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Será mostrado si existe



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Escrito por Prometheus el 03/08/18

El chocolate de Lys (Final)


La música sonaba quizás un poco alta a aquella hora de la noche, pero nadie se quejaría porque los apartamentos estaban insonorizados. Lys, vestida solo con una tanga de color rojo y una copa en la mano al parecer de champaña se movía al compás de la melodía.

“Vente conmigo al mar, me desnudaré contigo, tú me enseñarás a amar, yo te daré lo que he sido. Vente conmigo al mar, la tierra nos dará abrigo, la noche nos cubrirá, hasta quedarnos dormidas. ”…

Había lágrimas en sus ojos y mejillas. A pesar de las palabras de Mónica, pudo notar un dejo de molestia en su tono. Bueno, tal vez su enfado no durara mucho si ganaba el premio, pero si lo perdía seguro que le echaría la culpa. Y no tendría derecho a protestar, ¿cómo se le ocurrió usar la violencia de buenas a primeras? Con solamente sacudir el brazo pudo haberse escapado del energúmeno ese, pero no, había que hacer alardes, no bastaba con lo que había provocado su presencia, con ese vestidito de puta barata como había dicho Waldo. Miró a un rincón de la sala y vio el vestido hecho trizas. Cuando volvió al apartamento estaba tan enfadada que, al tratar de quitárselo para darse un baño, simplemente lo desgarró con todas sus fuerzas. Sacó una botella de champan de la nevera de las dos que había comprado para celebrar con Mónica y se sirvió una copa, y luego otra. Ya iba por la tercera y estaba mirando por el balcón en dirección al hotel donde se celebraba el evento. Mónica no tardaría en llegar, ya era más de media noche.

Unos minutos después, ya más calmada, con la música en un tono más bajo, Lys escuchó la puerta abrirse y vio a Mónica entrar. Tenía un trofeo en la mano junto al bolso y en la otra lo que parecía un plato envuelto. Mónica puso todo sobre la mesa pequeña del salón y se sentó al lado de Lys que no había dicho ni una palabra y la miraba mientras se llevaba a la boca la copa de champaña. Mónica sabía lo que le pasaba, se sentía culpable por lo sucedido en la fiesta. También sabía que le costaría sacarle esos sentimientos de la cabeza.

--He ganado, mi amor. Gracias por apoyarme y permitirme compartir contigo este premio.

--Felicidades. No he hecho nada y hoy estuve a punto de echar todo tu trabajo por tierra. La verdad es que no sé cómo me soportas.

Mónica intentó evadir la cuestión. Una tormenta se estaba gestando. Una de las grandes. En eso Mónica vio el vestido destrozado en el piso y sintió que se le encogía el corazón.

--¿Por qué estás desnuda, cariño? ¿Me esperabas con alguna mala intención? – Preguntó Mónica sonriendo mientras dirigía su mano hasta el seno izquierdo de Lys, pero la mirada de ésta le congeló el gesto en el aire.

--No quiero que alabes las estupideces que cometo, ni me digas que las cosas están bien cuando yo sé muy bien que no lo están. Si no hubieras ganado ese premio, habría vuelto a romperle la cabeza a ese idiota y luego me había arrojado del primer puente que hallara en el camino.

--Cariño, te lo dije. No pasó nada, no hiciste nada malo, por el contrario, te defendiste y Waldo se lo va a pensar muy bien la próxima vez. Además, te soporto porque eres la persona más maravillosa del universo y te amo con todas mis células. Ya olvida el incidente y cumple con tu promesa. --Le dijo mirándola y tomándole una mano que Lys buscaba la manera de alejar, pero que Mónica no permitía. Sabía que en este instante debía andar con mucho tacto, Lys estaba sumamente sensible y una palabra en el contexto equivocado o en un tono más alto de lo debido podría sumarla en una depresión que le duraría días. Mónica la miró a los llorosos ojos, le apretó la mano entre las suyas y le dijo:

--Escúchame bien. Si no hubiera ganado el premio no habría sido por lo que pasó en la fiesta. No cometiste ningún error al hacer lo que hiciste, más de uno se alegró de que por fin alguien le haya dado una lección al presumido ese. Por favor, no pienses más en ello y déjame darte las buenas noticias.

Lys no dijo nada y Mónica asumió que le otorgaba el derecho a continuar.

--Ahora tendré una nueva oficina, más grande y mi cartera de clientes aumentará a un 65%. Eso significa más ingresos al mes, más días de vacaciones y más flexibilidad en mi horario o sea que podremos pasar más tiempo juntas. ¿No te parece genial?

Lys seguía mirándola sin decir una palabra, parecía estar poniendo en orden sus pensamientos, al menos eso creía Mónica.

--Me parece genial si es lo que realmente quieres.

Mónica sintió un golpe dentro del pecho.

--¿Y no es lo que quieres tú?

--Yo quiero lo que tú quieras.

--Lys, por favor.

--¿Qué?

--A veces no te entiendo. No sé cómo llegar a ti. Eres tan entregada, tan solícita, pero nunca aceptas nada de los demás. Es como si no tuviéramos lo que necesitas o como si no necesitaras nada. Como sí…

--¿Por qué no terminas de decir lo que realmente quieres decir, Mónica?

Con mucha calma, Lys deshizo el agarre de manos y se puso de pie y caminó hacia el dormitorio y una vez allí empezó a sacar su ropa del closet.

Mónica la miraba desde la puerta sin saber que hacer o decir. No entendía la razón de su enfado, pero supo que debió haberse callado tan pronto empezó a hablar.

--Lys, ¿Por qué eres tan radical con todo? ¿Qué harás? Irte porque no eres capaz de enfrentar una situación.

Todo hay que decirlo. Era muy difícil tener a Lys desnuda enfrente y poder coordinar palabras, frases e ideas. Mónica miraba los duros glúteos balancearse a cada movimiento y estaba perdiendo los nervios por más de un motivo.

--Cada uno hace las cosas como sabe, Mónica.

--¿Puedes por favor estarte quieta para que podamos hablar tranquilamente?

--¿Hablar, Mónica? ¿Estás segura qué quieres “hablar”?

--Quiero que tú hables.

--Yo no tengo nada que decir, Mónica.

--Lys, por favor sé razonable. ¿Dime, qué tienes? ¿Qué quieres? ¿Qué sientes?

Lys sujetó con ambas manos la pieza de ropa que había tomado en ese momento y la apretó como si quisiera exprimirla. Un grito desgarrador y al mismo tiempo aterrador salió de su garganta mientras se dejaba caer al suelo. Se golpeaba las piernas con los puños y lloraba como si hubiera perdido lo más amado en su vida. Mónica se le acercó con mucho cuidado.

--Lys, mi amor, ya tranquila, dime qué te pasa? Por favor, no llores así que se me parte el alma. Estoy aquí, ya hermosa, ya.

Mónica intentaba consolarla, pero no sabía cómo. No se le ocurrió más que abrazarla y acurrucarla en su pecho sentándose con ella en el suelo. Hablándole al oído mientras Lys continuaba con su llanto indetenible.

No supo cuánto tiempo pasó hasta que dejó de escuchar los hipidos y gemidos. Al parecer Lys se había quedado dormida. Mónica se sentía entumecida por estar tanto tiempo inmóvil. Con mucha lentitud trató de levantarse sin despertar a Lys. Cuando logró ponerse de pie, tomó a Lys por las axilas y la subió a la cama. A pesar de la su delgadez, la chica pesaba como piedra. La arropó y apagó la luz. Se fue a la sala, se sentó en el sofá y se quitó los zapatos. Descalza se fue a la cocina y sacó una lata de cerveza de la nevera. Se fue a la terraza a mirar la ciudad aun despierta a pesar de la hora. Miraba las luces, fijas en algunas partes, titilantes en otras. Recordó el día que conoció a Lys. Había tenido una discusión con una de las supervisoras del proyecto en el que trabajaba en ese momento y se había ido al parque a tomar aire y dejar pasar el enfado. Sentada en un banco, sacó un cigarrillo y mientras buscaba su encendedor un aroma celestial invadió sus fosas nasales. Era como si el cielo estuviera dejando escapar su esencia. Porque solamente los ángeles pueden oler de esa manera. Una llama se puso delante de su cara y sin darse cuenta encendió el cigarrillo mirando la mano portadora. Unas uñas pintadas de violeta, una epidermis sin imperfecciones, lisa y al parecer muy suave al tacto. Siguió mirando hacia arriba mientras, buscando con sus ojos la cara dueña de esa mano. Cuando la vio creyó por un momento que estaba alucinando. Una boca de labios llenos, pintados en un todo del mismo color que las uñas, pero con un poquito más de brillo.

Cuando vio los ojos de Lys, sintió un golpe en el pecho como si la hubiera atropellado un camión, con la diferencia que el impacto no le causó dolor, sino una sensación como si se estuviera quemando por dentro. Esos ojos transparentes. Bueno, no exactamente transparentes, como de un gris color humo, pero muy claro. Era como mirarse en un lago, con la nitidez de un espejo. Cuando abrió la boca y sonrió al presentarse, Mónica pensó que el mundo se había acabado. Solamente dijo: “Hola, Soy Lys”. Mónica no recuerda cómo pasó lo que sucedió después, el caso es que media hora más tarde estaban en su casa, besándose como locas, tocándose desesperadamente, y haciendo el amor como ella nunca imaginó que podía hacerse. Con Lys ningún día era igual a otro. Mónica reconoce que antes de conocerla, era una persona enojona y con mal carácter, siempre a la defensiva, con los hombres más. Pero después que Lys llego a su vida, todo el mundo había notado su cambio de 360 grados, para su felicidad propia y la de los que la rodeaban. Mónica había conocido muchas mujeres y tenido muchas parejas sexuales, pero podía decir sin comparar que ninguna era como Lys. No hablaba mucho de sí misma ni de su pasado. Nunca reía a carcajadas, como si mostrar alegría le doliera. El gesto de su cara al sonreír levemente, hacía parecer como si se encendiera una luz en su interior, pero eso era todo, nunca mostraba más de ahí. Sabía que vivía con su madre enferma y otra hermana. Que había estudiado la carrera de turismo en la universidad, que no tenía problemas económicos, que sabía otros idiomas y que, gracias a un amigo diplomático, tuvo la suerte de viajar bastante y conocer medio mundo. Era muy inteligente, por encima del promedio normal, pero tenía un problema serio, sufría de una depresión diagnosticada. Una especie de bipolaridad mezclada con un montón de otras cosas. No sabía todos los detalles, solo lo que Lys le había contado. Con apenas veintiún años parecía haber vivido mis vidas. Terminó la cerveza y dejo la lata en la mesita de la sala. Se fue al dormitorio a desvestirse y tomar una ducha. Lys seguía dormida, pero había lágrimas en sus mejillas, como si hubiera llorado en sueños. ¿Cuál sería la magnitud de su dolor? ¿Cómo ayudarla? ¿Cómo consolarla si no se dejaba? Salió del baño envuelta en una toalla y se quedó pasmada. Lys estaba sentada en la cama, abrazando una almohada, mirándola fijamente. Mónica se sentó a su lado y con mucho cuidado le tomó una mano sin dejar de mirar sus ojos. Sentía los labios resecos e instintivamente se pasó la lengua por ellos. El gesto sin parecer sensual causó electricidad en ambos cuerpos. Lys bajó la mirada como avergonzada y con voz apenas audible dijo:

--Perdón.

--No hay nada que perdonar.

--No soy buena para ti, Mónica. Pero no sabría qué hacer con mi vida si no estás conmigo. Por favor, no me eches de tu lado, prometo portarme bien y no disgustarte. Por favor, por favor.

Las lágrimas volvieron a aparecer en sus ojos. Mónica empezó a enjugarlas con su boca, con su lengua, a beberlas como agua de la fuente de la vida eterna. Se dio cuenta que la vida con Lys era mejor que la vida sin ella. La recostó suavemente sin dejar de besarla, lamiendo cada centímetro de su piel perfecta, dorada y suave. Sus labios atraparon los pezones que tanto conocían y de los que nunca se cansaban, lamió la curva de su vientre, se hundió en su ombligo y siguió camino al horizonte de placer, sin cansarse, con toda su alma, para siempre.


Libro de Visitas

Freddys Moretta ©

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Escrito por Prometheus el 20/12/18

Lys Incoherente


Buenos días, doctor. Tengo que contarle que hoy he cometido un pecado. Me he mirado en el espejo y he visto mi boca teñida del color del cielo cuando está nublado, y mis ojos se han mirado a sí mismos en silencio. Porque quiero que usted sepa que si me siento de espaldas al horizonte niego la existencia de todo lo que existe. La noche, las paredes manchadas de pintura fluorescente, los perros que se confunden y maúllan, los grillos que se les ha olvidado llorar en la oscuridad y las luciérnagas que apenas recuerdan que llevan una luz a rastras.

Ayer fui a visitarlo a él, doctor. Desperté y me senté frente a su tumba con las piernas cruzadas mientras dibujaba corazones y otras cosas sin valor en un viejo cuaderno de amarillentas hojas con delgadísimas líneas verdiazules. Por supuesto que también escuchaba Hotel California, pero no sabía realmente de dónde venía la melodía.

Abrí el libro en la página trece y leí: Lys capítulo 7, versículos del catorce al dieciséis: y las horas se convirtieron en ráfagas oscuras de pasión desmedida, en ilimitados excesos de caricias imposibles, en amenazadoras sombras impalpables, que en su transparencia contaron todo lo que nunca se necesitó conocer.

De todas formas, no permití que me besara para que sus labios no cauterizaran los míos, porque soy mujer de palabra y ya los había ofrecido a alguien más en ese mismo lugar a esa misma hora. Lo invité a la fiesta de las pieles, a la de los cuerpos que se liberan bajo la lluvia, sin importar que fuese lunes, que fuese mayo, que la luna sangrara, que la noche pecara, que fuésemos abeja y flor y polinizáramos juntos.

Y cuando el día cantó victoria, le permití cazar en mis praderas, hasta que su piel se secó por perseguirme y la mía se inundó de ilusiones por dejarme atrapar…

-Doctor, doctor, estoy contenta, mi padre me ha llamado, que viene de rodear la tierra y de andar por ella y quiere que vaya a buscarlo al aeropuerto. ¡Ay doctor! no sé qué ponerme, hace tanto tiempo que no lo veo que creo que si estoy vestida no me reconocerá. ¿Qué le parece esta falda? Es azul y está en ayunas porque le falta el zipper. O este pantalón que me hace el culo más grande, no, no me gusta porque tiene luto y eso da mala suerte, mejor este vestido de flores sin pétalos y olor a pescado, usted sabe doctor, por si acaso…

Seguramente me traerá una maleta llena de regalos, perfumes franceses hechos en Miami, muñecas decapitadas con lunares en sus gordas y deformadas piernas, cadáveres de insectos en frascos de cristal, figuras humanas hechas con alambre dorado, abanicos de colores de cartón, una caja de música que no suena, con una hermosa bailarina de blanco vestido que no se mueve, un rompecabezas con fotos de artistas, y ropa interior de papel. Doctor, ¿Y si me encuentra flaca? ¿Y si no le gustan mis ojos que los años han llenado de círculos? ¿Y mis manos, doctor? cuando era niña él solía decir que mis manos eran más suaves que las de mamá, que acariciaban mejor, que apretaban mejor, y que… ¿Y si no le gustan ahora que tienen líneas en las palmas y divisiones en los dedos?

No sé doctor, bueno, está bien, como usted diga, no especularé ni sacaré conclusiones y esperaré el resultado de la autopsia en mi cuerpo vivo. Me estoy volviendo loca doctor, pensando en que los grillos no puedan saltar porque tienen las patas metidas en el lodo o que mi padre viaje desnudo y la gente lo mire mal y le arroje monedas, porque déjeme decirle que la gente es mala, no tiene piedad ni mentas de chocolate, ni amontonan basuras en sus puertas ni de dejan llevar como reses al matadero.

Tengo miedo doctor, claro, para usted es fácil decirlo, no tienes los pezones ciegos como yo cuando me levanto, solo le interesan su bolígrafo, su termómetro y su linterna, mientras que a mí se me pierde la mirada, si es que se le puede llamar mirada a esa ráfaga de viento teñida de verde aceituna que brota de mis ojos abiertos. Aún sigo asustada, si mi padre nota la mancha de pintura escondida en mi codo derecho, no querrá cargarme en sus hombros y llevarme a ver los unicornios que nacieron anoche y a las vacas sagradas con sus vientres abiertos por la cesárea. Bueno doctor ya estoy lista, vámonos antes de que el aeropuerto cambie de lugar. ¿Cómo dice? ¿Qué el vuelo se ha retrasado? ¿Que mi padre no vendrá? Pero entonces, ¿Quién va a contar ovejas por mí cuando no quiera dormirme? Es injusto doctor, tantos cuentos escritos para que nadie los lea, tantos, tantos, tantos, tantos… ahora voy a simular arrancar hojas de libros imaginarios, sentarme en la cama y esconder la cara entre mis manos. Mi tristeza será tan genuina y mis lágrimas tan abundantes, que tendrá que salir casi corriendo de mi cuarto, antes de que usted se ponga a llorar también.

Hoy no es un día de semana, hoy solo es un recuerdo húmedo que clama un verso.

He escrito un manual para masturbar maniquíes con la mirada, porque solo yo se mirarme el alma cuando abro las piernas.

No te quiero amigo, te quiero amante de mi sombra, se mi padre y nuevamente comete incesto con mi imagen que se muere de ganas al otro lado del espejo.

Vuelve y desflórame, como aquella noche en que la lluvia lloro en tu espalda, mientras yo debajo de ti, me moría de impaciencia y me fumaba tu aliento.

Me alimento de dos gemidos con sal en las mañanas y media taza de deseo bien caliente, con eso tengo suficiente para imaginarte desnudo bailando dentro de mí.

Ven que mis pechos te reclaman y mi sexo se explora a sí mismo, gastándome los dedos con tu ausencia, pero coño, ¿es que no me escuchas?

Dios mío, que silencio tan atroz, que dientes tan afilados tienes, que lengua tan tibia, que labios tan suaves.

Pero dime, ser llegado de cualquier parte, ¿es esa la erección con la que me amenazabas por teléfono? Ah, entiendo. Sí, yo también siento frío, mis pezones lo saben.

La noche se muestra tal como es, mientras yo uso mi boca para afilar tu espada y mi fuego para quemarte las ansias. Así, así, sin pausas, sin remordimientos, sin almohadas, con arañazos y jalones de pelo, con gritos que salen del fondo de las entrañas, con caricias de papel de lija y la miel que se derrama erótica en mi garganta.

Hoy no es un día de semana, hoy es solo un lapso que se viene en mis pupilas, en silencio y sin permiso…


Libro de Visitas

Freddys Moretta ©

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Escrito por Salim el 11/01/19

El paciente de la 666


No hacía mucho que había sido trasladado al sanatorio mental de la pequeña ciudad gallega de Artabria, cuando sucedieron los hechos que motivan esta crónica. Fui trasladado allí a causa de la desaparición en extrañas circunstancias del anterior enfermero encargado, un tal Manuel García, la noche de difuntos.

La noche del 31 de Octubre, al salir del trabajo, algunos vecinos lo habían visto ir a su casa y salir poco después, vestido completamente de negro, cargando un par de enormes volúmenes antiguos. Montó en su coche y nunca más se le volvió a ver. El coche apareció un par de días más tarde, aparcado correctamente en el parking junto al pinar del extremo norte de la playa de Vilar, en tiempos una de las playas más concurridas de Artabria, a unos diez kilómetros al Oeste de la ciudad y hoy solo un arenal devastado por la furia desatada del Atlántico Norte. No había rastro de violencia ni dentro del coche ni en los alrededores, por lo que el inspector que llevaba el caso, Domingo Sánchez, cerró el caso como un suicidio. En los periódicos se contó que el enfermero, de 34 años de edad, se había suicidado adentrándose en el mar, y éste se lo había tragado. Todo el mundo aceptó esta versión oficial y oficiosa en principio, pero lo cierto era que, en ausencia de cadáver, sólo podía hablarse de una desaparición, y pronto comenzaron a surgir diversas hipótesis en los mentideros de la pequeña ciudad de sesenta mil habitantes. ¿Secuestro? Quizá, pero resultaba extraño que no hubiera aparecido nadie exigiendo un rescate, por lo que esta hipótesis pasó a un segundo plano. Además, Manuel García no era un hombre demasiado adinerado ni hacía ostentación de riqueza. No se le conocían enemigos declarados ni andaba metido en negocios delictivos. Vivía sólo en su pequeña casa de planta baja en el barrio de A Braña, un pequeño barrio cuyas calles formaban una “Y” a las afueras de Artabria, en la falda de un monte sobre el que alzaba una pequeña aldea de agricultores llamada Coruto.

Se hablaba también de que pudo haber sido drogado y secuestrado por traficantes de órganos. Había muchos rumores últimamente sobre casos de este estilo. Jóvenes que iban de viaje a países como Tailandia, Bangladesh, Brasil, El Salvador, etc. Salían de copas, conocían a guapas chicas que los invitaban a tomar algo a sus casas, donde los drogaban y después alguien les quitaba los riñones, el bazo u otros órganos internos. Se despertaban al día siguiente, o varios días después, desorientados y aturdidos, con la cabeza abotargada por las drogas, doloridos, metidos en una bañera llena de hielo dentro de una sucia chabola en medio de la jungla. La hipótesis de la venta de órganos fue tomando forma entre las placeras del Mercado Municipal, y se oía en los cuchicheos de las beatas que salían de misa en la iglesia cercana al convento de las clarisas. Aunque esta hipótesis se fundamentaba más bien en rumorología y diversas leyendas urbanas inconexas. Nadie conocía personalmente a alguien que hubiera sufrido este tipo de prácticas. Siempre le sucedían a un amigo de un primo de un amigo del que contaba el suceso. Por tanto, los investigadores policiales le dieron poca importancia a dichos rumores y descartaron esa línea de investigación.

Los vecinos del desaparecido creían, por su parte, que el hombre andaba metido en algún tipo de culto extraño o demoníaco. Uno de ellos, llamado José Bello, declaró ante la policía que varias noches a la semana, desde hacía algunos meses, escuchaba cánticos en una extraña lengua, procedentes del interior de la casa del desaparecido, mientras paseaba a su perro por el barrio. Cuando pasaba ante la puerta, podía vislumbrar por el hueco inferior un extraño resplandor verde-azulado y un sonido como de timbales sonando en extraños compases que, según él, le producían una sensación de angustia terrible. Este hombre declaró que el desaparecido enfermero García se dedicaba a practicar la magia negra y el ocultismo, y que nunca se relacionaba con nadie del barrio. La policía no lo tomó demasiado en serio, y se archivó su declaración. Más tarde, diversos sucesos harían que el inspector José Antonio Montero reabriese el caso, al considerar que tenía relación con otro caso que había caído en sus manos unos meses antes, sobre un robo de cadáveres en el cementerio de Coruto, la pequeña aldea que se asentaba en la cima del monte en cuya ladera estaba el barrio donde vivía García. Este caso implicaba a un tal doctor Pedro Souto de Castro, profesor titular de Arqueología en la Universidad de Santiago de Compostela. El doctor Souto era, al parecer, el dueño de la tumba que había sido profanada; en ella se encontraban enterrados sus padres desde hacía diez años. El doctor había colaborado con el inspector Montero intentando descubrir los entresijos del caso del robo de los cadáveres de sus padres, pero a principios de este año, 2017, se volvió repentinamente loco. Se le encerró en el Sanatorio Mental de Artabria, donde diversos psiquiatras y enfermeros intentaron llegar al origen de su inestabilidad mental, sin éxito. Nadie podía explicarse la repentina locura de tal prestigioso y cuerdo académico. Sus estudios sobre cultos antiguos de Europa y las cuencas fluviales de Oriente Medio eran harto conocidos entre los especialistas en Arqueología de todo el mundo. Estudios como “El culto a Baal en la Tiro clásica”, o “Dioses y demonios de la antigua Akkad” le habían valido diversos premios de conocido prestigio, como la Medalla Hammurabi del Ilustre Colegio de Arqueología de Bagdad. Al poco de entrar en el sanatorio, tuvo que ser apartado de los pacientes menos peligrosos, debido a diversos incidentes provocados en el comedor común, donde atacó a varios enfermos y a uno casi lo mata clavándole un tenedor en un ojo. Fue recluido en la celda de aislamiento número 666, una celda con paredes acolchadas; una cama, una mesa y una silla ejercían como único mobiliario.

Cuando lo conocí por primera vez, la noche del 9 de Noviembre, llevaba 10 meses allí encerrado viendo solamente al enfermero que le llevaba la comida y la medicación, que venía siempre acompañado por dos celadores con porras que solían esperar fuera. El doctor Souto tenía el pelo negro, enmarañado, y una poblada barba muy descuidada. Podía adivinarse su profunda locura en su aspecto y los desorbitados ojos inyectados en sangre. Las paredes se hallaban cubiertas de multitud de dibujos y manuscritos en un alfabeto que no alcancé a descifrar. Todo estaba hecho con carboncillo, pues no le dejaban tener lápices ni afilador. Eran dibujos horrendos, no por su mala ejecución, pues ésta era buena, si no por la realidad que intentaban transmitir. Extrañas criaturas tentaculares, representaciones oníricas de las más profundas pesadillas que debían asolar la pobre alma de este desgraciado, edificios sombríos y mapas toscamente dibujados, salpicados aquí y allá por hojas manuscritas en esa extraña lengua, y en una de las paredes una enorme inscripción, hecha directamente en la pared, sobre un ojo dibujado dentro de una estrella de cinco puntas.

Cuando entré, Souto estaba sentado a la mesa, dibujando. Me miró con sus ojos enloquecidos durante una fracción de segundo, y volvió a caer en una especie de trance hipnótico, como si una entidad ajena lo dominase y lo obligase a dibujar sin parar, una y otra vez, aquellos siniestros motivos. El insomnio había hecho mella en su cuerpo, y parecía más una criatura indefinida, retorcida y huesuda, que un ser humano. Me pareció inverosímil que aquel ser prácticamente irracional pudiese haber sido un académico de renombre tan solo unos meses atrás. Cuando me acerqué a presentarme, repentinamente, Souto dejó de dibujar y me miró. Dijo mi nombre, sonrió, y volvió a sumirse en su trance, dibujando y repitiendo una y otra vez un mantra en una lengua que sonaba gutural, antigua, corrupta:

“Ph nglui mglw nafh cthulhu r lyeh wgah nagl fhtan”

La transcripción no es exacta, pero es lo más aproximado que pude obtener grabando una pequeña nota de voz con mi smartphone. No pude obtener nada más del doctor Souto en esa ocasión. Que pronunciara mi nombre antes de haberme presentado me produjo una gran sorpresa, así que dejé la bandeja de comida sobre la cama y me marché perturbado por lo que acababa de pasar, no sin antes sacar una fotografía a la inscripción de la pared, en aquel extraño alfabeto, que después transcribí a mi cuaderno de notas y procedo a reproducir aquí:

Phnglui mglwnafh Cthulhu Rlyeh Wgah nagl fhtan

Estuve dándole vueltas toda la noche a la extraña inscripción y a la grabación que obtuve de Souto, pero no pude sacar nada en claro de aquel absurdo galimatías. Con referencia a su conocimiento de mi nombre, pude averiguar que nadie se lo había comunicado y que era algo que Souto ya había hecho con otros médicos y enfermeros, entre ellos Manuel García. Este hecho me perturbó todavía más. ¿Por qué era capaz este hombre, totalmente fuera de si, de conocer ciertos nombres antes de haberlos escuchado?

Al llegar a mi casa por la mañana, me preparé una cafetera y algo de comer y me dispuse a intentar descifrar todo aquello. Escuché una y otra vez la tétrica grabación, y devoré cada símbolo representado en la fotografía. Transcribí sus palabras en un papel, y debajo reproduje la extraña inscripción de la pared. A simple vista no me decían nada ni parecían tener relación, pero un par de cafés mas tarde me di cuenta de que el número de caracteres de cada palabra de la frase de Souto coincidía exactamente con el número de caracteres de las palabras de la inscripción, y deduje que se trataba de la misma frase. Pero, ¿Qué significado tenía?

Me resultó llamativa la particular entonación con que Souto repetía dos de las palabras de su mantra, “cthulhu” y “rlyeh”, por lo que su importancia debía ser vital dentro de la frase. Supuse que se trataba de dos nombres pero, ¿De qué? Encendí mi ordenador y abrí el buscador de internet. Introduje ambas palabras y nada, no obtuve ningún resultado. Probé a buscarlas por separado y, esta vez, encontré una pequeña referencia tras una exhaustiva búsqueda por más de treinta páginas de resultados, donde se mencionaba la palabra “rlyeh”. Era el fragmento de un texto, sacado de un libro cuyo título no había escuchado jamás: el Necronomicon, de Abdul Al-Hazred; en él se hablaba de una ciudad sumergida, llamada “rlyeh” y de un arcano mal enjaulado allí. Era apenas una línea, pero produjo en mi tal sensación de inquietud que no podría llegar a describirla. Necesitaba saber más, pero a la vez temía lo que podría llegar a descubrir. ¿Sería cierto? ¿Existiría esa ciudad? ¿Qué era lo que allí se encerraba?

Innumerables preguntas sin inmediata respuesta se agolpaban en mi cabeza, produciéndome una jaqueca horrible, por lo que decidí acostarme y descansar. Acostarme es algo que hice, pero no puedo decir que descansara ni un ápice. Así como cerré los ojos y empecé a quedarme dormido, una oscura pesadilla se fue adueñando de los rincones más profundos de mi psique. En ella, corría y corría por un cenagal entre una espesa niebla de color parduzco. Algo me perseguía, pero no alcanzaba a verlo. Solo podía escuchar el chapoteo que producía al cruzar la ciénaga tras de mi, a muy corta distancia, y un aterrador gorgoteo, producido probablemente por sus fauces. Aunque ni siquiera sabía si tenía fauces, lo que generaba una gran angustia dentro de mí. ¿Qué era aquello? ¿Por qué me perseguía? Corrí y corrí, hasta que no pude más, pero el indefinido ser que venía tras de mi no cejaba en su empeño. Pude percibir que no corría, más bien me perseguía caminando, como si fuese un juego de niños. Esto me aterró, y seguí corriendo. Las piernas casi no me sostenían, y el pecho me ardía a causa de la fatiga y la falta de aliento. Pero seguí corriendo, sin mirar atrás. En ocasiones casi podía sentir su presencia a escasos palmos de mi cuello, intentando alcanzarme, y entonces corría con todavía mayor intensidad. Al poco, un enorme acantilado se presentó ante mi, cortándome el paso. Angustiado, me giré y pude ver una extraña silueta, rodeada de tentáculos, y que se movía impulsándose sobre ellos. No llegué a distinguir los detalles de tan pavorosa criatura, tan solo su silueta entre la espesa niebla, y el más intenso terror se adueñó de mi. La criatura se paró a escasos metros de donde yo me encontraba, como si me observase. Tenía la altura de tres hombres, y a la distancia que estaba pude llegar a distinguir el rojo fulgor de sus ojos entre la niebla, pero nada más. Me miraba como un humano mira a un gusano, con esa mezcla de asco e indiferencia de quién sabe que se halla ante un ser insignificante al que podría aplastar con uno solo de sus tentáculos. Un súbito escalofrío me recorrió el cuerpo, y me sentí desfallecer, cuando en mi cabeza resonó una voz profunda como si procediera de lo más hondo del abismo oceánico: “Eres mío…”. Era un susurro silbante, como de serpiente, pero mucho más aterrador, que se clavó en mi cerebro como un hierro candente que me provocó un enorme dolor. Empecé a temblar, mientras la voz seguía martilleando dentro de mi cabeza: “Eres mío, no tienes escapatoria…”, y entonces me giré y miré hacia el fondo del desfiladero. Era tan profundo que no alcanzaba a ver el fondo entre la niebla, pero el oleaje emitía un estruendoso rugido abajo, en la rompiente, mientras el viento azotaba mi cara y traía hasta mis oídos murmullos de un repetitivo mantra: “Phnglui mglwnafh cthulhu rlyeh wgah nagl fhtan…”. La cabeza me dio vueltas y sentí una profunda nausea cuando el hedor de la criatura llegó hasta mí. Me volví a girar hacia donde estaba, mirándome de la misma forma que antes, y pude ver como alargaba sus tentáculos lentamente hacia mí, sin moverse ni un ápice de donde se encontraba parado, y emitiendo ese gorgoteo que me produjo escalofríos. Su voz seguía en mi cabeza: “Eres mío, ven a mí…”.

No pude soportarlo más, y me arrojé al vació. Mientras caía, una carcajada maldita me perforó las sienes: “Jajajaja, no puedes huir, ni la muerte te salvará, eres mío…”. Mientras caía, seguía escuchando esas palabras, y creí volverme loco. ¿Cómo pude haber llegado al extremo de arrojarme al vacío y quitarme la vida por puro terror? Era impropio de mí. Nada nunca me había aterrado de tal manera, y lo más aterrador de todo era no saber qué o quién era aquello que me perseguía y devoraba mi cabeza con su tenebrosa voz. Caí y caí, pero el acantilado parecía no tener fin. Mi cabeza, a punto de estallar, dio vueltas vertiginosamente, y el mareo me hizo vomitar, pero la fuerza de la inercia impidió que el ardiente vómito saliera de mi boca, y empezó a quemarme la garganta mientras cada vez se me hacía más difícil respirar…

Desperté, jadeante y empapado en sudor, todavía aturdido por las imágenes que se agolpaban en mi cabeza, como si de fotogramas de un filme se tratasen. La garganta me dolía, y me llevé la mano a ella. Estaba ardiendo. Me levanté a beber un vaso de agua, y miré el reloj de pared que tenía en la cocina. Todavía me quedaban un par de horas para entrar a trabajar, por lo que decidí ir andando, y así despejar y aclarar un poco mi mente. Me hice un bocadillo, me puse mis botas y mi abrigo, y salí a la calle. El sanatorio quedaba a una hora de camino desde mi casa, así que hice mi camino sin apuro, dándole vueltas a los escasos resultados de mi pequeña investigación y a la pesadilla que me había impedido hallar descanso. Culpé de ello a la obsesión que abrigaba con respecto a la plegaria que Souto, en trance, no dejaba de repetir en el momento en que lo conocí. Me había pasado todo el día escuchándola una y otra vez, intentando desentrañar su oscuro secreto, sin éxito. ¿Podría tratarse sólo del delirio de una mente enferma? Cabía esa posibilidad. En mis años trabajando con enfermos mentales de todo tipo me había encontrado con casos así, por lo que no descarté esa explicación. Locos que hablaban supuestas lenguas antiguas y dibujaban extrañas y macabras escenas. Pero no, había algo diferente en este caso. Nunca antes me había encontrado con un extraño alfabeto como el que pude ver en las paredes de la celda 666, ni había encontrado información sobre nada de lo que los enfermos decían en esos extraños “lenguajes”. El hecho de haber encontrado en internet una referencia (minúscula, eso si, pero suficiente para seguir espoleando mi curiosidad) a “Rlyeh”, una de las extrañas palabras repetidas por Souto, me decía que este caso era diferente. Quizás el comportamiento de Souto fuera insano, pero escondía algo tenebroso oculto en su interior. Souto no era un loco corriente, o al menos eso indicaban los pocos datos que manejaba en mi mano.

Decidido a desentrañar los misterios de este caso, quise darme un pequeño descanso mental. Todavía me quedaba una hora para empezar mi turno en el sanatorio, así que decidí parar a tomar un café en un bar que se hallaba no muy lejos de allí, frente al cementerio municipal. Mientras el camarero, un tipo bastante hosco y reservado, me preparaba un café sólo, cogí uno de los periódicos que había en un revistero sobre la barra. Me senté en una mesa al fondo del bar, y me puse a hojear el noticiero. Cuando empezaba a saborear el aromático y humeante café que me había servido aquel hombre, una noticia en la sección internacional me hizo atragantarme y a punto estuve de escupir el café que tenía en la boca, para acabar tosiendo una vez pude tragar.

Se trataba de una pequeña nota, acompañada de una fotografía, sobre unos asesinatos cometidos en una casa de un pequeño pueblo de Nueva Inglaterra, Estados Unidos, de nombre Innsmouth. Esto no pasaría de ser una noticia más entre la gran cantidad de crímenes que a diario se cometían a lo largo y ancho del mundo, de no ser por la imagen que la acompañaba. Se trataba de una fotografía del lugar de los hechos, el sótano de aquella casa, donde se podía ver en el suelo el perfil de las víctimas trazado por los investigadores policiales. Hasta ahí, todo normal. Pero en la pared adyacente se hallaba el motivo que me hizo ahogarme con mi café. En aquella pared, trazada con sangre, se podía ver la misma frase y símbolo que Souto había escrito con carboncillo en la acolchada pared de su celda. Arranqué la hoja del diario, ante las protestas del camarero y las miradas reprobatorias de los parroquianos del bar, y salí de allí dejando sobre la barra una moneda que duplicaba el precio del café que me había tomado, en pago por las molestias de haber destrozado el periódico. Me dirigí al sanatorio, abrumado por el descubrimiento que acababa de hacer. ¿Cómo era posible que un loco de una pequeña ciudad de Europa reprodujese la misma inscripción aparecida en el escenario de un horrendo crimen al otro lado del océano sin siquiera tener conocimiento de él? ¿Cuál era la relación? ¿Tendría, acaso, algo que ver con el caso del robo de cadáveres en el cementerio de Coruto?

Sumido en estos pensamientos entré por la puerta principal del sanatorio, haciendo caso omiso al saludo que me dedicó el conserje, que estaba sentado en su garita leyendo el mismo diario del que yo había arrancado la noticia en el bar minutos antes. Me dirigí a los vestuarios donde los trabajadores del sanatorio nos cambiamos de ropa, y me puse el uniforme de trabajo. No había terminado cuando por la puerta entró Pedro Díaz, el enfermero jefe del turno de tarde, al que yo debía relevar. Me saludó y le pregunté si había pasado algo reseñable. Me miró, pálido, y me respondió que a eso de las 6 de la tarde, Souto había comenzado a gritar y convulsionar arrojándose al suelo, espumeando por la boca. Hicieron falta cuatro hombres para lograr reducirlo y atarlo a la cama, donde le habían administrado un sedante y conseguido estabilizarlo. Era la primera vez que le sucedía algo parecido desde que fue ingresado allí, y los doctores se habían pasado lo que quedaba de tarde haciéndole pruebas y análisis, pero sin ningún resultado aparente. Al final, decidieron quitarle las correas y dejarlo descansar, aunque prefirieron dejar a un celador en la puerta vigilando desde fuera, por si sucedía algo. Y sucedió, a las 9 de la noche se había levantado de la cama de repente, y había empezado a dibujar una extraña figura en la pared, para volver a caer en un extraño sueño una vez hubo terminado el dibujo. Díaz me contó que no había vuelto a despertarse desde aquel momento, y que se hallaba durmiendo. Le dije que no se preocupase y que se fuera a casa a descansar, ya que parecía bastante afectado por lo que había pasado, y me dirigí a la cocina, con la intención de servirle la cena a Souto y averiguar si había experimentado algún cambio más.

Cuando abrí la puerta de la celda 666, lo que vi me horrorizó. Souto se hallaba sentado en la cama, con las piernas cruzadas, y reía nerviosamente mientras miraba hacia la pared que tenía enfrente. En ella se hallaba el dibujo que había hecho poco antes. Cuando lo vi, se me heló la sangre y dejé caer la bandeja de comida al suelo. Se trataba de la misma silueta que me había perseguido en mi pesadilla, un ser de forma humanoide, rodeado de tentáculos y con unos ojos de un rojo intenso. Volví a mirar a Souto, y descubrí, viendo las vendas de sus manos, que los había pintado con su propia sangre. Souto me miró, y dejó de reir, para caer de nuevo en un sueño que parecía inducido. Llamé a un celador para que recogiera la comida del suelo y fuera a la cocina a buscar otra bandeja, mientras yo observaba con más detenimiento aquel dibujo demoníaco. Cuando el celador volvió le dije que dejara la cena sobre la mesa y que esperase fuera, cerrando la puerta. Seguí observando el dibujo, no sé por cuanto tiempo, pero cuando me volví, Souto se hallaba sentado en la mesa, comiendo, con la mirada fija en mi mientras sonreía.

No puede usted escapar, señor Santos – me dijo, con una voz monocorde y carente de expresividad –. Ellos lo saben, y tarde o temprano vendrán a por usted también.

¿Quienes son “ellos”? -dije, señalando la figura dibujada en la pared.

Por respuesta solo recibí una sonora carcajada. Souto barrió con el brazo la bandeja de comida, que cayó al suelo, y se puso a dibujar de nuevo como si estuviera en trance, repitiendo sin cesar el oscuro mantra que desde la noche anterior taladraba mis neuronas. Un escalofrío de terror recorrió mi columna vertebral, y salí de allí tan pronto como pude, después de haber fotografiado el dibujo de la pared. No volví a entrar en el resto de la jornada, y nada destacable volvió a ocurrir hasta el fin de mi turno. Souto siguió dibujando y recitando su plegaria durante toda la noche y, al amanecer, se volvió a sentar en la cama con la mirada perdida en el infinito.

Terminé el turno, y me dirigía hacia mi casa, cuando al pasar por delante de una vieja mansión abandonada cercana a mi casa en el barrio de Canceiro (que algunos llaman también O Cruceiro y A Insua), obra del ilustre arquitecto ártabro Adolfo Chúa, vislumbré un gato de color negro con los ojos de un rojo brillante, que me miraba fijamente sentado sobre un muro. Miré hacia el frente y seguí mi camino, sumido en mis pensamientos, cuando al pasar ante el misterioso gato, sentí dentro de mi cabeza una voz que repetía: “Phnglui mglwnafh cthulhu rlyeh wgah nagl fhtan”. Me detuve de pronto, helado, mientras notaba la mirada del gato clavada en mi espalda, y me giré hacia él. Sus enormes ojos rojos centelleaban como dos antorchas. El gato me miró, e interpreté que me hacía una seña con la cabeza para que lo siguiera. Bajó del muro y se introdujo en la finca por una rendija abierta en el muro, que permitía el paso de un hombre agachado. Miré a ambos lados de la calle, y al no ver ni un alma, decidí colarme tras el gato por la abertura. Fui a dar a un bosquecillo lleno de maleza, con un pequeño camino que llevaba hacia la mansión. El gato me observaba, parado en medio del camino, y al verme parado frente a él, siguió su camino hacia la casa, entrando por una ventana que, casualmente, no tenía cerrojo. Seguí sus pasos, y accedí al interior de un salón lleno de telarañas y sin ningún mueble. El crujido de mis zapatos sobre el suelo de madera resonaba por toda la casa, devolviéndome tétricos ecos que me daban la impresión de no ser el único que caminaba por allí. Perdí de vista al gato, así que me puse a explorar para localizarlo. Saqué mi encendedor de plata, regalo de mis padres en mi último aniversario, y lo encendí. Salí de aquel cuarto y me encontré con un largo y oscuro pasillo. Al fondo, unos ojos llameantes me observaban, y un repentino maullido me hizo dar un salto. Era aquel extraño gato, que parecía llamarme. Caminé hacia él, y pude ver como bajaba por unas angostas escaleras hacia lo que parecía un sótano. Cuando llegué a las escaleras, el gato no se encontraba allí, y en su lugar había una puerta de madera, con un agujero en su parte inferior, por el que el gato debía haberse colado. La puerta estaba trancada con varias tablas clavadas al marco, como si alguien quisiera impedir el acceso a aquel lugar de la casa, o impedir que alguien (o algo) saliese de allí. Busqué por las habitaciones cercanas algo que me pudiera servir para arrancar las tablas; en aquel momento mi curiosidad era mayor que mi espíritu de conservación y supervivencia, por lo que estaba decidido a desentrañar aquel misterio. ¿Me estaría volviendo loco yo también? Allí me encontraba, persiguiendo a un gato que parecía guiarme por una tenebrosa y misteriosa senda. ¿Por qué? Estas preguntas sólo me las puedo hacer desde la perspectiva que me da el tiempo y la reflexión, pero en aquel momento no pensé en nada de esto. En uno de los cuartos adyacentes encontré una barra de hierro oxidada, que decidí usar para arrancar las tablas que me cortaban el acceso al sótano. No me resultó tarea difícil, ya que el óxido de los clavos y la carcoma de los tablones hicieron la mitad del trabajo. Accioné la manilla y la puerta giró sobre sus goznes, emitiendo un quejumbroso y herrumbroso gemido. Ante mis ojos se presentó una oscuridad más profunda todavía, por lo que subí al cuarto donde había encontrado la barra de hierro que usé como palanqueta y, haciendo jirones una de las raídas cortinas y enrollándola en la barra de hierro, improvisé una antorcha que prendí con mi encendedor.

Descendí por las escaleras del sótano, y al cruzar la puerta que había abierto poco antes, una amplia estancia se abrió ante mi. Las paredes se encontraban ennegrecidas de humo, y en la pared del fondo pude ver un pentagrama pintado en rojo, con un ojo en su interior. Ante la pared, un pequeño atril se alzaba con un libro cerrado colocado sobre el. No había rastro del gato por ningún lado, lo cual llamó mi atención, ya que no había ninguna otra salida además de la puerta que yo había abierto. Bajé el pequeño tramo de escalones y noté que el suelo estaba húmedo y lleno de un limo que desprendía un olor nauseabundo, extrañamente similar al que percibí en mi pesadilla del día anterior, cuando aquella demoníaca criatura se acercó a mí. Avancé unos pasos, y colocándome ante el atril pude observar que el libro de hallaba cubierto por una espesa capa de polvo, como si llevase décadas allí, impidiéndome ver el título. Tenía aspecto de ser un libro bastante antiguo, y estaba forrado con la piel de algún animal. Soplé el polvo que cubría la portada y pude ver, entonces, que ésta estaba cubierta de relieves que imitaban ojos humanos con sus párpados, o quise creer que se trataba de imitaciones. En el centro, se veían unas letras doradas en un alfabeto antiguo, similar al gótico. Acerqué la antorcha y, para mi sorpresa y terror, los ojos de la portada empezaron a cerrarse, como si estuvieran vivos. Un escalofrío recorrió mi espinazo, y entonces vi con claridad el título: NECRONOMICON.

No era posible. No, debía ser un mal sueño. Si, había llegado a mi casa y me había quedado dormido en el sofá, estaba teniendo otra pesadilla. Si, definitivamente debía ser eso. Acerqué mi mano al fuego de la antorcha, y el intenso dolor que me produjo la quemadura me hizo retirarla de inmediato. No era un sueño, aquello era real. Me hallaba ante el libro que había visto mencionar en aquella búsqueda de internet. Pero, ¿cómo había llegado allí? La estancia me producía una mezcla entre náuseas, terror y una profunda curiosidad. Abrí el libro y, de pronto, una extraña niebla verde empezó a formarse, haciendo más intenso el nauseabundo hedor del limo. Un cántico empezó a resonar por toda la casa, y creí volverme loco. Cerré el libro, lo cogí y salí corriendo a toda velocidad de aquel lugar. Cuando llegué al muro que separaba la finca de la calle, miré de nuevo hacia la casa, y vi como desde la ventana, unos ojos rojos me observaban. Presa de un terrible pánico me colé por el agujero por el que había entrado y me dirigí a mi casa, poniendo especial cuidado en ocultar el libro bajo mis ropas, lo que era bastante difícil a causa de su tamaño. Cuando llegué, lo coloqué sobre el escritorio donde tenía las distintas pistas que había recopilado en mi modesta investigación, y me dejé caer en el sillón de orejas que había junto a él. Desconozco cuanto tiempo pasé allí sentado, sumido en una mezcla de horror y debate interno, intentando poner orden a los datos que tenía en mi cabeza, hasta que el sonido del timbre me despertó de mi ensoñación. Miré el reloj de pared, y mi sorpresa creció, eran las cinco de la tarde, había pasado al menos ocho horas allí sentado sin noción alguna del tiempo, creyendo que serían minutos.

Me levanté a abrir, ante la insistencia de la llamada, y me encontré frente a un hombre tan alto como yo, con una gabardina negra y gafas, el pelo engominado y que fumaba un cigarrillo mientras esperaba que abriese. Se presentó como el inspector de policía José Antonio Montero, y quería hacerme algunas preguntas con referencia al paciente Souto. Le invité a entrar, y lo guié hasta el salón, donde le ofrecí asiento y un café, que aceptó gustosamente. Aproveché mi viaje a la cocina para cerrar con llave la puerta de mi estudio, no podía dejar que nadie viese los objetos de mi investigación y, mucho menos todavía, el misterioso libro que había hallado. Cuando volví con un par de cafés al salón, el inspector se hallaba mirando las fotos de mi último viaje de vacaciones a New Orleans, Estados Unidos. Le invité a tomar asiento, y le pregunté el objeto de su visita. Sin separarse de mis fotos, me preguntó si yo estaba al cargo de la vigilancia nocturna de la Celda 666 del Sanatorio Mental de Artabría. Le dije que sí, y empezó a preguntarme por los hechos sucedidos la noche anterior. Le conté lo mejor que pude todo cuanto había sucedido en mi último turno, pero no alcanzaba a comprender el motivo de aquella visita y aquellas preguntas. En mi cabeza se agolpaban incesantemente imágenes de lo que me había sucedido aquella mañana en la casa abandonada, y sobre todo los ojos, aquellos terribles y penetrantes ojos rojos que no podía borrar de mi mente. Decidí preguntarle directamente a qué se debía aquella visita y sus preguntas y, para mi sorpresa, me reveló que Souto había muerto. Se había suicidado a las diez de la mañana, mordiéndose la lengua y ahogándose en su propia sangre. Los enfermeros lo habían encontrado yaciendo en su cama, en medio de un enorme charco rojo que goteaba hacia el suelo.

La cabeza me dio vueltas, y tuve que hacer esfuerzos por no desmayarme. Souto se había suicidado… Por un momento no reaccioné, pero entonces recordé la hora, las diez de la mañana. Más o menos a esa hora me hallaba en el interior de aquel lóbrego sótano abriendo el misterioso libro. Podía tratarse de una mera casualidad, pero a esas alturas ya no creía en las casualidades, demasiadas en tan poco margen de tiempo. El inspector Montero me preguntó si me encontraba bien, a lo que contesté afirmativamente, para no levantar sus sospechas, y le dije que solo me hallaba algo afectado por la muerte de Souto. La verdad es que el repentino suicidio de ese hombre no me afectaba tanto como los hechos que lo rodeaban y que afectaban más directamente a mi persona. El inspector me entregó su tarjeta y se despidió de mí, invitándome a llamarle si recordaba algo que pudiera ser de utilidad en su investigación. Lo acompañé hasta la puerta, y cuando me disponía a cerrar de nuevo, pude ver aquellos ojos rojos. El gato negro, otra vez, parado frente a mi casa, me observaba con siniestra mirada. Cerré de inmediato, y me dirigí corriendo a mi estudio. Abrí la puerta, y lo que vi me llenó de pavor. Una neblina verde envolvía toda la estancia, pareciendo manar de aquel libro infernal. En ese momento, una inesperada llamada telefónica me hizo dar un salto. Cogí mi smartphone y respondí. Se trataba del director del Sanatorio, indicándome que si lo deseaba, podía tomarme libre aquella noche. Esto me extrañó sobremanera, aunque después descubrí que todos los trabajadores que habían tenido alguna clase de contacto con el fallecido Souto recibieron la misma propuesta. Cerré la puerta de mi estudio, y me dirigí al salón, donde me disponía a ver un rato la televisión para despejar mi mente.

Y ahí estaba. Ese gato del demonio se hallaba allí, en medio de mi salón, mirándome fijamente, y fue entonces cuando pude escuchar de nuevo en mi cabeza la plegaria que me atormentaba: “Phnglui mglwnafh Cthulhu Rlyeh wgah nagl fhtan”. Agarré lo primero que tenía a mano, una silla, y comencé a intentar golpear a aquel sucio mensajero del averno que me perseguía. ¿Cómo habría logrado entrar? Cerré la puerta demasiado rápido cuando se marchó el inspector como para que pudiera haberse colado, y las ventanas estaban cerradas. Perseguí y perseguí al gato, hasta conseguir acorralarlo en una esquina del salón, junto a la chimenea donde ardían vivazmente unos troncos de acacia. De repente, el gato soltó un bufido y saltó a mi cara, clavándome sus uñas. Luché con él hasta que logré sacármelo de encima, y lo arrojé al fuego de la chimenea. El gato emitió un desgarrador alarido y, cuando pude limpiar la sangre que cubría mis ojos, vi que había desaparecido. Fui al baño, y me miré en el espejo. Las heridas que me había hecho aquel condenado sangraban bastante, así que cogí las llaves de mi coche y me dispuse a dirigirme al Hospital Universitario, que no quedaba muy lejos del sanatorio. Allí me cosieron las heridas y me pusieron varias vacunas, para evitar cualquier tipo de contagio a causa de las enfermedades que pudiera portar el dichoso animal.

Regresé a casa, y decidí dormir un poco. Lo único que deseaba era poder descansar pero, una vez más, me resultó imposible. En esta ocasión, nada me perseguía. Me hallaba en la celda de Souto, sentado en la cama y, frente a mí, se hallaba el gato, inmóvil, mirándome fijamente. Quise llevar mi mano a los ojos, para frotarlos y ver si se trataba de una alucinación, pero fui incapaz: Una camisa de fuerza mantenía mis brazos pegados a mi cuerpo. Y fue entonces cuando me habló, mirándome a los ojos con su mirada flamígera, que parecía atravesar hasta lo más profundo de mi ser:

– Es usted interesante, señor Santos – dijo, con una voz de ultratumba que me erizó la piel –, pero está condenado desde el primer momento en que pisó Artabria. Y eso es lo único de lo que puede estar seguro. Esta ciudad está maldita, y los que entran en ella no podrán salir jamás.

Después de decir esto, el gato se convirtió en una nube de negro humo que se desvaneció en el aire, mientras una risa diabólica y enferma llenaba la estancia. Intenté liberarme, sin éxito, de la camisa de fuerza que atenazaba mis miembros superiores, pero cuanto más me esforzaba, más y más me aprisionaba. Las cintas se fueron alargando y enroscándose en mis piernas, aprisionándolas también, momificándome poco a poco. Una indecible sensación de horror se fue apoderando de mí, mientras un sudor frío caía por mi frente. De pronto, un limo negruzco fue apareciendo en el centro del techo de la estancia, y se extendió hasta caer por las paredes. Parecía como si la celda se estuviera derritiendo lentamente desde el techo, y cierta oscura fuerza me impedía huir. Una angustia horrible me invadió, mientras las cintas de aquella improvisada mortaja me cortaban la respiración. Cada vez que hacía un esfuerzo por liberarme, las cintas se apretaban más y el limo avanzaba a una mayor velocidad, hasta que toda la estancia quedó cubierta por él, y empezó a caer por un desagüe que había en el suelo, justo en el centro de la habitación. Para mi asombro, el agujero empezó a crecer, y el limo formó un remolino que lo iba absorbiendo todo a su paso, como un enorme agujero negro en el espacio destruyendo lo que se cruzaba en su camino. A estas alturas ya no podía siquiera luchar por liberarme, pues las cintas habían cubierto todo mi cuerpo, y sólo me habían dejado libre el espacio de los ojos. Vi como en las paredes, entre el limo, se iban formando enormes óculos que me observaban, y en los bordes del agujero se iba conformando poco a poco la forma de una boca con una mueca siniestra que parecía reírse a carcajadas mientras devoraba toda la celda. Y de repente caí, me precipité por el agujero y, en una caída infinita miré hacia arriba y vi la boca cerrarse tras de mí, como si fuera yo lo último que necesitaba para saciar su hambre. En las paredes del pozo infinito se abrieron cientos de ojos y bocas, ojos que me miraban fijamente mientras las bocas siseaban el oscuro mantra: “Phnglui mglwnafh Cthulhu Rlyeh wgah nagl fhtan”. Quise gritar, pero la voz se ahogó en mi garganta, y seguí cayendo hasta que todo se oscureció.

Me desperté gritando, dolorido, y pude ver en mis brazos unas violáceas marcas, como si de verdad unas cintas hubieran intentado aprisionarme. Mi indescriptible terror me hizo decidirme por fin. Estaba dispuesto a desentrañar aquel infernal misterio, y para ello necesitaba ayuda, la ayuda de la única persona que tenía el suficiente conocimiento del caso: El inspector Montero. Decidí llamarle y concertar una cita con él aquella misma tarde. Poco después llamé al sanatorio, y pedí al director una semana libre debido a que me hallaba bastante afectado por el repentino suicidio de Souto y las circunstancias que lo rodeaban. El director se mostró de acuerdo ya que, en ausencia del paciente más conflictivo del sanatorio, podían arreglárselas perfectamente sin mis servicios. El paciente de la 666 era ya cosa del pasado, al menos para algunos.


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Victor Romero ©

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