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Será mostrado si existe



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Escrito por Prometheus el 09/11/17

El chocolate de Lys III


La fiesta estaba en su mejor momento. El alcohol corría como un rio desbordado. No se habían escatimado gastos para la celebración de las promociones y nuevos socios de la famosa empresa inmobiliaria. Mónica conversaba con algunas compañeras y miraba nerviosa su reloj cada 5 segundos. Lys no había llegado aún y temía que no se hiciera presente porque en último momento su madre, que estaba delicada de salud había empeorado y tuvo que llevarla al hospital. En la fiesta se esperaba a los socios internacionales y otras personalidades de la política y alta sociedad del país. El grupo de Mónica estaba conformado por dos supervisores y cuatro agentes subalternos para cada uno. Ella era una de las supervisoras y su competidor inmediato era el otro supervisor, Waldo. Aunque Mónica tenía todas las posibilidades para ganar, Waldo y su grupo también habían trabajado arduamente para ganar el premio. Había unas doscientas personas en el gran salón de ese hotel de lujo. En un extremo del bar colocado para la ocasión, Waldo y sus cuatro subalternos conversaban trivialidades. Con un vaso de whisky en la mano, no dejaba de mirar a Mónica y a su grupo. Él estaba seguro que de que ganaría porque tenía ascendencia con los jefes de arriba y estos le habían dicho que su trabajo fue inmejorable. Para su entendimiento esto era seguridad a su ascenso.

El premio venía con una cantidad en efectivo, un auto nuevo, más incentivos por ventas y otras bonificaciones. Y por supuesto, una oficina más grande y más personas agregadas a su grupo. De repente, como si el universo se hubiera tragado todo el aire existente, se hizo un silencio total. Hasta que empezó a escucharse el sonido de unos tacones en el piso, nadie pareció reaccionar a la condición de estatua momentánea en la que los había sumido el estupor y la sorpresa. Todas las miradas se centraron en la irreal mujer que acababa de entrar al salón. Un cuerpo angelical envuelto en un vestido rojo. Unos ojos transparentes como el cristal. El negro cabello suelto hasta la cintura, ondulaba a cada paso. Una cadencia al caminar parecida a la de las olas de un impetuoso océano. Una estela de perfume que dejó a todos con la boca seca. Una mano pequeña y delicada con monedero a juego con el collar y los aretes. Una sonrisa que paralizó todos los corazones presentes. Mónica sonrió. Ella sabía muy bien quien era capaz de detener el mundo con una mirada. Todos los camareros al mismo tiempo se acercaron a ofrecer las bebidas de sus bandejas y ella con un simple gesto de su mano y eterna sonrisa, rechazó a todos. Mónica le hizo un saludo desde donde estaba y Lys caminó hacia el grupo con su innata elegancia. Hubo personas que todavía no reaccionaban y no dejaban de mirarla.

Incluso algunos pensaron que la chica era alguien que se había equivocado de lugar porque a primera vista nadie parecía conocerla.

Pero al verla acercarse al grupo de Mónica, darle un breve beso en los labios y tomarla de la mano, supieron por quién había venido a la gran fiesta. Mónica presentó a Lys a sus compañeras y a todos los que se acercaron a saludar con la excusa de verla más cerca. Hasta Waldo, que tenía fama de conquistador y de que ninguna mujer se le resistía, vino al grupo a probar suerte. Claro que era de conocimiento público la preferencia sexual de Mónica y suponían que aquella chica era “su amiguita” pero a Waldo eso le tenía sin cuidado. Él podía muy bien curar de ese problema de lesbianismo a la morena de increíbles ojos sin color. Mónica llamo un camarero y pidió un jugo de frutas para Lys, que no tomaba alcohol mas que con ella y en la casa. Un vaso de cerveza o una copa de champagne era todo lo que se permitía muy de vez en cuando. Míster Brown, gerente de la empresa, también se sumó al grupo totalmente curioso y ansioso por conocer a tan fascinante criatura, que sin decir una palabra tenía a todos asombrados. No es que no hubiera hermosas mujeres en la fiesta, es que Lys tenía algo indefinible, algo que la hacía diferente a todas las demás. Fue una sorpresa para todos, incluso para la propia Mónica, escuchar a Lys responder en un inglés perfecto, lengua nativa de Míster Brown, las palabras que este le dirigía. Waldo estaba mosqueado, la chica le estaba robando el show con el jefe mayor y eso no le convenía. Podía influir en su decisión a la hora de entregar el premio. Así que aprovechó un momento en que Mónica fue requerida por otros gerentes y Lys se quedó sola para poner en marcha un plan recién elaborado en su mente. Mónica no había tenido tiempo de advertirle la clase de persona que era su compañero y rival. Waldo ya había notado que Lys no tomaba alcohol, así que se le acercó con un vaso de zumo de frutas y la invitó a la terraza desde donde se veía toda la ciudad. Lys no quiso ser descortés con un compañero de trabajo de Mónica y aceptó sin intuir las verdaderas intenciones de Waldo.

-De modo que eres la pareja de Mónica. ¿Hace mucho qué eres lesbiana?-

Lys caló de inmediato la clase de tipo con el que estaba. Sonrió tomando un trago del zumo.

-¿Cuál es tu nombre?-

-Soy Waldo. Supervisor jefe de la empresa y seguro gerente de zona a partir de esta noche.-

-Ah, bien. Entonces eres la competencia de Mónica por el premio de hoy.-

-Disculpa si esto suena presuntuoso, pero aunque Mónica es muy buena en su trabajo y otras cosas que seguramente sabrás muy bien, ella no es competencia para mí. Ha trabajado duro este año, pero no llega a mi nivel.-

-Me alegra saber que no está abusando de sus conocimientos enfrentándose a un palurdo. Te diré, Waldo, que no soy lesbiana. No me mires así. No me encasillo en un concepto de género. Soy una mujer que ama a otra mujer, pero podría amar a un hombre, o a un tigre blanco de Siberia.-

-Eso me agrada. Significa que tengo oportunidad para llevarte a la cama.-

-Si yo quisiera, una cama no sería el lugar al que me llevarías. Una mesa, la pared o el piso son tan buenos para el sexo como cualquier otro.-

-Vaya. Tienes una lengua bien puesta. Sabes qué decir y cuándo. Ahora veo porque Mónica esta coladita por tus huesos. Eres una mujer muy hermosa, Lys. Yo podría darte cosas que ella apenas podría ofrecerte.-

-Supongo que es cuestión de interés.-

-¿A qué te refieres?-

-Que no me interesa nada de lo que puedas darme. De hecho, ni en esta vida ni cinco más que vivas, podrías darme lo que necesito.-

-Tienes razón. No tengo vagina.– y se echó a reír escandalosamente su propio chiste.

-Bueno, al parecer ya no tienes nada que aportar a esta conversación. No fue un gusto conocerte, pero es agradable escuchar palabras vacías algunas veces. Adiós.-

Waldo estaba molesto. Muy enojado. Y lo demostró tomando a Lys por un brazo de forma brusca y obligándola a dar la vuelta y mirarlo.

-Escucha bien, maldita tortillera. Ni tú ni tu amiguita tienen nada que hacer conmigo. Te crees la gran cosa porque llamaste la atención con ese vestido de puta barata y escupiste un par de palabras en inglés con el jefe. Ahora entiendo el jueguito de Mónica, muy astuta ella. Traerte aquí para distraer la atención de Mister Brown y a lo mejor hasta ofrecerte con tal de que le den el premio, mi premio. Pero eso no va a pasar, en primer lugar…-

-En primer lugar nada. O me sueltas el brazo en este instante o te arrepentirás toda la vida si no lo haces.– Lys dijo esto mirando a Waldo a los ojos y sin alzar la voz.

-Ramera estúpida, voy a…- cuando dijo esto haló a Lys hacia él e intento besarla a la fuerza, pero quizás debió hacer caso cuando ella le dijo que la suelte. Cuando Waldo acercó su cara a la cara de ella, Lys, con una finta de su cadera y un movimiento rapidísimo, se colocó de espaldas a él, lo agarró por un brazo y lo hizo dar una vuelta por encima de su espalda, cayendo al piso de manera tan sonora que muchos fueron a la terraza a ver qué pasaba. Mónica, que hacía rato buscaba a Lys, intuyó que algo sucedía cuando vio que todos se dirigían a la terraza. Con el corazón a mil revoluciones por segundo casi corrió para ver qué pasaba.

Se abrió paso entre la multitud hasta descubrir a Waldo aun retorciéndose de dolor en el suelo y a Lys al lado de Mister Brown quien le pasaba un brazo por los hombros en actitud paternal.

-¿Qué ha pasado?— preguntó mirándola.

-Nada de gravedad, amor. Alguien se quiso pasar de listo y no atendió las advertencias.-

Waldo intentaba ponerse de pie mirando a todos lados. Con la cara roja de vergüenza y dolor, buscaba una justificación a toda velocidad ante la mirada reprobatoria de todos.

-Mister Brown. Esa mujer ha admitido haber sido contratada por Mónica para intentar seducirlo y dirigir hacia ella su atención a la hora de entregar el premio. Como conozco a las de su clase, cuando quise sacarla de la fiesta me atacó sorpresivamente. No hay duda de que es toda una profesional, porque hasta artes marciales sabe.-

Waldo con un disimulo fingido, dirigió su mano hacia sus genitales, dando a entender que había sido golpeado allí.

Lys y Mónica respingaron al mismo tiempo al escuchar la acusación. Quisieron protestar, pero Mister Brown era zorro viejo y no se dejó engañar.

-No te preocupes, Waldo. Sabes que mi credo es “honor a quien honor merece” y ese premio nadie se lo quitara a quien se lo ha ganado con tanto esfuerzo por muchas argucias que se usen. Por favor señores, volvamos a la fiesta que aquí no ha pasado nada. Mónica y Waldo, por favor acompáñenme.-

Mónica tomó a Lys de la mano y quiso defenderse.

-Por favor, Mister Brown. Lo que Waldo dice no es cierto. Ella es mí…-

-Mónica, por favor, ven.- la interrumpió Mister Brown.

Waldo sonreía levemente. Al parecer su plan funcionó. Dios, era un genio vendiendo su talento por céntimos. Lys se quedó en la terraza mirando las luces de la ciudad que titilaban a lo lejos bajo la bendición de una lluvia suave. “Lo mejor que puedo hacer es marcharme, creo que avergoncé a Mónica demasiado por una noche”. Pensó. Buscó su monedero que había caído unos metros allá cuando empezó la refriega. Caminó con paso firme y la cabeza en alto hacia la puerta. Podía sentir la mirada de todos en su espalda, aunque la mayoría miraba más abajo. Si las diosas existieran seguramente serían así, pensó más de uno en el gran salón.

La recepcionista le sonrió amigablemente. Afuera llovía torrencialmente.

-¿Puedo ayudarla en algo?-

-Podría por favor, pedirme un taxi.-

-Será un placer, señorita. Permítame decirle que ese vestido le queda precioso.-

-Gracias.- respondió con su sonrisa deslumbrante.

Un minuto después la recepcionista le informó.

-El taxi estará aquí en tres minutos. Puede sentarse en la sala de mientras espera.-

-Gracias. Si no es molestia quisiera esperarlo aquí.-

-Por supuesto. A su gusto.-

Lys se paró ante la puerta de cristal de la entrada mirando hacia la calle.

Escucho pasos y supo que era Mónica antes de darse la vuelta. Respiro profundo y se dispuso a escuchar la reprimenda.

-Hola.– dijo Mónica. – ¿Estás bien?-

-Lo siento.– dijo Lys.- Sabes que nunca te avergonzaría a propósito.

-¿De qué estás hablando?-

-Me quiso besar a la fuerza y me defendí. Solo quería ser cortés con tus colegas. Me invitó a la terraza y no imaginé al principio sus intenciones. Luego empezó a decir tonterías sobre ti y…-

-Hey, tranquila.– dijo Mónica acariciándole el rostro compungido.– no pasó nada. Mister Brown lo amonestó firmemente. Es un maldito engreído. Lamento si te puso la mano encima, pero por lo visto se arrepintió de haberlo hecho.-

-No quise ser violenta y ponerte en evidencia delante de tus amigos, pero sabes cómo me pongo cuando me quieren obligar a hacer lo que no quiero. Estoy esperando un taxi para irme a casa de mi madre. Supongo que no tendrás muchas ganas de verme esta noche después del papelón que te hice pasar.-

-Lys, por favor. Te odiaré toda la vida si me dejas sola esta noche. Lo de hoy no tuvo ninguna consecuencia para mí. Mister Brown sabe que la acusación de Waldo no es cierta. No hay nada de qué preocuparse, ¿de acuerdo? Y si pediste un taxi me voy contigo.-

-No. Es tu fiesta. No puedes marcharte. Pero yo no me siento cómoda aquí después de lo que pasó. Te esperaré en casa con una tina caliente y mi aceite especial para masajes.-

-De acuerdo, amor.- Dijo Mónica tomando su cara entre las manos y darle un dulcísimo beso.

Se despidieron tan pronto el taxi se detuvo en la puerta del hotel. Lys salió dejando una fragancia imposible de definir. La recepcionista que había sido testigo de la conversación solo pensó, “vaya, qué suerte tienen algunas”

La lluvia seguía cayendo. El taxi se alejaba rumbo al norte. Mónica subió la pequeña escalera camino al salón. Por la mejilla de Lys, una lágrima solitaria ponía acento en su cara.


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Escrito por Prometheus el 14/12/17

Caleidoscopio


Maya se despojó de la bata floreada que siempre usaba cuando estaba en casa. Su cuerpo desnudo quedó expuesto a la crítica del espejo. Ella sonrió. Al parecer la crítica fue buena. Su piel, en tono dorado oscuro, como el bronce, refulgía en la penumbra. El vapor del agua caliente parecía dar un halo fantasmagórico al cuarto de baño. No lo pensó más y se metió en el encristalado espacio de la ducha a disfrutar de lo que ella llamaba su momento mágico del día. Empezó a tararear una canción mientras paseaba la esponja enjabonada por toda su piel. Los pezones respondieron al paso de la esponja como un llamado. Parecían flechas listas a ser disparadas. Maya no podía negarlo, estaba excitada. La llamada de Kali subió su libido al mil por ciento, pero al parecer se le había hecho tarde porque la hora en la que dijo que vendría había pasado hacía ya mucho rato. Acarició su pubis como sin querer, como si estuviera asegurándose que estaba ahí. Pero uno de sus dedos no pudo evitar rozar levemente el clítoris que sobresalía de sus labios vaginales como un botón de rosa. Un gemido casi imperceptible escapó de su boca y se obligó a concentrarse en el baño, si Kali llegaba quería guardar toda su energía para él. Cambió el ritmo de la canción que tarareaba para distraerse y justo en el instante que cerraba la llave del agua, escuchó la cerradura de la puerta al abrirse. No salió, solo abrió la puerta y se quedó ahí a esperar a Kali, sabía lo mucho que a él le gustaba hacer el amor en la ducha. La línea de luz que se iba agrandando según Kali entraba y la miraba, la hizo aparentar como un fantasma. Las gotas de luz, el ambiente húmedo y el deseo casi palpable de ambos. Ella no se sorprendió de que estuviera desnudo. Era la persona con menos pudor que jamás había conocido. Claro, como él decía, no tenía nada que esconder porque lo que la ropa ocultaba era digno de exhibirse en el más grande de los museos y cobrar entrada. Su piel: como el ébano, sus pectorales: como bloques de cemento y su sexo, una combinación de infierno y acero. Sin dejar de mirarla ni sonreír entró con ella a la ducha y la besó en la boca, con hambre, con ansias, como si buscara oxígeno en su interior. Maya se quebró como un junco ante la fuerza del viento. Casi siempre sucedía así, él apenas la tocaba y ella se convertía en brisa, en espuma, en niebla. Los labios de Kali bajaban por el cuello, llegaron a los senos y el primer tornado empezó a formarse al final de la espalda de Maya. El siguió descendiendo por su vientre, la lengua hurgó en el ombligo produciendo un dolor dulce. Llegó a su pubis y enterró la nariz en su vagina húmeda y caliente. Aspiró su aroma limpio y la lengua hizo el trabajo para la cual fue creada. Parecía querer extraerle el alma a través de su sexo. Sorbía, chupaba, lamia el interior, el exterior, los lados, bajó al perineo y ella sucumbió a lo que ahora era un tornado que devastaba toda su piel. Sus gemidos hacían eco en las paredes sin ninguna vergüenza o pudor. Al llegar al ano un grito liberó su primer orgasmo de la noche. Tembló como una hoja en un vendaval. La fuerza de Kali la mantuvo clavada a la pared hasta que él se satisfizo de sus fluidos y tuvo la compasión de dejarla tranquila el tiempo que tardó en ponerse de pie. Le vio la boca brillante y mojada y le paso un dedo por los labios y luego llevárselo a los propios. Probar su propio sabor era una forma de compenetrarse más con él. Kali la besó con posesión, ella parecía hundida dentro de él, envuelta en sus brazos, incrustada en su pecho. No se quejaba, le encantaba la sensación.

Kali le dio la vuelta poniéndola de frente a la pared. Maya separó las piernas, levantó las nalgas y esperó. Kali empezó la introducción de su miembro con una lentitud desesperante, ella sentía como se abría paso centímetro a centímetro hasta que el glande chocaba con su útero. Kali esperó a que fuera ella quien empezara el movimiento de vaivén y entonces él la secundaba. A veces salían al encuentro uno del otro, como dos fuerzas imparables y al chocar estallaba todo a su alrededor. Kali abarcó los senos duros y calientes con sus manos mientras sus caderas se movían ahora a toda velocidad. Entraba y salía como horadando la luna. Maya jadeaba buscando aire, apretaba con fuerza sus pezones sobre las manos de Kali y se movía tratando de llevar el ritmo de él sobre sus glúteos. Maya se estaba derritiendo de puro placer. Movía los músculos vaginales de forma que parecía exprimir el pene de Kali como si le extrajera la existencia. Este daba también alaridos sin dejar de moverse, poniendo de manifiesto el poder de sus piernas. El siguiente orgasmo de Maya empezó a formarse en su columna y se expandía por cada poro de su piel, como si cada molécula tuviera vida por sí sola, haciéndola apretar los dientes mientras su rostro se contraía en una mueca grotesca de una sexualidad salvaje. Por fin, Kali la abrazó con fuerza y se quedó clavado a ella, culeando todavía a golpes fuertes, secos y espaciados. A Maya se le pusieron los ojos en blanco. Temblaba y respiraba agitadamente. A veces, parecía que sus pulmones se detenían para, al momento, exhalar y emitir un quejido agudo entre espasmos violentos, convulsos. Parecía como si hubiesen perdido la energía. Se deslizaron sin fuerzas hasta el piso, abrazados, como incrustados uno en el otro. Unos minutos después Kali se levantó y cargó a Maya hasta la cama. Una vez ahí se acostó a su lado abrazándola desde atrás, hasta que sintió que su pene se ponía duro otra vez al estar en contacto con el trasero de ella. Maya comenzó a acariciar el miembro que quemaba sus nalgas, una lenta masturbación como para desesperar a cualquiera. Kali acariciaba a su vez los senos, apretando con suavidad los pezones erguidos y duros como piedras. Maya cedió primero a la desesperación y dándose la vuelta se enfrentó a su adorado tormento, besándolo y sintiéndolo por todas partes. Kali se colocó encima de ella y mirándola a los ojos la penetro muy lentamente. Maya cerró los suyos para disfrutarlo mientras se abría paso entre las paredes de su vagina. Kali inició un vaivén despacio, besando su boca, lamiendo sus pechos, torturando los pezones duros como guijarros de mar. Maya solo atinaba a gemir, perdida en el placer y el deseo. El encuentro de sus caderas era rítmico y sincronizado. Se sentía diluirse, como si sus huesos se licuaran en su interior, Kali aumentaba su velocidad a cada segundo que pasaba, fuerte, fuerte, más fuerte, rápido, rápido, más rápido. Kali le susurraba palabras obscenas en su oído, enardeciéndola aún más. Un grito empezó a nacer en sus entrañas, a reptar por todo su interior hasta brotar con la furia de una erupción volcánica. Kali también dejó escapar un quejido sordo cuando la acompañó en la explosión orgásmica que los mandó al fondo de un abismo que paradójicamente no lo tenía. Despertaron como casi siempre. Uno soldado al otro. Con la mirada llena de hambre. Con más ganas de sentirse saciados.


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Escrito por Prometheus el 05/01/18

Lys XV


Buenos días doctor, me dijo mi secretaria que usted quería hablar conmigo, le ruego por favor que sea breve, usted sabe que tengo muchas ocupaciones y obligaciones. ¿Qué cuál es mi edad? Pues mire, eso depende de muchas cosas, si es verano y está nublado tengo veinte años, si mi padre habla por teléfono y me sienta en sus piernas tengo siete, si mi madre me manda al mercado tengo trece, si estoy cenando en compañía de alguien y el camarero es negro entonces tengo dieciocho, estoy celebrando mi mayoría de edad y la pérdida de mi virginidad, si hace frío y es de mañana tengo treinta y tres, pero si los claveles cantan desnudos, si las aves pierden sus plumas y con sus malos hábitos vuelan, si mi abuela sonríe en su ataúd y mi marido me acaricia los senos después de dormir, entonces tengo cuarenta y debo ir a buscar a mis hijos al colegio porque son las seis de la tarde. Si doctor, mi edad es la misma pero es variable como los milagros, como los ángeles que matan por encargo y como el mal aliento de algunos sacerdotes.

Ay doctor, yo odio que me pregunten la edad, como si no fuera suficiente tener diez años todos los días e irme a la iglesia con mi vestido sin mangas a hacer la primera comunión detrás del confesionario pintado en color caoba, es mejor tener dieciséis y escaparse al río con el novio lo importante no es saber nadar sino dejarse babear los pies por el idiota de turno.

Yo soy una mujer muy centrada doctor, no creo en vírgenes ni en carteles de Pepsi cola, eso se nota en la trenza que adorna mi cabeza. Yo no vivo mirando nubes de colores, yo voy a lo mío y después me atengo a las consecuencias por haberme comido el chocolate aunque los perros carguen luego con la culpa. No soy tonta doctor, las pastillas que me dan para dormir las vendo a los que fabrican bicicletas usadas y rayos de luna, hablando de lunas doctor, usted no sabe que la nueva del viernes pasado se la alquilé a la señora de la esquina para que sembrara sus hojas de té, y la llena de anoche se la regalé a mi vecina la prostituta, para que siga convirtiéndose en hombre lobo. Pero doctor caramba, le dije muy claro que era una mujer ocupada, no es fácil deshojar margaritas cuando el otoño es tan oscuro.

Pero no quiero hablar mucho doctor, siento que las palabras me pesan, como si lo que expreso tuviera notaciones de incongruencias, como si mis cuerdas vocales estuvieran enredadas.

No sé explicarlo doctor pero yo me entiendo, suelo ser violenta e incoherente cuando no hago el amor al aire libre, además mis conocimientos sobre extraterrestres, escarabajos y oasis son muy limitados, así que no se preocupe de los adelantos modernos y págueme los mil pesos que le gane en la apuesta, le dije que en las pupilas azules de los muertos se reflejaban el dolor de los parientes y usted no me creyó, además era fácil deducirlo por el largo de las faldas de las rezadoras.

Ustedes los hombres no se fijan en eso, son tan triviales, desgraciados, impotentes, atrevidos, inadecuados y megalómanos que imaginan a las aves comiendo paja en el cielo y a los amigos metidos entre las piernas de las vendedoras de carne, buscando oro.

Señorita, disculpe mi atrevimiento, pero esos labios rojos no son suyos, yo los vi pasar corriendo hace un rato por el pasillo, cuando cayó la primera lluvia de octubre, se veían tan lindos con sus chalecos de flores y sus corbatas rotas.

¡Ay, que nostalgia! Como recuerdo las banderas que se izaban en protesta por la lluvia que mojaba los sepulcros donde dormían los demonios, motivando a los jueces a repartir justicia ajena, abriendo los corazones de los amantes infieles, de las casadas vulgares, de esos inútiles arrodillados ante altares de cartón.

Confié en usted doctor, le abrí mis piernas, mi cabeza y mi corazón para que hurgara en ellos a gusto y mire como me paga, cortándome las uñas sin mi consentimiento y haciéndome comer “kriptonita” sabiendo el daño que me causa.

Pero no me daré por vencida, astronautas y transeúntes vendrán a escarbar conmigo y entre todos haremos una torre alta para subir al cielo y le pediremos a María Magdalena que contrate nazis y mineros y ya verá usted cómo podremos deshojar girasoles y arrancarle las alas a todos los mamíferos que andan, nadan, vuelan, se arrastran, sudan y reniegan de sus apellidos.

Se ha equivocado doctor, no estoy sola en esta lucha, yo también tengo mis cómplices y mis espías entre los suyos, Jajaja, ¿Me creía solamente una pobre loca encerrada y envuelta entre pañales? No doctor, también soy graduada en maternidad, piel reseca y dinamita cortada en círculos y usted lo sabe.

Mañana es lunes, por lo tanto lloverá y estaré triste, porque cuando es lunes y llueve mi cuerpo se confunde. Y mis lágrimas se creen gotas de lluvia y entonces lloro. Como puede ver, algo normal en cualquier persona en un lunes que llueve.

El martes es un día pesado. Citas médicas, dar de comer a las abejas en el parque y montar en bicicleta, además también es día de jaqueca, o sea que tendré que comer raíces para que no se me manchen los dientes.

El miércoles. ¡Ay el miércoles! Es el cumpleaños de esa hermana que sé que no tengo, eso significa que debo comprar pastel, globos, flores y clavos dorados para el ataúd, lo corriente en una fiesta íntima, sólo los más allegados y los gatos callejeros que maúllan al compás de los latidos de los corazones de los pobres.

El jueves es día de compras, hay que ir al salón de belleza, a ponerle colores a los semáforos que por las vacaciones se vuelven blancos y negros. Pero aquí entre nosotros, doctor, déjeme decirle que la enfermera Rodríguez dijo en su hora de almuerzo que el blanco y el negro también eran colores. ¿Se imagina, doctor? ¿Puede su mente abarcar la magnitud de semejante descubrimiento? En fin, el caso es que puedo ir al cine y comer palomitas sin temor y sin miel.

El viernes me encanta. Me dan postre dos veces y puedo bañarme con agua caliente, pero solamente si permito al enfermero nuevo restregarme la espalda sin esponja. Es tan pícaro, doctor. Me hace cosquillas en las orejas y me cuenta historias. Espere, que no quiero perder el ritmo.

El sábado es día de visita, me pondré mis zapatos rosa intenso y la camiseta que le robé a la bruja, me pintaré los ojos y después repasaré la lista de invitados. Bueno, eso es todo doctor. ¿Cómo? ¿El domingo? No doctor, me parece que usted está equivocado, claro que mi semana tiene siete días, pero el domingo no es uno de ellos.

Mi dinero es mío y de los biólogos marinos, de los invasores de otros planetas y los actores de películas pornográficas.

Desde hoy mi querido doctor le declaro la guerra, prepare sus mejores armas y pepinos en vinagre porque la sangre correrá hasta llegar a la meta final, pero recuerde que mis recursos son ilimitados y que además cuento con el sindicato de vendedores ambulantes y sus sombrillas de colores.

Ha perdido antes de comenzar, estoy tan segura de mi triunfo que lo dejaré que dé el primer golpe, mientras tanto esta despedido del consejo de directores, de la unión nacional de taxistas y de los ingenuos vestidos de azul, que en primavera se confunden con las nubes.

Pobre de usted doctor, lo creía más inteligente pero ahora sabe que siempre hay alguien que nos supera y que también nos da albóndigas de esas que vienen en latas, vaya preparar su ajuar doctor, no todos los días se va uno de paseo a Japón y toma sopa del mismo plato que Tarzán.

Mire doctor, mire como me sangran las manos, a pesar de que las espinas las tengo clavadas en las nalgas y para colmo de males me ha nacido otra boca entre las piernas que me pide cosas raras para comer, además mi marido se enfada cuando le digo que su pene es poeta y que me enamora cuando estoy dormida. Ahora doctor pongamos las cosas en claro, sé que usted es un ladrón que me tortura con su varita mágica y quiere que mi himen sea cómplice de sus idas y venidas, ja, pero yo no nací ayer, ni me moriré el próximo martes trece, así que pídale una cita a mi secretaria que yo tengo que irme a contar granos de arena al desierto porque las de la playa las conté esta mañana. Buenas tardes gato con botas, salude a Blanca Nieves de mi parte y dígale que las estrellas fugaces no sirven para adornar el escote ni para hacer crecer los enanos de su cuento, adiós.


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