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Escrito por Prometheus el 29/07/19

Pieles y Coca Cola IV


Una hora después estaba frente al apartamento de Cheko esperando que bajara. Lo vio salir del portal y quedó maravillada. Se había vestido completamente de negro. No a todas las personas de piel oscura le sentaba bien el negro, pero él se veía regio. Elegante y casual a la vez. Subió en la parte delantera con ella y se acercó a besarla. Ella puso la mejilla y él se extrañó, pero no dijo nada.

-Buenos días, otra vez. —dijo Cheko después de ponerse el cinturón de seguridad.

-Disculpa, estaba un poco distraída.

-Tranquila, no pasa nada. ¿Todo bien con Alicia?

-Todo perfecto. Tengo algo para ti de su parte.

Y le pasó el sobre con la tarjeta de crédito.

-Vaya, una tarjeta de crédito. Negra y dorada. Nunca me imaginé tener una de estas, Gracias. ¿Sabes cuál es el límite? –obviamente estaba bromeando.

-Esa tarjeta está vinculada a una cuenta de la empresa, por lo tanto, es ilimitada. Las gracias se las das a Alicia cuando la veas.

-De acuerdo, pero también te las doy a ti también por traérmela.

-De nada, es un placer.

-¿Y cuál es el plan para esta mañana? Alicia me habló de una sorpresa. Supongo que sería la tarjeta, ¿no?

-Hay algo más también, pero para eso debes esperar a que vayamos al centro de la ciudad.

-Muy bien. Esperaré entonces.

-Cheko, yo…

-¿Qué pasa, Melissa?

-Nada, olvídalo. No me hagas caso.

-Hey… estoy aquí. Dime, ¿qué pasa?

-Me das un beso primero y después te explico.

Cheko la tomó de la barbilla y Melissa se fundió en su boca. El beso duró unos treinta segundos, pero pareció mas tiempo, o menos tiempo según se mire. La lengua de Cheko recorría sus labios y exploraba en su interior. Melissa se deshacía en sus brazos por si estuviera hecha de ceniza. Un pestañeo o un siglo después se miraban a los ojos. Melissa arrancó la limosina y se perdieron por las calles. Hablaron todo el camino hasta llegar a los apartamentos Bluecoast. Ella le contó sus dudas y lo que estaba sintiendo. Le dijo que nunca se había enamorado. Que hombres y mujeres habían pasado entre sus piernas, pero que ninguno de ellos dejó nada. A excepción de él. Le abrió su corazón y Cheko se metió en él con cuidado diciéndole:

-Hablaremos de esto cuando podamos mirarnos a los ojos.

Ella asintió y cambiaron de tema.

Llegaron a un enorme condominio pintado en azul y plata. Diez pisos. Se veía totalmente lujoso por fuera.

-¿Qué hacemos aquí? –preguntó él.

-Este edificio de apartamentos es de Alicia. Ahora mismo hay cuatro de ellos vacantes. Uno en el primer piso, otro en el cuarto, otro más en el séptimo y el otro en el último piso. Es un penthouse fabuloso.

-Muy bien. Se ve muy bonito desde aquí, pero aun no me dices ¿por qué estamos aquí?

-Bueno, querido, debes elegir uno de ellos para vivir mientras dura tu contrato con la empresa.

Cheko abrió los ojos totalmente sorprendido.

-¿En serio?

-En serio.

-Pues no hagamos esperar a estas pobres habitaciones sin dueño.

Tomándola del brazo se dirigieron al portón de hierro cuidado por dos uniformados guardias de seguridad.

-Hola, chicos, ¿Cómo están? ¿Qué cuentan de nuevo?

-Melissa, dichosos los ojos que te ven y te desean. Nos tienes abandonados. –Respondió el más alto, cuya pelada cabeza brillaba al resplandor de la mañana mirándola con mucha lujuria.

-Mucho trabajo. Ya saben cómo es la jefa. Es una negrera.

-¿Qué vientos te empujaron por estos lares, Mel? –preguntó el más bajo.

-Vine a traer a un nuevo inquilino. Al bajar les diré en donde se quedará.

-De acuerdo, Mel. Bienvenido al Bluecoast, señor.

Cheko sonrió al contestarles.

-Mi nombre es Cheko, nada de señor, ¿de acuerdo?

-Muy bien. -Sonrieron ellos también.

Subieron agarrados de la mano, probablemente sin darse cuenta.

-Empezaremos de arriba hacia abajo. A excepción del pent-house, los apartamentos son del mismo tamaño y tienen más a o menos la misma distribución. Todos están totalmente amueblados con un gusto exquisito. Dos dormitorios con baños y closets incluidos, una cocina completa bastante grande, un salón y un comedor. Área de lavado y una habitación para el servicio doméstico por si quieres contratar a alguien para la limpieza o lo que necesites. En el área común hay un gimnasio y un salón de masajes, un salón de juegos y un bar. No se permiten niños viviendo en los apartamentos, solo de visitas. Los servicios los paga la empresa durante el tiempo que vivas aquí.

Toda esta información le fue dada a Cheko mientras subían en el ascensor. El abrirse las puertas, el intento acercarse para besarla, pero ella lo esquivó.

-Cuidado. Hay cámaras de seguridad por todas partes y no quiero una mala interpretación de tu gesto.

-No había nada que interpretar, iba a besarte.

-Perdón. No quiero que ella lo sepa así.

Él se quedó mirándola inquisitivamente. No dijo nada y la siguió unos metros hasta llegar a una puerta enorme que parecía forjada en cristal no transparente. Melissa sacó una llave electrónica y la acercó a una parte de la puerta que tenía un tono más oscuro que el resto. Digitó una clave numérica y con un ligero chasquido, la puerta se deslizó a un lado dando paso al hermoso apartamento.

-Alicia vivió aquí una vez durante un tiempo. Luego una modelo extranjera y ha estado vacío desde hace casi un año. Claro, si es que te quieres quedar aquí. Te dije que los otros son más pequeños.

Cheko miraba todo como un niño en una tienda mezcla de dulcería y juguetería. Fue a la cocina y se quedó maravillado. Acero cromado y cerámica.

-¿Dices que puedo quedarme a vivir aquí?

-Solamente si quieres. De todas formas, casi nunca estarás aquí. Cuando empiece la campaña estarás viajando por medio mundo y tus vueltas a la ciudad serán esporádicas. Además, no has visto los dormitorios.

-No hace falta. Con la cocina y ese enorme sofá frente a la tele no necesito más nada. Me has dicho que hay más de un baño, ¿verdad?

-Si. Hay un baño de visitas debajo de esa escalera. Es el único de los apartamentos que tiene dos pisos. Arriba están los dormitorios y un jacussi en una pequeña terraza con una vista impresionante de la ciudad en las noches. Tienes también un mueble bar personal. Por comodidad no habrá quejas, de eso estoy segura. La tele tiene un sistema de satélite integrado con más de mil canales. La del salón es de 100 pulgadas, la cambiamos hace unos meses a la más moderna del mercado. Las de los dormitorios son mas pequeñas. Creo que de ochenta o algo así.

-Entonces, que no se hable más. Me quedo con este.

-Excelente. Iremos donde los chicos de seguridad que te tomaran las huellas para darte una llave especial e introduzcas una contraseña sin la cual no se podrá abrir tu puerta.

-¿Tenemos que irnos ahora? –preguntó él con un tono de ansiedad en la voz.

-No necesariamente. Alicia supone que te tomarás estas horas libres para ir de compras. Yo te acompañaría si así lo decides. Soy algo así como tu guardaespaldas. ¿Por qué lo preguntas?

-Solo quería saber si podíamos quedarnos un rato.

-Por supuesto. Nos iremos cuando tú digas, además no has visto ni la mitad de este lugar.

-Me imagino la de orgías y bacanales que se han armado en este sitio.

-Lo cierto es que se han armado algunas como tú dices.

Cheko se le acercó mirándola fijamente a los ojos.

-Y supongo que has participado muy activamente en algunas, ¿o me equivoco?

-No, no te equivocas. ¿Siento un tono de celos en tus palabras?

Cheko no respondió. Melissa acortó más la distancia entre ellos y rodeándole la nuca con sus brazos se bebió su aliento. Cheko la levantó a peso, y sin despegar su boca de la suya la llevó al sofá. Las piezas de ropa empezaron a desaparecer de sus cuerpos como por arte de magia. Los portentosos senos de Melissa fueron atacados con premeditación y alevosía por la boca y manos de Cheko, que los devoraba sin piedad.

-Muérdeme, márcame, con fuerza. –imploraba Melissa. Cheko invadió su territorio prohibido. Le separó las piernas en un ángulo de 180 grados y se hundió en el pozo de los deseos concedidos. Melissa empezó a gemir sin control mientras su primer orgasmo hacía acto de presencia. Su cuerpo tembló desde la raíz de los cabellos hasta la punta de sus pies. Pero él no había terminado aún. Le dio la vuelta colocándola de espaldas a él. Besó su cuello mientras con las manos acariciaba sus pechos. Su boca bajaba por su columna vertebral hasta el nacimiento de la línea que separaba sus glúteos. La lengua de Cheko encontró el clítoris de Melissa indefenso y lo atacó con ferocidad. Lamió la vagina en su totalidad pasando por el perineo hasta el ano. Melissa se apretó los senos y gritó el nombre de Cheko con un rugido desde las entrañas. Otro orgasmo más avasallador que el anterior le llegó sin previo aviso y se derramó nuevamente en su boca hambrienta. Cheko no le dio cuartel y le succionó el alma hasta que ella cayó seca, desmadejada y sin aire. Él aún se mantuvo un rato así mientras a ella le seguían las convulsiones y temblaba cada vez menos.

-Dios, por un momento creí que moriría. No puedes seguir produciéndome los orgasmos de esa manera. ¿Acaso pretendes matarme?

Cheko sonrió halagado.

-Eres una exagerada. Nadie muere de eso.

-Pues será mejor que no te arriesgues a averiguarlo. Nunca se sabe.

Cheko se sentó en el sofá con el enorme pene en la mano masturbándose poco a poco.

-Anda, ven a descansar sentándote aquí.

Melissa no se lo hizo pedir dos veces y haciendo un esfuerzo fue a colocarse a horcajadas sobre las caderas del muchacho y se mató ella misma, clavándose la espada de carne hasta las entrañas.

Se quedó tranquila un momento en lo que su cuerpo se acostumbraba a la sensación de llenura. Subió lentamente hasta solo dejar el glande en su interior y volvió a bajar abriendo la boca como si sintiera el pene salir por ella. Cheko la ayudaba en sus movimientos sujetándole las caderas. El sube y baja se hacía cada vez más rápido. Melissa creyó que no aguantaría.

Cheko imprimía más fuerza a sus brazos para que el roce de los sexos fuera más frenético. La cintura de Melissa hacía sensuales círculos subiendo en mucho los grados de placer que ambos sentían. Cheko la detuvo porque sentía la inminencia de su orgasmo y no quería venirse aún.

-Ven cariño, que ahora voy a descansar yo.

La cambió de posición colocándose de frente al sofá, dejando su culo en pompa para penetrarla desde atrás. Se abrazó a ella envolviendo sus senos con ambas manos mientras le lamía con suavidad el cuello y chupaba el lóbulo de la oreja izquierda, haciendo que la piel de Melissa se erizara en su totalidad. su pene entraba y salía sin prisa y sin pausas. Melissa sin poder evitarlo se derramaba sin control. Sus gemidos seguramente se estaban escuchando por toda la ciudad, pero no podía detenerse, la sensación de placer era demasiado intensa. Cheko también se sentía llegar al límite y así se lo hizo saber. Ella lo ayudó haciendo rotar sus caderas a mayor velocidad y él, apretando sus pezones y mordiendo su hombro como un rey felino a su hembra, se derramó en su interior. Melissa exhaló un gemido que llenó de oxígeno sus entrañas y ella también acompañó a Cheko con su propio orgasmo que la llevó a un desmayo hipotético porque perdió contacto con la realidad, pero se sentía como si flotara en medio de una nada llena de colores que giraban.

Media hora después, ya camino a Fashion Plus, Melissa le contaba a Cheko algunas cosas de ella. Que había sido deportista en artes marciales, que incluso estuvo en la selección nacional. Un accidente con un contrincante extranjero complicó la cosa y lo dejo. Luego se unió al ejército y estuvo deambulando por varios países de Europa y Asia hasta que volvió, abrió una escuela de defensa personal, salvo a Alicia de un acosador impertinente y decidió trabajar para ella porque pagaba muy bien, aunque el contrato lleva algunas concesiones que no son las normales, pero que aceptó porque estaba harta de la normalidad y de hacer las cosas de manera correcta y también de complacer a los demás.

Llegaron a la empresa donde habría otra sesión de fotos y videos. Mas pruebas en las que Cheko demostraría de lo que era capaz a pesar de las circunstancias, las envidias, las malas vibraciones y todo lo que representara un obstáculo. En este segundo día quedaría en evidencia que él era la persona ideal para el trabajo. Esa noche, Alicia le enviaría a Monsieur Legrand algunas de las pruebas hechas a Cheko y lo que faltaba para terminar el proyecto. Estaba confiada en que no le pusiera pegas o que no le hiciera cortes en los guiones. Era hasta ahora la única espina que le preocupaba. Pero no había llegado donde estaba con dudas en su cabeza. Cuando tenía un objetivo se lanzaba por el sin mirar a los lados ni atrás. En el área de producción, Cheko, sudado y por primera algo cansado, giraba en una pose sobre una escalera y sucio de pintura, en su personificación de un pintor a quien se le caía el overol y mostraba la ropa interior. Quizás eran las luces demasiado intensas y cerca de su cara o era que realmente estaba agotado. Tenía cinco horas de trabajo sin descanso. El joven de la cámara quería terminar esas tomas antes de sentarse. En eso, el director daba el último grito de “corte” para que todos se fueran a descansar. Despidió a todos hasta el día siguiente. El equipo de limpieza empezó a recoger todo el equipo de filmación. Cheko se fue a su camerino a darse una ducha y a esperar a Melissa. En eso estaba cuando Alicia entró con una gran sonrisa. Él estaba solo con una toalla envuelta a su cintura y le ofreció sentarse, ella se negó diciéndole que solamente estaba muy feliz que como habían salido las cosas, que solo faltaba el pequeño trámite de la aceptación total del cliente pero que eso era algo de lo que ella se encargaría. También le dijo que esa noche habría una pequeña reunión en su casa y que él no podía faltar. Cheko intentó excusarse con cansancio, pero Alicia lo convenció de asistir. Él no se hizo de rogar ya que imaginándose la clase de fiestas que deba Alicia, podría marcharse cuando quisiera. Alicia le dijo que lo esperaría y quedaron en verse 15 minutos más tarde en el parqueo.


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Escrito por Prometheus el 07/08/19

Pieles y Coca Cola V


En el tiempo acordado Cheko subió a la limusina, Alicia ya lo esperaba y se macharon. Durante el trayecto estuvieron hablando del futuro de ambos trabajando juntos. Ya Alicia había hablado con otros clientes sobre él y se mostraron entusiasmados con las propuestas, así que, si las cosas con los europeos no salían bien, ella estaba segura de que, en palabras llanas, haría muy buen dinero con Cheko. Llegaron a la casa y se bajaron. Había varios autos en el amplio espacio del frente, lo que decía que ya algunos habían llegado. Alicia le dijo a Cheko que se daría una ducha y se cambiaria de ropa, que se sirviera una copa y que hiciera como si estuviera en su casa. Lucy quedó embobada cuando lo vio, literalmente se le hizo agua la boca. Cheko le pidió una cerveza y ella le dijo al servírsela con su sensual sonrisa que estaba para lo que él quisiera mandar. Él le sonrió diciéndole que le tomaría la palabra. Cheko, cerveza en mano salió a buscar a Melissa. La encontró recostada en la limusina fumando y tomando una bebida energética.

-¿No entrarás al baile, cenicienta?

Ella sonrió y le dijo.

-En este caso, la cenicienta eres tú. Cheko, a pesar de que Alicia sabe que no has demostrado un interés sexual por ella, eso no significa que no te guste y ella lo sabe. Por lo tanto, hará lo posible por tener sexo contigo. Si quieres hacerlo no tengo problemas con eso, te lo digo en serio, quizás suene presuntuoso de mi parte, pero por mi no dejes de hacerlo.

Cheko se quedó mirándola sin hablar. Melissa le gustaba mucho, como hacía tiempo no le gustaba una mujer como para tener algo duradero con ella, pero Alicia también le gustaba, aunque con ella nunca quiso mezclar negocios y placer. Bueno, acostarse con ella no era algo que descartaba, pero tampoco lo buscaría, si se daba la ocasión, pues que fuera lo que Dios quisiera. Siguieron hablando mientras en la casa, Alicia, que estaba envuelta en una toalla recibía una llamada de Madame Fournier, una de las socias de Monsieur Legrand. Ella fue a la pequeña oficina que tenia y hablaron por videoconferencia. La empresa estaba satisfecha con las pruebas de Cheko. Dentro de poco harían un viaje para concretar la extensión del contrato con Fashion Plus siempre y cuando Cheko fuera el modelo exclusivo de sus productos. Alicia le agradeció la llamada y cortaron. Como en las caricaturas, en sus ojos se imprimieron los signos de dólares y sonrió. Lo sabía, su instinto una vez mas no le había fallado. Joanna tendría que tragarse su rabia y admitir que ella siempre tuvo razón y que Cheko es lo mejor con lo que han trabajado nunca. Llamó a Lucy a su cuarto.

-Lucy, estoy muy excitada, me acaban de dar una excelente noticia. ¿podrías por favor sacarme un orgasmo que tengo atravesado al final de mi espalda?

-Por supuesto, jefa. Será un placer.

Alicia se acostó bocabajo en la amplia cama dejando los glúteos en pompa. Lucy, que, aunque solo vestía un pantalón muy corto y una mínima blusa que apenas cubría sus senos, no se molestó en desvestirse.

Simplemente se colocó detrás de Alicia y empezó a lamer su ano mientras metía dos dedos en su ya muy húmeda vagina. Luego fue a la inversa. Dos dedos en el ano y una lengua caliente que le saco ese orgasmo atravesado en el fondo de las entrañas. Lucy era una experta y a la hora de complacer siempre estaba dispuesta.

-Jefa, quiero pedirte algo.

-Pide, Lucy.

-¿Me podrías dar quince minutos con el chico nuevo? Te prometo que lo que le haré, lo hará quedarse contigo para siempre.

Alicia rio de la propuesta. Sabía que Lucy era muy buena en el sexo, pero no estaba segura que estuviera a la altura de Cheko.

-Haremos una cosa. Yo quiero integrarlo a la fiesta, si lo logro tendrás tu oportunidad, pero déjame decirte que yo también haré mi esfuerzo.

-Sera una especie de competencia. La que lo logre atraparlo primero.

-Algo así. Pero te diré que el chico es un hueso duro de roer. No sé si es convicción personal o se cree muy bueno. El caso es que se ha resistido a mis encantos, incluso a los de Joanna. Con eso te digo todo.

Lucy abrió la boca con estupor. No lo podía creer. Ya vería por ella misma si el tal Cheko era tan inaccesible. A lo mejor era del otro lado y no quería decirlo, aunque en estos tiempos no fuera la gran cosa. Dejó a Alicia terminar de vestirse y se fue a la cocina donde se encontró con Melissa.

-Hola, Mel. ¿Nos harás compañía esta noche?

-Estaré aquí, Lucy. Quien sabe lo que pueda pasar.

-Eso es cierto. Nadie sabe.

Escucharon el ruido de varios vehículos llegar y Lucy se fue a abrir la puerta del salón. Media hora después todos los invitados a la reunión habían llegado. Todos conversaban, tomaban un trago y se lo pasaban bien. Alicia entro al salón unos minutos después vestida con un precioso vestido rojo que le llegaba a medio muslo y un escote en a espalda que llegaba justo al inicio de su bien formado trasero.

-Hola a todos. Bienvenidos a esta pequeña reunión de amigos. Debo darles una buena noticia. Alter ha visto las pruebas que les he enviado del trabajo de Cheko y quiero decirles que están muy satisfechos, por lo tanto, lo han aprobado.

Una salva de aplausos coreo esta noticia. Todos empezaron a felicitar a Alicia.

-Bueno, sabemos que el merito no es solo mío. Todos hemos trabajado para que esto salga bien, pero creo que el verdadero protagonista es nuestro nuevo modelo estrella a quien ya todos conocen. Cheko Guimarães.

Otra salva de aplausos, esta vez dirigida hacia el chico que sonreía en una esquina. Todos se acercaron para felicitarlo y darle la enhorabuena. Cheko de recibió los besos y abrazos que le dieron con su eterna sonrisa. Los presentes se veían eufóricos. En ese momento Alicia dijo.

-Lucy, por favor. Sirve la bebida especial que se preparo para esta ocasión, debemos celebrar.

Lucy trajo una especie de envase de cristal con un liquido azul brillante y empezó a servirlo en unos vasos pequeños que había sobre la mesa. Los colocó en una bandeja y empezó a pasarlos primero por Alicia y luego por los demás. Cuando todos tenían su vaso en mano Alicia dijo.

-Mis amigos, brindemos por el éxito.

Se tomo la bebida de un trago y todos los demás sin excepción hicieron lo mismo.

-Lucy, música por favor.

Lucy encendió el equipo estereofónico y una mezcla de tango y zamba empezó a escucharse por los altavoces en toda la casa. Alicia fue la primera en extender un brazo hacia Cheko para invitarlo a bailar. Joanna hizo lo mismo con uno de los hermanos Lans. Jimmy el encargado de edición bailaba con Julia y Sara a la vez. Javier estaba bailando con Aldo y Rosina con Lucy. El otro hermano Lans sacó a bailar a Melissa. Al parecer todo se veía como una fiesta normal, una reunión de amigos o compañeros de trabajo. Bueno, quizás hubiese sido así si en un momento determinado Aldo y Javier se sentaron en el sofá y empezaron besarse y acariciarse y a desvestirse. Desvestirse es un decir, se arrancaban la ropa a puñados. Hasta ahí todo parecía normal desde un punto de vista si no fuera porque Rosina y Lucy también hicieron lo mismo, solo que ellas lo hicieron sobre la alfombra del centro del salón. Era como si les urgiera. Rosina se quitó el vestido rasgándolo por el frente. No tenía nada debajo del mismo. Un cuerpo pequeño y regordete salió a la luz. Piernas gruesas y un pubis poblado de vello rubio oscuro. Algo que no parecía importarle a Lucy, ya que le separó las piernas con brusquedad y metió su cabeza entre ellas. Melissa vio con un poco de pesar que Alicia y Cheko también se besaban y sin recordar el momento en que se quitó la camiseta, sintió la boca que chupaba su seno izquierdo. Segundos después no había nadie vestido en el salón, todos sin excepción parecían un solo cuerpo que movía sus tentáculos. Joanna estaba arrodillada ante Saul haciéndole una felación, Alicia hacía lo mismo con Cheko y Melissa con Raúl. Sara y Julia a Jimmy y Aldo a Javier. Es como si todos se hubieran puesto de acuerdo. Lucy seguía entre las piernas de Rosina que parecía en trance mirando al techo, pero con los ojos en blanco. Bueno, al parecer la orgía había empezado. Alicia se restregaba el miembro por toda la cara, lamia y chupaba los testículos, subía por el grueso tronco hasta el glande esponjoso y rosa oscuro que desaparecía en su boca con rapidez. Ya Javier estaba dentro de Aldo, quien disfrutaba como un niño en una dulcería. Ahora era Rosina quien mamaba a Lucy que se apretaba los pezones con los pulgares e índices mientras gemía audiblemente.

Jimmy, mientras movía sus caderas con celeridad entre las piernas de Sara, se besaba con Julia que estaba en cuclillas sobre la cara de Sara. Saul Lans poseía analmente a Joanna y Melissa rebotaba sobre Raúl. El concierto de gemidos superaba decibeles la música que salía de los altavoces. Algunas parejas habían cambiado de posición y otras de la persona con quien habían empezado. Solamente Alicia y Melissa seguían con los mismos. Pero al parecer eso no duraría mucho, pues Alicia gritó su muerte pequeña en ese instante y quedo desvanecida sobre la alfombra. Cheko aún no había eyaculado y tocando su miembro portentoso miró a su alrededor, seguramente buscando a alguien, pero no tardó mucho en estar solo, Lucy se abalanzó sobre él como una tigresa derribándolo y ensartándose en su pene duro como una roca. Al principio fue demasiado para ella, pero con empeño logró mantener el ritmo del chico. Javier estaba con Julia, Rosina con Sara y Aldo se violaba a si mismo con una botella de whiskey vacía.

El siguiente en venirse fue Jimmy sobre los pechos de Joanna y la boca de Julia que los lamía con hambre. Saul y Raúl lo hicieron al mismo tiempo, uno dentro de Melissa y el otro en el ano de Sara. La orgía llevaba más de dos horas y solamente quedaban hipotéticamente de pie Cheko, Melissa, Joanna y Rosina, quien devoraba la vagina de Melissa mientras Cheko lo hacía con Joanna y esta y Melissa se besaban como si no hubiera mañana. Aldo se veía muy gracioso durmiendo con una botella metida en el culo. A excepción de Alicia, Lucy y Javier, ninguno de los presentes sabía que había consumido un estimulante sexual muy potente, por eso todos caían rendidos tan pronto tenían un orgasmo. El siguiente orgasmo le llegó a Joana quien tan pronto dejo a Cheko solo fue aprovechado por Rosina quien estaba mas cerca. Rosina era lesbiana declarada, pero ella tampoco se pudo resistir al pene de Cheko que parecía dispuesto a cumplir con su deber y satisfacer a todo el que se pusiera por delante. Rosina no tardo ni treinta segundos con el miembro dentro. Berreó como un animal herido y se le apagaron las luces. Melissa no perdió tiempo y arrojo a los brazos de Cheko que ya la esperaba espada en ristre. Quince minutos después el orgasmo simultaneo de ambos los dejó noqueados hasta la mañana siguiente.

La primera en despertarse fue Lucy y después Javier, Luego Melisa. Cheko y Alicia lo hicieron al mismo tiempo y poco después Joanna. Para cuando todos estaban despiertos el salón estaba recogido y limpio. Otro efecto del estimulante era el hambre que producía, por lo tanto, un copioso desayuno fue servido para todos. Algunos todavía desnudos comían con desesperación. Los que fumaban estaban afuera y otros ya se preparaban para marcharse. Todos tenían la mañana libre y no tenían que volver a la oficina hasta las tres de la tarde. Esa noche habría un cocktail brindado por la empresa y una rueda de prensa, dando a conocer los productos Alter, algunos cortometrajes y por supuesto la presentación de Cheko al publico en general. Irónicamente a pesar de la noche que habían pasado, ninguno estaba cansado y casi todos se sentían eufóricos. Otro efecto secundario del estimulante. Melissa se fue a llevar a Cheko al nuevo apartamento y como Alicia no la necesitaría hasta la hora de volver a la oficina se quedaría con él. No hablaron de lo sucedido la noche pasada. Hablaron de ellos y del futuro que era más que prometedor. La palabra amor salió a relucir en más de una ocasión. Melissa le dijo que no dejaría a Alicia, aunque estuvieran juntos y él estuvo de acuerdo. se prometieron no participar en más de las orgías de Alicia, al menos no de manera individual.

Llegaron al apartamento y Cheko hizo algunas llamadas.

A la dueña de la pensión, diciéndole que ya no volvería a vivir, pero sí que pasaría luego a pagar lo que debiera. Al salón de masajes del Palladium. Se sentaron en el sofá que daba al ventanal desde donde se dominaba toda la ciudad. Cheko se desvistió totalmente y Melissa hizo lo mismo. Solamente se abrazaron, así desnudos, sintiendo la brisa. Felices. Juntos.


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Escrito por Salim el 08/12/19

La Leyenda de Aegir de Asgard, Rey de los piratas de la Era Hiboria


Acercaos, mis pequeños y jóvenes muchachos. Acercaos a la hoguera, pues las noches son frías al pie de las Montañas de Fuego y parecéis cansados. Sentaos junto a la lumbre, dejad vuestras armas y comed, mientras escucháis las cosas que os contará Gabai de Shushan. Oid lo que os contaré, pues es una historia de honor y glorias pasadas, más también de miseria y desdichas, de muerte y guerra, esclavitud y liberación. Dejad, pues, que os narre las aventuras, glorias y desdichas de Aegir de Asgard, que vivió muchos siglos antes que el gran Conan el cimmerio, y a quien todavía hoy se le conoce como El Lobo de Asgard. Aegir el pirata, descendiente de Thule y Atlantis.

Como Conan, tampoco tuvo una vida fácil. Nacido al este del Río del Hielo Mortal, hijo del jarl Utgard y su esposa Gertha, vivió en guerra desde el mismo momento de su nacimiento, pues nació mientras su padre luchaba contra los invasores hiperbóreos que intentaban cruzar el río para ocupar y saquear Asgard. De su padre heredó un gran valor y aptitudes para el combate, así como una espesa cabellera rubia y una recia constitución. De su madre heredaría unos ojos grises que denotaban la presencia de antepasados hiborios y una gran inteligencia y gusto por la adquisición de conocimientos, que le serían de gran ayuda cuando fuera un adulto.

Aegir aprendió desde niño a usar la espada, como todo niño aesir, y tuvo muy pronto que defenderse solo, ya que la vida en las fronteras de Asgard era dura, combatiendo en una guerra que se extendió hasta que el joven Aegir tuvo catorce años. Desde niño, siempre quiso saber qué había más allá de los Montes Eiglofios. Había escuchado hablar de Cimmeria a los guerreros cimmerios que luchaban junto a su padre, pero también había escuchado historias de Aquilonia y Nemedia, los reinos más poderosos entre los hiborios, y había escuchado hablar de los extensos desiertos de Turán y de las montañas de Brithunia, la Jungla Picta y los bosques de Ofir. Quería viajar y conocer todo aquello, ya que su sueño no era ser heredero de su padre ni luchar toda su vida contra los hiperbóreos y los vanir en las fronteras de Asgard. Aegir quería ser grande, y por Ishtar que lo sería, pero no avancemos acontecimientos.

A la edad de 8 años, Aegir ya había aprendido a usar la espada de los aesir y a desenvolverse en la helada estepa. En Asgard no abundaban los bosques, salvo en las faldas de los Montes Eiglofios, donde crecían enormes coníferas, abetos y pinos de distintas especies. Allí, en aquellos montes, es donde los cimerios decían que se encontraba la montaña donde moraba Crom, su dios. Se lo había contado Negall, uno de los guerreros cimmerios en quien más confiaba su padre, una noche al calor de la hoguera del campamento de Utgard. Aegir no sabía que conocería aquella montaña pocos años después, ya que cuando tenía doce años, los hiperbóreos decidieron incursionar por la ribera sur del río, lo que los acercaba a las montañas, y el ejército de Utgard tuvo que desplazar su campamento al pie de la Montaña de Crom, que les ofrecería su protección en la batalla. Aunque los cimmerios reconocían que Crom no interfería en los asuntos de los hombres, les infundía valor sentirse protegidos por su montaña durante la batalla.

Aegir comenzó entonces a explorar las montañas, y a seguir a las manadas de lobos. Durante dos años, viviría más entre lobos que entre hombres, y fue con los lobos como aprendió a cazar y sobrevivir. Su espíritu autodidacta le empujó a construirse un arco y aprender a manejarlo, aún cuando no era un arma común entre los aesir, y pronto se convirtió en un excelente arquero. Aunque su constitución era fuerte, era bastante más ágil y silencioso que la mayoría de niños aesir, lo que le permitía moverse en silencio por los bosques y camuflarse entre la maleza. De cuando en cuando regresaba al campamento, y consiguió que los herreros cimmerios le hiciesen una suerte de brazaletes con tres afiladas garras retráctiles que se activarían mediante un mecanismo de su propio diseño. Estas garras, y sus nuevas aptitudes adquiridas con los lobos, le valdrían ser conocido entre los cimmerios y los aesir como El Lobo de Asgard. Cuando alcanzó la edad de catorce años, su padre decidió que ya estaba capacitado para entrar en batalla, lo que llenaría de júbilo al joven muchacho.

Pero fue en su primera batalla donde se torció todo. Los hiperbóreos habían formado una alianza en secreto con las tribus nómadas hirkanias, y sus fuerzas se habían triplicado. Aegir luchó como un feroz león herido hasta que fue completamente rodeado y capturado. Los hiperbóreos estaban tan asombrados por la ferocidad y perseverancia del muchacho que decidieron tomarlo prisionero. El jarl Utgard ordenó la retirada de sus guerreros hacia las montañas, pero pronto sabría que su hijo había desaparecido en el combate y entraría en cólera. Aunque no podía hacer nada. Los hiperbóreos habían reunido un enorme ejército, y sólo podía enviar mensajeros a los demás jarls de Asgard y a los jefes tribales cimmerios y esperar que acudiesen en su ayuda. Mientras tanto su hijo estaría prisionero de los invasores, o muerto. Esta disyuntiva atormentaba al jarl Utgard mientras huía hacia las montañas, sin saber que Aegir todavía estaba vivo y los hiperbóreos habían decidido enviarlo a Turán y venderlo como esclavo para comprar armas. Sacarían una importante suma de oro por un muchacho tan aguerrido.

La caravana de esclavos partió hacia el Este, pero pronto se revelaría el espíritu de lobo del joven Aegir. A los diez días de camino por la estepa hiperbórea llegaron al río Nezvaya. En la oscuridad de la noche, mientras los guardianes dormían, Aegir consiguió abrir la jaula del carro en que los transportaban. Él y sus nueve compañeros recuperaron sus armas y asesinaron en silencio a todo el grupo de esclavistas hiperbóreos, como una manada de lobos atacando en la oscuridad. Fue así como Aegir consiguió su primera banda y se dedicó a saquear y destruir aldeas en los márgenes del Nezvaya, para después ocultarse en la parte sur de los Montes Graaskal. Los lobos de Aegir pronto acumularon grandes riquezas, y fueron perseguidos por turanios e hiperbóreos, ya que actuaban en la frontera de ambos reinos. Esto obligó a Aegir a tomar la decisión de adentrarse en Brithunia a través de las montañas y desde allí dirigirse a Cimmeria, pero la presión de los perseguidores era tal que les empujó a separarse, con la consigna de encontrarse en las Llanuras de Lema al cabo de una luna. Aunque Aegir tenía otros planes, y con su parte del botín acumulado se dirigió a Zamora solo.

Tenía entonces dieciséis años y su objetivo era dirigirse a la ciudad maldita de Shadizar y aprender allí las oscuras artes de los ladrones. Pero antes, tenía que perder a sus perseguidores turanios y esconder su botín, para lo que usó las técnicas de mimetización aprendidas de los lobos de las montañas de su querida Asgard. Tres días y tres noches pasó Aegir subido a un árbol, escondido entre el ramaje, hasta que tuvo la total seguridad de que le habían perdido la pista. Bajó del árbol, pero se vio entonces amenazado por un enorme oso, al cual dio muerte en feroz batalla, quitándole su piel y usándola como capa para cubrirse del frío nocturno. En esta lucha, el oso le haría una herida en el pecho con sus garras, cuya cicatriz llevaría el resto de su vida y que le valdría entre los zamorios el mote de Zarpa de Oso. Aegir enterró su tesoro en las ruinas de una antigua torre fronteriza zamoria a unos 6 días de camino de Shadizar. Allí tuvo un encontronazo con los hombres-mono de las montañas, y se dirigió a la ciudad maldita, donde pasaría sus siguientes cuatro años entre los ladrones zamorios, llegando a convertirse en uno de los más destacados de Shadizar, la ciudad de los más oscuros vicios. Cuando los zamorios lo vieron cruzar las puertas de Shadizar, tambaleante con aquella enorme herida y la piel del oso echada a la espalda, se apartaron inmediatamente de su camino, pues nadie en Zamora habría sido capaz de matar un oso con sus propias manos. Y el bárbaro aesir, un muchacho de apenas dieciséis años, no parecía llevar más que una espada. Y allí se quedó, por el momento.

Sería en Shadizar donde conocería a la sombría Oxana, que le robaría el corazón para siempre, siendo el amor de su vida a pesar de la cantidad de mujeres que pasarían por ella. Con algunos zamorios formó una banda y se dedicó a robar en las ciudades corinthias, para después gastarse el botín en los burdeles y tabernas de Shadizar. También entabló gran amistad con un zamorio llamado Bohdan, al que introdujo en su banda a pesar de las reticencias de algunos de sus compañeros. Todo les iba de maravilla, hasta que un día, cuando Aegir tenía veinte años, vio morir a Oxana y a su amigo en una emboscada en la ciudad corinthia de Athros, y decidió marcharse de Zamora.

Desenterró su tesoro y se dirigió al pueblo de Daramish, en el reino de Koth, donde enterró una parte del tesoro y se guardó otra para continuar su viaje. En Daramish, escuchó por primera vez hablar de las Islas Baracha y los piratas zingarios, así que compró un caballo y provisiones, emprendiendo el largo camino hacia Zingara, pues había decidido dedicarse a la piratería. Pero en mitad del desierto se vería envuelto en una emboscada de los bandidos kozakos que lo dejaría malherido y abandonado a su suerte. Por suerte para Aegir, una caravana de mercaderes de vino de Kyros procedente de Corintia lo encontró cuando se hallaba al borde de la muerte, y lo llevaron con ellos de camino a Eruk, en el país de Shem, donde ahora nos encontramos.

Si, mis jóvenes viajeros, esta misma tierra que holláis, en tiempos fue pisada por el gran Aegir, El Lobo de Asgard, que desde aquí emprendió su camino de nuevo siguiendo el río Asgalun hasta la ciudad del mismo nombre, donde se embarcaría hacia Zingara en el barco de un mercader de esclavos que intentaría apresarlo durante la travesía para venderlo como tal, pero desistiría de su intento al ver caer a cuatro de sus hombres en un instante, asesinados por el aesir con sus garras hechas por los cimmerios. Cuatro hombres que eran enormes negros kushitas, el doble de grandes que Aegir. Pero el joven pirata (pues ya se consideraba como tal) había dado cuenta de ellos sin esforzarse demasiado. El mercader le ofreció oro de su cofre si lo dejaba con vida y trabajaba para él, pero Aegir le abrió las espaldas con sus garras y le sacó los pulmones por las aberturas, poniéndoselos sobre los hombros. Liberó a los esclavos, en su mayoría kushitas, y se apoderó del barco con su ayuda, arrojando al mar los cadáveres de los esclavistas y poniendo rumbo a las costas de Argos, donde pirateó por cerca de un año, para dirigirse a las Islas Baracha.

Dueño ahora de dos barcos, ya que había liberado otro barco de esclavos y lo había unido a su tripulación, llegó a las islas de los piratas con la edad de veintidós años. Allí conoció a Galbro, un pirata zingario que estaba organizando una flota. Pronto entabló amistad con él y esta sociedad hizo temblar las costas de Zingara hasta Kush durante los siguientes dos años. Fue entonces cuando los piratas negros de las Islas del Sur supieron de su éxito y decidieron atacarles, dando así lugar a la Gran Guerra Pirata, que duró casi un año. En ella, murió Galbro, y Aegir unió a los principales piratas de Baracha bajo su mando para formar una gran flota y atacar las Islas del Sur por sorpresa. Su estrategia tuvo éxito y lograron capturar a Latifa, hija de Haila, líder de los piratas kushitas. Éste pagó una enorme suma de oro por su rescate y la firma de un tratado, en virtud del cual los piratas kushitas quedarían subordinados a Aegir y le deberían lealtad a Baracha. Aegir se instaló durante un tiempo en las Islas del Sur y allí entabló amistad con Haila, que lo casó con su hija Latifa, uniendo así a los piratas zingarios y kushitas bajo un mismo liderazgo. Latifa le daría su primer hijo, Heimdall, y su primera hija, Henna, dos recios gemelos que heredarían de su padre el amor por las aventuras y correrías alrededor del mundo, así como la astucia e inteligencia que le habían convertido en el más temido pirata de todo el continente hiborio.

Aegir escuchó por aquella época hablar de la Piedra Verde de la Serpiente, oculta en la Isla de Siptah, en Estigia, y decidió organizar una expedición para encontrarla y robarla. A bordo de su barco, el Kraken, saqueó las costas de Kush y Estigia en su camino hacia Siptah, atacando a esclavistas y liberando a los esclavos. Pronto se correría la voz entre los esclavistas de que un fiero pirata atacaba sus barcos y liberaba a los esclavos, con lo que los esclavistas empezaron a armar mejor sus barcos, pero eso es otra historia. Aegir llegó a Siptah y descubrió que se trataba de una isla prácticamente desértica, con un gran monte en el centro, coronado por las ruinas de un antiguo templo de Set. La expedición de Aegir subió la montaña, y cuando llegaron arriba se toparon con un imponente templo, que parecía mucho más pequeño desde la orilla donde desembarcaron. Dentro del templo semiderruido encontraron unas escaleras que conducían a una cripta, un enorme recinto de pasillos y salas donde hubieron de enfrentarse al nigromante Hetub y su ejército de esqueletos. Pero no acabarían aquí sus problemas, pues cuando trataron de recuperar la piedra del pedestal sobre el que se hallaba colocada, el templo comenzó a derrumbarse y casi quedan sepultados. Gracias a que se trataba de experimentados y ágiles piratas, pudieron llegar a la salida y escapar de allí, sin haber podido conseguir la piedra, que quedó sepultada bajo toneladas de roca caliza estigia. Aegir maldijo en todos los idiomas que conocía, pero lanzó sus peores juramentos en nordheimr, su lengua natal. Se hallaban en estas, cuando se vieron rodeados por una nutrida y bien armada tropa estigia, que los cogió completamente desprevenidos. Aegir, lleno de ira, estuvo tentado de resistirse, pero de una rápida ojeada de lobo calculó que no tenían ninguna posibilidad, así que ordenó a sus hombres deponer las armas y rendirse. El comandante estigio que lideraba el pelotón podía preciarse de haber capturado al más temido pirata de las costas del Oeste sin necesidad de combatir. Y debía estar agradecido por ello, pues en caso contrario habría capturado a Aegir, pero a un precio demasiado elevado en vidas de sus hombres.

La tripulación fue dividida y esclavizada, llevados a distintos puntos de la geografía estigia. Aegir fue llevado a Pteion, junto al río Jeltiba, en la frontera khesania, donde los estigios construían unos grandes molinos para su grano y necesitaban mano de obra. Aegir lamentaba la suerte que correrían sus hombres, pues no sabía a dónde los habrían llevado y le sería imposible liberarlos. Lamentó también haber perdido sus brazales, pero al poco tiempo descubrió que los llevaba puestos el comandante que lo había capturado en Siptah. Éste se encontraba también en Pteion, pues como premio a su gran hazaña le habían encomendado el mando de las obras de los molinos. Un destino relativamente sencillo y apacible, donde podía hacerse rico cobrando sobornos por el contrabando fronterizo a través del río. Aegir fue torturado para sacarle información sobre los movimientos de los piratas de Baracha y las Islas del Sur, pero se mantuvo firme y no reveló nada, hasta que los guardias se cansaron de atormentarle y, medio muerto, lo arrojaron a una de las cabañas donde se hacinaban los prisioneros. Allí fue ayudado por algunos de los prisioneros, que curaron sus heridas y le ofrecieron de lo poco que tenían para comer y beber. Aegir descubrió que aquellas gentes se ayudaban los unos a los otros como si fueran una gran familia, pero también descubrió que había mezquindad y codicia en muchos de ellos con solo mirarles a la cara, pues los instintos que había entrenado y desarrollado con los lobos no solían fallarle nunca. Así supo, de un vistazo, en quienes podría y en quienes no podría confiar en sus planes de huida.

Durante las semanas siguientes, Aegir, el lobo herido de Asgard, se mantuvo observando mientras trabajaba y, a la vez que refortalecía su cuerpo, trazaba en su mente dos planes entrecruzados: Uno para matar a su captor y recuperar sus brazaletes cimmerios, y otro para huir de allí acompañado de la mayor cantidad de prisioneros posible. Entabló amistad con varios prisioneros kushitas y keshanios, a los que contó su plan bajo amenaza de matarlos si revelaban algo a quien no formase parte del plan. Y era Aegir quién decidía los que formaban parte del plan. Los demás prisioneros aceptaron su liderazgo sin protestar, y poco a poco fue creciendo el grupo. Aegir encomendó tareas relacionadas con el plan a cada uno de sus hombres y, cuando valoró que ya estaba todo preparado, decidió dar el golpe. Se coló en la casa donde vivía su enemigo y lo mató en la oscuridad de la noche, partiéndole el cuello mientras dormía tranquilamente en su cama. Aegir se puso los brazales y prendió fuego a la casa, lo que daría la señal a sus compañeros conspiradores para iniciar el plan de huida. El incendio les daría tiempo para huir rumbo al río, y cuando los guardias se dieran cuenta de su huida ya estarían cruzándolo y en territorio keshanio. Aegir salió hábilmente de la casa por el tejado antes de que el incendio se extendiese y alertase a todo el campamento. Se reunió con sus compañeros y pronto todos se hallaban cruzando el río. Perdieron a unos diez hombres que estaban demasiado débiles y fueron arrastrados por la corriente, pero otros quince consiguieron alcanzar la otra ribera, adentrándose en el país de Keshan, todavía zumbándoles en los oidosel silbido de las flechas de los guardias estigios que estaban fletando una embarcación para salir en su persecución. Pero la noche era oscura, sin luna, y las brumas del río camuflaron la huida de Aegir y sus compañeros, que atravesarían el país de Keshan y cruzarían el río Styx para llegar a las Montañas de Oro de Zembabwei. Allí asaltarían las minas, perdiendo a cuatro hombres, y huirían con una buena cantidad de oro cruzando la frontera iranistaní. Las montañas eran un terreno en el que Aegir se desenvolvía a la perfección, por lo que no tardaron más de una semana en atravesarlas y llegar a Denizkenar, el asentamiento costero del sur de Iranistán. En este lugar inhóspito consiguieron hacerse a la mar con un pequeño barco que compraron a unos pescadores, maravillados por la cantidad de oro que los piratas pusieron en sus manos. Con este bote navegaron y arribaron a las Islas de la Perla, donde pudieron conseguir otro barco mucho más grande y reclutar a unos cuántos iranistaníes.

Desde allí se dirigieron al sudoeste, y Aegir volvió a dedicarse a liberar barcos esclavistas para aumentar su flota, que en menos de una luna ya tenía cinco barcos. Navegaron a lo largo de la costa sur de los Reinos Negros y arribaron a las Islas del Sur, donde todos se mostraron muy sorprendidos por su llegada. Habían creído que se había fugado, o que su barco se había hundido rumbo a Siptah, y muchas cosas habían cambiado en los dos años que había desaparecido. Un pirata llamado Yussuf había ocupado su lugar y se había casado con Latifa, adoptando a sus dos hijos. Aegir entró en cólera y mató a Yussuf y Latifa, cogió a sus dos hijos y ordenó a sus hombres quemar la ciudad, para después zarpar rumbo al norte, hacia Tortage, la isla más importante de las Baracha. Por el camino asaltó a tres esclavistas más, llegando a Baracha con una flota de diez barcos, ya que habían robado dos más en las Islas del Sur. En Tortage todos celebraron su regreso, y volvió a ocupar su lugar como rey de los piratas. Con veintiocho años había llegado a la cima, había caído, se había vuelto a levantar, y ahora apuntaba más alto todavía. Por el momento decidió dejar su flota en Baracha y remontar con un pequeño barco y sus mejores hombres el Río Negro a través de los Yermos Pictos hasta Cimmeria y, desde allí cruzar Cimmeria hasta Asgard para llevar a sus hijos a casa del jarl Utgard. Tenía planes importantes en mente y no podía hacerse cargo de ellos, pero tampoco iba a dejarlos abandonados a su suerte, por lo que optó por la mejor opción, que era llevarlos con sus abuelos. Habían perdido a un hijo hacia doce años, era justo que ahora ganasen dos nietos.

En Asgard, nadie se podía creer que Aegir, El Lobo de Asgard, que había desaparecido el día de su primera batalla, pudiera estar vivo. Lo abrazaron, lo besaron, y le obsequiaron con un gran banquete. Su padre, finalmente, había podido reunir a los refuerzos aesir y cimmerios, expulsando a los hiperbóreos y arrasando su país, convirtiéndose a su vuelta a Asgard en el Jarl Supremo, jefe de todos los aesir. Desde entonces había buscado noticias de su hijo por todas partes, sin descanso, hasta que finalmente lo dio por muerto. Esto sucedió mientras Aegir se hallaba en Shadizar, a punto de emprender su camino hacia Koth. Más tarde, llegarían a los oídos del jarl Utgard los rumores e historias sobre un feroz e implacable pirata rubio, que se decía aesir, y asolaba las costas desde Zingara hasta las Islas del Sur, y en su pecho tuvo la certeza de que su hijo había sobrevivido. Y allí estaba, imponente, seguro de si mismo, hecho todo un hombre. Su hijo era el terror de los reinos hiborios que tenían algún contacto con el mar. Había saqueado y liberado esclavos, había sido esclavo dos veces y ambas había matado a sus amos y huido, había recorrido medio mundo y ahora era, a su vez, padre. Aceptó de buena gana quedarse a sus nietos, y Aegir partió de nuevo.

Antes de partir, pidió a su padre hombres que quisieran unirse a él, y partió de Asgard con un grupo de nueve hombres escogidos entre los mejores guerreros de Asgard, que se convertirían en sus hombres de máxima confianza. Cruzaron los Montes Eiglofios y se adentraron en Cimmeria, donde reclutaron a diez hombres más, y la promesa de quinientos guerreros cimmerios que llegarían a Baracha en cuatro lunas.

Y así, con una banda de treinta hombres, Aegir de Asgard se dirigió a través del Yermo Picto hacia el país de Zingara, de nuevo. Su destino era la ciudad de Kordava, donde hizo construir un enorme barco diseñado por él mismo, al que llamaría Oxana. Y se hizo a la mar con su tripulación formada por los kushitas y keshanios que habían huido de Estigia con él, los aesir y los cimmerios que acababa de reunir en el norte, y un lobo que se le había unido en las montañas de Asgard, y que tomó bajo su cuidado. Pronto llegaron a Baracha, y allí Aegir comenzó a dar forma a su plan. Iba a reunir una enorme flota, y un enorme ejército, e iba a saquear Estigia y quemar sus ciudades. Enseñaría a esos perros que El Lobo de Asgard no era ningún esclavo fugitivo. Y así fue como nació la Gran Manada de Lobos, la gran flota que asolaría las costas de Shem y Estigia durante cuatro años. Pero Aegir fue derrotado en los desiertos de Estigia, tras haber saqueado Khemi y Sukhmet, y su ejército de cinco mil hombres, el mayor reunido jamás por un pirata, había sido aniquilado por la gran plaga negra, conjurada por los hechiceros de Luxur durante el asedio a la ciudad.

Aegir se vio obligado a batirse en retirada, y reembarcarse con su tripulación, huyendo hacia Tortage. Y así fue como terminó la gran guerra entre los piratas y Estigia, que había durado cuatro largos años, en que los piratas habían reunido enormes riquezas y dado un buen golpe a los brujos estigios, que jamás olvidarían la afrenta de Aegir. Por esta época, su fama se había extendido por toda Hiboria, y todos bajaban la voz para pronunciar su nombre. Aegir había creado una red de espías que se extendía por todos los reinos hiborios y mantenía contactos y subordinados entre los ladrones zamorios y los nómadas zuagires de los desiertos del Este, los bárbaros cimmerios y aesir en el Norte, y con las tribus negras de Keshan y Kush al Sur. Su amor por el oro y la buena vida lo empujaría a llevar a cabo incursiones entre los zimbabwei, obligándoles a pactar con él la entrega de varias minas de oro en las montañas, con lo que su riqueza y la de las Islas Baracha creció enormemente. Tenía entonces Aegir treinta y dos años, y fue cuando conoció, en un viaje que le llevó hasta las lejanas tierras de Vendhia, a la bella Indhira, hija de un gran guerrero Kshatriya. Aegir la tomó por esposa, aliando a los piratas de Baracha con este exótico reino. Después regresó a Tortage con su nueva esposa, y decidió reunir de nuevo un ejército. Pero esta vez no sería la tierra de los brujos la que atacaría. Esta vez su ojo de lobo estaba puesto en las riquezas de Zingara. Envió mensajes a su padre y a los jefes cimmerios de su confianza, pidiéndoles ayuda en esta empresa, a cambio de una jugosa cantidad de botín, por lo que pronto recibió noticias de que cimmerios y aesir apoyarían su guerra entrando a Zingara a través de los cauces de los ríos Trueno y Negro. También envió mensajeros a Kush y Keshan, pero sólo Kush acudiría a la llamada, debido a que el país de Keshan se hallaba sumido en una guerra con sus vecinos de Punt, y necesitaba a todos sus hombres para intentar salir victorioso. Contando con los piratas que pudo reunir, y las tropas que se había traído de Vendhia, logró una fuerza de diez mil hombres, superando así todas las expectativas. El reino de Zingara vio el número de fuerzas que se estaba concentrando en las islas, y los príncipes de las provincias costeras reforzaron sus defensas en toda la costa. Pero esto era precisamente lo que quería Aegir, ya que así el paso fronterizo de los Montes de Poitain quedaría desprotegido y los bárbaros del Norte podrían cruzarlo y entrar al país a sangre y fuego. Cuando esto ocurrió, la sorpresa entre los zingarios fue tal que no supieron reaccionar, dividiendo de nuevo sus fuerzas y permitiendo la entrada del ejército pirata por la costa. Así, el país cayó pronto en manos de los invasores, aún a costa de grandes sacrificios y batallas, pero mereció la pena por el enorme botín que pudieron acumular entre sus manos. Muchos príncipes zingarios huyeron a través de la frontera de Aquilonia rumbo a Ofir, pero Aegir lograría capturar al rey y ejecutarlo, crucificándolo en un poste a la entrada de la ciudad de Kordava, como advertencia de que había un nuevo rey en Zingara. Por lo demás, Aegir sería un buen rey para el pueblo de Zingara, preocupándose por acondicionar las zonas más pobres del país, pero teniendo siempre cuidado con la frontera de Argos, donde había un oscuro bosque infestado de salvajes necrófagos, y unos pantanos que se decían malditos. Liberó también a todos los esclavos de Zingara, pues decía que en su reino ningún hombre sería un esclavo mientras él dictase la ley. Tuvo cuatro hijos con Indhira, un niño llamado Galbro y tres niñas llamadas Gertha, Neva y Rajni. Durante cinco años, Aegir se dedicó a gobernar Zingara mientras su flota de piratas saqueaba las costas de Shem, Argos y Estigia, comandada por Connor el cimmerio a bordo del Oxana. Connor era el hombre en quien más confiaba Aegir, pues le había salvado la vida en varias ocasiones, poniendo en riesgo la suya. Regularmente, Aegir recibía el fruto de las minas de oro de Zimbabwei y diversas importaciones de Kush, Vendhia y las Islas de la Perla. Parecía que por fin tenía una vida plena y tranquila junto a su esposa y sus hijos. Pero sólo lo parecía. Aegir estaba hastiado, y en su mente sólo albergaba la idea de recorrer el mundo otra vez. Tenía entonces treinta y siete años. Así que dejó el reino en manos de su esposa y de sus fieles nueve aesir, que protestaron enormemente ante la perspectiva de no acompañarle, y partió acompañado sólo por su lobo hacia los caminos que conducían a Argos, adentrándose en el bosque y manteniendo importantes luchas contra los necrófagos, de las que salió con vida solo gracias a sus instintos, a pesar de tenerlos algo desentrenados tras cinco años de acomodamiento. Cruzó Argos y se adentró en el país de Koth, donde se dirigió a Daramish. Allí desenterró el tesoro que había enterrado con veinte años y puso rumbo a Shadizar, donde recordó viejos tiempos con viejos amigos y cerró algunos tratos comerciales entre ellos y su flota pirata de Baracha.

Más tarde, se dirigiría al sur montado en el hermoso caballo que había adquirido en Shadizar, y cogería la Carretera de los Reyes que le conduciría a Aghrapur, en Turán. Allí reclutaría una flota, compraría un barco llamado Tiburón y piratearía por el Mar de Vilayet con el nombre de Warg, que significa lobo en nordheimr. Aegir llegaría a convertirse en líder de la temida Hermandad Roja y visitaría la Isla de las Estatuas de Hierro, donde estaría a punto de perder la vida, siendo salvado por una pirata llamada Cirea, con la que mantendría una estrecha e íntima relación, dejándola al mando de la Hermandad y diciéndole su verdadero nombre cuando decidió dirigirse a Hirkania. Desde allí planeaba cruzar a Khitai y aprender los secretos de la magia para poder enfrentarse a los hechiceros estigios que habían jurado darle muerte hacía ya tanto tiempo. En Khitai pasaría los siguientes cinco años de su vida aprendiendo distintas maneras de enfrentarse a la plaga negra y a otros encantamientos estigios mortales. Entabló gran amistad con un hechicero khitano llamado Huan, que le acompañaría en su regreso a Zingara junto con otros cinco brujos khitanos. Aegir reunió una tripulación y zarpó desde Shu-Chen rumbo sur de vuelta a su hogar en Kordava. Diversas aventuras le sucedieron en este viaje, y a punto estuvo de ser comido por caníbales en las Islas de la Niebla, pero llegó a Kordava unos meses después con seis barcos y una gran tripulación, como era sabida su costumbre de liberar barcos de esclavos. Tenía entonces cuarenta y cinco años, y su pueblo lo recibió con júbilo. El rey pirata de Zingara había regresado, se había acabado su largo viaje tras ocho años recorriendo el mundo para adquirir conocimientos, y se enteró que la vida no era apacible en Zingara. Los príncipes zingarios huidos durante la conquista de Aegir habían asediado el país sin descanso desde la frontera de los Yermos Pictos durante su ausencia, y sólo los guerreros cimmerios y aesir del ejército pirata de Connor pudieron contenerlos. Este ejército era comandado por una cimmeria de negros cabellos, llamada Lyanna, cuya legendaria habilidad en el combate con dos espadas le había granjeado el temor de sus enemigos, que la llamaban Espadas Gemelas y La Cortadora de Cabezas. Aegir puso orden en el país, y se reunió con sus hijos y su esposa, enviando también un mensaje a su padre para pedirle consejo sobre un plan que tenía en mente: Enfrentarse de nuevo a Estigia.

Pasó el tiempo, y la respuesta del rey Utgard no llegaba, por lo que Aegir decidió partir a Asgard para averiguar si había sucedido algo. Iba a hacerlo, cuando en las puertas de su palacio de Kortava aparecieron dos jóvenes viajeros, un hombre y una mujer, que decían venir de Asgard, y llamarse Heimdall y Henna. Aegir, lleno de júbilo, recibió a sus hijos con todos los honores que les correspondían cómo sus primogénitos, y les agasajó y preguntó acerca de su vida en Asgard, con su abuelo. Sus hijos le explicaron que su abuela Gertha había muerto hacía tres inviernos, y su abuelo Utgard había muerto el invierno anterior. Aegir lloró y maldijo a todos los dioses por la muerte de sus padres, pero se alegró porque estarían en el Valhalla festejando con Ymir, lo cual era un honor para todo guerrero aesir, y sus padres lo eran. Invitó entonces a sus hijos a quedarse con él en Zingara, ya que planeaba atacar pronto Estigia. Heimdall y Henna eran dos recios bárbaros aesir curtidos en la batalla contra los vanaheim y los hiperbóreos, así que no necesitaría protegerlos e incluso podía confiar en ellos como aliados cercanos.

Los preparativos para la invasión se hicieron en el mayor secreto y se reunieron guerreros cimmerios, aesir, zingarios y argosianos hasta formar un ejército de veinte mil hombres, a los que armaron los herreros cimmerios que sin descanso fabricaban armas y armaduras en las forjas de Kordava. Los nómadas suagir atacarían a su vez Estigia por el Noroeste, con una fuerza de diez mil hombres. Sería el ejército más grande que había atacado Estigia jamás hasta entonces. Aegir iba a enfrentar a sus mortales enemigos otra vez cara a cara, sin ocultarse, y esta vez lo haría con una consigna, Victoria o Valhalla. Y Estigia tembló. El ejército de Aegir arrasó todo a su paso, como una horda kozaka, y llegó de nuevo a las puertas de Luxur. Los brujos khitanos conjuraron poderosos hechizos de protección sobre el ejército y la plaga negra fue repelida , dando a la batalla un giro que los hechiceros estigios no esperaban. Aún así, actuaron con presteza, y convocaron a una legión de esqueletos que contuvieron al ejército de Aegir mientras daban con la forma de acabar con los brujos khitanos. Pero se como fuere que no lo lograban, invocaron a un enorme demonio que salió de la arena del desierto entre tornados de arena, destrozando a la mitad del ejército de Aegir en cuestión de poco tiempo. Aegir, que estaba en primera línea de batalla, como era su costumbre cada vez que entraba en combate, fue visto por última vez mientras intentaba combatir a este engendro, y nadie es capaz de asegurar si murió o si vivió. Muchos dicen que lo vieron desaparecer en un remolino de arena mientras atacaba ferozmente al demonio con sus garras cimmerias. Otros dicen que lo vieron caer atravesado por un centenar de flechas al río Styx… Pero la verdad, hijos míos, no la sabe ni Gabai de Shushan, que os cuenta estas historias. Ahí nació la leyenda, y muchos aseguran que aún años después de la segunda gran guerra que asoló Estigia se oían rumores de un misterioso barco pirata que atacaba a los barcos esclavistas en la costa hiboria. Pero eso es otra historia, que no os contaré aquí, pues es ya tarde, y los jóvenes viajeros deben dormir…


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