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Será mostrado si existe



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Escrito por Prometheus el 13/03/18

Incesto II


Pasaron unos días en los que solo hablaban lo indispensable. Rodrigo esperaba una explicación por la actitud de Camila y cuando le preguntaba ella solo contestaba que no había nada de qué hablar. Desde que muriera Fernando hacía ya mucho tiempo, ella había volcado su amor en su hijo Rodrigo, antes sin madre y ahora sin padre las cosas iban a ser difíciles para él. Lo había cuidado y alimentado, lo vio crecer y hacerse hombre bajo su falda. Que no fuera un hijo parido por ella no aligeraba el peso, quizás lo acentuaba más el hecho de que sentía que había traicionado a su esposo. Gracias a Dios, Fernando siempre fue un hombre previsor y pudo dejarlos económicamente estables. Sus negocios funcionaban a las mil maravillas y nunca pasaron estrecheces ¿Qué pasaría si se enteraran? ¿Cómo respondería a las acusaciones del incesto que había cometido? La angustia estaba minando su salud física y espiritual, se veía desmejorada y desaliñada, había olvidado su cuidado personal y solo salía de la casa si era estrictamente necesario. Ya no hablaba con sus amigas ni familiares. Siempre tenía una excusa para no visitar ni llamar por teléfono. No tenía a quien contarle lo que le pasaba que pudiera entenderla. Pero, ¿de qué diablos estaba hablando? Contarle a quién que se estaba acostando con su propio hijo. Se estaba volviendo loca. Ya se veía lapidada como en la edad media o mínimo apedreada como en tiempos de Cristo. Se movía por la casa como una autómata, como si se le hubieran quitado los deseos de vivir. Se veía tan triste que se le partía el corazón a Rodrigo y cualquier intento de acercamiento se quedaba en eso, un intento. Evitaba estar incluso en la misma habitación que él. Rodrigo tomó la decisión de hablar con ella radicalmente. Esa noche a la hora de la cena ella le sirvió pero dijo que cenaría en la cocina. Rodrigo sabía que no lo haría, últimamente no estaba comiendo nada. Antes de que abandonara el comedor él la tomó de la mano y la llevó al sofá grande de la sala donde la sentó, él se sentó a su lado y la obligó a mirarlo a los ojos.

-Mamá, tenemos que hablar.

-¿De qué? Y no me llames mamá, que dejé de ser tu madre cuando empecé a verte como hombre y no como mi hijo.

-Muy bien. ¿Entonces ya no me amas?

-Te amo más que a mi propia vida, Rodrigo. Pero lo nuestro no puede ser.

-De acuerdo. Si así lo quieres así será. Pero tienes que dejar de sufrir de esa manera. He notado que ni siquiera eres capaz de estar en una misma habitación conmigo, eso significa que mi presencia te causa dolor, y yo tampoco puedo seguir viéndote así, es una tortura como no te la imaginas. Por lo tanto he decidido irme de la casa. Solo me faltan dos meses para terminar la escuela y ya hablé con Andrés quien me dará una habitación en su apartamento. También buscaré trabajo en alguno de los almacenes de papá así que no tendrás que preocuparte de mí manutención. Te amo, Camila. Pero prefiero perderte y sufrir lejos que ver en lo que te estás convirtiendo. Ya preparé mi maleta, me iré en la mañana temprano.

Camila, con los ojos abiertos por el estupor lo miró como quien mira el mundo derrumbarse a través de un cristal. Sintió una opresión en el pecho y un dolor en el fondo de su corazón como nunca antes había sentido. Estaba viviendo el peor momento de su vida.

-Rodrigo, por favor escúchame. Si te vas me moriré. Saber que estabas por aquí aunque actuara como si no quisiera verte era lo único que me mantenía de pie. Saber que podrías dejarme me hizo darme cuenta que no puedo vivir sin ti. Eres mi hijo pero también eres el hombre que amo, quien me ha llenado estas últimas de algo que nunca había sentido en mi existencia, ni siquiera en vida de tu padre que ha sido el único hombre con quien he estado. Sé que no debería hablar así pero ya no quiero callarlo ni ocultarlo más. No me importa lo que diga ni lo que piense nadie. Te amo, te quiero, te adoro, por favor no me dejes. Yo…

Rodrigo ya no la dejó hablar más. Tomó su rostro bañado de llanto entre sus manos y deposito un beso dulce en sus labios capaz de aliviar todos los males. Camila se dejó llevar por el impulso de la pasión y respondió al beso como renaciendo a la vida misma. Rodrigo la puso de pie y la llevo al dormitorio, todo el camino la miro a los y vio por fin desaparecer el temor en ellos, la angustia por fin se había marchado.


Libro de Visitas

Freddys Moretta ©

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Escrito por Alejandra el 14/03/18

Delfina Báez


Delfina Báez murió. Y el camino quedó solo.

Cada mañana Delfina lo recorría para llegar a la ciudad. Caminaba porque nunca pudo comprarse ni siquiera una bicicleta, tampoco creyó poder manejarla. Pero tanto había hecho en su vida que seguramente hubiera podido vencer el temor si sus magros ingresos le hubieran alcanzado. Llevaba sus productos para vender, verduras, huevos, pan casero y también algunas manualidades. Así se mantuvo, durante años, al quedar sola en la pequeña quinta, a cuatro kilómetros de la población.

Cuando aún estaba Ignacio, su único hijo, mantenía algunas chanchas con sus crías. Luego, ella ya no pudo atenderlas y las tuvo que vender. Su marido había muerto cuando el muchacho tenía doce años. Lo mataron en el bar, riña de borrachos.

Cuando se casó, Delfina quería tener muchos hijos, pero la falta de trabajo, la miseria y el malo hicieron de las suyas. Después de perder tres embarazos, no lo intentó más. Su marido trabajaba en changas, no alcanzaba para mucho.

Un día, sin saber cómo, en la mañana bien temprano, le dijo a él: -¡Estoy embarazada, Eugenio!- La respuesta no fue grata. El hombre se había acostumbrado a andar solo, a perderse en la bebida, y ya no esperaba un hijo.

—Dejate de joder, Delfina. ¿Ahora me venís con eso? —y no dijo más.

Pero ella estaba feliz y su indiferencia no iba a malograr su certeza. Comenzó a prepararse para recibir al niño. Le hizo ropita de telas que conseguía por ahí, y también le tejió mantas y escarpines. Eugenio la miraba en silencio sin creer que aquello llegara a buen fin. Pero los meses pasaron y la panza creció y el canto de Delfina se hizo escuchar hasta que su marido un día la detuvo, enojado, haciéndola callar.

—Si me hacés ilusionar de nuevo para que el crío al final se muera… te corro, Delfina. Si este hijo se muere como los otros, te echo como a un perro. ¿Me escuchaste?

Ella le sonrió mansa.

—¿No ves que grande está la panza, Eugenio? Este no se va a morir. Yo sé que no.

Y él, con un atisbo de esperanza, la abrazó. También, comenzó sus preparativos: le agregó una pieza más a la casa, con piso de ladrillos, construyó una cuna con madera y otro mueblecito para guardarle la ropa.

—Con esto va a alcanzar —le dijo—, después veremos qué hace falta.

Se volvió más casero, bebía menos, y hasta le ayudaba para que no hiciera fuerza.

—Entre los dos lo vamos a cuidar, ¿eh?

Y llegó el gran día. Eugenio estaba en el pueblo trabajando y ella se largó al camino para llegar al hospital. Fue muy difícil. Cuando el parto era inminente, un vehículo se detuvo. Delfina estaba del color del tomate de tanto aguantar el grito. Alguien la sostuvo al descender del micro y la acompañó hasta encontrar a un médico. Ella repetía: ¡Llamen a mi marido! ¡Llámenlo!

Cuando Eugenio llegó al hospital, la estaban operando y todo era incertidumbre.

Unas horas después, Delfina dormía plácidamente y el pequeño, a su lado. El hombre lagrimeó y se quedó con ellos.

dos días más tarde, estaban en la casa. El hogar se llenó de luz, alegría y esperanza. Ni las noches ni los días fueron iguales. Todo tenía sentido. Levantarse cada mañana, volver del trabajo, algo nuevo en cada amanecer. Acostarse sabiendo que al despertar habría un sonido más, el canto de un ave desconocida, el rumor de un río nuevo, el perfume de una flor que nació para ellos, la luz del sol filtrándose por las hendijas y una estrella más en su cielo.

Ignacio creció muy consentido, regalón. A la muerte de su padre, no asumió ser el hombrecito de la casa y poco y nada la ayudaba a Delfina.

Lejos quedaron aquellos días de dicha después de esa noche, cuando Ignacio, ya adulto, volvió de la ciudad muy tarde y excitado. Entró a su cuarto y comenzó a juntar algunas cosas.

—¿Qué estás haciendo, hijo?

—No puedo contarle ahora, mamá, pero usted no se preocupe que yo voy a volver. Si alguien viene a preguntarle, dígales que no me ha visto, que no sabe nada, ¿entendió?

—Pero, ¿qué pasó? ¿Por qué te vas? ¿Adónde?

—¿¡No le digo que no le puedo contar!?

La besó en la frente y se fue apurado, de nada valieron sus ruegos y reclamos.

Al día siguiente vino una patrulla de policía. La llevaron a declarar. Pasó una semana sin noticias de Ignacio. Cuando le avisaron, estaba en el hospital, herido. No la dejaron verlo. Lo llevaron a la cárcel. Y allá fue Delfina, transitando el camino. Él no quiso recibirla. Pero ella insistió infinitamente hasta que logró convencerlo. La sentaron frente a una mesa. Del otro lado, estaba él con la cabeza baja.

—¿Qué pasó, mi hijo?

Silencio.

—Contame, Ignacio, ¿Por qué te tienen acá?

Pero él seguía callado y gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas. Quiso irse, pero ella lo sujetó fuertemente de las manos.

—Tengo derecho a saber qué hiciste. ¿Por qué estás acá?

—¿No ve que no puedo? ¡Que me muero de vergüenza y no quiero mirarla a la cara! ¡Váyase, mama y olvídese de este mal hijo!

—¡No! ¡Yo siempre voy a estar con vos, siempre te voy a seguir visitando y ni muerta me van a sacar de tu lado!

También caminó incansablemente cuando le realizaron el juicio. Muchos días recorrió aquella calle que la separaba de su razón de vivir. Y él se sintió aliviado finalmente de verla ahí, fue su sostén. A los cinco meses, le dieron la condena: dieciséis años de prisión.

Dos veces a la semana, ella lo visitaba en la cárcel. Le llevaba comida que él compartía con sus compañeros. Durante catorce años transitó el sendero hasta que este se aprendió de memoria sus pasos.

Delfina Báez murió.

La tarde cuando Ignacio salió por fin en libertad, a través de la gente, vio venir la figura de su madre que lo miraba sonriente.


Libro de Visitas

María Alejandra Olariaga ©

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Escrito por Antonio el 20/03/18

Regalo de 15 años


Cuando yo tenía 13 años, mi madre, llamada Alicia, se divorció de mi padre porque él andaba de borracho y desobligado, de ahí en adelante, tuvimos que luchar nosotras solas, pues yo fui hija única y ella no se quiso volver a casar, eso trajo como consecuencia que pasáramos muchas privaciones y a veces no tenía ni para comprar tortillas. Poco a poco mi madre fue consiguiendo dinero por medio de la venta de artículos de belleza por catálogo y yo le ayudaba con los quehaceres de la casa mientras ella salía.

Un buen día, cuando ya tenía 14 años y a pocos meses de cumplir 15, llegó mi padrino que trabajaba en Estados Unidos, se llama David y en ese tiempo tenía 34 años, uno menos que mi madre. Como él había enviudado tan solo a los dos años de haberse casado, al irse dejó vendido todo y no tenía donde quedarse; sin embargo, sí traía algo de dinero, pensaba comprar un terreno, poner un negocio y quedarse a vivir en México. Mi madre se alegró mucho al verlo, porque habían crecido juntos y eran muy buenos amigos, le ofreció quedarse con nosotras y le dijo que le daría un pequeño cuartito que mi papá utilizaba para trabajar la herrería antes de ser alcohólico, este se ubicaba en la parte de atrás, cerca de la cocina, nosotras teníamos nuestro

cuarto cada quien en la parte de arriba. Mi padrino aceptó gustoso, con la condición de que le dejáramos pagar la despensa que surtíamos cada semana, así fue como comenzamos una nueva forma de vida, con un hombre en la casa.

Muchas veces se nos olvidaba y como acostumbrábamos andar en bata por la casa, de repente nos lo encontrábamos y para no hacerlo sentir mal, actuábamos con naturalidad; pero él prefería retirarse con sutileza. Una madrugada, bajé al baño y al pasar por la cocina, se me antojó un sándwich, cuando me lo preparaba, noté por el reflejo del vidrio de la alacena, como

mi padrino estaba en la ventana que da al jardín y me observaba libidinosamente las nalgas, pensando que como yo estaba de espaldas, no lo vería. Por un momento me asusté, pues me había tomado por sorpresa, pero después de un segundo, sentí cómo me invadía el morbo de ser observada por un hombre, que era mi padrino; pero a final de cuentas, un hombre. Yo traía un short muy pequeño, una playerita pequeña sin sostén, ya que no lo necesitaba mucho, apenas y comenzaban a crecerme los senos y las nalgas, aunque tampoco estaba plana, tenía mis encantos y eso era ya era suficiente. Yo seguí haciéndome la tonta y al terminar, subí a mi cuarto y

me acaricié mi pepita, la cual se había humedecido ligeramente.

En los días siguientes, puse más atención a la actitud de David, noté muchas cosas que no había percibido, como que cuando me bañaba y dejaba mis braguitas en el baño para lavarlas luego, cambiaban de lugar o posición. Mi madre se pasaba mucho tiempo fuera de la casa, por lo que muchas veces nos quedábamos solos y en uno de esos días, llegué temprano de la escuela pensando que él estaría en su negocio, por lo que me metí a mi cuarto y de pronto escuché un ruido en la cocina, era David, estaba comiendo, al verme entrar, sonrió y me invitó a sentarme. Nos pusimos a comer juntos y comenzamos a platicar.

-Pensé que llegarías más tarde.

-Lo que pasa es que faltó el profe de la última clase y nos dejaron salir temprano.

-Ah, ya. ¿Qué vas a hacer?

-Nada, bañarme y ver la tele un rato. ¿Y usted?

-Tampoco tengo nada que hacer, pero no me hables de usted, háblame de tú.

-Está bien, podemos ver la tele juntos.

-Si quieres pido una pizza.

-Claro que sí. Con lo que me encanta la pizza.

Habló por teléfono y ordenó una pizza, seguimos hablando de cosas triviales y en cierto momento me preguntó si ya tenía novio.

-No, claro que no, me dijo mi mamá que no podía tener novio antes de los 15 años.

-Y tú bien obediente, ¿no?

-Bueno, no tanto, solo un pretendiente; pero solo de manita sudada.

-Ja ja ja. ¿Y cuándo cumples los 15?

-El 8 de junio.

-Ya casi, es en dos meses más o menos, ¿dónde te van a hacer tu fiesta?

-No, no voy a tener fiesta. Mi “jefa” no tiene dinero. Pero no importa, solo haremos una comidita y ya.

-¿Pero cómo es posible? ¿Acaso no quieres fiesta?

-Pues sí, pero ya ves, cuando no se puede, ni modo.

-Mmm, no pierdas la esperanza, quizá encontremos la forma.

-No, no creo. El tiempo ya no alcanza para ahorrar.

-Quizá sí, porque yo te voy a ayudar.

-¿Y cómo?

-Bueno, tengo unos ahorros por ahí guardados.

-¿En serio? ¿No me estás tomando el pelo?

-Claro que no. Recuerda que en esta vida todo es posible. Pero pórtate bien y de lo demás me encargo yo.

-Haré todo lo que digas, me portaré como tú quieras.

Sabíamos que había un doble sentido en esas palabras, pero solo sonreímos y llegó la pizza, vimos la tele y reímos mucho. A partir de ese día, nuestra relación cambió. Lo veía más tiempo en la casa y poco a poco le fui agarrando más confianza. Yo sabía que me espiaba por la cerradura cuando me bañaba y desde un árbol que está junto a la ventana de mi cuarto cuando me iba a dormir, lo dejaba hacerlo, incluso abría las cortinas y me quedaba solo en bragas para dormir, me llenaba de morbo saber que yo le gustaba.

Incluso a veces jugábamos a hacernos bromas pesadas, como meternos el pie o empujarnos, eso sí, solo cuando estábamos solos.

Faltaban 45 días cuando él le dijo a mi madre que por ser el padrino, pagaría todos los gastos de mi fiesta, mi madre se negó por un momento; pero como él insistió y no aceptaba negativas, ella accedió. Yo estaba agradecidísima, no sabía cómo demostrárselo, a veces le llevaba el desayuno

a la cama antes de irme a la escuela, le lavaba la ropa, le tendía la cama y le limpiaba su cuarto.

-Nayeli, no tienes que esmerarte tanto conmigo.

-Me gusta hacerlo. Así cuando me case ya tendré experiencia.

-Ja ja ja. Pues quien se case contigo, sí que será un hombre afortunado.

-Espero que sea igual de guapo que tú.

-Pero si yo estoy bien feo.

-Claro que no, estás bien guapo y no sé cómo es posible que no te hayas casado otra vez.

-Pues si hubiera una mujer tan hermosa como tú, ya lo hubiera hecho; pero creo que es mucho pedirle a la vida.

-Ja ja ja, ahora resulta que yo soy la hermosa, solo lo dices para que no me sienta mal.

-No, es en serio. Eres muy linda. Si no fueras mi ahijada…

-Si no fuera tu ahijada ¿qué?

-Olvídalo, ya estoy diciendo tonterías.

-Pues recuerda que en esta vida todo es posible…

Se quedó callado al escuchar la frase que él mismo había dicho y que encerraba un mensaje, yo sonreí y salí dejándolo pensativo. Sabía lo que él quería, yo estaba dispuesta a todo con el fin de hacerlo feliz y de que él me hiciera feliz a mí.

Unos días después, cuando regresaba de las prácticas del vals, me llevó a escoger el vestido que usaría y elegí uno de color rosa con un gran escote, sin mangas y esa tarde platicamos mientras comprábamos los zapatos.

-Me siento como cuando me casé con tu madrina, estábamos tan nerviosos comprando el vestido de novia y todo para la boda.

-Pues yo me siento feliz a más no poder.

-Me da gusto; pero no estás nerviosa como lo estábamos nosotros.

-Sí, un poco, creo que en realidad me siento como una novia a punto de

casarse.

-Con la diferencia de que no vas a perder la virginidad después de la fiesta. Ja ja ja.

-Sí, es verdad, ja ja ja. Aunque quien sabe…

Me miró fijamente y sonrió nerviosamente.

-¿Aún eres virgen?

-Sí, pero después de mis XV, quiero ser dejar de serlo.

-¿Y quién va a ser el afortunado?, si se puede saber.

Sonreí pícaramente.

-Alguien que quiero mucho, con toda el alma y creo que es quien merece convertirme en mujer.

-¿Tu novio?

-No tengo novio, ya no, lo corté hace poco.

-¿Entonces? ¿Quién es?

-Quiero que seas tú.

Los nervios casi me hacen desmayarme cuando le dije eso. Pero noté, que él ni siquiera podía hablar, tartamudeaba y no sabía que decir, me tomó la mano y sentí que temblaba. No sé si era nervios, excitación o ambos. Se puso rojo, salimos de ahí sin esperar a que regresara la chica de la

zapatería. Caminamos en silencio, cuando habíamos avanzado un buen trecho y ya más calmados, por fin pudo hablar.

-¿Estás segura?

-Sí, lo estoy. Sé que te gusto y que serás el indicado para hacerme mujer.

-Claro que sí. Te haré el amor de una forma que recuerdes toda la vida.

Nos dimos nuestro primer beso en un callejón cerca de mi casa, mientras permanecimos abrazados como dos novios. Al otro día, solos en la casa, planeamos como sería todo. Me desvirgaría al terminar la fiesta, después de que mi madre se durmiera, en mi cuarto, como si fuera nuestra noche de bodas. Los días posteriores, buscábamos todos los momentos para abrazarnos y besarnos, como si fuera un noviazgo inocente de lo más normal; pero ambos sabíamos que eso lo llevaríamos más allá de unas simples caricias y besos.

El día de la fiesta llegó, ni siquiera me emocionaba el baile, la comida, el vestido, los invitados y menos los chambelanes, solo anhelaba que terminara todo para poder estar con él. Llegaron todos los invitados, yo ya estaba maquillada, peinada y procedí a vestirme, en el paquete donde venía el vestido incluía todo, según él, ya venía el juego completo; esa fue la versión para mi mamá; pero yo sabía que la ropa interior la había escogido él, todo en color rosa. Cuando vi las braguitas, eran pequeñas, pero muy sexis, eran el paso perfecto de niña a mujer y esa noche sería la indicada.

Todo transcurrió con gran alegría, lleno de amigos, conocidos y compañeros de escuela. Mis chambelanes me parecían simples niños insulsos que admiraban mi belleza, como perros de carnicería, yo estaba impaciente porque llegara el final de la fiesta y lo demás. Para eso, casi desde el principio, me dediqué a servirle muchos tragos a mi madre, quien no acostumbrada a brindar tanto, después de algunos brindis, ya andaba bailando con todo mundo y festejaba todo con un trago tras otro, por lo que como a las nueve de la noche ya estaba más que borracha. Los invitados se marcharon poco a poco y yo los fui despidiendo, hasta que solo quedamos los tres en la casa. David ayudó a mi madre a llegar a su cama, entre los dos la acostamos y él le sirvió una copa más donde puso un somnífero, para asegurarnos de que no tuviéramos interrupciones. Se durmió casi enseguida y nosotros nos fuimos a mi cuarto inmediatamente, al llegar a la puerta, me cargó en brazos y yo abrí la puerta, encendí la luz, cerró la puerta con el tacón del zapato y me depositó suavemente en la cama, nos abrazamos y nos dimos un beso que hasta hoy hace que se me ponga chinita la piel. Se quitó el saco, la corbata, los zapatos, la camisa y luego me quitó las zapatillas, el tocado, los guantes y el vestido casi salió solo. Cuando me vio semidesnuda sola para él, sus ojos brillaron de una forma que jamás había visto. Me despojó de la medias, besaba mis pies, mis pantorrillas y subió hasta mi boca, se comía mis labios como si fuera la última vez, al mismo tiempo, desabrochaba mi sostén y comenzó a besar mi cuello, mis orejas, mis hombros y mis pechos, mis tetitas, mordisqueando cada una de ellas, lo que me causaba una sensación indescriptible, provocando estas se endurecieran y mi vagina comenzara a humedecerse, yo respiraba agitadamente, bajó su boca hasta mi estómago, jugó con mi ombligo, sus manos deslizaron mis pantaletas hasta mis tobillos y yo lo ayudé doblando las piernas para que salieran por completo. Terminó de desvestirse y cuando lo vi completamente desnudo, me asusté un poco, tenía una verga gruesa de unos 18 cm de largo, no era un monstruo; pero nunca había visto una de ese tamaño y menos tan de cerca, él se dio cuenta de mi turbación y besándome cariñosamente, me tranquilizó.

-No tengas miedo, mi amor. Seré muy tierno, lo haremos de forma que lo

disfrutes.

-No me vayas a lastimar, está muy grande y mi pepita muy pequeñita.

-Claro que no, tú me dices si te duele y paramos.

-Está bien, te amo.

Nos volvimos a besar y su boca recorrió nuevamente todo mi cuerpo, cuando llegó a mi entrepierna, yo ya era un volcán a punto de hacer erupción, mi concha estaba más que mojada, mis tetas estaban durísimas e hipersensibles, mi cuerpo estaba completamente excitado, la punta de sus dedos recorrían mi cuerpo y siempre terminaban en mi cuquita, su lengua y sus dientes se

deleitaban con mi espalda, mis pechos, mi cuello, mi trasero, mis pies, me chupaba todos los dedos de manos y pies, me mordisqueaba las rodillas, detrás de ellas, provocando que yo misma le pidiera que ya me hiciera el amor. No apagamos la luz, por eso, estando bocarriba, pude ver cómo comenzó a frotar la punta de aquel pedazo de carne en la entrada de mi cuevita, yo estaba nerviosa, ansiosa, llena de ganas de que me la metiera, sentía que aquel fuego que sentía dentro, solo se aplacaría al tener dentro aquel trozo que pedía a gritos. Me colocó con las nalgas a la orilla de la cama, abrí las piernas hasta donde sentí que me ya podría meterme la cabeza de su miembro, él la frotaba en mis labios vaginales de arriba abajo, sentía que me faltaba la respiración y cuando la colocó en la entrada, jalé aire y vi cómo aquel miembro venoso estaba a punto de perforarme, yo lo ayudé abriendo un poco más los labios de mi rajita, de forma que su la cabeza de aquella verga entrara fácilmente hasta donde mi himen lo permitiera, empujó un poco y vi cómo se perdía poco a poco dentro de mí, de pronto sentí que algo dentro de mi hoyito se desgarró, mis paredes vaginales sentían cómo ese intruso se abría paso lentamente, él empujó suave pero firme, solo se detuvo cuando sus testículos chocaron con mi culo, disfruté tanto ese

momento, que sentía solo un pequeño dolor, lo demás era placer puro, ya tenía toda esa verga adentro, había dejado de ser una niña, era ya una mujer. Dejó de moverse, nos abrazamos y nos besamos, yo lo abracé con las piernas, quedando mis pantorrillas en la parte de atrás de sus muslos, haciendo presión como queriendo fundirme con él. Me cargó con cuidado, sin

sacarme su miembro de mi raja y me acostó en el centro de la cama. Mis brazos acariciaban su espalda y en mi monte de venus sentía un rico cosquilleo por sus vellos púbicos que eran abundantes y yo al tenerlos escasos, podía sentir sobre mi piel la fricción casi directa de sus pelos.

Después de un breve instante, sacó su pene solo un poquito y volvió a metérmelo, así lo fue haciendo de forma gradual y sacándolo cada vez más hasta que solo quedaba adentro la punta y lo volvía a clavar hasta el fondo, primero despacio y luego fue subiendo el ritmo hasta que ya los

embates eran realmente feroces, yo gemía, jadeaba y le decía tantas cosas.

-Sí, amor. Más fuerte. Dame todo, así, oh, te amo.

-Qué rico aprietas mi vida.

-Soy tuya, hazme lo que quieras. Oh, que rico siento.

-Te amo, eres tan hermosa.

-Sí mi amor, me haces tan feliz. Quiero todo, métemela hasta adentro. Así, así, ah, ah, ah.

Sus dedos acariciaban mis nalgas y mojándolos con nuestros jugos, fue acariciando suavemente la entrada de mi orificio anal, yo sentía que me asfixiaba de tanto placer, pues al mismo tiempo me mordía las tetitas y lo alternaba con besos en la boca. Mi ano se fue dilatando y se relajó tanto que no recuerdo el momento exacto en que clavó el primer dedo, solo me concentraba en disfrutar, cuando reaccioné ya tenía dos dedos dentro del culo, me entraban y salían fácilmente, no aguantaba más, sentía que iba a explotar, mi cuerpo se tensó, lo abracé con más fuerza que nunca y sentí un placer tan grande que casi pierdo el conocimiento, mi coño emanó abundantes fluidos vaginales, creo que eso lo excitó aún más a él y en ese momento tuvo también un orgasmo intenso, llenándome de esperma mi interior. Nos quedamos abrazados fundidos en un beso violento. Cuando pasó todo y llegó la calma, me recosté sobre su pecho y con un tierno beso en sus labios, le agradecí que me hubiera hecho tan feliz.

-Gracias por el regalo de 15 años, fue el mejor que he recibido en toda mi vida.

-Al contrario, te agradezco a ti el darme la dicha y el honor de ser el primer hombre en tu vida.

A los pocos minutos se vistió, vimos la mancha de sangre y semen que había quedado en la sábana blanca, sonreímos, me dio un beso y se fue a su cuarto, dejándome desnuda bajo la el cobertor de mi cama, la sábana la guardé en un cajón de mi ropero, aún la conservo como uno de mis mejores

recuerdos.

Al día siguiente, nos levantamos tardísimo, mi madre amaneció con una tremenda resaca, estaban desayunando cuando bajé al comedor con mi pijama aún, a mí me dolía la cintura y sobre todo mi rajita recién desflorada.

-Buenos días, hija. ¿Cómo amaneciste?

-Feliz como nunca.

-A mí me duele muchísimo la cabeza.

-Me imagino que a mi padrino también.

-Es cierto, aún me duele un poquito, pero valió la pena.

Todos reímos, pero solo él y yo sabíamos a qué cabeza nos referíamos.


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