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Escrito por Roberto el 05/10/14

La muerte de Pico Mocho


-¿Cuál gallo?-

-El Pico Mocho.-

-Y que lo operaron y todo. El señor Daniel me dijo: ‘man, hasta le puse suero y no aguantó, aquí cargo la placa. Lo cargo en el carro.- Él aún sostenía el celular y miró a su padre como si un rayo lo hubiese atravesado desde la raíz de todas sus sienes hasta el infinito de su pensamiento.

-¡Lo matamos toditos!- Sentenció el padre.

-Lo llevo ahorita en el carro, me dijo.- Sus ojos, aunque secos, no dejaban de lamentarse.

-Lo matamos toditos porque casi todos los días hablamos de ese gallo. Jesús Román, la última vez que lo vio que estuvo en Puerto La Cruz, me dijo: Papá, no he visto uno más arrecho que ese.- Realizó una pausa, aspiró la penúltima bocanada de un cigarrillo y agregó:

-De los que tenemos como padrote…-

-Había un gallero bueno por estos lares, y me disculpa que lo interrumpa, él me decía que de los gallos padrote, me refiero a gallos buenos de verdad, no se tiene que hablar.- Seguidamente echó un escupitajo, observó al viejo con un gesto casi comprensivo. Luego volvió su mirada al suelo y con la punta de su bota estrujó la saliva hasta deshacerla en la tierra. Sólo entonces con harto orgullo complementó:

-…Mientras estén vivos.-

-…Es verdad.- Afirmó el padre. Le correspondió con los ojos saltones titilantes de angustia e inhaló el cigarrillo con una ansiedad que, ausente minutos antes, ennegrecía su habitual carácter.

-Él me dijo que era así. A ese viejo, que Dios lo tenga en su gloria, le pasó con un Marañón y un Canagüey. Cuando le pasó la segunda, con el Canagüey, me lo dijo llorando.- Seguía con el ojo puesto en donde, segundos antes, yacía el escupitajo y, como hurgando en su mente la respuesta correcta a todo lo que había escuchado, calló.

-Es que a mí me ha pasado ya, pero con gallinas. Nunca con un padrote…- Repuso el viejo.

-Yo nunca veo las placas. Es que estaba alegre porque descubrimos que éste es hermanito, hermanito del gallo.- Señaló con la mirada al pariente.- Entonces llamé al señor Daniel para decirle que hay otro… - Realizó una pausa, miró el suelo y afirmó -es que lo maté, lo maté yo porque fui el último que lo vio. ¡Lo maté!- Estaba sentado sobre un costal de maíz, sostenía el celular con su mano derecha, la otra descansaba sobre su rodilla y giró su vista hacía su padre en la búsqueda de sus facciones apaciguadoras, las encontró ausentes.

-…La vista es muy arrecha.- Remató el gallero.

-Usted lo ha dicho.- Respondió el padre. -Ese gallo, ese gallo era jodido. Los hijos de ese donde han puesto el culo han levantado unos peleones.- Y como si el pensamiento, y su lamento, se escapasen por su lengua el muchacho añadió:

-…Ya El Tigre no pisa.-

-Está ciego. Está pisando, pero…- Confesó el padre con cierto ademán aclarativo. Inmediatamente sacó otro cigarrillo de su cajetilla y adicionó:

-Pisa, pero ya no le puedo meter seis gallinas. La vaina es que él la vea…- Mientras más hablaba su voz se volvía trémula y piadosa como si entre él animal y él hubiese una verdad, una confesión; algo propio de una amistad sincera. Su narración estuvo acompañada de una pantomima del gallo entre sus manos acomodándolo, como un bebé de cuna.

-…hubo una gallina que él pisó, pero no sacó…- Expresó el joven, en seguida añadió:

-Ayer pisó bien, pero con lo de esa gallina… eso me tiene preocupado.-

-¡Yo sé qué gallina era esa! Esa era la que acomodamos en la última jaula, entrando a mano derecha; La Negra Pata Verde. Esa mierda ponía un huevo aquí, después uno allá y otro pa’ acá…, ponía huevos donde le daba la gana.-

-Riega los huevo.- Aseveró el gallero.

-Regaba.- Corrigió el joven con un tono de voz que dejaba colgado cierto hálito de frustración.

-Tú no viste que yo me quedé callado.- Inhaló el cigarrillo- ¿Tú me has visto preocupado? – Miró a su muchacho, aunque muy tiernamente, como desafiándolo a que dijese que el animal no podía ni pisar a una gallina más- Desordenada, la condenada no le había hecho nido. La coño ponía un huevo aquí…Después, antes de que tú vinieras de vacaciones, Fanio le acomodó los huevos en un nido que le hicimos…- La mirada del joven y el gallero se cruzaron, el último hizo un gesto de aprobación- Tú vas a ver… te vas a acordar de mí, por allí viene otro hijo.- Aseveró el padre, aunque el joven aún desconfiaba.

-Yo vi un huevo aquí, otro allá… los puse toditos en el nido, pero no me consta que sean de esa porque está La Marrana Flaca que también es así de desordenada-

-¿Y a esa quién la pisó?-

-El sobrino de Siete segundos.- Respondió el gallero.

-Si es que no son del Tigre, los pollos no van a salir tan malos. Ese sobrino de Siete Segundos era bueno, regular mejor dicho, y la Marrana Flaca es hija del Pinto Trinitario, media hermana de la Negra Pata Verde. No van a salir unos gallos de primera, pero puede que salga alguito bueno. Aunque, óyeme Fanio, tengo una sospecha. Ojalá esté en lo cierto. Creo, estoy casi seguro de que por lo menos hay un hijo del Tigre y la Pata Verde por ahí. Sospecho de uno, todavía es un pollito, pero le tengo el ojo puesto.- El viejo cierra un ojo, arruga el rostro y lo señala con el dedo índice de su mano izquierda mientras inhala el cigarrillo. Si fuese un juez su mirada estaría condenando al animal, pero no lo era; lo bendecía a su manera. En el pollito estaban depositándose las esperanzas de cuatro generaciones de hombres y el animalito, sin saber lo que tenía encima, picoteaba y, de vez en cuando, rasgaba la tierra.- Es que lo veo, hasta se le parece; ¡Míralo! ¡Míralo Fanio! las patas verdes y los muslos gruesos, es igualito. El tamaño para lo que lleva de nacido está bien.- Ya la mirada de los tres estaban posadas sobre el animal, esté escarbaba y pinchaba la tierra a cada rato.- Ese tiene que ser una fiera.- Había esperanza en su mirada, más que eso; una fe, y además de fe, ciega. Era un gesto loco, como de desespero, al gallero no se le escapó; había visto eso antes en infinidades de partidas, en hombres que colocan la casa, la mujer, los hijos y el culo bajo las patas de un animalito que, al fin y al cabo, sólo sabe que por cuestiones de la vida tuvo la suerte de no terminar en una beneficiadora avícola, en cambio obtuvo la oportunidad de morir como se debe.

-Podría ser, aunque él es como Zambo. Pero todavía no ha plumado bien.- Giró su rostro al viejo y dijo:

-Chucho, detrás de una mala viene una buena; tenemos al hermano y el pollito que tú dices que es hijo del Tigre y la Pata Verde.- El gallero le echó una mirada al viejo, éste, con un ligero movimiento, sacó un cigarrillo y un encendedor.

-A ese pollo, al que es como Zambo, en Septiembre lo topamos. Si se le ve sangre lo llevamos para una partida buena. Si gana lo agarro pa´padrote.- Extendió el brazo para entregar el yesquero, miró su acabado y agregó:

-Este yesquero me lo regaló la Nena…-

-Pero qué vaina con lo del gallo. Es que se veía sano y fuerte… todo un cuarto bate - Murmuró el joven como tratándose de explicar lo sucedido y sin prestar atención a lo que dijo su padre.

-Por eso uno no tiene que enamorarse mucho de las cosas…- Le respondió el gallero con un mueca que quizás intentó tener un matiz apaciguador, sin embargo, intimidó al joven. Él preguntó:

-¿Chucho y qué es lo que dice la talla en el yesquero?-

-“No fumes…”. Eso es lo que dice…, es que la Nena tenía unas vainas.- Por unos instantes se quedó como dubitativo, miró a su hijo y volvió con lo de los gallos:

-En los últimos años hemos tenido gallos bonitos de esa línea, toditos se nos han muerto. Les da una vaina, como si les faltara el aire o un ataque.- suspiró, se acongojó…, pero continuó:

-Han echado unos peleones, ninguno ha perdido. Hasta El Personalidad que era medio topocho y choto se echó un peleón con el Marañón aquél ¿Te Acuerdas man?- El viejo aspiró su cigarrillo y miró a su hijo como esperando que el muchacho dijera algo.

-Ese era un Gallo, pero un ¡Gallo! Le llevaba veinticinco gramos.- Aseveró el joven en tanto comenzó a escucharse el silbido del aire que los cobijaría con una inusual frescura mientras el viejo, bajo la sombra de una mata de Pumalaca, recordaba y contaba:

-Lo que pasó ese día se cuenta y no se cree… La pelea estuvo buena, buena y arrecha. El Marañón era un gallo bravo, de los gallos bravos de verdad, pero El Personalidad entrandito lo dejó ciego y cojo, pero con todo y eso el coño’e madre iba pa’lante. Lo puso a tres Bolívares, ¡imagínate tú…! Fanio, es que si hubieses estado allí te da un infarto.- Realizó una pausa, luego con la mirada buscó dónde sentarse. Encontró un tambor, lo volteó y, con un movimiento muy comedido, se sentó.- Cuando veníamos para acá, justamente hablábamos de eso; nos acordábamos del peleón ese gallo, le decía a Jesús Román que con el viejo, El Pico Mocho y el hermano menor había para aguantar la vaina por un tiempo. Eso sin contar con los hijos del Tigre que deben andar regados por ahí, no estoy contando el pollito que es medio Zambo porque puede que sí, pero también puede que no.- Seguidamente colocó su mano sobre la frente, aún sin soltar el cigarrillo, y agregó:

-…Pero hora se nos muere.- Colocó una mano sobre su rodilla derecha, la sobó y dejó escapar otro suspiro.-

-¿Y qué le pasó?- Preguntó el gallero.

-Un día estaba como siempre, medio tristón, pero sano. Por la tarde yo lo veo y le digo a papá: Viejo Chucho, ese gallo tiene algo. Lo revisamos. Estaba bien, pero medio apagadito. El viejo Chucho me dijo que esas eran marisqueras del gallo, pero había que tenerlo vigilado. Entonces lo dejamos en la jaula y nos fuimos. En la mañana, cuando regresamos, lo primero que hicimos fue ir a ver al gallo…-

-…Allí lo encontramos, en la jaula, echado. Parecía un niñito dormido; acurrucado como si tuviera frío, pero muerto.- Interrumpió el viejo.

-¡Muerto, muerto’e bola!- Exclamó el joven.

-Ningún gallo merece morir enjaulado- Aseveró el gallero. Sólo bastó una mirada del viejo para hacerle saber que tenía toda la razón, pero había algo más en el aire. Agregó:

-Lo bravo de ese gallo es que no tenía nada, ni embuchado ni paro ni nada; estaba completamente sano. Viejo no estaba, casi era un pollo. La última pelea que se echó fue con un Zambo puertorriqueño hace como tres meses antes de morirse. Ese Zambo venía de matar a otro. El Personalidad como era pequeño lo voltearon con ese gallo que era más grande. En la pelea no se vio bien, pero ganó. Aunque yo pensé que le iba a dar un paseo como al de la otra pelea, y no. Le aguantó varios hachazos que me asustaron, pero ganó. Cuando trajimos al gallo le dije a Jesús Román: Este no me pelea más, vamos a sacarle cría, más tarde vemos como lo acomodamos por allí.

-Y eso que lo abrimos y todo. Hasta el sol de hoy no sabemos de qué murió- Repitió el joven.

-El gallito era bueno, lo único que le faltaba era tamaño. En la última pelea se echó 3:33 minutos, nos ganamos el tercer premio. El Personalidad, ¡Qué gallo más picaron en la vida! Caminaba con aquella elegancia. Se veía hasta cómico con lo chiquito que era y la altanería cuando andaba por ahí como si fuera de la realeza.- El viejo posó nuevamente su mano sobre su rodilla y dijo:

-Este dolorcito que me da en la rodilla es lo que llaman el mal aristocrático.-

-¿Cómo es eso Chucho?-

-La Gota Fanio, la Gota…-

-Coño, allí sí está jodía la vaina. Yo que te iba a invitar a un asado.- El viejo carcajeó, disimuló el dolor lo mejor que pudo y expresó:

-…Cuando tú veías al Personalidad caminando por el corral lo que daba eran ganas de cagarse de la risa- Concluyó el viejo en tanto que imitaba, aun sentado y con el dolor en su rodilla, el andar del ave. Sus ojos, como rememorando lo vivido, exhalaban un aire juvenil, sin embargo, inmediatamente su faz tomó un matiz obscuro.

-Es que no sé si fue una culebra, un golpe, un parasito o no sé qué si la luna o una vaina rara, pero se nos murió. Todas las crías que le sacamos se murieron sin echar una partida.-

-Varios se nos han muerto así. Y ahora… - Sostuvo el joven.

-Después de una mala viene una buena.- Insistió el gallero.

-No, después de una mala viene una buena y después una peor.- Corrigió el Padre.

-Así es. ¿Y qué se le va a hacer?- Se resignó el gallero.

-Es que lo matamos entre todos. Es que un gallo de esos cuesta criarlo. Chico, hasta uno le agarra cariño a los animalitos. Mira, es que si se me muere peleando, coño no te lo voy a negar, da tristeza, pero se muere en lo suyo; como un varoncito, pero que se me muera así, coño, eso si da vaina.-

-Justamente yo llamé al señor Daniel para hacerle el comentario de que hay, por lo menos, un hijo del viejo.-

-Pero a ese lo matamos entre todos, entre todos. Jesús Román me decía a cada rato que no había visto gallo más arrecho.-

-…A mí nunca se me había ocurrido revisar la placa de un gallo, casualmente hoy se me antojó.- Confesó el joven.

-La casualidad es que son hermanitos, de padre y madre.– Dijo el gallero.

-El Señor Daniel me dijo que le metió suero, lo operó y le dio bicarbonato con aceite de Oliva.- Parecía estar convencido de lo que decía, como si su mente estuviese al lado de aquel. Entonces miró al gallero, buscaba una respuesta.

-Es que eso es lo que se le hace cuando un gallo se embucha. Ese debía tener otra vaina más…- Aseveró, indefectiblemente, el gallero.

-Él me contó que el gallo estaba embuchado, decidió abrirlo. Lo limpió y lo cerró. El gallo aguantó su operación, al otro día se murió.- Tomó un grano de maíz, lo introdujo en su boca y masticó, luego lo escupió con rencor.

-A mí me pasó igualito con un gallo Jiro que tenía. A mí me pasó, de verdad. Y el gallo bota y bota agua… lo limpié, le abrí el pico. Vi que había como una vaina amarilla. Cuando le eché el bicarbonato y el aceite, botó la vaina amarilla esa que era como un pus que tenía acumulado en el buche.- Sus ojos ya no estaban en el presente, sino en algún sitio distante y triste, su voz se escuchaba como un susurro en una noche sin luna. Se recostó sobre el muro que franqueaba la gallera, su codo izquierdo se posó sobre el borde y con su mano derecha metió el cigarrillo en la boca.

-…El gallo botó su vaina, parecía que se recuperaba… A los tres días se me murió.- Lamentó el gallero.

-Es que es así, cuando menos te lo esperas te viene el coñazo… duro.- Complementó el joven, posteriormente agregó:

-Pero es que la vida es una vaina jodida; venir hoy, decir que vamos a revisar ese gallo y llamo al señor Daniel para contarle de que hay un hermanito, hermanito de padre y madre, del Pico Mocho y él me dice que se murió.- Permanece en silencio un rato, observó al gallero y adicionó:

-A lo mejor se cuenta, uno cuenta esa vaina y la gente dice; Coño ‘man, si eres hablador de paja.-

-Chucho, es que son animales tan nobles, pero tan nobles, que hasta muriéndose te dejan algo; es como quién dice me fui, pero quedó otro allí.- Respondió el gallero. Seguidamente añadió:

-Por ahí tengo otro hijo. Es hermanito del Picho Mocho, pero de otra flaca y nada que ver. Los buenos, ¡buenos y arrechos!, son los hijos del Tigre y la Pata Verde o La Marrana Flaca.-

-Es que la madre es importante. Si tú, Fanio, crías a un gallo sin la madre, o con una madre mala, el gallo te sale mariscon. ¡Júralo, es así y vuélvelo a jurar! Es arrecho, pero quien pone el carácter es la madre.-

-Muchacho sin madre es muchacho descarriado.- Complementó el gallero.

-Ahora, para colmo, se nos muere también La Pata Verde.- Lamentó el chico.

-Lo de gallina se puede arreglar, le ponemos los huevos a la Marrana Flaca y que haga de madre sustituta. Esa ya estaba vieja ¿Cuantos años es que tenía?- Preguntó el viejo.

-…Estaba pasada.-Respondió el gallero.

-Ve lo que vamos a hacer…- Miró a su hijo, posó su mano sobre su hombro y le dijo pausadamente:

-Man, llama a Daniel. Dile que aquí tenemos a otro hijo del Tigre con la Pata Verde, pero no le vayas a decir que se murió la gallina; eso lo va a poner peor. Dile que tenemos otro hijo y que es igualito al Pico Mocho. Dile así porque, coño, yo sé cómo es él; ese va a andar mal, por pena no se va a querer aparecer el viernes por la casa. Le dices como para que se sienta un poco más aliviado, porque él sabe lo que significa… lo que significan esos gallos para nosotros. Para que no se mortifique tanto ni ande ofreciendo dinero. Yo sé que hizo lo que pudo, pero es que esa línea de gallos es arrecha; salen gallos buenos, buenos de verdad, pero se nos mueren y no sabemos de qué.- En eso le echó una mirada al gallero, quizás indagando por una respuesta y obtuvo una negación muda.

-Ahora esos dos, los dos que quería de verdad. Uno se murió y al viejo aún le queda, pero…- Intervino el muchacho.

-Sí, los dos gallos que son para él la panacea.- Agregó el viejo. Luego dijo:

-Daniel para llamarme a mí, para decirme, estando el Tigre aquí, el papá, y decirme: Estoy llamando porque no quiero molestarlo, pero ese gallo me sirve pa´padrote ¿Cómo le gustaría ese gallo? ¡¿Cómo le gustaría?! Que se lo llevó, todavía con el pico chato. No lo agarró para padrote sino que lo metió en una partida grande ¡¿Cómo le gustaría el gallo?! Cazarlo en una pelea con 33 gramos menos y tener la seguridad de que iba a ganar.-

-¿Cómo fue qué te dijo viejo Chucho?- Preguntó el joven con una sonrisa apenas visible, anegada por la tristeza, en su rostro.

-Me dijo: Primero se disculpó, coño yo le dije que no se disculpara, pero ya sabía que venía con una de sus vainas.- Tomó una bocanada de aire y continuó:

-Después, me habló del gallo y que le iba a sacar cría.- Detuvo la narración, aspiró su cigarrillo, exhaló el humo con tal delicadeza que parecía no querer lastimar al aire y prosiguió:

-Cuando terminó de hablar del gallo y de lo arrecho que se veía, lanzó la bomba: Lo había metido en una partida grande, en una encerrona con gente de real, real de verdad. Te voy a decir Fanio, yo sabía que ese era un gallo, y bueno, pero la razón por la que no lo había metido en una partida es porque de pollito, el mismo papá, le partió el pico. Eso es una desventaja grande, más en esas partidas que lo que llevan son gallos finos; animales de casta. Aconsejé a Daniel, pero, el muy coño’e madre, estaba enamorado del gallo. ¿Qué más podía hacer?-

-No se peló. Ese le ganó a un gallo Jabado ¿Cómo que era?-

-Un gallo Jabado de la gente de los Franes de México, de esa gente…- Dijo el muchacho.

-Allí se jugaron los millones del mundo. – Afirmó el viejo.-

-Sí, de los Franes. De la gente que no les importa los millones.- Confirmó el gallero.

-Esa gente pierden millones como si no les importara.-

-Porque no se los sudan, por eso.- Respondió el viejo, seguidamente dijo:

-Ese gallo, a dos bolívares, le echó una picada. Le pegó un cielo y boca. Daniel se paró y me dijo; Ese gallo con el cielo y boca encima, escupía la sangre como si nada; con arrechera. Es que era un varón y siguió, y siguió…, en una lo agarró y luego; pam, pam y ¡Pam! Cayó el Jabado arrodillado. Después una gente se lanzó dentro de la gallera y se tiraron para levantarlo, pero el galló picó y no se dejó. Y sacaron a la gente de la encerrona, Ese le siguió dándole machetazos al Jabado porque el coño seguía, y acostado, lanzando machete como loco. El Pico Mocho botó lo que le quedaba de pico, no tenía pico; nadita de nada. Es que le daba, y le daba, pero no tenía pico…lo tenía listo, hasta que el Jabado en una de esas dejó de lanzar machetazos y le puso la pata encima del pescuezo…, así lo mató.-

-Yo digo: cuando los gallos son buenos se nota cuando están caminando; lo hacen como con arrechera. De repente eso fue lo que vio Daniel.-

-A lo mejor eso sea verdad. Yo soy más a lo práctico; prefiero toparlos, ver cómo andan de peso y los padres. También el tamaño, como lanzan los machetazos y los hachazos. Fanio, en esto de los gallos soy más cuidadoso que Daniel. Él es muy impulsivo.-

-Un día de estos le van a echar una vaina.- Añadió el muchacho.

-Bueno Chucho, al hermanito aquí le vamos a coger bastante y allá también. Ponte que salgan tres gallos buenos.- Dijo el gallero, después pidió:

-Deja que yo le coja y después se lo lleva a Daniel.-

-Sí, eso sirve, por lo menos para dejarlo un poco más aliviado. Él sabe lo que significan esos gallos para nosotros. Y sobre todo el viejo que en sus tiempos le ganó a un gallo, pero a un ¡gallo!, en el mundial de Puerto Ordaz que, a según, había matado a nueve en fila. Ese gallo caminaba engatillado y por eso al principio no me convencía mucho. Ahorita es una flecha, pero ya está viejo. En sus tiempos no había gallo que se le parara. Y con uno mansito.

-Esos gallos que son bravos, cuando uno los agarra tranquilito… pero en cuanto ve a otro gallo, ese es otro cantar.- Dijo el gallero.

-Ver ese gallo en sus tiempos era un espectáculo.- Recordó el viejo.

-¿A cuántos había matado ese gallo?- Tras contar mentalmente, y con ayuda de los dedos, el número de peleas dijo:

-Conmigo ganó cinco peleas y con papá, que en paz descanse, mató a cuatro.- Reflexionó un tanto, como meditando, y adicionó:

-Mi papá le tenía un cariño a ese gallo, pero un amor, una vaina de otro mundo. Recuerdo que en su última pelea, desde el hospital y enfermo de a bolas con cáncer, el viejito Pancho me llamó. Me acuerdo de que estaba en Maturín, me llamó el viejo para preguntarme que si había ganado en el mundial ¿Y cómo estaba el gallo? ¿Y cómo echó los machetazos? ¿Y los hachazos? ¿Y en cuánto tiempo mató? Cuando le dije que nos llevamos el segundo premio se echó a reír y empezó a decir: ¡Te lo dije, te lo dije! Después siguió con la preguntadera: ¿Y cómo lo había curado? ¿Y con cuál gallo había peleado? Y por cada vaina que le respondía se echaba a reír. Es que me lo imagino; mascando saliva y riéndose. Lo último que me preguntó fue que cuando se lo iba a llevar para echarle unas oraciones.-

-Se preocupaba por los gallos.- El gallero sacó una sonrisa tosca y de medio lado, luego echó otro escupitajo.

-Coño, lo de él y los gallos era una vaina casi religiosa. Cuando los preparaba era una cuestión seria. Él mismo le montaba las espuelas, no dejaba que nadie tocara sus gallos. Pero lo de él y El Tigre era especial, era algo más, no porque haya sido un campeón en sus tiempos, es que desde que era chiquito el viejo me dijo: Chucho, ponle cuidado a ese.-

-Mi abuelo sabía su vaina.- Afirmó el muchacho. Seguidamente tomó un grano de maíz, lo metió en su boca y lo partió, luego adicionó:

-Él se guiaba mucho por lo de la luna ¿Cómo es que era la vaina viejo Chucho?-

-Coño ‘man, yo no sé bien cómo es la vaina. Pero eso depende mucho de cuando plume el gallo y otras vainas más; supersticiones de la gente.-

-Pero mi abuelo tenía un buen ojo pa´los gallos.-

-Es que hijo, tantos años. Él ya se conocía a los gallos, a los papás y abuelos. Sabía qué gallo era bueno y cuál había que sacar de la escuadra. –Realizó una pausa. Miró las jaulas; a la generación anterior de cada uno de los gallos que las ocupaba su padre había alimentado y en la misma gallera que construyó el padre de su padre con unos indios, ahora le pertenecía a él y en un futuro a su hijo- El viejo Pancho amaba a sus gallos, los adoraba. Cuando un gallo ganaba él se lo traía. Lo traía contento, parecía el propio guaricho un 25 de Diciembre por la mañana. Se lo mostraba a todo el mundo, pero cuidaba de que no lo tocaran mucho por la vaina del mal de ojo. Cuando llegaba a la casa se encerraba en el galpón, agarraba una botellita de ron, suero, un poquito de algodón, hilo…, agujas y se ponía, él mismo, a curar al gallo. Tenía una cajita especial. Eso para él era un ritual, nadie podía molestarlo. Le hablaba al gallo, lo consentía; le molía el maíz y le hervía el agua.-

-Viejo Chucho, ¿Cómo era que decía mi abuelo cuando un gallo ganaba?-

-El agarraba al gallo, lo miraba a los ojos y decía: ¡Gaño pa’ ueno, carajo!- El viejo imitó la voz de su padre de una forma casi cantada, muy pueblerina. Echó una sonrisa y continuó:

-Pero cuando se le moría un gallo o entablaba, o ganaba pero venía medio malito. Le veías la tristeza en la cara. Acurrucaba al gallo como si fuera un bebé y nadie podía tocarlo ¡Nadie, absolutamente nadie tocaba su animal muerto o moribundo! Ese, cuando llegaba a la casa, le limpiaba la sangre, le curaba las heridas, le enjuagaba las patas y, pluma por pluma, le quitaba el polvo o cualquier vainita que tuviera. Al rato le echaba una oración y unos palos de ron. Si se moría, él mismo le cavaba la tumba en el patio y lo enterraba, buscaba piedras para que los perros no le hicieran una coño’ e madrada.-

-Lo opuesto a Jorge Fernández. – Dijo el gallero.

-Me suena, ese nombre me suena ¿Ese no será de Carúpano, Cariaco o de por esos lares?-

-El mismito. Ese tenía un gallo bonito. Lo llaman El Costa…bueno, lo llamaban El Costa, perdió en el Lechón. Peleó aquí, después en tres encerronas con mil cada uno y cuatro veces más. Al final perdió con un gallo pataruco en el Lechón.-

-No Fanio. Corrígeme si me equivoco. ¿Pero ese no fue al mundial y ganó el primer premio?-

-Sí, sí. Es verdad, peleó aquí, tres encerronas, cuatro veces más, el mundial, después con un güevón en el Lechón y perdió.- Chucho le extendió otro cigarrillo y le encendió el yesquero. El gallero acercó su rostro a la lumbre y mientras prendía su cigarrillo, de refilón, pudo leer la inscripción; No hizo ni un comentario.

-Pero el gallo no era malo, el peo es que cuando estaban montando los gallos, yo le digo: compadre este gallo está sentido. Él me dice que no le pare bolas que ese era un arrecho y que lo arregle. Coño, yo lo arreglo, pero veo al gallito como apagado.

-…Es que eso es mucho ¿Cuantas peleas se echó? –

-Diez peleas. Pero cuando perdió y lo vio moribundo, casi muerto, le torció el pescuezo y lo tiró en la carretera.- Durante una millonésima de segundo se hizo un silencio, era como una especie de ceremonia solemne en torno a la memoria del animal, entonces el gallero agregó:

-Era un gallo arrecho. No tenía pinta de que aguantara hachazos, pero los esquivaba bien.-

-¡Ese, ese es el gallo bueno!; el que esquiva, espera y lanza. Así era el Tigre.- Afirmó el viejo.

-Gallo bueno no es el que aguanta, sino el que se escurre.-Confirmó el gallero.

-Pero mira Fanio, me vas a perdonar, pero eso lo que hizo tu compadre no tiene nombre. Un gallo a lo máximo le doy cinco peleas y dependiendo de cómo gane. Porque si lo veo sentido, o si no ha curado bien… entonces no. Si es bueno pa’ padrote, si me sale regular lo regalo por allí; a la gente de Pararí. La única excepción fue El Tigre, pero es que ese era uno fuera de serie.- Aclaró el viejo.

-Desde ese día no le hablo más, eso no se hace.- Repuso el gallero. Luego preguntó:

-¿Usted no mata?-

-No, yo no mato. No es porque no quiera, a veces, cuando un gallo se huye, a uno le da como una arrechera. Pero es que, coño, esos animalitos son como hijos de uno; uno los cría, los alimenta, los ve pollito, los cura y los manda a pelear… coño, es mucha maldad matarlos cuando te pierden y quedan medio vivitos.-

-Matarlos es una maldad, que se mueran en la gallera; así sí.- Interrumpió el gallero.

-Yo lo que hago es que se los regalo a los muchachitos de por allí si se me huyen, si pierden los curo y trato por todos los medios de salvarlos. Porque eso pasa; a cada gallo arrecho siempre le sale uno más ¡arrecho!

-Eso es verdad, verdaita.-

-En estos días un muchachito se pasa por el galpón preguntando si no tengo gallo malo que le regale. Y le pregunté para qué… me respondió que el último que me dio le ganó a uno en los Dantes.-

-Entonces el gallo no era malo.-

-Es que no era malo, es como te digo Fanio; a veces le sale uno más arrecho…, y joven…, y fuerte… Entonces lo jode. Es como todo, a todos nos toca.-

-También lo que sucede es que no son gallos malos… sino que para ese nivel de partidas hace falta gallos recios y de casta, sobretodo, recios de verdad. En Los Dantes, es una gallera pequeña. Allá la gente se reúne, hacen sancocho y juegan sus gallitos. Tampoco es una vaina del otro mundo.- Dijo el muchacho mientras el sol, el mismo que despertó rozagante y en su momento altanero, enmudeció no sin antes dejar su esencia dibujada en el horizonte como el quejido mudo, y enamorado, de un náufrago sin su orilla. Entonces el viejo se percató de que ya era tarde y con una de esas miradas que lo dicen todo, pero a la vez nada, expresó que ya debían coger camino.

-¿Entonces quedamos así?- Preguntó el gallero.

-La Marrana Flaca a madre sustituta, no se le dice nada a Daniel hasta el viernes que llegue a la casa, al viejo como a una señorita y el ojo puesto al hermano y al pollito que se parece al Pico Mocho.-

-Eso es correcto.- Extendió su mano al gallero, luego se dirigió a su hijo:

-´Man. Acuérdame, mañana temprano antes de venir a la gallera, de ir a comprar unas lauritas y jazmines para la Nena.-

-Lirios, viejo Chucho, lirios; Se llaman Lirios, no Lauritas ¡qué vaina contigo, ya estás Chocho!-

-Como sea, acuérdame y le decimos a Ednia.–

-Sí, de paso limpiamos la vaina. En estos días fui y estaba medio sucia; el monte estaba quemando a la grama, había mierda de pájaro por los lados… también se había robado las flores que tú y mamá le dejaron la vez pasada. Le formé un peo al administrador, uno paga para qué…-

-Bueno ‘man, tú sabes que como no es de ellos no les duele.- Miró al gallero y continuó:

-No sé a dónde iremos a parar, la gente ya no respeta nada…- El viejo calló y como pudo, con la ayuda del gallero, se puso de pie. El muchacho también, dispuso el saco de maíz junto a los otros que habían comprado. Se estrecharon las manos, se despidieron y el viejo dijo:

-No te descuides con el hermano y el pollito.-

-A todas éstas Chucho ¿Qué nombre le pondremos al pollito?-

-Será El Mesías- Intervino el muchacho.-

-Pues será. Aunque lo vi echándole machete al suelo, como que le picaba el pico- Dijo Chucho.

-Coño sí, también me di cuenta. Será El picoso- Sentenció el hijo y acompañó a su padre a la salida.

Apenas se marcharon el gallero comenzó su faena: regó los envases de agua en todas las jaulas, revisó a los gallos por si alguno estaba medio enfermo, molió el maíz y a cada animal le dio su porción, además, constató que no faltara ningún pollito, armó la trampa para ratas, echó veneno para los rabipelados, contó los huevos de todas las gallinas y pesó a dos pollos que estaban listos para ser topados. Entonces, ya entrada la noche y justo antes de apagar las luces del galpón, le echó una última ojeada a todo; observó a los pollos acurrucados en la mata de Pumalaca, a las gallinas con sus huevos en sus nidos, a los padrotes y los pollos que faltaban por plumar en sus jaulas y, cuando se cercioró de que todo estaba en orden, cerró la puerta.


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Escrito por Roberto el 18/10/14

Enfermo


Estoy enfermo. No cómo comúnmente se entiende. Me refiero a que puedo caminar, bailar, comer, beber, jugar y todo lo que una persona saludable hace. Sin embargo, y muy a pesar de todo, puedo afirmar que estoy bien jodido. Pues conozco mi cuerpo, y así como cuando un mecánico infiere las fallas en un auto tengo la certeza de que algo no está bien en mí. Estoy casi seguro. Aunque mis síntomas no se ajustan a una afección en particular – Sida, cáncer, dengue, malaria o, incluso, gripe – insisto en la idea de que algo no está bien. Corrijo: nada de nada está bien; podría morir en cualquier momento. Eso me aterra pues tengo 4 niños que mantener y una mujer que es una luchadora incansable, mas sin muchas luces lo cual es muy preocupante. Pues una persona trabajadora sin cerebro es como un toro en una corrida y no la quiero dejar sola en la batalla.

La enfermedad podría asesinarme en un segundo, o en menos. No matarme directamente, sino desencadenar mi muerte. Es decir; no moriría propiamente por efecto de la enfermedad, sino que su principal síntoma sería lo que promovería un accidente que si bien no podría acabar con mi vida, sí dejarme paralítico o en estado vegetativo. Esto me ha hecho entender que hay cosas peores que la muerte, eso aumenta mi temor.

Comencé a padecer esta enfermedad desde mi adolescencia. El primer ataque lo atribuí al cansancio, resultó sencillo llegar a esa conclusión debido a las peculiaridades de mi afección. Sin embargo, aun habiendo descansado se repetían mis achaques. Los episodios eran repentinos y tardaban no más de cinco minutos. No podría describir los síntomas tal cual lo haría un médico, sólo sé que me empezaba a sentir más fatigado que de costumbre. Seguidamente un hormigueo recorría mis piernas. Luego una sensación de debilidad me hacía cabecear y convertía mis párpados en plomo. Al final caía rendido. Eso era, caía dormido de un tajo. No importaba cuándo ni dónde; en la mañana sentado en el bus; a la hora de almuerzo en el trabajo o por la noche, de regreso a casa. Caía como un costal de harina. Esto resultaba ser peligroso porque, aunque no llegó a suceder, si me quedaba dormido de repente podría hasta matarme.

En la actualidad mi trabajo es de alto riesgo; soy chófer de un montacargas. Un descuido podría terminar en desgracia. Por suerte no ha sucedido, debo tener un ángel protector muy eficiente. Y, sin embargo, no puedo abusar. Por eso busqué ayuda profesional. No de manera voluntaria, sino por insistencia de mi esposa. Y después de dar tumbos en varios hospitales, terminé en manos de dos especialistas.

No sé en qué área de la medicina ejercen, pero tengo entendido que es bien complicada y una de las más difíciles. Incluso, ambos doctores, habían estudiado en el exterior y son reconocidos por muchos de sus colegas como pioneros en su rama. El primero se apareció en mi casa días después de que un colega le mencionó, a forma de sorna, que un paciente llegó a su consultorio nervioso porque dormía demasiado. Su nombre era José Rengel. De mediana estatura, tez morena, con rasgos de afrodescendiente y bigotudo. Él, después de realizar una cantidad no muy limitada de exámenes, presumió que era narcolepsia. Para el momento en que mencionó la enfermedad no sabía de qué se trataba, pero resultó que todo se acoplaba a tres de los cuatros síntomas que describían la enfermedad. El primero de ellos era la somnolencia diurna; me daba, y aún me da, por dormir en todos lados y a todas horas. El segundo me costó entenderlo, cataplexia; eso era cuando tenía episodios breves de pérdida bilateral del tono muscular. En otras palabras; cuando me sentía débil. El tercero era el que no se ajustaba a la definición de la enfermedad. Eso sembró dudas y fue la razón por la que me refirió a otro doctor con más experiencia en el área. Lo llamaba Alucinación hipnogógica. Y el último sí lo había experimentado, la parálisis de sueño. Eso pasa cuando uno se levanta y no puede moverse. Estás despierto y consciente de todo lo que está a tu alrededor, sin embargo, no puedes mover ni un músculo. Irónicamente eso fue lo que trajo al primer especialista. Mi esposa notó lo que me sucedía y fue quien me persuadió en ir al médico.

El segundo doctor se llamaba Carlos Gomes. No Gómez, sino Gomes porque él era de una familia europea donde el Gomes era un apellido común. Lo que más recuerdo de él era que tenía una pronunciación casi perfecta del castellano, incluso articulaba las groserías con cierta elegancia. Era un tipo alto y de apariencia fornida, sin embargo, cuando uno detallaba sus movimientos percibía la ausencia de ejercicio físico y entendías que esa apariencia era heredada mas no trabajada. A todas estas era un tipo apacible y cordial, de mirada pasiva y rasgos eminentemente sajones. Siempre se mostró cauteloso y agradable, tal cual la personalidad de alguien culto. Después de realizar algunos exámenes y consultar con otros de sus colegas en el exterior determinó que mi trastorno era único en el mundo. Claro, con el tiempo comprendió que mi dolencia es muy común en Venezuela. La llamó narcolepsia selectiva y es la causante de que algunas personas, ya sean ancianos, lisiados , mujeres embarazadas o con niño en brazo, permanezca de pie en un bus atestado de pasajeros. También, con menor frecuencia, cuando esas mismas personas están en estaciones de trenes, oficinas, aeropuertos u hospitales. En todos los casos, tendrán que permanecer de pie porque la narcolepsia ataca a los jóvenes y cada vez que se monta un anciano en un bus, todos sufren ataques repentinos. Y es por eso que no le ceden el puesto.


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Escrito por Roberto el 18/10/14

El juego


Soy distraído. Muy descuidado. Terriblemente despistado. Podría estar una viga frente a mis ojos y no me fijaría en ella, sino en la pluma que a lo lejos flotaría sobre un pastizal que ni siquiera sería real; pues sería tan imaginario como las sensaciones de felicidad o tristeza que me agobian durante el día y la noche, o la pluma misma. Pero la viga sí. Y su golpe también. El dolor no provendría del impacto, sino de la culpa. Pues, como suele pasar, se acercaría despacio. A paso lento, pero seguro. Fácil de eludir. Nunca oculta. Y sin embargo allí habría un resultado: una herida franca y abierta que crecería, crecería y consumiría todo mi ser. Acabaría con todo ápice de bondad. Pues la culpa, saber que siempre estuvo allí y no haber reaccionado es lo que más duele y atormenta.

Practico ajedrez desde los 12 años. Nunca llegué a ser profesional, pero he logrado solemnes victorias ante algunos que presumen serlo, pero distan por décadas. También obtuve un trofeo en un torneo nacional y desde hace algunos meses tomé una rutina; todos los miércoles voy a la plaza que está frente a la alcaldía y explico partidas magistrales. A pesar de que mi función es eminentemente didáctica siempre se presenta alguno que otro contrincante, durante largo tiempo mantuve un invicto. La noticia tomó carácter nacional, desde otros estados venían retadores; todos y cada uno recibieron sendas y brutales derrotas. Eran masacres y yo el Gran Genghis. Disfrutaba cada victoria, además recibía buena paga por mis enseñanzas y la admiración de un grupo bastante heterogéneo. Ya cuando el asunto estuvo a punto de tomar carácter internacional llegó Jesús – un amigo de infancia – y me retó a una partida.

A Jesús lo conocí en el sexto año de primaria. Él fue quien me enseñó a jugar; me explicó el movimiento de las piezas y la “jugada del pastor”. Recuerdo que era muy apegado a él. Soy hijo único y, a pesar de todo, lo considero como lo más cercano a un hermano. De hecho él fue quien me presentó al amor de mi vida y fue compañero de residencia en la universidad. Logró graduarse antes que yo y con honores. Apenas terminó se marchó a Francia, perdí el contacto con él. Regresó hace unos días. Intenté rememorar los buenos tiempos, pero había algo que no me lo permitía. No obstante, lo que sí recordé fue cuando María Antonieta, quien fuera su novia en la universidad y prima de ese amor lejano, dijo algo acerca de Jesús:

“Hasta el perro cuando sabe que la va a cagar se asusta”

Era algo pesado, más si es en una reunión familiar. Pero María era muy perspicaz. Éramos muy cercanos, buenos amigos. Siempre la consideré buena persona, pero nunca me llamó la atención, pues mi sol ni se ocultaba ni emergía con ella, sino con otra persona: Sara. Ella era, y aún es, mi todo. Asimismo madre y esposa, amiga y amante, pues nunca pide nada a cambio o por lo menos por un tiempo. Y, aun lejana, la recuerdo con un grado infinito de nostalgia y rencor. Así como un sorbo de ese dulce que es veneno también.

Él casi sin mediar palabras se sentó frente a mí. No saludó. No sonrió. No preguntó si quería jugar, simplemente se sentó y comenzó a organizar las piezas. Tomó las piezas blancas. De manera instintiva organicé mis piezas y esperé el primer movimiento:

Habría que explicar cómo se representan gráficamente las partidas en el ajedrez porque describir una resultaría muy confuso para quienes no están familiarizados. Para empezar el tablero se organiza por filas que van desde la número 1 hasta la 8. Las piezas blancas ocupan las filas 1 y 2, las negras 7 y 8. Ahora bien, las columnas están identificadas con letras que van desde la a hasta la h – izquierda del jugador de las piezas blancas hasta su derecha -. Por lo tanto, la conclusión evidente es que cada una de las casillas se rige por un sistema coordenado. Las ordenadas serían las filas y las abscisas las columnas. Para determinar la posición de una pieza sólo hay que buscar la fila y la columna.

Él comenzó la batalla. Realizó un movimiento extraño; una apertura inglesa que se convirtió, después de algunos movimientos, en una trampa. Respondí con una peculiar Defensa India de Rey, aún no entiendo porqué lo hice.

Inició con c4. Hace algunos meses él me habló acerca de la vida y los golpes. También acerca de esperar lo inesperado. Ese día fuimos a la playa, María estaba con Sara ni sabía dónde ni qué hacían, supongo que cosas de mujeres. Respondí con mi caballo en f6. Era el día de su despedida, partiría el siguiente a París. La casilla d5 era vital para mis planes a largo plazo, así que posó su caballo en c3. Sara no se apareció sino hasta la tarde, estaba algo alterada, sin María y con un moretón en el cachete. Por un momento me olvidé de mi centro y me concentré en mi defensa, coloqué mi peón en la casilla g6. A Sara nunca le simpatizó Jesús, lo consideraba descuidado, arrogante y patán. Ella me contaba acerca de sus aventuras y de cómo trataba a María. Sin inmutarse jugó su peón de rey, lo desplazó hasta la casilla e4, con esto ya se afianzaba en el centro. María brillaba por su ausencia, Sara comenzó a beber ron tal cual un borracho de tasca. Para evitar males mayores puse mi peón en la casilla d6. Jesús ni preguntó por María, parecía que yo era el único preocupado por su ausencia. Respondió con d4. Ambos luchábamos por el centro. Recuerdo que fumaba, le encantaba mallboro rojo. Nunca me molestó que lo hiciera, cada quien hace con su vida lo que considera necesario. Coloqué mi alfil en g7, con esto buscaba recuperar los espacios perdidos en un contrataque. Sara, se sentó a mi lado, me abrazó y miramos, casi como un solo ser, las olas reventar en la orilla. Movió su caballo a la posición f3, eso era guerra. Se habían posicionado las piezas, listas para la masacre. Él se mantuvo callado, ella hablaba acerca de no sé qué cosas. Parecía estar muy descompuesta. Realicé un enroque corto, debía proteger mi Rey. Me extrañó la actitud de Sara, pregunté que había pasado con María. Posó su alfil en e2. No respondió. Él, como si le hubiesen preguntado, dijo que todas las mujeres eran putas y que luego sentían remordimiento por las puterías que ellas mismas causaban. Inicié, sin meditar, la masacre; jugué mi peón en e5, un intento no valiente, sino temerario. Ella se alteró, no sé si por el ron o por la respuesta de Jesús; le lanzó la botella de ron, le dio en el mentón. Él no respondió mi ataque, sólo movió su alfil a la posición e3. A pesar de que el golpe le ocasionó una rajadura y sangraba, se echó a reír. Ataqué, jugué mi peón en d4, respondió con su caballo. Fue un cambio muy poco favorable pues ese caballo resultaría dañino. Tomé el control de la situación, calmé a Sara. Expresé que lo que hiciera Jesús con María no era nuestro problema. Jugué mi peón en d6. Él afianzó su peón solitario en d4 con la ayuda de otro en f3. Quise ver cómo estaba la herida de Jesús, pero no me dejó. Tomó una servilleta y dijo que caminaría por la playa. Moví mi torre hacía e8. En vista de una posible amenaza, retiró su alfil a f2. Le dije que buscara a María para regresar juntos, lo que no sabía es que María ya había tomado un taxi. Coloqué mi peón en d5, quería un cambio de piezas. Respondió, contrario a lo que esperaba, con su peón en e4 y atacó la posición d5. Respondí con mi peón en c6. Lejos de hacer un cambio con su peón lo movió a c5. Quería saber qué pasaba, por eso insistí en regresar juntos. No fue así, él se marchó y me quedé con Sara. Mi caballo Brincó a c6. Le pregunté a Sara qué había pasado con María. Él realizó enroque corto. Ella, por un instante, me miró con mil miradas de lástima y sonrió. Sus ojos eran como un millón de estrellas titilantes tal cual luciérnagas sobre el campo de mis sueños infantiles, esos que se perdieron en algún recoveco de mi mente. Me conmovía, al punto que era capaz de olvidar cualquier ofensa con una memoria suya, pues era otro mundo; allí el cielo siempre sería azul, las noches con sol y el día con estrellas .

Jugué mi caballo en h5, con esto descubría mi alfil y preparaba un ataque para el caballo en d4. No se inmutó, sólo movió su reina en d2. Era obvio colocaría su torre en d1. Moví mi alfil en e5. Ella me dijo que María dejaría la universidad, que estaba harta de todo. Adelantó su peón en g3, era evidente que sabía lo que haría. Moví mi alfil en h3. Le pregunté porqué dijo eso, quería sacarle todo lo que sabía. Siempre supe que Jesús era un patán con las mujeres, pero debió pasarse de la raya. Movió su torre a E1. Coloqué mi caballo en g7. Realizó el movimiento de torre esperado; d1. Respondí con mi torre en c8. Descubrió su reina al mover el caballo que estaba en d4, lo colocó en b5. Ella no respondía, sólo miraba las olas. De repente rompió en llanto y preguntó si la perdonaría. Jugué mi peón en A6. No respondí, sólo la abracé y le dije que la quería. Allí comenzó la catástrofe, jugó su caballo en d6, apoyado por ese peón solitario que dejé vivir. Cambié mi alfil que estaba en e5 por ese caballo, el peón permaneció solitario en d6. Di por muerto ese peón y adelanté el mio a d4, lo protegía mi caballo. Respondió con su caballo en e4, con este movimiento protegía al incómodo peón. Ataqué a ese caballo con mi alfil posicionado en f5. Sólo adelantó su peón a d7, como entregándolo. No moví mi reina, lo ataqué con el alfil. Sin embargo, ya estaba perdido. Sara me decía que Jesús, cuando eran niños, se asomó a su casa con una cayena y una cartita de lo más cursi. A partir de ese día, todos los días y por casi un año, le regaló una cayena; la dejaba frente a la ventana de su cuarto. Ella lo rechazó porque era muy feo, pero el día en el que dejó de recibir las cayenas entendió que lo extrañaba. Comenzó a contarme acerca de su pasado, pero eso no era lo que quería saber. Habló de su papá y de cómo sus madres los imaginaban casados. Quise interrumpirle, mi madre había muerto cuando era niño y no le encontraba sentido a lo que decía. La dejé hablar. Movió su alfil a d4 y acabó con mi peón. Respondí con el caballo, pero él ya estaba prevenido. Su reina tomó mi caballo y se colocó amenazante en esa posición. Sara seguía hablando, la tarde caía. No la escuchaba, sólo miraba sus lágrimas. Sospechaba que algo se avecinaba. Ubiqué mi caballo en f5, pero el mal ya estaba hecho. Tomó mi alfil que estaba en d7 con su reina. Desesperado moví mi reina a b6 y dije jaque, él sonrió. Respondió desplazando su rey a h1. No entendía su actitud, se peleó con María, le lanzó una botella a Jesús y ahora lloraba como una niña contándome cosas que no venía al caso. Le dije que cuando mi mamá murió, me tocó ver su cadáver; ya ni recuerdo cómo era, veo sus fotografías y me parece una completa desconocida, pero en el funeral lloré. Que sólo se llora lo que se ama. Ella no me miró, sólo acercó su rostro a mi pecho y me abrazó. Coloqué mi torre en d8. Movió su reina a A4. Realicé un cambio con su torre en d1; su reina volvía a la posición inicial. Ella dijo que tenía algo que decirme, que era algo bueno. Moví mi reina a b2. Colocó su reina en b1. Coloqué mi torre en c2. Realicé un cambio de reinas. Ella me dijo que era algo importante, pero aún no entendía cómo algo bueno podía causar tanto desarreglo. Movió su alfil a c4. Respondí con mi caballo en d4. Movió su torre en e3. Y allí fue cuando me rendí, no veía salida. Me levanté y estreché su mano. El juego ya estaba perdido, no tenía a dónde ir. Sara, permaneció callada por unos instantes.

Cuando habló marcó un punto de inflexión, ya lo nuestro no sería lo mismo o mejor dicho; no sería. Durante breves instantes recordé los días en la universidad; las veces que borracho me quedaba dormido en casa de Jesús, por la mañana ella me buscaba. Siempre me discutía. También al hablar de lo idiota que era Jesús y de cómo alguien tan patán podía ser tan inteligente. Asimismo cuando lo llamaba idiota, él reía. O la vez cuando él le gritó puta y ella lloró. Igual con los días de infancia; al manejar bicicleta hasta llegar al caño, o en las clases de la catecismo, las noches en el campo y las vacaciones en Mochima. Recordé de cómo María Antonieta miraba a Sara, una mezcla de envidia y amor. De cómo Sara sonreía y recogía su cabello, la escuela, el liceo, la universidad y la despedida, que no era la de él, sino la mía.Tantas cosas, tanto en tan poco tiempo.

Luego Sara tomó aire, me miró a los ojos y dijo:

- Estoy embarazada.-


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