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Será mostrado si existe



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Escrito por Tapichless el 18/05/15

Temporiza


Desperté a eso de las seis de la mañana, sin embargo, hasta las siete no me di cuenta que yo ya no era yo. Dirán que fue al mirarme al espejo, pero no, fue al contemplar mis manos mientras me duchaba, el espejo sólo fue una confirmación de mi observación. Mi ojos, mi nariz, todo mi cuerpo estaba en perfecto orden. Es cierto, la cara que se reflejaba inversamente en aquel cristal era la mía; pero no era yo. Yo no era el que se encontraba en el baño tratando de hallar una respuesta sobre su identidad. ¿Quién era yo? ¿Qué hacía en mi casa, si está no era mi casa? ¿En qué momento cambie? ¿Qué pasó conmigo? ¿Dónde estaré? Tenía que comprobar si era yo o no. Salí rápidamente hacia “mi trabajo”, pensando que no me había visto partir. Al llegar, mis confirmaciones se verificaron al revisar la tarjeta de entrada, ésta ya estaba marcada. “En su oficina estará” pensé apresurando el paso por los más de tres pisos de escaleras. A pesar de no ser “yo”, la cara que tenía engaño perfectamente a sus compañeros de trabajo. Convencido que mi farsa había salido perfecta y entusiasmado con ella, tenté a mi suerte pidiéndole un café a “mi secretaria”.

—Disculpe —me contestó extrañada—, pero ya se lo di personalmente. No se acuerda. También me pidió que le trajera estos papeles.

—Perdón. Sí me acuerdo. Je… sólo era una broma— dije nervioso y entre apresurado a la oficina.

Un café humeante se encontraba posado en el medio de la mesa, no obstante, en la oficina no había nadie… nadie más que yo.

—Acá está la agenda para… ¿Le pasa algo?… ¡No! ¡No me diga!

—¿Qué pasa?

—Ya se dio cuenta, ¿verdad?

—¿De qué habla? Explíqueme, por favor.

—Bueno, que se dio cuenta que usted no es usted. En la oficina hicimos hasta una apuesta de cuánto tiempo se iba a demorar en darse cuenta. Mire, le voy a ser franca, yo creí que se iba a demorar más.

—Pero, ¿acaso a usted no le parece extraño?

—¿Cómo? ¿Primera vez que despierta y usted no es usted? Yo voy como en mi “yo” quince. Ahora, si me pregunta, yo conocí a un tipo que iba en su “yo” treinta y siete. Mmmmmm… lo veo algo afligido. No se preocupe, al comienzo cuesta asimilarlo, después del cuarto “yo” se acostumbrará.

—Pe… pero, ¿Y el café?

—¡Ah! Fue una broma. Es que Miguel, el de la oficina de lado, creyó que era su día. Mire que acertarle, de hecho, él ganó la apuesta. Bueno, acá están los papeles que debe firmar. ¡Ah! No se preocupe por la firma, de seguro que los de la compañía lo entenderán en su problema.

La puerta se cerró y yo… yo me quedé en silencio.


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Alejo Riobó Brosse ©

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Escrito por Desstri el 28/05/15

Atravesando los siete mares II


Entrada de Charles Día 25 de Agosto de 1.662

Mi madre no dejó de insistirme y recordarme que debía buscar un buen secretario, ya podría quedarse con padre en la corte y dejar de marearme la cabeza. Se pasó quince días lanzándome sermones, hasta obligarme a involucrarme personalmente en la selección. Como suponía, los candidatos llovieron: veinte, treinta, cincuenta, medio país rogando para servirme.

Para evitar perder el tiempo en decenas de entrevistas absurdas decidí pedir un montículo de cartas de recomendación y certificados de estudios, así me quitaría a los incompetentes de encima.

Tras ir trillando, quedaron tres candidatos válidos. Yo me decantaba por Philipe, fue compañero de clase a pesar de pertenecer a una familia menor a la nuestra y aunque no los mejores amigos, nos llevamos bien. Juntos hemos hecho cosas memorables, a pesar de las cuales logró obtener menciones de honor en un par de materias.

Pero no… Mi madre también le conocía y le parecía una mala elección, como no podía ser distinto en mi madre, me quitó de la cabeza a Philipe con su eterna charla.

Ella apostaba por otra de las candidatas, la tal Gabrielle Parouse, su padre es nuestro servidor, como su hermano mayor, mientras que el segundo se había ido a buscar fortuna a no se donde. Mi madre insistió de elegirla a ella, a parte de tener muy buenas referencias y ser de una familia intachable, consolidaríamos la lealtad de su padre y su hermano, y con ello nuestra afinidad familiar como mecenas de la orden de la cruz.

Sabía que se pasaría todas las vacaciones insistiendo, así que le di la razón pronto para alcanzar algo de paz. Lo bueno de que fuera una mujer, es que si salía rana la podía usar como diversión para amortizar el gasto.

Eso pensé en la costa, hoy la he conocido y retiro lo dicho. No es una rana, es una especie de gallina de piel pálida, flaca y sin curvas, toda un manojo de nervios. En un supremo esfuerzo de imaginación, supuse que se había puesto sus mejores galas para mí, pero seguía sin ser gran cosa.

Repasamos juntos sus credenciales, también sus recomendaciones y balbuceó alabanzas rígidas hacia mi persona. A pesar de su poca soltura, parecía que de verdad era inteligente y a pesar de la falta de garbo, su aspecto no espantaba.

Al final decidí aceptarla a mi servicio, así que le dejé claro algunas cosas. Le dije que mientras me acompañara debía recogerse el pelo, vestir con discreción y pasar desapercibida. No me interesaba que mis amigos de la aristocracia pensaran que es alguien con quien socializar.

Le expliqué lo que requería de ella: cualquier cosa en la que estuviera interesado, que por extravagante que fuera, debía aplicarse en procurármela. A veces me encantaba preparar una buena broma o una gran fiesta que requiera algo muy especial. Esperaba que cualquier habilidad necesaria para tal efecto la supiera o la aprendiera de inmediato y en general, debía tener claro que siempre iba a tener que estar disponible para mí.

Entrada de Gabrielle: día 15 de Septiembre de 1.662

Con tristeza, debo afirmar que las esperanzas que guarda mi padre acerca mía tienen un precio, tras pasar unos días sirviendo al señorito Charles, empiezo a pensar que se está esforzando en que le aborrezca. Se pasa el día lanzando chanzas y burlas sobre cuantas personas nos cruzamos cuando está a sus espaldas. Vamos de compras y me quiere siempre detrás mirando, cargando la ropa, a pesar de que ni pide ni le interesa mi opinión. Gasta en una sola compra mucho más que mi estipendio anual hasta que termine mis estudios, aunque eso tampoco es difícil, pues es muy escueto.

Mi dinero a penas me da para vestirme apropiadamente en un lugar tan competitivo como la universidad de Charouse, no hablo ya de ir a la moda. Por suerte las dietas vienen incluidas, al menos no pasaré hambre.

Mañana empiezan oficialmente las clases, afortunadamente compartimos pocas, así que espero tener un respiro de tanto joven barón durante unas horas al día.


Libro de Visitas

Eduardo Tapia Quesada ©

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Escrito por KatsuKomori el 02/06/15

Descenso al cielo


Andar por estos senderos boscosos a estas horas hace que mi mente e imaginación comiencen a divagar entre recuerdos y el “si hubiese sido”, perdiéndome entre una nubosidad de recuerdos mientras voy paso por paso hacia la incertidumbre. Hacia un recuerdo viviente. Era de madrugada. El frío nocturno volvía hielo mi sudor, pegaba mi lengua al paladar seco por jadeos, y enfriaba mis dientes hasta sentirlos ajenos a mi boca. Sentía mi cuerpo pesado al subir con todo lo que traigo encima. Llevaba una mochila ligera con un campamento pequeño y provisiones. Una linterna con baterías extras y un cuchillo de supervivencia, solo por si acaso. Vivía cerca, pero las montañas eran tan espesas que hasta lo impensable podría pasar en cualquier momento. Especialmente a donde voy.

Subía por un sendero en una misteriosa y alejada montaña repleta de árboles enormes y espesos cubriendo sus laderas. Para llegar aquí tuve que cruzar el Embalse Guadalest, frente a mi pueblo con el mismo nombre y caminar varias horas alejándome cada vez más de las carreteras. Bebí un poco de agua para refrescar mi garganta carrasposa ante el viento y el cansancio del ascenso. Además que seguir el rastro de este camino de tierra y piedra por este sendero serpenteante hasta la cima, era toda una proeza. Y más por la oscuridad casi absoluta que me acompañaba desde que inicié este viaje de media noche. A pesar del cansancio y las palabras de mi padre que aún resuenan en mi mente, siento que esto es algo que debo de hacer, un reto personal. Algo que dejé pendiente hace mucho y que debo saldar. No puedo volver sin estar bien conmigo mismo. Y más ahora que estoy a mitad de la montaña. Ésta montaña.

Con cada paso que daba sentía sensaciones similares a mi pasado, como si la tierra me susurrase sus recuerdos y secretos. Aquellos que quedaron entre nosotros hace ya cinco años. Éstos eran tan fuertes que, si fuera de día, podría apostar a que aún nuestras huellas de aquel entonces serían visibles y frescas. No, mejor dicho, intactas. Trataba de ignorar el ruido del viento aullando entre las hojas de los árboles moviéndose violentamente a mis alrededores, como si siguiesen mis pasos. Trataba de no hacerle caso a mi mente, a mi memoria, a mis miedos. Aquellos que revivían con más viveza cada metro que ascendía. « ¿Qué estoy haciendo aquí otra vez? » me preguntaba cada vez que podía. En cada aliento de lucidez. Cuando me dignaba a pensar sabiendo que esto no debería de estar pasando. Cuando identificaba que mi presente en realidad no era aquello que visualizaba de repente entre parpadeos.

Hace horas culpaba a mis amigos por recordarme este día, como una jugada inocente, una historia que querían escuchar de mí. Yo siempre era aquel chico que tiene una anécdota que contar. Eso está bien. Cualquier día hubiese sido diferente, hubiese estado bien. Pero hoy. Hoy solo puedo culpar a alguien de todas las ideas que llovieron de pronto. Por la culpa. Por estar aquí otra vez. A mí.

Ésta nostalgia. Ésta sensación de inconformidad. De haber dejado algo pendiente. Algo que arrebata mi sueño alguna noche a la semana, y a veces hasta tres consecutivas. Éste olor que empapa mis pulmones en cada jadeo, y este lugar tan frío y ausente de vida a pesar de estar rodeado de ella. Me asusta. Y aunque mis pasos sean lentos y mi semblante sereno realmente tengo mucho, mucho, pero mucho miedo de alzar la mirada y ver posada en la sima aquella intimidante e imponente casona, resguardada entre la oscuridad de la noche. Aquella que era capaz de helar mi sangre con solo posar mí vista en ella, tal como pasó esa primera vez que sin ojos me observó, y sin palabras rechazó mi presencia. Me prohibió estar allí. Pero eso no lo entendí. Y ahora con esta oscuridad y con la vista tapada por las copas de los árboles casi camuflados con el cielo nocturno, sabía que ella allí parada sobre la sima, imponente y poderosa, ya tenía sus “ojos” clavados en mí. Me miraba. Sus “ojos” atravesaban mi carne volviéndola de gallina.

Al voltear y ver al cielo se podía contemplar cómo se volvía rosa y dorado, irrumpiendo en el azul profundo. Sabía que si alzaba la vista frente a mí aquella casona me haría volver a casa con la cola entre las patas. Realmente evitaba verla. Eso solo podría empeorar aún más mis insomnios o peor, las pesadillas.

« ¡Vamos Fran! Que ya se ve la casona ¡Mueve el culo! » Escuchaba al caminar por las últimas y más empinadas curvas del camino que apenas eran visibles como siluetas negras. Faltaban pocos metros para estar en la sima. Volteaba a todos lados apuntando con la linterna, sudando frío. Sabía que aquella voz solo provenía de mi mente. Pero se escuchaba tan real, tan vivo como en ese momento. Tropecé sin perder el equilibrio con la punta de una gran roca, cuya superficie apenas sobresalía de la tierra. Esta era la misma con la que perdí la mitad de mi diente frontal en ese entonces. Mientras que ella corría hacia arriba hasta perderse de vista. De hecho, aún podía verla subir emocionada por las escalinatas de piedra sin terminar, alejándose para siempre de mí. Esa fue la última vez que la vi.

Pasé la lengua por el diente reconstruido, y como si fuese una inexplicable memoria nerviosa sentí el dolor ramificándose por toda mi encía. Temeroso me dirigí a los pies de las viejas escalinatas de piedra que parecían estar en ruinas, casi desechas. La piedra estaba corrompida por el tiempo, maleza, suciedad y raíces que salían desde sus adentros bajando pocos escalones y deformando su antigua forma. Era mucho más tétrico que lo que podría ilustrar mi memoria, si es que de verdad esas imágenes que veía tras mis pupilas eran fragmentos reales de mi vida. Por más que lo intenté no lograba recordar con certeza ciertas escenas que creía vivir en éste lugar, como las de éstas escalinatas que desde un principio estaban inconclusas, pero nunca desechas como las de ahora. Solo la veía a ella entre la luz de mi linterna y la poca iluminación del amanecer, corriendo hasta perderse en la sima entre la negrura de las siluetas de los árboles que se alzaban a mis alrededores y la oscuridad del crepúsculo.

Me resistía en subir y de llevar la mirada más allá del final de la ladera. Del sendero. Del último escalón. Me resistía a calmar mis ansias, ya que sentía que sin éstas estaría perdido en la oscuridad, entre los susurros del viento que seguían moviendo las hojas de las copas de los árboles que me rodeaban. Apagué la linterna de repente. Sin pensarlo. Solo la apagué y me quedé allí en silencio. « ¿Qué fue eso? » No sé si era parte del viento o si fue éste quien derribó las ramas muertas de las copas frondosas. Pero estaba seguro de escuchar algo, un paso, un movimiento, o algo más allá. Tragué saliva y me mantuve allí expectante. Esperando y escuchando. Tener la linterna encendida me ayudaría muchísimo, tenía el impulso de encenderla, de ver más allá de lo que me dejaba la breve luz del crepúsculo. Pero hacerlo solo sería un indicativo de que yo estaba allí completamente solo. Era un miedo arraigado que surgió al salir corriendo de éste lugar en ese atardecer. Un miedo de estar solo en la oscuridad y que una linterna reflejara mi ubicación; pero, mantenerla apagada solo me ayudaría a sentir miedo por el desconocimiento. La incertidumbre. El horror de no saber qué es lo que hay al frente de tus narices. Por eso quedé allí con un pie al inicio de la escalinata y con el otro en la tierra desnuda del sendero. Esperando a que la oscuridad se disipara, y a que esta sensación de peligro desapareciera indicado únicamente por los latidos de mi corazón. Mis instintos.

No sé cuánto tiempo pasó después de estar allí inmóvil, solo los calambres eran los indicativos de que habían pasado muchos minutos. Sin embargo no desistí hasta que pude ver los escalones y alrededores con mayor claridad, finalmente mi mente y corazón podría estar en paz. Suspiré de alivio e inicié el ascenso por la escalinata tomando mi tiempo por su inestabilidad y constante peligro de perder el equilibrio por las raíces que tenían parte del camino infectado en sus enredaderas. Algunas piedras estaban flojas y al pisarlas éstas se desprendían de las demás cayendo cuesta abajo, golpeándose estrepitosamente contra otras rocas. El camino era más peligroso de lo que creía que podría ser. Después de todo este solo era el recibimiento. La bienvenida. No sé qué me esperaba al volver a éste sitio, que en su momento ya era hostil. Y ahora estaba sintiendo sus grandes cambios.

Mientras subía recordaba que hace más de cinco años se contaba de un millonario muy famoso por estos lares de España, uno cuyo nombre no recuerdo. No soy muy bueno para los nombres de la gente. Solo sé que era muy famoso. Él había comprado la montaña para realizar una ambición personal. “Una maravilla” decían. Eso lo recuerdo con una lucidez detallada. Muchos en Guadalest admiraban sus ideas y exposiciones en el pueblo, que de por sí era pequeño y aburrido. El hombre buscaba contratar mano de obra, arquitectos e ingenieros. Y mi padre, uno de los encargados de la ingeniería eléctrica, trabajó ahí por un contrato de dos meses. Hasta un día en que todo cambió. Nos llamó desde el hospital, había tenido un accidente, uno que acabó con parte del proyecto. Con el tiempo él fue contando poco a poco cada anécdota que se vivió ese día dentro de dicha estructura. Él cuenta que parte de la casa se derrumbó tras un temblor en pleno apogeo laboral, llevándose pilares y obras sin terminar que abatieron con las demás. Una horrorosa reacción en cadena. Los pilares derribaron paredes, las paredes los andamios, y los andamios sobre la gente. Después que el temblor pasó la casa tenía una última sorpresa cuando todos estaban ayudando a los heridos. Fue solo cuestión de tiempo para que la ausencia de pilares derribase parte del segundo piso sobre el resto de los trabajadores. Y junto a ello la estructura más ambiciosa del proyecto: unas enormes escaleras en espiral que estaban realizando, que según cuenta mi padre recorrería cielo y tierra. Algo similar a la casita de tubos de un hámster, pero vertical. Todo se vino abajo cobrándose incontables vidas.

El millonario intentó de continuar el proyecto, pero pocos se animaron a prestar sus servicios esta vez, incluso mi padre. Tardó muchos años en reconstruir los daños, y de hecho, completarlo nunca ocurrió. El dueño murió en la casa, según dicen de un “paro cardiaco”. Eso nunca quedó claro, solo que fue encontrado cerca de las escaleras. Sus hijos no quisieron completar el sueño de su padre dejando así la gran casa en la sima de la montaña junto con el terreno en venta para cualquier inversionista. La Casona San Apolo. Considerada maldita desde ese día. Aún se encontraba erguida en la sima de ésta montaña.

Frida, mi hermana mayor, me invitó tiempo después de todos estos acontecimientos a ir a recorrer la casona aprovechando que estaba abandonada y nada malo pasaría. Ella era así, aventurera, valiente, atrevida y directa, mucho más “hombre” de lo que yo pueda ser. Hasta el día de hoy no sé qué fue lo que me convenció en ese momento de acceder a una decisión tan imprudente. Quizás sea la pubertad de ambos en esos años; pero tras superar eso no me explico qué diferencia hay a lo que estoy haciendo ahora, reviviendo nuestros pasos de un día como hoy con más de cinco años de diferencia. Quizás antes era por curiosidad, por un reto, una aventura. Ahora es algo que debo de hacer para estar bien conmigo mismo. A fin de cuentas, es todo lo mismo. No estoy haciendo nada diferente por más que así lo quiera ver. Pero, eso es lo que quiero creer.

El viento sopló de nuevo despertándome de mi sueño, aun estando despierto. Me estaba acercando a la sima, a solo pasos de dejar las peligrosas escalinatas de piedra. A pocos escalones pude comenzar a contemplarle mejor entre los árboles. Una torre desecha, sin techo, y de silueta carcomida. Podía notar entre el cielo dorado y su luz naciente, la figura oscura de las mallas de acero corrugado que forman su estructura muerta y sin paredes. Finalmente allí estaba ante mí, al final de un largo camino abandonado y rodeado de vegetación. Mi corazón en ese momento comenzó a latir con fuerza, cada vez más creciente y con mayor descontrol. Tomé mi tiempo caminando, dando oportunidad a que sol terminase de salir. Realmente estaba nervioso al verle con cada paso más y más cerca. Revelándome los tonos claros y sucios de sus corroídas paredes por el pasar del tiempo, con pedazos ausentes de oscuro interior, y partes repletas de un extraño tono rojizo. Parecía oxido derramado desde la torre desnuda hasta su base rectangular. Las ventanas eran peores que las grietas. Allí frente a mí ausentes de cristales. Las grietas que veía de lejos se convirtieron en troneras que parecían parodiar la entrada a una cueva. El segundo piso de la casa, bajo la torre, era inexistente, pero aún sin saber su historia los pilares en mallas de acero revelaban que una vez lo tuvo. Y la torre parecía tener una forma cilíndrica y espiral, dejando ver en las pocas paredes (o pedazos de concreto) que aún conformaban los esqueletos de su compleja arquitectura, pedazos de escaleras que aún permanecían adheridas a ella.

- Ha cambiado bastante desde la última vez… - Murmuré anonadado, aún con los ojos puestos en ella. Intrigado por la imagen que permanecía con sutileza en mis recuerdos, o como creía que era en ese entonces.

La paz aquí arriba era engañosa. Un amago de tranquilidad que podría hacerte tu peor enemigo. Esto era esa casona posada en el horizonte. El acoso de los sonidos eran casi ausentes, escuchaba las plantas, el viento silbar y los pajarillos cantar a la distancia, pero estar aquí, a solo metros de ella, acercándome con muchísima lentitud, me hacía sentir por completo una casi absoluta desolación. Y así continuó, hasta solo escuchaba mis pasos resquebrajando las ramas secas y hierbas muertas del camino, junto los crecientes latidos de mi corazón que cada vez tomaban mayor protagonismo. Mi mente revivía ese momento cuando me tambaleaba por cansancio y dolor por el diente que había perdido varios escalones abajo, tratando de seguirle el paso a mi hermana, quien creía que se mantenía entre los árboles para esconderse de mí. Recuerdo que la buscaba con la vista por estos mismos que ahora me rodean. Eran enormes en ese entonces, pero ahora eran el doble.

Una vez que estuve lo suficiente cerca, después de largos minutos de caminata lenta, paso por paso, evité acércame a las ventanas y de verlas directamente. Evite todo contacto visual con el interior del lugar a través de cualquier abertura en la pared. Aquella casona podría robarse parte de mí, y quería evitar cualquier problema antes de lo debido.

La cabeza me dolía. Palpitaba en el entrecejo ramificándose hasta lo más alto de la frente. Al rodearla y encontrarme frente a frente con la entrada sentí esa sensación. Esa sensación de angustia que lentamente se va convirtiendo en miedo, uno muy similar por el peligro que le pueda pasar a alguien que amas. Y por último. Miedo a tu propia vida. Ese día experimenté todo eso en fracciones de minutos, entre largos y tortuosos minutos. Y ahora los estoy volviendo a revivir con solo ver el interior a oscuras, en esa gran abertura en el concreto blanco sucio, escamoso y oxidado, con las puertas de madera tendidas a sus pies vueltas aserrín con grandes astillas que parecían estacas. Aquella boca inanimada que podía engullirme como un monstruoso pez.

Lo único que era capaz de relajarme era aquella breve brisa marina que llegaba a mí desde el mirador sin barandillas ubicado a mis espalas. Daba a un acantilado de árboles, rocas y tierra; y allá en el horizonte, una franja azul enorme diferenciada por su profundidad con el cielo. El mar. Aun así, escuchar todos esos sonidos tan relajantes como distantes, no eran suficientes para estar en paz y calmar estos escalofríos. Simplemente no podía sentirme tranquilo de buenas a primeras. La boca gigante frente a mí despedía el grito profundo de la nada, tres o cuatro veces más fuertes que el sonido ambiente. Era intimidante, a pesar de estar “ella” y yo frente al sol. Ésta era la verdadera presencia de La Casona San Apolo.

No sabía si entrar. Ya de por sí en sus adentros era una oscuridad tan impenetrable que, aunque tenga de todo, grietas, ventanas y troneras, me era imposible ver más allá que unas escasas siluetas. O eso era lo que recordaba. Inhalaba profundamente con algo de dificultad mientras daba pocos pasos de valentía, para luego retractarme cuando la oscuridad me consumía. Regresaba tembloroso y con el corazón en la garganta hasta estar fuera del lugar. El pasado se estaba repitiendo casi como si fuese un patrón impecable, cambiando solo la hora y mis sentimientos. En ese entonces estaba temeroso por ella, por mi hermana y preocupado por mi propio pellejo. Ahora solo estaba angustiado por lo que me pasaría si llegase hasta el fondo de este infierno en vida. Sin dudas no siempre las segundas veces son más fáciles.

Es que con solo ver a sus adentros se me helaba la sangre. Cada vez que lo intentaba llegaba más lejos, pero siempre llegaba un punto en que no podía resistir más, y regresaba corriendo hasta la salida despavorido y sudando frío. Sentía que algo estaba allí en la oscuridad y su presencia me impedía avanzar. Encendí la linterna finalmente. Sabía que no lo podía hacer, o eso era lo que sentía muy dentro de mí. Que sería un error. Que no debía ver lo qué había allí. Que la maldición podría apoderarse de mí también. Pero no podía continuar. Si tan solo pudiese explicar aquello en pocas palabras, se sentía como si el aire convirtiese todo tus nervios en hojillas que cortaban lentamente la carne desde adentro hacia afuera, sin dolor pero a la vez sin dejar de sentir. Volteé decidido y alumbré sin siquiera entrar, solo para contemplar el caos puro en su versión inanimada. Los escombros aún seguían allí, al igual que herramientas de construcción abandonadas. Una lata de spray con un grafiti muy antiguo a medio terminar. Harapos mugrientos, metal oxidado, suelo con baldosas agrietadas y pedazos de techo esparcidos por todos lados. Había pocas columnas y paredes en pie. Era como caminar en un gran laberinto de escombros, en donde tu único impedimento era la oscuridad.

El sonido venía de allí en un eco que seguía escapando de su horrorosa boca agrietada por el viento y los años, revelándome sin palabras el final de su construcción. Si se guardaba silencio se podía escuchar como sus paredes te describían en su lenguaje parte de su historia y su fondo. El final del recorrido. Ese sonido me congelaba. Me impedía apagar la linterna y afrontar mis miedos como debería de ser, por eso estoy aquí. De verdad luché para estar de pie, y ahora seguía la batallando conmigo mismo para entrar. Recuerdo que aquella vez no demoré demasiado. Y era obvio el porqué. Yo no llevaba linterna en ese entonces, y mi hermana sí. Entonces ¿por qué ahora yo soy quien la tiene?

- V-voy a entrar. - Murmuré alentándome a avanzar seguido de inhalaciones profundas y repetitivas tras cerrar los ojos. – Es algo que tengo que hacer para vivir tranquilo. ¡Lucha contra tus miedos! – Continuaba hablándome inspirado. Ignorando su voz. Su historia. Sus lamentos.

Comencé a caminar con decisión hacia el interior de la casona. A un paso muy lento eso sí, pero decidido. Sin detenerme. No había apagado la linterna hasta entrar y pasar los primeros segundos en el interior, pisando escombros que se hacían añicos con mi peso y por su antigüedad. El suelo era inestable por tantos desechos de objetos y materiales que conformaron una vez su arquitectura. Mis pasos y el crujir de los escombros se sentían como gritos que iban hasta el fondo del lugar y volvían como eco, tal como escuché afuera. « ¿Habrá alguien más allí? » Me pregunté de inmediato tragando saliva. Desde allí el aire, mis pasos y mis jadeos eran las únicas cosas que podía escuchar, pero más allá de eso, el crujido de la estructura era mayor. Como si hiciese un baile amenazante, un último vals antes de venirse abajo, tal como la última vez. Parecía como si el sonido de la montaña en general, los árboles, sus hojas y los pájaros dejasen de existir. Ahora, era la casona quien me hablaba.

Una vez dentro comencé a sentirme identificado con el ambiente y el miedo se disipó muy lentamente. Me sentí confiado y tranquilo de pronto, solo necesitaba un pequeño empujón de la linterna. El sonido del botón de ésta fue lo último que escuché en ese momento, y su luz se apartó de mí. Todo se volvió en un absoluto silencio, de esos tranquilos como incómodos. Continué guiándome por mis recuerdos hacia lo que sería mi objetivo. Atravesé varios obstáculos que serían una trampa para cualquiera, escombros afilados y verticales, escalones inexistentes y grietas profundas donde sería fácil fracturarse un pie. Y todo ese recorrido era para llegar al centro de la estructura. Una habitación central y circular con techo en forma de cúpula, y un largo espacio circular en el medio, donde llegaba la luz del cielo. Pedazos de fierro colgaban desde lo alto y otros se mantenían con las mallas de acero a medio forrar. Ese era el acceso hacia la inexistente torre que se veía desde lejos. Desde lo más bajo de la montaña. Desde aquí podía contemplar los pocos escalones adheridos a lo que una vez fue el proyecto o lo que quedaba de él. Los escalones colgaban y desaparecían a medida que el espiral bajaba, hasta que solo quedaba un pedazo de fierro largo que seguía descendiendo en lo que sería una larga caída libre. Dando tres vueltas largas y completas, el tubo de fierro se conectaba con otro que venía desde el suelo, y juntos continuar mucho más allá.

La torre no era lo único impresionante del lugar. La única atracción olvidada por el tiempo. Las escaleras que llevarían a ella serían las mismas que te alejasen del cielo. Ya que éstas también van en descenso hasta el terror de ésta casona: “El ojo del abismo”. Un descenso en espiral cuyo propósito de ser era indefinido, pues estaba incompleto. Aquel hoyo era gigantesco, de un diámetro que de seguro superaba los diez metros. Era tan monstruoso como un maldito cráter. En sus alrededores aún permanecían escombros y pedazos de andamios rotos. Pocas latas de pintura y pedazos escaleras de metal oxidado dispuestas en toda la habitación, que de seguro cayeron desde lo más alto del ascenso estrellándose contra las baldosas, esas que aún tenían la cicatriz. Un recuerdo físico del desastre de aquel entonces que se llevó muchas vidas. Todo esto me hace preguntar al encaminarme hacia el abismo, « ¿Cómo será el mundo cuando dejemos de existir? ¿También los edificios contarían sus historias? » . Me acerqué con cuidado, con respeto y temor, ya que aquella caída era la garganta del lugar. Con cada paso hacia ella aquellos sonidos que se escuchaban desde la temible boca de la entrada eran cada vez más fuertes, a tal punto que mis inesperados, desesperados y profundos jadeos dejaron de escucharse.

Con perseverancia luché contra mis recuerdos y me acerqué todo lo que pude, evitando tambalear, perder el equilibrio o incluso dudar. Pues aquel hoyo no tenía barandillas de seguridad. Me estremecí al inclinarme y ver la negrura absoluta, intentando no pensar, ni sentir. Ser un objeto más. No demostrar que estoy vivo, ser un escombro movido por el viento. La luz que provenía desde arriba me ayudó a ver los escalones de hierro oxidado que seguían adheridos a ella muchos metros más abajo, en un descenso en espiral que se perdía de vista en las penumbras. Curiosamente, esa imagen era lo único que mi mente desconoció. Me inquietó de sobremanera. De hecho, comenzaba a dudar de ellos. ¿Serán realmente mis recuerdos? Contemplé sus tonos cafés y rojizos impregnados en el metal. Destrozándolo lenta y tortuosamente con el pasar del tiempo. Sí, ya llevaban tiempo allí, además que tampoco tenían barandillas. Pero solo permanecían allí. Soportados por la pared y por el fierro de metal que provenía desde su torre.

« Ya cumpliste con lo que quería. » Pensaba. « Vuelve a casa triunfante. » Me decía. « Ella no está ahora. » Intenté de convencerme. Pero mientras más progresaban esas ideas menos era capaz de reconocer mis propios pensamientos, y contemplaba en cómo se desvirtuaron hasta llegar a ella. Frida. Y mientras eso pasaba yo seguía allí, con la mirada puesta en sus escalones a la vez en que mi respiración se volvía parte al sonido del pozo. Y así, sin saber por qué, ya tenía un pie sobre el primer escalón de metal, haciendo presión y comprobar si era seguro. Fue capaz de soportarlo. Con mucho cuidado y lentitud puse el otro pie sobre éste, y de nuevo, lo resistió. Aunque la debilidad del hierro se sentía como crujidos lentos que venían entre el metal y la pared, por ello decidí avanzar en descenso y ser parte de la penumbra que me arropaba. Con cada paso el metal volví a crujir, y si volteaba veía pedazos de óxido caer por el borde a pocos centímetros de mi pie, mientras retumbaban las suelas con un eco lejano. Aun así y a pesar del miedo, continué. Algo me llamaba escalones abajo. Podía sentirlo. Podía escuchar su voz desde el fondo, y solo esos pensamientos fueron capaces de percatarme de mi error. Ella una vez estuvo aquí y no volvió. Debe de seguir aquí, y lo más seguro es que sea allí abajo. No debía dejarme guiar por pensamientos que nunca fueron los míos. Todo era un impedimento para no volverla a ver. Por algún motivo estaba convencido que ella seguía allí, y no dudé incluso cuando al fin daba el primer paso a la oscuridad absoluta, cuando mis ojos dejaron de ver los escalones. Recostando mi cuerpo casi por completo de la pared para no caer, continué con la misma velocidad de antes. Manteniendo la precaución.

Y finalmente hubo un silencio que se volvía más vasto y definitivo, hasta que la oscuridad cubrió mis ojos, el vacío mis oídos, y la nada mis sentidos, siendo el lento sonido de mis pasos cada vez más fuertes, hasta sentir su retorno en un eco segundos después. Al elevar la mirada veía la división entre la oscuridad y la luz, entre la torre y el abismo, reflejando la sombra de las caleras y los rayos del sol resplandecer sobre mí, en un espiral que parecía inmenso e infinitivo, que parecía llegar hasta lo más alto del cielo. Al verlo allí, por algún motivo me sentí tan esperanzado como perdido. Encendí la linterna convenciéndome de mis pensamientos y viendo que allí abajo las paredes eran mohosas y húmedas, de piedra agrietada y con manchas de óxido chorreante en ellas proveniente de las escaleras que ahora estaban sobre mí. Era como estar en una cueva en vertical, siendo un túnel iluminado por la salida. La torre. Era curioso. Siempre me pregunté el porqué de ésta idea. Pero, ahora siento como si este lugar representase algo simbólico. Continué concentrado caminando, concentrado en los sonidos de mis pasos, los crujidos y las corrientes de viento. Y gracias a eso pude percatarme de un sonido más y muy leve proveniente desde el fondo. Me sorprendí deteniéndome para apuntar con la linterna escaleras abajo. Nada.

- ¡¿Frida?! ¡¿Estás allí?! – Exclamé, tratando de apuntar más abajo, hacia el fondo, pero era tan profundo que su luz no llegaba. Esperé en silencio pero solo me respondió el abismo con el eco de mi voz, distorsionada y apenas entendible. Continué descendiendo, ésta vez más atento que antes, con la piel de gallina y muy ansioso sin razón.

Me sentía cada vez más culpable por todo lo que pasó desde ese día. En huir y preocuparme únicamente de mi bienestar, mientras ella me necesitaba. Podía escuchar su voz retumbando en mis tímpanos como esa última vez. Voz que a veces escucho en sueños, y otras parecieran ser…

- ¿Fran? – Me detuve en seco cuando algo más allá que mis pasos se logró escuchar. El corazón me dio un vuelco y parecía salirse de mi pecho cuando una voz débil y femenina reanimó todos mis recuerdos de la infancia.

- ¡¿Frida?! ¡Frida, ¿eres tú?! – Exclamé apuntando con desesperación al fondo. Inclinándome o agachándome todo lo que podía sin caer para que la linterna alumbrase algo. Nada. - ¡Frida! ¡¿Me ves?! – Silencio absoluto. – ¡Frida, por favor! ¡Aquí arriba! ¡¿Puedes verme?! ¡¡¿PUEDES?!! – Movía la linterna de izquierda a derecha, de arriba hacia abajo, agitándola y tratando apuntar a todos lados a la vez. El silencio era inquebrantable, más allá de mis ecos. Un repelús profundo recorrió mi cuerpo desde los pies a la cabeza. Los vellos se me erizaban y una sensación me indicaba volver escaleras arriba por ayuda, pero no, no volveré a cometer el mismo error. No otra vez. - ¡¡FRIDA, RESISTE POR FAVOR!! ¡Ya-ya voy! – Quedé sin aliento, y sin pensarlo más me levanté y comencé a bajar a grandes zancadas hacia las profundidades.

Trotaba, corría y hasta saltaba los escalones, pues mientras más descendía algunos de éstos faltaban, pero no los suficientes que me impidiesen alcanzar. Crujía el metal, y sentía cómo vibraban aún sostenidos en la pared por mis fuertes pisadas, pero nada importaba. Estaba decidido en alcanzarla. Frida se escuchó débil, pero era su voz, era ella. No sé cómo ha logrado sobrevivir todo este tiempo. Quizás bebiendo agua de lluvia y comiendo insectos, era triste para mí imaginarlo. Desgarrador, a tal punto que sentía miedo de verla ahora. Pero no me importaba. Ahora la sacaría de aquí y todo estaría bien, aunque no me lo perdone. Todo volvería a ser como antes para mí. Escuchaba el sonido de agua por las gotas que caían desde la torre y de la humedad de las paredes. No sabía cuánto tiempo llevaba descendiendo ya, pero estaba cansado, las piernas me dolían y el frío se sentía hasta en los huesos, y sin importar cuánto bajase, el agua seguía cayendo. La torre a veces dejaba pasar la luz de las centellas que cubrían el cielo gris que apenas podía ver. Ya era un punto luminoso sobre mí. Como una luna, o quizás una estrella. Las gotas de agua golpeaban contra el fondo, y fue allí que comprendí que estaba más cerca que antes, finalmente escuchaba algo más que desolación. Cuando vuelvo a apuntar al fondo con la linterna me doy cuenta que la luz se reflejaba. Agua. Había agua.

Finalmente llegué tras dar unas cuantas vueltas en descenso corriendo por los últimos escalones, jadeando y sudando frío. Alumbrando todo lo que podía desde allí. Nada.

- ¡Fri-Frida! – Jadeaba, intentaba de llamarla de nuevo pero los pulmones no me daban la fuerza que requería. Me sentía débil, con el frío del agua que cubriendo mis talones se filtraba poco a poco hasta el resto de mis pies. Sentía que ésta me cubría a pesar que solo me llegaba a los tobillos.

Llevé las manos a las rodillas reposando mi cuerpo mientras intentaba de reponer el aliento. Éstos se escuchaban en todo el fondo. Y allí, cuando abrí los ojos y contemplé con mirada temblorosa mi ondulado reflejo distorsionado por la luz de la linterna y el agua, pude ver que algo estaba allí. Una linterna verde algo decolorada. Ya más tranquilo en aliento alumbré los alrededores del fondo, pero el resultado no fue agradable. Nada se encontraba allí, algunos recovecos sin terminar y pasillos cortos con rocas gigantes interponiéndose en ellos y yo.

- ¡Friiidaaaah! – Nada, ni mi eco logré escuchar ahora. Jadeante y desconcertado vuelvo a ver la linterna mientras mi mente rebobinaba todo lo anterior. Me incliné hacia ella y la tomé. El plástico estaba vencido, seco y frágil, a pesar de estar mojado ahora, lleno de moho en algunas zonas y bastante agrietado. La revisé hasta que mis ojos dieron en una figura de corazón blanco pegada cerca del botón. Recordaba esto, solo que el corazón era violeta en ese entonces. Era su linterna.

Volví a revisar una vez más, creyendo que algo había olvidado. Esperanzado en creer que había algo que no haya podido ver. Algo más entre las sombras y los recovecos, o una grieta enorme en cubierta por el agua. Pero ya ni el eco de mis jadeos me acompañaba. Me sentí decepcionado, cansado y algo mal, pero no sentimentalmente. Algo no andaba bien conmigo. Sentía nauseas, dolor de cabeza, frío y una debilidad que la lograba sentir hasta en los latidos del corazón. Me apoyé de la pared para reposar un poco, pero nada pasaba. Allí fue que entendí. Algo en este lugar me impedía respirar bien. Quizás sea la tierra, la profundidad, o el espacio que había entre las paredes. Pero por más que respirase nada pasaba. No me sentía mejor.

Tragué algo de agua de mi cantimplora y comencé a subir con lentitud. Éste lugar ya no era cómodo, ni fascinante y mucho menos esperanzador como sentí varios kilómetros sobre mi cabeza. Siempre fue lo que pensé en un principio. La boca y garganta de La Casona San Apolo, una trampa mortal. El monstruo de la montaña más alejada de Guadalest. Las escaleras crujieron nuevamente y con mucha más fuerza que antes, y algunos escalones tambaleaban con mis pasos. Comencé a sentir miedo por todas las dificultades que se presentaban, y sin importar cuanto subiera, al ver hacia arriba me daba cuenta que no había avanzado nada. El eco del agua al caer volvía con mayor presencia, era como estar caminando alrededor de un lago en medio de la tormenta. Tambaleaba de cansancio pero intentaba de estar pegado a la pared. No importa cuánto tiempo me demore en subir. Realmente no quería estar aquí más tiempo.

Estaba exhausto, realmente necesitaba descansar, de lo contrario estar aquí sería mi fin. De repente ocurrió lo que temía. Comenzaron a aparecer los escalones que faltaban y que salté con facilidad hace quizás un par de horas o minutos. No lo sabía. Nunca me preocupé en ver el tiempo. Pero esto era tan largo y yo estaba tan cansado, que cada minuto parecía una eternidad. Los primeros saltos fueron superables, pero mientras más saltaba éstos se volvían mucho más difíciles, como si más allá que una prueba todo esto fuese una gran y cruel tortura. Aun así esos no fueron mi preocupación. Desde aquí podía ver que a dos vueltas sobre mi cabeza había un espacio similar a cuatro escalones ausentes, dos escalones en pie y luego de esos otro espacio de dos. No los recordaba, y quizás mi euforia fue tan grande hace un tiempo que todo lo que salté parecían solamente uno o dos espacios en la nada. Realmente un salto tan grande no lo recordaba por más que intentase recordar.

- ¿Era yo el de hace un momento? – Pregunté entre jadeos, sintiendo una vez más el eco de mi voz. Preguntándome de algo que quizás nunca sabré.

No importase lo lento que subiese, ni lo mucho que esperase sentado en los escalones que aún se mantenían en pie. El agua no subiría, mi agotamiento seguiría casi igual, y el final sería el mismo. Como un jefe final imposible de esos MMORPG que jugaba cuando era más niño. ¿Qué podía hacer?

Más tarde que temprano llegó el momento, la lluvia no paraba y mi cuerpo parecía igual. Era angustiante ver que inevitablemente ese gran salto se acercaba con cada paso que subía. En pleno camino aparté la mochila de mí, casi arrebatándomela de entre mis brazos y la lancé al precipicio, escuchando su impacto varios segundos después. Respiré aceleradamente una y otra vez, pero no era suficiente. No podía esperar más, pues el agua se me acababa, y beber de la que caía desde el cielo sería bebe óxido líquido con moho. Cerré los ojos y me esforcé en llenar los pulmones ahora con un extraño y pestilente hedor que provenía desde el fondo.

Corrí los escalones que quedaban tomando impulso, y salté al vacío. Era mucho el espacio, lo vi cuando salté, como si hubiesen alejado los escalones mucho más de lo que creí. Los dedos de mi mano izquierda se aferraron al filoso borde del escalón, dejándome colgado en el vacío. Mi otra mano sostenía la linterna, pero no toleraría mi peso mucho más. La traté de dejar en el bolsillo más cercano, pero me di cuenta que allí estaba la otra. La que encontré en el fondo. « ¿Cuándo la dejé allí? » Traté de guardarla en el otro bolsillo, pero no llegaba, y mis dedos se cansaban. La solté en medio de la desesperación escuchando como golpeaba escalones abajo y rebotaba desde el metal, de las paredes y finalmente un golpe húmedo después de un largo silencio. Ahora estaba sostenido con mis manos luchando para subir el escalón.

Con cada fuerza que aplicaba éste crujía y tambaleaba. Sentí una inyección de adrenalina con unas dosis del horror más puro que haya sentido, mucho más que hace más de cinco años, pues el metal parecía aflojarse con cada intento que hacía de subirme a él. Sin embargo no tenía otra elección, y continué jugando con mi suerte, hasta que de pronto uno de sus tornillos que se aferraban de la pared de piedra negra salió disparado hacia el vacío, golpeando el metal bajo mis pies. Preocupado veo el fierro grande que descendía desde la torre, ese que permanecía a mi mano izquierda y ayudaba a sostener el escalón. No tenía mucho tiempo, el metal vibraba con mis esfuerzo hasta que inevitablemente, cuando casi lo lograba se inclinó del lado de la pared, se iba a caer. Viendo de nuevo el tubo traté de tocarlo estirando mi mano hacia él, pero estaba lejos y ésta posición no me ayudaría. Decidí entonces mecerme de lado a lado aprovechando la poca fuerza de mis dedos que aún quedaban para hacer un último intento para así tocar la pared con los pies. Finalmente en medio del estrés, al sentir que el escalón se precipitaba, hice mi mayor esfuerzo de tocar la pared e impulsarme de un salto hacia el fierro. Por el impulso el escalón se desprendió y cayó al momento de saltar irrumpiendo todo el silencio y la paz que una vez hubo.

Todo pasó muy rápido. Veía la figura del fierro frente a mí, pero mis manos nunca lo tocaron. Caí por un menos de un segundo, hasta que algo se aferró de mi brazo. No podía ver con claridad, pero sentía cómo lo rasgaba y se lo enganchaba atravesándolo. Quedé guindado como una pieza cruda de jamón, mientras que sentía que algo cálido chorreaba por mi cuerpo desde mi brazo ensartado. Elevé la mirada, cegándome un poco con la luz, y allí pude ver lo que había ocurrido. Una pieza en forma garfio que quedó del desprendimiento del escalón me atrapó al no llegar a mi objetivo. No sabía si era por mis ojos que ya se habían acostumbrado a la oscuridad, o por la luz sobre mi cabeza, pero podía ver el garfio oxidado bañado en rojo. Y aun así, a pesar de saber que eso era tan letal como una inyección de veneno, no sentí dolor. La adrenalina había conquistado mis sentidos e instintos, más la sorpresa, no podía creer que aún seguía vivo. Traté de aferrarme al gancho con ese brazo y con el otro tratar de llegar al fierro. Internamente seguía luchando por mi vida, tal como siempre lo había hecho con cobardía.

- ¡AYUDA! – Clamaba viendo hacia la torre que apuntaba al cielo gris. Esperanzado de alguien más me pudiese ayudar al escucharme. - ¡¡AQUÍ ABAJO!! ¡POR FAVOR!

- ¡Fran! ¡¡FRAN!! ¡AYÚDAME POR FAVOR! ¡Estoy aquí! ¡AQUÍ ABAJO! ¡¡FRAAAAN!!- Las últimas palabras de Frida vinieron a mi mente en ese entonces, escuchándola con claridad en lo más profundo de mis oídos. Mientras que en mi mente corría hacia la salida de la casona esquivando los escombros, gritando y exclamando “ayuda”, con miedo de bajar hacia el hoyo que en ese entonces había dejado a mis espaldas. La ayuda nunca llegó en ese entonces, y cuando volví, Frida no respondió más a mi voz. Nadie la encontró, y yo no quise volver a éste sitio, tratando de olvidarme de todo. Y ahora yo. Yo soy ella.

Mis músculos se rindieron, pero traté una vez más de luchar para llegar al fierro, mis dedos de mi diestra rozaban su áspero óxido que se desprendía con mi dedo. Respiraba aceleradamente por el cansancio y la adrenalina que consumía el doble de mi adrenalina. Me aferré al gancho, haciendo que éste atravesase más mi carne, sintiendo el dolor vivo, y así fue que me impulsé nuevamente hacia el fierro. De pronto éste también crujió y se tambaleó hacia debajo de forma muy repentina, se iba a caer, y ahora me sería más difícil llegar. Cansado miré abajo solo para relajar los músculos de mi cuello, pero lo que vi en el fondo distrajo mi atención. La linterna que había dejado caer aún estaba encendida y estaba apuntando a alguien que no podía ver bien. Pero estaba parado allí en el fondo y parecía mirarme en silencio. Los vellos se pusieron como escarpias, como si una mano fría recorriese toda mi piel. Mi corazón se subió al cuello con tan solo verle y al mismo tiempo por el gancho que se tambaleó una vez más. El fierro que lo sostenía se estaba doblando, hasta que un último y fuerte sonido golpe metálico fue el inicio de la caída. No pude ver quien era, solo giré hacia mi brazo tratando de llegar al fierro que ahora se alejaba de mí, a la vez que veía cómo éste seguía atravesado mi brazo. El espiral en ese breve instante mientras parecía cobrar vida y moverse hacia arriba con cada metro que descendía. El abismo producía sonidos indescriptibles similares a los chirridos a la vez que aquella luz del cielo en la cima de la torre se alejaba hasta ser de nuevo un punto luminoso entre la oscuridad, justo sobre mi cabeza.

Abrí los ojos en ese instante, en una habitación oscura, roja con blanco que parecía moverse en su propio eje. Como un carrusel. Una imitación carnosa y macabra de un tío vivo. Sobre mí había algo más, o mejor dicho, alguien más. Un cuerpo femenino parecía estar adherida a una pared suave y carnosa, en todo el medio de una cúpula rosa y palpitante. Ella no tenía rostro, y su tez era tan pálida como la harina y la leche. Sus pezones parecían ojos rojos en la blancura, y su boca, que era lo único que podía ver bien, esbozaba una sonrisa satisfactoria. Su cabello era igual de albo, confundible con su piel, pero las puntas degradaban hacia el rojo escarlata. Los mechos eran tan largos que cubrían la cúpula y se movía a lo largo y ancho de la habitación, como venas dentro de un cuerpo o furiosas lombrices rojas que intentaban atravesar la habitación. Todo rechinaba y crujía como si fuese metal oxidado con el de los huesos, a la vez que algo líquido y rojizo goteaba con lentitud hacia mí. Su sonido era desagradable como roce entre viscoso y húmedo

Finalmente ella sonrió más y desde la mitad de su cara blanca y ausente, un poco más arriba de la sonrisa, una franja roja apareció, agrandándose lentamente hasta mostrar un ojo enorme que me veía sin parpadear. No podía moverme y ella tampoco, pero con los tensos minutos me di cuenta de algo inquietante: la cúpula se invertía hacia mí a la vez que grandes bulbos se formarse en la habitación. Volví a ver su único ojo, aquel que raras veces parpadeaba y que siempre que volvía reflejaba mi silueta acorralada entre un espacio cada vez más corrompido. No importa cuánto tiempo esté aquí, ni cuantas veces el cansancio me gane. Ella estará más cerca, y su turno sería el último.


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