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Será mostrado si existe



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Escrito por Prometheus el 26/03/18

Lys 70


Buenos días, doctor. Ayer fui a la playa y la brisa me secaba el sudor de las mejillas. Era desagradable ver personas bañándose en el agua y con ropa puesta, definitivamente este mundo se está yendo de espaldas o las espinas inútiles de las rosas ya no hacen sangrar como antes. Lo vi y me dolieron los ojos, fue como si dibujara un sol en una hoja de cuaderno y los rayos fueran sus manos que me acariciaran el pelo. Hoy desayuné cereales y jugo de naranja y me lavé el espíritu porque en las mañanas a las mujeres nos apesta la conciencia, y mis parpados embarrados de mantequilla jugaron al amor hasta la medianoche.

Pero no me haga caso, doctor, que la vida es más que un salto al abismo con las alas plegadas y él se durmió en mis sueños, y yo me escurrí entre sus poros y descubrí el alcohol en sus labios y embriagada de recuerdos fui mordida por su serpiente. Doctor, no entiendo al enfermero Oscar, él me dice que lo que hacemos es secreto y que no se lo debo decir a nadie y le hago caso, pero me muerde los pezones y yo le araño la espalda porque siempre pago mis deudas y me dice al oído que tengo un infierno ahí abajo. No lo entiendo doctor, pero me gustan las galletas de chocolate que me trae los viernes después de cenar. La enfermera Ramírez es una mujer decente porque no se pinta los errores de azul marino y se acuesta desnuda en mi cama para que no me den miedo las hormigas que se esconden bajo mi almohada.

Mire doctor, entre estas cuatro paredes, mi piel grita en silencio, se me derriten los pechos y me tiemblan los labios. Si le sumo ausencia a la soledad se me multiplican los recuerdos vacíos. En esta habitación callada y sin pintar, las yemas de mis dedos pierden rocío, porque son flores envueltas en celofán besadas por la lluvia. En este cuarto insensible y sin luz se me mueren las ganas y luego viene usted con sus gafas, su bolígrafo y su termómetro y me dice con voz de trueno es tiempo de asumir la culpa y que las frutas traen su propia cáscara. Eso es imposible, doctor, porque mi cama es de azucar y mi boca maldice su nombre en tres idiomas diferentes.

Son las seis de la tarde y la gente grita en la calle vendiendo sus almas y yo me hago heridas nuevas en viejas cicatrices. Hay recuerdos dormidos detrás de esa puerta, doctor. Y siluetas bordadas a contratiempo, tatuajes en acero inoxidable, músculos que no conocen sus funciones, laten, palpitan, se erectan, algunos hasta lagrimean pero sobre todo duelen. Hay espejos, acertijos dormidos en el laberinto y esta piel que se quema es el efecto secundario del Valium.

Hoy no es un día de semana.

Hoy es solo un recuerdo húmedo que clama un verso.

He escrito un manual para masturbar maniquíes con la mirada, porque solo yo sé mirarme el alma cuando abro las piernas.

No te quiero amigo, te quiero amante de mi sombra.

Sé mi padre y nuevamente comete el incesto con mi imagen que se muere de ganas al otro lado del espejo.

Vuelve y desflórame, como aquella noche en que la lluvia lloró en tu espalda, mientras yo debajo de ti me moría de impaciencia y me fumaba tu aliento.

Me alimento de dos gemidos con sal en las mañanas y una taza de deseo bien caliente, con eso tengo suficiente para imaginarte desnudo bailando dentro de mi.

Ven que mis pechos te reclaman y mi sexo se explora a si mismo gastándome los dedos con tu ausencia… pero coño, ¿es que no me escuchas?

Que silencio tan atroz, que dientes tan afilados tienes, que lengua tan tibia, que labios tan suaves…

Pero dime, ser llegado de cualquier parte, ¿es esa la erección con la que me amenazabas por teléfono? Ah, entiendo. Sí, yo también siento el frío, mis pezones lo saben.

La noche se muestra tal como es, mientras yo uso mi boca para afilar tu espada y mi fuego para quemarte las ansias. Así, así, sin pausas, sin remordimientos, sin almohadas, ni vaselina, con arañazos, con jalones de pelo, con gritos que salen del fondo de las entrañas, con caricias de arena y la miel que se derrama eróticamente en mi garganta.

Hoy no es un día de semana.

Hoy es solo un lapso que se viene en mis pupilas, en silencio y sin permiso.

Estoy cansada de revolcarme en cenizas, sigo siendo la misma tentación desnuda dibujada en cualquier esquina, como un grafiti cualquiera. En días de lluvia, mi imagen trae su sombra para confundir nuestros cuerpos en el vapor de las gotas paridas por el cielo. Mire, doctor, están creciéndole raíces nuevas a mis pechos, entonces eso quiere decir que las abejas harán panales en ellos, así podré bañarme con miel y aceitunas los viernes en la noche.

Dígame una cosa, doctor, ¿a qué hora abren las piernas, las ventanas de este cuarto?


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Freddys Moretta ©

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Escrito por Lopez el 28/03/18

LA HABANA DE MEYER LANSKI


Se llamaba Ubaldo Mansilla Jubet y su bufete, Mansilla Jubet y Partners (aunque el único asociado era él) se localizaba en un amplio piso de la calle Velázquez, donde trabajaban: un pasante recién titulado; tres becarios que pagaban por hacer prácticas; un contable que solo iba por las tardes y nunca hablaba; su chofer, un tío grande con cara de bruto que hacía los recados; dos secretarias, una fea y eficiente, y otra rubia, menos competente, pero que además de estar como un tren, tenía otras habilidades, y por último, la señora de la limpieza, natural de Oruro, Bolivia, que venía los miércoles por la tarde y el resto de la semana trabajaba de asistenta en el domicilio del abogado.

Moreno trigueño, con evidentes gotas de sangre africana, estatura media, fuerte complexión y andares abundantes, había nacido en un pueblo perdido del Oriente cubano, no muy lejos de Birán, de donde son originarios los hermanos Castro Ruz. A pesar de sus trajes caros (llevaba chaleco, pajarita y tirantes) y abundante joyería, tenía un cierto aire desaliñado, al que contribuía su prominente barriga, en la que lucía todo tipo de medallas conseguidas en los más prestigiosos restaurantes de la ciudad, a los que, arrastrado por su pasión gastronómica, acudía habitualmente.

Su inclinación por los razonamientos crípticos e hiperbólicos, le había dado una cierta reputación de extravagante. Inclinado desde niño, por influencia materna, al mundo de lo oculto, era un profundo conocedor de las ciencias esotéricas y parasicológicas, que practicaba de forma concienzuda, asistiendo a congresos, participando en debates y apareciendo en programas de radio y televisión, de esos que se ocupan de los mundos del más allá, con músicas inquietantes de órgano y presentadores con voz de barítono. Sacerdote babalao de una secta santera de origen haitiano-cubana, que incluía como acólitos a los miembros de su familia, a los de la familia de su señora, y a unos pocos allegados más, se decía que aplicaba sus prácticas de santería a la resolución de sus asuntos en los tribunales, y que los extraños gestos previos al inicio de sus exposiciones, no eran otra cosa que encomiendas a santos, o maleficios lanzados contra el opositor de turno a fin de derrotarlo. La verdad era que, aunque sus colegas se reían de esas cosas, acojonaba un poco. Sobre todo, desde que en dos célebres casos, acaecidos precisamente en aquél año judicial, sus fiscales oponentes, sufrieron sendos derrames cerebrales, que acabaron con la vida de uno y dejaron al otro con una tartamudez profunda, que bien pensado, es el colmo de la desgracia para un fiscal.

Con motivo de los citados hechos luctuosos, hubo algunas protestas por parte de los fiscales de la Audiencia, para que se impidiera a Don Ubaldo la realización de aquellas prácticas rituales, pero el Colegio de Abogados, atento a la protección de los sagrados derechos de la defensa, le proporcionó el lógico amparo, argumentando que el signo de la cruz, con el cual se santiguaban también algunos acusadores públicos, tenía un similar valor en un estado no confesional, por lo que limitar la encomienda a los espíritus en los que cada uno creyera, no resultaba pertinente por ser cuestión de índole estrictamente personal, que amparaba el artículo dieciséis de la nueva Constitución. Desde entonces, en las vistas que intervenía, una vez distribuida en el sillón adecuadamente su gran humanidad, Don Ubaldo sacaba de su maletín de cuero negro una estatuilla de San Lázaro y la ponía sobre su estrado. Cuando le preguntaron con qué legitimidad lo hacía, respondió:

Con la misma que los católicos cuelgan a su crucificado en la pared

Así se supo que el santo que tomaba el cuerpo del letrado, era nada menos que el Babalú Ayé africano, de quien, los que saben de estas cosas, aseguran, es uno de los santos más fuertes y chuletas de la santería cubana. Conviene aclarar, que este San Lázaro, es aquel personaje de los Evangelios a quien el Galileo le dijo lo de “levántate y anda”, y que se encuentra entronizado en muchos altares de las iglesias de Cuba, sin que la Iglesia Romana lo haya nunca incluido en su santoral, esto es, que en la isla, es santo de facto, pero no de canónigo derecho. Supongo que se deberá, a una cuestión de política contemporizadora del Vaticano con la Cuba socialista de Fidel.

Resulta paradójico que, el demonio a combatir por la Iglesia cubana, no haya sido precisamente el ateísmo promovido desde los poderes del estado, sino la santería, a la que en otros tiempos se abrieron las puertas de los templos para atraer a los pobres negritos, con la estratagema infantil de cambiarles los ídolos africanos por otros cristianos. El problema fue que, una vez dentro, este sincretismo se quedó, echó raíces y siguió su existencia autónoma, como una potente corriente subterránea que hoy se mantiene con más fuerza que nunca, incluso entre los blancos. Así las cosas, lo curioso de muchos templos cubanos (como por ejemplo el de la Virgen de Regla, patrona de la bahía de La Habana, en quien la santería ve a Yemayá, una deidad marina madre de todos y símbolo de la fecundidad) es que, aunque a simple vista resultan parecidos a los del resto del orbe católico, una mirada más atenta, percibe un algo especial, que se desprende de la forma en que la gente reza ante las imágenes. Lo que en el fondo sucede es que, algunas iglesias, se han convertido en tapaderas de verdaderos templos santeros, donde se sigue adorando, en las imágenes de los santos cristianos, a los santos o ídolos (según desde donde se mire) africanos, traídos por los esclavos en los barcos negreros. Y es que, estos santos paganos, más listos, fuertes, y prácticos que los cristianos, acostumbrados a tomar los cuerpos de los hombres, han acabado por tomar también las estatuas de yeso y madera de los canonizados, y allí se han quedado. Y claro, eso, la gente lo sabe. Y Fidel también. Sólo la Iglesia Católica parece olvidarlo, haciéndose la loca y mirando para otra parte.

Y así están hoy por hoy las cosas, en aquella isla peculiar, mágica y con morfología caimanera, para una Iglesia que siempre fue católica, española, aristocrática, blanca, esclavista y heredera de la conquista y el negocio negrero. Supongo que a estas alturas, ya no hay dios que pueda deshacer ni enmendar esto. Porque no se trata de una corriente interna más o menos alternativa, como la Teología de la Liberación (aunque por ahí andan algunos reivindicando al padre Valera, para congraciarse con los aspectos sociales de la Revolución) fuertemente implantada en el cono sur americano, sino que, como aconteciera en la Roma Imperial con la primitiva religión cristiana (la de los esclavos de entonces) que reconvirtió las grandes basílicas paganas en iglesias cristianas, los actuales templos de la isla caribeña han sido también tomados por la religión de los antiguos esclavos negros. Es la venganza que se cobran ahora los dioses y los santos africanos, por tantos siglos de opresión, injusticia, maltrato, dolor y sangre de los hombres de color, a manos de los civilizados blancos. Así se hace realidad aquel antiguo proverbio que dice:

Los dioses de los vencidos, acaban siendo los demonios de los dioses vencedores”.

Cuando Ubaldo Mansilla acabó sus estudios de leyes en Holguín, después de un año de holganza en Miami, con la disculpa de cursar un master en derecho comercial y perfeccionar su inglés, entró a ejercer de pasante en el bufete de su padre, hasta el fallecimiento de éste, acaecido unos años después de que Fidel entrara victorioso en La Habana. Don Vicente, que así se llamaba su progenitor, era un asturiano de Langreo, que siendo casi un adolescente, había emigrado a la isla caribeña, colándose de polizón en un carguero que partía del puerto gijonés de El Musel. De carácter decidido y emprendedor, consiguió hacer fortuna, estudiar derecho y convertirse, durante el periodo machadista, en un cacique influyente en los negocios y la política de las provincias orientales. Casado con una mulata haitiana, perteneciente a una familia aristocrática, que había llegado a la isla huyendo del triunfo de la primera revolución negra, tuvo ocho hijos, el menor de los cuales era Ubaldito. Propietario de un importante ingenio azucarero, que bautizó con el nombre de Covadonga, actuó durante varios años como secretario de la Asociación de Hacendados de Cuba, a la sombra del gran terrateniente y hombre de negocios Julio Lobo Olavarría, junto a quien medraría, ampliando propiedades, plantaciones y fortuna durante el primer gobierno de Batista, y después, afiliado al Partido Auténtico, con los de Ramón Grau y Carlos Prío. A inicios de los cincuenta colaboró en la creación del Banco Financiero, promovido por Lobo, institución que estuvo dando bandazos, hasta que se consolidó con la entrada en su capital, de la mafia norteamericana.

Con el golpe de Batista en el 52, Mansilla entraría, de la mano de Lobo, en los grandes negocios mafiosos de La Habana. Fue a través de éste, como conoció a Meyer Lansky, el brillante financiero del hampa, que convirtió La Habana en un gran centro internacional de negocios y recreo. Lansky acabaría dominando los hoteles, el turismo, los proyectos inmobiliarios, las obras públicas, los casinos, el juego, la prostitución de lujo, el movimiento ilegal de capitales, el contrabando de piedras preciosas y el tráfico de drogas (especialmente la moderna cocaína procedente de Sudamérica) que crecía día a día entre la isla y el gigante del norte.

Aunque manteniendo sus bufetes separados, Don Vicente Mansilla se asoció con el también abogado Rafael García Banco “Rafa”, representante legal en la isla del capo Santo Trafficante. Fue la palanca definitiva, para que las puertas del poder político y de la vida social de La Habana se le abrieran de par en par. Así fue como pasó de ser un cacique local de las lejanas provincias orientales (había sido alcalde de Holguín en el primer periodo batistiano) a participar en el reparto de prebendas en los gobiernos del Partido Auténtico (a pesar de que la mafia situaba siempre a sus peones cubanos en un segundo plano, sin participación directa en sus decisiones) y en las migajas de los fabulosos negocios que Lansky y los suyos habían emprendido en la isla, con la cobertura gubernamental.

En aquellos momentos, el joven Ubaldito era un despreocupado cachorro más de la burguesía habanera, enriquecida a la sombra de los negocios del crimen, que se dedicaba a divertirse incorporando a sus costumbres los nuevos patrones y formas de vida norteamericanas. Su día pasaba entre el Habana Yach Club, el Vedado Tennis Club, el Country Club, la barra del Hotel Nacional y los clubs nocturnos Sans Souci y Tropicana. Los tradicionales centros regionales españoles, como el Centro Gallego, el Centro Asturiano, la Asociación de Dependientes del Comercio y el Casino Español, a pesar de sus hermosísimos edificios del centro, habían pasado a representar un estilo de vida caduco y desfasado, propio de una pequeña burguesía tendera, anclada en el siglo XIX sin ningún atractivo para los hijos de la nueva y pujante burguesía, que tenían puestos sus ojos en el deslumbrante mundo yanki.

En el bufete, su trabajo se reducía a unas horas por las mañanas en asuntos de trámite, en mandados reservados de Don Vicente o de Don Rafael y en poco más. La verdad es que apenas se enteraba de los negocios y gestiones que su padre y su socio llevaban para sus clientes yanquis. Pero cuando el grupo de urbanistas americanos Town Planning Associates, capitaneados por José Lluís Sert (el arquitecto catalán, vinculado al Gobierno de la República y a la Generalitat catalana, exiliado en EEUU y reconvertido en urbanista de las corporaciones capitalistas del imperio) desembarcó en La Habana para hacerse cargo del Plan Director de su Área Metropolitana (que debía reconvertirla en la ciudad loisir de la burguesía nacional y del capital mafioso) el joven Ubaldito fue puesto a disposición del famoso urbanista para hacer presentaciones, llevarle de un lugar a otro, ayudarle en lo que hiciere falta y hacer su visita más agradable. Así, a través de sus abogados, La Mafia colocó a su espía para vigilar que al famoso arquitecto no se le fuese la cabeza con viejas ideas españolas de justicia social, alejadas del gran negocio inmobiliario que proyectaba para la Gran Habana de tres millones de habitantes. Desde aquella atalaya, comenzaría su aprendizaje.

Cuando Don Vicente Mansilla conoció a Meyer Lansky, quedó deslumbrado por la personalidad del consigliere del Capo di Tutti Di Capi, el famoso Lucky Luciano. Nacido en la ciudad rusa de Grozno (entonces territorio polaco) y emigrado con sus padres en 1911 a Estados Unidos, su verdadero nombre era Maier Suchowijansky. Amigo y compañero de escuela desde la infancia de Luciano (a pesar de ser judío) se inició con él en el mundo delictivo de Nueva York. Ingenioso y persuasivo, Lansky era una inteligencia brillante y práctica, a quien gustaba actuar en la sombra. Su presencia en La Habana era casi un misterio. Admirado y temido por amigos y enemigos, nadie se permitía tomar una decisión sin que él antes la autorizara. No era precisamente un mafioso al clásico estilo italiano, ni pertenecía a las tradicionales familias sicilianas. Austero y refinado en los modales, no levantaba la voz ni perdía la compostura. Con una gran memoria (nadie le vio nunca tomar notas ni escribir nada) de pequeña estatura, delgado, con una nariz prominente, vistiendo ropas caras pero convencionales, su objetivo era pasar inadvertido. A no ser en momentos excepcionales, no bebía en público (todo lo más, algún vaso de leche) y a pesar de vivir tiempo en Cuba, no hablaba en español, aunque lo entendía. Incluso hablaba en inglés, en sus largas reuniones con Batista.

Casado y residiendo oficialmente con su esposa y sus dos hijas en Estados Unidos, mantenía todas las formas de un matrimonio americano bien avenido y convencional. Sin embargo, y al margen de las prostitutas que ocasionalmente se hacía llevar a sus residencias por Jaime, su chófer y guardaespaldas cubano que habitualmente le acompañaba, mantuvo durante años una relación con una misteriosa dama cubano española, de nombre Carmen, a la que había puesto un piso en el Paseo del Prado, donde habitualmente la visitaba. La relación debió ser seria, pues después de la revolución, la mandó a buscar para llevarla a Miami.

En ocasiones, después de haber recorrido algunos de sus casinos y cabarets para hacer sentir su presencia al personal, le ordenaba a Jaime que le llevara a pasear en coche por el Malecón, para disfrutar del aire fresco y salino de la madrugada. Detenía el auto en las cercanías del monumento al Maine, junto a la embajada americana, y mientras Jaime vigilaba en el exterior, él, en silencio, pasaba un largo rato disfrutando del sonido de las olas en su incesante golpeo contra las rocas. Otras veces se perdía de su chofer y conduciendo su Chevrolet beige descapotable, desaparecía unas horas o unos días sin que nadie conociera su paradero. En el fondo era un solitario. Quizás hasta un poco sentimental, pero no por ello dejaba de ser implacable. Como cuando en el 57 tuvo que enfrentarse a las bandas de Nueva York que, insistían en participar en el reparto del pastel habanero.


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Alberto López ©

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Escrito por Alejandra el 03/04/18

OBEDIENCIA DEBIDA


Al fin lo logró. Hacia tiempo que lo estaba buscando, pero debía ser lo mas natural posible. Que fuera un accidente, no provocarlo, porque eso seria escapar, y escapar era hacer trampa.

Siempre tenía presente la mano gruesa y pesada alzándose contra él. Cada vez que estaba en alto, caía con fuerza sobre su existencia. Y la voz potente y ofensiva. — ¡Marica! ¡Vergüenza me da que seas mi hijo! ¿Que habré hecho para merecer este castigo? Le controlaba la postura, el corte de cabello, la voz o la mirada. Su nuca tenía un callo de tantos chirlos que le daba corrigiéndolo.

—Hasta que me muera me vas a tener como una sombra para que hagas lo correcto. ¡Y después de muerto mi alma va a venir a rasguñarte los pies cuando te vea revolcándote en la inmundicia!— Por eso no dormía con los pies destapados.

Hacia seis años que su padre había muerto y no podía acostumbrarse a su ausencia. Estaba en sus oídos, repitiéndole una y otra vez lo que debía hacer, como y cuando, no podía evitarlo.

Era una lucha constante entre su personalidad y lo que tanto le recalcara él.

Era solitario, se la pasaba encerrado para no tener contacto con la gente. Cuando tenía que salir, el trato con los demás era un suplicio. Terminaba huyendo desesperado a recluirse en la casa. A veces se olvidaba de todo y sonreía o conversaba con alguien que le gustaba. Pero cuando se daba cuenta, sentía horror de lo que hacia y por la noche no podía dormir esperando que su padre viniera. Si lograba dormirse, soñaba con su voz y lo veía venir como un zombi, gritándole su decepción. Salía a la calle con la cabeza baja. Odiaba hacer las compras diarias, las cajeras eran mujeres y él no quería verlas, ni hablar con ellas o simplemente sonreír. Tampoco podía hablar con los hombres. Lo ideal era quedarse en la casa y no tener contacto con nadie.

Cuando su naturaleza se le presentaba, se daba baños con agua helada para calmarse. Muchas veces su padre lo había descubierto y lo arrastró hasta burdeles entregándolo a las damas de la noche. Él volvía llorando y vomitando y no se salvaba de la paliza. Ahora él no estaba, pero lo sentía. Se avergonzaba cada vez que estaba excitado y deseoso porque sabia que lo que él quería no era lo que le enseñara, ¡Con mujeres, sólo con mujeres! Y aún no concebía la idea de desobedecerlo. Se volvía loco intentando olvidarse, pero era inútil, el deseo se iba y luego volvía, no podía detenerlo. Su cuerpo le reclamaba. Cuando no aguantaba más, después de vociferar en contra de su padre y de si mismo, deseando la muerte como única salida, salía hacia la calle furioso, echo un manojo de odio, desesperación y locura. Entonces empezaba a caminar y caminar alejándose indefinidamente. Buscaba cauteloso el lugar y luego a la persona. La seguía, la estudiaba y la abordaba en el momento exacto. Era fuerte como su padre y el odio y la furia lo duplicaban. No había suplica, ni llanto que lo hicieran volver atrás. Descargaba su deseo poseído como un demonio. Cuando todo terminaba, vomitaba convulsionándose como si fuera a escupir el estomago y lloraba largamente. Luego miraba los despojos de la mujer, buscaba un lugar y la enterraba valiéndose de lo que fuera para cavar, incluso sus propias manos. Después volvía a su casa y dormía por varios días. El recuerdo lo atormentaba por meses en los que se encerraba. Desde que su padre no estaba, cuatro mujeres habían sufrido en sus manos. Varias veces pensó en suicidarse, pero sabía que no era lo correcto. ¡Como que hay Dios que te voy a cambiar! ¡Vos vas a ser un hombre derecho, como es debido! ¡Si no fuera cristiano, me mataría para no tener que sufrir este castigo! Intento algún accidente, pero los accidentes son o no lo son. No era posible escapar naturalmente.

Hoy, al cruzar la vía, el auto se detuvo y no volvió a arrancar, las barreras se bajaron, el tren silbaba su estruendosa bocina. Al primer momento intentó ponerlo en marcha, entonces se dio cuenta de la situación.

Dicen que abrió la puerta, que bajo una pierna lentamente y se puso de pie. Dicen que le gritaban que saliera, que abandonara el auto, que aún había tiempo… Dicen que vio venir la maquina del tren, desafiante. Dicen, que cuando pudieron sacarlo de entre los hierros, su rostro aún mantenía una sonrisa…


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Maria Alejandra Olariaga ©

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