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Escrito por Raquel el 03/03/15

La última prueba: El dragón


Era tarde noche y en el reino Llescrip estaba sucediendo lo que hacía unas semanas se había empezado a hacer, tras los muros del castillo en el gran salón, la reina estaba sometiendo a pruebas a un grupo de chicas, ya habían pasado dos pruebas, quería resultado, y esta vez, creía que había encontrado lo que buscaba.

-Bien -empezó la reina diciendo, mirando a todas. Bajó los escalones delante de los tronos y caminó de un lado a otro delante de las chicas-. La tercera prueba es, individual y colectiva a la vez, cada una luchará por su vida y por la de su compañero -hubo un alboroto, estaban todas asustadas, no entendían, la reina se dio cuenta-. No deben de tener miedo, si lo tienen perderán -dijo intentando animar a la chicas-. Les separaré y se volverá a apagar la luz, cada chica estará separada de la otra unos dos metros de distancia, y cada una de vosotras tendrá que luchar, no especificaré, primero para salvar vuestra vida, y luego para salvar la de su compañero, ya que aparecerá en un momento determinado -dijo mientras caminaba y explicaba delante de las chicas. Se apagaron las luces, se quedó todo oscuro, Eva y Diana sabían que era un espejismo, ya que las primeras chicas que pasaron la última prueba se lo habían contado aunque no con detalle-. Que empiece pues -se oyó decir a la reina. Se oía lejana por lo que se suponía que se había vuelto a sentar.

-Eva ¿estás ahí? -preguntó Diana en voz baja.

-Sí estoy aquí- -alargó la mano para rozarla con la de Diana y de repente apareció ante ella una luz roja.

-¿Pero qué…? ¡Diana! -miró a todas partes y Diana no estaba, sólo ella, había luz, pero no estaba en la sala, sólo veía esa luz. No entendía nada, entoces se detuvo, oyó un ruido, procedía de la luz roja- comprendió entonces, cada chica tenía su monstruo, y estaban en su área de combate. De repente, vio que de la luz roja salía un reptil, con un cuello muy largo, sus escamas de color fuego brillaban, afilados cuernos que le sobresaltaban sobre la cabeza, una cola grande y afiladas garras, con unos ojos enormes y amarillos- un dragón, de siete metros de alto la miraba con un rostro desafiante y aterrador.

-¡¡Ah!! -Eva chillo y corrió, el monstruo la perseguía y la agarró de la cintura. La elevó-. ¡¡Ah!! ¡Suéltame, déjame! ¡Ah! -chillaba Eva.

-Como quieras -se oyó decir al dragón. Eva se quedó helada, el dragón también hablaba pero el -como quieras- no sonó del todo bien. El dragón la soltó, Eva cayó al suelo golpeándose. Se quedó tendida, se había golpeado la cabeza, el dragón la había tirado violentamente. Éste se levantó sobre ella y dijo-. Si eres bruja destrúyeme, si no, lo haré yo -recordó las palabras que le había dicho Carola, el dragón tomó aire y se disponía a hacer algo nada bueno. Eva abrió los ojos y vio al dragón volando encima de ella, ¿qué irá a hacer? pensó Eva, y se aterrorizó al ver que de la boca del dragón salía una rueda de fuego.

-¡¡Ah!! -chilló Eva apartándose. Se incorporó cuando el dragón se disponía a intentarla quemar otra vez.

-Esta vez no fallaré -dijo el dragón, yo tampoco, se dijo para sí Eva, cerró los ojos con fuerza, estaba temblando de miedo, y sudaba, estaba aterrorizada, sin embargo, eso no lo sentía, solo sentía las ganas de que su magia salieran de ella. El dragón escupió fuego y entonces Eva abrió los ojos, extendió las manos y la llamarada ardiente la rodeó sin quemarla.

-¡Que es esto! -exclamó el dragón, Eva elevó las manos y con fuerza las giró hacia el Dragón.

-¡¡Ve!! -chilló Eva. La llamarada giró muy rápidamente y fue hacia su amo, el dragón dio un grito de dolor y dijo-. ¡Acabaré contigo, maldita bruja! -el dragón y Eva compartían una lucha feroz, tanto el dragón como la chica sufrían. De repente apareció Diana al lado de ella.

-¡¡Diana!! -exclamó Eva

-¡¡Eva!! ¡Lo he pasado fatal un dragón amarillo me ha quemado toda! -sin embargó Diana físicamente estaba sana, pero el dragón era un espejismo, y le había afectado a la mente.

-Ja, já, ja, já, ahora lucharas por tu vida y por la de tu amiga, esta vez no podrás salvarte, ni a ella ni a ti -rió el dragón.

-Como quieras -le contestó Eva, ésta dijo algo en una lengua extraña, y un viento de color azulino las cubrió a las dos.

-¡Eva!, ¿qué es esto?, ¿qué es lo que está pasando? -preguntó Diana con mucho miedo.

-Es una barrera mágica, tú no te muevas de aquí -dijo Eva dejando a Diana sola. Eva se elevó, estaba volando a la altura del dragón, tenía en la mano, un arma, era una espada afilada, y tenía un signo, su signo, un roble, como el de su colgante.

Luchaba con el dragón a sangre, pero ninguno de los dos lograba vencer. En un descuido Eva cayó al suelo herida, vendrá a por mí, tengo que pensar rápido, pensó, pero no fue así.

-¡¡Ah!! ¡¡Socorro!!, ¡¡Eva!! -no podía ser, el monstruo se dirigía a devorar a Diana.

-Ya eres mía -rió el dragón mientras golpeaba a la barrera mágica.

-Que más quisieras -dijo Eva agarrando a Diana, había sido rápida ya que había aprovechando que la barrera mágica había resistido. El dragón se tiró contra ellas, Eva se quedó quieta.

-¡Ah! -chilló Diana abrazando a Eva, en cambio, ésta sonreía. El dragón rugió, había sido golpeado contra la barrera que rodeaba a sus presas.

-¡Estoy harto!, ya me han cansado, ¡Preparaos este es vuestro fin! -el dragón se rodeó de una luz brillante, y voló hacia arriba.

-¡¡Ahí voy!! -se oyó una voz desde arriba que terminó en rugido. Eva elevó las manos sobre su cabeza y dijo otra cosa en otra lengua, una bola azul las rodeaba.

-Eva ¿qué haces? -preguntó Diana.

-¡No te separes de mí! -dijo Eva con un punto fijo en su mirada sobre ella. Diana la agarró con fuerza, cerró sus ojos, pero antes contempló como el dragón venía hacia ellas desde lo alto a una velocidad incalculable. Los ojos del dragón y los de Eva estaban fijos uno en el otro.

-Ja,ja,ja -oyó Eva al dragón, pero ésta no dijo nada. De repente el dragón chocó con la bola azul hubo una explosión extraña, una luz lo iluminaba todo. Poco a poco, se podía ver lo que sucedía, Eva estaba agachada sosteniendo con fuerza la presión de la cabeza del dragón que la empujaba hacia abajo, Diana, tendida en el suelo tapada, llena de miedo, fue entonces cuando una voz de mujer se oyó.

-Bien me toca a mí -el dragón abrió los ojos confuso, los ojos de Eva se volvieron totalmente amarillos y dio un grito, pero no de terror, si no de fuerza y poder.

-¡¡¡Ah!!! -dijo poniéndose en pie muy lentamente y dolorosamente, entonces, el suelo comenzó a temblar, Eva estiró las manos y las abrió despidiendo al dragón, éste cayó derrotado al suelo. Todo se volvió oscuro, se encendieron las luces, todas las chicas estaban agotadas, tiradas en el suelo, sudando, pero la que más era Eva que desprendía todavía poder.

-Eva ¿estás bien?, no estás herida -exclamó Diana, Eva no contestó, la herida que creía que había sufrido solo era en su mente, era todo un espejismo, lo único que hizo fue mirar a la reina, que la miraba con odio y admiración. Ya está, la había descubierto por completo.

-Este es tu fin -dijo la reina rodeándose de una llamarada azul.

-¡No! -dijo Eva y se apartó rodando, ya que, la reina había intentado cogerla, se había desplazado volando hacia ella, Eva se levantó y corrió.

-¡¡Eva huye!! -gritó Diana.

-¡Vuelve aquí! -dijo la reina, y lanzó un hechizo para paralizar a Eva, ésta, al verlo, lo esquivó y con lo que pudo le lanzó un hechizo a Germina para hacer tiempo, pero ella lo destruyó.

-Ja,ja,ja, ¿crees que me podrás vencer? -rió Germina, pero paró, cuando miró, vio que Eva no lo había hecho para luchar, la chica había saltado por la ventana cuando la reina se distrajo con su hechizo.

Había sido muy lista y ahora volaba hacia abajo, pero, para su terror cayó, sus poderes estaban agotados, había volado un poco por lo que no se hizo mucho daño. Se chocó contra el suelo y casi sin fuerzas, silbó.

-¡Te voy a destruir maldita niña! -dijo Germina desde lo alto de la torre. El silbido tuvo su respuesta, un caballo de color negro con una mancha en la frente la elevó y la colocó en su lomo.

-Corre, huyamos -le dijo Eva casi sin fuerzas ni para poder hablar.

-¡No escaparás! -gritaba la reina desde la torre. Con un giro asombroso, empezó a escupir chispas por los ojos, y por las manos, con una mirada fija en un caballo que huía con una bella muchacha en su lomo. Eva muy cansada sabía el gran peligro que corría, cerró los ojos, se puso recta y extendió las manos, intentando no caerse del caballo, dijo unas palabras pero se debilitó, estaba mal, lo intentó de nuevo y lo consiguió, pensó en un lugar, el reino Anastal, su hogar y de repente no se veía un camino en medio del bosque, si no, una casa en frente de ella, se había transportado por arte de magia, pero no se quedó allí.

-¡Vamos, rápido! no tenemos mucho tiempo, la reina tardará en descubrirnos si nos marchamos lejos de aquí, vamos, rápido -y con esto se desmayó en el lomo de su caballo.

-¡Maldita bruja, se a teletransportado! sabe escabullirse muy bien, y es muy lista -gritaba constantemente la reina aterrando a todo aquel que la miraba.

-Madre, que ocurre, déjala ir, si no-

-¡No!, ¿cómo osas decir eso? -gritaba la reina tirando todo lo que encontraba a su paso.

-Pero madre ¿qué poder tiene contra ti?

-¿No has visto lo que ha hecho? ¡Ha destruido al dragón!… -pero se calló al ver que no convencía a su hija lo peligrosa que podría llegar a ser Eva. La reina sabía que Eva no era una bruja cualquiera- si no bastante poderosa y algo más, pero no estaba totalmente preocupada, ya que también sabía que ignoraba la mayoría de los conocimientos de la magia-. Bueno quizás tengas razón -fingió.

-Claro, vete a dormir madre, yo me encargare de que recojan este desastre, y tranquilízate ¿vale? -la reina dio media vuelta en cuanto su hija terminó de hablarle. Una vez en su cuarto miró fijamente por la ventana. No tienes que hacer nada contra mí pequeña bruja, y con sus ojos penetrantes y oscuros no dejó de observar el horizonte, podría salir volando detrás de la pequeña bruja, pero guardo fuerzas. Una presa demasiado fácil, siguió mirando el horizonte, mientras revelaba los secretos que se escondían tras él. No era una chica cualquiera, no era una bruja cualquiera, no era tan diferente a ella misma, había algo que las unía. Mientras tanto, muy lejos de allí ya se encontraba Eva, cabalgando al lomo de su caballo cerca de las montañas del Sur, hacia un lugar lo más lejos posible.

-¿Sabes qué reino se encuentra tras las montañas del Sur? -preguntó Eva casi sin voz a su caballo, se había despertado después de una hora. Estaba súper cansada, exhausta, aunque se había despertado del desmayo, no tenía fuerzas para casi nada, sin embargo dijo-. ¡Creo que es el reino Machaster! el reino de la gloria, allí estaremos a salvo -mientras decía esto, cerró los ojos para no abrirlos durante unas largas horas. Penélope, su negro caballo lo notó y siguió galopando hasta que se detuvo a media noche en una cueva, no muy lejos había una posada pero estaban agotados, tanto Eva que yacía dormida como el caballo. El animal se arrodilló e intentó colocar a Eva, sin darle muchos golpes, en el suelo, pasarían lo que quedaba de noche al cuidado de la luna que los observaba por detrás de las nubes sobre las grandes montañas del Sur.


Libro de Visitas

Raquel Suárez Quintana ©

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Escrito por Tapichless el 12/04/15

El lápiz


—¡María! ¿Dónde está mi lápiz?

—Donde lo dejaste estará.

—Pero si no está.

—¿Y qué voy a saber yo?

Juan había estado buscando por más de media hora su lápiz predilecto, con el que escribía sus “bonitos poemas”, como le gustaba llamarlos. Su trabajo nocturno no le dejaba tiempo para aquel hobby, por lo cual, hacerlo era casi una ceremonia para él.

—María. No lo encuentro.

—¿Y qué me preguntas a mí?

—Tú eres la única que ha entrado en mi pieza.

—El Lucho también entró y tú sabes que él siempre te anda tomando las cosas.

Para su desgracia, el Lucho no volvía hasta las diez y él tenía que estar a las nueve en su trabajo.

—¿Qué haré? —se preguntaba, mientras buscaba afanosamente el lápiz entre las sabanas de su cama.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó María al entrar en la pieza de Juan.

—¡¿Qué crees que estoy haciendo?!

—No tienes porque enojarte de esa forma. Además venía a decirte que ya son las ocho y cuarto.

—¿Y qué?

—Si no quieres que te echen del trabajo por llegar tarde, algo que ya has hecho en varias oportunidades, te recomiendo que te vayas ahora.

—No voy a ir.

—¡¿Qué?! ¿Qué no vas a ir?

—Eso fue lo que te dije.

—Estás loco. Si faltas te van a terminar echando.

Juan lo sabía muy bien, por eso mismo llamó de inmediato a su trabajo para avisar que estaba enfermo. Sin la preocupación de ir, siguió buscando el lápiz.

—Juan.

—¿Qué quieres, María?

—Llamó el Lucho… le pregunté si tenía tu lápiz.

—¡¿Y qué dijo?!

—Él lo tiene.

—¿Y a qué hora vuelve?

—Ese es el problema… él no volverá hasta mañana.

La desesperación se convirtió en grito y el grito en una explosión. Los vecinos creyeron que estaban matando a alguien y, en realidad, cualquiera se lo hubiese imaginado. Insultaba al cielo una y otra vez, mientras golpeaba la pared de la pieza con el pie. María trató de calmarlo, pero ya era demasiado tarde, nadie detendría la ira que sentía, por lo menos, eso creía María, ya que de un momento a otro, se detuvo. Por varios segundos se quedó mirando el vacío, como si la vida ya no tuviera nada que entregarle.

—¿Qué te pasa?- Le dijo María, tratando de acercarse a él.

—Nada… Voy a salir.

Agarrando su chaqueta, salió caminando hacia el bar que quedaba a menos de dos cuadras de su casa. Este bar se caracterizaba por estar abierto hasta tarde todas las noches de la semana. El barman ya conocía a Juan, ya que todos los sábados, el único día que no trabajaba, iba a tomarse unos traguitos.

—¡Juan! ¿Qué haces por acá?

—No fui a trabajar… ¿me darías una cerveza?

—¿Qué te pasa? Te veo desganado.

—Nada… tuve un lío con un lápiz —dijo mientras observaba una servilleta—¿Préstame un lápiz?

Con un nuevo lápiz y una servilleta en sus manos, trató de escribir un poema. No necesitó pensar, sólo se dejó llevar. Entonces escribió el mejor poema, el que ni siquiera hubiese logrado escribir con su lápiz favorito. Al terminar quedó impresionado de las palabras que habían salido de su propia inspiración, de la grandeza de su genio. Eso le hubiese gustado decir, pero no era él, era el lápiz. Ese artefacto tan necesario para lograr su cometido.

—¡¿Puedes darme este lápiz?! —le dijo exaltado Juan al barman.

—¿Para qué lo quieres? —dijo el barman creyendo que Juan se había embriagado.

—Este lápiz es fenomenal… tiene que ser mío, lo necesito para escribir mis “bonitos poemas”.

—Qué eres patético… ¿Crees qué porque tienes ese lápiz, vas a escribir mejor?… Lo que te hace escribir bien, no está en ese instrumento. Está en otro lado… —y poniendo su dedo índice en la sien, dijo con tono pesado— …esta acá.

Juan se quedó callado, mirando hacia el piso. No sabía que decir.

—¿Vas a tomar algo más? —le preguntó el barman a Juan.

—¿Me vas a dar el lápiz? —preguntó Juan solamente levantando los ojos.

—Claro que no… —dijo el barman quitándole el lápiz de las manos— …con este lápiz escribo mis poemas.


Libro de Visitas

Alejo Riobó Brosse ©

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Escrito por KatsuKomori el 24/04/15

Obsesión Esmeralda


A veces, la curiosidad o la simplicidad de una pregunta pueden ser la puerta que induzca a una serie de eventos desafortunados enlazados a su respuesta. Porque tú y yo sabemos, que lo más simple puede ser complicado. Pero nunca lo sabremos si no damos el primer paso.

¿Cuál es tu color favorito? ¿El amarillo? ¿Rojo… tal vez? O quizás… el verde. No importa cuál sea la respuesta, este llevará siempre a lo mismo. O al menos fue así en el caso de la chica de esta historia que vengo a relatar. Ella veía lo que quería, y sentía lo que nunca existió. Era como si el mundo girase a su propio ritmo, haciendo que ella fuese en el sentido contrario, casi por naturaleza; como dos engranajes.

Su nombre era Amber, una joven preadolescente común, con una vida normal y una familia también normal; pero abusar de la normalidad siempre trae alguna consecuencia casi por defecto, tendría que tener su contraparte; y sí, ella lo tenía, una muy pequeña a la vista de todos… pero de grandes magnitudes dentro de su joven mente. Amber, amaba el verde con pasión, en todas las gamas y matices que pudiesen existir. Ese color, para ella, era un deseo, la llama de la euforia que carcomía desde sus adentros, el néctar de su más íntimo frenesí, el cálido tacto de la vida y el sentir. Eso significaba para ella, a tal punto que ya no importaba lo que le regalasen. Estaba cegada en sus placeres y conformismo, todo tenía que ser simple, pero solo debía cumplir un solo requisito; ser verde.

Carcajadas, gritos de eufóricos y un torrencial de aprecios provenían de ella al recibir cualquier cosa con dicho color cubriendo su figura. Pero esto era algo sin importancia para todos, a nadie le interesaba; y así siguió siendo para todos, ignorando los altos y anormales niveles de excitación que convertían a la chica en un remolino viviente. Era común… "¡pero si es normal!" decían todos, "pronto se le pasará".

Amber amaba algo más en la vida, algo que casi alcanzaba los empinados y aberrantes niveles por su gusto por el color verde; actuar y jugar con sus juguetes, a pesar de ser casi una adolescente. Era un pasatiempo muy inmaduro en sus inicios, pero a los pocos años la vida no derrochó su talento, obligándola a dejar de lado sus elaboradas actuaciones dentro de las cuatro paredes de su pequeña habitación; para estar de pie sobre la tarima de un teatro dirigido por un viejo amigo de su padre, quien tras pensarlo mucho decidió hacerle un favor a la humilde familia.

Con el tiempo aquel viejo director de teatro, se percató del talento que guardaba la joven Amber en su extraño comportamiento, ese entusiasmo, esa espontaneidad; sin duda, ella había nacido para estar en un escenario, pero el trabajo más difícil era crear disciplina en medio del caos, para así pulir aún más sus habilidades. El camino para el señor no fue sencillo pero los resultados fueron satisfactorios, y económicamente una inversión aprovechable. Ahora Amber presentaba su propio Show infantil de marionetas, llamándolo muy alegremente como "El Show Esmeralda", y adoptando el seudónimo de "Esmeralda", siendo el personaje y figura principal.

Una vez que ella salía al escenario se transformaba en una maravilla, tan sublime que era fácil encariñarse con ella cuando abrazaba su papel sobre el escenario; tanto así que, él, secretamente, se sentaba en todas las actuaciones tras los telones recogidos y escuchaba con atención la obra de la joven; cerraba los ojos y se dejaba llevar por las melodiosas frases recitadas por aquella dulce y alegre voz que tanto identificaba a Esmeralda; acompañada también de la de sus múltiples y peludos personajes ficticios que la acompañaban, las marionetas, que, adicionalmente, todas sus distintas voces provenían de la propia chica. "Era toda una estrella".

Ella acostumbraba a presentar obras muy ridículas e infantiles, pero abriéndose paso de igual manera por el sector de la comedia, sin importar la falta de sentido lógico que abundaban en sus temáticas; este cambio extraño e inusual hacía que la gente, muy extrañada, quisiera escuchar más de lo que tenía que ofrecer ésta loca y alegre chica de verde.

Una vez que su show casi terminaba ella acostumbraba a tomar el tiempo restante para interactuar con los niños, que era su público principal, su objetivo. A veces se sentaba a platicar con ellos, y en otras, los invitaba a jugar a la tarima unos minutos, todo con la ayuda de su marioneta más conocida y preferida por ella; le llamaba con un tono muy dulce: "Cola de Espinaca". Era todo un conejote, grande y verde, cachetón y de una sonrisa atrapante con los dos dientes delanteros sobresaliendo de sus peludos labios. Las orejas eran proporcionales al tamaño, enormes y pesadas, mientras que su cola era grande y espesa, de un tono verde espinaca. Pero, lo que más resaltaba del señor Cola de Espinaca, aquello que le hacía sobresalir y dejar al público atrapado en su esponjosa figura, eran sus ojos amarillos, saltones y vidriosos, aquellos que eran capaces de reflejaban el brillo de cualquier luz cercana.

Lo más extraño de ésta marioneta tan simbólica para el show, era que daba la sensación que estuviese vivo, por los ojos, la figura, y la voz chillona que Amber usaba para hablar por él, y aunque era ilógico pensar en ello, con el solo hecho de estar allí sentado frente al escenario, en plena oscuridad, y contemplar cómo el conejo pasa sus enormes y vidriosos ojos hacia tu asiento, para finalmente infiltrarse por mirada hasta tu mente, solo por detenerse largos segundos intercambiando miradas contigo, una muy insípida, fría e interminable mirada, como si de verdad estuviese consciente que estás allí, y le que observas. Solo así aquellos ridículos pensamientos se disipan, y ese momento pasaría a ser, quizás, el intercambio de miradas más incómodo que tendrías durante toda tu vida. Aun así, inexplicablemente, a todos los niños les parecía encantar el señor Cola de Espinaca.

La fama de Esmeralda fue grande, y al cumplir las metas aquel viejo director más que satisfecho y contento con los logros, decidió ampliar sus ambiciones, llevando ésta vez a su estrella por una gira por el país, para luego ir a países vecinos. El éxito de Esmeralda no era la última panacea del momento, pero su personaje, al igual que el show, alcanzó gran reconocimiento en su país, y vecinos. Por ello, Amber resaltó aún más su seudónimo, pintando su cabello de un verde limón, haciendo que su ánimo aumentase nuevamente a niveles muy desproporcionados, insostenibles e indomables. Amber intentaba de controlarse en público, pero una vez que estaba en soledad se sumergía en un frenesí sin fondo al verse en el espejo, acariciar su cabello y su cuerpo, volviendo todo un enfermizo y creciente fetiche inconsciente.

El hombre viejo que le auspiciaba no se tomó la reacción de la joven a mal, siempre y cuando mantuviese su control en público. Él notaba el aumento de su desempeño y sabía que esto podría ser la catapulta al estrellato, esto podría ser hacer realidad sus sueños antes de morir, en donde Amber, conocida como Esmeralda, daría más de sí misma… y le daría gran renombre al anciano… curiosamente, y tal como podría esperar, así fue. En el escenario no solo agradó a los niños, sino también a los jóvenes y adultos, por diferentes motivos, apariencia, personalidad y una chispa nueva, un atractivo hipnotizante a los sentidos, como si transmitiera sin palabras su íntimo disfrute. Todo era excelente, a tal punto que podría llegar a la magnificencia.

La última parada de Amber, fue en Aguascalientes México, donde su actuación la realizó como siempre, pero esta vez tendría una sorpresa para todos, y este llegaría al final del show. Con el pasar del tiempo y la maravillosa obra que realizó, más pronto que tarde llegó el momento de la interacción con el público. Esmeralda bailó con los niños, se bajó del escenario a bromear y comentar cosas graciosas con los adultos y jóvenes, hasta tirar de alguno de ellos para llevarlos al escenario, donde se burlaba con comentarios del señor espinaca hacia la persona, hacía reír a todos los que estaban sentados. Hasta que finalmente, Esmeralda, fue hasta el principio del escenario, lo más cerca que pudieron estar del público, para una vez más y por última vez en su gira, hablar en paz con la gente del público que tanto había disfrutado esa noche, pero con el conejo sentado en sus piernas. La sorpresa llegó en ladridos, y un pequeño cachorro apareció desde el telón hasta el escenario, corriendo hacia Esmeralda. Ella, lo tomó con cuidado con su brazo libre y se sentó para concluir su show.

- Hoy este perrito será de uno de ustedes… - Comentó con mucha serenidad tomando al perro con su mano libre, mientras que los niños comenzaban a emocionarse, gritando "¡a mí!" desde sus asientos. Esmeralda negaba con la cabeza mientras continuaba. - …Es el animal más fiel que podríamos encontrar en este mundo, además de dóciles y fáciles de domar, pueden llegar a ser la mejor compañía durante toda la vida. Pero tienen que tener en cuenta que a veces suelen morder… ¿Verdad Cola de Espinaca? – Preguntó dulcemente al conejo verde que estaba sentado en sus piernas. Pero lo observó extrañada al notar que no había una respuesta espontánea del conejo - ¿Qué ocurre señor Cola de Espinaca? – Preguntó una vez más, acentuando su tono curioso y agudo, mientras acercaba su rostro al conejo. Sonreía, pero en su mirada se notaba algo de preocupación. El conejo, de mirada gacha no respondía aun, hasta que levantó la cabeza lentamente para ver al público.

- No quería que nombraras a los perros Esmeralda. No me gustan… - Respondió muy triste y asustado al sentir al perro en el otro brazo de Esmeralda. Se tapaba la cabeza con los brazos haciendo que volviese a agachar la mirada. – Tengo miedo a que me muerdan… y sé que muchos de ustedes me comprende ¿Verdad niños? – Levantó la mirada con sus ojos saltones viendo al público, obteniendo una respuesta afirmativa de algunos niños de la audiencia.

- ¡No hay problema señor Cola de Espinaca! Esmeralda les devolverá la confianza de esa noble y tierna mascota ¡Confíen en mí! – Exclamaba ella con emoción, acercando al perro a Cola de Espinaca, posándolo su hocico cerca de la oreja del peluche.

- ¡NO! ¡Saca a esa cosa de mí! – Chillaba Cola de Espinaca, desesperado y moviéndose con brusquedad, haciendo que Esmeralda apartase al perrito para protegerlo y le abrazase con el único brazo que tenía libre.

- ¡Tranquilo Cola de Espinaca! ¡Por favor! – Exclamó, casi como una orden, y con mucha serenidad. El conejo se calmó y así ella volvió a acercar al cachorro a las orejas del conejo nuevamente, y éste no le hizo nada, solo olfatearle - ¿Ves? Solo quiere jugar contigo, Cola de Espinaca. Quiere que tu… ¡Y todos ustedes, niños! Sean sus amigos – Su tono volvió a variar. Sonrió observando la sonrisa automática que se dibujaba en su público y para luego volver al peluche, que ya tenía la mirada puesta en ella, con aquella enorme y permanente sonrisa. Ella dejó al cachorro en sus pequeños y rechonchos brazos sin dejar de sonreírle ni apartar la mirada de sus vidriosos y saltones ojos – Los perros son tiernos, juguetones y muy valientes… - Retomó una vez más su monólogo – Pueden salvar vidas sin pensar en ningún momento si tienen que dar la suya a cambio. Pero también, muchas veces son miedosos y frágiles tras vivir algo que les haya aterrado. Por eso niños… tienen que tener mucho cuidado con ellos, recue…

- ¿Y si nos muestras un ejemplo, Esmeralda? – Le interrumpió el conejo verdoso, dirigiendo lentamente su cabeza hacia ella, una vez más – …De cómo evitar que un perro sea cobarde… - Dijo con inocencia, una inocencia más allá de lo infantil, incluso, más allá de su propio significado. Sus ojos no se apartaban de los de Esmeralda a pesar de ya tener muchos segundos en silencio.

El público también sucumbió ante él, dejando un ambiente incomodo que Esmeralda decidió prolongar un poco más, mientras hurgaba en su bolsillo con su único brazo disponible. Aquel ambiente se llenaba de suspenso, no solo por la ausencia de habla de Esmeralda, sino también de lo que se tardaba en hurgar en el interior de su bolsillo. Tanto era el suspenso, llegaba a tal punto, que hasta el propio director de teatro se asomó sigilosamente hacia el escenario, para ver qué había ocurrido ¿Por qué tanto silencio?

- Una demostración dices… ¡Esta bien! – Sacó de su bolsillo un encendedor, mostrándolo al público con orgullo, mientras sus propios ojos se clavaban en el objeto, ignorando por primera vez al público, como si aquel encendedor tuviese algo más, algo hipnótico – Solo una demostración pequeña, Cola de Espinaca; que ya pronto los niños tienen que ir a sus casas a dormir, y este perrito debe quedar en manos de alguno de ellos.

La voz de Esmeralda se escuchaba una vez más, con aquel tono dulce e infantil que le caracterizaba, pero, esta vez, había algo más que algunos adultos pudieron presenciar; algo que se alejaba mucho de la inocencia, algo que no andaba bien del todo… por eso algunas pocas familias decidieron retirarse en ese instante, con mucho disimulo e intentando callar a sus hijos que aún querían ver el show, tirar de ellos o incluso cargarles para finalmente salir de la pequeña sala de teatro. Pero era normal, y nadie lo había tomado como una mala señal, ni siquiera el director de teatro, que aún estaba asomado entre los telones del escenario; era muy tarde y algunos niños ya tenían que ir a dormir, tal como había informado Esmeralda. En cambio, ella no se había percatado de esto, ya había dejado de prestarle atención al público desde hace ya unos largos minutos.

- Sujeta al perrito, Cola de Espinaca, y te demostraré que buena criatura es… todo se basa a la costumbre, se debe acostumbrar al perrito para que sea valiente de grande. – Le pidió al peluche con algo de impaciencia, mientras iniciaba la llama en el encendedor, para acercarlo al perro lo suficiente para que él pudiese verlo. Pero aun así a una distancia respetable para el animal. Éste solo veía la llama, más no reaccionaba ante ella. Esmeralda le observó con curiosidad y sonrió levemente – Aun no podemos completar el experimento, porque el perrito no siente nada ante la llama. Habrá que acercarlo un poquito más.

Esmeralda acercó la llama hasta que los bigotes del perro sintieron el calor, solo ahí fue cuando la criatura reaccionó apartando el rostro de la llama hasta temerle, pero ella le ayudó para que no temiera, no le apartó el encendedor, hasta que el animal se tranquilizara pero mantuviese una distancia prudente del fuego. Esmeralda sonrió con satisfacción y retiró el encendedor del cachorro. Giró hacia el público con una sonrisa, aun con el encendedor en mano y abrió sus labios para concluir con su experimento y el acto. Pero quedó petrificada al ver de nuevo la llama que aún se mantenía. La observaba de tal forma que no borraba la sonrisa que aún conservaba en sus labios. Ella quería ver al público, ya era consciente que estaba en medio del escenario, pero, pero la llama, la llama le pedía un poco más de atención. Un último acto. Y ella, como Esmeralda, debía culminar su Show, tal como debía de ser. Sus sentidos en ese momento se consumieron y no escuchaba los aplausos provenientes del público, solo escuchaba su acelerado corazón.

El público estaba comenzando a suspirar de alivio, y otros comenzando a aplaudir, pero su tranquilidad se convirtió en centenares de gritos ahogados cuando Esmeralda volvió con la llama hacia el perro, y sin dar tiempo de reacción, posó el encendedor en los ojos del animal quemando sus pestañas hasta afincarlo más y más, llegando al interior del ojo del pobre cachorro que chillaba, lloriqueaba y aullaba de dolor, clamaba de piedad entre su agonía, mientras su ojo y mitad del rostro era carcomido por la intensa llama. El dolor del animal llegó hasta la carne de los presentes, taladrando los tímpanos, invadiendo muy rápidamente el instinto de cada adulto presente, volteando helados hacia el escenario y ver el rostro perdido de la chica, ya no era Esmeralda. Antes de que la gente pudiese reaccionar, mientras que apenas se preparaban para incorporarse fuera de sus asientos y correr hacia el escenario; todos pudieron apreciar a Cola de Espinaca, sentado sobre las piernas de la chica con mucha tranquilidad, sujetando con mucha fuerza al animal, y lo observaba con aquellos vidriosos y saltones ojos que brillaban con el resplandor de la llama que cada vez se hacía más grande, esbozando la permanente sonrisa cocida de siempre.

Los gritos de los niños se unieron con los chillidos del animal, haciendo a los adultos reaccionaran de la hipnótica escena. Muchos hombres y mujeres se levantaron de sus asientos, corriendo hacia el escenario para intentar detener a Esmeralda, mientras que otros, más preocupados de lo que presenciaban sus hijos, los tomaron de las manos y salieron a toda velocidad del teatro; mientras que los adultos restantes estaban a punto de abalanzarse contra Esmeralda, para arrebatarle el encendedor y el animal de sus manos. El director de teatro, horrorizado, apenas estaba comenzando a dirigirse hacia la chica, si saber que hacer primero, estaba entrando en una crisis mientras corría. No sabía si protegerla de los furiosos adultos, o detener a todos, en un ambiente que poco a poco se volvería más agresivo en medio de los gritos de los niños que aún estaban sentados y de los quejidos del animal, mientras una pequeña cantidad de humo salía de sus grotescas quemaduras.

El anciano había llegado primero que el resto de los adultos, y la sujetó de ambos brazos desde la espalda, forcejeando para que separara los brazos y que se levantara. Ella perdió el encendedor en medio del forcejeo pero no al cachorro, que estaba bien sostenido por Cola de Espinaca, que temblaba cada vez más, aplicando fuerza contra la criaturita. Su rescate, aunque oportuno, no llegó tan pronto como el anciano lo esperaba, porque ya los demás adultos habían tomado de las piernas a la chica, mientras otros subían al escenario, dando saltos impresionantes, motivados por la adrenalina, corriendo para rodearles, apartar al anciano y arrebatarle al animal de las manos de la chica.

Ella fue golpeada entre el desespero para que soltase al cachorro, al igual que al anciano por intentar de protegerle, pero ella parecía no sentir nada, seguía hipnotizada, viendo al techo, hacia el telón, que inesperada había sido consumido por el fuego. Todo el escenario rápidamente comenzaba a incendiarse, sin perdón. Las llamas no demoraron en arropar todo, y a todos los que estuvieron sobre la tarima. Las gigantescas lámparas de iluminación cayeron sobre las personas, el fuego llegó hasta los asientos y varias explosiones provenientes de la parte trasera del escenario se escucharon a los pocos minutos. Todo había sido a causa del encendedor que había caído en algún lugar inflamable, en alguno de los materiales del escenario, o cerca de las telas que cubrían el mismo, y nadie se había dado cuenta hasta que ya todo estaba fuera de control.

Mientras tanto, Esmeralda, yacía en el suelo del escenario, viendo todo el desastre en una paz e indiferencia difícil de entender, rodeada de cadáveres en llamadas, sujetando su fiel marioneta, Cola de Espinaca, que ya no sostenía al animal, pero protegía su mano del fuego que comenzaba a cubrir las orejas de la marioneta. Sonreía viendo el fuego, al ver la sangre cerca de ella y notar como partes de su cuerpo comenzaba a ser arropado por las llamas, mientras que poco a poco perdía el conocimiento. No era por el dolor de las quemaduras, tampoco por los golpes de antes, ni la caída, y mucho menos por el humo; lo que le ocurría a aquella joven en ese momento, era una violenta sobrecarga de éxtasis le había invadido, impidiéndole realizar una inhalación, perdiéndose en espasmos de placer.

En un lento abrir y cerrar de ojos, una vez que sucumbió ante el desmayo, Amber se encontró frente a su reflejo sobre un charco, en un atardecer lluvioso, frío y muy oscuro. Las gotas de lluvia se reunían y resbalaban sobre su alto, adulto y esbelto cuerpo, que juntas en un incalculable pasar de minutos habían formado un gran charco frente a sus descalzos pies, a donde ella podía ver aquellas imágenes pasando velozmente desde los extremos del charco, pasando hasta las ondas que hacían los dedos de sus pies. Todo lo que había visto pasó hace ya mucho tiempo, pero los recuerdos eran tan vívidos y constantes, que ella frecuentemente sentía que todo volvía a pasar, cada vez más rápido e inesperado que antes, como el inicio de ese incendio.

Ella sujetaba un desecho peluche de conejo verde, con partes muy oscuras y duras, producidas por el incendio; pero de ojos brillantes y vidriosos. El torso del peluche permanecía rodeado por los brazos de la mujer que lo abrazaba con fuerza, recostándolo de su pecho. Uno de sus brazos mantenía cicatrices de quemaduras que le recorrían hasta perderse en la manga, mientras que el otro permanecía sano e intacto; ese brazo, en el que acostumbraba a introducir su mano al interior del peluche, para hablarse a sí misma, y con el que hace tiempo también había hablado a un sinfín de personas.

Ella solo sonreía con ver las imágenes que pasaban en los diferentes charcos en los que improvisaba un ballet bastante malo y descoordinado, pero que expresaba la felicidad que aún sobrevivía en su interior, y más al ver en ellas su reflejo con detenimiento, donde resaltaban sus ojos y cabellos de verde limón. Al terminar se sentó en una piedra para ponerse sus zapatillas, pero de vez en cuando llevaba la mirada hacia sus cicatrices, le encantaba contemplar con asombro su hermosa piel, que desde entonces, estaba cubierta por una delicada capa verdosa muy clara y fina; era casi tan verde como el fuego y los rayos del sol.

Si… lo era y es algo que ella nunca compartió. No comprendía cómo la gente decía que el amarillo, rojo, naranja y rosa, no eran otros tipos de verdes, es más, decían que no tenían nada que ver con ese color. Ellos son los que no pueden apreciar los colores, son ellos los que no ven otros tipos de verde, a nadie le gustaba admitirlo; pero ella se consolaba sabiendo que ninguno podría apreciar la hermosura y vívido verde que despide el fuego, y sentirlo en la carne. Después de todo se siente casi tan placentero como el verde limón, su favorito.

Por más que costara digerirlo, así era como ella veía el mundo y algunos colores, siendo sus más íntimos placeres. Esa era su realidad, la única en su mundo. Era donde Amber se llamaba también Esmeralda.


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