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Será mostrado si existe



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Escrito por Koni el 28/12/12

Blacksmith 1


Los pasos sonaban lejanos en la hondonada. La hierba seca se quebraba bajo el peso de sus botas de cuero. Hacía horas que caminaba sin un rumbo establecido, simplemente andaba por andar. A veces cogía sus menesteres y se emprendía un viaje sin más, sin que nadie se enterase, sólo para redimir su atormentada alma y deshacerse del olor a fuego y a hierro que lo caracterizaba.

Se rascó los rizos. Sus brazos estaban llenos de cortes y quemaduras, pero se había acostumbrado a soportar aquel dolor insignificante, tantos años de blandir un martillo junto a su padre le habían endurecido las manos y los músculos y, aunque no le gustaran ese tipo de trabajos, debía hacerlo por su progenitor, que esperaba que heredara el taller en un futuro que él quería ver lejano. Siempre se había considerado un hombre de mundo, no un eslabón más del gremio. Él ansiaba blandir las espadas que forjaba, defenderse con los escudos que revestía, portar los yelmos que moldeaba… pero a su padre jamás le gustó que su hijo, un muchacho endeble y delgaducho se dedicara a soñar con ser un caballero, cómo único heredero suyo debía continuar con el legado.

Cogió un palo y lo balanceó de un lado a otro, como si sostuviera un arma, golpeando los tallos secos por los poderosos rayos del sol. El otoño se cernía sobre ellos y aquel era tiempo de preparar la siega el trigo, la vendimia y la tala de árboles para el invierno, haciendo que la fragua estuviera a rebosar y necesitaban más mano de ayuda que nunca. Él debería estar allí, ayudando a todo el taller, llevando estacas de madera, cogiendo picos, afilando hachas y arreglando guadañas. Pero siempre encontraba alguna distracción de su padre para salir a respirar aunque luego le cayera una bronca monumental.

Cogió varias piedras e indignado las lanzó contra el suelo sin ton ni son asustando a los pequeños bicho de campo que moraban. Un despavorido conejo salió de su madriguera. De entre sus ropas requemadas sacó una honda que usó para lanzar una de las piedras contra éste. Al menos con un conejo cazado tendría una excusa para cuando volviera, y de paso poder cenar algo más que gachas de harina con unos cuantos tajos de vísceras mal cocidos que sabían a poco más que cuero seco.

Apuntó y con extrema precisión acertó en la pata del pobre animal, dejándolo lisiado. No quería matarlo, sólo dejarlo algo herido, no sabía cuando se dignaría a volver y si lo mataba del todo corría el riesgo de atraer animales salvajes y no quería encontrarse con ningún lobo ni nada parecido. Zanqueó hasta éste y lo cogió por la cola. El animalejo se debatió como pudo para liberarse de la mano del joven, pero él no cedió ni un centímetro. Sacó una de las cuerdas de su cinturón y la ató alrededor de sus patas y lo sujetó por ellas para transportarlo de vuelta.

Un extraño sonido lo distrajo mientras aseguraba el conejo, alzó la cabeza siguiendo su eco. El origen parecía estar en un bosquecillo que veía a los lejos. Colgó el roedor en su cinturón y anduvo hasta la entrada de éste. Su aspecto resultó tenebroso incluso desde su punto de partida, pero justo frente a la espesura le pareció amenazadoramente oscuro y peligroso. Oteó el interior pero no alcanzó a ver nada más lejos de los primeros dos metros. De nuevo aquel sonido harmonioso le llegó como una caricia suave. Dudó si entrar, el corazón le palpitaba tan fuerte que lo sentía en la garganta. Quiso dar media vuelta, pero había algo que se lo impedía. Observó con sus ojos verdes las vorágines entrañas. Había algo que no lo convencía, pero por otra parte sentía que encontraría algo interesante allí dentro.

Apartó la maleza bruscamente y se adentró en el bosque, no sin antes echar un vistazo a sus espaldas, viendo por última vez el prado ocre. Dio varios pasos al frente, dejándose engullir por el manto de oscuridad que ahogaba el lugar.


Libro de Visitas

Koni Tangara Traoré ©

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Escrito por Safo el 08/02/13

Los relatos de Griselda, relato 2


¡Casi no lo cuento! Esta mañana estuve muy cerca de morir… ¡asesinada! Sí, por Cristian, ese diablo regordete de 12 años que tiene Pepe por sobrino. Se piensa que, por ser familia del dueño del hostal, puede tratarme como le venga en gana. Así una no puede trabajar en paz. No hay derecho.

Pero claro, Pepe lo idolatra y le ríe todas las "travesuras". ¡Bah! Ahora a correr detrás de mí con un bote de insecticida, a carcajada limpia, se le llama travesura. Como también es de ser un santo lo que suelta por esa boca, esa gorda boca, que mucho cuchichea de los demás, pero no es quién para decir nada.

Cuando pienso en todo lo que le oí decir hoy del huésped de la habitación tres, me entra una impotencia muy grande, por no poder darle los dos sopapos que bien se merece. Además, de haberlo intentado, tengo los brazos muy cortos…

Como siempre, sonó la campanita en señal de que alguien había entrado en el local. Y, como siempre, realicé mi labor de alcahueta.

En la entrada visualicé un hombre de color. Cerró un paraguas roto mientras se sacudía los zapatos en la alfombra. Sujetaba un maletín y venía inquieto, con la respiración entrecortada. Supongo que sería de correr bajo la lluvia. Y se acercó al mostrador.

-Hola, buenos días- dijo con educación.

-Lo siento, no tengo suelto para comprarte pañuelos- bramó Cristian tras una breve risotada.

-¡Niño, cállate!- le regañó Pepe-. Discúlpelo, caballero, es el hijo de mi hermana y no tiene modales. Ya… ya se iba.

Y ante el largo silencio del individuo, Pepe sacó a Cristian a rastras del hostal. La ventana no dejaba pasar el sonido. ¡Qué pena no saber leer los labios! Era como el cine mudo, algo podía imaginarme.

Regresó solo. Y volvió a disculparse:

-Lo siento mucho. Dime, eh, ¿qué desea?

-Una habitación para esta noche, por favor- informó.

-Por supuesto. ¿Con cama individual?

-Sí, gracias. ¿Tenéis servicio de desayuno?

-Ja ja, en la esquina está el bar de mi cuñado. Hace muy buen café.

-De acuerdo. Entonces reserve una habitación a nombre de Alejandro Vargas. Regresaré a las 23:00 horas. Buenos días.

-Gracias. Buenos los tenga también usted.

Con el rastro del cliente ya perdido, Pepe sacó a relucir todo lo que había contenido ese rato. "Ja ja, pañuelos, ¡qué puntos tan graciosos tiene este niño!" Y, hablando del rey de Roma, por la puerta asoma.

-Tito, tito, ten cuidado, que éste se baña y te tiñe el plato de ducha.

No entiendo dónde le ven la gracia. ¿Será que mi cerebro funciona diferente? Quién sabe. Claro, qué voy a saber yo, si no conozco más mundo que este hostal.

En fin, que el diablo se fue definitivamente, pero no sin antes clavar la mirada hacia la esquina donde yo me encontraba y hacer el gesto de presionar el botón del insecticida. ¡Me hubiera gustado poder hablar para decirle tres cosas! Y nada, ésta es la historia de cómo casi me asesinan hoy. Aún tengo el susto en mi diminuto cuerpo.

¡Ah, por cierto! Esta tarde Pepe vio las noticias en la televisión (en realidad lo dejó en ese canal porque no había corrida de toros). Y eso, que en los informativos salió el huésped de la habitación tres. Al parecer es un pianista famoso y daba un concierto esta noche en Huelva. Pepe, que estaba dando un sorbo a una cerveza en ese momento, casi se atragantó.

Cuando el susodicho regresó al hostal para descansar, Pepe se comportó con él como si fuese el rey de España. Hasta le pidió que le firmara una foto para enmarcarla y colgarla en la entrada del hostal. Al parecer si eres artista mereces un trato mejor que si eres una persona normal y corriente. En fin, qué voy a saber yo…

Este es el hostal Pepe, lugar donde siempre ocurren cosas dignas de contar. ¡Hasta pronto!


Libro de Visitas

Verónica I Domínguez Bogado ©

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Escrito por Oriol el 10/03/13

Soy de mi corazón el vampiro (Parte I)


Noche del 29 de Abril, Hotel Arkham Palace, Arkham, Massachussets

"Señor Smith, gracias por visitar el Hotel Arkham. La dirección de este distinguido lugar le está muy agradecida. Aquí tiene su tarjeta. Le deseo una maravillosa estancia. Disfrute del placer y lujo de nuestras suites."

El recepcionista le tendió mecánicamente una tarjeta a través del mostrador a su cliente. Dicho recepcionista, un joven moreno arduamente peinado y con un brillante smoking, sonreía amablemente esperando a la mujer que hacía cola discretamente tras el huésped.

-Por favor -preguntó éste- ¿Podría indicarme como puedo encontrarme con el Señor Amadeus Papadopoulos? Tenía que encontrarme con él pero no lo veo por ningún lado y me temo que no sé cual es su habitación.

El nuevo huésped revestía la entrada del Hotel con miradas ladinas. Resultaba evidente que el joven de traje oscuro y corbata pintoresca no lograba encontrar a quién fuera que su mente diera por Amadeus Papadopoulos.

-No tema, todo está dispuesto para que su encuentro sea de su perfecto agrado. Vaya a su habitación y no se preocupe por ello. -respondió el muchacho-

-Ya. -continuó el cliente sin abandonar el suntuosamente sintético mostrador- pero perdóneme si le pregunto… ¿dónde se encuentra?

El recepcionista sonrió ampliando considerablemente su sonrisa de rojos labios.

-Perdóneme a mí si le digo que suba a su habitación, Señor Smith. Por favor.

Siguió sonriendo afablemente. Pero su mirada indicaba deseos de atender a otro posible huésped impacientándose en la cola. Concretamente a una mujer ya avanzada en años y metida en un vestido ajustado y liso de color blanco lechoso, con una evidente línea negra, tal vez de costura, estéticamente abierta por la pierna izquierda y recorriendo las que tal vez antaño fueran curvas bellas junto con una exuberante piel, abrigándole decadentemente el cuello. La mujer intentaba pasar desapercibida y lo logró, pero enganchada al culo del mozo difícil hubiera sido pasar más desapercibida de lo que pasó. Harrington Smith, sin embargo, no reparó en aquél miembro del género femenino que llegó incluso a abanicarse como si la conversación le diera calores.

-Muy bien. Y me dirá usted como me voy a encontrar con quién me paga tan distinguido Hotel. -estalló Smith al ver la reacción del recepcionista-

-Le digo que en su habitación lo tiene todo preparado. Será sin duda de su agrado.

La sonrisa del recepcionista se había truncado. Como si de repente llegara a una insospechada conclusión, el huésped, Smith, cogió su tarjeta y dispuso a marcharse.

-Muchas gracias.

Lo dijo casi con sorna, pero sinceramente. Se apartó del mostrador enérgicamente y a grandes pasos se dirigió a los ascensores que había a un lado de las amplias escaleras que ascendían en su interminable suspensión de escalones sobre metros y más metros, algo así como los mismos ascensores, pero más cansado. Los ascensores se encontraban dispuestos en sendos renglones de tres a lado y lado de las escaleras. Apenas concurridas éstas, pero sin embargo un inútil emblema que se abría al Hall naciente. Cada uno de los ascensores era una maravilla de caoba tallada enmarcada por un portalón sordo cuyos arabescos de intrincado diseño hacían las delicias de las decenas de personas dispersas que lo esperaban cada media hora al menos. Los ángeles labrados entre los goticismos art-decó del marco del ascensor casi saludaron a Harrington mientras éste esperaba el ascensor a la vez que otras cinco personas más. La aguja del marcador aún iba por el piso diez cuando la puerta de madera del último ascensor se abrió lentamente. Harrington lo aprovechó para entrar y cerrarla tan velozmente que ya golpeaba en su marco para cuando el resto de gente aún se estaba acercando.

Taconeó impaciente en el suelo. Más de un centenar de pisos le esperaban acompañado de su hermoso reflejo en el cristal argénteo del ascensor. El hilo musical de los altavoces era irreconocible, casi molesto. Pero no tanto, pensó, recomponiendo confusamente sus maltrechos pensamientos excitados. Se hubo de mirar en el espejo, pero dado que no era ningún maniático, no quiso más que arreglarse una ceja por puro aburrimiento y tal vez la raya del pelo. Le dio tiempo a observar el reloj de nuevo, hasta que el ascensor paró, con su tradicional golpeteo indicando la llegada a su piso de destinación, junto con el "clinc" de la aguja en el contador.

El pasillo largo pero sobretodo ligeramente estrecho se encontraba empapelado en tonos rojizos con un dibujo ajedrezado atravesándolo y lámparas todo alrededor, sobresaliendo de los muros. Se dirigió a su habitación contando las puertas. Con nerviosismo entró al introducir la tarjeta por la ranura y pasarla por ella.

Al abrir la puerta, se dio cuenta de que la luz estaba abierta. Una leve luz, solo la de una lámpara, una lámpara de mesilla de noche. Y con eso bastaba para inquietarle. Llegó a pensar en milésimas de segundo, antes de resolver el misterio, que tal vez fuera porque se la dejaron abierta al prepararle la habitación por la mañana o cuando fuera. Pero iluminaba sustanciosamente la suite, que pese a quedar medio en la penumbra, se podía apreciar casi en su totalidad. No obstante los primeros segundos de incertidumbre, fue incapaz de no llevarse casi un infarto al corazón al ver sentado en un sillón a un enano en toda regla que hubiese aparentado ser un bebé gigantesco de no ser porque las leyes naturales y otras otro tanto inescrutables, indicaban que su cara se encontraba tapada por una careta. Un enano con una careta de bebé sardónicamente sonriente, casi sádico. Parecía estar leyendo. Soltó el libro que leía justo en el momento en el que Harrington se acercó lo suficiente para que su entrada fuese triunfal. Dejando caer sus piernas al suelo y andando con torpeza elegante, se acercó a la luz de la lámpara, tambaleándose con su sempiterna sonrisa. Harrington hubo de reprimir una exclamación.

-Bienvenido al que será su reducido palacio durante, tal vez, estos cuatro días que nos esperan, Señor Smith.

-¿Sir Amadeus? -preguntó Harrington a la vista de las palabras del enano invasor-

-Desde luego. Supongo que la deducción habrá sido fácil. Le dejo el libro. Una edición de Les Fleurs du Mal, de Charles Baudelaire. Tal vez le haga compañía. -dijo el enano, golpeando suavemente el libro con la mano a la vez que se disponía a recoger su bastón, apoyado sobre el sillón-

Asombrado por la escueta conversación y la marcha del enano, que estaba ocurriendo bajo sus propios ojos, Harrington hubo de someter al invasor de su suite a un intento de reanudar su difunto coloquio.

-¿Pero no va a decirme qué hacía en mi habitación, nada sobre todo esto (como he acabado en la otra punta del Atlántico, por ejemplo), o si vamos al menos a hablar de sus adquisiciones durante mi estancia? Dado que de lo contrario no le veo sentido a esto. Y dígame como ha invadido mi habitación, por favor.

El enano, sonriente la máscara, misterioso hombre sin sentimiento apreciable, se giró y miró con los ojos finos y vacíos de su careta a Smith.

-Yo ya tengo todo lo que necesito. Pero de usted no sé si se puede decir lo mismo, ¿verdad? ¿Verdad Harrington?

-No me toque las pelotas. No me toque las pelotas, ¿de acuerdo? Si no me ha de decir nada, mejor márchese.

Harrington se contenía inconmensurablemente aquélla rabiosa sensación que sabía que iba a tener que sentir en uno u otro momento desde que recibió la invitación de Amadeus Papadopoulos a residir por tiempo aparentemente indefinido en este Hotel al otro lado de la ciudad en la que vivía y trabajaba. Osea, Londres.

-Perfecto. Sus testículos para usted se quedan. Ahora, si me disculpa, me voy. Pero mañana le espero por la mañana en el Hall del Hotel. Sueñe con los angelitos.


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Oriol Sobrevilla ©

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