy bien. Si les parece retirarse, por favor. -el Comisario hizo ademán con la mano mientras se sentaba en el regazo de su mesa-

Una vez cerrada la puerta, todas aquéllas exclamaciones que golpeaban los labios cerrados de Richard para salir a la superficie acallaron sus protestas y volvieron garganta abajo por dónde habían venido.

-Muy bien, Rickwins, ya tienes tu primer caso.

La sorna del Comisario sonaba desproporcionada.

-¿Teniente de Policía? Nunca he ido a la Academia.

-No hace falta. Se asciende cuando el trabajo que se realiza es bueno de verdad.

-Ni siquiera sé disparar un arma. -la voz de Rockwinson se apagaba más y más-

-Aprenderás rápido. Seguro. Ahora si me disculpas, debería ir atendiendo otros asuntos, pero mañana preséntate en la oficina de correos, allí tendrás más información sobre tu caso. Pondré a Travis y Dimitri a trabajar en todo lo que puedan sobre ese Harrington. A ver qué averiguan. Tú duerme con los angelitos. O con otras gentes, -sonrío con muy ligera y compañerística lascividad- tú vida es tú vida. No, no me lo cuentes, pillín, ese cuerpo serrano se merece sus oportunidades. Ahora, vacío.

Richard disponía a marcharse. El comisario le había intimidado desde que entró a trabajar. Siempre le había intimidado la autoridad, cualquiera que fuese. Los veía con puros y chisteras mandando a sus subordinados y enemigos al pozo de escorpiones. Para él era así como funcionaba. Pero al presionar el pomo de la puerta tuvo la genial idea…

-Perdone, pero no entiendo como aceptamos investigar algo tan absurdo. Esa denuncia me parece…

-Absurda. Pero Rickwins, no sabes de quién se trata ese Nakabura. Es un miembro del Grupo Hakuragi. Con eso está todo dicho. Y él mismo ha dicho que debías ser tú quien investigase su caso. Todo a la carta como en un buffet chino.

Rockwinson cerró la puerta tras él. Al cerrarla se encontró de frente a la feliz sonrisa del autodenominado Dosflores.

-¿Perdone, agente, usted se queda con nostros? Somos pocos para aguantar demasiado emocionante peligro solos.

Cubo de agua fría.

-De-desde luego, un agente de la ley se debe a su deber. Valga la redundancia.

-Nos honrará su presencia mucho.

-¿Dónde vamos entonces?

-Al Hotel Arkham Palace.


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Oriol Sobrevilla ©

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Escrito por Koni el 02/06/13

Ladrón


El sudor chorreaba de su frente como una fontana. Su irregular e intermitente respiración fatigaba más de la cuenta sus músculos, doloridos por la larga carrera que estaba protagonizando. Observó detenidamente los edificios colindantes, algunas ventanas estaban iluminadas pese a ser altas horas de la noche. Todo permanecía tranquilo y no parecía haber nadie… al menos en apariencia…

Se dejó caer sobre las tejas y mientras recuperaba el aliento, recordó las palabras de su maestro. Para él era fácil darle los papeles, las instrucciones y los sermones, él no tenía que correr por callejones fétidos, esquivar paradas de fruta o saltar por techos como un gato, escapando de una panda de peleles.

Los rayos azulados de la luna llena se reflejaban en sus ojos, haciéndolos relucir de un extraño color oscuro. Respiró hondo. El aire frío le abrasaba los pulmones, pero necesitaba sentir algo más que dolor físico. Bajó los párpados y se dejó llevar. Estaba cansado, harto, incluso enfadado, pero debía seguir adelante si quería ganarse de una vez el favor de su maestro.

El manto oscuro de la dama nocturna no traía consigo la apacibilidad y el silencio, precisamente. Puede que reinara una cierta calma con algún maullido solitario de acompañamiento. Pero por lo bajo, se escondía algo.

Su respiración se ralentizó, su sudor comenzaba a secarse en su piel, si bien sus ropajes aún estaban empapados. Con toda su fisiología al borde del estasis, se perdió entre el ambiente, indagando lo que se ocultaba entre las sombras de la ciudad.

Un paso. Un tintineo. Tela friccionando contra piel. Otro paso. Metal deslizándose por el cuero. Cuerda tensándose. Un ligero suspiro. Piel estirándose. Rechinar de dientes. Estaban cerca, muy cerca. Ya le habían advertido que probablemente habría algún grupo enemigo al acecho. Demasiados bandidos para tan poca urbe.

Siguió quieto, con ambos brazos extendidos, nadando en su mente. Debía aparentar el no haberse percatado de nada. Tenía que ser astuto y hacer como si nada ocurriera. Apoyó ambas manos por encima de su cabeza, alzó las piernas y las caderas hasta replegarse sobre sí mismo, dio un impulso con los brazos y de un salto se irguió ágilmente. Golpeó el cuero de sus pantalones para quitar el polvo, en un gesto que denotaba ingenuidad.

Permaneció en pie un rato. Sus perseguidores se aproximaban. No eran más que sombras oscuras bajo la luz azul, pero eran lo suficientemente rápidas y sigilosas para pasar desapercibidas. Saltaron grácilmente por los callejones más estrechos hasta alcanzar los tejados, por los que se movieron con sigilo. Las caperuzas de piel les proporcionaban el anonimato necesario, pero sus dientes y hojas centelleaban, un error de principiante que debieron tener muy en cuenta.

Esperó unos instantes. Por el rabillo del ojo apreció sus sonrisas confiadas. Debían creer que le podrían por el simple hecho de ser un mozo. Los perseguidores se prepararon para la ofensiva. Se regodearon en su propia sobrestimación y exhibieron sus armas sin demasiado pudor. El joven se mantuvo aun cuando sus cazadores restaban a tan sólo pocos metros de él.

De repente, salió corriendo hacia el borde del tejado, para sorpresa de sus cazadores, que apenas tuvieron tiempo para reaccionar. Le persiguieron durante varios minutos, hasta que llegaron al límite donde se detuvieron en seco. El muchacho observó la distancia hasta el suelo, al menos unos cuatro pisos de caída. Se volvió hacia sus cazadores que se carcajearon al verle en semejante apuro.

-¿Qué pasa chico? ¿Atrapado entre la espada y la “pared”?

Al soltar la frase hecho estalló la risa. El joven, en vez de dejarse provocar, miró al vacío. Extendió los brazos y se dejó caer en brazos de la oscuridad para sorpresa de los hombres que cambiaron su tono de burla por el de indignación de haber perdido a su presa.


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Escrito por Oriol el 24/09/13

Suicidio


Cuando un par de gendarmes se hicieron a un lado, con reverencia al borde de la idolatría funcionarial, la inspectora supo que su hombre había llegado a la escena del crimen. Aunque aquélla manera de llamar al lugar pareciera por el momento exagerada. Por lo menos hasta poder demostrar lo contrario.

-¿Qué tenemos, inspectora Legrasse?

Preguntó el comisionado de salud pública, el joven adepto Eugene Hémonce, al plantarse ante la inspectora de la comisaría del distrito. Aquélla se sacó el tapón del bolígrafo de la boca, el cual hasta unos instantes antes mordisqueaba distraída y respondió sin dejar a un lado sus notas.

-Un suicido, nada de lo que preocuparse. -respondió la otra, también joven, mujer cuyo aspecto femenino lograba imponerse sobre ese cierto aire de masculinidad que irradiaba su porte- Undigren Desmond Mond. Un practicante conocido, de hecho lo teníamos fichado desde hacía tiempo, esa es la única razón por la que se lo ha llamado, padre. Pero aún así me parece un suicidio a todas luces natural.

Dicho suicidio no era otra cosa que un cuerpo colgante, el de Undigren, a saber un hombre de poderosa obesidad cuyas facciones se curvaban en una expresión de la cual costaba distinguir el pánico o el dolor. Ambos parecían mezclarse con la argamasa de una nada sutil preocupación que la muerte a la que su suicidio, aparentemente voluntario, no parecía aliviar. Sus extremidades colgaban de la cuerda que lo ataba a la ventana de un modo, incluida su cabeza, que le hacía parecer un monigote henchido. Eugene se acercó al la silla bajo los pies descalzos del muerto, e inspeccionó el cadáver entre la mirada anhelante de le gendarmería presente en la estancia y del médico forense. Éste acabó de hacerse a un lado cuando el sacerdote se acercó a su cadáver, el cual ya había tenido suficiente tiempo de inspeccionar como para decretar que de lo que se trataba era de un suicidio, como le hizo saber el anciano con una mirada enojada.

Eugene agarró las cuerdas y observó el cuello de la posible víctima, guarnecido de los guantes que el forense tuvo a bien prestarle a contra voluntad.

Tras removerlas levemente y examinar concordantemente el cuerpo maltrecho, tuvo a bien expresar sus contradicciones con respecto a la simpleza de la opinión del forense y de la inspectora de policía.

-Se trata de un suicidio. Pero la causa de dicho suicidio es lo que nos importa. Eso es lo que debe ser investigado. Y no es tarea de la policía hurgar en la conciencia de un hereje, sino de la Inquisición. Aunque dicho hombre esté muerto. Saben, -empezó a concluir- se trata de un caso con muchas posibles variables y deben de tenerse en cuenta todas ellas. ¿Qué lleva a un mago practicante al suicidio?

Eugene realizó una breve pausa para que en su auditorio calara la pregunta.

-¿Saben? En realidad, ustedes, yo, y el susum corda. Nosotros hemos matado a este hombre. Pero como no espero que haya nadie aquí que me entienda, Mitra así lo dispone, pues averiguaremos la razón real por la que el cuello de este hombre se encuentra aprisionado bajo esas cuerdas asfixiantes que lo han matado. ¿De acuerdo? Y para ello van a tener que colaborar con la Inquisición en lo que les pidamos. Gracias, el Show terminó. Adiós.


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