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Escrito por Prometheus el 03/08/18

El chocolate de Lys (Final)


La música sonaba quizás un poco alta a aquella hora de la noche, pero nadie se quejaría porque los apartamentos estaban insonorizados. Lys, vestida solo con una tanga de color rojo y una copa en la mano al parecer de champaña se movía al compás de la melodía.

“Vente conmigo al mar, me desnudaré contigo, tú me enseñarás a amar, yo te daré lo que he sido. Vente conmigo al mar, la tierra nos dará abrigo, la noche nos cubrirá, hasta quedarnos dormidas. ”…

Había lágrimas en sus ojos y mejillas. A pesar de las palabras de Mónica, pudo notar un dejo de molestia en su tono. Bueno, tal vez su enfado no durara mucho si ganaba el premio, pero si lo perdía seguro que le echaría la culpa. Y no tendría derecho a protestar, ¿cómo se le ocurrió usar la violencia de buenas a primeras? Con solamente sacudir el brazo pudo haberse escapado del energúmeno ese, pero no, había que hacer alardes, no bastaba con lo que había provocado su presencia, con ese vestidito de puta barata como había dicho Waldo. Miró a un rincón de la sala y vio el vestido hecho trizas. Cuando volvió al apartamento estaba tan enfadada que, al tratar de quitárselo para darse un baño, simplemente lo desgarró con todas sus fuerzas. Sacó una botella de champan de la nevera de las dos que había comprado para celebrar con Mónica y se sirvió una copa, y luego otra. Ya iba por la tercera y estaba mirando por el balcón en dirección al hotel donde se celebraba el evento. Mónica no tardaría en llegar, ya era más de media noche.

Unos minutos después, ya más calmada, con la música en un tono más bajo, Lys escuchó la puerta abrirse y vio a Mónica entrar. Tenía un trofeo en la mano junto al bolso y en la otra lo que parecía un plato envuelto. Mónica puso todo sobre la mesa pequeña del salón y se sentó al lado de Lys que no había dicho ni una palabra y la miraba mientras se llevaba a la boca la copa de champaña. Mónica sabía lo que le pasaba, se sentía culpable por lo sucedido en la fiesta. También sabía que le costaría sacarle esos sentimientos de la cabeza.

--He ganado, mi amor. Gracias por apoyarme y permitirme compartir contigo este premio.

--Felicidades. No he hecho nada y hoy estuve a punto de echar todo tu trabajo por tierra. La verdad es que no sé cómo me soportas.

Mónica intentó evadir la cuestión. Una tormenta se estaba gestando. Una de las grandes. En eso Mónica vio el vestido destrozado en el piso y sintió que se le encogía el corazón.

--¿Por qué estás desnuda, cariño? ¿Me esperabas con alguna mala intención? – Preguntó Mónica sonriendo mientras dirigía su mano hasta el seno izquierdo de Lys, pero la mirada de ésta le congeló el gesto en el aire.

--No quiero que alabes las estupideces que cometo, ni me digas que las cosas están bien cuando yo sé muy bien que no lo están. Si no hubieras ganado ese premio, habría vuelto a romperle la cabeza a ese idiota y luego me había arrojado del primer puente que hallara en el camino.

--Cariño, te lo dije. No pasó nada, no hiciste nada malo, por el contrario, te defendiste y Waldo se lo va a pensar muy bien la próxima vez. Además, te soporto porque eres la persona más maravillosa del universo y te amo con todas mis células. Ya olvida el incidente y cumple con tu promesa. --Le dijo mirándola y tomándole una mano que Lys buscaba la manera de alejar, pero que Mónica no permitía. Sabía que en este instante debía andar con mucho tacto, Lys estaba sumamente sensible y una palabra en el contexto equivocado o en un tono más alto de lo debido podría sumarla en una depresión que le duraría días. Mónica la miró a los llorosos ojos, le apretó la mano entre las suyas y le dijo:

--Escúchame bien. Si no hubiera ganado el premio no habría sido por lo que pasó en la fiesta. No cometiste ningún error al hacer lo que hiciste, más de uno se alegró de que por fin alguien le haya dado una lección al presumido ese. Por favor, no pienses más en ello y déjame darte las buenas noticias.

Lys no dijo nada y Mónica asumió que le otorgaba el derecho a continuar.

--Ahora tendré una nueva oficina, más grande y mi cartera de clientes aumentará a un 65%. Eso significa más ingresos al mes, más días de vacaciones y más flexibilidad en mi horario o sea que podremos pasar más tiempo juntas. ¿No te parece genial?

Lys seguía mirándola sin decir una palabra, parecía estar poniendo en orden sus pensamientos, al menos eso creía Mónica.

--Me parece genial si es lo que realmente quieres.

Mónica sintió un golpe dentro del pecho.

--¿Y no es lo que quieres tú?

--Yo quiero lo que tú quieras.

--Lys, por favor.

--¿Qué?

--A veces no te entiendo. No sé cómo llegar a ti. Eres tan entregada, tan solícita, pero nunca aceptas nada de los demás. Es como si no tuviéramos lo que necesitas o como si no necesitaras nada. Como sí…

--¿Por qué no terminas de decir lo que realmente quieres decir, Mónica?

Con mucha calma, Lys deshizo el agarre de manos y se puso de pie y caminó hacia el dormitorio y una vez allí empezó a sacar su ropa del closet.

Mónica la miraba desde la puerta sin saber que hacer o decir. No entendía la razón de su enfado, pero supo que debió haberse callado tan pronto empezó a hablar.

--Lys, ¿Por qué eres tan radical con todo? ¿Qué harás? Irte porque no eres capaz de enfrentar una situación.

Todo hay que decirlo. Era muy difícil tener a Lys desnuda enfrente y poder coordinar palabras, frases e ideas. Mónica miraba los duros glúteos balancearse a cada movimiento y estaba perdiendo los nervios por más de un motivo.

--Cada uno hace las cosas como sabe, Mónica.

--¿Puedes por favor estarte quieta para que podamos hablar tranquilamente?

--¿Hablar, Mónica? ¿Estás segura qué quieres “hablar”?

--Quiero que tú hables.

--Yo no tengo nada que decir, Mónica.

--Lys, por favor sé razonable. ¿Dime, qué tienes? ¿Qué quieres? ¿Qué sientes?

Lys sujetó con ambas manos la pieza de ropa que había tomado en ese momento y la apretó como si quisiera exprimirla. Un grito desgarrador y al mismo tiempo aterrador salió de su garganta mientras se dejaba caer al suelo. Se golpeaba las piernas con los puños y lloraba como si hubiera perdido lo más amado en su vida. Mónica se le acercó con mucho cuidado.

--Lys, mi amor, ya tranquila, dime qué te pasa? Por favor, no llores así que se me parte el alma. Estoy aquí, ya hermosa, ya.

Mónica intentaba consolarla, pero no sabía cómo. No se le ocurrió más que abrazarla y acurrucarla en su pecho sentándose con ella en el suelo. Hablándole al oído mientras Lys continuaba con su llanto indetenible.

No supo cuánto tiempo pasó hasta que dejó de escuchar los hipidos y gemidos. Al parecer Lys se había quedado dormida. Mónica se sentía entumecida por estar tanto tiempo inmóvil. Con mucha lentitud trató de levantarse sin despertar a Lys. Cuando logró ponerse de pie, tomó a Lys por las axilas y la subió a la cama. A pesar de la su delgadez, la chica pesaba como piedra. La arropó y apagó la luz. Se fue a la sala, se sentó en el sofá y se quitó los zapatos. Descalza se fue a la cocina y sacó una lata de cerveza de la nevera. Se fue a la terraza a mirar la ciudad aun despierta a pesar de la hora. Miraba las luces, fijas en algunas partes, titilantes en otras. Recordó el día que conoció a Lys. Había tenido una discusión con una de las supervisoras del proyecto en el que trabajaba en ese momento y se había ido al parque a tomar aire y dejar pasar el enfado. Sentada en un banco, sacó un cigarrillo y mientras buscaba su encendedor un aroma celestial invadió sus fosas nasales. Era como si el cielo estuviera dejando escapar su esencia. Porque solamente los ángeles pueden oler de esa manera. Una llama se puso delante de su cara y sin darse cuenta encendió el cigarrillo mirando la mano portadora. Unas uñas pintadas de violeta, una epidermis sin imperfecciones, lisa y al parecer muy suave al tacto. Siguió mirando hacia arriba mientras, buscando con sus ojos la cara dueña de esa mano. Cuando la vio creyó por un momento que estaba alucinando. Una boca de labios llenos, pintados en un todo del mismo color que las uñas, pero con un poquito más de brillo.

Cuando vio los ojos de Lys, sintió un golpe en el pecho como si la hubiera atropellado un camión, con la diferencia que el impacto no le causó dolor, sino una sensación como si se estuviera quemando por dentro. Esos ojos transparentes. Bueno, no exactamente transparentes, como de un gris color humo, pero muy claro. Era como mirarse en un lago, con la nitidez de un espejo. Cuando abrió la boca y sonrió al presentarse, Mónica pensó que el mundo se había acabado. Solamente dijo: “Hola, Soy Lys”. Mónica no recuerda cómo pasó lo que sucedió después, el caso es que media hora más tarde estaban en su casa, besándose como locas, tocándose desesperadamente, y haciendo el amor como ella nunca imaginó que podía hacerse. Con Lys ningún día era igual a otro. Mónica reconoce que antes de conocerla, era una persona enojona y con mal carácter, siempre a la defensiva, con los hombres más. Pero después que Lys llego a su vida, todo el mundo había notado su cambio de 360 grados, para su felicidad propia y la de los que la rodeaban. Mónica había conocido muchas mujeres y tenido muchas parejas sexuales, pero podía decir sin comparar que ninguna era como Lys. No hablaba mucho de sí misma ni de su pasado. Nunca reía a carcajadas, como si mostrar alegría le doliera. El gesto de su cara al sonreír levemente, hacía parecer como si se encendiera una luz en su interior, pero eso era todo, nunca mostraba más de ahí. Sabía que vivía con su madre enferma y otra hermana. Que había estudiado la carrera de turismo en la universidad, que no tenía problemas económicos, que sabía otros idiomas y que, gracias a un amigo diplomático, tuvo la suerte de viajar bastante y conocer medio mundo. Era muy inteligente, por encima del promedio normal, pero tenía un problema serio, sufría de una depresión diagnosticada. Una especie de bipolaridad mezclada con un montón de otras cosas. No sabía todos los detalles, solo lo que Lys le había contado. Con apenas veintiún años parecía haber vivido mis vidas. Terminó la cerveza y dejo la lata en la mesita de la sala. Se fue al dormitorio a desvestirse y tomar una ducha. Lys seguía dormida, pero había lágrimas en sus mejillas, como si hubiera llorado en sueños. ¿Cuál sería la magnitud de su dolor? ¿Cómo ayudarla? ¿Cómo consolarla si no se dejaba? Salió del baño envuelta en una toalla y se quedó pasmada. Lys estaba sentada en la cama, abrazando una almohada, mirándola fijamente. Mónica se sentó a su lado y con mucho cuidado le tomó una mano sin dejar de mirar sus ojos. Sentía los labios resecos e instintivamente se pasó la lengua por ellos. El gesto sin parecer sensual causó electricidad en ambos cuerpos. Lys bajó la mirada como avergonzada y con voz apenas audible dijo:

--Perdón.

--No hay nada que perdonar.

--No soy buena para ti, Mónica. Pero no sabría qué hacer con mi vida si no estás conmigo. Por favor, no me eches de tu lado, prometo portarme bien y no disgustarte. Por favor, por favor.

Las lágrimas volvieron a aparecer en sus ojos. Mónica empezó a enjugarlas con su boca, con su lengua, a beberlas como agua de la fuente de la vida eterna. Se dio cuenta que la vida con Lys era mejor que la vida sin ella. La recostó suavemente sin dejar de besarla, lamiendo cada centímetro de su piel perfecta, dorada y suave. Sus labios atraparon los pezones que tanto conocían y de los que nunca se cansaban, lamió la curva de su vientre, se hundió en su ombligo y siguió camino al horizonte de placer, sin cansarse, con toda su alma, para siempre.


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